miércoles, 9 de mayo de 2018

Instituciones modernas. El gimnasio II: Los monitores como punto de acceso al sistema experto.

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    Si avanzamos un poquito más por el gimnasio, y bajamos las escalares, llegamos a la sala de ejercicio. Este es un espacio amplio profusamente poblado por máquinas de ejercicio de todo tipo. A la izquierda según se entra, hay biciestáticas, bicielípticas, cintas de correr y máquinas de remo. Es lo que se conoce como la zona de cardio, porque, según parece, esos artilugios sirven para la mejora cardiovascular. A la derecha están las máquinas que yo toda la vida asocié a los gimnasios: bancos con barras de metal con discos a los lados, mancuernas y todo tipo de mecanismos con poleas y pesos que hay que subir y bajar.  Y espejos, muchos espejos por todos lados, porque, por lo que se ve, es muy importante contemplarse a uno mismo mientras sube y baja pesos. Este espacio recibe el nombre técnico de zona de musculación. 

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La sala de musculación es muy parecida a la que aparece en esta foto. 

  Anthony Giddens encontró en los sistemas expertos una de las características definitorias de nuestra sociedad moderna. Simplificando un poco, en las primitivas tribus de homínidos todos los miembros sabían hacer más o menos de todo. Los primeros australopitecus ya sabían subirse a los árboles, buscar frutos y brotes comestibles y ponerse a chillar si veían a algún depredador potencial. Pero empezó la epopeya de la evolución y, con ella, el reparto del trabajo. Unos se especializaron en cazar y otros en recolectar, unas en la crianza de la prole y otros en guerrear. Y, poco a poco, a medida que las sociedades iban creciendo y se iban haciendo más complejas, sus miembros se especializaron en una actividad concreta cuyos frutos intercambiaban por otras cosas. Así surgen los campesinos, los gobernantes, los médicos, los profesores, etc… Los sistemas expertos son las instituciones que se encargan de gestionar estos saberes especializados. 

   El gimnasio es un sistema experto. En este caso, un sistema experto que gestiona el conocimiento acerca del tratamiento del cuerpo adecuado a las normas de nuestra sociedad obsesionada con la salud y la estética. Los puntos de acceso a este sistema experto son los monitores. En este gimnasio hay cuatro: dos mujeres y dos hombres. Ellas ligeramente más jóvenes que ellos. Los cuatro con los cuerpos perfectamente esculpidos de acuerdo con los cánones de belleza actuales. Cuerpos de anuncio publicitario, asépticos, de los que se ha borrado cualquier rastro de humanidad. Pero ya hablaré más adelante de los cuerpos en los gimnasios. Ahora me interesa el gimnasio como sistema experto y sus puntos de acceso. 


   Antes de poder moverte libremente por la sala de ejercicio, el nuevo usuario debe tener una entrevista con uno de estos monitores. A mí me tocó L. Nuestra entrevista tuvo lugar en una suerte de despachito con un escritorio que tienen medio escondido a la izquierda del mostrador de recepción. En términos generales, esta primera interacción no difirió mucho de la que uno puede tener en la consulta de un médico, lo cual es perfectamente lógico, porque los hospitales también son sistemas expertos y los médicos sus puntos de acceso. L se sentó a un lado de un escritorio y me invitó a que me sentase enfrente. Luego abrió un cajón y sacó una hoja y un bolígrafo. 

   - ¿Has hecho deporte alguna vez? -me preguntó sin mirarme. 

  La pregunta me pareció un poco extraña, habida cuenta que tengo cuarenta años. 

   - Sí, claro. Cuando era niño jugaba mucho al fútbol y de adolescente andaba en monopatín. 

    L levantó la mirada de la hoja en la que se suponía que iba a tomar notas. Parecía un poco molesto. 

   - Me refiero a si has hecho deporte alguna vez de forma profesional. 

    - ¿Profesional? ¿Como los futbolistas y eso?

   - Hay otros deportes de élite diferentes al fútbol. -dijo con aire de suficiencia- Atletismo o ciclismo, por ejemplo. 

   Ahora fui yo el que se sintió un poco molesto, porque a veces veo el Tour por la televisión y vi algo de los Juegos Olímpicos de Pekín y creo que, si yo fuese una de esas personas que competían allí, no necesitaría ir a un gimnasio. Sea como sea, no exterioricé mi enfado y me limité a decir que no, que nunca había recibido una retribución alguna por una actividad que requiriese competir en esfuerzo físico. Él tomó nota en la hoja. 

