martes, 22 de abril de 2014

Paul Auster



Paul Auster




                Hace una semana recibí una llamada de un buen amigo. Él, su mujer y yo tenemos un proyecto entre manos de itinerarios lectores para nuestros alumnos de instituto. Acababa de releer Brooklyn Follies para este proyecto. Estaba indignado.
                -Quiero un post sobre Paul Auster en tu blog ya. –dijo.
              Teniendo en cuenta que es mi amigo, que él y su mujer se portan muy bien conmigo, que me invitan a comer todos los  Miércoles y un montón de razones más, no puedo negarme. Ahí va.
               
                P: ¿R, te gusta Paul Auster?
                R: No me vuelve loco.
                P: ¿Crees que la gente debería leerlo?
                R: Sí, aunque sólo sea para saber un poco por dónde van los tiros de la literatura contemporánea.
                P: Pero si es un autor de los años ochenta…
                R: El mundo no cambia tan rápidamente. Eso de escribir algo completamente nuevo es pura propaganda de la sociedad de consumo.
                P: ¿Me gustará?
                R: Normalmente sí.
                P: ¿Y a ti no?
                R: Ya he dicho que no me vuelve loco.
                P: ¿Pero me lo recomiendas?
                R: Sí. Creo que a todo el mundo al que se lo he recomendado le ha gustado.
                P: ¿Por qué?
                R: Es una respuesta larga.
               P: Pues esto es un blog. No puedes contar nada que lleve leerlo más de dos minutos. Internet es el mundo del instante.
                R: Está bien. Voy a intentarlo.
                Paul Auster conoce muy bien el oficio de escritor. Y al público.
              En cuanto a lo primero, tengo que decir que sus libros están muy bien escritos. No hay demasiadas estridencias y, aunque a veces corta un poco la narración, se leen muy bien. Es una prosa sencilla y rápida que gustará a cualquiera. En el aspecto lúdico, de puro entretenimiento, Auster no falla. En general, son buenas historias. Es muy entretenido y eso siempre es de agradecer.
                En cuanto a lo segundo, Paul Auster escribe para el público medio, el sector de la población a los que les gusta leer, que sienten que en la literatura hay algo más que simple diversión y que saben que ese “más” no lo van a encontrar en la literatura de consumo de masas –El código da Vinci, Las sombras de Grey, La catedral del Mar, El tiempo entre costuras y cosas por el estilo-. Pero, al mismo tiempo, ese público no está para meterse entre pecho y espalda autores difíciles como Proust o Faulkner. Y ahí entra Paul Auster. Lo lees, te gusta y sientes que has disfrutado con una actividad de alta cultura. Eso está muy bien, porque te sientes la mar de culto, y no ha hecho falta abrirte en canal como requiere la literatura con mayúsculas, desde Homero a Cormac McCarthy.
                Paul Auster escribe de y para el hombre contemporáneo. Gracias a la revolución tecnológica hemos cubierto nuestras necesidades vitales básicas. En Occidente ya nadie se muere de hambre y casi todos tenemos un techo bajo el que cobijarnos –aunque eso ya lo solucionarán los dirigentes ultraneoliberales que tenemos, pero eso es otro tema-. Asegurada la supervivencia, ahora toca el siguiente paso: darle sentido a la vida. Desgraciadamente la ciencia no ha dado solución a eso y así se ha convertido el hombre moderno en un ser perdido en el mundo, en busca continua de algo que no sabemos qué es. El final de El Palacio de la luna, con el protagonista que llega a la playa y mira la luna es una metáfora que encarna perfectamente el mundo austeriano.
                -Profe, es una mierda de libro porque no acaba. –me decían mis alumnos.
            -No. Sois unos burros porque no lo entendéis. –les respondía yo- El protagonista lleva toda la novela buscando algo que le dé sentido a su vida. No lo encuentra y no lo encontrará jamás. Pero no se rinde, porque está en la naturaleza humana buscarlo sin descanso, por eso acaba la novela mirando la luna, esa metáfora de los soñadores. La novela termina diciéndote que esa gente sensible nunca satisface sus inquietudes, pero no por eso dejará de intentarlo, porque la propia insatisfacción es lo que les mueve a la acción continua.
              -Ah. –decían ellos, que seguían sin entender nada.
              Al mismo tiempo, en un mundo en el que se exalta el individualismo, lo raro se considera una virtud. En casi toda la literatura contemporánea que intente serlo, tiene que haber personajes extraños, distintos. Hasta el cine y las series de televisión están llenos de estos personajes, que molan porque son un producto de época. Woody Allen, True Detective, Big Bang Theory y un larguísimo etcétera. Todo lleno de gente extraña. Y Paul Auster no es menos. Incluso diría más: es uno de los primeros en hacerlo, porque no olvidemos que Auster escribe, sobre todo, en los años ochenta.
                El hombre medieval empleaba todas sus fuerzas psíquicas en pensar qué comería al día siguiente, cómo sobreviviría a las enfermedades que lo acosaban o se desvelaba rezando para que una mala cosecha o una epidemia de peste diezmase la población. Eso, afortunadamente, se ha superado. Pero nuestra enorme energía psíquica no desaparece. Hay que redirigirla hacia alguna parte. Y así surgen las obsesiones, las neuras, las hipocondrías y demás enfermedades mentales modernas que no son más que una total y absoluta falta de estímulos externos. Nuestra mente funciona como una alergia. Sin agentes externos contra los que defendernos –pestes, guerra, hambre… -, se ataca a sí misma. La enfermedad, la hipocondría y, en general, las enfermedades mentales son un tema central de nuestra literatura moderna. También en Paul Auster, que una y otra vez bucea en la caída en la locura. El protagonista de El palacio de la luna viviendo en Central Park como un mendigo o el de La Trilogía de Nueva York viviendo en un cubo de basura presa de su propia obsesión son ejemplos claros de ello. Lo bueno de Paul Auster y que lo pone por encima de otros autores contemporáneos, como por ejemplo Beiggbedder, que se limitan a poner de protagonista a un pirado y ya está, es que Auster refleja el modo en que la pérdida de referentes estables de la realidad es lo que nos arrastra a la locura, es decir, que explica los caminos que nos llevan hasta ella.
            Y podría decir muchas más cosas de Paul Auster, como que es un esteticista de la cultura americana, pero, si lo hago, este post quedará muy largo y nadie se lo leerá.
                P: ¿Entonces nos recomiendas a Paul Auster?
                R: Sí. Y, si te ha gustado A dos metros bajo tierra, te encantará.
                P: ¿Por qué?
                R: Porque son exactamente lo mismo.
                P: ¿Algo más?
             R: Que de todos los libros de Paul Auster yo me quedaría con El Palacio de la Luna y con la Trilogía de Nueva York.

