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martes, 2 de septiembre de 2014

Saskia Sassen: La ciudad global y ¿Perdiendo el control? La soberanía en la era de la globalización.




    Después de dedicarle un post a Richard Sennett, le toca uno a su esposa, que es, al menos, tan interesante como él. Si buscáis a Saskia Sassen en internet, veréis que es una neerlandesa, que actualmente es profesora en la universidad de Chicago y a la que dieron el premio Príncipe de Asturias a las Ciencias Sociales el año pasado. 

     Quizá los dos libros más importantes de Sassen sean La ciudad global y ¿Perdiendo el control?, aunque últimamente ha estado publicando bastante, aunque muchas de las cosas que dice hoy en día son continuaciones de lo ya esbozado en estos dos ensayos.
     En La ciudad global Sassen sostiene que la globalización y el consiguiente crecimiento de los mercados financieros, el aumento exponencial del comercio internacional de servicios y de los flujos de capital internacionales provocó la aparición de un nuevo concepto de ciudad, la ciudad global. Antes de la globalización, la actividad comercial giraba en torno a las zonas industriales que, a su vez, se circunscribían a los estados nación. La globalización supuso dos cambios fundamentales en este sentido. En primer lugar, la producción se desterritorializó. Las fábricas se reparten por el mundo entero sin ningún tipo de trabas,
instalándose allí donde les es más barato producir. Sin embargo, esta desterritorialización de la producción no tuvo su proyección en en los centros de toma de decisiones económicas y de mando. Lejos de extenderse a lo largo y ancho del planeta, los centros de poder se han concentrado en grandes urbes conectadas entre sí a tiempo real gracias a la revolución de los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías. Las decisiones económicas anteriormente se tomaban cerca de la fábrica, allí donde estuviese esta. Hoy en día, la economía mundial se mueve desde un puñado de ciudades, Londres, Nueva York, Frankfurt, Sidney, Tokio, etc....






     Aunque Sassen no la usa, la metáfora de las capas de cebolla para explicar la estructura económica y social de las ciudades globales creo que es muy útil. En el centro, están las clases poderosas que toman las decisiones económicas que determinan la economía del mundo entero. Alrededor de estos grupos de poder, surge todo un sector servicios destinado a cubrir las necesidades y satisfacer los deseos de los individuos que rigen el
mundo desde estas megaurbes. Las necesidades de estas clases dirigentes son cubiertas por una amalgama de empresas jurídicas, financieras, contables, publicitarias, aseguradoras, etc.., mientras que los deseos de lujo y ocio lo son por un sector comercial de alto nivel, como vivienda, arte, gastronomía, moda, etc...En una tercera capa, aparece un sector manufacturero muy degradado que se desplaza por el mundo en función de las oportunidades de trabajo.

      En ¿Perdiendo el control? Sassen analiza el papel que los viejos estados nación desempeñan en mundo actual. Según ella, el viejo estado nación, garante de los derechos del ciudadano, ha desaparecido. En su lugar, ha surgido un nuevo estado nación, que apenas si pinta nada en las decisiones económicas que se toman a nivel global, pero que se encarga de facilitar en todo lo posible que estas decisiones se tomen sin ningún tipo de trabas, aunque ello supongo degradar las condiciones de vida de sus ciudadanos. Así, el estado nación moderno se ha convertido en un garante de los derechos de la propiedad y los contratos y en un instrumento de eliminar cualquier traba que pueda encontrar el capital en su afán de hacer negocios. Cinco factores son fundamentales a la hora de llevar a cabo estos objetivos:
       1) La importancia de la autonomía de los bancos centrales.
       2) Las políticas antiinflaccionistas.
       3) La paridad monetaria.
       4) La condicionalidad del FMI
   5) Y, sobre todo, los impulsos a la privatización de cualquier ente público y la desregulación laboral -el sobre todo es mío-.
     Especialmente interesante es el análisis de las migraciones. Ella sostiene que, frente al discurso dominante de que la inmigración es un problema del país de origen, es decir, que los inmigrantes abandonan su país porque en este no pueden satisfacer sus necesidades vitales básicas -trabajo digno, seguridad, vivienda, etc...-, existe una realidad bien distinta.
Los países receptores de inmigrantes tienen unos parámetros bien establecidos para recoger e insertar a estos inmigrantes en la estructura económica. Los inmigrantes ocupan puestos de trabajo que no quieren ser desempeñados por trabajadores autóctonos -cuidando ancianos, camareros, construcción, prostitutas- y, como no tienen papeles, carecen de derechos laborales. Surge así, alrededor de ellos, una economía informal o, en el caso de la prostitución, ilegal. Esta economía sumergida e ilegal, lejos de ser una carga para el sistema como no paran de repetirnos nuestros gobernantes -Montoro queriendo sacar dinero de donde sea y de culpabilizar a cualquiera que no sea un político y un banquero de la crisis es un escándalo-, está perfectamente integrada. Es más, es hasta necesaria, porque reduce los costes de producción, favorece la flexibilidad y la desregulación de los trabajadores nativos y ayuda a mantener a los trabajadores con sueldos elevados. Si no fuese por los inmigrantes sin papeles, la agricultura andaluza, por ejemplo, sería insostenible. Y, también por ejemplo, gracias a esta economía informal de inmigrantes, muchos trabajadores de clase media pueden permitirse contratar a alguien para que cuide de sus familiares mayores. Además, cada vez que nos bajaron el sueldo, teníamos el miedo de que, si no tragábamos, podía hacerlo un ecuatoriano o un boliviano por la mitad que nos pagan a nosotros. 






      Como decía, esta economía informal es necesaria para el mantenimiento del sistema económico. De ahí que, según Sassen, desde los años 80 se hayan llevado a cabo políticas a nivel internacional que favorecen las migraciones. Por eso la deuda externa se utiliza como excusa para políticas neoliberales de privatización de servicios públicos, recortes de gastos sociales, pérdida de derechos laborales, bajadas de sueldos, derrumbe de las pequeñas y medianas empresas, aumento del paro y la pobreza, mayor concentración económica, etc... que aseguran el abastecimiento regular de trabajadores baratos informales.
        De la mano de todos estos cambios, el concepto de ciudadanía se ve redefinido. Anteriormente, había una vinculación directa entre ciudadano, sus derechos y el estado que le garantizaba esos derechos. Actualmente, se está dando un proceso de desnacionalización de la ciudadanía, ya que los estados nación modernos están perdiendo su legitimación al no salvaguardar los derechos de sus ciudadanos que, por esta razón, dejan de identificarse con ellos. Sassen habla de "presencias" para explicar el nuevo concepto de ciudadanía aplicable a los migrantes sin derechos reconocidos. Según ella estos migrantes son ciudadanos de la ciudad global. Poseen una ciudadanía de facto, ya que, aunque carecen de poder político, sí actúan en el terreno público y así adquieren el reconocimiento del resto.





