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sábado, 29 de julio de 2023

CAPITALES II: LA ETIQUETA CORPORAL


    Durante días la idea de los capitales me siguió rondando por la cabeza. A no ser que uno sea un misántropo –que no es mi caso-, a nadie le gusta caerle mal a sus semejantes. Además, la médica aquella me había dicho que me tenía que cuidar. El gimnasio era el único medio para poder seguir comiendo y bebiendo a mi antojo sin morir a los 45. Abandonarlo no era una opción. Pero los ejercicios ya eran lo suficientemente duros como para añadirle el desprecio de mis compañeros de esfuerzo. ¿Qué podía hacer al respecto? No podía plantarme en QproGym con una tarta de chocolate e invitar a todo el mundo para hacer las paces. Tampoco podía regalarles dinero o droga a cambio de amistad, ¿qué sé yo? La idea me agobiaba y, al tiempo que trataba de pasar inadvertido en QproGym, pensaba de forma obsesiva en el capital cultural y el capital erótico. 






    Debió ser un Martes o un Miércoles, porque eran los días en que coincidíamos todos en la sala de profesores. Entré tranquilamente con los libros debajo del brazo. Miguel, mi compañero de lengua gallega, estaba respantingado en una silla junto a los ordenadores. Hablaba con Rosa y Gabriel. 

    -Los coches se inventaron para algo. Cada vez que veo a uno de esos runners me canso solo de verlos…

    Miguel se tocó la barriga en un gesto que denotaba el orgullo que sentía por ella. Me senté a su lado y escuché con atención. Siguió hablando del poco deporte que hacía y de lo orgulloso que estaba de ello. En su opinión, una persona que hace deporte es un demente. Gabriel y Rosa estaban totalmente de acuerdo con él. No recuerdo las palabras exactas porque no llevaba mi libreta de notas, pero de aquella conversación se colegía que a mis compañeros toda aquella persona que dedicase demasiado tiempo al cuidado de su cuerpo les resultaba sospechosa de abandonar su intelecto. A mí todo aquello me resultaba interesantísimo, porque confirmaba mis teorías de los capitales. En un momento determinado Miguel se volvió hacia mí.
 
    -¿Verdad? –dijo.

  Lo cierto es que yo no estaba para nada de acuerdo con aquellas afirmaciones absolutas. Es cierto que un cuerpo cincelado en bronce no deja mucho tiempo para entregarse a la filosofía, pero puede ser increíblemente útil en una discoteca a las cuatro de la mañana, cuando tratas de ligar en el mercado de la carne. O en la guerra, donde queremos tipos duros que cumplan con las órdenes sin rechistar y no un filósofo que se ponga a cuestionar el sentido de la vida. Pero, como San Pedro, negué tres veces.

    -Por supuesto, por supuesto, por supuesto –dije.


Algo que mis compañeros de trabajo no valoran nada. 

    La conversación siguió, a partir de aquí con mi colaboración activa. Les conté que llevaba yendo al gimnasio tres meses por prescripción médica. 

    -¿En serio? –me preguntó Rosa. 

    Yo estaba lanzado. 

    -Tienes que ver lo que hay allí. La peña está totalmente pirada. Pasan toda la puta tarde mazándose como bueyes. Yo no, claro. Yo solo voy un ratito, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? No voy a dejar de beber y de fumar. Pero tampoco te creas que voy mucho. Una horita tres días a la semana. Y con eso es más que suficiente. No voy a dejar el cine o de leer. 

    Por sus caras inferí que mi discurso les había convencido. No tenía otra opción ya que la médica me había mandado, pero debía tener siempre en mente que era una actividad baja. No debía dedicarle mucho tiempo y, sobre todo, debía mantener cierta actitud cínica frente a ella. 

    -¿Y qué piensa un antropólogo como tú del gimnasio? –me preguntó Gabriel. 

    Yo boqueé un poco como un tonto. Afortunadamente tocó el timbre antes de que tuviese que confesar que el gimnasio es un aleph que me tenía fascinado.

    Me fui a clase con los de FP Básica. Nadie quiere darles clase porque suelen ser grupos bastante conflictivos, pero yo me lo paso pipa con ellos. Hicimos cuatro chorradas de gramática y luego me contaron cómo hacían para robar cobre en obras.
 
    -Ya tengo localizada una con un ascensor a medio montar –me dijo uno. 

    Yo traté de hacerles ver que el robo y venta ilegal de cobre no era una buena idea, pero creo que no me hicieron mucho caso. Entendía que les gustase fumar hachís y que tuviesen que recurrir a alguna que otra actividad ilegal para financiar el vicio, pero lo del cobre era peligroso de verdad. No solo por el riesgo que entrañaba entrar en una obra con guardias y perros de seguridad, sino porque, en caso de que los trincase la Guardia Civil, iban a tener problemas. No me puse paternalista porque eso les molesta mucho. Simplemente expuse la cuestión en términos económicos: el riesgo es mucho mayor que el beneficio. Luego me contaron que uno de ellos –no me quisieron decir el nombre- tenía problemas con otro alumno de formación profesional porque le había robado una bolsa de marihuana de la taquilla. Esta vez tampoco me puse en plan profesor, enfadándome y castigándolos por una infracción tan grave de las normas. Castigándolos no iba a conseguir que dejasen de fumar hierba en el instituto, sino solo que me viesen como el enemigo y entonces cualquier esfuerzo por ayudarles iba a ser frontalmente rechazado. En su lugar, les pedí que evitasen cualquier confrontación violenta. Les dije que a mí sus trapicheos me traían al pairo, pero que, si se pegaban, ya fuese en el instituto o en la discoteca el fin de semana, íbamos a tener lío. 