domingo, 20 de abril de 2014

Tetralogía de parias contemporáneos I: Owen Jones. Chavs: La demonización de la clase obrera.

Tetralogía de parias contemporáneos I:
Owen Jones. Chavs: La demonización de la clase obrera.







                Owen Jones es un periodista, no un antropólogo, filósofo o sociólogo. Si uno espera encontrar en este libro grandes teorías, acabará defraudado. Pero sin duda merece la pena
Owen Jones. Ojo a su cara de buen chico.
leerlo porque, aunque no diga nada que no hayamos oído ya, sistematiza el pensamiento político de lo que debería ser la izquierda contemporánea y argumenta con datos. Además, está muy bien escrito.
                Chav es un término que se utiliza en inglés para referirse a jóvenes de clase baja, violentos, con tendencias delictivas, semianalfabetos, borrachos, aficionados a las drogas, desempleados y sin intención de buscar trabajo, beneficiarios de lo poco que queda del estado del bienestar. En España hay muchos términos para referirnos a nuestra versión autóctona de los chavs: canis, quillos, malotes, garrulos, ninis... Los hay en prácticamente todos los países de la Europa occidental, cada cual con sus diferentes nombres y pequeñas variantes propias.


chavs

                Owen Jones comienza el libro contando una anécdota en la que un grupo de universitarios hacen comentarios despectivos sobre los chavs. Él se sorprende y piensa que, si alguien hubiese hecho un chiste sobre negros, judíos, gitanos, musulmanes o mujeres, se hubiese encontrado con una respuesta airada e inmediatamente lo hubiesen tachado de racista o machista. Sin embargo, nadie hace ningún comentario sobre un chiste que encubre un profundo desprecio de clase. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? Owen Jones sostiene que es el resultado de una campaña por parte de los poderosos que tratan de culpabilizar por su precaria situación a las víctimas de un sistema injusto. Es una respuesta arriesgada, porque todos nosotros –o nuestros hijos- hemos sido intimidados por canis en la discoteca, nos han atracado o tenemos que aguantarlos fumando porros y montando lío en el parque que hay delante de nuestra casa. Owen Jones no se arredra. Y da argumentos.
                Empieza analizando el papel de los medios de comunicación. La prensa, la televisión y la publicidad difunden una imagen de los chavs como si fuesen hordas alcoholizadas de delincuentes. Compara el caso de Madeleine MaCann y el de otra niña de clase baja que desapareció en 2008. Como era de esperar, la familia pobre no recibió ni la décima parte de atención que los McCann de clase media. Analiza series como Shameless o
Shameless
Little Britain, donde se caricaturiza a los chavs y le trasmiten de forma subliminal al espectador la idea de que son gente que bebe demasiado, fuma demasiado, come compulsivamente, se pelea, son racistas, tienen hijos siendo aún adolescentes y, en definitiva, son total y absolutamente irresponsables. Al mismo tiempo, todos los días nos levantamos con un crimen o delito protagonizado por alguien de clase baja, pero, dado que los pobres son millones de personas, estos no dejan de ser episodios aislados y, sin embargo, los medios, cada vez que tiene lugar un episodio de de este tipo, lo airean y lo repiten una y otra vez hasta hacer pasar un episodio aislado por norma. Y así se provoca el odio hacia los chavs.
                A continuación, da la razón por la cual Gran Bretaña ha llegado a esto: once años de tacherismo, el neolaborismo de Tony Blair y el actual gobierno conservador de David Cameron. Margaret Tatcher privatizó el país, acabó con los sindicatos e impuso una moral individualista que anulaba cualquier sentimiento de clase -creo recordar aquella frase suya de que la sociedad no existe, que lo único que hay son individuos y familias-. El laborista Tony Blair y su tercera vía, lejos de reconducir la política británica, ahondó en las diferencias de clase y la demonización de la clase obrera con su discurso de la meritocracia y de que las desigualdades reflejan las diferentes capacidades individuales. Todo esto es falso, por supuesto, y, si no me detengo a citar todos los argumentos en contra que da Jones, como, por ejemplo, las diferentes posibilidades de acceso a la educación, es porque son tan evidentes que no merecen la pena. El gobierno tory de David Cameron hereda encantado esta situación y añade leña al fuego difundiendo la idea de que la pobreza nos el resultado de un sistema injusto, sino de la mala educación. Un argumento más para demonizar a los pobres: si lo son, es porque no saben educar a sus hijos.

Foto que saqué de una página inglesa sobre chavs. Como se ve, no escogieron para hablar de ellos una estampa de una agradable comida familiar.

                ¿Y todo esto para qué? Pues para lo que sabemos todos: bajarle los impuestos a los ricos, subírselos a los pobres vía impuestos indirectos, acabar con lo poco que queda del estado del bienestar, privatizar y, en definitiva, hacer una auténtica y verdadera política de clase. En este caso, para defender los intereses y privilegios de la clase dominante.  
               Y ahí queda eso.
               Pero no quiero acabar sin comentar lo que dice en el Epílogo acerca de los disturbios que tuvieron lugar en Inglaterra cuando millares de chavs salieron a la calle a robar, quemar y saquear. Me llamó muchísimo la atención que los chavs sólo robaban zapatillas deportivas, iphones y cosas así. Nadie trató de saquear tiendas de muebles de diseño o tiendas de electrodomésticos, donde, sin duda, hubiesen podido obtener un botín de más dinero. La respuesta de Owen Jones, que creo que es acertada, es que vivimos en una sociedad consumista. Los artículos de prestigio social son la ropa y los teléfonos móviles. Los chavs ni se plantearon qué podrían hacer con una encimera Silestone.

             Y para terminar, una reflexión personal sobre estos disturbios. En mi opinión, son el equivalente de las huelgas salvajes de finales del siglo XIX y principios del veinte. En aquellos tiempos, el capitalismo era un capitalismo productivo. Lo que se producía se vendía y hacía falta gente que trabajase en las fábricas. Cuando la clase obrera se sublevaba, lo hacía para reivindicar mejoras en lo que la sociedad consideraba útil, en aquel momento el trabajo. Hoy en día el capitalismo no es productivo, sino financiero. La tecnología y la deslocalización de la producción al tercer mundo han expulsado a los trabajadores occidentales de las fábricas. Lo importante ahora no es producir, sino vender. Es decir, consumir. Y cuando los chavs se sublevan en Inglaterra, reivindican lo que la sociedad considera útil: roban artículos de consumo. Huelgas y saqueos no son más que diferentes expresiones del descontento social. Hablaré más sobre este tema en la segunda parte de esta tetralogía cuando comente a Bauman. (Bauman. Parias

sábado, 12 de abril de 2014

Jared Diamond: 
Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen.



          Jared Diamond es al ensayo lo que Ken Follet a la literatura. 