   A esta pregunta siguieron otras muchas acerca de mi cuerpo en general. Me preguntó por lesiones o enfermedades crónicas, por afecciones cardíacas y cosas así. Yo contesté a todo al punto y él tomó notas en su hoja.

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El de la foto no es L, pero podría serlo.
Es bastante parecido.
Ella, evidentemente, no soy yo.
Es una usuaria estándar de un gimnasio.

   El resultado de esta entrevista fue que L me dio una fotocopia de ejercicios estándar, exactamente igual que la que le da a cualquiera que se apunte a ese gimnasio. Esto podría interpretarse como que la entrevista fue perfectamente prescindible, pero no fue así en  absoluto. El objetivo de este pequeño ritual no era preocuparse por mí como individuo, sino dejar meridianamente claro que él posee el conocimiento experto, que yo soy un lego y que, por tanto, debo obedecer las decisiones que él tome sobre mi cuerpo. 


   Luego pasamos a la sala de ejercicio, donde me explicó el funcionamiento de las máquinas, el modo de hacer los ejercicios y, a partir de ese momento, me convertí en un usuario del sistema experto gimnasio. 
   



domingo, 6 de mayo de 2018

Instituciones modernas: El gimnasio I. La recepcionista.



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     Hace años que arrastro dolores de espalda. 


    - Uy, uy, uy. -dijo la fisioterapeuta- No tienes nada de masa muscular. 

    - Tienes que ir al gimnasio. Si no, vas a estar aquí cada quince días. -dijo otro fisio. 

     Demoré todo lo que pude la decisión. Pero al final fui. 

    El gimnasio al que voy no tiene nada de especial, nada que lo diferencie de otros gimnasios. Se accede a él por una puerta de cristal con un sensor de movimiento. A la derecha hay un mostrador corriente con una recepcionista corriente. Junto a ese mostrador hay unas escaleras que bajan a la sala de ejercicio, y, a la izquierda de las escaleras, están los vestuarios. Abajo, en la sala de ejercicio, hay las típicas cintas de correr, bicicletas estáticas y máquinas de pesas. Allí la gente hace lo que todo el mundo en los gimnasios: entrenan y sudan. 

   Es precisamente esta total falta de particularidad lo que hace del gimnasio un sitio tan cautivador. Su normalidad absoluta lo convierte en un espacio privilegiado desde un punto de vista social. Hay tanto que contar de él, es tan denso, que una mañana en él bastaría para un tratado acerca de la sociedad del siglo  XXI. 

    Como dije, lo primero que ve uno al entrar es el mostrador corriente con la recepcionista corriente. Tendrá unos treinta y cinco años. Va muy maquillada, siempre lleva tacones y recibe a todo el mundo con una sonrisa de careta. A tenor de su atuendo, su amabilidad fingida y su falsa camaradería, uno podría pensar que va hasta arriba de alguna droga euforizante o que quiere ligar. Pero no es el caso en absoluto. Es solo que se comporta de acuerdo con los códigos esperables en una interacción comercial. La pobre chica, que supongo que las más de las veces no le apetecerá ni mierda pintarraejarse como una india ni ser amable hasta el servilismo con desconocidos, tiene que agradar, tanto a la vista como al trato, porque nuestro capitalismo de consumo se rige por la máxima de que el cliente siempre tiene razón. En el siglo XIX el problema del capitalismo era la producción. Había un mercado enorme para el que no había producción suficiente. Se vendía todo lo que se producía, así que no había que ser especialmente atento con los clientes, a no ser que fuesen personas notables en la comunidad -y en ese caso no se era amable con ellos por su naturaleza de cliente, sino por su notoriedad-. Pero las cosas han cambiado. Hoy en día se produce mucho más de lo que se puede consumir, así que las empresas han de ganarse al cliente, aunque ello suponga halagarlo sin mesura. 

    Esta es una labor tediosa y que además te pone en relación de subordinación con respecto al cliente, por lo que los empresarios, los que están por encima en la jerarquía, suelen delegar en empleados asalariados -a no ser que se trate de clientes muy, muy especiales-. 

