sábado, 14 de julio de 2018

Norbert Elías: La soledad de los moribundos.



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   Los seres humanos compartimos con los animales el instinto de supervivencia. Pero somos el único animal que es consciente de que va a morir, que es consciente de su mortalidad. 

 Todos los seres humanos tenemos que enfrentarnos a nuestra propia muerte y a la de nuestros seres queridos. Esta es una experiencia traumática. Para poder enfrentarnos a ella, las diferentes sociedades tienen sus propias estrategias. La más frecuente es la promesa de la vida eterna por medio de la religión -Elias les llama fantasías colectivas de vida eterna-. 

  En la sociedad actual los ancianos se ven marginados y abandonados porque recuerdan a la muerte. El aislamiento de las personas empieza antes de su propia muerte. Empieza cuando son viejos o están moribundos. Esto se debe a varias razones:

  La sociedad moderna niega todo lo que tenga que ver con la animalidad, la naturaleza y los instintos del hombre. Según Elias -en El proceso de civilización-, la civilización consiste, entre otras cosas, en la progresiva negación y ocultamiento de todo lo que tiene que ver con la naturaleza y la animalidad humana. Todo lo que este relacionado con esto, provoca un sentimiento de vergüenza. Así, practicamos el sexo en privado, defecamos en cuartos apartados, etc... (los ejemplos son míos). La muerte es un recuerdo o forma parte de nuestra animalidad, por eso la negamos y nos sentimos avergonzados ante ella. Un moribundo nos recuerda nuestra animalidad y por eso no nos gustan, los evitamos y los apartamos en recintos especializados para ello -hospitales- donde profesionales que cobran por ello se encargan de gestionar esta realidad desagradable. Esto no solo afecta a los hospitales, sino también a los cementerios, etc...

  Es significativo cómo le ocultamos los cadáveres a los niños. Los apartamos de ellos. También los apartamos de nuestra vista. La gente muere en el hospital sin que nadie lo vea. Solo los profesionales. Puedes pasar una vida sin ver un solo cadáver. 

  Esto no fue siempre así. No es que la muerte fuese algo agradable, pero en el pasado la gente, incluso los niños, estaban acostumbrados a ver cadáveres. Antes se moría con gente cerca porque no había espacio para aislar a los moribundos. Ahora sí que lo hay y sí se les aísla. 

  En el pasado había toda una serie de relaciones formalizadas e institucionalizadas. Ahora esas relaciones recaen sobre el individuo. Las antiguas formas rituales preparadas de antemano resultan sospechosas. 

   A esto hay que sumarse que en el proceso de civilización se ha perdido o se proscribe la expresión de sentimientos fuertes. En el pasado era normal ver a un hombre llorar. Ahora no. Hay una constante contención de las expresiones de emociones salvajes. Solo las mujeres pueden hacerlo -y no sabemos por cuánto tiempo-. Esto lleva a que los vivos nos sintamos incómodos en la presencia de los moribundos. No hay unas pautas para relacionarnos con ellos -nos sentimos desvalidos- y no nos gusta expresar los fuertes sentimientos que despierta en nosotros la cercanía de la muerte de un ser querido. 

   Nuestros rituales y fórmulas para enfrentarnos a la muerte están vacías de significado, por lo que no funcionan. 

  En el presente somos individualistas. El sentido de la vida tenemos que buscarlo en uno mismo. Ya no nos sentimos miembros de una cadena que habremos que dejar el testigo a generaciones posteriores. Esto ahonda en la soledad de los moribundos. 

  En el pasado era más frecuente enfrentarse al sinsentido de la muerte por medio de fantasías colectivas que prometían una vida eterna. Estas fantasías fueron utilizadas como forma de dominación/poder de unos hombres sobre otros. Hoy en día estas fantasías son más individualistas, aunque seguimos utilizándolas. Por ejemplo cuando le decimos a un niño cuyo abuelo ha muerte que su abuelito ahora está en el cielo con los ángeles. 