Aunque parezca increíble, por culpa de la publicidad, algunos estilos
musicales y ciertas series, muchos adolescentes se sienten fascinados con esto. 

    -Mirad. La ley es así. Si os pegáis tanto aquí como fuera, el instituto es el responsable. Si hay hostias, al final voy a acabar involucrado yo, y la guardia civil y hasta el director del instituto. Y ninguno quiere que las cosas acaben así. Ni yo quiero andar con un expediente, ni vosotros con antecedentes penales por robo, tráfico y agresión. Así que es mejor para todos que arregléis esto discretamente. 

    -Como me venga en Clip es que lo reviento –dijo uno. 

    La intervención no había sido muy inteligente por su parte, ya que evidenciaba que había sido él el que había robado la hierba, pero me hice el loco. 

    -Y entonces todo acabará como te acabo de decir –dije-. ¿Y tú quieres acabar en un juicio con antecedentes penales? ¿No es mejor solucionar esto antes de que las cosas se desmadren?

    Él se hizo un poco el chulo para demostrarnos a todos que era un tipo duro, pero al final acabó dándome la razón. No sé si fue por mi charla o simplemente por puro azar, pero lo cierto es que la sangre nunca llegó al río. Tal vez le devolviese la hierba a su legítimo dueño, tal vez quedasen en un descampado para pegarse con discreción, tal vez las cosas se solucionaron porque sí o tal vez todo fuese una trola para hacerse los gallitos, pero el caso es que las cosas no fueron a mayores y no hubo altercados ni en la discoteca ni en el instituto. Sea como sea, la conversación siguió por otros derroteros y el tiempo pasó.

    Ana tenía que hacer algunas gestiones en Vigo, así que comí solo. Luego me tumbé en la cama con la intención de leer un rato, pero no lo hice. Solo me quedé muy quieto, con las manos cruzadas detrás de la nuca mirando el techo. Una mosca daba vueltas alrededor de la lámpara. Me caían bien los chavales de FP Básica. Y mis compañeros Miguel, Rosa y Gabriel. No había tenido problema alguno en encajar con todos y cada uno de ellos. Simplemente me habían bastado unos segundos para adaptarme a dos contextos tan diferentes. Era algo a lo que estaba acostumbrado y me salía instintivamente. Cambiaba de registro sin dificultad y, sobre todo, sin notarlo yo. ¿Me convertía eso en un farsante? ¿quién era yo, el pseudointelectual del despacho de profesores o el adulto que había utilizado razonamientos mafiosos para evitar una guerra entre dos grupos de FP?  

    En Sociología del cuerpo André Le Breton reformula las ideas de Goffman para acuñar el término etiqueta corporal. Según Le Breton:


En todas las circunstancias de la vida social es obligatoria determinada etiqueta corporal y el actor la adopta espontáneamente en función de las normas implícitas que lo guían. (…)  Cada actor quiere controlar la imagen que le da al otro, se esfuerza por evitar las equivocaciones que podrían ponerlo en dificultades o hacer que el otro caiga en el desconcierto.


    Así las cosas, yo no soy ni un farsante ni un demente con personalidad múltiple. Todos y cada uno de nosotros cambiamos de rol en función del contexto de interacción social en el que nos encontramos. Adecuar nuestro comportamiento a la situación es lo que Le Breton llama etiqueta corporal. Hacerlo en el gimnasio no fue tan difícil, aunque me llevó tiempo. Bastó con seguir los códigos de comportamiento allí prescritos. Se acabaron los comentarios pseudointelectuales. Solo se habla de fútbol, de los propios ejercicios y el entrenamiento; de deporte en general; nunca de política; un poquito de chicas. Tampoco es conveniente hablar mucho, sobre todo si la persona no es un conocido íntimo. La gente está allí para entrenar, no para hablar con desconocidos. Y es importante hacer bien los ejercicios y tener un cuerpo bastante tonificado. La etiqueta corporal no se limita al comportamiento. Difícilmente van a tomarte en serio si no te adecúas al contexto. Un gimnasio es un espacio diseñado para el cultivo del cuerpo. Unas tetillas fofas o la barriguita cervecera delatan al neófito, al que acaba de llegar y que probablemente no dure mucho allí. Ahora, cinco años después, creo que me ha ganado el respeto incluso de los irreductibles de QproGym.




 

viernes, 28 de julio de 2023

LOS CAPITALES



    En Poder, derecho y relaciones sociales(1), Pierre Bourdieu distinguía tres tipos de capital: El capital económico, que son los bienes materiales que una persona posee; el capital social, que es el grupo social al que pertenece y las relaciones que establece; y el capital cultural, que son los conocimientos y las actitudes del individuo. A estos capitales, Catherine Hakim añade el capital erótico, que es una combinación de la belleza física, el atractivo sexual, el tono corporal y la buena forma física (2). Estos cuatro capitales le sirven a la persona para moverse en sociedad y obtener lo que desea. 