      Y ya para terminar, que esto puede quedar demasiado largo, hay que dedicarle un párrafo a las opiniones de Sassen sobre la mujer en este sistema económico mundial. Sassen llama a todos estos trabajadores informales "clases de la servidumbre". Estas clases de la servidumbre están formadas, fundamentalmente, por inmigrantes y mujeres. La mayoría de las mujeres se dedican a trabajos domésticos, como hacer de enfermeras, mucamas o señoras de la limpieza, enfermeras, etc... El trabajo doméstico que antes recaía en la esposa, ahora sigue recayendo en mujeres, con la salvedad de que ahora lo hacen otras mujeres mal pagadas. El sistema patriarcal sigue vigente.

Saskia Sassen como si fuese a atacar

martes, 15 de julio de 2014

A propósito del matrimonio






    Hace un par de días, en una cafetería, escuché a dos chavales de unos veintitantos años charlando acerca de sus parejas sentimentales. Al parecer, uno de ellos se había ido a vivir con su novia. El otro, que parecía un poco más parado, le preguntó cómo llevaban los padres de ella que se fuesen a vivir juntos sin estar casados ni nada de eso.
    -Me da igual. Yo no necesito ni un papel ni un cura que me dé la bendición. Yo paso de bodas y todo eso. -repuso el otro muy ufano.
    Ese mismo día, al llegar casa, vi en las noticias que Ana Botella, la alcaldesa de Madrid,
La ganadora de Eurovisión convertida en icono.
boicoteaba de no sé qué manera El Día del Orgullo Gay. Varios homosexuales, tanto hombres como mujeres, clamaban indignados contra el retroceso en las libertades civiles que experimenta este país desde que gobiernan los conservadores. Y yo me acordé, con cierta nostalgia, cuando estos mismos colectivos festejaban que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero les había reconocido el derecho de casarse al mismo nivel que las parejas de distinto sexo. Y también me acordé, esta vez sin ninguna nostalgia, de millones de personas esgrimiendo banderas de España en la plaza de Colón indignadísimos porque, en su opinión, el matrimonio gay pone en grave riesgo la a familia.
    Me sorprendió observar en un periodo de tiempo tan breve tres reacciones tan dispares al mismo fenómeno del matrimonio: en primer lugar, los grupos heterosexuales jóvenes, hasta ahora perfectamente integrados dentro de esa institución, que hacen gestos por salirse de ella; en segundo lugar, los homosexuales, que hasta el momento habían quedado fuera de la institución, haciendo esfuerzos por incorporarse; y en tercer lugar, los que se consideran bastiones de los valores culturales de occidente, preocupados por los perniciosos cambios sociales que amenazan el orden.

Gente preocupada.



Los bastiones de la moral de occidente con uno de sus jefes.


    Y entonces pensé en escribir un artículo en el blog sobre esto, porque ni el chaval que pasa de casarse es tan subversivo como se cree, ni el matrimonio gay amenaza nada. Nunca en la vida el matrimonio monógamo como piedra angular de la sociedad burguesa gozó de tan buena salud.
    Analicemos primero el caso del matrimonio homosexual:
    El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels es un libro con muchas ideas más que discutibles desde un punto de vista antropológico, pero, si tiene algún acierto, es haber demostrado que la familia monógama, con dos esposos e hijos, es el pilar sobre el que se fundamenta la sociedad burguesa. La familia es la unidad mínima económica, residencial, sentimental y reproductora. En el plano económico, los esposos se reparten el trabajo, tanto el doméstico, como el de aportar los bienes materiales necesarios para la subsistencia, y, al terminar, ponen los resultados en común para asegurarse un sitio donde comer y dormir todos juntos. Antes, el reparto era desigual, la mujer se encargaba de la casa y la cría de la prole, y el hombre de ganar los cuartos; ahora parece que eso está cambiando y nos acercamos a un reparto del cincuenta por ciento en todas las tareas -ya sé que todavía no hemos llegado del todo a ese ideal, pero es a lo que se aspira-. En el plano sentimental, se espera que los esposos se amen tiernamente entre ellos y a sus hijos. Si aparece otro elemento, como podría ser un amante, se le considera un elemento distorsionador que puede dar al traste con la familia. Y en cuanto a la reproducción, la función del matrimonio consiste no sólo en traer niños al mundo, sino en reconocerlos y en educarlos en los valores que se espera de un miembro de la sociedad.
    Los homosexuales y su derecho a casarse y adoptar niños no atentan en nada a esta cuádruple función del matrimonio burgués. Sólamente se integran en ella. Cambia uno de los actores, pero la función social de la familia burguesa sigue siendo exactamente la misma. Sé que cuesta pensar en otros modelos, porque a fuerza de ver siempre a papá, mamá y los niños hemos acabado por creer que este modelo de familia es universal y, por tanto, natural. Pero hay millones de ejemplos de literatura antropológica que demuestran que no es así. Los nayar, por ejemplo, no consideraban al padre como miembro de la familia. La madre tenía todos los amantes que quería, el padre no pintaba nada -de hecho muchas veces no se sabía ni quién era- y el que tenía derechos y obligaciones con respecto a los hijos era el hermano de la madre, que era el que ejercía como tutor del niño y el responsable de mantenerlo. O los kibbutzs judíos, donde el niño no pertenecía los padres, sino a la comunidad. Optar por estos modelos de familia sí sería realmente subversivo. Que los homosexuales quieran formar parte de las familias de toda la vida yo diría que es hasta conservador -cosa que, por otra parte, están en todo su derecho de reclamar-.
    En cuanto al chaval que se sentía superalternativo por no casarse por la iglesia, hay que dejar claras un par de cosas:
    Un matrimonio es un rito de paso, es decir, una representación simbólica de un cambio de estatus social. Dos personas, que hasta el momento eran solteras, hacen una representación simbólica por medio de la cual reconocen ellos y la sociedad que, a partir de entonces, están ligados sentimental, sexual, reproductiva y económicamente.
    Como todos los ritos de paso, está lleno de símbolos:
    a) el sacerdote, el concejal o el alcalde, que es la autoridad social que reconoce y respalda el nuevo vínculo entre los esposos. En una cultura en la que imperan los valores religiosos, es el cura, el sacerdote o el chamán; en una cultura como la nuestra, donde los valores religiosos están siendo sustituidos progresivamente por la ciencia, es el concejal o el alcalde el que encarna esa autoridad social.
    b) el anillo, una circunferencia sin principio ni fin, como ese matrimonio que no se romperá hasta que la muerte los separe.
   c) la novia de blanco, símbolo no tanto de la virginidad, sino de la pureza infantil que se pierde ese día al entrar en el mundo de los adultos autosuficientes.
    d) los padres que entregan al hijo y a la hija escenifican la nueva independencia de los hijos, que hasta el momento dependían de ellos.
    e) la noche de bodas y el tálamo nupcial, primer lecho que comparten los cónyuges.
    f) las arras, esas trece monedas que la RAE define como símbolo de entrega, pasando de las manos del desposado a las de la desposada y viceversa.
    Y otros muchísimos símbolos más, que sería demasiado farragoso pormenorizar aquí, en un post, formato pensado para ser leído en un par de minutos todo lo más.
  Puede que el veinteañero superoutsider se sienta de lo más subversivo por haber renunciado a todos estos símbolos del reconocimiento social, pero siento decirle que emite otros muchos símbolos con el mismo significado que la boda con su cura y sus arras. Él y su pareja comparten vivienda, cama y lavabo. Comen juntos, duermen juntos y hasta hacen sus necesidades en el mismo sitio, gestos todos ellos de que comparten su intimidad. Lo íntimo es lo propio, lo personal. Dos personas que comparten la intimidad se reconocen ante sí mismos y el mundo como una unidad. Supongo que él y su pareja se darán besos, irán de la mano y tendrán otros gestos de cariño que les transmiten a ellos mismos y a los demás que se quieren y que son una pareja cerrada sentimentalmente donde no cabe nadie más.
    En relación con esto leí una vez en una novela:

    Supongo que esta nueva situación nos convierte en novios oficiales. Tatá debe pensar lo mismo, porque, poco a poco, comienza un proceso de reapropiación de mi intimidad. El primer momento en que soy consciente de ello es un jueves por la tarde. Acabo de llegar de uno de mis largos paseos, única cosa que se puede hacer cuando la vista falla. Tatá llama al timbre. Dejo la puerta abierta y la espero en la habitación mientras fumo un cigarrillo. Ella trae un bolso consigo. Se sienta en la cama y empieza a contarme algo del trabajo. No me interesa en absoluto, así que me pongo a pensar en mi dolor de ojos. Hacemos un par de veces el amor. Al terminar, pongo el programa deportivo de la radio. Tatá se levanta y coge el bolso. La miro caminar desnuda, su cuerpo perfectamente curvado, pero los dos asaltos me han dejado libre de pulsiones sexuales. Vuelve a la cama con el bolso.
           -He traído algunas cosas. –me dice.
          No estoy preparado para lo que va a ocurrir, de modo que me convierto en un espectador pasivo.
           Abre el bolso y me enseña el contenido. Me dice que hay algunas cosas que es más cómodo que tenga en mi casa porque viene todos los días. Saca un cepillo de dientes, un champú, algo de ropa interior y una foto suya.
           -Esto es para que te acuerdes de mí.  –me dice al tiempo que deja la foto en la mesilla de noche.
           Guardo silencio mientras entra en mi baño y deja su cepillo de dientes en el vaso, entre mi maquinilla de afeitar y mi cepillo.
Veinte minutos después se marcha y me quedo solo en mi habitación. Mi novia acaba de levantar la pata para marcar territorio y mi habitación se ha convertido en una prolongación de su hogar base.


    En conclusión, el matrimonio monógamo nunca ha gozado de tan buena salud como hoy en día. Sólo hace falta fijarse en que todo está montado para la pareja. Y no estoy hablando únicamente de las habitaciones dobles en los hoteles, las invitaciones a eventos que incluyen el nombre del invitado más de un acompañante o que en el supermercado todo lo familiar es más barato. Sino también, y sobre todo, de la cantidad de esfuerzo y dinero que la sociedad invierte en convencer a sus miembros de que ese, y no otro, es el mejor proyecto de vida. La juergas nocturnas en pubs y discotecas no son otra cosa que un espacio social en el que conocer parejas sexuales y, si nos colocamos, es, entre otras cosas, para vencer la timidez que puede inhibirnos en esta búsqueda. Las películas y las novelas, con muchísima frecuencia, terminan con un héroe y una heroína que se enrollan y de los que se intuye que entran en una definitiva etapa feliz de sus vidas. El matrimonio es el premio a sus peripecias. Y si no sigo dando ejemplos es porque ya me he pasado de la extensión que tácitamente se prescribe para un post.

miércoles, 28 de mayo de 2014

¿Por qué las clases medias se vuelven conservadoras?


 ¿Por qué las clases medias se vuelven conservadoras?




          LA ESCENA COSTUMBRISTA CON LA QUE ME ENCONTRÉ EL OTRO DÍA:

   Es sábado, el día antes de las elecciones europeas, la jornada que se supone de reflexión. Estamos  en la terraza de una cafetería. Haya sillas y mesas y sombrillas de propaganda de cerveza plegadas. Sentados alrededor de una mesa hay dos matrimonios de mediana edad. Visten a la moda, con zapatillas New Balance y pantalones ajustados remangados. Fuman, beben cañas y comen aceitunas. Una de las mujeres lleva gafas del sol. Unos metros más allá tres niños juegan a la pelota. Son sus hijos. Una madre levanta la voz para ordenarles que tengan cuidado con la pelota.
     -Perdona por interrumpirte. -le dice a uno de los hombres- Es que van a acabar rompiendo un cristal.
     El marido de su amiga acepta la disculpa y continúa con su discurso.
     -Yo he tenido que currármelo. Mis padres no son condes ni marqueses. Mi padre era representante y mi madre ama de casa. Pasé mis seis años en la facultad de medicina, mis dos de MIR... si ahora me va bien, es porque me lo curré. Todos tuvimos la oportunidad de estudiar. Si con dieciocho años te ponías a servir copas...
     Su mujer decide apoyar las palabras de su marido:
     -Es que a nosotros nos va bien con el PP. Ángel es autónomo y no hacemos más que pagar impuestos.
     La otra mujer, su mejor amiga, no puede estar más de acuerdo. Su marido, abogado, y ella, empleada de banca, se encuentran en la misma situación. No entiende por qué, si ella paga un seguro médico privado y el colegio de sus niños, tienen que pagar tantos impuestos. Por qué pagar al Estado por algo que no usan. 
     Su marido, menos sutil, reconoce que él tampoco desciende de la pata del Cid y se embarca en una diatriba contra la cultura de la subvención y los funcionarios en general.