  En las fantasías colectivas de los pueblos primitivos y en nuestra infancia la muerte se presenta como desear la muerte. Así, cuando moría un príncipe o alguna persona principal, se pensaba que había sido de un hechizo, un mal de ojo o de alguien que le deseaba el mal. Algo similar pasa en la mente infantil. El deseo de matar, mata. Esto despierta un sentimiento de culpa y, por tanto, de vergüenza alrededor de la muerte y los moribundos. 

   La higiene, la medicina, la dieta y la ausencia de guerras ha ampliado mucho la esperanza de vida. Ahora vivimos la muerte como algo muy lejano. 

   En las sociedades antiguas hacerse viejo podía suponer que te tratasen mal,  incluso con violencia, para quitarte el poder. Hoy en día el estado se cuida de que nada de eso pase. Pero ahora hacerse viejo implica perder todos los vínculos emocionales, excepto con los familiares más cercanos. Cuando un anciano se va a vivir a una residencia, pasa a un estado de aislamiento  y soledad. 


Craig Thompson: Blankets


   
Blankets

   Sinopsis de la editorial:

 Criado en la América profunda de Wisconsin, Thompson cuenta en esta novela autobiográfica su infancia y adolescencia apoyándose en un espléndido dibujo y pulso narrativo. Cansado del autoritarismo paterno y de los abusos vividos en la escuela, Craig se refugia en el dibujo, un “placer frívolo” del que sus educadores se esfuerzan en apartarle. Su sentimiento de culpabilidad alcanza el límite cuando conoce a Raina en una colonia de vacaciones parroquial y se enamora perdidamente de ella. La férrea disciplina cristiana en que ha sido educado se tambalea.

    A este cómic le encuentro algunos méritos: 

   Se lee muy bien. A pesar de que la trama no es un thriller que lleva a devorar página tras página, la lectura es bastante agradable. Es cierto que en algunos pasajes se hace un poco lento, pero en general es de lectura fácil. 

  Además, como testimonio de un cierto tipo de sociedad, me parece muy interesante. Retrata esa Norteamérica profunda, ultracatólica, analfabeta, fanática y ultraderechista que vemos en las películas. Pero, a diferencia de ellas, no es un director neoyorkino que la satiriza con fría superioridad. Craig Thompson se crió ahí, fue uno de ellos, padeció sus mismas inseguridades, sus miedos, su forma de entender el mundo y su falta de alternativas. Un submundo fanático en el que las personas apenas si tienen opciones de salir de él. Pero Thompson no se ceba con él. Lo denuncia, pero creo que en el fondo entiende a las personas. Su autobiografía es más una denuncia social, que un ataque a las personas individuales. Parece como si los perdonase, incluso a aquellos que le hicieron la vida imposible. 

   Me gusta también el dibujo, a caballo entre el realismo y la caricatura. Y también me gusta cuando cambia de estilo y se vuelve surrelista para representar los pensamientos y los sueños del protagonista. 

   Y me gusta que, si no he entendido mal, es la primera  historia gráfica que se pensó para ser publicada íntegramente en una sola edición, no por entregas. 

   Sin embargo, la obra es bastante ñoña. Craig conoce a Rania, de la que se enamora. Es su primera historia de amor. Y la cuenta como si fuese un adolescente cursi. De tan inocentón que es, a mí me echaba de la lectura. Supongo que eso será lo que le pasa a un chico que ha vivido en una burbuja ultracristiana cuando despierta a la vida. Supongo que un niño que ha vivido en tal ambiente será así de inocente y de cursi. Supongo muchas cosas, pero yo no soy una persona así, por lo que me pareció bastante empalagoso. 


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   Nota: 6.5 sobre 10.

 

viernes, 13 de julio de 2018

Sexo VII: El dominio de la intimidad.

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      En posts anteriores hemos visto cómo el hedonismo y la modernidad líquida hipersexualizaban nuestra sociedad. Tenemos sexo por todas partes: las películas, las series de televisión, las novelas, los programas de cotilleo, pornografía en internet, páginas de citas, los adolescentes no piensan en otra cosa, etc... Así las cosas, lo esperable sería que las  personas practicásemos sexo en público.  ¿Qué sentido tiene que una sociedad en la que el sexo  tiene una presencia tan abrumadora, lo  relegue al dominio de lo privado, de la intimidad? 

