lunes, 27 de marzo de 2017

Philippe Ariès: El hombre ante la muerte


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    El estudio de Ariès sobre a muerte empieza en la Edad Antigua. Según, el hombre percibía a la Naturaleza como hostil. Estaciones locas, desastres naturales, accidentes y demás desgracias naturales acechaban a los humanos. Para defenderse de esta Naturaleza hostil, el hombre crea la Sociedad. La religión, la moral, la ciudad, la economía -Aries entiende por economía la organización del trabajo, la disciplina colectiva y la tecnología- y, en definitiva, la cultura, son la forma de rehusar y canalizar la fuerza destructiva de la Naturaleza.


    Pero esta barrera frente a la Naturaleza no es perfecta. Sexo y muerte le recuerdan continuamente al hombre la presencia de una fuerza superior a él que no puede controlar. La sociedad trata de reforzar estos dos puntos débiles. Para ello, contuvo la sexualidad por medio de prohibiciones, y trató de despojar a la muerte de su brutalidad atenuando su carácter individual. Se doma la muerte ritualizándola y convirténdola en un paso más de la vida. En la Edad Antigua se asegura la continuidad de la sociedad gracias a las instituciones y los códigos de moralidad tradicionales. Con la muerte se celebra una ceremonia que tiene como finalidad marcar la continuidad entre el individuo y su comunidad o su estirpe. Cuando moría alguien, había escenas de duelo e inquietud. La comunidad se debilitaba por la pérdida de uno de sus miembros. Se sentía en peligro. También la comunidad se sentía en peligro porque con la muerte el salvajismo de la Naturaleza irrumpía en la sociedad. Se recomponían las fuerzas por medio de una ceremonia. La muerte no es un drama individual, sino una prueba para la comunidad que tenía que mantener la especie. Las fiestas eran una forma de descompresión. Se abrían las ventanas a la muerte durante un tiempo limitado y controlado. 


    Paralelamente, el fin de la vida no coincide con la muerte física. Hay una sobrevida. En el cristianismo se espera el día del juicio final. Los muertos están a la espera del verdadero fin de la vida, que es la Resurrección y la Gloria. Los muertos viven un sueño que puede ser turbado "a causa de su propia impiedad pasada, de las torpezas o de las perfidias de los supervivientes, de leyes obscuras de la naturaleza. Entonces esos muer­tos no duermen, vagan y vuelven. Los vivos toleran bien la familiaridad de los muertos en las iglesias, en las plazas y los mercados, pero a condición de que reposen. No obstante, no se puede prohibir esas vueltas. Entonces hay que regularlas, canalizarlas. Por eso la socie­dad les permite volver sólo en ciertos días previstos por la costumbre, como el carnaval, teniendo cuidado de controlar su paso y de conjurar los efectos. Los muertos pertenecen al flujo de la naturaleza rechazado y canalizado a la vez: el cristianismo latina de la primera Edad Media debilitó el riesgo antiguo de su retorno instalándolos en medio de los vivos, en el centro de la vida pública. Las larvas grises del paganismo se volvieron los yacentes repo­santes cuyo sueño tenía pocas posibilidades de ser turbado gracias a la protección de la iglesia y de los santos, y más tarde, gracias a las misas y plegarias dichas a su intención".


    A mediados de la Edad Media Cristiana hay un cambio. El nuevo modelo es de la muerte de uno mismo, la muerte como fin y resumen de una vida individual. La antigua continuidad fue reemplazada por una suma de discontinuidades. El sentido de la identidad individual prevaleció sobre la sumi­sión al destino colectivo. La biografía debía detenerse con la muerte. Pero las élites trataron de ir más allá. "El instrumento esen­cial de su empresa, que les permitió asegurar la continuidad entre el más acá y el más allá, fue el testamento. Sirvió a la vez para salvar el amor de la tierra y para invertir en el cielo, gracias a la transición de una buena muerte.". Fue una época de amor a la vida. 

    Esta nueva concepción derivó en la dualidad-cuerpo alma.
Antes el hombre se consideraba como un todo. Ahora, con la muerte de uno mismo, se impone la dualidad cuerpo-alma. Una parte cuerpo gozador o sufriente, y otro alma inmortal que la muerte libera. El alma sobrevive al cuerpo tras la muerte. El cuerpo, entonces, no es nada más que polvo. La idea de un alma inmortal, sede del individuo, ya cultivada desde hace mucho tiempo en el mundo de los clérigos, se extendió cada vez más, entre los siglos XI y XV, ganó finalmente casi todas las mentalidades.