    LA PREGUNTA:
     ¿Por qué las clases medias se han vuelto consevadoras?
   
     LA RESPUESTA:
    Hace treinta años, entre las clases medias había la percepción generalizada de que el estado del bienestar beneficiaba a todos. Esos padres con empleo de baja cualificación -representantes, taxistas, camareros...- pudieron mandar a sus hijos a la universidad y tuvieron acceso a la sanidad, cosa impensable sin las políticas redistributivas y las subvenciones del estado del bienestar.
     Además, vieron cómo sus sueldos crecían y tenían por primera vez acceso a una vivienda en propiedad y hasta un mes de vacaciones en un pueblo de la costa levantina.
     Hoy los hijos de estos padres no perciben que el estado del bienestar los beneficie en nada. Gracias a su trabajo de alta cualificación universitaria, tienen dinero para pagarse un seguro de medicina privada y el colegio de sus hijos. Normalmente no harán uso de las prestaciones por desempleo, de modo que consideran el estado del bienestar como un engorro, un lastre de impuestos para que se beneficencien otros.
     Dar así, abiertamente, estos argumentos puede dar la impresión de cierto egoísmo, de poca sensibilidad, sobre todo en los tiempos que corren. De ahí que recurran con cierta frecuencia al discurso de la meritocracia, de que todos tenemos las mismas oportunidades y que las desigualdades sociales son el resultado de las diferencias en el esfuerzo y el talento.

     EL COMENTARIO

     1. El viraje de las clases medias hacia el conservadurismo político es de una hipocresía horrible. Si esos hijos de taxistas, camareros, etc. han ido a la universidad, ha sido gracias a esos impuestos que ahora perciben como un lastre. Y ya lo dice la sabiduría popular: de bien nacidos es ser agradecidos.
     2. El neoliberalismo salvaje no beneficia a los autónomos de clase media como ese médico que vive de los servicios privados. En una sociedad polarizada, sin clases medias, poco serán los que puedan recurrir a los servicios de un médico privado como él. Y lo mismo sucede con los arquitectos que se dedican a reformas y casas pequeñas, con los abogados, etc.
     3. Las  clases medias pueden acceder a un seguro médico privado porque hay una Seguridad Social a la que derivan los tratamientos más caros. Y, si pagan un colegio concertado, es porque los engañan con el transporte, el comedor y las actividades extraescolares, porque los colegios concertados están subvencionados exactamente igual que los públicos.
    4. El discurso moral con el que justifican su comportamiento egoísta es falso. Sería muy engorroso desmenuzar aquí las estadísticas. Os remito, por ejemplo, a Owen Jones (*). Pero, aunque fuese cierto, tendría que haber igualdad de oportunidades para todos, esa igualdad que se pierde cuando se retiran las subvenciones y la enseñanza pública.
     5. Y, como dice mi amigo T, lo peor es que estas nuevas clases medias conservadoras ni siquiera saben que lo son gracias al estado del bienestar.

lunes, 5 de mayo de 2014

Tetralogía de los parias contemporáneos III: Loïc Wacquant

Tetralogía de los parias contemporáneos III: Loïc Wacquant.

Loïc Wacquant


     Loïc Wacquant fue primero discípulo y luego colaborador de Pierre Bourdieu, lo que es una carta de presentación impresionante. Aparte de esto, escribió un ensayo sobre boxeo en una sala de mala muerte de un guetto negro de no sé qué ciudad de Estados Unidos que está cojonudo. Y muchos libros de sociología, que es lo que nos interesa ahora.
Loïc Wacquant boxeando en Contra las cuerdas
      Loïc Wacquant habla, fundamentalmente, de las cárceles y el sistema penal. Según Wacquant, el sistema neoliberal que impera en Estados Unidos y Europa desde finales de los años setenta del siglo pasado genera grandes bolsas de población depauperada, que no puede acceder a un puesto de trabajo o que la remuneración que recibe por su trabajo está por debajo de lo que necesita el individuo para sobrevivir. Drogadictos, jóvenes sin empleo, vagabundos, madres solteras, etc... son el resultado de que no hay trabajo. La profecía marxista de que la tecnología nos permitiría gozar de mayor tiempo de ocio no ha resultado del todo cierta. En lugar de trabajar menos tiempo, lo hace menos gente. El antiguo estado postkeynesiano de la solidaridad trataba, en la medida de lo posible, de repartir la riqueza y el trabajo para que no hubiese grandes desigualdades sociales. Pero esta moral de la responsabilidad común fue sustituida por el individualismo calvinista. Los pobres y los marginados ya no son un problema de la sociedad, sino un problema individual, es decir, de ellos mismos. Si eres pobre, es tu problema. Así, el viejo estado postkeynesiano, que nosostros conocemos como el estado del bienestar, fue sustituido por una suerte de organización política que ha abdicado de todo lo que no sea económico. Lo social, el urbanismo, la educación, la medicina, etc... van pasando de la tutela pública a manos privadas. Pero no todo el mundo puede pagar por ello, así que surgen esos sectores de la población depauperados a los que les estoy dedicando esta tetratología. ( Owen Jones , Bauman)
      Hasta aquí Wacquant no dice nada nuevo. Es el discurso que oímos todos los días. Hasta lo sueltan Rubalcaba y Soraya Rodríguez, como si la famosa tercera vía no fuese copartícipe del giro neoliberal que ha tomado el mundo. De hecho, Bill Clinton construyó más cárceles y destinó más presupuesto a la seguridad interna que el mismísimo Ronald Reagan.
        Dice Loïc Wacquant que la penalización es una forma de ocultamiento del problema. Antes, los drogadictos, las madres adolescentes y los mendigos eran un problema social. Ahora son un problema por ellos mismos, así que se los culpabiliza por su situación y se los reprime. Multas y cárcel para los pobres. La política carcelaria forma parte de un plan para redefinir la función del estado en el plano económico, asistencial y social y sustituir el estado del bienestar por el estado penal. En palabras de Wacquant, el estado policial funciona como una aspiradora que absorbe a los damnificados del estado neoliberal. El sistema neoliberal abandona a cada uno a su suerte. Esto no sería un problema si hubiese trabajo para todos, pero con una legislación que deja todo el poder en manos de las empresas, sobran trabajadores, de modo que pueden depauperarse las condiciones de vida de los pocos que tienen trabajo y, los que no lo tienen, pasan directamente a la mendicidad. Pero como se considera que la responsabilidad es individual, nadie se ocupa de estos parias modernos. Es más, se hace recaer la responsabilidad de su situación sobre ellos mismos y se los criminaliza. Por supuesto, los delitos de guante blanco, que son los que realmente afectan al tejido social, son castigados con penas ridículas, cuando directamente ni se los contempla en el sistema penal.
          Por supuesto, esto es una aberración. Primero, y sobre todo, porque es injusto. Y segundo, porque no hay una sola estadística que demuestre correlación entre mayor represión y desaparición del delito. Pero eso no importa. El estado neoliberal ha captado la normal sensación de inseguridad por el futuro que sentimos los ciudadanos medios, el miedo a no poder dejarle nada a nuestros hijos, el miedo a la inestabilidad laboral, al despido, a las bajadas de sueldo, al paro, etc... y lo ha reconducido hacia sensación de inseguridad por la delincuencia, cuando, en rigor, el número de delitos no sólo no ha aumentado en los últimos años, sino que ha descendido.