  Por otro lado, es significativo que esta actividad recaiga casi siempre en mujeres. Es un trabajo desagradable -al menos tedioso- para el que no hace falta estar cualificado. Así que suele acabar limitado a individuos con pocas oportunidades de medrar socialmente. Las mujeres siguen padeciendo discriminación laboral, por lo que no es de extrañar que recepcionista sea un empleo femenino. Paralelamente, las relaciones de género desiguales apartaron a las mujeres de cualquier actividad intelectual o de lucha activa en la sociedad-jungla. Su rol se limitaba al solaz del varón, solaz que solía limitarse a resultarnos físicamente agradables y a escucharnos y darnos  continuamente la razón. Así las cosas, lo excepcional sería encontrar a un hombre recepcionista. 


     

viernes, 13 de abril de 2018

Saskia Sassen: Expulsiones


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     Este ensayo se en las consecuencias de exclusión económica y social y en la degradación de la naturaleza que provoca el actual sistema neoliberal.  Estas consecuencias ya no se dan en el marco de un estado nación, sino que tienen lugar a nivel global. La hipótesis central de este libro es "que el paso del keynesianismo a la era global, de privatizaciones, desregulación y fronteras abiertas para algunos, implicaba un pasaje de una dinámica que atraía gente hacia el interior a otra dinámica que empuja gente hacia afuera". Para referirse a estas zonas de exclusión social, económica y natural, Sassen habla de "filo del sistema". Todo lo que no encaje con la nueva lógica del crecimiento macroeconómico es expulsado del sistema. Así, los desempleados griegos y españoles se ven obligados a emigrar, del mismo modo que en Estados Unidos aumenta alarmantemente el número de personas encarceladas. 

   Hasta la década de los ochenta del pasado siglo las políticas de los estados estaban orientadas hacia la construcción de una sociedad justa. De una forma u otra, los estados se preocupaban del bienestar de los ciudadanos, incluyendo entre entre estos estados a los comunistas o Nasser en Egipto. La lógica de estas políticas era la inclusión de los ciudadanos y para ello se trataba de sacar a las personas de la marginación y la pobreza. Pero había un movimiento subyacente que estaba orientando el mundo hacia el sistema neoliberal. Hacia la década de los ochenta los estados de bienestar y los sindicatos ya estaban prácticamente devastados. 

    Sassen afirma que:

    hemos caído bajo el influjo de una concepción peligrosamente estrecha del crecimiento económico. El crecimiento, desde luego, era esencial para el proyecto del Estado de bienestar, pero también era un medio de impulsar el interés público, de aumentar una prosperidad que sería compartida por muchos, aunque por algunos mucho más que por otros. En contraste con eso, hoy nuestras instituciones y nuestros supuestos están cada vez más al servicio del crecimiento económico corporativo. Esa es la nueva lógica sistémica. Tal vez no todas, pero suficientes corpo­ raciones han buscado liberarse de toda constricción, incluidas las del interés público local, que interfiera con su búsqueda de lucro. Cualquier cosa o cualquier persona, ya sea una ley o un esfuerzo cívico, que dificulte el lucro, corre el riesgo de que la hagan a un lado, de que la expulsen.

(...)

 las corporaciones tienen notables herramien­tas nuevas a su disposición: matemáticas y comunicaciones avan­zadas, máquinas que literalmente mueven montañas, libertad de movimientos y de maniobra global que les permite ignorar o inti­midar a gobiernos nacionales, y cada vez más instituciones inter­nacionales que imponen a todo el mundo el cumplimiento de sus agendas. Los gobiernos occidentales, los bancos centrales, el FMI e instituciones internacionales afines ahora hablan de la necesidad de reducir las deudas gubernamentales excesivas, los programas de bienestar social excesivos, la regulación excesiva. Ese es el lenguaje de las principales instituciones que ponen orden en Occidente y cada vez más en todas partes. Contiene la promesa implícita de que si pudiéramos reducir esos excesos volveríamos a la normalidad, a los días fáciles de la posguerra. Pero esa promesa oculta la medida en que ese mundo se ha ido de verdad, y la medida en que, aparte de lo que puedan decir los gobiernos nacionales, demasiados acto­res económicos corporativos no quieren que vuelva. Quieren un mundo en el que los gobiernos gasten mucho menos en servicios sociales o en las necesidades de las economías de barrio o las pequeñas empresas, y mucho más en las desregulaciones e infraes­ tructuras que los sectores económicos quieren.

    En realidad es el suyo un proyecto de contraer el espacio de la economía de un país, pero no la rentabilidad económica del sector corporativo. 

