jueves, 31 de agosto de 2023

CUERPOS BELLOS (2ªPARTE)



     Estaba haciendo de vigía en los exámenes de selectividad. Es algo que suelo hacer casi todos los años. Te apuntas a una lista y luego te llaman para que vayas a vigilar a los alumnos que hacen esos exámenes. Son tres días bastante cansados, pero te pagan y siempre viene bien algo de dinerillo antes de las vacaciones de verano. Como dije, estaba vigilando a los alumnos de no sé qué instituto de Vigo. Mientras vigilas, no hay mucho que hacer. Ni puedes leeer, ni puedes hablar con los examinandos. Además, también te dicen que observes, pero que no seas intimidatorio, con lo que tampoco puedes mirar mucho a los chicos. Así las cosas, hay mucho tiempo para pensar. Ya era el último día. Llegó la profesora que hacía de enlace con los exámenes de filosofía. Los repartí y me senté en la mesa del profesor. Dado que no podía mirar mucho a los chicos y tampoco podía leer, cogí el examen y le eché un ojo. No parecía muy difícil. Preguntaban algo de Kant y, curiosamente, la dualidad cuerpo/alma en Descartes. No hacía mucho que le había estado dando vueltas a la cabeza a la razón del modelo de cuerpo que buscaban los usuarios de Qpro Gym. 

    - Esto era inconcebible antes de Descartes –pensé; y me puse a tomar algunas notas para matar el aburrimiento.



    Me llama muchísimo la atención que los usuarios de QproGym aprendan y realicen técnicas corporales para ser guapos. Esto implica un acto volitivo, una voluntad y una creencia en que la belleza se puede conseguir. No es algo heredado, que se tiene o no se tiene, sino que se puede conseguir. 

    Le Breton sostiene la idea de que nuestra concepción del cuerpo es el resultado del individualismo que domina nuestra sociedad. En otras culturas y en otras épocas el cuerpo era la esencia del ser humano y estaba fusionado o formaba parte de la naturaleza como un todo. Por el contrario, nosotros percibimos nuestro cuerpo como un objeto ajeno a nuestra existencia, que sería nuestra alma o nuestra mente, y que funciona a modo de frontera o límite frente a la naturaleza que nos rodea (1).

    Le Breton señala varios hitos en el camino hacia el individualismo que provoca esta concepción dual del alma y del cuerpo:

1) Maquiavelo y el interés individual antes que nada, aunque sea en detrimento de la sociedad.

2) la figura del artista moderno que, a diferencia de las concepciones clásicas, es un individuo, una persona distinta e identificable con respecto al resto de la sociedad.

3) hasta el siglo XV se observa una tendencia a no retratar a las personas salvo que hubiese una intención religiosa. A partir del siglo XV asistimos al auge del retrato individual.

4) el comerciante es el prototipo del individualismo moderno. Es el hombre cuyas aspiraciones van más allá de los marcos establecidos, cosmopolita, que convierte el interés personal en el móvil de las acciones, aún en detrimento del bien general.

5) el surgimiento del pensamiento mecanicista/racionalista en el siglo XVII con Galileo y otros filósofos, científicos, etcétera. El pensamiento se vuelve frío, racional, y pone al hombre en relación de superioridad con respecto a la naturaleza, a la que hay que dominar por medio de la fría razón. El conocimiento debe ser útil, racional, desprovisto de sentimiento y tiene que producir eficacia social.

6) Lo mismo sucede con el racionalismo cartesiano. Sólo se puede entender el mundo por medio de las matemáticas. Descartes se define como: "yo soy un ser que piensa", de modo que deja al cuerpo al margen de la esencia humana.

    Y así llegamos hasta la actual época del saber biomédico, en la que entendemos el cuerpo como un elemento extraño sobre el que podemos actuar desde fuera.

    A partir de los años 60 hay un cambio que revaloriza el cuerpo: jogging, deporte, culturismo, etcétera. Pero sigue habiendo dualismo cuerpo/alma. En los dos platillos de la balanza están el cuerpo despreciado y destituido por la tecnociencia y el cuerpo mimado de la sociedad de consumo. El cuerpo ahora es un objeto que se moldea al gusto. El imaginario contemporáneo subordina el cuerpo a la voluntad. Ahora el cuerpo es un alter ego, un objeto que hay que conquistar, una máquina que se debe trabajar. Es el objeto de todos los cuidados, atenciones e inversiones. Hay que mantener el capital salud. Hay que luchar contra el tiempo que deja huellas en el cuerpo. Hay que domesticar al cuerpo reticente para convertirlo en un compañero de ruta agradable. El narcisismo de hoy en día ya no es abandonarse a la holgazanería, sino trabajo y esfuerzo para el cuerpo. El paradigma de la maquina del cuerpo está cristalizado en Rambo, Schwazenager, Charles Bronson, etcétera, que son máquinas de guerra, mezcla de músculo y acero.

miércoles, 23 de agosto de 2023

CUERPOS BELLOS (1º PARTE)

 



No sé cuánto tiempo pasó desde que le pregunté a Gema a bocajarro por qué venía al gimnasio y el día en que Moncho me dijo que venía para verse guapo. Estábamos en la sala de musculación, justo al final, donde hay unas estructuras metálicas y los espejos. Moncho hacía dominadas -pull ups en jerga técnica- y yo vagueaba, retrasando lo más posible las odiadas estocadas -lunges- con mancuernas.

-Oye Moncho -le dije-. Tú pasas mucho tiempo aquí.

-Sí -confirmó él con la respiración agitada-. Dos horas diarias.

Se me escapó una exclamación de asombro.

-Joder. Dos horas son mogollón de tiempo. ¿Para qué pasas tanto tiempo aquí?

Todavía no lo he dicho, pero Moncho era uno de mis alumnos de segundo de bachillerato. Me cae bien fudamentalmente por dos razones:

a) Es muy educado.

b) Es de una sinceridad pasmosa. Dice las cosas tal cual las piensa, sin importarle mucho la impresión que pueda causar en los demás.

En consecuencia, me respondió con esa sinceridad suya tan brutal.