           Pensar que esto es sólo una cuestión americana, que nos toca muy de lejos y que estamos a salvo en Europa, baluarte del bienestar, es un error grave. Sólo hace falta ver las nuevas leyes con las que nos amenazaba el gobierno: en Madrid se pretendía multar a los mendigos por dormir en la calle, leyes antimanifestación, los profesores nos convertimos en autoridad como si fuésemos policías y otras muchas más que ahora no recuerdo. En lo que me toca más de cerca, casi todos los días oigo hablar de lo peligrosos que son Resistencia Galega, a los que las autoridades del estado no dudan en llamar grupo terrorista. No soy sospechoso de simpatizar con Resistencia Galega. Por si acaso lo repito: no estoy de acuerdo en nada con ellos. Pero decir que unos chavales que quemaron cuatro cajeros y tiraron un cóctel molotov a la sede del PP son una amenaza social creo que es decir mucho.  Blesa, Rodrigo Rato, Méndez y ese larguísimo etcétera de banqueros que se dedicaron a hacer economía de casino -por cierto, fue Clinton el que permitió que la banca tradicional se metiera en cuestiones financieras- han resultado ser mucho más dañinos, y, en caso de que los condenen, dudo mucho que les apliquen la ley antiterrorista. Y repito que no me caen nada bien los de Resistencia Galega.



  
       Si a alguien le interesa esta tema, recomiendo leer Parias urbanos, El estado de la inseguridad social o Cárceles de la miseria.

domingo, 20 de abril de 2014

Tetralogía de parias contemporáneos I: Owen Jones. Chavs: La demonización de la clase obrera.

Tetralogía de parias contemporáneos I:
Owen Jones. Chavs: La demonización de la clase obrera.







                Owen Jones es un periodista, no un antropólogo, filósofo o sociólogo. Si uno espera encontrar en este libro grandes teorías, acabará defraudado. Pero sin duda merece la pena
Owen Jones. Ojo a su cara de buen chico.
leerlo porque, aunque no diga nada que no hayamos oído ya, sistematiza el pensamiento político de lo que debería ser la izquierda contemporánea y argumenta con datos. Además, está muy bien escrito.
                Chav es un término que se utiliza en inglés para referirse a jóvenes de clase baja, violentos, con tendencias delictivas, semianalfabetos, borrachos, aficionados a las drogas, desempleados y sin intención de buscar trabajo, beneficiarios de lo poco que queda del estado del bienestar. En España hay muchos términos para referirnos a nuestra versión autóctona de los chavs: canis, quillos, malotes, garrulos, ninis... Los hay en prácticamente todos los países de la Europa occidental, cada cual con sus diferentes nombres y pequeñas variantes propias.


chavs

                Owen Jones comienza el libro contando una anécdota en la que un grupo de universitarios hacen comentarios despectivos sobre los chavs. Él se sorprende y piensa que, si alguien hubiese hecho un chiste sobre negros, judíos, gitanos, musulmanes o mujeres, se hubiese encontrado con una respuesta airada e inmediatamente lo hubiesen tachado de racista o machista. Sin embargo, nadie hace ningún comentario sobre un chiste que encubre un profundo desprecio de clase. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? Owen Jones sostiene que es el resultado de una campaña por parte de los poderosos que tratan de culpabilizar por su precaria situación a las víctimas de un sistema injusto. Es una respuesta arriesgada, porque todos nosotros –o nuestros hijos- hemos sido intimidados por canis en la discoteca, nos han atracado o tenemos que aguantarlos fumando porros y montando lío en el parque que hay delante de nuestra casa. Owen Jones no se arredra. Y da argumentos.
                Empieza analizando el papel de los medios de comunicación. La prensa, la televisión y la publicidad difunden una imagen de los chavs como si fuesen hordas alcoholizadas de delincuentes. Compara el caso de Madeleine MaCann y el de otra niña de clase baja que desapareció en 2008. Como era de esperar, la familia pobre no recibió ni la décima parte de atención que los McCann de clase media. Analiza series como Shameless o
Shameless
Little Britain, donde se caricaturiza a los chavs y le trasmiten de forma subliminal al espectador la idea de que son gente que bebe demasiado, fuma demasiado, come compulsivamente, se pelea, son racistas, tienen hijos siendo aún adolescentes y, en definitiva, son total y absolutamente irresponsables. Al mismo tiempo, todos los días nos levantamos con un crimen o delito protagonizado por alguien de clase baja, pero, dado que los pobres son millones de personas, estos no dejan de ser episodios aislados y, sin embargo, los medios, cada vez que tiene lugar un episodio de de este tipo, lo airean y lo repiten una y otra vez hasta hacer pasar un episodio aislado por norma. Y así se provoca el odio hacia los chavs.
                A continuación, da la razón por la cual Gran Bretaña ha llegado a esto: once años de tacherismo, el neolaborismo de Tony Blair y el actual gobierno conservador de David Cameron. Margaret Tatcher privatizó el país, acabó con los sindicatos e impuso una moral individualista que anulaba cualquier sentimiento de clase -creo recordar aquella frase suya de que la sociedad no existe, que lo único que hay son individuos y familias-. El laborista Tony Blair y su tercera vía, lejos de reconducir la política británica, ahondó en las diferencias de clase y la demonización de la clase obrera con su discurso de la meritocracia y de que las desigualdades reflejan las diferentes capacidades individuales. Todo esto es falso, por supuesto, y, si no me detengo a citar todos los argumentos en contra que da Jones, como, por ejemplo, las diferentes posibilidades de acceso a la educación, es porque son tan evidentes que no merecen la pena. El gobierno tory de David Cameron hereda encantado esta situación y añade leña al fuego difundiendo la idea de que la pobreza nos el resultado de un sistema injusto, sino de la mala educación. Un argumento más para demonizar a los pobres: si lo son, es porque no saben educar a sus hijos.