    El goce por la vida y el deseo de afirmar la identidad individual le dan un nuevo significado a la hora de la muerte. Este goce y deseo podrían haber dado en una muerte desesperada y salvaje. Pero no fue nada de eso. "La muerte no ha sido abandonada a la naturaleza de donde los Antiguos la habían retirado para domarla; por el contrario, fue disimulada más todavía, porque a los ritos nuevos" -la procesión eclesiástica o séquito, los servicios en la iglesia de cuerpo presente-  "se añadió un hecho que puede parecer despreciable pero cuyo sentido es importante: el rostro del cadáver que estaba expuesto a las miradas de la comunidad, y que persistió durante mucho tiempo en los países mediterráneos, y todavía persiste en la actualidad en las culturas bizantinas, fue tapado y encerrado bajo las máscaras sucesivas del sudario cosido del ataúd y del cata­falco o «representación». La envoltura del muerto se convirtió, por lo menos a partir del siglo XIV, en un monumento de teatro como los que se levantaban para el decorado de los Misterios o de las Grandes Entradas". En el cadáver, ese cadáver que nos recordaba que abandonamos la vida, podía entrar el miedo a la muerte. Pero ocultado el cadáver, la antigua familiaridad con la muerte quedó reconstituida. 

    Pero esto solo afecta a las élites y no se impone hasta el siglo XVI, y dura en las costumbres populares hasta el siglo XVIII. Comenzó a agrietarse en el momento de las grandes reformas religiosas, católicas y protestantes, de las grandes depuraciones del sentimiento, de la razón, de la moralidad. Con la razón, la ciencia, la fé en el progreso, la técnica se triunfa sobre la naturaleza. Se diría que, en su esfuerzo por conquistar la naturaleza y el entorno, la sociedad de los hombres abandonó sus viejas defensas alrededor del sexo y de la muerte; y la naturaleza. “Este individualismo ante este mundo y el más allá parece apartar al hombre de la resignación confiante o fatigada de las edades inmemoriales”, escribe Ariès. A partir de allí, la muerte se vuelve salvaje, indomable; y es entonces cuando aparece “la muerte ajena” o “muerte del otro”: esa separación se juzga insoportable.


    En el siglo XIX las cosas cambian ostensiblemente. Triunfan las técnicas de la industria, de la agricultura, de la natu­raleza y de la vida, nacidas del pensamiento científico del período anterior. La afectividad an­taño difusa, se ha concentrado a partir de entonces en algunos raros seres cuya separación ya no es soportada y desencadena una crisis dramática: la muerte del otro. Es una revolu­ción del sentimiento. La familia ha substituido a la vez a la comunidad tradicional y al individuo de finales de la Edad Media y del principio de los Tiempos modernos. En esto precisamente se opone la privacy tanto al indi­vidualismo como al sentido comunitario y expresa un modo de relación muy particular y original. Ahora el miedo es que se muera el ser amado. Las ceremonias fueron desritualizadas y reinventadas como la pena que sienten los supervivientes por la muerte de un ser querido. Pero lo que duele es la separación del ser querido, no el hecho de morir. 

    La muerte ha cesado de ser triste entonces. Es exal­tada como un momento deseable. "Es la belleza. La naturaleza salvaje ha penetrado en el torreón de la cultura, donde ha encontrado a la naturaleza humanizada y se ha fundido con ella en el compromiso de la belleza. La muerte no es ya familiar y domada como en las sociedades tradicionales, pero tampoco es absolutamente salvaje. Se ha vuelto patética y bella, bella como la naturaleza, como la inmensidad de la naturaleza, el mar o la landa".


    Gracias a la belleza de la muerte, es el momento de comunión más íntima con el ser querido. El momento de la partida es el más intenso. 

    Pero la muerte no puede ser bella si está asociada al mal como sucedía en épocas anteriores. Ya no se cree en el infierno ni en el vínculo entre la muerte y el pecado. Es impensable que los seres queridos vayan al infierno. Todo lo más al Purgatorio. No hay temor a la muerte. Es más, fascina. El Cielo también ha cambiado. El cielo es un lugar de reencuentros con los seres queridos. 


    Hoy en día. El modelo de muerte sigue basado en la privacy, pero vuelto más riguroso, más exigente. Es una prolongación de la afectividad del siglo XIX.

Le ocultamos al muerto como si fuese un niño que se está muriendo; y el moribundo, cuando adivina el juego piadoso, responde a él mediante la complicidad para no decepcionar la solicitud del otro. Las relaciones alrededor del mori­bundo estaban determinadas desde entonces por el respeto a esta mentira de amor.