    Por la mañana, en clase, había estado hablando del sentido de la vida con mis alumnas de primero de bachillerato a partir de Las coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. Había sido una clase casi redonda, de esas en las que no tienes que pedir ni una sola vez que se callen. No todo había sido mérito mío, porque lo cierto es que eran un grupo de chicas muy agradable, con muchas inquietudes. En el recreo, me había cruzado con el director que hablaba con tres de aquellas alumnas.
    -Oye, Curro, ¿qué les has dicho a estas pobres del sentido de la vida? -me preguntó. Me detuve y miré a las tres chicas, que parecían apesadumbradas. El director debió verse en la necesidad de explicarse-. Es que están hechas polvo. 
    -Solo hablamos de Jorge Manrique, un poco de Kierkegaard, del vacío y del silencio. 


   

    Mi respuesta era de una pedantería indecente, pero el director es buena persona y estaba realmente preocupado por el estado emocional del alumnado de primero de bachillerato. 

-¿Tú no crees que la vida tenga sentido si no existe Dios? -me preguntó. 

- Hablábamos de la concepción medieval de la vida y de la muerte, no de lo que yo opino.

    -Pero estas pobres están desoladas-. El director hizo un gesto cariñoso con la mano para señalar a las tres alumnas-. ¿Realmente crees que la vida carece de sentido sin Dios? Yo creo que uno puede encontrar el sentido de la vida en muchas cosas: realizándose en el trabajo, creando una familia...

Las tres chicas nos observaban con muchísima curiosidad, casi bebiendo nuestras palabras. Eran chicas de dieciséis años, influenciables y, repito, con muchas inquietudes. 

    - No creo que importe mucho lo que yo opino -repuse.

   - ¿Crees que la vida no tiene sentido? -insistió una de las alumnas.

    La miré un instante en silencio. Ella tenía los ojos muy abiertos y sujetaba su libreta contra el pecho con los brazos cruzados, como si temiese y desease al mismo tiempo mi perniciosa influencia. 

    -De verdad que lo que yo opine carece de importancia. 

   Ella cogió aire llenándose de valor. 

   -Ya, pero ¿qué piensas?

    La chica me era muy simpática. Mentirle sería una bajeza. Y era inteligente, por lo que responder con una generalidad hubiese sido un insulto. 

    -Yo creo que la muerte es absurda. No tiene sentido. No entiendo por qué tiene que ser así. Exista o no exista Dios, es algo tan insensato que hace inadmisible todo lo que viene antes. 

    El director se vio en la obligación de intervenir. 

    -Pero se puede encontrar la felicidad en las cosas pequeñas... 

    Yo ya estaba lanzado a una vorágine de verborrea sentenciosa.

Negué la mayor.

    -Es que yo no puedo admitir que el sentido de la vida sea la felicidad. La felicidad me parece como darle una chuchería a un niño para que deje de molestar. La única razón para el hedonismo es acallar esa voz interior que repite una y otra vez por qué. 

   -Joder -dijo otra alumna. 

Se hizo otro instante de silencio. Me había pasado, no de pesimista, sino de pedante.  No sabía si la verdad de mis palabras estaba en su significado o solo en el modo en que sonaban. La adolescencia, por su falta de experiencia, tiende a dejarse seducir más por los fuegos de artificio que por la verdad. Y utilizar eso en beneficio de mi propia vanidad era una auténtica vileza.

  -Lo lamento -dije. 

 -No, no -dijo la tercera alumna, que no había hablado hasta el momento-. Si mola que en clase nos hagas pensar. 

 Esto sí que fue un chute de vanidad. Interminables horas de humillaciones en la FP Básica y de pasar mis días enseñando bobadas de sintaxis cobraban sentido solo por esa frase. 

-Gracias -dije; y me marché escaleras abajo con una estúpida sonrisa de autoestima alagada. 

 A mis espaldas poco a poco se perdían las palabras del director, que trataba de convencer a las alumnas de que la vida merece la pena ser vivida. 


Triunfo de la muerte. Pieter Bruegel el Viejo. Esta pintura me tiene absolutamente fascinado.



    En el despacho del departamento me encontré con Miguel y Gabriel, dos compañeros, que charlaban de cine. Me senté con ellos y pasé veinte minutos muy agradables, hablando de películas, relacionándolas con novelas y con ensayos de sociología que habíamos leído. Luego eché un par de horas con los alumnos de segundo de la ESO. A estos no les hablé de la muerte ni de Tarkovski, pero hice muchos chistes y nos reímos un montón.

    Cuando llegué a casa a mediodía, estaba tan satisfecho de mí mismo que me costaba no levitar. Era un tipo inteligente, todo un intelectual. Y además gracioso. 

    Eran las ocho menos cuarto de la tarde cuando crucé la puerta de cristal QproGym. Me puse la ropa deportiva y entré en la sala de musculación. Cogí la hoja con mi rutina de trabajo del mueble archivador. Esa semana empezaba una rutina nueva, así que los dibujos con los nombres en inglés debajo apenas significaban nada para mí. Me subí en la biciestática. Pedaleé diez minutos hasta que empecé a sudar. A mi alrededor, varios jóvenes levantaban pesos increíbles en las máquinas multifunción. En este sentido, habría que señalar que QproGym tiene unas franjas de edad muy marcadas. No están escritas en ningún sitio, pero supongo que los propios quehaceres diarios de cada edad llevan a los usuarios a agrupar los horarios por años. A primera hora de la mañana, muy temprano, acuden los jubilados, que caminan en la cinta o pedalean lentamente y hacen suaves ejercicios de movilidad. Por su parte, el público de media mañana es ligeramente más heterogéneo: una combinación de amas de casa, deportistas de élite y veinteñeros y treintañeros que preparan las oposiciones a bombero o policía. A eso de las seis de la tarde hay poca gente, en su mayoría adolescentes o jóvenes que vienen a QproGym influenciados por la ideología del cuerpo bello. Y a última hora, a partir de las siete y media o así, cuando terminan las jornadas laborales, llegan los cuerpos más trabajados, los tríceps más desarrollados y los cuádriceps que apenas si caben en las perneras de los pantalones. Es cierto que de vez en cuando uno puede encontrarse a un anciano haciendo suaves movimientos de hombro a las ocho de la tarde y a un culturista de músculos hipertrofiados a las once de la mañana, pero no es lo normal. La tendencia general es a que el público mantenga los horarios divididos por franjas de edad. 


