domingo, 18 de febrero de 2024

Edward Slingerland. Borrachos

 



    La primera virtud de este libro es lo bien escrito que está. no hace falta hacer ensayos súperdifíciles de entender para parecer que que el contenido es mejor. Es un acto de cobardía. Te escondes detrás de la complejidad formal para no exponer tus ideas ante cualquier lector. No es el caso de Borrachos, el libro de Slingerland. Es divertidísimo y muy fácil de leer. 


  Critica las teorías evolucionistas sobre el alcohol. 

 Según estas teorías, masturbarse, comer chocolatinas o emborracharse son errores desde un punto de vista evolutivo. 

   Hay dos teorías evolucionistas sobre el consumo de alcohol:

  a) Engañamos a nuestro cuerpo para obtener beneficio. A estas teorías les llama del pirateo.

  El orgasmo es el premio que tenemos cuando cumplimos con nuestro deber evolutivo, que es reproducirnos. Masturbarse es desperdiciar el semen. 

  Con el alcohol sucede lo mismo. En lugar de obtener una gratificación hormonal por haber conseguido algo, lo obtenemos intoxicándonos ligeramente con alcohol. 

  b) Es una supervivencia de una adaptación evolutiva de otro tiempo que hoy en día ya no nos hace falta. Incluso es nociva. 

  El placer por comer algo dulce es porque es mucho más calórico y, durante millones de años de evolución, el ser humano ha pasado hambre. Si había que escoger, era mucho más eficiente quedarse con comida altamente calórica. Por eso la comida calórica es mucho más rica. Pero ahora ya no nos hace falta. El placer por comer azúcar es una supervivencia de una adaptación pasada.

  Y con el alcohol pasa más o menos lo mismo que con el azúcar, con la diferencia de que el perjuicio para la salud de emborracharse es mucho mayor que el de comer una chocolatina. 

  A Slingerland estas teorías no le convencen porque la evolución es mucho más rápida de lo que parece. Los humanos nos adaptamos a beber leche de adultos en un par de miles de años. Si el alcohol no tuviese más que perjuicios, nos habríamos adaptado rápidamente a rechazarlo. Y no es así. No solo no es así, sino que en prácticamente todas las culturas del mundo se han consumido de una forma u otra sustancias que nos colocan. Allí donde no se consume alcohol, se toma ayahuasca, peyote, sapo alucinógeno, marihuana, etc... 

  Y el alcohol es la sustancia reina a la hora de colocarse. Es la más consumida de largo.

  Por qué:

  Según él, colocarse con alcohol tiene una función social fundamental. No sólo sirve para relajarse, sino también lubrica las relaciones sociales. Facilita las relaciones, tanto sexuales como de amistad.

  A continuación da muchísimos ejemplos de por qué el consumo de alcohol no puede explicarse desde una perspectiva evolucionista. 

   Las siguientes páginas están dedicadas a demostrar que el ser humano no puede entenderse solo desde un punto de vista biológico. Lo que nos hace específicamente humanos es la capacidad de aprender, es decir, la cultura. Para eso nacemos, a diferencia de la mayoría de los animales, con el cerebro vacío, como un disco duro sin información. A medida que socializamos, lo vamos llenando con información cultural. Aprendemos a hacer cosas, a pensar e incluso a sentir. Los humanos transformamos la Naturaleza con nuestra energía creativa y sin el producto de esta transformación -la cultura y los artefactos que de ella se derivan- no podríamos sobrevivir. 

  Sintetiza nuestra dependencia y, al mismo tiempo, la inmensa aportación de la cultura a la naturaleza humana en lo que él denomina las tres cs. Confianza, Creatividad y Cultura. 

  Por confianza entiende la necesidad que tenemos los humanos de cooperar unos con otros. Sin la cooperación, no sobreviviríamos, pero, al mismo tiempo, la cooperación nos permite alcanzar cotas de conocimiento y actuación impensables para un animal no cooperativo. 

   Cultura es todo lo aprendido. El ser humano nace con el cerebro vacío y lo va llenando de información por un periodo muchísimo más largo que otros animales. Esto, aunque amplía mucho el tiempo de dependencia del humano de sus progenitores y mayores, nos permite una mayor capacidad de acumulación de información útil. 

  Creatividad es la capacidad que tenemos de hacer cosas nuevas a partir de lo aprendido. No nos limitamos a almacenar información, sino que la procesamos y a partir de ella creamos nueva información útil. 

  Estas tres características se dan especialmente durante la infancia. En la adultez las vamos perdiendo poco a poco por una cuestión puramente práctica. No podemos ser tan confiados como los niños, no podemos estar todo el día creando juegos, etc... Sin embargo, tampoco perdemos por completo estas facultades. 

  El alcohol tiene tanto éxito porque gracias a sus cualidades psicotrópicas permite recuperar durante un breve periodo de tiempo estas facultades infantiles. Relaja, ayuda a socializar, nos hace jugar haciendo bromas tontas, etc... 

  Es mucho mejor que la cocaína o el LSD porque el alcohol provoca euforia, reduce la ansiedad, desinhibe, tiene efecto sedante... todo a la vez, mientras que otras drogas solo  provocan uno o dos de estos estados de ánimo. Además, los riesgos tanto físicos como mentales son menores. 

  De acuerdo con el autor, el consumo de alcohol desempeñó un papel fundamental en la aparición y desarrollo de las culturas. Las asociaciones humanas se basan, en gran parte, en la confianza entre sus integrantes. El alcohol ayuda gracias a sus efectos. En general se cree que el alcohol provoca que el consumidor sea sincero, por lo que no se sospecha que mienta con intenciones torticeras o vaya a hacer trampas. 