    La muerte se vuelve sucia, y luego es medicalizada. Pasa al dominio de los médicos. Volvió el horror sin la fascinación, bajo la forma repugnante de la enferme­dad grave y los cuidados que exigía.

     "¿Pero cómo explicar la dimisión de la comunidad? Mucho más, ¿cómo ha llegado esa comunidad a invertir su papel y a prohibir el luto que ella tenía por misión hacer respetar hasta el siglo xx? Es que esa comunidad se sentía cada vez menos implicada en la muerte de uno de sus miembros. Ante todo, porque pensaba que ya no era necesario defenderse contra una naturaleza salvaje abolida a partir de entonces, humanizada de una vez por todas por el progreso de las técnicas, médicas en particular.". Esto provoca que sintamos vergüenza ante la muerte y que hagamos como si no existiese. El progreso general de la ciencia, de la moralidad y de la organización condu­ciría muy suavemente a la felicidad. Pero la muerte sigue existiendo. Todo empezó por la repugnancia: antes de que hayan pensado en el poder de abolir el mal físico, comenzaron a no tolerar su vista, sus estertores, sus olores.

    "El progreso general de la ciencia, de la moralidad y de la organización condu­ciría muy suavemente a la felicidad. Pero entonces, si ya no había mal, ¿qué hacer con la muerte? A esta cuestión la socie­dad propone hoy dos respuestas: una común, otra aristocrática.
    "La primera es una sólida confesión de impotencia: no admitir la existencia de un escándalo que no ha podido impedirse, hacer como si no existiera, y por consiguiente, for­zar despiadadamente el entorno de los muertos a callarse. De este modo sobre la muerte se ha extendido un pesado silencio. Cuando se rompe, como a veces ocurre en América del Norte, hoy, es para reducir la muerte a la insignificancia de un acontecimiento cual­quiera del que se finge hablar con indiferencia"

(...)

    "Sin embargo, esta actitud no ha aniquilado a la muerte, ni el miedo a la muerte. Al contrario, ha dejado volver sinuosamente los antiguos salvajismos, bajo la máscara de la técnica médica. La muerte en el hospital, erizada de tubos, está a punto de convertirse hoy día en una imagen popular, más terrorífica que el transido o el esqueleto de las retóricas macabras.".  




Suzanne O´Sullivan: Todo está en tu cabeza.








     Todo está en tu cabeza es un libro muy ameno de leer y no me extraña que esté entre los ensayos de divulgación más vendidos. No es un ensayo para especialistas, sino un libro dirigido al gran público. Pero no por esto tiene menor valor. Todo lo contrario. Explica de forma muy clara qué son las enfermedades psicosomáticas y su mecanismo. 

    Las enfermedades psicosomáticas son aquellas cuya sintomatología no responde a causas físicos y, generalmente, no pueden ser clasificadas dentro de ninguna enfermedad conocida. 

    El cuerpo humano responde físicamente a estímulos emocionales. Es un mecanismo normal. Así, nos sonrojamos cuando sentimos vergüenza o se nos acelera el pulso cuando nos ponemos nerviosos. Una enfermedad psicosomática en un mal funcionamiento de este mecanismo. La autora lo llama trastorno de conversión. Hay personas que convierten sus padecimientos psicológicos en dolores físicos. Así, por ejemplo, ante una experiencia traumática en la infancia, en lugar de deprimirse durante su adultez, una persona puede desarrollar ataques pseudoepilépticos. Según O´Sullivan, cada persona sufre a su manera. Hay quien llora, quien cae en una depresión, quien bebe, quien se engancha a los antidepresivos y quien somatiza su sufrimiento emocional. Estos últimos son los que padecen trastornos de conversión, que son las enfermedades psicosomáticas. Convierten en físico un sufrimiento mental.

    El origen del sufrimiento mental que da lugar a la enfermedad psicosomática puede ser de naturaleza muy diversa. Haber padecido una enfermedad durante mucho tiempo, el estrés, un trauma de la infancia, la insatisfacción personal, etc... Y la conversión también. O´Sullivan da casos alucinantes -supongo que escogidos ad hoc para impresionar al lector-. 

    La autora distingue entre enfermos fingidos  y psicosomáticos. Las personas que sufren enfermedades psicosomáticas sí que están enfermos de verdad. Y los síntomas también están ahí. Los hay que pierden la vista, los que padecen colon irritable y otros que sufren convulsiones y pérdidas de conciencia. Quizá lo más interesante del libro sea esta parte, porque para O´Sullivan, a diferencia de la inmensa mayoría de la profesión  médica actual, ella está convencida de que estos enfermos están enfermos de verdad y que no se inventan sus síntomas. Los síntomas están ahí. Pero hay que tratarlos de forma distinta. Los tratamientos puramente físicos no harán nada. Es el psiquiatra es el que debe encargarse de este tipo de enfermos. 

