sábado, 16 de junio de 2018

Agujero Negro. Charles Burns










   Desde luego no es el mejor cómic que me he leído en mi vida. Pero tiene algo. 

    La sinopsis de la FNAC lo resume así:

   A mediados de los 70, una epidemia que sólo afectaba a los adolescentes se cernió sobre los suburbios de Seattle. La llamaron "la plaga de los quinceañeros" y se manifestaba a través de síntomas de lo más impredecible. Para algunos no fue demasiado dramático: apenas unos bultos, tal vez un sarpullido. Otros, en cambio, se convirtieron en monstruos. Y no eran sólo síntomas pasajeros. Una vez contraías la infección, quedabas convertido en aquello para siempre.

    Cuando empecé a leer la obra me dio la impresión de que era una suerte homenaje a las películas de terror de serie B de los años setenta y ochenta. Esas películas me parecen una porquería y siempre me ha parecido que los que se dicen fans de este tipo de cine lo hacen más por una postura estética que por otra cosa. 

   Por si no fuese suficiente, en Agujero Negro hay mucho sexo y drogas y alcohol, como si quisiese ser una obra provocadora y rompedora. Pero poner sexo y drogas tal vez fuese rompedor en los años sesenta, pero en el 2006 no es más que un cliché. 

   Por todo ello, Agujero Negro me estaba pareciendo un pastiche, pura actitud adolescente, estética vacía de contenido. Y, si seguí leyendo, fue para armarme de razones para criticarla. Sin embargo, a medida que iba leyendo, la historia me iba atrapando y quería saber qué les sucedía a los personajes y por qué. De esa primera etapa de desprecio total, pasé a leerla como un thriller. Sentía curiosidad y esa curiosidad estimulaba la lectura. Pero la obra no me dejó ahí. Seguí leyendo y la explicación dejó de tener interés para mí para centrarme en la vida de los personajes, en sus sentimientos y sus reacciones. Son gente a las que una desgracia ha expulsado más allá de las fronteras de la sociedad. La sociedad los rechaza y por eso su vida se convierte en un agujero negro. Y lo más inquietante es que cualquiera puede verse infectado por ese extraño virus. Cualquiera, por azar, puede verse expulsado a la marginalidad. Así, la enfermedad se desvela como una metáfora de nuestra sociedad. Y frente al rechazo y la marginación, lo único que les queda a los personajes es el amor, un amor desesperado. No hay futuro, solo un amor salvaje que es lo único que les hace aferrarse a la vida. 

   Así Agujero negro dejó de ser una chorrada que se limitaba a homenajear a las películas de serie B de los años ochenta, y se convirtió en una lírica reflexión acerca de los márgenes del sistema. Me gustó, sí, y por ahí he leído nunca el blanco y negro de una viñeta transmitió tanto color. Estoy de acuerdo. 


domingo, 27 de mayo de 2018

El tatuaje. David Le Breton.




   El ser humano es humano en tanto que cuerpo. La humanidad es impensable sin nuestros cuerpos. Todas las culturas manipulan los cuerpos y le dan significado a estas manipulaciones. Cortes de pelo, adornos, etc... transmiten información acerca de sus portadores. Así por ejemplo, los judíos se circuncidan. Esta mutilación genital, que es una suerte de manipulación corporal, indica que la persona que la ha sufrido pertenece a un grupo humano concreto, en esta caso a los judíos. Lo mismo sucedía, por ejemplo, con los presos, a los que se les afeitaba la cabeza. El corte de pelo indicaba que eran reos de ley. -los dos ejemplos son míos, no de Le Breton-. 

   El tatuaje es otra forma de manipulación corporal y, como tal, tiene un significado social. Este significado varía con las culturas. 

  - Puede ser un símbolo de estatus. Tener ciertos tatuajes identifica a los jefes en algunas tribus. 

"A mediados del siglo XIX, en las Islas Marquesas, los jefes lucían ricos tatuajes, tal y como pudo ver M. Radiguet: "El tatuaje más elegante que pudimos ver en las Marquesas fue el del jefe Hiña [...] Aunque distintos fueran los tatuadores que a lo largo de cincuenta años participaron en la realización de tamaña obra, ésta tenía tal armonía que parecía salida de una sola idea y de una sola mano. Si, como se suele creer, el tatuaje narra la vida de las personas a las que adorna, o si, como un blasón, perpetúa la memoria de momentos gloriosos, el del jefe, a juzgar por su complejidad, debía contar maravillas. Jamás superficie mortal fue tan profusamente cubierta de tiras, espirales, círculos concéntricos, bordados, recovecos y ondulaciones; plantas, peces, reptiles, se arrastraban y nadaban, con tal simetría y sutileza que sólo delicados instrumentos pudieron incrustarlos" (Radiguet, 1929). Los nobles Mbayá del Mato Grosso, escribe Lévi-Strauss, "hacían ostentación de su rango estampando su cuerpo con pinturas o tatuajes, que venían a ser como blasones. Se depilaban completamente la cara, también cejas y pestañas, y llamaban despectivamente hermanos de avestruz a los europeos con sus ojos enmarañados" (Lévi-Strauss, 1955)."

   - También puede indicar la pertenencia a un grupo, una tribu, un género/sexo o una edad. En este caso los tatuajes suelen ir asociados a ritos de paso.  

   - Puede significar un vínculo con los antepasados.

   - Puede utilizarse para diferenciarse de la naturaleza:

"Uno de los propósitos de la marca consiste en sacar al ser humano de la indiferenciación y distinguirlo de la naturaleza o de las otras especies animales. Lévi-Strauss señala a propósito de los Caduveos de Brasil que "había que estar pintado para ser un hombre, el que permanecía en estado salvaje no se diferenciaba de la bestia" (Lévi- Strauss, 1955). En muchas sociedades tradicionales, el hombre y la mujer no marcados quedan relegados a un estatus inferior, permanecen apartados de una comunidad humana que exige un cuerpo completado simbólicamente, no participan de la dinámica común, no pueden casarse. En la Polinesia, donde se entendía que la persona no nacía arraigada en su carne sino como una suma de fragmentos interconectados, el cuerpo se veía como un conjunto de entidades separadas y el tatuaje venía a sellar la unidad de la persona.
Las mujeres maoríes se tatúan los labios y las encías para diferenciarse simbólicamente del perro que también tiene dientes blancos y labios rojos. Los límites entre las especies revisten una dimensión simbólica, son fruto de las interpretaciones de las comunidades humanas mucho más que un rasgo dado. La marca en la piel distingue de manera definitiva al individuo de lo indiferenciado y señala su legitimidad como integrante del grupo."

