miércoles, 20 de junio de 2018

Operación muerte. Shigeru Mizuki.



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    Una maravilla. Una auténtica joya. Un ejemplo perfecto para todos aquellos que, desde la más absoluta ignorancia, sueltan tópicos sobre el manga como:

    - El manga solo es sexo y violencia. Es supermachista. 

   o

   -A mí no me gusta. Es que los dibujos son una mierda. Son todos iguales. 

   Los que dicen lo primero suelen ser señores de más de treinta y cinco años que el único manga que conocen es Dragon Ball o Los Caballeros de Zodíaco. Luego vieron de pasada algo de hentai, porque, después de Akira, en los años noventa a España era lo que nos llegaba. Cosas estilo Urotsukidōji, que mezclaban la acción con violaciones y sumisión de la mujer. Y sueltan lo del machismo porque han visto de pasada algún dibujo manga de mujer y han oído por ahí que los cuerpos de la mujer en el manga están hipersexualizados. 

    Evidentemente hay manga hiperviolento. Dragon Ball o Los Caballeros del Zodiaco lo son. También el actual Ataque a los Titanes lo es. Asimismo, en el manga hay cuerpos femeninos hipersexualizados. Y el hentai, que existe, es un género asqueroso. Pero elevar esto a norma es como haber visto Misión Imposible y decir que no te gusta Hollywood porque el cine americano es ultraviolento y machista. En Misión Imposible -y en otras películas por el estilo- hay muchísima violencia y el cuerpo de las mujeres está hipersexualizado y, por si no fuese suficiente, la mujer es el premio que se le da al héroe masculino al final de su periplo después de haber matado a mucha gente. Sin embargo, a nadie se le ocurre elevar Misión Imposible a obra representativa del cine americano y, por tanto, en norma. 

   Operación Muerte es una obra violenta. Lógico, porque es un manga que habla de la guerra. Difícilmente puede hacerse sin representar la violencia. Pero aquí la violencia no es un elemento estético como en las películas de Tarantino. Es exactamente lo contrario. Operación Muerte está lleno de violencia porque quiere denunciarla. Un amigo me dijo de ella que era como La delgada línea roja, pero del lado japonés. Tiene toda la razón. Es una historia coral, en la que vemos los últimos días de vida de unos soldados japoneses. Y no me extrañaría nada saber que Terrence Malick para La delgada línea roja o Clint Eastwood para Banderas de nuestros padres se hubiesen inspirado directamente en ella. 

       Los personajes de este manga están perfectamente perfilados. Como dije, la idea de la obra es denunciar el absurdo de la guerra. A partir de la humanidad de los personajes, les cogemos afecto, empatizamos con ellos y, cuando mueren, Mizuki nos pone delante del horror. Por eso la obra empieza con  unas aventurillas costumbristas, medio cómicas, al estilo de Las aventuras del valeroso soldado Svejk. Humanizar para reflejar el acto más inhumano. 

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    A los segundos, a los que dicen que todos los dibujos de los manga son iguales, basta con que vean las páginas que copio a continuación. Si dicen que el dibujo manga es una mierda, es porque no han visto nada así. 

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       Lo primero que me llamó la atención del dibujo de Mizuki es el contraste entre lo esquemático de los personajes y el hiperrealismo y el detallismo de los fondos. Es fantástico. 


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    También es fantástico el detalle de represente al enemigo con una técnica distinta a la de los protagonistas. Normalmente no se nos muestra su cara y se les representa recurriendo al hiperrealismo. Así, por medio de una técnica pictórica, Mizuki representa cómo en la guerra se deshumaniza el enemigo. 
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   Pero el enemigo solo aparece deshumanizado cuando está vivo. Fijaos, si no, en la expresión de los soldados americanos muertos en la viñeta de abajo de la página que copio a continuación. 
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   Por todo ello os invito a todos a leerla. Es un manga maravilloso. 

Ronin. Frank Miller



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  No descubro nada nuevo cuando le recomiendo a mis alumnos leer Ronin. Frank Miller es al cómic lo que Cervantes a la literatura, al menos en lo que a posición canónica se refiere. A mí no es el cómic que más me gusta, pero recomiendo leerlo por varias razones:

   En primer lugar, su argumento hace que sea una lectura muy entretenida. Desde un punto de vista genérico, Ronin es un thriller de manual. No recuerdo ahora qué crítico literario decía que había tres tipos de novela -esto también vale para el cómic-: las de acción, las de personaje y las de ambiente. El subgénero del thriller hay que encuadrarlo dentro la primera categoría de acción. En un thriller al lector lo que le preocupa principalmente es lo que ocurre y el final que vaya a tener la historia. Así, para que un thriller sea bueno, tiene que cumplir tres condiciones:

   a) que todo encaje perfectamente, es decir, que los sucesos se encadenen de forma causal sin que haya estridencias. Los acontecimientos deben llevar unos a otros de forma lógica. Si algo rechina, el lector percibirá el desarrollo o el desenlace como disparatado o, al menos, ilógico, lo que lo expulsará de la lectura. Ronin cumple esta condición. Aquí todo encaja como el mecanismo de un reloj suizo. Tal vez al principio al lector le cueste establecer la relación entre un ronin medieval y el futuro distópico en el que se desarrolla la historia, pero Miller enlaza perfectamente los dos.