     Desde que lo leí por primera vez, tuve la sensación de que este hombre buscaba convertirse en el best seller del ensayo. Esto puede hacerse de dos maneras: apelar al gusto popular por lo ostentoso  -El Código da Vinci o Las sombras de Grey-, o disimular un poco y vender lo mismo con una pátina de venerabilidad cultural, es decir, que el lector se trague el mismo bodrio, pero que tenga la sensación de estar haciendo algo elevado, que sienta que está aprendiendo porque tiene entre las manos un libro serio. Este es el caso de la inmensa mayoría de las novelas históricas: la trama es igual de mierda que El Código da Vinci, pero el lector tiene la sensación de estar ante Arte con mayúsculas porque la trama está ambientada en épocas remotas y al mismo tiempo está convencido de que está aprendiendo historia. Todo falso, por supuesto, pero ya dedicaré otro post al best seller novelesco. Volviendo al tema de éste -el ensayo-, John Gray apela a lo primero -todavía no me puedo quitar de la cabeza sus memeces de los marcianos y las venusinas-, y Jared Diamond a lo segundo. 
   
     Hay que reconocerle a Diamond la habilidad para ponerle título a los libros. El ensayo con el que ganó el Pulitzer también tenía un título muy sugerente: Armas, gérmenes y acero. Y el ensayo que me leí hace tiempo sobre sexo también prometía:  Por qué es divertido el sexo: La evolución de la sexualidad humana. Pero no debemos dejarnos engañar. Estos títulos tan rimbombantes son un ejercicio de publicidad. Como la supuesta calidad literaria de Los Pilares de la Tierra. Yo ya había leído dos libros de Diamond y sabía de qué pie cojeaba. En Por qué es divertido el sexo había tratado de seguir la estela de Desmond Morris y El mono desnudo, a ver si encontraba un nicho comercial en la sociobiología. Tuvo algo de suerte, pero no tanta como Richard Dawkins y su gen egoísta. En Armas, gérmenes y acero recurre a una suerte de ecología cultural un poco matizada al estilo Marvin Harris, el antropólogo que más ha hecho por hacer llegar la antropología al gran público. Aquí sí que tuvo más suerte y ganó el premio Pulitzer. Y como esto tuvo éxito, siguió por esta línea. Yo ya me imaginaba algo así, pero ya he dicho que Diamond es un maestro en el arte de engañar al posible lector con el título. ¿Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen?, leí. Joder, pensé, la pregunta es interesante. Y piqué. Me leí el libro. 
         
       La teoría de Diamond es que las sociedades se colapsan cuando se rompe el equilibrio con el medio ambiente y se les agotan los recursos. Fin de la historia. No es broma. Escribió un ensayo de 768 páginas con esa obviedad. No queda comida y te mueres. Esa es toda su teoría. Y, por si no fuese suficiente, ya en el prólogo te avisa de que hay sociedades que se colapsaron por otras razones, por ejemplo, la U.R.S.S. Y te dice que en realidad su ensayo debería haberse llamado Por qué algunas sociedades se colapsan cuando se rompe el equilibrio con el medio ambiente. Pero claro, este título no molaba tanto y no engañaría a pringados como yo.

           A continuación pasa a analizar unas cuantas sociedades, todas muy bien escogidas para captar la atención del público de imaginación fácil: la Isla de Pascua, los anasazi, los maya, los vikingos, el Japón de la época Tokugawa... -sólo faltan los templarios para tener una serie de documentales de Canal Historia- y Montana porque veranea ahí.

              Y cierra el libro alertándonos de los peligros del cambio climático.
        
              La culpa es mía por no haberlo dejado en la página veinte.


Jared Diamond haciendo turismo cultural.

