sábado, 13 de noviembre de 2021

Eva Illouz: ¿Por qué duele el amor?

 

POR QUÉ DUELE EL AMOR | EVA ILLOUZ | Casa del Libro



    Las sociedades determinan los sentimientos. Los sentimientos y lo que los provocan no son universales. Dependen de los códigos de conducta, roles, etc... En el caso del amor, estos determinan cómo nos enamoramos, de quien, cómo nos comportamos, etc...

      En la sociedad premoderna -siglos XVIII y XIX-, los códigos del enamoramiento eran muy rígidos. Se recibía en casa de la novia, a la que había que ser invitado, se pasaba un tiempo haciendo visitas, tiempo que era empleado por los padres de la novia para conocer al galán, valorar sus posibilidades como marido, etc...

       Como se señaló anteriormente, aquellas características de la persona que llevan a que nos enamoremos de ella dependen de las diferentes sociedades. En la sociedad premoderna, la posición social de los enamorados se consideraba una característica más a tener en cuenta -de hecho era una característica principal-. Por contra, a la sexualidad no se le prestaba atención. 

   En la modernidad, se da, según Eva Illouz, La Gran Transformación del amor. Esta gran transformación afecta en diferentes aspectos:

a) La sexualidad se incorpora al amor. El sexo y la satisfacción de nuestros apetitos sexuales por parte de la pareja nos parece fundamental a la hora de enamorarnos. Esta incorporación de la sexualidad se debe, entre otras cosas, a la nueva sociedad de consumo. A partir de los años 20 en EEUU, se desarrolla la industria de la sexualidad. El maquillaje, una determinada forma de vestirse, etc... por parte de las mujeres deja de ser considerado negativamente. Así, la sexualidad es otro atributo de la persona que consideramos a la hora de enamorarnos. 

        Otro factor que desencadenó la irrupción de la sexualidad en el amor fue el psicoanálisis. Este corriente psicológica reduce la vida a una biografía sexual e interpreta todo rasgo de la personalidad en función del desarrollo sexual de la persona. 

b) La libertad. Ahora tenemos la posibilidad de elegir dentro de un abanico muy grande, de modo que el amor y el enamoramiento se convierte en una tarea por momentos angustiosa en la que buscamos pareja en un mercado inmenso. 

c) el miedo al compromiso. Como tenemos la posibilidad de elegir entre muchas más personas, somos reticentes al compromiso. 

   El sexo tradicionalmente estaba asociado al estatus. Cuantas más amantes se tenía, mayor era el estatus de la persona -de hecho normalmente había que mantener a las amantes y eso suponía un dispendio que solo las personas de estatus elevado podían permitirse-. 

     Con el feminismo y la liberación de la mujer, ellas también asocian tener muchos amantes con un estatus elevado. Sin embargo, en las mujeres el miedo al compromiso es más breve. Ello es debido a que ellas perciben que deben comprometerse con un varón para tener hijos. Dado que las mujeres no son fértiles toda la vida, tienden a querer comprometerse antes. Asimismo, la sociedad ha temporalizado los cánones de belleza. Para ser bella hay que ser joven. De ahí que las mujeres, cuando dejan de ser jóvenes -en torno a los 30 años-, sientan que deben comprometerse porque luego no podrán porque habrán perdido la belleza. 

      En el miedo al compromiso hay dos causas:

- por hedonismo: hay tal cantidad de personas con las que podemos tener relaciones sexuales, que cerrarnos a una sola no nos apetece. 

- por ser incapaz de establecer vínculos definitivos. Analizamos todo, le damos muchísimas vueltas en la cabeza a si la persona con la que estamos es la adecuada, etc... Esto nos provoca ansiedad y nos impide sentir hacia esa persona. 

    En el amor moderno se da la tensión entre dos tendencias: 

    a) Necesidad de validación. La inseguridad ontológica, la conciencia de no saber cuál es el sentido de la vida ni nuestro lugar en el mundo y una sociedad en cambio vertiginoso nos convierte en personas inseguras acerca de nuestra identidad y valía. Por eso necesitamos que los demás nos digan que valemos mucho, gustarles, sentirnos deseados, etc... En este sentido, Illouz habla del sexo acumulativo. Tener muchos amantes se convierte en una forma de validación personal. Pero para tener muchos amantes, la persona no puede comprometerse con uno. 

     b) Libertad. El capitalismo de consumo está estrechamente relacionado con un individualismo radical. Este individualismo deifica la libertad de elección en todo y para todo. Illouz habla de autonomía para referirse a esta independencia. Depender de otro emocionalmente nos resta autonomía, de ahí el miedo y el rechazo al compromiso. 

