martes, 20 de febrero de 2024

ÉTICA ARISTOTÉLICA

Aristóteles, el pensador polifacético

 

 

 

 

Aristóteles escribió varias obras éticas importantes, entre las que destacan la "Ética a Nicómaco", la "Ética a Eudemo" y la "Gran Moral" (cuya autoría se ha puesto en duda).

En estas obras, Aristóteles parte de la experiencia y la observación de la práctica para extraer conclusiones éticas. A diferencia de Platón, no postula la existencia de ideas universales, sino que considera que todo tiene una finalidad intrínseca. Esta finalidad, conocida como areté, implica que cada cosa tiende hacia su propia perfección: un cuchillo está hecho para cortar, una cama para dormir, etc.

Para Aristóteles, la finalidad suprema del hombre es la felicidad. Los actos son considerados virtuosos o viciosos en la medida en que nos acercan o nos alejan de esta meta última. Es importante destacar que Aristóteles concibe la felicidad como un fin teleológico, es decir, como un propósito hacia el cual se orienta la acción humana, en contraposición a un enfoque deontológico basado en deberes y obligaciones universales.

Además, Aristóteles sostiene que no existe una única definición de felicidad ni un concepto universal de bien. Al igual que el ser, la felicidad se predica de diversas maneras y depende de las circunstancias y las características individuales de cada persona. En este sentido, la búsqueda de la felicidad es un proceso personal y subjetivo.

Para alcanzar la felicidad, Aristóteles propone un enfoque centrado en el desarrollo de las virtudes éticas y dianoéticas del ser humano, considerando su naturaleza dual de alma y cuerpo.

Las virtudes éticas se refieren a las disposiciones de la parte volitiva y apetitiva del individuo, mientras que las virtudes dianoéticas se relacionan con el entendimiento y la razón.

En cuanto a las virtudes éticas, Aristóteles señala que el carácter, o ethos, se forma a través de la costumbre y la práctica. Observando la acción humana, identifica tres procesos principales: volición, deliberación y decisión. Siendo la felicidad el fin último del hombre, el primer proceso, la volición hacia este fin, es inherente y no requiere mayor análisis. Sin embargo, los procesos de deliberación y decisión sí son objeto de estudio, ya que influyen en la consecución de la felicidad.

A partir de la experiencia, el individuo aprende y desarrolla hábitos que moldean su carácter y comportamiento. La virtud, entonces, se entiende como el hábito de actuar adecuadamente. Aristóteles postula que el comportamiento virtuoso se encuentra en un término medio entre dos extremos opuestos, y desviarse de este término medio conduce a la degradación y la corrupción, tanto en la política como en la conducta humana. La virtud, por lo tanto, radica en encontrar este equilibrio adecuado. Para discernir este término medio, se requiere de la prudencia, que es la capacidad de tomar decisiones éticas correctas basadas en la razón y la experiencia.

Las virtudes dianoéticas, a diferencia de las éticas, no se adquieren a través de la costumbre, sino mediante el conocimiento y la razón. Aristóteles observa el conocimiento humano desde distintas perspectivas:

a) Función productiva: Se refiere al conocimiento de un arte o habilidad técnica, como las artes poéticas. Aquí, el individuo adquiere conocimiento práctico para producir ciertos resultados.

b) Función práctica: En las ciencias prácticas, como la ética, la economía y la política, el conocimiento se aplica al gobierno y la gestión de uno mismo, la familia y la ciudad (polis), respectivamente. Todas estas áreas están dirigidas por la prudencia, que regula nuestra conducta basada en las virtudes éticas.

c) Función contemplativa o teórica: En las ciencias teoréticas, como la metafísica, la física y las matemáticas, se busca el conocimiento por sí mismo, sin un propósito práctico inmediato. La virtud aquí es la sabiduría, que proporciona placer intrínseco por el mero acto de conocer. Este tipo de conocimiento se considera el más elevado, ya que la razón o logos es lo que distingue a los seres humanos de los animales. La verdadera felicidad se encuentra en la contemplación y comprensión de la verdad.

Aristóteles elaboró numerosas listas de virtudes, entre las cuales destacan las cuatro que posteriormente se convirtieron en cardinales en el cristianismo: templanza, fortaleza, justicia y prudencia. De estas, las tres primeras deben ubicarse en el término medio, mientras que la prudencia misma actúa como un término medio en sí misma, siendo la síntesis de todas las virtudes.

La justicia es considerada la más importante de las virtudes éticas, ya que establece el orden y equilibra lo que es desigual. Aunque este concepto tiene implicaciones políticas, es importante recordar que Aristóteles no abogaba por una democracia donde todos fueran iguales.

La innovación radica en la conexión entre la justicia y la amistad. Según Aristóteles, el ser humano es un zoon politikón, un animal político que necesita relacionarse con sus semejantes. La amistad se fundamenta en la semejanza entre individuos, aunque no todos son iguales de la misma manera. Aristóteles distingue entre la amistad por interés, por placer y por virtud, siendo esta última la más noble y moral, reservada para iguales.

La felicidad, para Aristóteles, reside en la autarquía, es decir, en la autosuficiencia. Aunque esta autarquía nunca puede ser completa en los humanos debido a su naturaleza social, podemos acercarnos a ella. La magnanimidad, como virtud ética, implica un aprecio adecuado de uno mismo.

La amistad desempeña un papel crucial porque permite el reconocimiento mutuo entre individuos. Además, para dedicarse a la sabiduría, es necesario un cierto grado de bienestar material, tarea que recae en la política.

Dado que los buenos razonamientos no son suficientes para hacer que las personas sean virtuosas, Aristóteles sostiene que la coacción, entendida como educación, es necesaria para formar individuos éticos y morales.

 

 

 

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