   - El tatuaje a veces es la memoria en la piel. Significa o recuerda alguna acción o hecho importante para el que lo porta. 

"La escritura del cuerpo es también memoria de la piel, narra los momentos señalados en la vida del individuo: sus hazañas como cazador, pescador, guerrero, etc. Recordamos la hermosa descripción de Hermán Melville del arponero del Pequod que aterroriza al joven Ismael en su primer encuentro: "Este tatuajes había sido obra de un difunto profeta y vidente de su isla, que, con esos jeroglíficos, había escrito en el cuerpo de Queequeg una completa teoría de los cielos y la tierra, y un tratado místico sobre el arte de alcanzar la verdad. De modo que el cuerpo de Queequeg era un enigma por resolver; una prodigiosa obra en un solo tomo; pero cuyos misterios no podía leer él mismo, aunque su corazón latiera contra ellos. Y esos misterios, por tanto, estaban condenados a disiparse con el pergamino vivo en que estaban inscritos, y quedar así para siempre sin resolver. Y esta idea debió ser lo que sugirió a Ahab aquella salvaje exclamación suya, una mañana, al volverse de espaldas después de inspeccionar al pobre Queequeg: “¡Ah, diabólico suplicio de Tántalo de los dioses”"(Melville, 1941)."

   - Por supuesto, en el tatuaje hay un componente estético. Es una forma de buscar la belleza corporal. 

   - La estética pone en relación al tatuaje con el erotismo:

"Los tatuajes erotizan el cuerpo. Lévi-Strauss describe los adornos caduveos que, aunque hayan perdido sus antiguos significados, siguen en uso por mero gusto. "No hay duda de que, hoy en día, la persistencia entre las mujeres de esta costumbre responde a motivaciones eróticas. La reputación de las mujeres caduveo está firmemente asentada en ambas orillas del río Paraguay [...] Esta cirugía pictórica injerta el arte en el cuerpo humano [...] Nunca, probablemente, el efecto erótico del maquillaje haya sido tan sistemática y conscientente explotado" (Lévi-Strauss, 1955). Uno de los mitos sobre el origen de los tatuajes en las Islas Marquesas se refiere directamente a la carga erótica que proporciona: "Hamatakee se encontró con el dios Tu que tenía un semblante muy triste: -¿Por qué tanta tristeza? le preguntó. -Es que mi esposa me abandonó y se entrega al libertinaje -Si la quieres recuperar, hazte hermoso con el tatuaje. Te verá tan maravillosamente transformado, que pensará que eres un ser nuevo y querrá volver junto a ti. ¡A qué esperas pues! El propio Hamatakee lo tatuó y, efectivamente, Tu surgió como un ser nuevo, y tan atractivo que todas las mujeres hubieran querido estar con él. Al verlo, su esposa se apresuró en volver. Y desde ese día, todo el mundo quiso ser tatuado" (Rollin, 1929)."

   - Etc...

   En el segundo capítulo Le Breton pone el tatuaje en relación con la religión. Antes de la irrupción del cristianismo, muchos pueblos se tatuaban. Pero en la Biblia y el Coráb se prohíbe, así que se dejó de hacer. 

   En el tercer capítulo habla de "la domesticación del tatuaje en Europa y explica cómo se veía como un síntoma de salvajismo, pero que, poco a poco, por medio de los tatuajes de los marineros, se fue introduciendo en nuestras sociedades. 

   En el capítulo cuarto analiza cómo el tatuaje fue una forma de disidencia. Dado que los valores sociales lo proscribían, lucirlo era una forma de expresar simbólicamente el desacuerdo con esos valores y la filiación con algunos grupos humanos marginales, como los mafiosos o las prostitutas. 

    En el capítulo V, en del "dolor necesario", Le Breton explica que el tatuaje iba indisolublemente unido al dolor, Ya que hacerse un tatuaje dolía muchísimo, lucirlos era una muestra de virilidad y resistencia al dolor. El que tenía un tatuaje, era un hombre duro que soportaba el dolor. 

En otras sociedades, el mero hecho de lucir un tatuaje tiene un efecto intimidatorio: se entiende que quien haya soportado el dolor de la inscripción sobre sus carnes es un tipo duro que presume de ello. Los ámbitos sociales disidentes, como el de los ladrones, los marineros, los proxenetas o los prisioneros, usaron en su día del tatuaje para intimidar al burgués. Durante mucho tiempo, en nuestras sociedades, el tatuaje sirvió para afirmar la virilidad (Le Bretón, 2002,2010).

  Pero esto ya no es exactamente así en nuestra sociedad:

   Los tiempos, sin embargo, han cambiado y ya no valoran el hacer gala de resistencia y aguante. Nuestras sociedades temen el dolor y lo combaten con todo tipo de analgésicos. El tatuaje, no obstante, sigue siendo doloroso pues su realización exige tiempo e invade la carne.


    Aunque no siempre es así, y algunos tatuados actuales se refieren al dolor que sufrieron como una prueba de su virilidad. 

Para la mayoría de los tatuados el dolor es sublimado por el proceso paralelo que lo acompaña, por la metamorfosis que anuncia, por la satisfacción de llevar a cabo un hecho largamente deseado. El dolor recalca la dimensión "espiritual" o "iniciática" (para retomar términos que los tatuados suelen usar) del acto de tatuarse. Intercambio paradójico entre tatuador y su cliente, el dolor realza la importancia del momento, y despierta una sensación de orgullo por haber sido capaz de resistirlo. Subraya la presencia de un carácter decidido y lo hace además con una marca en la piel que pocos tienen. "El día en que se pueda hacer sin dolor, dejará de tener sentido" (Valentín, tatuador, 29 años). "El tatuaje duró un buen rato. Joder, lloré, bueno, no lloré, pero me costó. Duró un buen rato, pero no fue cosa mala, al contrario; sabía que el tatuador lo sabía, que me dolía. Me encantó [...] Bueno, que te hagan daño no es mi rollo, pero en este caso estás dispuesto, es porque quieres, eso le da otra dimensión al dolor. Nadie te obliga. Luego tuve una sensación de virilidad. Has superado una prueba, has demostrado a los demás que puedes hacer sacrificios tanto físicos como morales. Entiendo a los que no quieren tatuarse, pero creo que el tatuaje te abre a otro universo. Me ha dado algo más de madurez. Creo que para crecer hay que plantearse retos, y el tatuaje me ha permitido evolucionar. Un tatuaje no deja de ser algo especial, no te llega sin más" (Yann, 20 años, estudiante). "Con el dolor y lo que luego ves sobre tu piel, te sientes más grande. El dolor es necesario, es como un parto. Si rechazas la epi- dural, estás en un todo, en una dimensión cósmica, incluso iniciática. Y es lo mismo con el tatuaje, si no doliera sería como cualquier otra cosa, y el tatuaje no es cualquier cosa" (Lucia, comercial, 24 años). "En realidad no pensaba en nada. Intentaba concentrarme en el dolor, dominarlo sabiendo que estaba ahí. Y creo que luego valoras más tu tatuaje, es como que has sabido aguantarlo; te dolió y sabes que no es algo que se haga a la ligera, no es por impulso" (Sylvie, 22 años, trabajadora a tiempo parcial). "Tengo una marca y tuve que sufrir para lograrla. Si me hubieran tatuado sin dolor no sé si lo valoraría tanto. Si cayera del cielo, así, sin más, no tendría ningún interés" (Lydia, 24 años, estudiante).