     Sassen pone como ejemplo lo sucedido en España, Portugal y Grecia con la crisis económica. Los recortes han expulsado a gran parte de la población o bien fuera del país, o bien hacia la pobreza y la marginación. Paralelamente, las políticas impuestas por el FMI, el BCE, los gobiernos neoliberales, etc... han retirado a estos expulados del sistema cualquier tipo de ayuda o prestación social o médica. Todo ello con la excusa de recuperar la economía, que, supuestamente, estaba lastrada por el peso excesivo del gasto del estado del bienestar. Y, efectivamente, parece que esa recuperación se está produciendo, por lo menos a nivel macroeconómico. Pero lo que no nos dicen es que esa recuperación es a costa de haber expulsado a la población a la emigración, el paro, la pobreza y la marginación. Los estados se adelgazan para que las grandes corporaciones puedan engordar. El problema es que el adelgazamiento de los estados genera pobreza y marginación. 


    Una de las intenciones de este libro era hacer visible el cruce hacia el espacio de los expulsados: captar el sitio o el momento vi­sible de expulsión, antes que lo olvidemos. Los aldeanos y pequeños agricultores expulsados de sus tierras debido al desarrollo de plan­taciones de palmas pronto se materializan como habitantes de ba­rrios paupérrimos en vastas megaciudades, completando la supresión de su pasado como pequeños agricultores. En Grecia los empleados del gobierno despojados de sus empleos en nombre de las demandas de la UE de reducir la deuda pronto pasaron a formar parte de la masa de los desempleados, dejaron de ser reconocidos como antiguos empleados del gobierno. Extensiones de tierra muerta, envenenada por emisiones tóxicas de fábricas o minas, son expulsadas de la tierra trabajada y olvidadas.

    La hipótesis organizadora es que por debajo de las especificidades de cada uno de los grandes campos examinados en este libro hay tendencias sistémicas que están emergiendo. A pesar de sus órdenes visuales y sociales enormemente diversos, desde el empoderamiento de la corporación global hasta el debilitamiento de la democracia local, son conformados por unas pocas dinámicas básicas de búsqueda de lucro en libertad e indiferencia hacia el medio ambiente. 

  (...)

 Cuando las fuerzas destructivas hacen erupción y se vuelven visibles, el problema que surge es de interpretación. Las herramientas que tenemos para interpretarlas son anticuadas, y caemos en las categorías familiares: hablamos de gobiernos que carecen de responsabilidad fiscal, de hogares que adquieren más deuda de la que pueden manejar, de asignaciones de capital que son ineficientes porque hay demasiada regulación, etcétera. No niego que esos problemas pueden ser reales: hay exce­lentes investigaciones empíricas que los documentan, y yo las uso y en parte dependo de ellas, pero mi esfuerzo en este libro fue el de explorar si no hay además otras dinámicas activas, dinámicas que cortan transversalmente esas familiares y bien establecidas fronteras conceptuales/históricas. 


    En cada uno de los capítulos, Sassen se centra en una exclusión particular del sistema: 

    En el capítulo 1 se centra en los países desarrollados que han suprimido servicios sociales y médicos, han concentrado empresas en manos de unas pocas corporaciones, y que cada vez tienen menos trabajadores y menos consumidores; en el capítulo dos estudia las consecuencias en los países del Cono Sur y las largas cadenas que implican la compra de tierra en un país soberano extranjero; en el tres a los desplazados en el Norte global por la manipulación financiera de su deuda,; y en el capítulo cuatro se centra en los excluídos por culpa de la destrucción de la Naturaleza y el cambio climático.
   

Anthony Giddens: La transformación de la intimidad.

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     Giddens estudia en este libro el modo en que los cambios que acontecieron con la Modernidad afectaron a la vida íntima de las personas. Por vida íntima Giddens entiende el amor, el erotismo y la sexualidad. 
  
   Para tal fin, lógicamente tiene que tener en cuenta a Foucaut y su monumental Historia de la Sexualidad


    Lo que viene a decir Foucault es:



 - La aparición de la sexualidad está ligada a los estados nación y la necesidad de control que estos tienen de controlar a las poblaciones. 



- Las sociedades modernas, para existir, necesitan disciplinar a los ciudadanos. Esto es controlarlos. Las personas, para vivir en estas sociedades y disfrutar de sus instituciones, renuncian a sus instintos e inclinaciones. Son reprimidos. 



