domingo, 23 de abril de 2017

6.6.3.1. Función de los ritos funerarios.

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     ¿Por qué y para qué hacemos ritos funerarios?


   Como hemos dicho en posts anteriores, los ritos funerarios son muchos y muy variados. Lógicamente, cada uno tiene su propia idiosincrasia y lo que decimos para uno tal vez no sirva para otro. Pero de forma general, podemos afirmar que los ritos funerarios tienen las siguientes funciones:

     a) En primer lugar nos aseguramos de que el muerto pase al otro mundo. Esto, que puede parecer una perogruyada, no lo es en absoluto. Cuando uno pierde a un ser querido, el dolor hace que esté desorientado. Cuesta situarse y aceptar que la otra persona se haya ido. Un rito funerario es un rito de paso, es decir, una representación social en la que por medio de acciones simbólicas representamos un cambio de estatus. En este caso, el que cambia de estatus es el muerto. El rito ayuda a las personas que están padeciendo el dolor a aceptarlo y a situarse en la nueva posición que nos deja la pérdida. Mientras no ha tenido lugar el rito funerario, no somos conscientes del todo de la desaparición. Por eso, es frecuente que el último arrebato de dolor se dé cuando se baja el ataúd. 
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    b) Ayuda a mitigar el dolor de varias formas:

  b.1) Si el difunto ha pasado a otro mundo, las personas queridas sienten que está en otro sitio y que podrán reencontrarse en el futuro -o que al menos la persona muerta está en un lugar mejor-. 


  b.2) Te sientes arropado por otros miembros de la sociedad. Normalmente, el rito no tiene lugar de forma individual. Acuden otras personas allegadas a compartir, o por lo menos acompañar, en el dolor. No sentirse solo, tener ayuda, reconforta y ayuda a sobrellevar mejor la pérdida. 
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    b.3) La sociedad te ofrece la seguridad del ritual. Como dije antes, cuando pierdes a alguien que quieres, estás desorientado, no sabes muy bien qué hacer. El rito te dice exactamente qué pasos tienes que dar y cómo comportarte. En este sentido, sirve de guía en los primeros momentos. 

    c) La sociedad se asegura su continuidad. La muerte es absurda. Ante el terrible sufrimiento, es fácil caer en la tentación de abandonarse. Tal actitud amenazaría la continuidad de la sociedad. En lugar de mandarlo todo al cuerno, el ritual nos impone una serie de obligaciones que tenemos que cumplir. Estas obligaciones se aparecen a los ojos de las personas como inexcusables porque, de no hacerlo, podemos influir negativamente en la vida del muerto en el más allá. Además de que no nos dejan tiempo a reflexionar, estas obligaciones expresan los valores de la sociedad. 

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    d) Los ritos funerarios pueden tener un significado político. Esto, evidentemente, no afecta a todas las personas, sino solo a aquellas cuya vida ha tenido relevancia política. Así por ejemplo, los fastuosos ritos funerarios de los reyes medievales o los faraones servían para mostrar su poder y su vinculación con la divinidad. La situación inversa también puede darse. Es relativamente frecuente que una persona de cierta relevancia política se vea privada de un rito funerario respetuoso por los rivales políticos que se han hecho con el poder tras su muerte. Es el modo que se tiene de simbolizar que el poder ha cambiado de manos. Así le sucedió, por ejemplo, a Luis XVI después de ser guillotinado durante la Revolución Francesa. Sus exequias se limitaron a que, mientras el ayudante del verdugo subastaba sus prendas, los guardas cogieran la cabeza cortada, la colocaran junto al cuerpo en un cesto de mimbre y se transportaran los restos en un carro al Cementerio de la Magdalena, donde fue enterrado. 


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sábado, 22 de abril de 2017

6.6.3. Ritos funerarios.


   Un rito funerario es una ceremonia de duelo, generalmente de carácter colectivo, por la que se despide a una persona que ha muerto. Conservamos testimonios de que ya los neandertales celebraban ritos funerarios, así que, por lo que parece, es una costumbre muy arraigada en el Planeta Tierra. Si hasta una especie distinta a nosotros celebraba este tipo de ritos, es fácil imaginarse la cantidad y la diversidad de estos. Se hacen prácticas velatorias, enterramientos, incineraciones, cremaciones, momificaciones, construcción de monumentos, sacrificios humanos, etc... 