    El siguiente capítulo es "El renacer del tatuaje". 

    - En los años setenta -sobre todo los punkies- era una forma de contestación social, de hacer visible en el cuerpo el rechazo al sistema de valores burgués imperante. 

El odio frente a la sociedad se convierte en odio al cuerpo que simboliza precisamente la relación sometida a normas con los demás. Lejos de una afirmación estética, lo que pretendían los Punks era desafiar las normas de la apariencia y el implícito respeto social por la integridad del cuerpo. Si la piel es una superficie en la que el individuo se muestra, alterarla de manera provocadora enarbola un rechazo radical de las condiciones de vida.


   - Nostalgia tribal. En las sociedades tribales, como las melanesios, por ejemplo, los tatuajes tenían un significado. Ahora nos hacemos tatuajes tribales, pero no tienen al significado que tenían para ellos, fundamentalmente porque no pertenecemos a esa cultura. Entonces cada uno le da el significado que quiera. 

En efecto, ya desde los años ochenta, el tatuaje empezó a sumergirse en un sincretismo radical, encarnando una globalización cultural indiferente al tenor y al significado de los distintos signos. Vaciado de sus connotaciones primigenias, el tatuaje empieza desde entonces a flotar libremente como un elemento de originalidad o de espiritualidad dentro de un gran catálogo planetario en el que cada cual escoge libremente la autorrepresentación que le satisfaga, al menos por un tiempo. 


  
  - Ahora Individualiza. Frente a las sociedades en las que significaba la pertenencia a un grupo. Es porque nuestro capitalismo exalta al individuo frente al grupo. Nos ponemos tatuajes para ser diferentes. 

Aunque los dibujos puedan coincidir, los significados sociales del tatuaje difieren radicalmente entre las sociedades tradicionales y las nuestras. En las primeras, el tatuaje nunca es un fin en sí mismo: acompaña ineludiblemente ceremonias colectivas o ritos de paso, señala el cruce de un umbral de madurez de la persona, la transición a la edad adulta, un cambio de estatus social, el acceso a un grupo determinado, etc.; es un elemento de la transmisión por los ancianos de una orientación y de uno conocimiento que benefician a los novicios. El tatuaje es el momento corporal de una ritualidad más amplia. La persona no puede singularizarse sin perder con ello el espesor de su existencia. En estas sociedades, la persona sólo es miembro de un gran cuerpo común, mientras que, siguiendo con la metáfora, en nuestras sociedades cada cuabpretende ser un cuerpo específico.

En nuestras sociedades, los tatuajes individualizan, marcan a un sujeto singular cuyo cuerpo no sirve de nexo con la comunidad y el cosmos, como ocurre en las sociedades tradicionales, sino que, por el contrario, certifica su indisoluble individualidad. El tatuaje responde a una decisión personal que en nada afecta al estatus social, por mucho que denote la presencia de una individualidad específica. En la medida en que el cuerpo es un instrumento de separación, de afirmación de un "yo", existe un gran margen de maniobra para rediseñar el yo (Le Bretón, 1997). Para cambiar de vida, se modifica el cuerpo, o por lo menos se intenta. De ahí la proliferación de intervenciones corporales en unas sociedades, las nuestras, donde impera la libertad, es decir, donde el individuo decide sobre su vida (Le Bretón, 2002, 2007).

  Esta individualización del tatuaje incide en lo que Breton comentó en el capítulo anterior acerca del modo en que las personas le dan un nuevo significado, propio y personal, a los tatuajes con motivos tradicionales. Ahora, el significado del tatuaje no es social. No significa lo mismo para todo el mundo. Cada uno le da su propio significado -si es que se lo da-. 

   Pero hay una paradoja, que es la propia de la sociedad de consumo y del consumismo: es como la moda. Pensamos que individualiza, pero en realidad hacemos lo que hace todo el mundo. 

   Significados contemporáneos:

En una sociedad de las apariencias, de la imagen, del espectáculo, hay que convertirse en imagen para tener la sensación de existir plenamente en la mirada de los demás. En el anonimato democrático de nuestras sociedades, las modificaciones corporales proclaman una singularidad individual, permiten creerse único y relevante en un mundo en el que las referencias se diluyen y las iniciativas personales abundan. Provocan la mirada, fijan un look, y llaman la atención. Son una forma radical de comunicación, de revalorización de uno mismo para esquivar la indiferencia. El tatuado subraya lo que pretende ser. Busca, a través de su apariencia, enarbolar un discurso sobre sí mismo. 


   Entre los adolescentes en una forma de dejar claro que se corta con los padres y, al mismo tiempo, se pertenece a otro grupo de iguales. 

Para las generaciones más jóvenes, la marca corporal se vive como una seña de independencia frente a los padres. "Fue de repente, dice Aurore (15 años). Me apeteció y entré en el estudio. Me sentí orgullosa de haberlo hecho, de haberlo conseguido, y eso que soy más bien miedosa; pero me demostré algo a mi misma. Fue como hacerme responsable de mi misma". Y califica su decisión como "asumir un riesgo", frente a sus padres de los que sabe que son contrarios a los tatuajes.

Pero Aurore sale fortalecida de su gesto de autonomía, se siente ahora "responsable" de sí misma y pone a sus padres en su sitio, aunque tema la reacción que puedan tener. Con ese gesto, ha cruzado un umbral y accede a una versión más feliz de sí misma. Se identifica no ya con las personas mayores, sino con los de su edad, no con sus padres sino con sus pares. La búsqueda del yo a través de la marca en un cuerpo del que se toma posesión, no está por lo tanto exenta de tensiones con unos padres que se sienten dejados de lado. El joven busca diferenciarse, emancipar su cuerpo de la tutela de los padres, encarnar su propia vida.