    Sin embargo, las personas necesitamos parejas estables. Una persona a nuestro lado que nos quiera y a la que queramos nosotros. Además de estabilidad, es otra manifestación de la necesidad de validación. Alguien que nos quiera y nos sintamos apoyados y queridos por ella. Pero esta tendencia entra en conflicto con el rechazo al compromiso resultado de la ideología de la autonomía personal. Esto genera en las personas ansiedad por experimentar dos emociones contrarias al mismo tiempo y autoculpabilización. No nos atrevemos a pedirle compromiso a otra persona aunque estemos enamorados de ella porque esa petición de compromiso puede ser -y de hecho casi siempre es así- interpretada por parte de la otra persona como una intromisión y un menoscabo de su independencia.  

    Illouz opone dos tipos de sociedad: las sociedades premodernas religiosas y nuestra sociedad racionalista científica. En las sociedades premodernas se contemplaban formas de conocimiento como las correspondencias, las revelaciones o las epifanías. El mundo tenía un sentido misterioso, casi oculto. La idea del amor romántico encaja perfectamente dentro de esta cosmovisión. El amor como una fuerza superior al individuo, que supone la unión de dos almas, un impulso casi divino que no excluía el sufrimiento. Dos personas enamoradas se sentían poseídas por esa fuerza sobrenatural que era el amor y que los arrastraba al mismo tiempo al placer y al sufrimiento. Placer y sufrimiento eran inherentes e inevitables dentro del amor. La ciencia y la razón ha vaciado nuestra sociedad de sentido. Analizamos y buscamos relaciones de causa efecto en todo. El amor no podía quedar fuera. El psicoanálisis, la terapia de pareja, etc... analiza, reflexiona, disecciona el amor. Ahora ya no lo vemos como una fuerza superior que nos arrebata, sino como un contrato que puede convenirnos o no. La lógica capitalista del utilitarismo se impone en al concepción del amor. Sopesamos los pros y lo contras de embarcarnos en una relación amorosa y no dejamos de hacerlo durante todo el tiempo que dura dicha relación. En el momento en que racionalmente entendamos que los contras son más que los pros, acabamos con la relación amorosa. El amor ya no es una fuerza mística, sino un contrato con fines utilitarios.

    Eva Illouz dedica los últimos capítulos del libro al análisis del decaimiento del deseo. Según ella, las personas no deseamos como antes por dos razones fundamentales;

    a) Ironía. Pese a toda la ideología del amor romántico, las personas ya no creemos en el amor único que dará felicidad y sentido a nuestras vidas. Eso nos hace escépticos. Para poder sentir la pasión inherente al deseo uno debe entregarse plenamente. Desencanto y entrega son incompatibles, así que el deseo decae.
   b) Racionalización: el feminismo somete a las relaciones a una revisión continua con la intención de que sean igualitarias, el psicoanálisis que también las somete a revisión, esta vez para asegurarse de que no son tóxicas, etc... El deseo surge de la ambigüedad. Tanta reflexión sobre lo políticamente correcto, el continuo análisis de la relación, disecciona dicha relación y deshace la ambigüedad.

   La cultura, y en este caso las novelas, el cine, la televisión, etc... determinan el modo en que nos enamoramos y qué esperamos del amor. En las historias de las películas, series, etc... se nos ofrecen modelos de relación que luego tenderemos a reproducir. Imaginamos nuestras relaciones de acuerdo con los modelos que hemos adquirido.

   Según Illouz, el desencanto es una de las características del amor contemporáneo, cuando comprobamos, como le sucede a Madamme Bovary en la novela de Flaubert, que nuestra relación no es como la  habíamos imaginado. Este desencanto se da fundamentalmente porque:

   a) los modelos ofrecidos inciden siempre en la aventura. Por el contrario, el matrimonio es la institución más normativizada de nuestra sociedad. Esta normativa incide sobre todo en los tiempos. Hay unos días para trabajar, dentro de esos días unas horas, una franja horaria para comer, otra para ver la televisión, otra para llevar a los niños al colegio, dos días de asueto, siempre al final de la semana, en los que los tiempos están igualmente pautados que durante los días de trabajo. Así las cosas, difícilmente la realidad de nuestras relaciones se corresponde con la aventura continua del modelo artístico.
 
   b) el arte también nos ofrece modelos de cuerpos que difícilmente encontraremos en nuestra pareja sentimental. 

   c) La convivencia conlleva pequeñas rencillas, discusiones, etc...