-Para estar cachitas. Para estar bueno.

A mí se me descolgó la mandíbula. Este chico de dieciocho años se pasaba dos horas diarias en el gimnasio para estar guapo.

-¿Y tu novia? ¿Y Laura? ¿No pasas tiempo con ella?

Moncho y Laura, además de novios, eran compañeros de clase. Por lo tanto, ella también era mi alumna y una de mis informantes en el gimnasio. También me cae muy bien. Moncho hizo un gesto con la cabeza, señalando la zona de cardio a sus espaldas.

-Ella también viene mucho -dijo.

Era cierto. Frecuentemente coincidía con Laura en el gimnasio por las tardes. Lo que no sabía es que se pasaba TODA la tarde allí.

Acabé las odiosas estocadas -lunges- y me fui a casa.


Esta es la mierda de lounge que hacía yo.

Y esta es la poderosa dominada que hacía Moncho.


Al día siguiente asalté a Esteban en la máquina de poleas. Ya he hablado de Esteban, Es, con la excepción de Juan, mi informante más productivo. Fue alumno mío hace años. Un estudiante pésimo, pero el único que me hacía caso cuando yo recomendaba una serie o un cómic en clase. Un ejemplo clarísimo del fracaso del sistema educativo. Con el tiempo, seguimos hablando de series y cómics y películas y fuimos forjando cierta confianza. Desde el primer momento Esteban supo que todas mis preguntas siempre iban encaminadas a mi pequeño estudio antropológico de QproGym. A él, lejos de intimidarle, parece que le gusta. Desde luego siente curiosidad, porque muchas veces me pregunta qué tal va mi libro.

-Oye Esteban, ¿por qué vienes al gimnasio? -le espeté.

-¿Esto es para tu libro?

-Sí. ¿Para qué vienes al gimnasio?

- Eso ya me lo has preguntado otro día.

- Ya. Pero te lo pregunto otra vez.

-No sé. Para estar bien.

-Estar bien es una respuesta muy genérica. Estar es un verbo copulativo vacío de significado y bien es un concepto tan ambiguo que casi puede caber cualquier cosa dentro de él. ¿Qué es estar bien?

Esteban se rió.

-No sé, joder. Estar bien. Para eso. Estar bien.

En defensa de Esteban, he de decir que es un chaval bastante espabilado y que explicar lo que nos parece obvio es lo más difícil. Además, era la segunda vez que le venía con la misma pregunta trampa.

-Me tienes que explicar qué entiendes tú por bien –dije.

Se volvió a reír.

-No sé. Bueno. Sin grasa. Así, un poco mazao.

Eso estaba mucho mejor.

-¿Quieres decir guapo?

-Sí. Sin michelines, ni barriga. Así, con músculo -hizo un gesto señalándose el hombro.

-Me gustaría que siguieses por ahí. ¿En qué consiste estar guapo? ¿Cómo tiene que ser tu cuerpo guapo?

Literalmente, Esteban flipó. Acabo de decir que racionalizar lo que hemos naturalizado es los más difícil. Le llevó un tiempo explicarme que un cuerpo bello es un cuerpo musculado, sin rastro de grasa y, para mi sorpresa, también sin pelo. Yo tomé nota de todo, primero mental, y luego en mi cuaderno de notas.

Al día siguiente, en clase, le pregunté a Moncho qué era estar guapo y la respuesta fue exactamente la misma que la de Esteban. Sus compañeros de clase dijeron todos más o menos lo mismo. Ser o estar guapo consiste en tener un cuerpo musculado, sin un ápice de grasa ni vello. Y entonces fue cuando me vino a la cabeza aquello que me había dicho Gema: que venía al gimnasio a quitarse alguna cosita de aquí y de allá, porque siempre sobra algo.

La conclusión a todas estas afirmaciones es evidente: existe una relación directa entre QproGym y la belleza. Pero entre un tipo de belleza muy concreto, que es el propio de nuestro tiempo y que podemos ver en los modelos de belleza que nos vende la publicidad y la televisión.

Según Telecinco este es el hombre más guapo del verano. 
Su cuerpo canónico es a lo que aspiran muchos de los usuarios de Qpro.

Elsa Pataki responde al modelo de belleza femenino.


El ideal de belleza ha cambiado mucho a lo largo de la historia. Basta con ver los cuadros de Venus. Se supone que Venus es un mito de la sensualidad y el erotismo o, en otras palabras, la que pone cachondo a los hombres. Es muy curioso ver cómo ha cambiado tanto en los últimos años. Tanto la Venus de Botticelli -siglo XV-, como las de Tiziano -siglo XVI-, son bastante parecidas: jóvenes rubias, de pelo rizado y piel muy blanca, con unas tetitas bastante pequeñas y barriguita redondeada, lo que hoy llamaríamos michelines. En todas se intuyen unas caderas un poco anchas y, desde luego, no hay ni rastro de músculo alguno en ninguna de ellas. La Venus del Espejo de Velázquez -siglo XVII- está de espaldas dibujando un cuerpo en forma de pera: estrecho arriba y ancho abajo. La Venus de Veronese -siglo XVIII- es bastante parecida a las anteriores. Y así podríamos seguir con los cientos de cuadros de Venus que se han hecho desde el siglo XV al XVIII. Todas siguen el mismo patrón: mujer blanca con cuerpo de pera. De hecho, les gustaba tanto ese modelo de mujer culona, que adornaban los vestidos con unos armatrostes muy pesados que se llamaban miriñaques y que las hacían parecer como si se hubiesen sumergido hasta la cintura en una mesa camilla y la llevasen puesta. Durante el Romanticismo cambió bastante el ideal de belleza: la mujer gusta muy delgada, pálida y con aspecto enfermizo; y en la Inglaterra victoriana una cinturita de abispa embutida en un corsé. Si nos vamos más lejos, en la prehistoria sentían predilección por las obesas -Venus de Willendorf-, en el antiguo Egipto gustaban las mujeres con piernas largas y cuerpos estilizados; y en Roma unas narices fuertes y frente despejada -a mí me dan la impresión de cabezonas con nariz ganchuda-. No se trata aquí de hacer un análisis detallado de los cambios en los modelos de belleza femenina a lo largo de la Historia. Creo que con los ejemplos citados basta para demostrar que nuestra mujer perfecta, alta, delgada, con pechos grandes, caderas pronunciadas y cuerpo tonificado no es en absoluto universal.