Es una foto extraída de Google, pero perfectamente podría ser la estampa
que nos encontraríamos en Qpro si fuésemos a primera hora de la mañana.



    Me bajé de la bicicleta y me encaminé hacia X, el monitor que, apoyado en la pared, observaba de brazos cruzados la sala de musculación como un general el campo de batalla. Cuando llegué a su altura, levanté ligeramente la hoja de la rutina mensual para llamar su atención. Ni se inmutó, como si yo fuese un edecán que le trae pequeñas miserias de intendencia. Siguió contemplando la sala que se extendía ante él como Napoleón debió contemplar los altos de Pratzen. Carraspeé. Nada. Volví a carraspear. Ni puto caso. 

    -Perdona X -dije al fin-. Tengo que hacer Hip Thrust y no sé qué es. 

    Se volvió lentamente. No me miró. Solo lanzó una rápida ojeada a la hoja con la rutina y me señaló un banco. 

    -Coge una pesa de veinte kilos –dijo. 

    Obedecí y me reuní con él en el banco de trabajo-. Siéntate en el suelo y pon la pesa en la parte baja del abdomen.

     Volví a obedecer y X me indicó que el ejercicio consistía en apoyar la parte alta de la espalda en el banco y subir la cadera hasta que mis rodillas quedasen en un ángulo de noventa grados y bajar de nuevo, todo con la pesa de veinte kilos en la parte baja del abdomen. Lo hizo con una desgana increíble. No solo no me dirigió una sola mirada en los dos minutos que duró la explicación, sino que hasta no disimuló lo más mínimo la molestia que yo suponía. Se marchó sin esperar a ver si realizaba correctamente el movimiento. Lo mismo sucedió con el siguiente ejercicio -press en banco con mancuernas, y con los de core, que iban después. 

     -Mira -me dijo al fin-. Te los explico todos y ya los vas haciendo tú. 

    Yo me quedé un poco cortado. Era increíble lo mucho que me despreciaba aquel sujeto. Yo no entendía muy bien por qué ya que no le había hecho nada. De hecho, no sólo no le había hecho nada, sino que le pagaba cincuenta euros mensuales. Asistí a la explicación tomando nota mental de todo, no fuese a ser que me olvidase de algo y tuviese que molestar al general ante su imperio. 

    Hice el press en banco con mancuernas lo mejor que pude y me volví a la bicicleta estática. Desde de mi posición en una esquina de la sala, continué espiando a los demás. Un chico hacía cambios de ritmo en la bici elíptica a una velocidad alucinante. Otros dos que compartían un banco hacían press con mancuernas, pero mucho más grandes que las que había usado yo. Una chica emitió un gemido. Me llamó mucho la atención, porque el tono perfectamente podía haber sido interpretado en clave sexual. Frente al espejo, la chica hacía sentadillas con una barra muy larga y varios discos muy gordos a cada lado. Se había puesto una faja de cuero, imagino que para no dañarse la espalda. Bajó una última vez y subió con los cuádriceps temblándole como el capó de un coche viejo de gasolina. La barra hizo un estruendo metálico al caer sobre una especie de ganchos que había en unas barras laterales. La pesa quedó allí apoyada y la chica dio unos pasos en círculos respirando agitadamente. En su esquina, X la miraba y asentía con la cabeza. 

    -Sí señor, sí señor -dijo lo suficientemente alto para que la chica lo oyese. Ella, que todavía respiraba agitadamente y difícilmente hubiese podido hablar, levantó el brazo con el puño cerrado y el pulgar hacia arriba en dirección a X-. Muy buena-. Dijo él.



Este era el ejercicio que estaba haciendo la chica. 
No es ella, pero la estampa era más o menos así. 

           Acabé mis diez minutos de ejercicio cardiovascular y volví al espacio de musculación propiamente dicho. Kettlebell front squat rezaba la hoja con la rutina. Si no recordaba mal la explicación de X, era el mismo ejercicio que acababa de ver hacer, pero con una pequeña pesa rusa. Nada de los imponentes discos supergruesos en los extremos de una barra de metal. Cogí una pesa de cinco kilos. Hice mis quince repeticiones. A mi lado, los dos chicos seguían turnándose en el banco para hacer press con mancuernas gigantes. Hice un comentario trivial para entablar conversación. Me contestaron con un monosílabo y siguieron a lo suyo. A mí me apetecía hablar con alguien, así que insistí, pero con idéntico resultado. Entonces hice un chistecillo. Era una variante de uno que había hecho por la mañana con segundo de la ESO y que había funcionado muy bien. Me ignoraron. Acabé las dos series de kettlebell front squat lo mejor que pude y me fui al otro extremo de la sala para hacer curl de bíceps.  Allí también intenté entablar conversación con la gente, haciendo comentarios que a mí me parecían ingeniosos y que en otras situaciones me habían funcionado, pero que aquí fueron acogidos con indiferencia. O no los entendían, o no les interesaban.