   Y ya para terminar el libro, Eva Illouz se adentra en el nuevo modelo de relación que surge como resultado de la aparición en nuestras sociedades de internet y las redes sociales. Según ella, frente a la falta de información acerca de la persona amada y deseada anteriormente, ahora gracias a las redes estamos mediados por la enorme cantidad de información que vertimos en las redes. Antes, la imaginación inherente al amor y al deseo se proyectaba hacia al pasado de esa persona amada. Rellenábamos los huecos de pasado en función de nuestros intereses. Hoy, debido a las redes, esa pasado ya nos es conocido. La imaginación tiene que proyectarse hacia el futuro. 



domingo, 19 de septiembre de 2021

Edgar Cabanas y Eva Illouz: Happycracia. Cómo laciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas.

 Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan  nuestras vidas (Contextos) eBook : Illouz, Eva, Cabanas, Edgar, Petit  Fontserè, Núria: Amazon.es: Tienda Kindle


    La psicología positivista es la que nos dice que la felicidad depende de uno mismo. Independientemente de las circunstancias que rodeen al individuo, este puede ser feliz si persigue su sueño, es trabajador, persistente, resiliente, esforzado, dedicado, sabe gestionar sus emociones, etc... 

   El neoliberalismo se ha apropiado de esta teoría porque encaja perfectamente con su ideología y las sociedades narcisistas, individualistas, del yo o como queramos llamarle. Sociedades en las que se prioriza el individuo y sus intereses por encima de la colectividad.  

   De acuerdo con los autores, esta creencia es falsa.
Los datos estadísticos acerca de depresión, suicidio, etc... hablan por sí mismos. La felicidad no solo no depende del individuo, sino que así concebida contribuye a crear hipocondríacos emocionales, continuamente pendientes de sus propias emociones y de qué los hace o los deja de hacer sentir bien o mal. Además, crea legiones de personas frustradas, que creen que no son felices porque algo falla en ellos. La gente se avergüenza de no ser feliz porque de acuerdo con la ideología individualista que se ha impuesto en las sociedades occidentales esto es un fracaso de las persona. Por eso no solo ocultamos el sufrimiento, sino que nos esforzamos por mostrarnos ante los demás lo más felices posibles, aunque eso sea mentir. 

    La psicología positivista ha desarrollado a su alrededor todo un mercado de hacer dinero por medio del coaching, de los libros de autoayuda, etc...

    Esta concepción de la felicidad es tremendamente conservadora, porque lleva a las personas a la desmovilización social. Su sufrimiento no se debe a un reparto injusto del capital, sino su propio fracaso. Si queremos ser felices, no tenemos que cambiar la sociedad para que sea más justa, sino que tenemos que cambiarnos a nosotros mismos. 

   Las empresas utilizan esta ideología para revertir sobre el trabajador toda la responsabilidad de cualquiera de sus prácticas, incluidas aquellas que van en contra de los intereses de los trabajadores. La flexibilidad, los despidos, la identificación con la empresa, la autoevaluación continua, etc... son justificados con la psicología positiva. 

   La psicología positiva se base en tres pilares:

a) la autogestión: tú creas tu propia felicidad. Es como un trabajo que tienes que estar continuamente construyendo. La responsabilidad de la felicidad recae sobre ti.

b) la autenticidad: se supone que hay un yo autónomo con unos gustos y una forma de ser determinada y autónoma. Uno ha de comportarse y guiarse en la búsqueda de la felicidad de acuerdo con ese yo -en eso consiste ser auténtico-. 

c) estrechamente relacionado con lo anterior, la persona tiene que crear su marca personal. Esta marca personal ha de ser vendida en el mercado y en la empresa. 

   En definitiva: esta psicología positivista, además de ser falsa, no solo crea hipocondríacos emocionales que se responsabilizan a sí mismos por su propia infelicidad, sino que es conservadora desde el momento en que crea personas conformistas que no culpan a la sociedad de su fracaso y, por tanto, no tratan de cambiar la sociedad a mejor. 

domingo, 12 de septiembre de 2021

Howard Becker:Outsiders, hacia una sociología de la desviación.