- Los instituciones de represión son las escuelas, las cárceles, los hospitales, etc...  



- Por medio de la represión las sociedades modernas consiguen que las personas renuncien a sus instintos, inclinaciones y deseos. 



- Foucault se da cuenta de la ambigüedad del poder, porque, al tiempo que reprime, y precisamente por esa represión, también es una fuente de placer. 



- Foucault se centra los siglos XIX y XX. Al tiempo que la sexualidad se reprimía -se trataba como algo oculto, perteneciente al dominio de la mayor intimidad-, se estudiaba sin descanso. De esta paradoja, Foucault concluye que no es que el poder tratase de eliminar/suprimir el sexo, sino que pretendía crear un nuevo desarrollo corporal y mental del individuo. 



- El placer erótico se convierte en sexualidad cuando el poder distingue la sexualidad normal -formal- de lo que se considera enfermizo -patológico-. 



- Surge la ciencia de la sexualidad gracias a la acumulación de saber sobre ella y la confesión. 



- La confesión era el instrumento de la religión para acceder al sexo. 



- La religión utilizó el sexo para controlar la vida de los fieles. 



- Por medio de la confesión los fieles construyen un discurso sobre su sexualidad. Evidentemente este discurso está guiado de acuerdo con los intereses del poder. Hay que recordar que para Foucault el discurso crea la realidad. Por medio de la confesión las personas crean su propia sexualidad. 



- En definitiva, para Focault la sexualidad no es un impulso biológico, sino un discurso de poder. Nos dice cómo tenemos que comportarnos, qué sentir, qué hacer. 



    Giddens cree que Foucault exagera la importancia del control. No podemos entender la sexualidad en las sociedades modernas solo desde el control. Hubo otros cambios fundamentales para poder entenderla. 



   Es muy importante, por ejemplo, el surgimiento de la idea de amor romántico. 



    Antes, en todas las culturas, amor pasión. Es una suerte de sexualidad libre. Muchas lo consideran como algo negativo, incluso una enfermedad, porque los amantes pierden el control de sus vidas. 


   En estas sociedades el matrimonio tenía lugar antes por cuestiones económicas que sentimentales. 


   El amor romántico surge entre los burgueses en el siglo XIX ligado a la organización familiar. El amor romántico encaja y justifica la familia burguesa. Monogamia, sobre todo para la mujer, maternidad, etc... El matrimonio es el sentido de la vida. El amor nos hará felices. Solo hay una persona predestinada para nosotros. El matrimonio tiene que ser por amor. Es una empresa emocional conjunta. Esa empresa emocional concluye en los hijos. El amor romántico separa la sexualidad femenina de tener hijos -la reproducción-.



    En la sociedad actual la ideología del amor romántico se diluye por dos razones: la reflexividad de los proyectos de vida y la emancipación de la mujer. -para entender mejor el concepto de reflexividad de Giddens pinchad aquí-. 


   El amor romántico se convierte poco a poco en amor confluyente. 


   El amor confluyente no tiene por qué ser exclusivamente heterosexual. 


   La satisfacción sexual recíproca es fundamental para el éxito de la relación. Esta satisfacción se organiza reflexivamente -se toman decisiones sobre ella- consultando información y recibiendo consejos de expertos. Para que esto fuese posible, hubo de separarse la sexualidad de la reproducción femenina. Los métodos anticonceptivos permiten una sexualidad única y exclusivamente por placer. En este sentido, las relaciones homosexuales, como están completamente desligadas de la reproducción, son relaciones confluyentes totales. 

  El amor confluyente presupone un modelo de relación pura, por la razón de que un hecho básico del mismo es conocer los rasgos del otro. 

   Precisamente como consecuencia de la reflexividad como una de las características definitorias de la Modernidad, el amor confluyente no tiene por qué ser para siempre. Las personas nos entregamos al amor y tomamos de decisión de tener una relación siempre y cuando está nos sea beneficiosa -nos de estabilidad emocional, nos haga felices, o lo que sea-. Pero en caso de que esto no de cumpla, rompemos la relación y lo buscamos en otra. 