Una Venus de Tiziano. Comparad con Elsa Pataky.


Como antropólogo me niego a aceptar que estos cambios sean fruto del azar.

Marvin Harris1, siguiendo a Veblen2, relaciona el modelo de estética con cuestiones económicas: en Europa, hasta el siglo XX, se pasaba hambre. Los michelines eran un signo de cierto estatus económico. Lo mismo sucedía con la piel blanca. Los campesinos trabajaban al aire libre, mientras que la nobleza podía permitirse pasar el día a la sombra en los aposentos de sus castillos. Si esto ha cambiado en el siglo XX, es porque a partir del siglo pasado las clases trabajadoras pasan sus jornadas laborales en oficinas, tiendas, supermercados, etc..., y son solo los ricos los que pueden pasar el tiempo ociosamente tumbados al sol. La comida rica en grasas saturadas es mucho más barata y hay que tener mucho tiempo libre para pasar el día haciendo deporte. Después de pasarse diez horas atendiendo a clientes en un supermercado, difícilmente vas a tener ganas de ir al gimnasio. Además de que la cuota de gimnasio cuesta dinero.

Aunque tiene algo de razón, a mí esta explicación me parece que simplifica demasiado. Creo que el ideal de belleza que se persigue en QproGym tiene más aristas.

La ausencia de bello, los cuerpos tonificados y la falta de grasa como signos de belleza hay que ponerlos en relación con otros fenómenos sociales tales como las cremas antiarrugas, la operaciones de cirugía estética, los productos para eliminar las varices y la celulitis, etc... Todos ellos signos de que el ideal de belleza se identifica con la juventud. Un cuerpo guapo es, ante todo, un cuerpo joven, casi infantil.

La revolución científica ha creado una sociedad que rinde culto a la juventud y la salud. El sentido de la vida ya no es el más allá después de la muerte, como sucedía, por ejemplo, en la Edad Media. Ahora lo que importa es la vida, hay que disfrutar aquí y ahora. La medicina nos promete el paraíso en la Tierra libres de enfermedades y dolores, eternamente jóvenes. La vejez y la enfermedad son un recuerdo constante de esa muerte que trata de negar la medicina. El ideal de belleza no podía ser ajeno a estos cambios. El cuerpo bello de Moncho, de Esteban, de Laura, de los anuncios de cremas, de las operaciones, es un cuerpo joven porque trata de eliminar todo lo que nos recuerde que envejecemos y nos morimos. En este sentido, David Le Breton en Antropología del cuerpo y la modernidad3, sostiene que, como el cuerpo no es más el centro desde el que se irradia el ser, se convierte en un obstáculo, en un soporte molesto. La sociedad occidental está basada en el borramiento del cuerpo, de ahí todos los ritos de evitamiento: no tocar al otro salvo en circunstancias particulares de familiaridad; no mostrar el cuerpo total o parcialmente desnudo salvo en ciertas circunstancias precisas; la existencia de reglas del contacto físico (dar la mano, abrazarse, distancia entre los rostros y los cuerpos…); disimular todo lo que tenga que ver con los olores corporales por medio de perfumes, jabones, etcétera; y ocultar los mecanismos de funcionamiento corporal, como los mocos, la orina, los excrementos, la sangre menstrual, la saliva, etc. Del mismo modo en el ascensor o en el autobús hay que hacer ver como si el otro se hubiese vuelto transparente, como si no tuviese cuerpo, los cuerpos esculpidos de Moncho y Esteban son los cuerpos limpios, sanos, asépticos de la excepcionalidad. No son cuerpos cotidianos. En los gimnasios y en la publicidad se da un ardid que consiste en hacernos pasar como liberación del cuerpo lo que sólo es elogio del cuerpo joven, sano, esbelto, es decir, un no-cuerpo. El modelo de belleza de nuestros días hay que enmarcarlo en la negación del cuerpo de la sociedad occidental.

La actitud hacia los ancianos es cultural. En sociedades tradicionales, como las tribus cultivadoras sedentarias, los ancianos gozaban de muchísimo respeto. En este tipo de sociedades, el mundo apenas si cambiaba entre generaciones. Por eso se consideraba que los viejos habían acumulado sabiduría y, en consecuencia, su voz era escuchada siempre que la comunidad tenía que decidir acerca de cuestiones importantes. Nuestra cultura es exactamente lo contrario. Zygmunt Bauman define nuestro mundo como modernidad líquida4. En esta todo cambia y nada es estable, porque así lo demanda el sistema capitalista. Hay que moverse continuamente, para adaptarse a las necesidades del mercado y para desechar los productos que hemos comprado y adquirir otros. El sistema necesita que nos mantengamos en cambio perpetuo tanto como productores/trabajadares como como consumidores. La vejez nos desagrada, entre otras cosas, porque, por definición, lo viejo es lo que ha quedado desfasado por el cambio. Este cambio continuo se proyecta en la belleza, tanto artística, como de los cuerpos. Nos gustan las series y las novelas llenas de cliff hungers que nos hacen consumir imágenes una detrás de otra sin detenernos a reflexionar sobre lo visto o lo leído. Y nos gustan los cuerpos jóvenes porque son un signo de eso nuevo, adaptado al cambio, listo para ser consumido.