 Outsiders: Hacia una sociología de la desviación (Sociología y Política) :  Howard Becker: Amazon.es: Libros



    Todas las sociedades tienen individuos que viven al margen del sistema. Estos son los que dan título al libro: outsiders.

    El autor se pregunta qué lleva a un individuo a convertirse en un desviado, exponiéndose a las sanciones legales y sociales que ello supone. Frente a las teorías que lo achacaban a una desviación personal o a la enfermedad, Becker sostiene que es un grupo de individuos el que fija unas normas morales y de conducta y el que crea una categoría para aquellos que no se ajustan a ellas. Es la sociedad la que crea la categoría, no la persona la que, en una decisión individual y racional, decide comportarse al margen del sistema de reglas establecido. En este sentido, el autor insiste en que no es la motivación la que lleva a la conducta, sino al revés: un determinado comportamiento desviado de una persona es la que la arrastra a partir de ese momento. Esto no quiere decir que la persona no tenga responsabilidad alguna cuando toma una decisión que lo convierte en un desviado. Evidentemente, sabe que lo que va a hacer lo convierte, pero ha sido la creación de esa categoría la que lo posibilita. 


    La clasificación de un individuo dentro de la categoría solidifica a la persona dentro de él. Una vez uno se perciba a sí mismo como un ladrón, un homosexual, un drogadicto o cualquier otra conducta considerada desviada, la persona tiende a aprender unos modos de conducta de acuerdo con esa categoría -adopta el rol-. 

    Ser clasificado dentro de la categoría de desviado lleva a las personas a buscar justificaciones a su conducta, bien considerando desviados a las propias personas que han creado la norma, bien como el resultado de la falta de opciones, etc...

    Ser clasificado como desviado estigmatiza a la persona, en el sentido que le daba Goffman: lo destruye como persona ante los demás. Un fumador de marihuana o un homosexual pueden, por ejemplo, desempeñar perfectamente el trabajo de oficina. Sin embargo, si sus compañeros de trabajo o su jefe se enteran de su condición desviada, probablemente serán despedidos, aunque esta condición no afecte en absoluto a su capacidad como trabajador. 

    Para que exista una conducta desviada, es necesario que una persona o grupo de personas identifique y sancione esa conducta. Estas personas son designadas por el autor como cruzados. Las motivaciones de los cruzados pueden ser muchas y muy variadas, pero, en general, tienden a hacerlo porque consideran que es bueno para la sociedad y para las personas. Becker pone como ejemplo aquellos que lucharon por prohibir el consumo de alcohol en EEUU a comienzos del siglo XX. Creían que una sociedad sin alcohol era mejor porque se evitaban muchos problemas de violencia, de familias desestructuradas, etc... Asimismo, estaban convencidos de que ayudaban a las personas que consumían alcohol porque, prohibiéndoselo, les evitaban ceder a su debilidad. 

    Becker diferencia entre valores y normas. Los valores es aquello que la sociedad considera que está bien o está mal. Con frecuencia, estos valores son ambiguos e, incluso, hay diferentes valores que chocan entre sí. Por ejemplo, el valor de la libertad individual puede chocar con la búsqueda de una salud óptima. Así, el consumo de alcohol o drogas se encuentra entre estos dos valores. La persona debe ser libre para hacer con su vida lo que le dé la gana, al tiempo que las drogas son malas para la salud -el ejemplo es mío, no de Becker-. Para solucionar estos problemas las sociedades crean normas, que son mucho más concretas y que nos dan a las pautas de conducta de acuerdo con las que tenemos que actuar. Estas normas están impulsadas por los cruzados y pueden tomar forma de leyes o simplemente de un acuerdo tácito entre las personas. 

     

viernes, 3 de septiembre de 2021

Iñaki Domínguez: Sociología del moderneo

 SOCIOLOGIA DEL MODERNEO | IÑAKI DOMINGUEZ | Casa del Libro


    Frente a las sociedades tradicionales en las que todos los miembros de la comunidad se conocían entre sí y, por tanto, tenían una identidad, la vida moderna nos ha condenado a vivir de forma anónima entre la masa. Esto, lógicamente, genera cierto desasosiego y muchas personas sienten la necesidad de destacar para salir de ese anonimato aniquilador. 