     Llegué a casa abatido. Ni siquiera el subidón de endorfinas después del ejercicio físico conseguía mitigar mi malestar. ¿Por qué les caía tan mal? ¿qué les había hecho yo a aquellos desconocidos para que mostrasen tan poco interés por mí? Cené y me tomé tres cervezas mientras veía una serie con Ana antes de dormir. 

    Con el tiempo mi vanidad herida dejó paso a la curiosidad antropológica. ¿A qué se debía aquel desprecio? ¿Por qué me llevo bien con mis compañeros de trabajo, mis alumnos me escuchan con atención, mi mujer me quiere y, sin embargo, los usuarios del gimnasio de última hora no sienten el más mínimo interés por mí? Lo lógico es pensar que a mi mujer, mis compañeros y a las alumnas de primero de bachillerato les caigo bien y a los forzudos de gimnasio no. ¿Pero por qué es así, si ni siquiera me conocen? Además, eran diez o doce personas. Estadísticamente es casi imposible caerle tan mal a tanta gente sin hacer apenas nada. 

    Las personas, al relacionarnos en sociedad, desempeñamos diferentes roles. En casa, con Ana, ejerzo el rol de marido; en el instituto, con mis alumnos, el de profesor; y con mis colegas el de compañero de trabajo. Y así con todas y cada una de las personas con las que interactúo en el día a día. Cada rol tiene asociado unos comportamientos. Difícilmente puedo actuar con las tres alumnas que tan preocupadas estaban por el sentido de la vida como lo hago con mi mujer sin ser inmediatamente denunciado por acoso y dar con mis huesos en la cárcel. Y al contrario. Si, por un casual, se me diese por tratar a Ana como a uno de mis compañeros de trabajo, mi matrimonio no duraría más que unos meses. Esta es la teoría clásica del rol social -bastante simplificada-. Si completamos esta teoría del rol social con la de los capitales, creo que tengo la explicación de por qué X y los forzudos de gimnasio me desprecian. Los roles sociales generan contextos y en cada contexto se valora un capital. Con mis alumnos y mis compañeros el capital cultural es muy valorado. De ahí que mis comentarios pseudointelectuales tengan tan buena acogida. Por el contario, el capital social, entre funcionarios y alumnos, no se valora demasiado. Por no hablar del capital erótico. El gimnasio a las ocho de la tarde es exactamente lo contrario. En ese contexto de cincelado del cuerpo, poco importa que yo haya leído a Kierkegaard o que tenga un doctorado en Teoría de la Literatura. Lo que se cotiza en el gimnasio a las ocho de la tarde es el capital erótico. La belleza física y, sobre todo, el tono muscular valen cien veces más que cualquier análisis del cine de Tarkovski. Mi error fue que, tratando de caer simpático, había echado mano de mi capital cultural. Un error burdo de intelectualoide convencido de que es genial solo por oírse hablar. En consecuencia, decidí que, hasta que no tuviese un cuerpo cincelado en bronce, solo iría a primera hora de la mañana, cuando solo hay jubilados que van allí a echar la mañana y el monitor Juan, que es muy simpático y parlanchín.



NOTAS:

1. BOURDIEU, P. (2001), Poder, derecho y relaciones sociales, Bilbao, Editorial Descleé De Brouwer.

2. HAKIM, C. (2012), Capital erótico. El poder de fascinar a los demás. Barcelona, Debate.


jueves, 2 de abril de 2015

Jan Guillou: Trilogía de las cruzadas.

 
 