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NOTAS

1 Cfr. HARRIS, M. (2011), Antropología cultural, Madrid, Alianza.

2 Cfr. VEBLEN, T. (1974), Teoría de la clase ociosa, México, FCE.

3 Cfr. LE BRETON, D. (1995) Antropología del cuerpo y modernidad. Buenos Aires: Nueva Visión

4 Cfr. BAUMAN, Z. (2003), Modernidad líquida. México, FCE.

martes, 15 de agosto de 2023

SISTEMAS EXPERTOS

     Anthony Giddens encontró en los sistemas expertos una de las características definitorias de nuestra sociedad moderna (1). Simplificando un poco, el conocimiento en las sociedades antiguas era bastante escaso. En las primitivas tribus de homínidos todos los miembros sabían hacer más o menos todo lo que necesitaban para sobrevivir. Los primeros australopitecus ya sabían subirse a los árboles, buscar frutos y brotes comestibles y ponerse a chillar si veían a algún depredador potencial. Pero empezó la epopeya de la evolución y, con ella, el conocimiento creció exponencialmente. Las técnicas de caza mejoraron y se complicaron, las agresiones entre grupos avanzaron hacia las guerras, el número de frutos comestibles aumentó, etc… De la mano de este aumento del conocimiento surgió la especialización del trabajo, porque una sola persona no podía saberlo todo. Unos se especializaron en cazar y otros en recolectar, unas en la crianza de la prole y otros en guerrear. Poco a poco, las sociedades fueron creciendo y con ellas el conocimiento. Las personas se fueron especializando cada vez más en una actividad concreta, cuyos frutos intercambiaban por otras cosas. Así surgieron los campesinos, los gobernantes, los médicos o los profesores.


    Hoy en día es impensable que alguien lo sepa todo de todo. Si, por poner un ejemplo, yo fuese caminando por la calle, tropezase y me rompiese una pierna, yo solo no sabría arreglármelas sin más. Por eso, en lugar de arrastrarme hasta mi casa y tratar de emparedarme la pierna con unas tablillas, me acercaría a Urgencias donde médicos y enfermeras me harían radiografías, me darían un diagnóstico exacto, me enyesarían la pierna y me instruirían acerca de qué hacer durante la convalecencia. Lo mismo me sucedería si vuelvo a casa y resulta que tengo una fuga en el calentador de agua. Yo no sé absolutamente nada de fontanería, así que me vería obligado a llamar a un profesional para que solucionase el problema. Evidentemente, esta gente no ayudaa por altruismo o amor a la especie humana, sino que reciben un dinero a cambio. A su vez, este dinero les servirá para poder contratar los servicios de otro profesional cuando necesiten sus servicios y así de uno a otro hasta abarcar prácticamente todo el saber humano. 



Giddens definió los sistemas expertos como "sistemas de logros técnicos o de experiencia profesional que organizan grandes áreas del entorno material y social en que vivimos" (2). El sistema experto no es la persona que posee un determinado saber, sino ese saber. Así, en nuestra sociedad tenemos multitud de saberes expertos, como la medicina, la agricultura, la arquitectura, etc… Las personas que poseen ese saber y a través de las cuales accedemos a ellos son los “puntos de acceso”. 

A Qpro Gym deberíamos incluirlo dentro de los sistemas expertos del tratamiento del cuerpo adecuado a las normas de nuestra sociedad obsesionada con la salud y la estética. Los puntos de acceso a este sistema experto son los monitores. En este gimnasio hay cuatro: dos mujeres y dos hombres. Ellas ligeramente más jóvenes que ellos. Los cuatro con los cuerpos perfectamente esculpidos de acuerdo con los cánones de belleza actuales. Cuerpos de anuncio publicitario, asépticos, de los que se ha borrado cualquier rastro de humanidad. Pero ya hablaré más adelante de los cuerpos en los gimnasios. Ahora me interesa el gimnasio como sistema experto y sus puntos de acceso. 

No son ellos, pero podrían serlo.

    Antes de poder moverte libremente por la sala de ejercicio, el nuevo usuario debe tener una entrevista con uno de estos monitores. A mí me tocó X. Nuestra entrevista tuvo lugar en una suerte de despachito con un escritorio que tienen medio escondido a la izquierda del mostrador de recepción. En términos generales, esta primera interacción no difirió mucho de la que uno puede tener en la consulta de un médico, lo cual es perfectamente lógico, porque los hospitales también son sistemas expertos y los médicos sus puntos de acceso. X se sentó a un lado de un escritorio y me invitó a que me sentase enfrente. Luego abrió un cajón y sacó una hoja y un bolígrafo. 

    - ¿Has hecho deporte alguna vez? -me preguntó sin mirarme. 

    La pregunta me pareció un poco extraña, habida cuenta que tenía cuarenta años. 

    - Sí, claro. Cuando era niño jugaba mucho al fútbol y de adolescente andaba en monopatín. 

    X levantó la mirada de la hoja en la que se suponía que iba a tomar notas. Parecía un poco molesto. 

    - Me refiero a si has hecho deporte alguna vez de forma profesional. 

    - ¿Profesional? ¿Como los futbolistas y eso?

    - Hay otros deportes de élite diferentes al fútbol -dijo cortante-. Atletismo o ciclismo, por ejemplo. 

    Ahora fui yo el que se sintió un poco molesto, porque a veces veo el Tour por la televisión y vi algo de los Juegos Olímpicos de Pekín y creo que, si yo hubiese sido una de esas personas que competían allí, no necesitaría ir a un gimnasio. Fuese como fuese, no exterioricé mi enfado y me limité a decir que no, que nunca había recibido retribución alguna por una actividad que requiriese competir en esfuerzo físico. Él tomó nota en la hoja. 

Atleta de élite


    A esta pregunta siguieron otras muchas acerca de mi cuerpo en general. Me preguntó por lesiones o enfermedades crónicas, por afecciones cardíacas y cosas así. Yo contesté a todo al punto y él tomó notas en su hoja. Para terminar me dio una fotocopia de ejercicios estándar, exactamente igual que la que le daría a cualquiera que se apuntase a ese gimnasio y me indicó que me esperaría en cinco minutos en la sala de cardio. 

    Mientras me cambiaba de ropa en el vestuario, pensé en el breve intercambio comunicativo que acabábamos de tener. Decir que X había sido seco sería ser bastante generoso. La palabra exacta sería grosero. En los diez minutos de charla no había habido siquiera un gesto mínimamente amistoso por su parte. Ni una sonrisa, ni una mirada de comprensión. Nada. Todo había sido deliberadamente frío y distante. Hasta la performance del escritorio, preguntando y tomando notas como si de un médico se tratase. Ni un resquicio por el que se hubiese colado algo de humanidad. Sonreí mientras me ataba las zapatillas. 