Foto que saqué de una página inglesa sobre chavs. Como se ve, no escogieron para hablar de ellos una estampa de una agradable comida familiar.

                ¿Y todo esto para qué? Pues para lo que sabemos todos: bajarle los impuestos a los ricos, subírselos a los pobres vía impuestos indirectos, acabar con lo poco que queda del estado del bienestar, privatizar y, en definitiva, hacer una auténtica y verdadera política de clase. En este caso, para defender los intereses y privilegios de la clase dominante.  
               Y ahí queda eso.
               Pero no quiero acabar sin comentar lo que dice en el Epílogo acerca de los disturbios que tuvieron lugar en Inglaterra cuando millares de chavs salieron a la calle a robar, quemar y saquear. Me llamó muchísimo la atención que los chavs sólo robaban zapatillas deportivas, iphones y cosas así. Nadie trató de saquear tiendas de muebles de diseño o tiendas de electrodomésticos, donde, sin duda, hubiesen podido obtener un botín de más dinero. La respuesta de Owen Jones, que creo que es acertada, es que vivimos en una sociedad consumista. Los artículos de prestigio social son la ropa y los teléfonos móviles. Los chavs ni se plantearon qué podrían hacer con una encimera Silestone.

             Y para terminar, una reflexión personal sobre estos disturbios. En mi opinión, son el equivalente de las huelgas salvajes de finales del siglo XIX y principios del veinte. En aquellos tiempos, el capitalismo era un capitalismo productivo. Lo que se producía se vendía y hacía falta gente que trabajase en las fábricas. Cuando la clase obrera se sublevaba, lo hacía para reivindicar mejoras en lo que la sociedad consideraba útil, en aquel momento el trabajo. Hoy en día el capitalismo no es productivo, sino financiero. La tecnología y la deslocalización de la producción al tercer mundo han expulsado a los trabajadores occidentales de las fábricas. Lo importante ahora no es producir, sino vender. Es decir, consumir. Y cuando los chavs se sublevan en Inglaterra, reivindican lo que la sociedad considera útil: roban artículos de consumo. Huelgas y saqueos no son más que diferentes expresiones del descontento social. Hablaré más sobre este tema en la segunda parte de esta tetralogía cuando comente a Bauman. (Bauman. Parias

miércoles, 9 de abril de 2014

John Gray. No hay Venus sin Marte… ni Marte sin Venus.





                John Gray nos amenaza con su enésima chorrada sobre hombres y mujeres. No lo juzgaré por estirar todo lo que puede las tonterías que nos contó en Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus –yo dejé de contar a los diez libros publicados-. 

                Tampoco lo juzgaré porque sus teorías son un disparate se mire por dónde se mire. No me hace falta citar los millones de estudios de antropología de
John Gray
género en los que se demuestra con una cantidad abrumadora de pruebas que los roles de género son aprendidos, es decir, culturales.

         Tampoco diré nada de que sus libros son horriblemente conservadores. Difunden una idea de que las mujeres son naturalmente pasivas, seres que buscan empatía y darle al pico todo el día para sentirse realizadas; y que los hombres somos seres activos, competitivos, que necesitamos alcanzar objetivos para darle sentido a nuestras vidas. 

         Ni diré nada de que la experiencia cotidiana nos dice que las grotescas generalizaciones de John Gray son eso, grotescas generalizaciones. Según este autor, cuando tu mujer te dice que ya no la sacas nunca a bailar, no está diciendo eso, sino que te está mandando el mensaje cifrado de que te quiere mucho, que aprecia muchísimo lo que haces por ella, lo mucho que la atiendes y la tienes en cuenta y que esa noche le apetecería salir a bailar. Pues yo no sé cómo será la comunicación en clave del matrimonio de Gray, pero cuando mi mujer Ana me dice "no me sacas nunca a bailar", me quiere decir exactamente eso: que no la saco nunca jamás a bailar, porque no me gusta dar piruetas como un subnormal al ritmo de una música que odio. Tal y como lo plantea este chamarilero, la comunicación entre hombres y mujeres es un juego de símbolos, alusiones veladas, dobles sentidos e intenciones ocultas digno de un diplomático decimonónico. Si todo esto fuese cierto, la convivencia sería absolutamente imposible, además de generar una tensión insoportable en la pareja. Yo no sé a vosotros, a pero a mí pensar que cada vez que Ana y yo hablamos es como una partida de ajedrez, me agobia bastante.

         Esta falta abrumadora de rigor intelectual puede disculparse si atendemos a la extensa y profunda formación de este pensador, abalada por las instituciones más prestigiosas:

              1) Fue unos años a la Universidad de Santo Tomás y a la de Texas, donde no consiguió ningún título.

                     2) Vivió ocho años como un monje hindú en Suiza.

                3) Títulos de BA y Maestro en “Inteligencia Creativa” de la Universidad Maharishi Europeo de la Investigación –creo que esto es un título de yoga o algo así-.

               4) En 1997 obtuvo el doctorado en la Columbia Pacific University, institución no acreditada para la educación a distancia y que tuvo que cerrar por dicho motivo en 2001, cuando el juzgado dictaminó que esta escuela concedía excesivo crédito a estudiantes que no cumplen con los requisitos para obtener un título. 

                (La fuente de este currículum es la Wikipedia)
                
                 Lo que no tolero es que nos vuelva a bombardear con cursilerías como:

                “Para experimentar satisfacción debe comenzar a vivir su vida estimulado por el amor. El hecho de sentirse inspirado para dar en forma libre y desinteresada lo libera de la inercia de la autogratificación, desprovista de la atención de los demás. Aunque aún necesita recibir amor, su mayor necesidad es dar amor.
                La mayoría de los hombres no solo están deseosos de dar amor sino que tienen sed de él. Su mayor problema es que no saben lo que se están perdiendo. Pocas veces vieron a sus padres lograr satisfacer a sus madres. Como resultado, no saben que una gran fuente de satisfacción para un hombre puede surgir del hecho de dar.”
(Las hombres son de Marte y las mujeres son de Venus)


                Si a mi mujer se le ocurriese, aunque sólo fuese por un momento, comportarse de acuerdo a las directrices de este mentecato, juro que le pido el divorcio en el acto.  