 
     Son tres novelas que cuentan la vida de un godo de Suecia que se educa en un monasterio, se hace templario y va a Tierra Santa, se hace amigo de Saladino y vuelve para ser una de las piedras angulares de la formación del reino de Suecia.
      Acostumbro a intercalar una novela densa, de esas que te hacen ver el mundo a través de los ojos del autor durante un tiempo, y una obra ligera. No puedo leer novelones uno detrás de otro porque necesito unos días de descompresión entre obra maestra y obra maestra. Si no lo hago así, no las digiero ni las disfruto. Es como si las desperdiciara. La trilogía de las cruzadas es una de esas novelas de transición. Es una novela histórica con todos los tópicos del género. Hay aventuras, un esquema clásico construido sobre el viaje iniciático, amores y amoríos, batallitas, figuras históricas convertidas en personajes de novela y todo eso. No está mal. Tampoco es para tirar cohetes, pero es entretenida.
     Generalmente, encuentro varios defectos en lo que solemos llamar novela histórica:
     En primer lugar, me molesta soberanamente que aprovechen una historia más o menos interesante para colocarme una lección de historia. Pongamos, por ejemplo, que un personaje llega a una ciudad sumeria. Entonces, sin venir a cuento, el autor aprovecha para contarnos con todo detalle lo que ve el personaje paseando por las calles, aunque esto carezca por completo de importancia para el desarrollo de la trama. Cuando leemos novelas contemporáneas y un personaje llega a una ciudad, el autor no empieza a contarnos que había semáforos, que los coches se paraban cuando el semáforo se ponía en rojo, que la gente camina como yendo a lo suyo con unos plastiquitos en los oídos que emitían música y que se llaman ipads, etc... No lo hacen porque es innecesario, retarda un montón la narración y se hace pesada. Pues lo mismo sucede con la novela histórica. Evidentemente, hay que darle más datos al lector porque no conocemos las geografías y los modos de vida del pasado como los de hoy en día. Pero no hay que demorarse más de lo necesario porque, como digo, resulta muy pesado. Jan Guillou incurre en este defecto algunas veces, como cuando nos cuenta cómo monta su castillo o cómo luchaban en Tierra Santa. Pero lo cierto es que estos pasajes descriptivos los lleva bastante bien y no abusa demasiado.
     Con frecuencia he comentado con una amiga que es profesora de historia esta tendencia del escritor de novela histórica a colarnos de rondón una leccioncilla de historia. A ella la llevan los demonios porque es buena lectora y además sabe historia. Siempre me dice que son datos históricos del todo banales y que, como dije antes, no hacen avanzar la trama, sino que la retardan. Ella cree que, si el lector quiere aprender ese tipo de chucherías de la historia, es mejor que se compre una de esas revistas de divulgación histórica que venden en los quioscos porque, con los veinte minutos que te lleva leerte un artículo, tienes tanta historia como en las cuatrocientas páginas de la novela.
     Esta última idea me lleva a la que considero una de las razones por las que triunfa tanto hoy en día la novela histórica. Desde hace tiempo se considera la lectura como un alto placer intelectual. Se ha extendido entre la gente como una verdad evidente que leer te enseña cosas y, por tanto, te hace una persona mejor. Sin embargo, la mayoría de la gente que sostiene este tipo de afirmaciones, no sabe muy bien por qué o qué es lo que tiene que aprender de un libro. A este tipo de gente, yo le diría que leer es un alto placer intelectual dependiendo de qué lees. Si lees El Código Da Vinci, no sólo no aprendes nada, sino que involucionas. Hay novelas que te muestran el alma humana y novelas que te confunden. Además, había altos cargos de las SS que eran gente muy culta y eran unos hijos de puta.
     Volviendo al tema de la novela histórica, estoy convencido de que triunfa tanto porque toda esa gente que cree que leer es bueno porque aprendes cosas ve algo concreto que le enseña la novela. "Al tiempo que lees una novela, aprendes historia", dicen. "Es un dos por uno". A esto habría que objetarles tres cosas:
     a) Uno lee porque disfruta. A aprender se va a la escuela, o te lees un ensayo, que se aprende más porque está todo más concentrado.
     b) La historia que se aprende en una novela de estas características es mínima. Entre otras cosas  porque está escrita desde la sensibilidad moderna.
     c) Pierre Bordieu, en Sobre el gusto, sostiene que el gusto popular se diferencia del gusto de las élites en que es utilitario. Las masas disfrutan de las cosas que creen que les sirven para algo. De ahí que cuando se gastan una pasta en una camiseta o un jersey, quieren que tenga la marca bien visible para que todo el mundo se entere de lo ricachón que es. Pues la novela histórica es lo mismo. Gusta porque creemos que sirve para algo.
     Volviendo a la novela de Guillou, he de prevenir a aquellos que les gustan novelas con conspiraciones paranoicas de sectas secretísimas que gobiernan el mundo de que no les va a gustar. En este sentido, y aunque el protagonista sea un caballero templario, se mantiene bastante comedido y es de agradecer. Una vez cogí por curiosidad una novela de Matilde Asensi y casi me vuelo la cabeza del espanto.
      Y poco más tengo que contar de esta Trilogía de las Cruzadas. Una novela histórica correcta, con una trama que se lee bien, buen ritmo, contenida en sus defectos y pocas virtudes. Una novela para desconectar, porque no va a estar uno toda la vida viviendo en el mundo del espíritu. El cerebro también necesita vacaciones de vez en cuando.

viernes, 4 de abril de 2014

Pierre Bourdieu: Sobre la televisión.