viernes, 11 de abril de 2014

sherlock



Sherlock




            Por fin he visto la tercera temporada de Sherlock. Me gustó, me gusta la serie en su conjunto y me alegra saber que habrá, al menos, una temporada más.
            Los argumentos a favor de esta serie son muchos.
            Para empezar, me parece una adaptación genial de las novelas de Conan Doyle. Creo que mantiene el espíritu de las novelas originales, pero trasladándolo a nuestros días. Si los personajes de Sherlock y Watson fuesen creados hoy, estoy seguro de que Conan Doyle los hubiese imaginado exactamente igual a cómo lo han hecho lo Steven Moffat y Mark Gatiss, los creadores de la serie. Sherlock es vanidoso, ególatra, brillante y, como le sucede a todos los genios, torpe en las relaciones sociales. Brusco, consciente de su superioridad intelectual, no duda en utilizar a las personas con las que se cruza en función de sus intereses. Y Watson es Watson, el contrapunto humano y emocional de la fría razón práctica de su compañero de aventuras.
            Las comparaciones con la versión americana son inevitables. Elementary es calamitosa. Hacer de Sherlock Holmes un hipster tatuado y de Watson una china-americana –Lucy Liu- experta en rehabilitación de yonkis es intolerable. Por no hablar de Moriarty, que resulta ser la exnovia de Sherlock Holmes, cuya fingida desaparición sume al detective en el pozo de la heroína. Puede parecer una chorrada, pero la inevitable comparación con la chapuza de Elementary hace que Sherlock brille con más fuerza.
            Como sucede en las novelas de Conan Doyle, la trama, con frecuencia, se soluciona de forma un poco chapucera. Hay demasiadas casualidades para que todo acabe coincidiendo y Sherlock pueda atar cabos. Da igual. Porque lo que importa en esta serie son los personajes, los ambientes, y no una trama sorprendente. No todos los días se puede hacer Sospechosos Habituales. Los guionistas deben elegir: o primar a los personajes, o primar la acción. No hay espacio para ambas cosas. Y a mí siempre me han interesado mucho más las personas que las peripecias. En el post anterior comentaba de pasada este hecho. True Detective, con ese crimen tan truculento, con ecos de vudú y con las altas esferas involucradas, hace que la atención del espectador se centre más en la acción que los personajes –por lo menos al principio, luego eso cambia y, cuando la serie acaba, el asesino importa un pito-. Que en Sherlock no encaje todo como el mecanismo de un reloj suizo carece de valor. Lo que queremos es ver a Sherlock, da igual lo que haga, por lo que no es conveniente plantear una trama demasiado impactante que atraiga la atención del espectador y la desvíe de lo que realmente importa, que son los personajes y los ambientes. Además, es una serie de detectives de toda la vida. Ya está todo contado en este género. Es imposible darle más vueltas a las tramas. Sólo queda hacer buenos personajes.
            La comparación con True Detective, me lleva a otro de los argumentos a favor de Sherlock. La serie no es nada pretenciosa. Sólo se plantea contar una historia de detectives y punto. Entretener al espectador, sin enredarse en conversaciones metafísicas sobre el sentido de la vida y la existencia. Es una
Moriarty
narración cien por cien lúdica. Y lo consigue. Porque nos tiene los ochenta minutos que dura cada capítulo encantados delante del televisor sin la necesidad de cerrar los episodios con un cliffhanger para asegurarse de que estaremos ahí la próxima semana. Son episodios autoconclusivos. Si vemos el siguiente es porque queremos saber más de la vida de Sherlock y Watson, no por la necesidad imperiosa de saber cómo termina -es cierto que la introducción de Moriarty en la serie altera un poco la estructura autoconclusiva, pero Moriarty no aparece siempre-.
            Centrándonos en la tercera temporada, hay algunos cambios que puede que no sean del gusto del espectador más ortodoxo. El primero y más evidente es que los sentimientos de los protagonistas pasan a primer plano, tanto, que la resolución de los crímenes por momentos queda relegada a una simple anécdota -especialmente en el segundo capítulo.
             De la mano de la primacía de los sentimientos, la serie cobra tintes humorísticos. Todo lo que rodea la boda de Watson es graciosísimo y reconozco sin ambajes haberme descojonado con el discurso de Sherlock como padrino de boda y eso de que el cura siempre es el tonto de la familia. Continúan las alusiones a la relación homosexual entre los dos protagonistas -esto no es nada nuevo; recuerdo una sucesión de gags hilarantes sobre este tema en La vida privada de Sherlock Holmes de Billy Wilder-. pero es curioso que esta vez sean los propios personajes los que se ríen de sí mismos. El comentario de Watson cuando Sherlock le está enseñando a bailar el vals es de una ironía muy fina.
            Puestos a ponerle algún pero, quizá la serie abuse de los efectos visuales como las sobreimpresiones en 3D o los giros vertiginosos de cámara. A mí estas cosas tienden a echarme de la serie, sobre todo cuando no vienen a cuento. No le veo ningún sentido al virtuosismo técnico por el virtuosismo técnico, más allá de fardar de las cosas tan molonas que sabe hacer equipo de efectos especiales. Pero este pequeño defecto no puede empañar una serie maravillosa.

miércoles, 9 de abril de 2014

John Gray. No hay Venus sin Marte… ni Marte sin Venus.





                John Gray nos amenaza con su enésima chorrada sobre hombres y mujeres. No lo juzgaré por estirar todo lo que puede las tonterías que nos contó en Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus –yo dejé de contar a los diez libros publicados-. 

                Tampoco lo juzgaré porque sus teorías son un disparate se mire por dónde se mire. No me hace falta citar los millones de estudios de antropología de
John Gray
género en los que se demuestra con una cantidad abrumadora de pruebas que los roles de género son aprendidos, es decir, culturales.

         Tampoco diré nada de que sus libros son horriblemente conservadores. Difunden una idea de que las mujeres son naturalmente pasivas, seres que buscan empatía y darle al pico todo el día para sentirse realizadas; y que los hombres somos seres activos, competitivos, que necesitamos alcanzar objetivos para darle sentido a nuestras vidas. 