                   Y lo peor de todo es que es tipo se ha forrado a lo bestia con cosas como esta. Me corroen a partes iguales la envidia y la indignación.

lunes, 3 de marzo de 2014


En contra de la superstición de la cultura como deber del ciudadano.


            Después de releer el artículo “De qué hablamos cuando hablamos de integrar”, me quedé un poco preocupado por si pudiese interpretarse como un canto a las excelencias de nuestro discurso cultural occidental. Por eso he decidido dejar un par de cosas claras:

            Primero:

            Que siempre haya un discurso hegemónico no quiere decir que ese discurso sea  monolítico e inamovible. Si eso fuese así, seguiríamos viviendo como en la Edad Media. Ya he repetido hasta la saciedad que las sociedades son entes heterogéneos en los que conviven diferentes facciones culturales tratando de imponer su discurso. Incluso el discurso de una facción sufre variaciones a lo largo del tiempo fruto de las presiones y de cambios externos como pueden ser, por ejemplo, avances tecnológicos o nuevos descubrimientos. Nuestro deber como ciudadanos es tratar de que el discurso hegemónico se adecúe lo más posible a esos valores éticos universales a los que he aludido veladamente en repetidas ocasiones. La libertad, la tolerancia, la no violencia, etc… son valores universales que están más allá de las culturas. Cualquier antropólogo relativista me dirá que la libertad, la tolerancia y la no violencia son valores culturales y que considerarlos como universales es etnocéntrico, por lo que hay que respetar cualquier manifestación cultural porque yo no puedo juzgar el significado de esa práctica desde fuera de su cultura. Le reconozco ciertas cuotas de verdad a estos argumentos. Ya he sacado a colación en repetidas ocasiones a los yanomamo, una etnia indígena que vive desperdigada por el Amazonas, entre lo que hoy en día es Venezuela y Brasil, considerada como uno de los grupos étnicos más belicosos de la historia. Entre los yanomamo la no violencia no sólo no es un valor ético positivo sino, muy al contrario, cualquier gesto en ese sentido es severamente reprendido como cobardía, lo que nos lleva a concluir que la no violencia no es un valor ético universal, sino que está determinado por la cultura. Cierto. Pero esto no quiere decir que la no violencia no sea deseable. Desde finales del siglo XIX, con el auge de los nacionalismos, se ha dado una hipervaloración de lo cultural, como si cualquier fenómeno, sólo por el hecho de ser cultural, fuese respetable. Esto es una superchería de lo más perniciosa. Como todo en la vida, hay prácticas culturales buenas y prácticas culturales malas. Buenas son aquellas que le hacen el bien a nuestros semejantes y malas son aquellas que acarrean el mal. Lo siento mucho por los yanomamo, pero por mucho que los relativistas insistan en ello, no veo en qué beneficia a sus congéneres ser atacados por una aldea vecina, asesinados los hombres y las mujeres raptadas como botín de guerra. Me importa un pito que sea una práctica cultural. Es una práctica cultural negativa y por eso debe erradicarse. Lo mismo sucede con la ablación femenina. Esta práctica cultural, que se da en ciertos territorios musulmanes a pesar de que está prohibida por el Islam, consiste exactamente en la mutilación genital femenina. Esta mutilación puede darse de diversas formas y va desde la amputación del prepucio del clítoris a la circuncisión faraónica, que llega hasta la extirpación del clítoris, los labios menores y mayores y un posterior cosido de la zona hasta dejar un orificio minúsculo para la evacuación de la sangre y la orina. Aunque la fuente sea la Wikipedia, al loro con la descripción de esta práctica que hace Amnistía Internacional:

                Sientan a la niña desnuda, en un taburete bajo, inmovilizada al menos por tres mujeres. Una de ellas le rodea fuertemente el pecho con los brazos; las otras dos la obligan a mantener los muslos separados, para que la vulva quede completamente expuesta. Entonces, la anciana toma la navaja de afeitar y extirpa el clítoris. A continuación viene la infibulación: la anciana practica un corte a lo largo del labio menor y luego elimina, raspando, la carne del interior del labio mayor. La operación se repite al otro lado de la vulva. La niña grita y se retuerce de dolor, pero siguen sujetándola. La anciana enjuga la sangre de la herida y la madre, así como las otras mujeres, "verifica" su trabajo, algunas veces introduciendo los dedos. La cantidad de carne raspada de los labios mayores depende de la habilidad "técnica" de quien opera. La abertura que queda para la orina y el flujo menstrual es minúscula. Luego, la anciana aplica una pasta y asegura la unión de los labios mayores mediante espinas de acacia, que perforan el labio y se clavan en el otro. Coloca tres o cuatro a lo largo de la vulva. Estas espigas se fijan con hilo de coser o crin de caballo. Pero todo esto no basta para asegurar la soldadura de los labios; por eso, a la niña la atan desde la pelvis hasta los pies. Le inmovilizan las piernas con tiras de tela.

            Esto está mal porque provoca serios perjuicios a la niña.

            Podíamos seguir con la lista de prácticas culturales nocivas. Podríamos, por ejemplo, hablar de los sacrificios humanos entre los aztecas o del canibalismo de los indios caribes, que atacaban a sus vecinos arawak para conseguir botín y, de paso, capturaban a sus niños, los castraban y los criaban para comérselos luego, como si de bueyes cebones se tratase. Pero creo que con los casos extremos de la ultraviolencia entre los yanomamo y la ablación de clítoris ya es suficiente.

            Que todos los ejemplos analizados hasta aquí sean de culturas diferentes a la nuestra es sólo por claridad expositiva. Si hubiese escogido prácticas culturales nuestras no nos hubiesen parecido aberraciones porque hemos convivido tanto tiempo con ellas que han acabado por parecernos normales. Pero pensad, por ejemplo, en una costumbre tan occidental como la de vivir hacinados en monstruosas urbes. Como consecuencia de la Revolución Industrial, el campo se despuebla de trabajadores que acuden a las ciudades en busca de empleo en las nuevas fábricas. Este movimiento se acentúa desde mediados del siglo XX con la revolución de las nuevas tecnologías y hoy en día tenemos a millones de personas viviendo en capitales. Como somos muchos y no hay espacio para todos, el precio del suelo se dispara. Los trabajadores menos asalariados –que son la inmensa mayoría- no pueden pagarse una vivienda cerca de su puesto de trabajo y tienen que desperdiciar horas diarias desplazándose para trabajar, con la considerable merma del tiempo que pueden disponer para sí mismos y para su realización personal. A esta nefasta práctica que atenta contra la felicidad del individuo –difícilmente uno puede alcanzar la felicidad levantándose a las seis de la mañana para pasar una hora encerrado en el metro hasta llegar a un trabajo alienante en el que pasa entre ocho y nueve horas para volverse a meter al final de la jornada otra hora de metro y llegar a casa lo suficientemente cansado para no pensar que el día de hoy ha sido exactamente igual al de ayer, al de mañana y al de los próximos treinta años- hay que sumarle el desperdicio de energía en coches, metros y trenes, lo que nos obliga a hacer un uso abusivo de las energías fósiles que amenaza con destruir el planeta.