Las marcas en el cuerpo son como contrafuertes de la identidad, una manera de delimitar la piel, y no sólo en sentido metafórico (Le Bretón, 2002,2012). El tatuaje es a menudo para el adolescente un ejercicio de diferenciación frente a los padres y de asimilación con los pares. De ahí ese discurso contradictorio y ambivalente en el que un joven puede expresar orgullo por la radical singularidad que representa su tatuaje y, al mismo tiempo, señalar que el tipo de tatuaje que lleva está de moda, que su mejor amigo tiene el mismo o que lo vio en el brazo del cantante de un grupo de rock.

   También es una forma de recuperar el control de cuerpo, de modificarlo y obtener seguridad:

El tatuaje aumenta la confianza en uno mismo, la maduración de la persona. De ahí el júbilo que trae consigo su realización. Pone simbólicamente fin a una situación de incertidumbre y produce una sensación de dominio sobre uno mismo. Son ceremonias de paso que permiten ritualizar un momento importante: sacarse un título, el primer trabajo, un éxito profesional o académico, inicio o fin de una relación, celebración personal. La consecución del bachillerato, por ejemplo, suele estar presente en los discursos de los jóvenes franceses en torno a las circunstancias en las que tomaron su decisión. Muchos tatuajes se eligen para simbolizar el paso a otra etapa de la vida. Así, en la novela de Russell Banks, La ley del hueso, Chappie, un adolescente atormentado, se hace tatuar antes de abandonar a su familia e irse a recorrer mundo: "Me sentía super bien, como si fuera una persona nueva, con un nuevo nombre e incluso un nuevo cuerpo. Mi vieja identidad de Chappie no había muerto, pero se había convertido en un secreto. Un tatuaje puede hacer este tipo de cosas: te permite pensar tu cuerpo como un traje especial que puedes ponerte o quitarte cuando quieras. Un nuevo nombre, si mola, tiene el mismo efecto. Y experimentar esas dos cosas al mismo tiempo te hace sentirte poderoso". Incide sobre la sensación que se tiene de uno mismo, es como una inyección íntima de sentido. La eficacia del tatuaje, en lo que a los cambios en la persona se refiere, no es, obviamente, inherente al hecho de tatuarse, sino que depende de la inversión emocional del individuo, de sus expectativas, de sus representaciones mentales. Un mismo signo puede ser vivido por unos como un embellecimiento del cuerpo y, por otros, como una experiencia "espiritual" que modifica la vida. En lo cotidiano, el tatuaje se convierte en un objeto de transición. Se toca, se palpa insistentemente, sobre todo en los momentos de tensión. Cargado de significados, ayuda a calmarse, a tomar distancia, a recuperar la confianza. A veces se convierte en un escudo simbólico que protege de las amenazas del día a día.

(...)

Para otros, es también una forma de reconciliación consigo mismos, con la imagen que tienen de su cuerpo, que no acaba de gustarles pero que, con ese añadido, logran revalorizar. Es una reparación de una historia de vida en la que no se acababa de ser uno mismo. Muchos tatuados confiesan que no les gustaba su cuerpo (otra manera de decir que no se gustaban a sí mismos) antes de la inscripción, pero que, al salir del estudio del tatuador, ya se sentían como renacidos. La marca les proporcionaba una fuerza interior, una madurez, una sensación de renacer. También suele tenerse como un talismán contra las amenazas de la vida, un recordatorio del propio poder personal. "Me siento mucho mejor ahora. Creo que los demás también lo notan. No porque sea más guapo... Bueno, no lo sé. Es una manera de estar con mi cuerpo" (Sylvain, de 19 años, estudiante). "Mi tatuaje es un tema personal. Me avergonzaba de mi cuerpo. Nunca me ponía camisetas. Siempre llevaba mangas largas, pantalones largos, incluso en la playa. Sentía mucha vergüenza de mi cuerpo, de mi físico. Tan pronto como me tatué, el complejo desapareció. Me atreví a mostrarme" (23 años, tatuador). "Yo no me gusto, no me gusta mi cuerpo, pero por lo menos con el tatuaje me parece que es más bonito. Es más femenino, más sensual. Mi cuerpo tiene algo que me permite quererme un poco más. En la relación con mi novio, es importante" (Lise, 22 años, estudiante). El tatuaje cubre el cuerpo de narcisismo. En torno a él la imagen de uno mismo se reconstruye positivamente. Es una forma de tomar posesión del yo, a veces bajo la guía de unos tatua- dores que, sin saberlo o aceptándolo conscientemente, hacen de maestros de ceremonias de un rito de paso.

   - El gusto de las nuevas generaciones por el tatuaje es una forma de romper con los padres y de dar seguridad a los adolescentes ante los cambios que están sufriendo sus cuerpos:


Las intervenciones sobre la piel son intentos de rediseñar los límites entre lo exterior y lo interior, una herramienta para atravesar un momento difícil. Atormentado por la pubertad o por la dificultad de aceptarse a sí mismo, el adolescente siente cómo su cuerpo se le escapa, y la ansiedad que siente por su cuerpo va acompañada de la sensación de ser observado por los demás. El recurso a las marcas corporales es un intento de dominar simbólicamente, a través de una modificación de la propia imagen, esos cambios en su físico (Le Bretón, 2002,2012).
En un aula de la facultad, un perforador acaba de hablar con entusiasmo de su oficio. Se ha ganado la confianza de los estudiantes. Marie levanta la mano y expresa su deseo de compartir su experiencia. Dice que hacía mucho que quería tatuarse pero nunca había encontrado el momento propicio hasta que una noche, después de una rave, eufórica, se topó con un tatuador que ofrecía sus servicios en su camioneta. Pensó que había llegado el momento. Y, mientras lo iba contando, Marie de pronto no consigue contener las lágrimas y, llorando, dice: "Cuando salí de ahí con mi tatuaje, sentí por primera vez en mi vida que mi cuerpo estaba completo".

Para las generaciones más jóvenes, la marca corporal se vive como una seña de independencia frente a los padres. "Fue de repente, dice Aurore (15 años). Me apeteció y entré en el estudio. Me sentí orgullosa de haberlo hecho, de haberlo conseguido, y eso que soy más bien miedosa; pero me demostré algo a mi misma. Fue como hacerme responsable de mi misma". Y califica su decisión como "asumir un riesgo", frente a sus padres de los que sabe que son contrarios a los tatuajes.
   


miércoles, 9 de mayo de 2018

Instituciones modernas. El gimnasio II: Los monitores como punto de acceso al sistema experto.