    El moderno se rodea y hace cosas que se consideran exclusivas. Esto lo hace diferente y, por tanto, destacar. Pero la paradoja de esto es que los demás tienen que reconocer esas cosas tan exclusivas que rodean al moderno y poder identificarlas como tal, tienen que poder relacionarlo con algo.  Esos pantalones tan guays lo son porque la gente lo relaciona con algo. Así, los modernos aspiran a lograr la distinción adhiriéndose a formas de conducta y vestimenta ya estandarizadas por el mercado.  Aunque te invitan a ser original, el medio que te ofrecen para lograrlo es manufacturado en serie.

Asociarse a una marca para que los atributos de esa marca se te peguen. 

La paradoja de que se busca la individualidad en moldes prefabricados en masa. 

Los modernos tienden a ser gente de provincias, donde todo el mundo los conoce, que van a la gran ciudad y deciden redefinir su propia identidad. Son personas que están desencantadas con sus orígenes y deciden construirse una nueva identidad. 

El moderneo está dominado por el pensamiento dogmático. Por tal, Iñaki Domínguez entiende aquel pensamiento que se adhiere a unos valores morales y determinadas conductas de forma acrítica. Según él, esto es debido a que en las sociedades contemporáneas, donde todo cambia continuamente y donde la cantidad de decisiones que tenemos que tomar es abrumadora, las personas recurrimos a expertos que nos digan qué pensar, qué hacer, qué nos debe gustar y qué no. Esto, lógicamente, deriva en el conformismo de los modernos. 

Las sociedades tradicionales encontraban el sentido de la vida y un código de conducta en la religión. Nuestra sociedad científica nos ha condenado a vivir sin trascendencia, lo que lleva a la personas a la búsqueda de la felicidad aquí en la Tierra, por medio del consumo de bienes materiales y del hedonismo desenfrenado. Este hedonismo se lleva más allá de los momentos de ocio: 

También en el mundo laboral el moderneo se manifiesta como hedonismo enajenado. Se trata de trasmutar el trabajo, tradicionalmente tedioso y sacrificado, en fuente de placer. No obstante, como ya hemos visto, entre modernos también el ocio es trabajo. La borrosa línea que separa ambos mundos refleja la naturaleza alienada de la vida social. Ya no existe la polaridad tradicional entre trabajo y placer, sino que el consumo coloniza la totalidad de la vida.


  De acuerdo con las teorías de Debord, Baudrillard, etc... el capitalismo de consumo vacía todo de contenido, reduciéndolo a pura imagen. Esto lleva a Iñaki Domínguez a utilizar la metáfora del filtro para explicar el modo en que los modernos presentan su vida a los demás. En las redes sociales se pueden poner filtros a las fotos para que la realidad parezca mejor de lo que realmente es. Esto, el moderno, lo extiende a todos los aspectos de su vida. El moderno no está tan preocupado por el sentido o en contenido de sus actos, como de que estos aparezcan como deseables a los demás. La cultura de la imagen vacía de contenido les lleva a hacer de la vida un espectáculo que merece la pena ser proyectado, exhibido y, por tanto, vivido, consumido. En las redes y en la vida en general, el moderno se entrega a una suerte de narcisismo a través del autoelogio en imágenes.


    El moderneo aplica la lógica de mercado a todos los aspectos de la vida, entre ellos el amor. El moderno se muestra altivo porque eso lo hace pasar a los ojos de la persona deseada como alguien inaccesible, escaso y, por tanto, como en el mercado, sube el precio. Los verdaderamente poderosos tienden a mostrarse altivos porque tienen valor para los demás por el mero hecho de ostentar una situación de poder. El moderno copia su actitud, aunque carezca del contenido. 

viernes, 27 de agosto de 2021

Eva Illouz: El consumo de la utopía romántica.

 El fin del amor: Una sociología de las relaciones negativas: 3104  (conocimiento) : Illouz, Eva, Mosconi, Lilia: Amazon.es: Libros



    La idea del amor romántico surge en el siglo XIX como justificación ideológica de la familia patriarcal. Se concibe el amor romántico como una suerte de comunitas, en el sentido que le da Victor Turner a este concepto (ver aquí). Hay una vida normal en las ciudades, con su trabajo, sus preocupaciones por la economía de las personas, etc... Esta vida normal está regida por los intereses económicos (por eso trabajamos, por eso nuestras relaciones sociales son como son, por eso vivimos como lo hacemos, etc...). El amor romántico escapa a estos valores porque se supone que va más allá de lo material. De acuerdo con la ideología del amor romántico, no establecemos relaciones sentimentales ni nos casamos por interés económico. En este sentido, el amor es un espacio liminal. Illouz habla más bien de liminoide, porque el amor romántico, aunque comparte muchas de las características de la experiencia religiosa, no alcanza su significado e intensidad. 