    En el capítulo V se centra en la adicción al sexo: 

    Una compulsión es una forma de conducta que un individuo encuentra muy difícil, o imposible, de detener sólo con el poder de su voluntad. Obrar a impulsos de la misma produce una liberación de tensiones. Las compulsiones habitualmente asumen la forma de rituales personales estereotipados, como en el caso en que un individuo se lava cuarenta o cincuenta veces al día para sentirse limpio. La conducta compulsiva se asocia al sentimiento de pérdida de control sobre el ego. Algunos pueden realizar las acciones rituales en una especie de estado de trance. El no hacerlo causa un exceso de ansiedad. 


     Las adicciones son todo eso de las compulsiones y algo más: 



    Una adicción incluye todos los aspectos de conducta ya mencionados y algunos más. Puede ser definido como un hábito estereotipado que se asume compulsivamente; el sustraerse al mismo proporciona una ansiedad incontrolable. Las adicciones proporcionan una fuente de bienestar para el individuo, al aplacar la ansiedad, pero esta experiencia es siempre más o menos transitoria. 



    Las adicciones están muy relacionadas con el surgimiento de la modernidad, en concreto con la reflexividad. En las sociedades tradicionales 


   Donde amplias áreas de la vida de una persona ya no están conformadas por modelos y hábitos preexistentes, el individuo se ve obligado continuamente a negociar opciones de estilo de vida (...) La idea de adicción tiene poco sentido en una cultura tradicional, donde es normal hacer hoy lo mismo que se hizo ayer. Cuando hay una continuidad de la tradición y un modelo social particular, establecido de antemano, que es obedecido, así como sancionado como correcto y justo, nada podría ser descrito fácilmente como una adicción ni servir tomo una afirmación sobre las características específicas del yo. Los individuos no podrían seleccionar y elegir, y tampoco tendrían obligación de descubrirse a sí mismos en sus hábitos y acciones.


    Las adicciones, entonces, son un índice negativo del grado en que el proyecto reflexivo del ego se traslada a un puesto de plataforma central en la modernidad tardía. Son modos de conducta que se introducen —quizás en forma muy consecuente— en este proyecto, pero rechazan quedar incorporadas en el mismo. En este sentido todos son perjudiciales para el individuo y sería fácil ver por qué el problema de superarlos invade ahora la literatura terapéutica. Una adicción es una incapacidad de colonizar el futuro y, en cuanto tal, realiza una transgresión de las primeras preocupaciones con las que deben lidiar reflexivamente los individuos.



    Cada adicción es una reacción defensiva, y una vía de escape, un reconocimiento de falsa autonomía que arroja una sombra sobre la competencia del yo. 



   El sexo es compulsivo, justamente como otros modelos de conducta, cuando una conducta sexual personal queda gobernada por una búsqueda constante de algo, que, sin embargo, conduce persistentemente a sentimientos de vergüenza o inadecuación. La adicción es una conducta opuesta a una libre opción, en lo que respecta al proyecto reflexivo del ego personal; esta observación es exactamente tan válida en el caso de la adicción sexual como de otras formas de conducta.



   Relación entre sexualidad e identidad:



   En la modernidad la identidad es problemática (ver Giddens: Modernidad e identidad del yo). Como estamos todo el tiempo reflexionando y negociando hacia el futuro, es complicado. Tenemos que estar todo el tiempo tomando decisiones de futuro. Es una identidad autoconstruida. No nos viene dada por la tradición. La sexualidad forma parte de la identidad. Por eso en la modernidad la sexualidad es tan problemática. 



  Giddens se centra en tres autores que hablan de la relación de la sexualidad y la sociedad/cultura. Son Freud, Reich y Marcusse. Según ellos la sociedad/cultura reprime la sexualidad. Giddens no está de acuerdo porque hay una fascinación pública por la sexualidad. Si estuviese reprimida, no sería pública. Además, Giddens tampoco cree que la sexualidad haya sido creada por el poder. 



   En el capítulo VII plantea cómo debe reanalizarse la sexualidad masculina a raíz de los cambios, especialmente la emancipación de la mujer. Ya no hay mujeres castas o puras frente a las impuras. A los hombres -algunos- les cuesta aceptar los cambios.








Erving Goffman: Internados

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    Más que sobre internados, este ensayo versa sobre el concepto de institución total. Goffman define la institución total como «un lugar de residencia y trabajo, donde un gran número de individuos en igual si­tuación, aislados de la sociedad por un período apreciable de tiempo, comparten en su encierro una rutina diaria, administrada formalmente». Así, hospitales, cárceles, colegios de internos, cuarteles militares, campos de concentración y de trabajo, barcos o naves espaciales, etc... entrarían dentro del concepto institución total. 