    De acuerdo con Goffman y el interaccionismo simbólico, las personas en público damos una imagen idealizada de nosotros mismos. Mostramos a los demás lo que queremos que piensen de nosotros mismos. Por el contrario, todo aquello que nos avergüenza, lo que los demás no queremos que sepan ni que vean, lo relegamos a la intimidad. Lo hacemos solo cuando estamos solos, a salvo de miradas indiscretas. Las prácticas sexuales caen dentro de este dominio. Normalmente nadie se masturba o tiene relaciones sexuales en público. De hecho, está prohibido. ¿Por qué?


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   Se me ocurren dos razones:

   a) La primera es que, como expliqué en un post anterior (aquí), la nueva sociedad del sexo medicalizado sigue sancionando más o menos las mismas prácticas sexuales que la vieja cultura religiosa.  La medicina ha heredado unos valores, conductas, etc... y se limitó a justificarlos de otra forma, adecuada a los nuevos valores del siglo XIX. La sexualidad al margen de la reproducción dentro de los límites de la familia está fuera de la norma. Infringir las normas sociales siempre lleva asociado alguna forma de castigo, así que lo esperable es esconder el sexo. 

   b) Releyendo estos días El proceso de civilización de Norbert Elias encontré una idea muy interesante. Según Elias, con la sociedad moderna se empezó a denostar todo aquello que tenemos las personas de instintivo y animal. Esa parte de nosotros mismos, que antes se consideraba humano, ahora nos avergüenza. Así, en las ciudades medievales no era extraño encontrarse a personas defecando en público. Esto ahora es impensable. Los orines, las heces, la menstrución, los instintos, etc... se ven como algo negativo y, por tanto, se reprimen o se esconden. 

    En La antropología del cuerpo y la Modernidad de David Le Breton encontramos una idea similar. La modernidad ha heredado la dualidad cartesiana, como si cuerpo y alma fuesen dos realidades distintas. Esto tiene varias consecuencias. Me vuelvo a citar a mí mismo resumiendo a Le Breton:

       Como el cuerpo no es más el centro desde el que se irradia el ser, se convierte en un obstáculo, en un soporte molesto. La sociedad occidental está basada en el borramiento del cuerpo, de ahí todos los ritos de evitamiento: no tocar al otro salvo en circunstancias particulares de familiaridad; no mostrar el cuerpo total o parcialmente desnudos salvo en ciertas circunstancias precisas; la existencia de reglas del contacto físico (dar la mano, abrazarse, distancia entre los rostros y los cuerpos…); disimular todo lo que tenga que ver con los olores corporales por medio de perfumes, jabones, etcétera; y ocultar todo lo que tiene que ver con el funcionamiento corporal, como los mocos, la orina, los excrementos, la sangre menstrual, la saliva, etc. Del mismo modo en el ascensor o en el autobús hay que hacer ver como si el otro se hubiese vuelto transparente, como si no tuviese cuerpo.

   Los cuerpos esculpidos de la publicidad son los cuerpos limpios, sanos, asépticos de la excepcionalidad. No son cuerpos cotidianos. En los gimnasios y en la publicidad, se da un ardid que consiste en hacernos pasar como liberación del cuerpo lo que sólo es elogio del cuerpo joven, sano, esbelto, es decir, un no-cuerpo. En este sentido, el éxito que parece tener el deporte en nuestros días hay que enmarcarlo en la negación del cuerpo de la sociedad occidental.


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Un no-cuerpo

    Las ideas de Elias y de Le Breton son bastante similares. Todo aquello que nos recuerde nuestra animalidad, nuestra corporeidad es rechazado por nuestra sociedad. ¿Y qué hay más instintivo, más corporal, más animal que el sexo? Por eso vivimos en una sociedad esquizofrénica en lo que al sexo se refiere. Al tiempo que lo veneramos, nos avergonzamos de él y lo relegamos al dominio de la intimidad. 

  Y ya para finalizar, Foucault se dio cuenta de la ambigüedad del poder, porque, al tiempo que reprime el sexo, y precisamente por esa represión, también es una fuente de placer.