    Finalmente, ella sostiene que el efecto placebo no suele resultar exitoso. Tal vez un paciente con un trastorno psicosomático, al decirle que tiene una enfermedad física y tratarlo de ella, pueda mejorar y sus síntomas remitan. Se sugestiona de que lo están curando, se tranquiliza y los síntomas desaparecen. Pero esta mejoría suele ser temporal. Dado que la causa de la enfermedad es mental, normalmente suelen aparecer otras patologías tiempo después. Sentirá que se ha curado de su primera enfermedad, pero si no afronta el origen mental de su problema, esté reaparecerá bajo la forma de otra enfermedad nueva. 


martes, 14 de marzo de 2017

Moaña: Una sociedad en tránsito desde el folk al urbano.

    
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 Una de las cosas que más me llamó la atención cuando llegué a Moaña fue la brecha generacional entre los nietos y los abuelos. Por las mañanas iba a trabajar al instituto y allí interactuaba con mis alumnos, que apenas si se diferenciaban en nada de los alumnos que había tenido en Vigo el año anterior. Les gustaba la misma música, algunos practicaban deportes urbanos como el skate o el bike, hablaban de las mismas series, y los fines de semana hacían cosas semejantes. Eran, y son, formas de vida similares. Pero los miércoles mi casera me invitaba a comer. Mis caseros son dos señores jubilados de unos setenta años. En la sobremesa, yo les hacía preguntas y ella me contaba cómo era la vida cuando era niña. Me contó cómo con apenas siete años dejó la escuela para ayudar a su madre en las tareas del campo; me contó cómo Moaña era un pueblo pequeño en el que todas las personas se conocían; cómo eran las romerías; cómo todos los vecinos de la parroquia colaboraban para sacar adelante diversos trabajos; y, en definitiva, cómo era la vida rural hace setenta años. 

    -Las cosas han cambiado muchísimo.- repetía ella una y otra vez. 

    -Antes estábamos muy atrasados.- apostillaba su marido. 

    El tema me interesó y empecé a hacer un documental con mi mujer. La idea era recoger leyendas propias de la zona que reflejasen aquel modo de vida. Nos entrevistamos y grabamos a un montón de ancianos que nos contaron cosas fabulosas. Aún no hemos terminado el documental. Pero aprovecho que un compañero me ha pedido unos párrafos sobre el modo en que Moaña está mutando de una sociedad folk en una urbana para escribir un post, avanzar algunas de las conclusiones a las que llegué tras mi estudio y, de paso, hablar del tema con mis estupendas alumnas de sociología. 

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Ayuntamiento de Moaña.

    Es un clásico en antropología establecer una división entre sociedades folk y sociedades urbanas. No se trata de dos compartimentos estancos en los que colocar diferentes sociedades en función de sus características, sino de dos ideales que se ponen en cada uno de los extremos de un continuum. En un extremo están las sociedades folk, y en otro las urbanas. Casi ninguna sociedad se puede colocar en el extremo, pero su posición nos indica el grado en que se asemejan a una u otra. 

     La cultura de Moaña a principios de siglo XX tenía varias características del ideal folk. Robert Redfield describía las sociedades folk como aquellas que: 

    a) Tienen una cultura local. Los mayores de Moaña tienen unos valores, una cosmovisión y unos patrones de conducta particulares, propios de este pueblo. Esta idiosincrasia se refleja, por ejemplo, en la cantidad de leyendas que he estado estudiando y que recogió Xosé Carlos Villaverde Román en su libro Lendas de Moaña

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Xosé Villaverde dando una charla a mis alumnos.


    b) La transmisión del saber se hace forma oral, de padres a hijos. Esto provoca sociedades homogéneas en la que los cambios se producen lentamente. Los niños moañeses de principios de siglo XX apenas si iban a la escuela a aprender a leer y a escribir y pronto se incorporaban a la economía doméstica, ayudando a sus padres en las tareas del campo. Así le sucedió, por ejemplo, a mis caseros. A los dos. Y, como dice siempre mi casera, Moaña ha cambiado más en los últimos veinte años que en los doscientos anteriores. 



    c) Hay poca división del trabajo, apenas si por género o edades. En comparación con el ideal de las sociedades folk, la Moaña de principios del siglo pasado tenía bastante división del trabajo. Había marineros, campesinos, guardias civiles, amas de casa, albañiles, etc... Pero, si lo comparamos con sociedades urbanas actuales, el número de trabajos era limitado. 