    Hoy sonó la radio-despertador a las 7:30 a.m. Y lo primero que oí, antes siquiera de abrir los ojos, fue la noticia del desagradable incidente de Esperanza Aguirre y su fuga de la guardia de tráfico.
                -Por si alguien vive en otro planeta, Esperanza Aguirre aparcó su coche en el carril bus de Callao y se bajó tan campante a sacar dinero en un cajero automático. Unos guardias de movilidad urbana la vieron y le pusieron una multa. No lo debían estar haciendo lo suficientemente rápido porque Esperanza Aguirre, sin dar más explicaciones, se metió en su coche, arrancó y se dio a la fuga, arrollando en la salida una moto que había aparcada. Los agentes la siguieron hasta su casa, le pusieron otra multa y la acusan de resistencia a la autoridad-.
                Mientras me duchaba y luego desayunaba escuché la tertulia política de la radio que dura media hora. Dedicaron veinticinco minutos a debatir sobre el incidente Aguirre.
                Las primeras palabras que escuché en el trabajo fueron:
                -¿Viste lo de Esperanza Aguirre? Qué fuerte.
                En el recreo, mientras descansamos a media mañana, el profe de francés y yo solemos hablar de libros y películas. Hoy lo hicimos de Esperanza Aguirre.
                A las dos tocó el timbre que anunciaba el final de la jornada escolar. Es Viernes y vuelvo a Coruña. De dos a tres hay un boletín informativo que suelo escuchar en la radio mientras conduzco. Noticia casi monográfica: Esperanza Aguirre. A estas horas ya habían introducido un dato nuevo: Esperanza Aguirre se está planteando denunciar a los agentes por detención ilegal.
                Llegué a casa justo a tiempo para ver el final de los telediarios y comprobar sin sorpresa que la prensa audiovisual también había optado por dedicarle todo su tiempo a la exministra de cultura y expresidenta de la Comunidad de Madrid. Según dije el presentador, el tema tiene ardiendo las redes sociales.
                Después del telediario en la Sexta ponen un programa cómico no muy bueno que acostumbro a ver con Ana mientras comemos. Veinte minutos de chistes sobre el affaire Aguirre.
                No he vuelto a poner la radio ni la televisión, pero estoy seguro de que los magazines de tarde también hablarán de ella. Y tampoco he bajado todavía al bar, pero me juego la vida a que será el tema de conversación entre cerveza y cerveza.
                Independientemente de lo que pensemos de la señora Aguirre –a mí me parece una gilipollas- y su incidente, todo esto me ha hecho pensar sobre los medios de comunicación y el papel que juegan en la sociedad en la que vivimos. Y me vino a la memoria un libro de Bourdieu que leí hace mucho, pero que creo que viene al caso.
                Sobre la televisión es un ensayito de divulgación, supongo que un bolo para hacer algo de pasta. No juzgo al autor por ello, sobre todo si pienso en Bauman, que lleva veinte años colocándonos la misma idea con títulos diferentes, y que no se corta un pelo en publicar con letra bien grande y buen espacio de interlineado para llegar a las cien páginas que tiene que tener como mínimo un libro vendible en la Fnac –lo de Vida de consumo es un escándalo-.
                Probablemente porque es un bolo, Sobre la televisión se lee bien, cosa que no puede decirse de todos sus libros, y Bourdieu es un pensador muy interesante. Aquí aplica su teoría de la violencia simbólica a los medios de comunicación. Según Bourdieu, la violencia simbólica es la que se ejerce sin que los opresores y los oprimidos sean conscientes de ello. O dicho con otras palabras: la violencia simbólica es que te coman la cabeza sin que te des cuenta.
                Los medios de comunicación ejercen la violencia simbólica de tres formas:
                En primer lugar, te dicen en qué tienes que pensar y de qué tienes que hablar, porque ellos deciden qué es noticia y qué no. Hoy toca Esperanza Aguirre, ayer Bolinaga y mañana supongo que la enésima declaración de Artur Mas o un nuevo intento de saltar la valla de Melilla. Se podría pensar que, como hay muchos medios de comunicación, tenemos acceso a una información variada y que el ciudadano puede elegir qué sucesos de la realidad son noticia para él. Pero no. La información es exactamente la misma en todos lados. Dice Bourdieu que esto es consecuencia de la competitividad. Según el credo neoliberal, el monopolio uniformiza y la competencia no. A ojos de Bourdieu, esta creencia es falsa porque, si un medio saca un titular o una noticia, el de la competencia no puede quedarse al margen, aunque sólo sea para desmarcarse un poco. “Esta especie de juego de espejos que se reflejan mutuamente produce un colosal efecto de enclaustramiento, de aislamiento mental.”
                En segundo lugar, los medios convierten lo excepcional en cotidiano. Hay que dar noticias. Noticiable sólo es aquello que se sale de lo común, así que los medios sólo hablan de lo excepcional. Y así el ciudadano percibe y entiende el mundo a partir de la excepcionalidad, lo que es absolutamente perverso, porque nuestra vida, por definición, es cotidiana. Debido a esta dinámica parece que lo único que pasa en el mundo es lo excepcional, cuando lo único que realmente pasa en nuestros mundos es lo cotidiano. Y esto provoca una percepción de la realidad distorsionada. Tenemos la sensación de que España tiene un serio problema de seguridad pública porque todos los días nos dan noticias de robos y crímenes, cuando lo cierto es que son cosas excepcionales –por eso son noticia- y, si hay un número suficiente de delitos como para poner dos o tres a la semana, es porque vivimos en un país de cuarenta y siete millones de personas.   
                Y en tercer lugar, no te ofrecen la información pura, sino que, además de decidir en qué debes pensar, ya te la dan interpretada. Te dicen qué tienes que pensar y cómo hacerlo. Según Bourdieu, en los medios de comunicación hay una relación perversa entre pensamiento y tiempo. Pensar requiere tiempo para madurar las cosas. Pero en un noticiero de veinte minutos te dan quince noticias, de modo que es absolutamente imposible detenerse a reflexionar. Entonces ya te las piensan ellos por ti y para eso inventaron las tertulias y los editoriales. Bourdieu habla de los falsos debates, en los que los contertulios, que aparentemente defienden posturas radicalmente opuestas, resulta que luego son amiguetes y se van a tomar cañas juntos. Todo ese debate enconado es una farsa. “La gente se da cuenta de que allí ocurre algo, pero no tiene idea de hasta qué punto se trata de un mundo cerrado, volcado sobre sí mismo y, por lo tanto, impermeable a sus problemas, incluso a su existencia”. Pero esta opereta sirve para que los contertulios, ya identificada su posición política de antemano, decidan lo que tienen que pensar de una determinada noticia los espectadores de izquierdas y los espectadores de derechas. “Nuestros presentadores de telediarios, nuestros moderadores de debates, nuestros comentaristas deportivos, se han convertido, sin tener que esforzarse demasiado, en solapados directores espirituales, portavoces de una moral típicamente pequeñoburguesa, que dicen «o que hay que pensar de lo que ellos llaman los problemas de la sociedad”.
                Y nada más. El libro lo editó en español Anagrama y cuesta 6.90 euros. Te lo puedes bajar gratis de internet, pero no me atrevo a colgar el enlace no vaya a ser que el equipo de Blogger se vuelva a enfadar conmigo y me cierren el blog otra vez.



Pierre Bourdieu

martes, 25 de marzo de 2014

James Scott. Los dominados y el arte de la resistencia: discurso oculto.