    X me esperaba en la sala de ejercicio. No sé si lo he dicho antes, pero la sala de ejercicio de Qpro Gym se divide en dos partes. A la izquierda según entras está lo que ellos llaman la zona de cardio. Allí hay un montón de biciestáticas, bicielípticas, cintas de correr, máquinas de remo, un par de steppers y hasta una bicicleta de aire, que es una bici estática normal a la que han puesto un par de palancas con un ventilador a la altura de los brazos para que, al tiempo que pedaleas, tires con los brazos de ellas hacia delante y hacia atrás –tengo que señalar que hacerlo requiere un esfuerzo físico considerable-. A la derecha están las máquinas que yo toda la vida asocié a los gimnasios: bancos con barras de metal con discos a los lados, mancuernas y todo tipo de mecanismos con poleas y pesos que hay que subir y bajar. Y espejos, muchos espejos por todos lados, porque, por lo que se ve, es muy importante contemplarse a uno mismo mientras sube y baja pesos. Este espacio recibe el nombre técnico de zona de musculación.

Qpro


X me indicó con un gesto del mentón que me subiese a una bicicleta estática. Obedecí. Él apretó varios botones del control de mandos y se marchó sin decirme una palabra. Esos fueron mis primeros quince minutos pedaleando en Qpro Gym, algo que se repetiría muchas, muchas veces. 

Cuando terminé me acerqué a X con mi hoja de ejercicios estándar. Él me la quitó de las manos y la ojeó un instante.

-Ven conmigo –dijo.

Lo seguí hasta una máquina. Con palabras secas y cortantes me explicó el funcionamiento. 

-Haces tres series de doce repeticiones. Entre serie y serie estira. Si ves que es mucho peso, le bajas cinco kilos. Si ves que puedes, le subes cinco –y se fue. 

Hicimos esto varias veces. Dos ejercicios de piernas –cuádriceps y glúteos-, abdominales y tres de tren superior –pecho, hombro tríceps-. ¡Dios, cómo me gusta la expresión tren superior para referirse a la parte del cuerpo que hay de pecho para arriba! Es tan perfecta, tan adecuada para vestir de apariencia técnica el saber experto del gimnasio que, cada vez que la oigo, me siento como si estuviese en manos de una civilización superior. En cualquier caso, hice todo aquello y, por si no fuese suficiente, añadimos dos tandas de biciestática, una entre los ejercicios de pierna y los de tren superior, y otra al final para rematar la faena. Cuando terminé estaba reventado. 

Ha pasado bastante tiempo desde aquel mi primer día en Qpro Gym. He pensado mucho sobre él. Incluso ahora que X ya no trabaja allí, sigo dándole vueltas al significado de la performance que se prolongó durante casi dos horas, primero en su despacho y luego en la sala de entrenamiento. ¿Por qué todo aquello? ¿Por qué la entrevista con él dándoselas de profesional? ¿Por qué aquella actitud distante, grosera por momentos? Supongo que habrá varias razones, muchas de ellas de orden psicológico. Sobre todo después de conocer a Juan, el otro monitor, cuya estrategia es radicalmente distinta. Pero no son esas las que me interesan. A mí el X persona me importa un pepino. Ni para bien ni para mal. Sencillamente me da igual. El X que me interesa y por el que sentí fascinación desde el día en que puse el pie por primera vez en Qpro Gym es el X punto de acceso, el X que encarna la función social de enlace entre el profano y el sistema experto. 

La grosería de X no era nada personal. En mi lugar podía haber estado la cabra de la Legión que la interacción hubiese discurrido por los mismos términos, porque el objetivo de toda aquella performance no era hacerme sentir incómodo y que no volviese, sino dejar meridianamente claro que él tenía todo controlado porque poseía el conocimiento experto, que yo era un lego y que, por tanto, debía obedecer las decisiones que él tomase sobre mi cuerpo. No me resisto a volver sobre tres detalles:

    a) La entrevista en el despacho rezumaba esfuerzos por resultar formal. No solo por el aire profesional que se esforzaba en darle a la entrevista tomando notas, sino también por el hecho de hacerlo en un despacho, cuando perfectamente podíamos haber hablado en el vestuario o sentados en las escaleras. 

    b) Las preguntas personales sobre mi cuerpo, encaminadas a que el usuario sienta que le hacen caso, que no es un número más de una lista anónima, aunque luego te den una hoja de ejercicios estándar. La relación del usuario con el sistema experto y su punto de acceso se torna personal, adecuada a las necesidades concretas de la persona. 

c) La actitud distante es un medio por el cual determinadas personas intentan marcar diferencias de jerarquía. Solo el rey o el barón pueden mostrarse displicentes con sus súbditos porque no dependen de ellos. 

¿Y todo esto por qué? 

Porque las relaciones con los sistemas expertos se basan en la confianza y el riesgo. Las personas desconocemos el saber al que vamos a someternos y tenemos que confiar en él y en los puntos de acceso. Cuando me rompo una pierna, confío en que el médico no me va a dejar cojo. Lo mismo con el fontanero que viene a casa o con X, el monitor de Qpro Gym. Aceptamos el riesgo de confiar en ellos. Pero para hacerlo y entregarnos plenamente, no nos basta con su palabra. Es necesario llenar las interacciones de pequeños símbolos que nos induzcan sensación de confianza y sumisión a un poder superior. Y así es cuando el médico de bata blanca nos trata con displicencia o cuando el fontanero dice palabras técnicas que no entendemos bien. Y por supuesto es lo que hacía X cuando se tomaba tan en serio a sí mismo. 

NOTAS:
1. Cfr. GIDDENS, A. (1994). Consecuencias de la modernidad, Madrid: Alianza. 
2. GIDDENS, A. (1994) p.37.

lunes, 14 de agosto de 2023

LA OBJETIVACIÓN DEL TIEMPO (Otra versión de racionalización).