         Ni diré nada de que la experiencia cotidiana nos dice que las grotescas generalizaciones de John Gray son eso, grotescas generalizaciones. Según este autor, cuando tu mujer te dice que ya no la sacas nunca a bailar, no está diciendo eso, sino que te está mandando el mensaje cifrado de que te quiere mucho, que aprecia muchísimo lo que haces por ella, lo mucho que la atiendes y la tienes en cuenta y que esa noche le apetecería salir a bailar. Pues yo no sé cómo será la comunicación en clave del matrimonio de Gray, pero cuando mi mujer Ana me dice "no me sacas nunca a bailar", me quiere decir exactamente eso: que no la saco nunca jamás a bailar, porque no me gusta dar piruetas como un subnormal al ritmo de una música que odio. Tal y como lo plantea este chamarilero, la comunicación entre hombres y mujeres es un juego de símbolos, alusiones veladas, dobles sentidos e intenciones ocultas digno de un diplomático decimonónico. Si todo esto fuese cierto, la convivencia sería absolutamente imposible, además de generar una tensión insoportable en la pareja. Yo no sé a vosotros, a pero a mí pensar que cada vez que Ana y yo hablamos es como una partida de ajedrez, me agobia bastante.

         Esta falta abrumadora de rigor intelectual puede disculparse si atendemos a la extensa y profunda formación de este pensador, abalada por las instituciones más prestigiosas:

              1) Fue unos años a la Universidad de Santo Tomás y a la de Texas, donde no consiguió ningún título.

                     2) Vivió ocho años como un monje hindú en Suiza.

                3) Títulos de BA y Maestro en “Inteligencia Creativa” de la Universidad Maharishi Europeo de la Investigación –creo que esto es un título de yoga o algo así-.

               4) En 1997 obtuvo el doctorado en la Columbia Pacific University, institución no acreditada para la educación a distancia y que tuvo que cerrar por dicho motivo en 2001, cuando el juzgado dictaminó que esta escuela concedía excesivo crédito a estudiantes que no cumplen con los requisitos para obtener un título. 

                (La fuente de este currículum es la Wikipedia)
                
                 Lo que no tolero es que nos vuelva a bombardear con cursilerías como:

                “Para experimentar satisfacción debe comenzar a vivir su vida estimulado por el amor. El hecho de sentirse inspirado para dar en forma libre y desinteresada lo libera de la inercia de la autogratificación, desprovista de la atención de los demás. Aunque aún necesita recibir amor, su mayor necesidad es dar amor.
                La mayoría de los hombres no solo están deseosos de dar amor sino que tienen sed de él. Su mayor problema es que no saben lo que se están perdiendo. Pocas veces vieron a sus padres lograr satisfacer a sus madres. Como resultado, no saben que una gran fuente de satisfacción para un hombre puede surgir del hecho de dar.”
(Las hombres son de Marte y las mujeres son de Venus)


                Si a mi mujer se le ocurriese, aunque sólo fuese por un momento, comportarse de acuerdo a las directrices de este mentecato, juro que le pido el divorcio en el acto.  

                   Y lo peor de todo es que es tipo se ha forrado a lo bestia con cosas como esta. Me corroen a partes iguales la envidia y la indignación.

domingo, 6 de abril de 2014

True Detective




     Es una de las series de moda.
        No tengo nada en contra de las modas, siempre que el producto sea de calidad.
        True detective es una serie más que correcta que tiene varias argumentos a su favor:
    1. La música es maravillosa. Para mí lo mejor de la serie son los títulos de crédito, que podría estar viendo una y otra vez.
     2. Técnicamente es impecable. Los planos, las texturas, todo está cuidado y filmado con naturalidad, sin estridencias que descuelguen al espectador.
       3. Aunque sea lo que está de moda ahora, ofrece una visión de la Lousiana profunda inquietante. Seres humanos bestializados viviendo en caravanas en medio del monte, pobreza, degradación, violencia... Y todo ello conviviendo con los lujos propios del imperio del capitalismo y, sobre todo, con el fanatismo religioso y prácticas de vudú que todavía sobreviven por aquella zona. 
       4. Matthew McConauhey demuestra que no era sólo un cuerpo espectacular. Hace un gran papel, encarnando al mismo tiempo al detective insomne y obseso que sigue el caso en la década de los noventa como a la piltrafa humana que es investigada quince años después.
      5. Maggie Hart, la esposa de Woody Harrelson, es un personaje más que interesante.
      6. La trama está bien llevada, sobre todo con ese doble juego entre el tiempo del crimen y los quince años después en los que los dos detectives negros reabren el caso.
      Y seguro que hay más razones que ahora no recuerdo. Por estas y por las que acabo de citar merece la pena perder las ocho horas que dura la primera temporada.