Resultado de imagen de monitor de gimnasio

    Si avanzamos un poquito más por el gimnasio, y bajamos las escalares, llegamos a la sala de ejercicio. Este es un espacio amplio profusamente poblado por máquinas de ejercicio de todo tipo. A la izquierda según se entra, hay biciestáticas, bicielípticas, cintas de correr y máquinas de remo. Es lo que se conoce como la zona de cardio, porque, según parece, esos artilugios sirven para la mejora cardiovascular. A la derecha están las máquinas que yo toda la vida asocié a los gimnasios: bancos con barras de metal con discos a los lados, mancuernas y todo tipo de mecanismos con poleas y pesos que hay que subir y bajar.  Y espejos, muchos espejos por todos lados, porque, por lo que se ve, es muy importante contemplarse a uno mismo mientras sube y baja pesos. Este espacio recibe el nombre técnico de zona de musculación. 

Resultado de imagen de gimnasio
La sala de musculación es muy parecida a la que aparece en esta foto. 

  Anthony Giddens encontró en los sistemas expertos una de las características definitorias de nuestra sociedad moderna. Simplificando un poco, en las primitivas tribus de homínidos todos los miembros sabían hacer más o menos de todo. Los primeros australopitecus ya sabían subirse a los árboles, buscar frutos y brotes comestibles y ponerse a chillar si veían a algún depredador potencial. Pero empezó la epopeya de la evolución y, con ella, el reparto del trabajo. Unos se especializaron en cazar y otros en recolectar, unas en la crianza de la prole y otros en guerrear. Y, poco a poco, a medida que las sociedades iban creciendo y se iban haciendo más complejas, sus miembros se especializaron en una actividad concreta cuyos frutos intercambiaban por otras cosas. Así surgen los campesinos, los gobernantes, los médicos, los profesores, etc… Los sistemas expertos son las instituciones que se encargan de gestionar estos saberes especializados. 

   El gimnasio es un sistema experto. En este caso, un sistema experto que gestiona el conocimiento acerca del tratamiento del cuerpo adecuado a las normas de nuestra sociedad obsesionada con la salud y la estética. Los puntos de acceso a este sistema experto son los monitores. En este gimnasio hay cuatro: dos mujeres y dos hombres. Ellas ligeramente más jóvenes que ellos. Los cuatro con los cuerpos perfectamente esculpidos de acuerdo con los cánones de belleza actuales. Cuerpos de anuncio publicitario, asépticos, de los que se ha borrado cualquier rastro de humanidad. Pero ya hablaré más adelante de los cuerpos en los gimnasios. Ahora me interesa el gimnasio como sistema experto y sus puntos de acceso. 


   Antes de poder moverte libremente por la sala de ejercicio, el nuevo usuario debe tener una entrevista con uno de estos monitores. A mí me tocó L. Nuestra entrevista tuvo lugar en una suerte de despachito con un escritorio que tienen medio escondido a la izquierda del mostrador de recepción. En términos generales, esta primera interacción no difirió mucho de la que uno puede tener en la consulta de un médico, lo cual es perfectamente lógico, porque los hospitales también son sistemas expertos y los médicos sus puntos de acceso. L se sentó a un lado de un escritorio y me invitó a que me sentase enfrente. Luego abrió un cajón y sacó una hoja y un bolígrafo. 

   - ¿Has hecho deporte alguna vez? -me preguntó sin mirarme. 

  La pregunta me pareció un poco extraña, habida cuenta que tengo cuarenta años. 

   - Sí, claro. Cuando era niño jugaba mucho al fútbol y de adolescente andaba en monopatín. 

    L levantó la mirada de la hoja en la que se suponía que iba a tomar notas. Parecía un poco molesto. 

   - Me refiero a si has hecho deporte alguna vez de forma profesional. 

    - ¿Profesional? ¿Como los futbolistas y eso?

   - Hay otros deportes de élite diferentes al fútbol. -dijo con aire de suficiencia- Atletismo o ciclismo, por ejemplo. 

   Ahora fui yo el que se sintió un poco molesto, porque a veces veo el Tour por la televisión y vi algo de los Juegos Olímpicos de Pekín y creo que, si yo fuese una de esas personas que competían allí, no necesitaría ir a un gimnasio. Sea como sea, no exterioricé mi enfado y me limité a decir que no, que nunca había recibido una retribución alguna por una actividad que requiriese competir en esfuerzo físico. Él tomó nota en la hoja. 

   A esta pregunta siguieron otras muchas acerca de mi cuerpo en general. Me preguntó por lesiones o enfermedades crónicas, por afecciones cardíacas y cosas así. Yo contesté a todo al punto y él tomó notas en su hoja.

Resultado de imagen de monitor de gimnasio
El de la foto no es L, pero podría serlo.
Es bastante parecido.
Ella, evidentemente, no soy yo.
Es una usuaria estándar de un gimnasio.

   El resultado de esta entrevista fue que L me dio una fotocopia de ejercicios estándar, exactamente igual que la que le da a cualquiera que se apunte a ese gimnasio. Esto podría interpretarse como que la entrevista fue perfectamente prescindible, pero no fue así en  absoluto. El objetivo de este pequeño ritual no era preocuparse por mí como individuo, sino dejar meridianamente claro que él posee el conocimiento experto, que yo soy un lego y que, por tanto, debo obedecer las decisiones que él tome sobre mi cuerpo. 


   Luego pasamos a la sala de ejercicio, donde me explicó el funcionamiento de las máquinas, el modo de hacer los ejercicios y, a partir de ese momento, me convertí en un usuario del sistema experto gimnasio. 
   



domingo, 6 de mayo de 2018

Instituciones modernas: El gimnasio I. La recepcionista.



Resultado de imagen de gimnasio

     Hace años que arrastro dolores de espalda. 


    - Uy, uy, uy. -dijo la fisioterapeuta- No tienes nada de masa muscular. 

    - Tienes que ir al gimnasio. Si no, vas a estar aquí cada quince días. -dijo otro fisio. 

     Demoré todo lo que pude la decisión. Pero al final fui. 