Creo que hasta aquel día no fui consciente de la manera en que la invención del reloj cambió la vida de los seres humanos. Había leído sobre ello, en concreto un ensayo de Norbert Elias (1) muy interesante sobre el tema , pero no había tomado conciencia real de hasta qué punto determinan nuestra forma de percibir el mundo y de comportarnos. 

    Era un Sábado por la mañana. El día anterior había estado festejando algo y, como suele pasar cuando se festeja, la mañana siguiente fue resacosa. No era una de esas resacas terribles, en las que te duele mucho la cabeza, tienes náuseas y apenas si puedes levantarte de la cama. Los excesos no habían sido tantos. Ya no tenía edad para eso. Era más bien una resaca madura, de las que tenemos los cuarentones. Había dormido mal, estaba cansado y me dolía ligeramente la cabeza. Aparte de eso, no puedo decir que la cosa fuera a mayores. Bebí medio litro de leche y miré melancólicamente por la ventana. Llovía con suavidad. 

    ¿Qué carallo voy a hacer durante todo el día? –pensé.

    Dar un paseo bajo la lluvia quedaba descartado. El cine o la lectura solo empeorarían el dolor de cabeza. La radio los fines de semana me aburría. Así las cosas, el gimnasio era la única opción. Además, sudando probablemente expulsaría las toxinas que me provocaban aquel malestar general. 

    El ritual de entrada fue el de siempre, solo que esta vez lo hice un poquito más despacio. Pasé el carnet por el torno, me puse la ropa deportiva en el vestuario y me subí a la bicicleta estática. No debía ser yo el único al que la suave lluvia plomiza había estropeado el plan del Sábado por la mañana, porque el gimnasio estaba más concurrido de lo normal. 

    Apenas si había empezado a pedalear, cuando me di cuenta de que algo no funcionaba. El estómago se me revolvía y el dolor de cabeza de ligero pasó a moderado. Con cada latido de mi corazón notaba cómo me palpitaban las venas de las sienes. Pero no paré. Seguí pedaleando a 31 rpm como hacía siempre. 

    -Seguro que con el sudor se va la resaca –me decía. 

    A mi alrededor, personas de todas las edades hacían ejercicio como si nada. Unos remaban, otros corrían en la cinta y algunos se ejercitaban en las bicis elípticas. Todos más o menos sudados, pero ninguno evidenciaba un calvario similar al mío. Me ardían las piernas y boqueaba desesperado tratando de coger aire. No sé cómo el corazón no se me salió por la boca. Literalmente. Entre bocanada y bocanada miré el cuadro de mandos. Tuve que parpadear un par de veces para dejar de verlo borroso. El cronómetro marcaba siete minutos. Volví a parpadear, esta vez haciendo fuerza, como para alejar de mí la alucinación que acababa de tener. No había sido una alucinación. Siete minutos. El maldito crono seguía marcando SIETE MINUTOS. Quise morirme. Siete minutos que me habían parecido siete años. La gente que me rodeaba seguía a su rollo como si nada. Los odié con toda mi alma. 

    Cualquiera que haya experimentado una situación similar compartirá conmigo que no es lo mismo el tiempo objetivo que el tiempo subjetivo. Una hora con los colegas entre cañas y risas no se parece en absoluto a una hora en clase de biología con aquella profesora asquerosa que confundía enseñar con imponer disciplina por medio del terror. A principios del siglo pasado Bergson distinguía entre el tiempo y la duración (2). Según Bergson, el tiempo objetivo, el del reloj, es fruto de nuestro intelecto. Nuestra mente “traduce” el tiempo en espacio físico, que divide en espacios iguales –lo que tarda en ir la aguja del reloj de un punto a otro-. Un segundo es igual a otro segundo, sean las condiciones las que sean. En esto se opone al tiempo subjetivo, el de nuestra conciencia, donde todo es un devenir continuo y nada es igual a lo anterior. 

    Conseguí llegar hasta los 45 minutos que siempre hacía los días que me tocaba cardio. Me bajé de la bici dando tumbos y me desplomé en un banco. Por primera vez me fijé en algo que debía haberme llamado la atención hacía mucho tiempo, pero que, a fuerza de costumbre, había pasado por alto. Qpro Gym estaba lleno de relojes por todos lados. Cada máquina de ejercicio cardiovascular tenía su propio cronómetro en el cuadro de mandos; frente a ellas, entre las ventanas, había otro reloj de agujas; en la zona de musculación había un reloj rectangular que también hacía las funciones de cronómetro; en las muñecas de los usuarios había relojes de pulsera y aquellos que no lo llevaban consultaban el tiempo regularmente en sus teléfonos móviles. En una sala de unos cien metros cuadrados habría, por lo menos, treinta relojes. 



    En el devenir cada acontecimiento es diferente a todos los demás. El tiempo fluye sin dejar que un instante sea igual a otro. Nunca nada se repite de la misma manera. Así las cosas, el fluir del tiempo es lo más cercano al caos que conoce la conciencia humana. Pero los seres humanos necesitamos orientarnos en el mundo para poder vivir en él. Ninguna puesta de sol, por poner un ejemplo, es igual a otra. Sin embargo, establecemos similitudes entre ellas para inventar el intervalo que hay entre una y otra y al que llamamos día. En este sentido, el tiempo objetivo es expresión del intento de los hombres por determinar posiciones, duraciones de intervalos o ritmos en las transformaciones en este devenir para ordenar nuestras vidas. 

    En los primeros pasos de Humanidad la determinación del tiempo era pasiva. Los primeros homínidos comían cuando tenían hambre y dormían cuando tenían sueño. Este estadio primitivo empezó a cambiar con la agricultura. Esta depende de las estaciones, las cosechas, los ciclos lunares, etc… y los hombres neolíticos hicieron depender al tiempo objetivo de ellas. De acuerdo con Norbert Elias, ya no hacían las cosas cuando se las pedía su cuerpo, pero todavía no tenían una idea del tiempo en abstracto. Lo que les preocupaba eran sus problemas inmediatos (3). En los estadios primitivos de la humanidad, cuando querían situar los hechos, tenían que recurrir a procesos naturales como la puesta y la salida del sol, las estaciones o los ciclos lunares. En realidad, como todo lo que es sucesivo, estos procesos naturales son únicos e irrepetibles. No es la misma puesta de sol de hoy que la de ayer ni que la de mañana, pero, como nuestros antepasados vieron una pauta de repetición, se sirvieron de la similitud entre esos procesos para orientarse.