      Sin embargo, no me encuentro entre la legión de fans incondicionales de la serie porque me parece un poco pretenciosa. True Detective es la historia de siempre de detectives y nos coloca uno detrás de otro una sucesión de tópicos. Están bien puestos eso sí -ya he dicho que merece la pena verla-, pero no deja de ser lo de siempre. 
        Para empezar, el personaje de Rust -Matthew McConauhey- está más visto que el tebeo. En un mundo donde se ensalza el individualismo, lo raro se considera una virtud. Un detective rarito -o raro de cojones, como es el caso- es la tónica general en cualquier serie policiaca. Hasta el detestable Horatio de CSI era un tío raro. Y los dos personajes que abren el género policiaco, Sherlock Holmes y Dupin, también son personajes extraños. La preculiaridad del protagonista es un tópico imprescindible en cualquier narración de detectives. En True detective le dan una vuelta a esta rareza con el pasado de Rust como infiltrado en un cartel de la droga, pero no deja de ser exagerar un poco el tópico que ya estaba ahí.
            En segundo lugar, una vida familiar destrozada porque la horrorosa realidad del trabajo del policía irrumpe en su vida cotidiana y familiar al no saber mantener las fronteras es un topicazo como un castillo. Y siento decir que Martin Hart no es Andy Sipowickz. 
          Y en tercer lugar, la trama, con el crimen truculento e inquietante es más de lo mismo. En este sentido prefiero diez mil veces Forbrydelsen, con un crimen normalito, la desaparición de una niña, que no oculta bajo la espectacularidad del delito las personalidades de los personajes. 
      Hay quien ha criticado el final -tranquilos, no se lo voy a estropear al que no la haya visto-, pero a mí me parece que es de lo más coherente con todo lo que nos habían contado hasta el momento.
       En cualquier caso, merece la pena ver esta serie que se deja ver bien.
       Por si a alguien le interesa, os cuelgo un enlace para que escuchéis la canción que abre la serie: https://www.youtube.com/watch?v=p4zluA60hjs

viernes, 4 de abril de 2014

Pierre Bourdieu: Sobre la televisión.