   A partir de la definición que da Goffman, extraemos las características que tiene que tener una institución social:

     Se marca una frontera entre ellos y la parte de fuera. Hay una barrera, normalmente física, que aísla a las personas dentro de ella. El contacto con el mundo exterior se limita al mínimo. 

    Los roles que los individuos han desempeñado en el mundo exterior no tienen continuidad dentro de la institución social. Las personas, una vez se internan dentro de la institución, pierden esos roles y adquieren unos nuevos. 
Para marcar este corte, una de las primeras cosas que se hace dentro de la institución es mortificar. Se humilla, se somete a vejaciones y privaciones a los individuos, su ropa anterior es sustituida por una uniforme, se les prohíben sus viejas costumbres, y hasta en ocasiones se les priva de su nombre, con la intención de que interioricen esa pérdida de los viejos roles y la adquisición de los nuevos. Los individuos pierden de este modo su antigua identidad.

     Las actividades dentro de las instituciones totales son rutinarias. Se repiten una y otra vez las mismas actividades, muchas veces carentes de sentido o sin resultado productivo alguno. Los monjes rezan y trabajan siempre a las mismas horas un día tras otro; los soldados limpian, hacen maniobras, etc...; en los internados hay un horario muy pautado de estudio y tiempo de ocio, horas de acostarse y levantarse, etc... 

     El individuo no es el que decide qué rutinas llevar a cabo y cómo hacerlo, sino que no dependen de él. Le son impuestas desde una autoridad normalmente despersonalizada en forma de burocrática/administrativa. El internado puede estar en manos de un superior -un médico, un profesor, un cargo superior del ejército-, pero estos no son más que el instrumento ejecutor de otra autoridad que sitúa por encima de ellos y a la que no se le puede poner cara, es decir, individualizar. 

    A partir de estas rutinas y disposiciones tomadas por la institución, el individuo internado adopta una nueva identidad. Se da una progresiva «disminución del yo civil» que procesualmente queda asimilado a, y sustituido por el «yo institucional». Las reglas y rutinas pasan a convertirse en estructuras formalmente constitutivas de la personalidad del asilado. 

Anthony Giddens: Modernidad e Identidad del yo.


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    El objeto de este libro es el estudio del modo en que los cambios acaecidos con la Modernidad han afectado a la psicología de las personas. Giddens se propone descifrar cómo buscamos la identidad personal en la Modernidad. 



  Cinco revoluciones que vienen con la modernidad:



a) La científico-tecnológica. 


b) La de género.

c) El paradigma multicultural asimilacionista es sustituido por la inclusión social y cultural. 

d) La revolución genética. El cuerpo deja de ser un elemento de reproducción para conformar la propia identidad. 

e) El trabajo. 



    Las nuevas tecnologías y los medios de comunicación afectan al espacio y el tiempo. Giddens habla de desanclaje  espacio-tiempo. Con esto quiere decir que espacio y tiempo se separan. -en este post expliqué más pormenorizadamente el concepto de desanclaje (aquí):


   Se acercan los espacios. Aparace el no lugar. Muchos espacios de vacían de significado. Para entender mejor este concepto mejor leer el libro de Augé que habla exactamente de estos no lugares, o espacios vacíos de significado (aquí).  



   Paralelamente, la aparción reloj vacía el tiempo de significado. Los tiempos de las personas dejan de estar vinculados con la Naturaleza o la vida social, para convertirse en un tiempo abstracto. 


   Estos dos procesos de desanclaje tienen varias consecuencias:



    1) Lo global afecta de manera directa en lo local. Un suceso acaecido en cualquier parte del mundo, afecta a las vidas de personas que viven  a miles de kilómetros de distancia. Por poner un ejemplo evidente, el atentado contra las Torres Gemelas cambió la vida del mundo entero. 


   2) Desde lo local se percibe lo global. Podemos enterarnos de lo que pasa en el mundo desde casa en tiempo real y podemos ir a cualquier parte del mundo con facilidad. 



   3) Se descontextualizan las relaciones sociales de sus espacio locales a indeterminaciones de espacio y tiempo. Ya no es necesario que las personas que establecen relaciones entre ellas compartan el mismo espacio y el mismo tiempo de forma prolongada. Podemos tener relaciones personales con gente alejada gracias a los teléfonos, internet, etc... Esto no solo afecta a las personas a las que no vemos, sino que también determina el modo en que nos relacionamos con las personas con las que convivimos. Internet, las redes sociales, el teléfono móvil introducen otro espacio de relación a mayores al margen de la interacción cara a cara. 