    El tiempo abstracto no aparece hasta el siglo XVIII con la invención del reloj, que pronto se extiende a toda la población. Gracias a ellos, los seres humanos utilizamos los procesos simbólicos recurrentes en sus esferas. Paralelamente se unifican los calendarios entre los diferentes países. Giddens habla de "vaciado temporal" en el sentido de que la medición del tiempo se convierte en algo abstracto, sin contenido (4).

    Esta idea del tiempo como algo abstracto fue lo que me dejó flipado aquella mañana de resaca en Qpro Gym. El tiempo objetivo no existe por sí mismo. Solo es el resultado de un pacto entre los miembros de la Humanidad. Podíamos haberlo hecho de mil maneras distintas, pero lo hicimos como lo hicimos y, a partir de entonces, el tiempo objetivo pasó a dominar nuestras vidas. Sentado en aquel banco de musculación, yo flipaba porque todos los que estábamos allí estábamos adecuando nuestras actividades a una institución simbólica, independientemente del modo en que cada uno la experimentase. Allí cada uno tenía su planning de entrenamiento basado en periodos de tiempo figurados y todos nos plegábamos a ellos. Me pareció alucinante cómo la Humanidad se doblegaba a una construcción simbólica creada por ella misma. ¿Aunque no es esto en realidad la Cultura? Personas regulando sus actividades de acuerdo con conceptos simbólicos. Y esto podía extenderse a cualquier actividad humana. Las horas de trabajo, de sueño, de ocio, los momentos en los que uno puede ir a una tienda, tomar una copa en un bar, citarse con un médico o una chica… Todo está sometido a la tiranía del tiempo objetivo. 

    Norbert Elias pone en relación la autocoacción con el proceso de civilización en general. Para Elias, la civilización no es más que la coerción de los instintos por medio de la cultura. A medida que la civilización avanza, la autodisciplina es mayor, hasta el punto de que nuestra sociedad hiperindustrializada parece estar absolutamente controlada por procesos simbólicos (5). 

    Y allí estaba yo, en Qpro Gym, pensando estas tonterías mientras luchaba agónicamente por terminar mi rutina de entrenamiento. La hice. Mis cuarenta y cinco minutos de bicicleta estática y mis ejercicios de pesas y abdominales. Juan, el monitor simpático, estaría orgulloso de mí y me diría que me había superado a mí mismo y a mi pereza. Pero no es así. En realidad fue la institución del tiempo objetivo la que venció a mi propia experiencia del mundo. 


NOTAS:

1. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

2. BERGSON, H. (1999). Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Salamanca: Ediciones sígueme S.A.

3. Cfr. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

4. Cfr.GIDDENS, A. (1995): Modernidad e Identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea. Barcelona, ediciones Península/ Ideas.

5. NORBERT, E. (2016). El proceso de civilización, Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Ciudad de México, FCE. 


viernes, 11 de agosto de 2023

PRACTICIDAD

No recuerdo ya qué día era. Sólo sé que llevaba la tira de tiempo pedaleando en la biciestática y estaba hasta las pelotas. Me dolían las piernas, la espalda y estaba muy sudado y olía mal. 

-¿Pero qué cojones hago yo aquí? -me preguntaba una y otra vez. 

Y sin embargo no me bajé de la bici. Seguí dale que te pego y hasta hice además mi rutina de fuerza. Luego me duché y me fui a casa. 

No soy yo, pero esta era más o menos mi actitud.



Ya en casa, mientras hacía la cena, me pregunté por qué no me marché. Hacía una buena tarde y, habida cuenta de que estaba sufriendo como un perro en el gimnasio, lo lógico hubiese sido mandarlo todo a la mierda, darme un paseíto por el paseo marítimo y luego tomar una caña tranquilamente en una terraza. Pero no. Seguí sufriendo. Entonces me pregunté por qué. Por qué lo hice, si no me apetecía un pimiento estar allí. 

Lo que debería estar haciendo.


La respuesta ya la di en el segundo post de esta página: yo estaba allí por salud. La médica me había dicho que ya no era un niño y tenía que empezar a cuidarme. 

Pero ese era yo. ¿Y los demás? 

Durante varios días estuve molestando a todos mis conocidos del gimnasio preguntándoles por qué iban al gimnasio. Recojo algunas de las respuestas:

a) G, una señora de mi edad, amable, simpática y bastante discreta: 

-Por salud -dijo. 

Como yo. Aún así, insistí un poco y al final acabó diciendo:

-Siempre nos sobra algo de aquí y de allá. Nunca nos vemos bien. 

b) Esteban. Veinte años por aquel entonces. Antiguo alumno. Simpático y buen chaval. Recuerdo perfectamente nuestra entrevista. Estábamos en una de esas máquinas de musculación. Él estaba haciendo remo; yo haraganeando. Normalmente hablamos de series o de cómics, pero esta vez le espeté: 

-¿Tú para qué vienes al gimnasio?

Esteban se rio.

-¿Cómo que para qué vengo al gimnasio?

Supongo que pensaría que soy idiota y tampoco es plan que un antiguo alumno piense que eres un idiota, así que decidí explicarme. 

-Es que yo me aburro aquí. He pensado en escribir mis chorradas de antropología sobre el gimnasio y así por lo menos estoy entretenido. Le he pedido permiso a Juan -el dueño- y me ha dado permiso. De hecho Juan y yo ya hemos charlado un montón sobre esto. 

Esteban siguió riéndose, pero con menos convicción. Yo había sacado el palo de fuego: Juan me había dado la bendición. En general todo el mundo en gimnasio respeta bastante a Juan, así que mis chorradas, si las avalaba él, a lo mejor no eran tan chorradas. 