    El gimnasio al que voy no tiene nada de especial, nada que lo diferencie de otros gimnasios. Se accede a él por una puerta de cristal con un sensor de movimiento. A la derecha hay un mostrador corriente con una recepcionista corriente. Junto a ese mostrador hay unas escaleras que bajan a la sala de ejercicio, y, a la izquierda de las escaleras, están los vestuarios. Abajo, en la sala de ejercicio, hay las típicas cintas de correr, bicicletas estáticas y máquinas de pesas. Allí la gente hace lo que todo el mundo en los gimnasios: entrenan y sudan. 

   Es precisamente esta total falta de particularidad lo que hace del gimnasio un sitio tan cautivador. Su normalidad absoluta lo convierte en un espacio privilegiado desde un punto de vista social. Hay tanto que contar de él, es tan denso, que una mañana en él bastaría para un tratado acerca de la sociedad del siglo  XXI. 

    Como dije, lo primero que ve uno al entrar es el mostrador corriente con la recepcionista corriente. Tendrá unos treinta y cinco años. Va muy maquillada, siempre lleva tacones y recibe a todo el mundo con una sonrisa de careta. A tenor de su atuendo, su amabilidad fingida y su falsa camaradería, uno podría pensar que va hasta arriba de alguna droga euforizante o que quiere ligar. Pero no es el caso en absoluto. Es solo que se comporta de acuerdo con los códigos esperables en una interacción comercial. La pobre chica, que supongo que las más de las veces no le apetecerá ni mierda pintarraejarse como una india ni ser amable hasta el servilismo con desconocidos, tiene que agradar, tanto a la vista como al trato, porque nuestro capitalismo de consumo se rige por la máxima de que el cliente siempre tiene razón. En el siglo XIX el problema del capitalismo era la producción. Había un mercado enorme para el que no había producción suficiente. Se vendía todo lo que se producía, así que no había que ser especialmente atento con los clientes, a no ser que fuesen personas notables en la comunidad -y en ese caso no se era amable con ellos por su naturaleza de cliente, sino por su notoriedad-. Pero las cosas han cambiado. Hoy en día se produce mucho más de lo que se puede consumir, así que las empresas han de ganarse al cliente, aunque ello suponga halagarlo sin mesura. 

    Esta es una labor tediosa y que además te pone en relación de subordinación con respecto al cliente, por lo que los empresarios, los que están por encima en la jerarquía, suelen delegar en empleados asalariados -a no ser que se trate de clientes muy, muy especiales-. 

  Por otro lado, es significativo que esta actividad recaiga casi siempre en mujeres. Es un trabajo desagradable -al menos tedioso- para el que no hace falta estar cualificado. Así que suele acabar limitado a individuos con pocas oportunidades de medrar socialmente. Las mujeres siguen padeciendo discriminación laboral, por lo que no es de extrañar que recepcionista sea un empleo femenino. Paralelamente, las relaciones de género desiguales apartaron a las mujeres de cualquier actividad intelectual o de lucha activa en la sociedad-jungla. Su rol se limitaba al solaz del varón, solaz que solía limitarse a resultarnos físicamente agradables y a escucharnos y darnos  continuamente la razón. Así las cosas, lo excepcional sería encontrar a un hombre recepcionista. 


     

viernes, 13 de abril de 2018

Saskia Sassen: Expulsiones


Resultado de imagen de saskia sassen expulsiones

     
     Este ensayo se en las consecuencias de exclusión económica y social y en la degradación de la naturaleza que provoca el actual sistema neoliberal.  Estas consecuencias ya no se dan en el marco de un estado nación, sino que tienen lugar a nivel global. La hipótesis central de este libro es "que el paso del keynesianismo a la era global, de privatizaciones, desregulación y fronteras abiertas para algunos, implicaba un pasaje de una dinámica que atraía gente hacia el interior a otra dinámica que empuja gente hacia afuera". Para referirse a estas zonas de exclusión social, económica y natural, Sassen habla de "filo del sistema". Todo lo que no encaje con la nueva lógica del crecimiento macroeconómico es expulsado del sistema. Así, los desempleados griegos y españoles se ven obligados a emigrar, del mismo modo que en Estados Unidos aumenta alarmantemente el número de personas encarceladas. 

   Hasta la década de los ochenta del pasado siglo las políticas de los estados estaban orientadas hacia la construcción de una sociedad justa. De una forma u otra, los estados se preocupaban del bienestar de los ciudadanos, incluyendo entre entre estos estados a los comunistas o Nasser en Egipto. La lógica de estas políticas era la inclusión de los ciudadanos y para ello se trataba de sacar a las personas de la marginación y la pobreza. Pero había un movimiento subyacente que estaba orientando el mundo hacia el sistema neoliberal. Hacia la década de los ochenta los estados de bienestar y los sindicatos ya estaban prácticamente devastados. 

    Sassen afirma que:

    hemos caído bajo el influjo de una concepción peligrosamente estrecha del crecimiento económico. El crecimiento, desde luego, era esencial para el proyecto del Estado de bienestar, pero también era un medio de impulsar el interés público, de aumentar una prosperidad que sería compartida por muchos, aunque por algunos mucho más que por otros. En contraste con eso, hoy nuestras instituciones y nuestros supuestos están cada vez más al servicio del crecimiento económico corporativo. Esa es la nueva lógica sistémica. Tal vez no todas, pero suficientes corpo­ raciones han buscado liberarse de toda constricción, incluidas las del interés público local, que interfiera con su búsqueda de lucro. Cualquier cosa o cualquier persona, ya sea una ley o un esfuerzo cívico, que dificulte el lucro, corre el riesgo de que la hagan a un lado, de que la expulsen.

(...)

 las corporaciones tienen notables herramien­tas nuevas a su disposición: matemáticas y comunicaciones avan­zadas, máquinas que literalmente mueven montañas, libertad de movimientos y de maniobra global que les permite ignorar o inti­midar a gobiernos nacionales, y cada vez más instituciones inter­nacionales que imponen a todo el mundo el cumplimiento de sus agendas. Los gobiernos occidentales, los bancos centrales, el FMI e instituciones internacionales afines ahora hablan de la necesidad de reducir las deudas gubernamentales excesivas, los programas de bienestar social excesivos, la regulación excesiva. Ese es el lenguaje de las principales instituciones que ponen orden en Occidente y cada vez más en todas partes. Contiene la promesa implícita de que si pudiéramos reducir esos excesos volveríamos a la normalidad, a los días fáciles de la posguerra. Pero esa promesa oculta la medida en que ese mundo se ha ido de verdad, y la medida en que, aparte de lo que puedan decir los gobiernos nacionales, demasiados acto­res económicos corporativos no quieren que vuelva. Quieren un mundo en el que los gobiernos gasten mucho menos en servicios sociales o en las necesidades de las economías de barrio o las pequeñas empresas, y mucho más en las desregulaciones e infraes­ tructuras que los sectores económicos quieren.