  Asímismo, el alcohol contribuyó a la cohesión de grupo. Combinado con los movimientos repetitivos durante los rituales, ayuda a entrar en éxtasis, la desaparición del yo en el participante en el rito y su fusión con el todo y la comunidad. Esta propiedad del alcohol fue utilizada por los poderes políticos que gestionaban la producción y la distribución de alcohol para crear una comunidad política a su alrededor y a la creación de grandes monumentos a cambio de alcohol. Organizando rituales religiosos en los que se consumía alcohol, grandes masas de personas se desplazaban al lugar del ritual, trabajaban en la construcción de estos monumentos y participaban en el rito. 

  Una vez analizado el papel que jugó el alcohol en origen y desarrollo de la cultura, Slingerland se pregunta por qué seguir consumiendo alcohol en nuestra sociedad actual cuando: 

  No obstante, se podría decir que esto só lo tiene un interé s histórico. Es  ciertamente posible que ya no necesitemos que los intoxicantes nos sigan haciendo todo este trabajo. Por ejemplo, ahora disponemos de otras formas de reducir el estrés y mejorar el estado de ánimo: la televisión e internet, o los antidepresivos, podrían servir igual de bien que unas pintas de cerveza, en ese aspecto. Tal vez sean incluso mejores. Los sistemas bancarios modernos y un fuerte Estado de derecho nos hacen depender menos de los apretones de mano y de tener que fiarnos de los ademanes de la gente. Ahora se pueden financiar grandes proyectos públicos con el dinero de los contribuyentes y que sean ejecutados por profesionales capacitados y sobrios a cambio de un salario y beneficios sociales. Y puede que, en un mundo globalizado, nos convenga dejar atrás la consolidación y monopolización del poder por parte de las élites nacionalistas. 

  Éstas son todas observaciones razonables. Las nuevas tecnologías, unos fármacos menos nocivos y más específicos y las instituciones modernas tienen formas de proveer muchos de los beneficios funcionales que históricamente han proporcionado los intoxicantes, pero sin la parte desagradable.

  A pesar de estas objecciones, Singerland sostiene que el el consumo de alcohol tiene beneficios en nuestra sociedad. En esta parte del libro, realmente aporta poco más que lo que nos había contado hasta ahora. Los beneficios del alcohol para nosotros son más o menos los mismos que los que dieron origen y desarrollaron las primeras sociedades:

   Beber en sociedad con moderación une a las personas, las
mantiene conectadas con sus comunidades y engrasa el intercambio de información y el establecimiento de contactos. A nosotros, simios sociales, nos resulta muy difícil prescindir de ello, tanto a nivel personal como comunitario.

  Además favorece las relaciones sexuales porque nos hace ganar seguridad porque tenemos una mejor percepción de nosotros mismos y además nos desinhibe.

  Y fomenta la creatividad, no solo porque favorece el intercambio de ideas entre personas, sino porque, según él, estar un pelín colocados ayuda. 

  Los actuales festivales de raves y carnavales reflejan una reminiscencia de las antiguas celebraciones religiosas, donde la individualidad se disuelve en favor de la comunión colectiva. Estas festividades contemporáneas ofrecen un espacio donde las personas abandonan temporalmente su sentido de identidad individual para sumergirse en la experiencia comunitaria, creando así una sensación de conexión y pertenencia que resuena con las prácticas ancestrales de celebración y devoción compartida.

    En nuestra sociedad actual, parece haberse desvanecido la apreciación por lo dionisiaco, donde el placer por el placer mismo se considera cuestionable. En lugar de eso, prevalece una tendencia a medicalizar todo, con un énfasis particular en todo lo que contradice la salud. Nos parece bien que la gente se relaje haciendo yoga o deporte pero, si lo hace bebiendo, lo condenamos moralmente.

  Además, otro motivo para descartar lo dionisiaco y estigmatizar la embriaguez por placer radica en la división entre el cuerpo y el alma, una dicotomía que ha influido en la percepción de tales experiencias como negativas o moralmente censurables.

   El lado oscuro del alcohol:

   El alcoholismo es un problema para las personas, sus familias y la sociedad. Si hace tanto tiempo que bebemos alcohol, cómo es que no hemos evolucionado genéticamente para rechazar el alcoholismo. 

  Singerland cree que la cultura juega un papel fundamental en el alcoholismo. Pone como ejemplo los países del sur de Europa donde se bebe moderadamente en las comidas pero, al mismo tiempo, no está bien visto beber solo y ser visto borracho en público. Opone estas culturas a las del norte de Europa, que son justo lo contrario. En este sentido, Singerland habla de medidas correctoras culturales para evitar el alcoholismo. 

   El autor cree que hubo dos avances técnicos y culturales que fomentaron el desarrollo del alcoholismo: la aparición de los licores destilados con mucha graduación y la posibilidad de beber a solas, fuera de ceremonias o espacio/tiempos de socialización. 

   Los destilados son muy jóvenes en términos evolutivos. Apenas tienen 500 años. Estas bebidas permiten conservar mucho tiempo el alcohol y consumir grandes cantidades de alcohol en poco tiempo. Esto favorece el aislamiento y alcanzar niveles de intoxicación alcohólica impensables con vino o cerveza -sobre todo con la cerveza y el vino primitivos, que rondaban los 2 o 4 grados-. 

    Las culturas tradicionales tenían todo tipo de rituales que impedían beber a solas y obligaban a beber lentamente, con lo que era extraño que alguien se cogiese una melopea bien gorda. Hoy en día, en Occidente, basta con ir al supermercado, comprar una botella de vodka o wisky, ir a casa y bebérsela. 

   El final del libro está dedicado a señalar los problemas del consumo de alcohol fuera de los controles culturales: alcoholismo, accidentes, agresividad, etc... y propone algunas formas de actuación para evitar estos problemas.

 

 

  

 


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