-¿Por qué vienes aquí? -insistí. 

Esteban siguió riéndose, pero esta vez no de mí, sino porque no sabía que contestar y yo creo que se sentía un poco ridículo. 

-Yo qué sé. 

Seguí dándole el coñazo. 

-Venga, a veces las verdades más difíciles son las que tenemos más cerca. 

Teniendo en cuenta que, en su momento, como nota de Lengua Castellana le había puesto un uno sobre diez, Esteban debería haberme mandado a la mierda. Pero no. Se paró y pensó un poco. 

-No sé. Para verme bien. 

-¿Para verte bien? ¿Qué es eso de verte bien?

-Joder, qué pesado. Pues así, mazadito. 

-Ajá. ¿Mazadito es musculado?

-Sí, no sé. 

-¿Entonces verte bien es verte musculado? ¿Por eso vienes al gimnasio?

Risas nerviosas. 

-Sí. Y también bien… así… quemas la mierda. 

-Vaya. ¿Con la mierda te refieres a las toxinas y eso?

-Sí. 

-¿Entonces también vienes por salud, porque quieres estar sano?

-Sí. Claro. 

-Muchas gracias, Esteban. 

-Estás jodido. 

c) A, también antiguo alumno. Este no se cortó un pelo.

-Para estar cachas -me espetó. 

d) P. Este no me lo dijo directamente, pero me enteré que su objetivo era tener “tableta de chocolate”.

e) A, alumno actual: 

-Para ser fuerte, tío. Fuerte. Fuerte -al tiempo que respondía levantaba el brazo derecho para enseñarme el bíceps. 

A mí este chaval me cae fenomenal. Literalmente me meo de risa con él en clase, donde es bastante frecuente que se pase la hora mirándose los músculos de los brazos. 

f) X, una señora jubilada:

-Ay, filliño. Yo ya soy muy vieja y algo tengo que hacer. Si me quedo en casa en el sofá, en un mes no me puedo levantar. 

g) Un colega de mi edad, más o menos:

-Yo vengo aquí a relajarme. Todos los problemas y las miserias del trabajo se van cuando vengo aquí.

e) En esta línea de búsqueda de endorfinas también va un jubilado simpático al que veo machacarse dos horas todas las mañanas:

-Como todo el mundo, yo he pasado momentos muy duros en vida. Y el deporte siempre me ha ayudado. 

Realicé muchas más entrevistas, pero las respuestas fueron todas en esta línea: la gente iba al gimnasio por salud, por estética, para ser fuertes o en busca de bienestar emocional. Más adelante hablaremos de por qué estas cosas en concreto. Lo que me llamó la atención en aquel momento es que todo el mundo va al gimnasio porque espera obtener algo a cambio. Nadie me contestó: 

-Porque me gusta. Porque sudar en la bicicleta y levantar pesos está guay.

          Foucault define de diversas maneras la episteme, aunque más o menos todas vienen a decir lo mismo: 

    La "episteme" en la filosofía de Foucault se refiere al conocimiento profundo e inconsciente que moldea cómo una sociedad percibe, organiza y crea la realidad. Es una estructura fundamental que determina el lenguaje, los valores y las técnicas de una cultura en una época específica. Estas estructuras son contingentes y cambian históricamente, reemplazándose entre sí en cortes, no en un progreso lineal.



Simplificando mucho, la episteme es la forma en la que piensa una sociedad. Es lo que las personas que componen esa sociedad creen que es la realidad. Son conceptos y valores que les parecen de sentido común, evidentes, más allá de toda duda. Estas formas de pensar cambian con el tiempo. Así por ejemplo, en sociedades religiosas de nuestro pasado les parecía evidente que Dios existía y eso determinaba el modo en que se comportaban. Detrás de sus actos estaba siempre, de alguna forma u otra, una motivación religiosa. Que una acción contribuyese a acabar en el cielo o en el infierno era importante. Hoy en día la mayoría de la gente no piense así. 

(Si queréis saber más sobre el concepto de episteme pinchad aquí). 

Dado que la episteme determina nuestro comportamiento, mi obstinación en seguir sufriendo en el gimnasio pese a la tentadora tarde de sol y la refrescante caña en una terraza a orillas de mar tenía que estar determinada por la episteme de nuestro tiempo. 

Vivimos en una sociedad capitalista y eso ha de determinar nuestra episteme. Richard Sennett en El artesano dice que la relación que establecemos los seres humanos de las sociedades capitalistas con las actividades que hacemos es siempre práctica. No hacemos las cosas por el placer de hacerlas, sino porque esperamos obtener algo a cambio. Así por ejemplo, nosotros no estudiamos por el placer del conocimiento, sino porque esperamos obtener un empleo bien remunerado en un futuro. En este sentido, me resulta muy curioso que el beneficio que esperamos obtener no es inmediato, sino que generalmente está diferido en el tiempo. Actuamos a cambio de la promesa de lo que puede ser en el futuro. La lógica de Qpro Gym es la misma que la de la empresa capitalista: el capitalista invierte su tiempo, dinero, esfuerzo y trabajo a cambio de una remuneración posterior, del mismo modo que los usuarios del Qpro Gym invierten tiempo, dinero, esfuerzo y trabajo a cambio de salud, estética, fuerza y bienestar emocional. 

Ya sé que la idea de este post puede parecer una tontería. Nadie hace las cosas porque sí. Pero, como le dije a Esteban, las verdades más evidentes son las más difíciles de ver. Nos parece de sentido común sacar un rendimiento de nuestras acciones, pero eso no es un universal cultural en absoluto. Es el capitalismo el que nos ha enseñado a pensar en función de costes y beneficios. La episteme capitalista opera a nivel inconsciente y por eso ni nos planteamos que pueda ser de otra manera. Pensad, por ejemplo, en el sistema operativo Linux. Miles de personas anónimas colaboraron desinteresadamente para desarrollar un sistema operativo. Y lo han compartido con la Humanidad gratis, sin esperar siquiera agradecimiento.