    En realidad es el suyo un proyecto de contraer el espacio de la economía de un país, pero no la rentabilidad económica del sector corporativo. 

     Sassen pone como ejemplo lo sucedido en España, Portugal y Grecia con la crisis económica. Los recortes han expulsado a gran parte de la población o bien fuera del país, o bien hacia la pobreza y la marginación. Paralelamente, las políticas impuestas por el FMI, el BCE, los gobiernos neoliberales, etc... han retirado a estos expulados del sistema cualquier tipo de ayuda o prestación social o médica. Todo ello con la excusa de recuperar la economía, que, supuestamente, estaba lastrada por el peso excesivo del gasto del estado del bienestar. Y, efectivamente, parece que esa recuperación se está produciendo, por lo menos a nivel macroeconómico. Pero lo que no nos dicen es que esa recuperación es a costa de haber expulsado a la población a la emigración, el paro, la pobreza y la marginación. Los estados se adelgazan para que las grandes corporaciones puedan engordar. El problema es que el adelgazamiento de los estados genera pobreza y marginación. 


    Una de las intenciones de este libro era hacer visible el cruce hacia el espacio de los expulsados: captar el sitio o el momento vi­sible de expulsión, antes que lo olvidemos. Los aldeanos y pequeños agricultores expulsados de sus tierras debido al desarrollo de plan­taciones de palmas pronto se materializan como habitantes de ba­rrios paupérrimos en vastas megaciudades, completando la supresión de su pasado como pequeños agricultores. En Grecia los empleados del gobierno despojados de sus empleos en nombre de las demandas de la UE de reducir la deuda pronto pasaron a formar parte de la masa de los desempleados, dejaron de ser reconocidos como antiguos empleados del gobierno. Extensiones de tierra muerta, envenenada por emisiones tóxicas de fábricas o minas, son expulsadas de la tierra trabajada y olvidadas.

    La hipótesis organizadora es que por debajo de las especificidades de cada uno de los grandes campos examinados en este libro hay tendencias sistémicas que están emergiendo. A pesar de sus órdenes visuales y sociales enormemente diversos, desde el empoderamiento de la corporación global hasta el debilitamiento de la democracia local, son conformados por unas pocas dinámicas básicas de búsqueda de lucro en libertad e indiferencia hacia el medio ambiente. 

  (...)

 Cuando las fuerzas destructivas hacen erupción y se vuelven visibles, el problema que surge es de interpretación. Las herramientas que tenemos para interpretarlas son anticuadas, y caemos en las categorías familiares: hablamos de gobiernos que carecen de responsabilidad fiscal, de hogares que adquieren más deuda de la que pueden manejar, de asignaciones de capital que son ineficientes porque hay demasiada regulación, etcétera. No niego que esos problemas pueden ser reales: hay exce­lentes investigaciones empíricas que los documentan, y yo las uso y en parte dependo de ellas, pero mi esfuerzo en este libro fue el de explorar si no hay además otras dinámicas activas, dinámicas que cortan transversalmente esas familiares y bien establecidas fronteras conceptuales/históricas. 


    En cada uno de los capítulos, Sassen se centra en una exclusión particular del sistema: 

    En el capítulo 1 se centra en los países desarrollados que han suprimido servicios sociales y médicos, han concentrado empresas en manos de unas pocas corporaciones, y que cada vez tienen menos trabajadores y menos consumidores; en el capítulo dos estudia las consecuencias en los países del Cono Sur y las largas cadenas que implican la compra de tierra en un país soberano extranjero; en el tres a los desplazados en el Norte global por la manipulación financiera de su deuda,; y en el capítulo cuatro se centra en los excluídos por culpa de la destrucción de la Naturaleza y el cambio climático.
   

Anthony Giddens: La transformación de la intimidad.

Resultado de imagen de giddens intimidad



     Giddens estudia en este libro el modo en que los cambios que acontecieron con la Modernidad afectaron a la vida íntima de las personas. Por vida íntima Giddens entiende el amor, el erotismo y la sexualidad. 
  
   Para tal fin, lógicamente tiene que tener en cuenta a Foucaut y su monumental Historia de la Sexualidad


    Lo que viene a decir Foucault es:



 - La aparición de la sexualidad está ligada a los estados nación y la necesidad de control que estos tienen de controlar a las poblaciones. 



- Las sociedades modernas, para existir, necesitan disciplinar a los ciudadanos. Esto es controlarlos. Las personas, para vivir en estas sociedades y disfrutar de sus instituciones, renuncian a sus instintos e inclinaciones. Son reprimidos. 



- Los instituciones de represión son las escuelas, las cárceles, los hospitales, etc...  



- Por medio de la represión las sociedades modernas consiguen que las personas renuncien a sus instintos, inclinaciones y deseos. 



- Foucault se da cuenta de la ambigüedad del poder, porque, al tiempo que reprime, y precisamente por esa represión, también es una fuente de placer. 



- Foucault se centra los siglos XIX y XX. Al tiempo que la sexualidad se reprimía -se trataba como algo oculto, perteneciente al dominio de la mayor intimidad-, se estudiaba sin descanso. De esta paradoja, Foucault concluye que no es que el poder tratase de eliminar/suprimir el sexo, sino que pretendía crear un nuevo desarrollo corporal y mental del individuo. 



- El placer erótico se convierte en sexualidad cuando el poder distingue la sexualidad normal -formal- de lo que se considera enfermizo -patológico-. 



- Surge la ciencia de la sexualidad gracias a la acumulación de saber sobre ella y la confesión. 



- La confesión era el instrumento de la religión para acceder al sexo. 



- La religión utilizó el sexo para controlar la vida de los fieles. 



- Por medio de la confesión los fieles construyen un discurso sobre su sexualidad. Evidentemente este discurso está guiado de acuerdo con los intereses del poder. Hay que recordar que para Foucault el discurso crea la realidad. Por medio de la confesión las personas crean su propia sexualidad. 



- En definitiva, para Focault la sexualidad no es un impulso biológico, sino un discurso de poder. Nos dice cómo tenemos que comportarnos, qué sentir, qué hacer. 



    Giddens cree que Foucault exagera la importancia del control. No podemos entender la sexualidad en las sociedades modernas solo desde el control. Hubo otros cambios fundamentales para poder entenderla. 