    El amor romántico casi sustituye a la experiencia religiosa. Es el que le da sentido a la vida. La concepción teológica del mundo y de la vida ha desaparecido. Ya no creemos en Dios y en la vida eterna, así que tenemos que darle sentido a nuestra vida siendo felices aquí y ahora. La experiencia romántica se erige como el modo para alcanzar esa felicidad y, por tanto, es el sentido de la vida. 

    En tanto que fenómeno liminal/liminoide, el amor romántico tiene que tener sus propios espacios al margen de la vida cotidiana. Así, la Naturaleza se convierte en su espacio privilegiado. La Naturaleza se asemeja a Dios y se opone al espacio de la vida prosaica, vulgar de la ciudad. 

    El capitalismo de consumo recoge toda esta ideología y la lleva a consumir y gastar. Las actividades vinculadas al amor implican consumir: viajar, cenas románticas en restaurantes caros, hoteles, hacer turismo, ir al cine, al teatro o la ópera, etc... Lo que en el siglo XIX eran visitas a la casa de la amada, hoy en día se ha convertido en una actividad de consumo.

    El amor romántico aparece vinculado a dos actividades propias del capitalismo de consumo: el lujo y el turismo. En cuanto al primero, durante los encuentros románticos, se hace un gasto conspicuo en comidas desproporcionadamente caras, en viajes y habitaciones de hotel que no pagaríamos de ninguna manera en otro contexto, etc... En cuanto al segundo, pagamos viajes y todo lo que ello implica porque se supone que viajando accedemos a espacios donde se viven las experiencias más intensas.

    Sin embargo, la mayoría de la gente no se embarca ni acepta incondicionalmente la ideología del amor romántico. Baudrillard decía que en el capitalismo de consumo, las personas no consumimos objetos, sino símbolos (ver aquí). La mayoría de los ciudadanos de las sociedades postmodernas somos conscientes de ello y por eso mantenemos una actitud cínica con respecto a las cosas y las personas. Sabemos que en el amor los medios de comunicación de masas y la publicidad nos venden una imagen, unos marcos conceptuales y unas conductas que aceptamos. Por eso la mayoría somos un tanto escépticos con respecto al amor romántico.

    En nuestra sociedad conviven dos ideas aparentemente contradictorias acerca del amor:

    a) el amor como una fuerza que nos arrebata y todo lo puede, por encima de los compromisos y los intereses económicos (esta es la idea típica del amor romántico).

    b) el amor racional, por el que entendemos que las relaciones sentimentales pueden ser un medio para ascender socialmente (esta es la concepción típica de los matrimonios pactados de sociedades primitivas). Paralelamente, esta idea del amor racional nos hace entender el amor en términos de una inversión capitalista: invertimos algo a cambio de algo. A cambio de involucrarnos en una relacionas con los sacrificios que ellos supone, esperamos una gratificación emocional: ser felices. Esto responde al individualismo e utilitarismo propios del capitalismo.

    Estas dos tendencias solucionan su aparente contradicción por medio del habitus -Illouz toma el término de Bourdieu-. Por medio del habitus aprendemos de quién nos tenemos que enamorar, que cualidades debe tener la persona (generalmente de clase social), etc... Entonces sentimos el amor romántico/pasión, pero determinado por el habitus. 


    

    


jueves, 10 de junio de 2021

Ulrich Beck y Elisabeht Gernheim: El normal caos del amor



El normal caos del amor: Las nuevas formas de la relación amorosa  Contextos: Amazon.es: Beck, Ulrich, Beck-Gernsheim, Elisabeth: Libros

    En el siglo XIX las personas establecíamos relaciones estables con las personas. Trabajábamos en un único lugar a lo largo de toda nuestra vida, lo que nos permitía tener siempre los mismos amigos, permanecer siempre cerca de nuestros familiares y, en lo que atañe al tema de este libro, tener un matrimonio único. En este sentido, el matrimonio era una institución estable. 