            En otro artículo hablé o hablaré de la economía en el sistema de capitalismo de consumo. La economía, como la política o la religión, forma parte de la cultura. Y no se me ocurre un ejemplo más claro de una práctica cultural nociva que la organización económica que surgió de la cultura capitalista occidental, que deja un porcentaje despreciable por ínfimo de ricos, que condena a ingentes masas de población a la pobreza y que a aquellos que tenemos la suerte de tener un trabajo se nos requiere que pasemos cuarenta horas semanales –la mayor parte de nuestra vida- realizando un trabajo alienante a cambio de un sueldo que nos permite malamente pagar la vivienda, la manutención y, si hay suerte, un mes de vacaciones en alguna localidad costera. Eso, por no hablar de un sistema que requiere continuamente de nosotros que compremos cosas que no necesitamos sólo para que la cadena de producción consumo siga funcionando.

            Volviendo al origen de esta argumentación, nuestro deber como ciudadanos pasa por luchar para que el discurso hegemónico se acerque lo máximo posible a esos valores universales que nos hacen la vida mejor a todos los seres humanos. Para ello, en numerosas ocasiones, habremos de enfrentarnos a determinadas prácticas culturales que atentan contra este bienestar y que chocarán contra los paladines del relativismo que, apelando paradógicamente a otro valor universal, el respeto, tratarán de preservar cualquier práctica cultural, independientemente de su naturaleza.

            Segundo:

            Las cosas no son siempre blancas o negras. Que luchemos por imponer un discurso hegémonico no quiere decir que deseemos que todos los ciudadanos sean uniformes, fotocopias unos de otros. Precisamente, uno de los valores universales de ese discurso hegemónico es el respeto por las diferencias y la libertad individual, siempre y cuando uno no se le haga daño a los demás. Si la expresión de esas diferencias es inocua para la sociedad, esta debe velar porque puedan ser expresadas, ya que el respeto y la libertad son valores universales de ese discurso hegemónico al que debemos aspirar. Que un individuo hable en gallego, castellano, catalán o euskera no afecta en principio a la libertad de los demás, siempre y cuando se respete el derecho del otro a hablar en lo que le dé la gana. Una afirmación como esta, tan genérica, estoy seguro de que satisfará a todo el mundo, tanto a aquellos posicionados dentro del llamado nacionalismo periférico, como al nacionalismo españolista. El problema viene cuando la sociedad se plantea el medio por el cual alcanzar esa libertad lingüística. Por eso digo que las cosas no son siempre blancas o negras. Es muy fácil posicionarse con casos extremos como lo que cité antes de la ablación o el canibalismo. Pero una vez que hemos acordado que todos tenemos derecho a hablar en la lengua que nos venga en gana, surge el problema de cómo conseguirlo. En este sentido puedo contar una anécdota que creo que es muy significativa:

            Hará cosa de un par de años me encontré con una antigua alumna en la Universidad de Coruña. Esta alumna procedía del medio rural y yo le di clase en un instituto en el que no se oía una sola palabra en español. No era una opción política, sino que su lengua materna era el gallego y los alumnos no se sentían cómodos hablando en castellano. Repito que no era una cuestión política. En alguna ocasión, como soy profesor de lengua castellana, les pedía que intentasen hablar en castellano, aunque fuese sólo durante la hora de clase. La respuesta era unánime e inamovible: No. Sin embargo, repito que no era una opción política. Cuando hace años, tuve que dar la clase de tutoría en gallego, ellos mismos me pidieron que lo hiciese en castellano, aunque ello contraviniese la ley, porque era evidente que mi expresión en gallego resultaba forzada. Pues bien, años después, me encontré a una de estas alumnas en la Universidad, en Coruña, donde el castellano es la lengua dominante. Y cuál sería mi sorpresa cuando esta chiquita, en presencia de todos sus nuevos compañeros de clase, se dirigió a mí en castellano. Es evidente que no eligió en libertad. Las presiones sociales y los prejuicios la coartaron. Lo lógico, por tanto, sería implementar políticas de discriminación positiva para que los gallego hablantes no vean coartada su libertad porque, como es lógico deducir, la libertad no se ve menoscabada sólo por la prohibición o la represión directa, sino que, con mucha más frecuencia, es la ley no escrita la que rige nuestros comportamientos. Sin embargo, estas políticas de discriminación positiva que llevaron a cabo los miembros del gobierno bipartito que estuvo al mando de Galicia desde 2005 a 2009 hicieron que un alto porcentaje de la población urbana gallega se sintiese agredida en sus derechos de castellano hablantes. Prueba de ello es que el partido conservador recuperó la mayoría en las capitales de provincia, tradicionalmente castellano hablantes, con una única propuesta electoral: que dejaría escoger a los padres el idioma en que se educaría a los niños en las escuelas. Apenas se habló de economía, el medio agrario o política marítima, tan importantes para Galicia. El tema se centró única y exclusivamente en la lengua. El partido conservador excitó a las masas urbanas que se sentían discriminadas en su condición de hablantes de castellano y ganó con una mayoría absoluta arrolladora. Por supuesto, el partido conservador no cumplió su promesa electoral. Se limitó a pasar una encuesta a los padres y siguió con una educación uniforme para todos los alumnos, eso sí, disminuyendo el número de horas impartidas en gallego en favor del castellano y el inglés. Pero ese es otro tema. El caso es que las políticas de discriminación positiva para preservar los derechos de los gallego hablantes hicieron que gran parte de la población se sintiese descontenta.

            La solución a un problema como el que acabo de enunciar y a otros similares, como podría ser la libertad de culto o el acceso al trabajo de las poblaciones de origen inmigrante pasa, como es lógico, porque los poderes públicos ejerzan con responsabilidad, dialoguen y todos cedan para llegar a un acuerdo. Desgraciadamente, en el sucedáneo de democracia que tenemos a los partidos les importa bastante antes detentar el poder que el gobierno responsable de los ciudadanos y no dudan en hacer campañas manipuladoras, llenas de medias verdades, cuando no de mentiras flagrantes, para ganar las elecciones.