   Es muy importante, por ejemplo, el surgimiento de la idea de amor romántico. 



    Antes, en todas las culturas, amor pasión. Es una suerte de sexualidad libre. Muchas lo consideran como algo negativo, incluso una enfermedad, porque los amantes pierden el control de sus vidas. 


   En estas sociedades el matrimonio tenía lugar antes por cuestiones económicas que sentimentales. 


   El amor romántico surge entre los burgueses en el siglo XIX ligado a la organización familiar. El amor romántico encaja y justifica la familia burguesa. Monogamia, sobre todo para la mujer, maternidad, etc... El matrimonio es el sentido de la vida. El amor nos hará felices. Solo hay una persona predestinada para nosotros. El matrimonio tiene que ser por amor. Es una empresa emocional conjunta. Esa empresa emocional concluye en los hijos. El amor romántico separa la sexualidad femenina de tener hijos -la reproducción-.



    En la sociedad actual la ideología del amor romántico se diluye por dos razones: la reflexividad de los proyectos de vida y la emancipación de la mujer. -para entender mejor el concepto de reflexividad de Giddens pinchad aquí-. 


   El amor romántico se convierte poco a poco en amor confluyente. 


   El amor confluyente no tiene por qué ser exclusivamente heterosexual. 


   La satisfacción sexual recíproca es fundamental para el éxito de la relación. Esta satisfacción se organiza reflexivamente -se toman decisiones sobre ella- consultando información y recibiendo consejos de expertos. Para que esto fuese posible, hubo de separarse la sexualidad de la reproducción femenina. Los métodos anticonceptivos permiten una sexualidad única y exclusivamente por placer. En este sentido, las relaciones homosexuales, como están completamente desligadas de la reproducción, son relaciones confluyentes totales. 

  El amor confluyente presupone un modelo de relación pura, por la razón de que un hecho básico del mismo es conocer los rasgos del otro. 

   Precisamente como consecuencia de la reflexividad como una de las características definitorias de la Modernidad, el amor confluyente no tiene por qué ser para siempre. Las personas nos entregamos al amor y tomamos de decisión de tener una relación siempre y cuando está nos sea beneficiosa -nos de estabilidad emocional, nos haga felices, o lo que sea-. Pero en caso de que esto no de cumpla, rompemos la relación y lo buscamos en otra. 

    En el capítulo V se centra en la adicción al sexo: 

    Una compulsión es una forma de conducta que un individuo encuentra muy difícil, o imposible, de detener sólo con el poder de su voluntad. Obrar a impulsos de la misma produce una liberación de tensiones. Las compulsiones habitualmente asumen la forma de rituales personales estereotipados, como en el caso en que un individuo se lava cuarenta o cincuenta veces al día para sentirse limpio. La conducta compulsiva se asocia al sentimiento de pérdida de control sobre el ego. Algunos pueden realizar las acciones rituales en una especie de estado de trance. El no hacerlo causa un exceso de ansiedad. 


     Las adicciones son todo eso de las compulsiones y algo más: 



    Una adicción incluye todos los aspectos de conducta ya mencionados y algunos más. Puede ser definido como un hábito estereotipado que se asume compulsivamente; el sustraerse al mismo proporciona una ansiedad incontrolable. Las adicciones proporcionan una fuente de bienestar para el individuo, al aplacar la ansiedad, pero esta experiencia es siempre más o menos transitoria. 



    Las adicciones están muy relacionadas con el surgimiento de la modernidad, en concreto con la reflexividad. En las sociedades tradicionales 


   Donde amplias áreas de la vida de una persona ya no están conformadas por modelos y hábitos preexistentes, el individuo se ve obligado continuamente a negociar opciones de estilo de vida (...) La idea de adicción tiene poco sentido en una cultura tradicional, donde es normal hacer hoy lo mismo que se hizo ayer. Cuando hay una continuidad de la tradición y un modelo social particular, establecido de antemano, que es obedecido, así como sancionado como correcto y justo, nada podría ser descrito fácilmente como una adicción ni servir tomo una afirmación sobre las características específicas del yo. Los individuos no podrían seleccionar y elegir, y tampoco tendrían obligación de descubrirse a sí mismos en sus hábitos y acciones.


    Las adicciones, entonces, son un índice negativo del grado en que el proyecto reflexivo del ego se traslada a un puesto de plataforma central en la modernidad tardía. Son modos de conducta que se introducen —quizás en forma muy consecuente— en este proyecto, pero rechazan quedar incorporadas en el mismo. En este sentido todos son perjudiciales para el individuo y sería fácil ver por qué el problema de superarlos invade ahora la literatura terapéutica. Una adicción es una incapacidad de colonizar el futuro y, en cuanto tal, realiza una transgresión de las primeras preocupaciones con las que deben lidiar reflexivamente los individuos.



    Cada adicción es una reacción defensiva, y una vía de escape, un reconocimiento de falsa autonomía que arroja una sombra sobre la competencia del yo. 



   El sexo es compulsivo, justamente como otros modelos de conducta, cuando una conducta sexual personal queda gobernada por una búsqueda constante de algo, que, sin embargo, conduce persistentemente a sentimientos de vergüenza o inadecuación. La adicción es una conducta opuesta a una libre opción, en lo que respecta al proyecto reflexivo del ego personal; esta observación es exactamente tan válida en el caso de la adicción sexual como de otras formas de conducta.



   Relación entre sexualidad e identidad:



   En la modernidad la identidad es problemática (ver Giddens: Modernidad e identidad del yo). Como estamos todo el tiempo reflexionando y negociando hacia el futuro, es complicado. Tenemos que estar todo el tiempo tomando decisiones de futuro. Es una identidad autoconstruida. No nos viene dada por la tradición. La sexualidad forma parte de la identidad. Por eso en la modernidad la sexualidad es tan problemática. 



  Giddens se centra en tres autores que hablan de la relación de la sexualidad y la sociedad/cultura. Son Freud, Reich y Marcusse. Según ellos la sociedad/cultura reprime la sexualidad. Giddens no está de acuerdo porque hay una fascinación pública por la sexualidad. Si estuviese reprimida, no sería pública. Además, Giddens tampoco cree que la sexualidad haya sido creada por el poder. 



   En el capítulo VII plantea cómo debe reanalizarse la sexualidad masculina a raíz de los cambios, especialmente la emancipación de la mujer. Ya no hay mujeres castas o puras frente a las impuras. A los hombres -algunos- les cuesta aceptar los cambios.