    
 James Scott: Los dominados y el arte de la resistencia.



    Lo primero que hay que decir de James Scott es que escribe bien, es ameno de leer y eso siempre se agradece. 
    Lo segundo es que su libro me ha hecho reflexionar.
    James Scott se opone a todas las teorías herederas del marxismo, que consideran la ideología como el resultado o el reflejo de unas determinadas relaciones socioeconómicas. Cita a Gramsci, a Bourdieu y no sé si a alguno más, pero en la mente de todos están Marvin Harris y todos esos antropólogos, filósofos y sociólogos que sostienen que el poder se perpetúa difundiendo su ideología, de modo que los oprimidos la aceptan de forma inconsciente y no tienen conciencia de su propia opresión. En otra ocasión interpreté La Catedral del Mar como un ejemplo de la difusión de las ideas del poder. Lo mismo hice con Operación Triunfo. En este último, se escoge a un grupo de personas cualquiera que tiene un sueño: cantar y ser famoso. Se los mete a todos en una academia y se les obliga a competir entre ellos por ser el mejor. La audiencia vota y el que gana va a Eurovisión. La idea del programa casi parece sacada de Max Weber y su Ética protestante y el espíritu del capitalismo. En
James Scott
un mundo justo, con igualdad de oportunidades, cualquiera puede triunfar, incluso la Rosa de España. Para eso sólo hace falta esfuerzo y talento. La competitividad -esa palabra tan de moda ahora- saca lo mejor de cada uno. Es el calling divino de los calvinistas. Y al final, si cumples con todo ello, Dios te reconoce como uno de los suyos otorgándote bienes materiales en este mundo. El ideal de vida del capitalismo angloamericano. Con talento, ideas y trabajo, salir adelante en el mundo. Millones de personas ven este programa y aceptan de manera inconsciente que el capitalismo es el mejor sistema posible, porque cualquiera puede triunfar, como nos demuestra el caso de Rosa -o de los ganadores de posteriores concursos, cuyo nombre desconozco-. 
    Pues James Scott le hace una crítica demoledora a esta concepción de la ideología: si esto fuese cierto, los sistemas no cambiarían. 
    Y yo añado: esta concepción heredada del marxismo minusvalora a los oprimidos, como si fuésemos autómatas sin capacidad crítica alguna.
    Según Scott hay dos tipos de discurso, el público y el privado. El discurso público es aquello que se puede decir en público y que es una idealización de cómo las clases poderosas se ven a sí mismas -en el caso de nuestra sociedad todo ese rollo de la igualdad de oportunidades y el discurso políticamente correcto-. Pero esto no es más que una representación, como una obra de teatro. En las bambalinas de ese discurso público, tanto las clases dominantes como las dominadas tienen su propio discurso, que sólo sale a a luz cuando están seguros de que hacerlo no puede acarrearles problemas. El discurso público es lo que la
Esclavo que dudo esté contento.






gente realmente piensa y hace. Así, los esclavos negros públicamente hacían ostentación de acatar las normas pero, en cuanto se encontraban en la seguridad de sus cabañas, contaban cuentos, leyendas y hasta profecías que ridiculizaban y condenaban a sus amos blancos a todos los tormentos del infierno; y saboteaban a sus amos robándoles, con pasividad en el trabajo, rumores, etc... Las clases poderosas, por su parte, en la intimidad de sus casas o de cenas opíparas en restaurantes caros, a salvo de oídos indiscretos, sacan a relucir lo que de verdad mueve la sociedad y los mantiene en el poder, como la corrupción, el soborno, la represión por medio de la violencia física, etc...
    Si los pobres no actuamos para sacudirnos el yugo de la opresión, es porque no vemos oportunidad de ello. Pero, en cuanto esa posibilidad tiene visos de hacerse realidad, nos volcamos en la lucha, como sucedió, según Scott, en la Guerra Civil Americana, en la Revolución Francesa o la Revolución Rusa. 
    Este mecanismo creo yo que podemos observarlo perfectamente hoy en día con todo el rollo de la crisis. Los oprimidos, cuando nos reunimos entre nosotros, criticamos a políticos y banqueros, y no son pocos los que defraudan a la Seguridad Social con bajas fraudulentas y evasión de impuestos -aunque esto último no sea una estrategia exclusiva de los pobres-. Sin embargo, si mañana yo tuviese la mala suerte de comer con Rajoy o Feijoo, dudo mucho que le dijese a la cara que es un capullo, sino que mantendría una actitud más o menos servil, diría que me encanta mi trabajo, etc... Lo mismo hace cualquier empleado con su patrón. A la cara, todos fingimos ser empleados entregados, mientras que en la intimidad reconocemos despreciarlo y hacemos todo lo posible por trabajar lo menos posible, etc...
   
    No sé hasta qué punto tienen razón James Scott. Sobre todo, porque a esa crítica de que, si la plebe sólo fuésemos autómatas que repetimos el discurso del poder, nada cambiaría, se adelantaron Bourdieu, Victor Turner, Even-Zohar y otros muchos pensadores que hablaron del escenario político como de un espacio en el que luchan diferentes grupos de poder, cada uno con su propio discurso. Probablemente ninguno esté en posesión de la verdad absoluta, todos tengan parte de razón y la realidad sea una combinación de ambas tendencias. Pero por lo de pronto, el libro de Scott merece la pena ser leído porque pone de relieve un aspecto de la política y las relaciones de poder que hay que tener en cuenta.