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   b) Debe tener un final sorprendente. El lector no puede saber de antemano cómo va a acabar. Un thriller es una obra de intriga. Y no hay nada peor para la intriga que saber qué va a  pasar a continuación. Otra vez Ronin cumple con este requisito. El final te deja con la boca abierta. No voy a hacer un spoiler. Tal vez alguien puede decir que ya ha leído o visto algo con un final semejante, pero no debemos olvidar el año en que fue escrito Ronin. Ronin se publicó en 1984. ¿Alguien recuerda algún final similar en 1984? Otra cosa es que luego muchos cómics y películas se hayan inspirado en este final y hasta lo hayan plagiado. 



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    c) Un thriller ha de tener mucho ritmo. El lector debe devorar páginas ansioso por conocer el desenlace. Ronin vuelve a salir airoso de este lance. Juega muy bien con los cliffhungers, cambiando continuamente de acciones para dejar siempre al lector con la intriga del desenlace del lance. 

    Este último punto enlaza con el anterior. La intriga se genera provocando curiosidad en el lector. Eso se hace dejando siempre un elemento de la trama sin explicar o sin resolver. Realmente es muy fácil de hacer. Basta con introducir un elemento extraño para el lector. Pero tiene un riesgo, y es que al final todos esos episodios que abre el autor tienen que ser cerrados al final de forma coherente. De lo contrario, el lector se siente estafado. Es el caso, por ejemplo, de la serie Lost. Millones de personas esperábamos la explicación final, y millones de espectadores nos sentimos defraudados. En Ronin no pasa eso. Como dije antes, el final es sorprendente y al mismo tiempo coherente. 

    En los thriller los personajes suelen estar supeditados a la acción. No suelen importar mucho, así que normalmente son planos, a veces estereotipados. En Ronin los personajes no son la leche, pero tampoco son estereotipos. Es lo que pide un thriller. Si Miller hubiese querido dotar a sus personajes de profundidad psicológica, la narración se hubiese visto ralentizada, y no hay nada más eficaz para matar un thriller que que sea lento. 


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   Pero además de un thriller, Ronin es una obra de ciencia ficción. La ciencia ficción crea un mundo nuevo, diferente al nuestro, por lo que importa mucho el contexto en el que se desarrolla la acción. En este sentido, las obras de ciencia ficción habría que encasillarlas dentro de lo que aquel crítico literario llamaba obras de ambiente. De hecho, con frecuencia, el mundo creado por el autor es lo más importante. 

   El problema que tiene esto en manos de malos narradores es que tardan cientos de páginas en arrancar. Se tiran cientos de páginas explicándonos cómo funciona el mundo en el que tiene lugar la acción. Una narración cualquiera tiene siempre tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Desde el teatro griego, el tiempo dedicado a cada uno se repartía de forma compensada. Los griegos le dedicaban un tercio a cada parte, Shakespeare un quinto al planteamiento, tres quintos al nudo y un quinto al desenlace. Se lleva haciendo así más de dos mil años porque funciona. Y no respetar esta compensación hace la lectura tediosa. En el plateamiento el narrador tiene que contarle al lector cuál es el conflicto, quiénes son los personajes principales y dónde y cuándo tiene lugar la acción. Las obras de ciencia ficción con frecuencia se tiran un montón de tiempo con el planteamiento. Tardan muchísimo en arrancar y aburren. En este sentido el cine y el cómic lo tienen mucho más fácil que la novela, porque se ahorran las descripciones. Basta con unos segundos para ver. Sea como sea, Miller es un gran narrador. Ronin va como un tiro. Engancha desde el principio, entre otras cosas porque está perfectamente estructurada. 


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   Pero tampoco hay que equivocarse y elevar a Ronin a la categoría de obra de arte. Tiene varias cosas que a mí no me convencen. 

   La primera de ellas es la poca profundidad de pensamiento. La ciencia ficción es un género muy propicio para reflexionar acerca de nuestra sociedad. Exageramos determinados aspectos de la misma para reflexionar acerca de ellos, acerca de cómo somos y hacia dónde nos dirigimos. Aquí Ronin patina, porque no plantea nada. Es acción pura. 

    La segunda es el dibujo. Ya sé que esto puede sonar a herejía, porque Miller está situado en el altar de los autores canónicos, pero a mí ese dibujo experimental, a veces casi abstracto, me echaba con frecuencia de la lectura. No pido un dibujo facilón, tipo manga, pero el de Miller aquí me parece excesivo. Demasiado barroco. 

   Sea como sea, la obra me gustó y recomiendo a la gente que la lea. 
    


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