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Mujeres de Moaña el siglo pasado.


     d) Mundo económicamente independiente. Produce lo que consume y consume lo que produce. Hace cien años algunos moañeses trabajaban en Vigo o vendían sus legumbres u hortalizas allí. Sin embargo, aquí sucede lo mismo que con la característica anterior. La inmensa de la mayoría de la producción se hacía en Moaña y era consumida allí, en el seno de las familias, o fruto del intercambio entre ellas. El porcentaje que se destinaba o procedía del exterior era mínimo. 

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Muelle de Samertolameu hace ochenta años. 



    Tres generaciones después las cosas han cambiado notablemente: 

    a) La cultura de mis alumnos no tiene absolutamente nada de local. Sus gustos, sus intereses, sus conversaciones, sus actitudes, y, en definitiva, su cosmovisión, apenas si difiere de la de chavales de su edad de ciudades como Vigo, Coruña o incluso Valencia. 

    b) La alfabetización universal en las escuelas y la revolución de los medios de comuncación -internet, televisión, etc...- ha provocado que los niños y adolescentes de Moaña accedan al saber a través de libros o pantallas de televisión y ordenador. Esto los mantiene en contacto a tiempo real con los movimientos culturales mundiales, de ahí que adopten los cambios al mismo tiempo que cualquier ciudad. 

    c) La división del trabajo en Moaña actualmente es aproximadamente la misma que en las ciudades. Es cierto que su tamaño -en torno a veinte mil habitantes- imposibilita que haya gente que se gane la vida con empleos muy específicos, como actor de cine, artista o profesor universitario. Sin embargo, y aunque parezca increíble, algún actor, escritor y profesor universitario hay, porque ya no necesitan mudarse a grandes ciudades para mantenerse en contacto con las novedades de su profesión. 

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Vista aérea de Moaña.


    d) Económicamente Moaña está integrada dentro de esferas superiores. Su economía depende fundamentalmente de Vigo, donde trabaja gran parte de su población. El puente de Rande que cruza la ría permite a los moañeses estar en Vigo en veinte minutos y el autopista en Pontevedra en otros veinte. Asimismo, comparte negocios con los otros pueblos de la península del Morrazo, como Cangas, Bueu y Marín. Y, por supuesto, dependemos de cómo vayan las cosas en Galicia, España y Europa. 

    Este tránsito tan brusco de una sociedad folk a una urbana no es exclusivo de Moaña. De hecho, es un fenómeno que está teniendo lugar en Occidente de forma generalizada. La globalización empieza con el capitalismo, pero al final del siglo XX hay un cambio radical. La fluida circulación de capitales, bienes, mensajes y personas implica que la influencia de la ciudad llega a los lugares más remotos, de tal manera que éstos también devienen en urbanos (Leeds).

    Desde posturas nostálgicas y nacionalistas se interpretan fenómenos como el que acabo de describir como una pequeña catástrofe. El mundo avanza hacia una cultura única en la que todos los seres humanos seremos iguales. Se pierden los viejos modos de vida, el encanto de la diversidad, camino de un homogéneo gris universal. Nada más lejos de la realidad. 

    En primer lugar, el futuro no es gris. Evidentemente, no vivimos en la mejor de las sociedades y los peligros sociales y medioambientales del neoliberalismo desatado son reales. El planeta ya no puede más y las desigualdades sociales amenazan la felicidad de las personas. Pero basta con escuchar a mis caseros media hora para darse cuenta de que Moaña ha mejorado muchísimo. Entre otras cosas, porque la gente ya no pasa hambre. 

    En segundo lugar, el cambio es inherente a la naturaleza humana. Las culturas cambian. Por mucho que queramos forzar la realidad para encontrar un espíritu o volkgeist de la cultura gallega, esto ha cambiado mucho desde la Edad Media, por ejemplo. 

   Y en tercer y último lugar, el mundo nunca será un lugar culturalmente homogéneo. Las culturas siempre han estado sometidas a movimientos centrípetos y centrífugos. Al tiempo que los contactos entre culturas hacía que unas adoptasen características de otras, se dan estrategias de repersonalización e individualización. Los grupos humanos tienden también a diferenciarse y disgregarse. Pese a la romanización, Rumania y Galicia no son lo mismo. Por mucha televisión e internet que vean, mis alumnos skaters nunca lo serán igual que los niños del Bronx.