    El matrimonio tradicional era el resultado de las necesidades económicas del sistema económico de la época. La mujer necesitaba casarse para tener las necesidades vitales cubiertas -el marido era el encargado de llevar dinero a casa, ya que las mujeres estaban excluidas del mercado de trabajo-. El hombre también dependía del trabajo doméstico de las mujeres. Este trabajo, aunque no fuese remunerado, también es necesario para vivir, por lo que había una relación de interdependencia entre ambos sexos que se fraguaba en el matrimonio -esta relación, evidentemente, era desigual, pero esto no implica que no se necesitasen el uno al otro-. 

    La globalización supuso un cambio fundamental en las relaciones socioeconómicas. En el mundo líquido moderno, nada es estable. No solo es que las noticias apenas si duren unas horas en los medios de comunicación o que una app revolucionaria pase de moda en unos meses. El mercado laboral exige de las personas que cambien varias veces de empleo varias veces en su vida, que estén a disposición de la demanda de ese mercado. Cada cambio implica un cambio de lugar de domicilio y de relaciones. Dejamos atrás amigos, familia y, con frecuencia, la pareja. 

    Paralelamente, la incorporación de la mujer al trabajo, les dio la libertad para poder romper el matrimonio y poder emprender una nueva vida. 

    La globalización implica un nuevo proceso de individualización de la persona. El individuo y su propia felicidad se ponen en en centro de la aspiración de las personas. Nos percibimos a nosotros mismos como individuos ante todo, antes que miembros de grupos humanos. 

    Estas nuevas relaciones socioeconómicas se proyectan sobre la nueva concepción del matrimonio:

    a) El matrimonio ya no es una institución estable. Ahora ya no vemos la biografía amorosa de una persona como enlazada únicamente a otra única persona, sino que el currículum amoroso de alguien se entiende como una sucesión de fases, en las que tendrá varias parejas diferentes, periodos de soledad, etc...

    b) El modelo de matrimonio y relaciones amorosas es múltiple y diverso. Hasta los años sesenta, sexo, vivienda, paternidad, maternidad y amor estaban circunscritos al matrimonio. Ahora no. Tenemos hijos y sexo sin necesidad de estar casados, establecemos relaciones, incluso matrimoniales, con personas que tienen hijos de otra pareja, la persona a la que amamos vive con otra persona, nosotros vivimos solos -o no-, etc... 


    c) Las personas priorizamos nuestra propia individualidad, nuestra búsqueda de la felicidad, por encima de supuestas instituciones supraindividuales -en este caso el matrimonio-. El amor y el matrimonio nos son útiles y recurrimos a ellos en tanto que sean fuente de placer y bienestar. En el momento en que dejan de serlo, los abandonamos y buscamos esa felicidad en otra pareja. 

    d) El matrimonio ya no es una institución única y universal para todos los miembros de la sociedad. Precisamente como consecuencia de ese proceso de individualización, cada matrimonio es negociado, particularizado por los miembros de la pareja. Se negocian cláusulas para decidir a dónde se van de vacaciones, si se permiten otros compañeros sexuales, cómo se gestiona el dinero, etc... 

    e) El amor también es un concepto vacío, no universal, que los amantes tienen que rellenar, negociar entre ellos. No hay única forma de ser felices en el amor. Cada pareja tiene que encontrar su camino por medio de la negociación. El amor de cada pareja es, por tanto, único y diferente.  

    f) la persona continuamente móvil, fungible, que vuela y se mueve de aquí para allá de acuerdo con las necesidades del mercado laboral, siente ante sí mismo el vacío de una soledad radical. Al ser conscientes de que ninguna relación es duradera nos sentimos solos. Paradógicamente, el matrimonio se nos ofrece como la otra cara de la moneda de esta soledad radical. Buscamos en el tú, compartiendo intimidades, la estabilidad emocional que nos falta en la modernidad líquida. 
Aunque las relaciones sentimentales se han vuelto fungibles, buscamos en ellas la estabilidad y la seguridad frente al mundo exterior que cambia incesantemente. De ahí que Bech sostenga que en el siglo XXI hay una nueva religión terrenal del amor. Creemos que el amor nos va a dar el paraíso en la tierra, que nos va a hacer felices. 

    g) Como consecuencia del punto anterior, lo que mantiene vivo al matrimonio en tanto que institución social, es el miedo a la soledad. 

    h) Las personas educadas en el modelo de matrimonio anterior, sienten que su vida ha fracasado cuando la nueva realidad social les lleva a terminar con su matrimonio. 