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jueves, 12 de julio de 2018

Julio Caro Baroja: Las brujas y su mundo.

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   En todas las culturas se da una relación simbólica entre la noche, la luna y lo maléfico por un lado, y por otro entre la madre, la fertilidad y la Naturaleza. En las brujas confluyen estos dos dominios de lo simbólico. 

   Caro Baroja se inserta en la tradición del funcionalismo antropológico al otorgarle a la religión y la mitología una función social. Según él, la religión sirve al hombre para situarse en el mundo. Las religiones nos dan una cosmovisión y unos patrones de conducta. 

   La existencia de la religión en las diferentes culturas es lo esperable, ya que el cielo, el sol, el amanecer o las estrellas han generado en el hombre una fascinación, una curiosidad y un desconcierto que van más allá de la razón y la ciencia. 

   La magia es una forma de actuar sobre la Naturaleza, de alterarla a nuestro favor. Surge ante el desconcierto del hombre ante un mundo que no controla. Caro Baroja sigue a Malinowski cuando sostiene que todo acto de magia encierra desesperación por no poder controlar la naturaleza. De ahí que en los periodos de crisis, de catástrofes, etc... aumente la brujería. 

   La magia y la religión no pueden separarse toscamente como se ha hecho. Pero sí la magia blanca de la magia negra. 

   En todas las culturas hay un lado positivo de la religión y la magia (magia blanca) que es la que se centra en las buenas cosechas, etc... Es socialmente considerada, diurna, pública y benéfica. 

 Paralelamente hay un lado negativo (magia negra o hechicería), que se centra en el amor, el deseo, las pasiones, etc... Es secreta, antisocial, nocturna y maléfica. 

   Una vez definida y establecidas las relaciones de la magia y la brujería con otros fenómenos en instituciones sociales, Julio Caro Baroja hace una historia de la brujería en Occidente. 

   Empieza comentando con la Antigüedad Clásica y los cultos secretos y terroríficos a Hécate, Selene y Diana y, en general, a las divinidades tónico-lunares. Estas divinidades tenían un significado sexual, pero no un sexo asociado a la fecundidad, sino a la seducción (la mujer fatal). Cita por ejemplo a Medea y a Circe. 

   La brujería o hechicería mezclaba la fantasía con algunos procedimientos racionales o naturales como el empleo de plantas medicinales, la observación de las personas sobre las que se quería actuar, etc... En este sentido, Caro Baroja habla de una ciencia o una pseudociencia. 

   También habla de la hechicería entre los bárbaros, los magiares, los hunos, los germánicos y los eslavos para señalar las similitudes entre sus formas de hechicería y las nuestras. 

   La brujería según Caro Baroja tiene un origen pagano, aunque posteriormente la Iglesia tratase de asociarla o hacerla depender del Demonio. 

   En la Edad Media cristiana es cuando se vincula la brujería al Demonio y las brujas dejan de ser diosas de la fertilidad para ser solamente seres demoníacos. 
   
   La relación de los que adoraban al Demonio era de vasallaje, como las que tenían las personas con su señor feudal en la vida real. Se era siervo del Diablo. 

    En la Edad Media se acusaba de adorar al Demonio a los maestros de otras religiones. Es el típico proceso de transferencia: como son de otra fe, se les atribuyen todas las maldades. Y la maldad más grande es pactar con el Diablo. En este sentido es significativo el detalle de que los aquelarres recibiesen el nombre de Shabat, que es día sagrado de los judíos. 

   El demonio aparece representado como un macho cabrío, animal al que se asociaba el sexo desenfrenado, obsceno, al margen de la norma social. 

   En el Renacimiento conviven tres posturas sobre la brujería: los escépticos, los que ven la brujería como en la Antigüedad -culto a la fertilidad, mujer fatal, etc...-, y los que relaciones la brujería con el Diablo. 

    Aunque el periodo histórico que es considerado como el fin de la brujería fue la Ilustración por su cosmovisión racionalista, Julio Caro Baroja ya encuentra pruebas de esta nueva racionalidad y posterior desaparición de la brujería en el Barroco. 

   Como vasco, estudia pormenorizadamente el proceso contra las brujas de Zugarramundi.