    Hoy sonó la radio-despertador a las 7:30 a.m. Y lo primero que oí, antes siquiera de abrir los ojos, fue la noticia del desagradable incidente de Esperanza Aguirre y su fuga de la guardia de tráfico.
                -Por si alguien vive en otro planeta, Esperanza Aguirre aparcó su coche en el carril bus de Callao y se bajó tan campante a sacar dinero en un cajero automático. Unos guardias de movilidad urbana la vieron y le pusieron una multa. No lo debían estar haciendo lo suficientemente rápido porque Esperanza Aguirre, sin dar más explicaciones, se metió en su coche, arrancó y se dio a la fuga, arrollando en la salida una moto que había aparcada. Los agentes la siguieron hasta su casa, le pusieron otra multa y la acusan de resistencia a la autoridad-.
                Mientras me duchaba y luego desayunaba escuché la tertulia política de la radio que dura media hora. Dedicaron veinticinco minutos a debatir sobre el incidente Aguirre.
                Las primeras palabras que escuché en el trabajo fueron:
                -¿Viste lo de Esperanza Aguirre? Qué fuerte.
                En el recreo, mientras descansamos a media mañana, el profe de francés y yo solemos hablar de libros y películas. Hoy lo hicimos de Esperanza Aguirre.
                A las dos tocó el timbre que anunciaba el final de la jornada escolar. Es Viernes y vuelvo a Coruña. De dos a tres hay un boletín informativo que suelo escuchar en la radio mientras conduzco. Noticia casi monográfica: Esperanza Aguirre. A estas horas ya habían introducido un dato nuevo: Esperanza Aguirre se está planteando denunciar a los agentes por detención ilegal.
                Llegué a casa justo a tiempo para ver el final de los telediarios y comprobar sin sorpresa que la prensa audiovisual también había optado por dedicarle todo su tiempo a la exministra de cultura y expresidenta de la Comunidad de Madrid. Según dije el presentador, el tema tiene ardiendo las redes sociales.
                Después del telediario en la Sexta ponen un programa cómico no muy bueno que acostumbro a ver con Ana mientras comemos. Veinte minutos de chistes sobre el affaire Aguirre.
                No he vuelto a poner la radio ni la televisión, pero estoy seguro de que los magazines de tarde también hablarán de ella. Y tampoco he bajado todavía al bar, pero me juego la vida a que será el tema de conversación entre cerveza y cerveza.
                Independientemente de lo que pensemos de la señora Aguirre –a mí me parece una gilipollas- y su incidente, todo esto me ha hecho pensar sobre los medios de comunicación y el papel que juegan en la sociedad en la que vivimos. Y me vino a la memoria un libro de Bourdieu que leí hace mucho, pero que creo que viene al caso.
                Sobre la televisión es un ensayito de divulgación, supongo que un bolo para hacer algo de pasta. No juzgo al autor por ello, sobre todo si pienso en Bauman, que lleva veinte años colocándonos la misma idea con títulos diferentes, y que no se corta un pelo en publicar con letra bien grande y buen espacio de interlineado para llegar a las cien páginas que tiene que tener como mínimo un libro vendible en la Fnac –lo de Vida de consumo es un escándalo-.
                Probablemente porque es un bolo, Sobre la televisión se lee bien, cosa que no puede decirse de todos sus libros, y Bourdieu es un pensador muy interesante. Aquí aplica su teoría de la violencia simbólica a los medios de comunicación. Según Bourdieu, la violencia simbólica es la que se ejerce sin que los opresores y los oprimidos sean conscientes de ello. O dicho con otras palabras: la violencia simbólica es que te coman la cabeza sin que te des cuenta.
                Los medios de comunicación ejercen la violencia simbólica de tres formas:
                En primer lugar, te dicen en qué tienes que pensar y de qué tienes que hablar, porque ellos deciden qué es noticia y qué no. Hoy toca Esperanza Aguirre, ayer Bolinaga y mañana supongo que la enésima declaración de Artur Mas o un nuevo intento de saltar la valla de Melilla. Se podría pensar que, como hay muchos medios de comunicación, tenemos acceso a una información variada y que el ciudadano puede elegir qué sucesos de la realidad son noticia para él. Pero no. La información es exactamente la misma en todos lados. Dice Bourdieu que esto es consecuencia de la competitividad. Según el credo neoliberal, el monopolio uniformiza y la competencia no. A ojos de Bourdieu, esta creencia es falsa porque, si un medio saca un titular o una noticia, el de la competencia no puede quedarse al margen, aunque sólo sea para desmarcarse un poco. “Esta especie de juego de espejos que se reflejan mutuamente produce un colosal efecto de enclaustramiento, de aislamiento mental.”
                En segundo lugar, los medios convierten lo excepcional en cotidiano. Hay que dar noticias. Noticiable sólo es aquello que se sale de lo común, así que los medios sólo hablan de lo excepcional. Y así el ciudadano percibe y entiende el mundo a partir de la excepcionalidad, lo que es absolutamente perverso, porque nuestra vida, por definición, es cotidiana. Debido a esta dinámica parece que lo único que pasa en el mundo es lo excepcional, cuando lo único que realmente pasa en nuestros mundos es lo cotidiano. Y esto provoca una percepción de la realidad distorsionada. Tenemos la sensación de que España tiene un serio problema de seguridad pública porque todos los días nos dan noticias de robos y crímenes, cuando lo cierto es que son cosas excepcionales –por eso son noticia- y, si hay un número suficiente de delitos como para poner dos o tres a la semana, es porque vivimos en un país de cuarenta y siete millones de personas.   
                Y en tercer lugar, no te ofrecen la información pura, sino que, además de decidir en qué debes pensar, ya te la dan interpretada. Te dicen qué tienes que pensar y cómo hacerlo. Según Bourdieu, en los medios de comunicación hay una relación perversa entre pensamiento y tiempo. Pensar requiere tiempo para madurar las cosas. Pero en un noticiero de veinte minutos te dan quince noticias, de modo que es absolutamente imposible detenerse a reflexionar. Entonces ya te las piensan ellos por ti y para eso inventaron las tertulias y los editoriales. Bourdieu habla de los falsos debates, en los que los contertulios, que aparentemente defienden posturas radicalmente opuestas, resulta que luego son amiguetes y se van a tomar cañas juntos. Todo ese debate enconado es una farsa. “La gente se da cuenta de que allí ocurre algo, pero no tiene idea de hasta qué punto se trata de un mundo cerrado, volcado sobre sí mismo y, por lo tanto, impermeable a sus problemas, incluso a su existencia”. Pero esta opereta sirve para que los contertulios, ya identificada su posición política de antemano, decidan lo que tienen que pensar de una determinada noticia los espectadores de izquierdas y los espectadores de derechas. “Nuestros presentadores de telediarios, nuestros moderadores de debates, nuestros comentaristas deportivos, se han convertido, sin tener que esforzarse demasiado, en solapados directores espirituales, portavoces de una moral típicamente pequeñoburguesa, que dicen «o que hay que pensar de lo que ellos llaman los problemas de la sociedad”.
                Y nada más. El libro lo editó en español Anagrama y cuesta 6.90 euros. Te lo puedes bajar gratis de internet, pero no me atrevo a colgar el enlace no vaya a ser que el equipo de Blogger se vuelva a enfadar conmigo y me cierren el blog otra vez.



Pierre Bourdieu