    i) Los hijos, con todas las obligaciones que implican, son un obstáculo en el proceso de individualización. Sin embargo, y aunque resulte paradógico, los hijos también son un instrumento de los padres para huir de la soledad. Frente a las relaciones sentimentales fungibles, los hijos aparecen como una fuente de amor y seguridad permanente.

    h) En la Edad Media la función de los hijos era obtener mano de obra y un heredero para el capital de la familia. En la Edad Moderna, los hijos cuestan mucho dinero y esfuerzo. Su función ha cambiado radicalmente. Ahora la función es dar estabilidad emocional a esa biografía emocional en continuo devenir. Incluso, para algunas mujeres abrumadas por el exceso de racionalización del mundo laboral, el hijo se convierte en el refugio de naturalidad. Es como si quisiesen recuperar ese paraíso perdido a través de sus hijos.  

    g) En la Edad Media apenas si se prestaba atención a la educación de los niños. Los padres pasaban prácticamente todo el día realizando extenuantes trabajos físicos y, por la noche, no tenían ni fuerzas ni ganas para atender a la educación de sus vástagos. En la Era Industrial las cosas no cambiaron demasiado. Las taras, defectos o faltas que tuviesen los niños se achacaban a la voluntad divino y se debajan estar. Hoy en día hay una conciencia generalizada de que podemos intervenir directamente en el desarrollo de nuestros hijos. Esto deviene en dos consecuencias fundamentales:

- la primera es que el hecho de tener o no un hijo ha dejado de ser un proceso natural. Las personas se lo piensan, lo planifican y tratan de tenerlo todo controlado antes del parto. Se cuidan médicamente y se hacen todas las pruebas posibles para asegurarse de que el futuro recién nacido no tenga el más mínimo problema. Esto genera mucho estrés a algunas familias. 

- la segunda es que la educación de nuestros hijos se nos antoja como algo fundamental, de ahí que nos preocupemos hasta la extenuación de darle la mejor educación posible, no solo académicamente, sino de no traumatizarle con determinados castigos, de que el niño tenga lo que nosotros creemos un desarrollo emocional óptimo para ahorrarle problemas psicológicos en el futuro, etc...

    A priori, esta última consecuencia nos puede parecer positiva. Beck y Gernheim sostienen que nadie en su sano juicio puede afirmar que la infancia actual es peor que la de un niño en la Edad Media. Sin embargo, señalan que no es en absoluto perfecta. En primer lugar, porque somete al hogar a una hiperemocionalización continua. Los sentimientos se convierten en los tiranos de las familias. Y en segundo lugar, es fácil que la educación de nuestros hijos sufra desviaciones patológicas. Los padres tienden a proyectar sus frustraciones sobre sus hijos y los atosigan con una suerte de educación que, a su juicio, les va a mejorar. La mejora de la posición de los hijos con respecto de los padres se convierte en una obsesión para los progenitores. De este modo tendemos a dirigir excesivamente su educación académica -en caso de que los padres hayan sufrido carestías económicas y crean que los estudios son un ascensor social-, nos excedemos tolerando sus comportamientos -en caso de que los padres hayan padecido unos padres autoritarios-, caemos en formas patológicas de amor por exceso, cuando alguno de los progenitores no se sintió querido por sus propios padres, etc...

 

    g) El proceso de individualización de las sociedades modernas tiene dos consecuencias:

- Las personas buscamos nuestra felicidad individual. Ya no nos encerramos en moldes heredados. Podemos optar por diferentes opciones en pos de este objetivo vital -esto tiene mucho que ver con el concepto de reflexividad de Giddens-. 
- El sentido de la vida ya no nos viene dado por la religión. Ahora debemos buscarlo aquí y ahora en nuestra propia felicidad. 

    Estos dos hechos hacen que los matrimonios sean el resultado de la negociación de dos personas con dos proyectos de felicidad diferentes porque son propios y personales. 

    g) La crisis de la mediana edad es, en cierta manera, la reedición tardía de la crisis de la adolescencia. Ante el miedo a la soledad del mundo líquido, nos hemos refugiado en la pareja. Los primeros años de esta relación son los de la lucha conjunta por unos objetivos, la crianza de los hijos, el despegue de la carrera profesional, etc... Pero una vez alcanzados esos objetivos, nos damos cuenta de que en el proceso de negociación que es la pareja, hemos renunciado a varios aspectos que consideramos importantes para nuestra felicidad personal. Entonces la familia se ve como un lastre, una enemiga.