    Como sé que os gustan los ejemplos que os chocan, os cuento algunos:

   Los yanomamo: Creen que la muerte está causada por demonios. Cuando un miembro de esta tribu muere, sus familiares anuncian su muerte con gritos, sollozos y actitudes de enfado. Luego queman el cadáver. Un año después, hacen una sopa con las cenizas del muerto y se la comen. Este comida ayuda al espíritu del muerto a reintegrarse en la naturaleza y entrar en el otro mundo. 


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    Los igorotes: son un conjunto de pueblos que viven en la cordillera central al norte de la isla de Luzón. Creían que las almas de los muertos se asfixiaban bajo la tierra, así que, en lugar de enterrar a sus muertos como hacemos en occidente, cuelgan los ataúdes en lo alto de los acantilados, o los apilaban en la entrada de las cuevas.

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   Tíbet: En el Tíbet creen que el cuerpo sin vida de una persona no es más que una cáscara vacía. Para mantener el ciclo de la naturaleza, conviene que el cuerpo sea devorado por otros animales. En consecuencia, su rito funerario consiste en que un sacerdote despedace el cuerpo del difunto con un hacha y abandonen los restos en lugares especiales para que sean encontrados por animales.

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    Los toraja son un ejemplo clarísimo de eso que comentábamos en el post anterior de que la muerte y lo que se entiende por ella es una cuestión cultural. Frente a nuestra muerte, que tiene lugar con el fin del funcionamiento del cuerpo biológico, los toraja creen que una persona no muere hasta que tiene lugar su rito funerario. En el lapso de tiempo que va desde la muerte biológica del cuerpo y el funeral, consideran que la persona está enferma. Los funerales duran una semana. El último día los ataúdes se colocan en profundos huecos dentro de cuevas. Los familiares de algunos muertos -los más ricos que pueden permitírselo- colocan fuera de la cueva una figura tau tau madera y tamaño real igual que el muerto.

toraja
Esto que veis aquí no es una foto de una casita de muñecas tomada desde muy cerca para que dé la sensación de que los muñecos con grandes. Para que os hagáis una idea de las cuevas en las que los toraja entierran a sus muertos, cada una de esas figuras de madera que veis ahí como asomadas a balcones, mide lo mismo que un ser humano real. 


    Los Aghori son una rama del hinduismo. Creen que comer carne humana evita la vejez porque da poderes sobrenaturales. En consecuencia, se comen los cadáveres que flotan en el río Ganges y beben el agua del río usando cráneos como se ve en la foto de ahí abajo.


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     En Papúa Nueva Guinea, algunas personas se cortaban un dedo de la mano cuando moría un ser querido. Esta costumbre me resulta especialmente interesante, porque transforma el dolor psicológico en dolor físico. Antes de que alguna de vosotras tuerza el morro ante una costumbre tan bárbara, os advierto de que en Europa esta transferencia era muy, pero que muy, normal. Es frecuente encontrar en libros no tan antiguos a personajes que se mesan los cabellos y se se arañan la cara. Mesar los cabellos nos suena ya como una expresión hecha vacía de significado, pero significa, literalmente, que se arrancaban el pelo. Tiraban de él hasta dejarse una calva. 
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    Todos estos ritos mortuorios marcan la transición de un mundo a otro. Como tal, es un rito de paso, de los que hemos hablado varias veces en esta sucesión de artículos que es Antropología de una persona corriente. En los ritos mortuorios se ve perfectamente la actitud hacia la muerte de las culturas. Como en todos los ritos de paso se usan símbolos que reflejan o expresan creencia de la comunidad acerca de la vida y la muerte.

     

martes, 11 de abril de 2017

6.6.2. Actitudes ante la muerte.

    La idea que mueve este post es explicarles a mis alumnas que lo que cada cultura entiende por la muerte determina la actitud hacia ella, y, a continuación, trazar una breve historia de cómo hemos llegado nosotros hoy en día a enfrentarnos a ella como lo hacemos. Para lo primero bastaba con citar casos distintos a nosotros, por ejemplo, en México, el Día de Todos los Santos y en muchas otras culturas la gente hace chistes, se ríen y hacen bromas durante el entierro y demás. Y para lo segundo también basta con remitirme al libro de Philippe Àries, El hombre ante la muerte, en el que hace exactamente el segundo de mis objetivos.  


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    A lo dicho por Aries, yo añadiría que la revolución científica ha llevado a nuestra sociedad a lo que me gusta llamar la ceguera de la muerte. 