    La identidad es fruto de una reflexión por la que el individuo se propone unas metas y unos fines. Aquí entra en juego uno de los conceptos clave de Giddens: la reflexividad. 


    El conocimiento se vuelve reflexivo. Sabemos que no hay conocimiento definitivo, que todo está sujeto a ser revisado. Esto no era de ninguna manera así en las sociedades tradicionales. Había una serie de saberes estables, tanto religiosos como de relación con la Naturaleza. Hoy en día cualquier saber es cuestionable. Esto nos pone en duda continua ontológica. Estamos permanentemente cuestionando y redefiniendo el conocimiento, lo que provoca que no tengamos asideros seguros a los aferrarnos. Esto afecta a la identidad. La duda provoca una construcción continua de la identidad.  



  La reflexividad también afecta a las elecciones de las personas. En las sociedades tradicionales apenas si se tomaban decisiones y no se tenían dudas. Uno no podía escoger su trabajo, ni tan siquiera las personas con las que relacionarse. Si nacías campesino, eras campesino y te casabas en el pueblo. Y durante los tiempos de ocio tampoco había mucho donde escoger. Ibas a la romería como todo el pueblo o la fiesta de la cosecha o lo que fuese. No había otra opción, otra cosa  que hacer. Con la modernidad las posibilidades de elección se multiplican exponencialmente. No solo tenemos cientos de trabajos entre los que elegir,sino que también podemos decidir qué hacemos con nuestro tiempo libre. Esto, lógicamente, afecta a nuestra identidad. Podemos construir activamente nuestra identidad a partir de esas decisiones que tomamos.


    Los ritos de paso, que antaño dotaban de un foco de solidaridad y pertenencia del individuo a la comunidad, han ido desapareciendo. La religión situaba a las personas, les daba un código moral de vida y daba seguridad ontológica. 

   También la familia contribuía a dotar al individuo de seguridad. En la familia patriarcal el individuo tenía su lugar, su espacio, su rol. Se sentía seguro y todo lo venía dado. 



     Esto ha cambiado. Ya casi no hay ritos de paso. La religión ha perdido su peso y la familia patriarcal está desapareciendo. Ahora hay que construir la propia identidad y para eso hay que estar tomando continuamente decisiones que se supone que van a conformar nuestra identidad. Esto son los estilos que vida, que son importantísimos en la modernidad. 


    La lógica del sentido de la vida se construye desde la biografía. 



    Tres rasgos fundamentales en la constitución de esta identidad:




    a) La naturaleza deja de ser un elemento constitutivo. La consideramos un elemento externo, segregado de la experiencia personal. 


  b) La reproducción se separa de la sexualidad. Las personas ahora podemos decidir sobre la natalidad y hasta la muerte. Así la sexualidad pasa a formar parte de la identidad de las personas, de todas esas decisiones que hay que tomar. 

   c) Buscamos la seguridad ontológica por medio de rutinas. Aquellos fenómenos que se aparten de ellas, se excluyen -criminales y locos-.

    El cuerpo ahora es una forma de sentir y de expresar la propia identidad. Tiene su lenguaje propio. 


   La mercantilización de los objetos provoca el narcisismo de los individuos, que termina por encontrar solamente en sí mismo su identidad. Encontrar en solo en uno mismo la identidad lleva a sentimientos de omnipotencia y grandeza. 

Esto impide que las personas tracemos límites válidos entre nuestro yo y el mundo externo. Las personas subordinamos los sucesos externos a nuestro narcisismo, a nuestras necesidades y sentimientos. Solo nos preguntamos qué significa eso externo para nosotros. No qué significa eso por sí mismo. 



 En las sociedades tradicionales el individuo sentía vergüenza. Había un código moral fijo. La vergüenza era el corifeo negativo. La vergüenza depende de sentimientos de insuficiencia personal. En la Modernidad la culpa sustituye a la vergüenza porque ya no hay un código fijo. Ahora solo hay el código personal, el de cada uno, el individual. La culpa deriva del sentimiento de haber actuado mal. La culpa surge de la la insuficiencia personal a la hora de cumplir con los propios propósitos vitales.