     En Occidente hemos perdido la fe en el más allá -no todo el mundo, pero sí es una tendencia general la laicización de las sociedades-. Esto nos lleva concebir la muerte como el final del camino, a pensar que te mueres y se acabó, que no hay nada más. Sin embargo, no hemos conseguido superar el miedo a la muerte. Salvo algunas personas en circunstancias excepcionales -enfermedades crónicas dolorosísimas, depresión profunda, etc...-, nadie se quiere morir. 

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    Paralelamente, la ciencia, y su hija menor la medicina, nos han permitido alimentarnos sin problemas y superar enfermedades que hasta hace bien poco eran mortales. Ya no nos mata una gripe. Ni siquiera una tuberculosis. Y no tenemos que temer que una mala cosecha diezme la población. Nuestra calidad y esperanza de vida han aumentado notablemente. En este sentido, la ciencia y la medicina se erigieron en nuestras armas contra la enfermedad y la muerte. 

     La conciencia de la nada tras la muerte y los avances científicos y médicos han creado una sociedad que rinde culto a la salud y la vida. Nos esforzamos denodadamente por apartar de nosotros cualquier cosa que pueda siquiera recordarnos esas dos desagradables verdades que son la enfermedad y la muerte. Así, a bote pronto, se me ocurren un montón de ejemplos:

    1- Operaciones estéticas que estiran la piel o inyectan veneno botulítico con la única finalidad de parecer joven.

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      2- Viejos obsesionados con llevar estilos de vida joven. 


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    3- Culto al cuerpo en los gimnasios, cuyo objetivo es mostrar a los demás cuerpos aparentemente sanos.

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   4- Estilos de vida saludables, como practicar deporte o llevar un control exhaustivo de la alimentación, para que nuestro cuerpo-máquina no falle y nos arroje al abismo de la muerte. 
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   5- El ideal de belleza es juvenil. No hay viejos ni viejas guapos. 

   6- Vas al supermercado y todos los productos son bio, tienen bifidus, vitaminas a, b, c y e, o cualquier otra cosa que te ayuda a vivir mucho más y mejor. 

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    Y cuando la muerte aparece, cuando se nos recuerda que hemos fracasado en nuestro empeño titánico de vencerla, hacemos como si no existiese o tratamos de minimizarla.

   1- Cuando se muere un familiar o cualquier otro ser querido, tomamos drogas o vamos al psicólogo para superar cuanto antes el trauma. 

   2- Es de mal gusto la ostentación de dolor en público. Comparad nuestras muertes contenidas con las imágenes que salen en el telediario cuando muere alguien en Oriente Medio: las madres gritan, se mesan los cabellos, lloran, se autogolpean... 

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   3- No hablamos del tema. Nos hace sentir incómodos. Si se ha muerto un familiar, aparte de con los profesionales de la muerte -médicos y psicólogos-, solo hablamos de ello dentro de los círculos más íntimos. Y fijaos que digo íntimos, porque en la intimidad es el único espacio en el que uno puede hacer las cosas que le avergüenzan. Casi como no defecamos en público o no nos masturbamos en público, ocultamos nuestro dolor a los demás. La muerte ha caído en el espacio de la intimidad y la vergüenza. 

    Podría seguir con una larguísima lista de ejemplos, pero creo que ha quedado suficientemente ejemplificada nuestra ceguera voluntaria hacia la muerte.

    Sin embargo, hoy me vais a permitir ponerme pedante y citar a Gil de Biedma:

... la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra. 

    Por mucho que nos esforcemos en negar que la muerte existe, está ahí y forma parte de la vida tanto como el propio nacimiento. 

     Esta ceguera voluntaria ante la muerte tiene una serie de consecuencias negativas en nuestras existencias:

    En primer lugar, nos hurta el duelo tras la muerte de alguien querido, lo que lo hace mucho más traumático.

    En segundo lugar, no sabemos relacionarnos con la enfermedad. Tratamos de negarla, de borrarla de nuestro cuerpo, y, si no lo conseguimos, sufrimos horriblemente. 

    En tercer lugar, lo que le da sentido a nuestras vidas es precisamente que son finitas. Hoy, que estoy muy pedante, voy a volver a citar a otro escritor y a un filósofo. El primero es Borges y su cuento El inmortal. En la ciudad de los inmortales, nadie hace nada, nadie siente ninguna motivación por nada porque, al vivir eternamente, todo ha de repetirse infinitas veces. ¿Qué sentido tienen entonces las cosas? Y el segundo es Schopenhauer: ¿os imáginais toda la eternidad siendo vosotros mismos?

    Y en último lugar, nos aterroriza envejecer y morir. ¿Qué sentido tiene tener una relación tan traumática con algo que ha de ocurrir inevitablemente?