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martes, 2 de septiembre de 2014

Saskia Sassen: La ciudad global y ¿Perdiendo el control? La soberanía en la era de la globalización.




    Después de dedicarle un post a Richard Sennett, le toca uno a su esposa, que es, al menos, tan interesante como él. Si buscáis a Saskia Sassen en internet, veréis que es una neerlandesa, que actualmente es profesora en la universidad de Chicago y a la que dieron el premio Príncipe de Asturias a las Ciencias Sociales el año pasado. 

     Quizá los dos libros más importantes de Sassen sean La ciudad global y ¿Perdiendo el control?, aunque últimamente ha estado publicando bastante, aunque muchas de las cosas que dice hoy en día son continuaciones de lo ya esbozado en estos dos ensayos.
     En La ciudad global Sassen sostiene que la globalización y el consiguiente crecimiento de los mercados financieros, el aumento exponencial del comercio internacional de servicios y de los flujos de capital internacionales provocó la aparición de un nuevo concepto de ciudad, la ciudad global. Antes de la globalización, la actividad comercial giraba en torno a las zonas industriales que, a su vez, se circunscribían a los estados nación. La globalización supuso dos cambios fundamentales en este sentido. En primer lugar, la producción se desterritorializó. Las fábricas se reparten por el mundo entero sin ningún tipo de trabas,
instalándose allí donde les es más barato producir. Sin embargo, esta desterritorialización de la producción no tuvo su proyección en en los centros de toma de decisiones económicas y de mando. Lejos de extenderse a lo largo y ancho del planeta, los centros de poder se han concentrado en grandes urbes conectadas entre sí a tiempo real gracias a la revolución de los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías. Las decisiones económicas anteriormente se tomaban cerca de la fábrica, allí donde estuviese esta. Hoy en día, la economía mundial se mueve desde un puñado de ciudades, Londres, Nueva York, Frankfurt, Sidney, Tokio, etc....






     Aunque Sassen no la usa, la metáfora de las capas de cebolla para explicar la estructura económica y social de las ciudades globales creo que es muy útil. En el centro, están las clases poderosas que toman las decisiones económicas que determinan la economía del mundo entero. Alrededor de estos grupos de poder, surge todo un sector servicios destinado a cubrir las necesidades y satisfacer los deseos de los individuos que rigen el
mundo desde estas megaurbes. Las necesidades de estas clases dirigentes son cubiertas por una amalgama de empresas jurídicas, financieras, contables, publicitarias, aseguradoras, etc.., mientras que los deseos de lujo y ocio lo son por un sector comercial de alto nivel, como vivienda, arte, gastronomía, moda, etc...En una tercera capa, aparece un sector manufacturero muy degradado que se desplaza por el mundo en función de las oportunidades de trabajo.

      En ¿Perdiendo el control? Sassen analiza el papel que los viejos estados nación desempeñan en mundo actual. Según ella, el viejo estado nación, garante de los derechos del ciudadano, ha desaparecido. En su lugar, ha surgido un nuevo estado nación, que apenas si pinta nada en las decisiones económicas que se toman a nivel global, pero que se encarga de facilitar en todo lo posible que estas decisiones se tomen sin ningún tipo de trabas, aunque ello supongo degradar las condiciones de vida de sus ciudadanos. Así, el estado nación moderno se ha convertido en un garante de los derechos de la propiedad y los contratos y en un instrumento de eliminar cualquier traba que pueda encontrar el capital en su afán de hacer negocios. Cinco factores son fundamentales a la hora de llevar a cabo estos objetivos:
       1) La importancia de la autonomía de los bancos centrales.
       2) Las políticas antiinflaccionistas.
       3) La paridad monetaria.
       4) La condicionalidad del FMI
   5) Y, sobre todo, los impulsos a la privatización de cualquier ente público y la desregulación laboral -el sobre todo es mío-.
     Especialmente interesante es el análisis de las migraciones. Ella sostiene que, frente al discurso dominante de que la inmigración es un problema del país de origen, es decir, que los inmigrantes abandonan su país porque en este no pueden satisfacer sus necesidades vitales básicas -trabajo digno, seguridad, vivienda, etc...-, existe una realidad bien distinta.
Los países receptores de inmigrantes tienen unos parámetros bien establecidos para recoger e insertar a estos inmigrantes en la estructura económica. Los inmigrantes ocupan puestos de trabajo que no quieren ser desempeñados por trabajadores autóctonos -cuidando ancianos, camareros, construcción, prostitutas- y, como no tienen papeles, carecen de derechos laborales. Surge así, alrededor de ellos, una economía informal o, en el caso de la prostitución, ilegal. Esta economía sumergida e ilegal, lejos de ser una carga para el sistema como no paran de repetirnos nuestros gobernantes -Montoro queriendo sacar dinero de donde sea y de culpabilizar a cualquiera que no sea un político y un banquero de la crisis es un escándalo-, está perfectamente integrada. Es más, es hasta necesaria, porque reduce los costes de producción, favorece la flexibilidad y la desregulación de los trabajadores nativos y ayuda a mantener a los trabajadores con sueldos elevados. Si no fuese por los inmigrantes sin papeles, la agricultura andaluza, por ejemplo, sería insostenible. Y, también por ejemplo, gracias a esta economía informal de inmigrantes, muchos trabajadores de clase media pueden permitirse contratar a alguien para que cuide de sus familiares mayores. Además, cada vez que nos bajaron el sueldo, teníamos el miedo de que, si no tragábamos, podía hacerlo un ecuatoriano o un boliviano por la mitad que nos pagan a nosotros. 






      Como decía, esta economía informal es necesaria para el mantenimiento del sistema económico. De ahí que, según Sassen, desde los años 80 se hayan llevado a cabo políticas a nivel internacional que favorecen las migraciones. Por eso la deuda externa se utiliza como excusa para políticas neoliberales de privatización de servicios públicos, recortes de gastos sociales, pérdida de derechos laborales, bajadas de sueldos, derrumbe de las pequeñas y medianas empresas, aumento del paro y la pobreza, mayor concentración económica, etc... que aseguran el abastecimiento regular de trabajadores baratos informales.
        De la mano de todos estos cambios, el concepto de ciudadanía se ve redefinido. Anteriormente, había una vinculación directa entre ciudadano, sus derechos y el estado que le garantizaba esos derechos. Actualmente, se está dando un proceso de desnacionalización de la ciudadanía, ya que los estados nación modernos están perdiendo su legitimación al no salvaguardar los derechos de sus ciudadanos que, por esta razón, dejan de identificarse con ellos. Sassen habla de "presencias" para explicar el nuevo concepto de ciudadanía aplicable a los migrantes sin derechos reconocidos. Según ella estos migrantes son ciudadanos de la ciudad global. Poseen una ciudadanía de facto, ya que, aunque carecen de poder político, sí actúan en el terreno público y así adquieren el reconocimiento del resto.





      Y ya para terminar, que esto puede quedar demasiado largo, hay que dedicarle un párrafo a las opiniones de Sassen sobre la mujer en este sistema económico mundial. Sassen llama a todos estos trabajadores informales "clases de la servidumbre". Estas clases de la servidumbre están formadas, fundamentalmente, por inmigrantes y mujeres. La mayoría de las mujeres se dedican a trabajos domésticos, como hacer de enfermeras, mucamas o señoras de la limpieza, enfermeras, etc... El trabajo doméstico que antes recaía en la esposa, ahora sigue recayendo en mujeres, con la salvedad de que ahora lo hacen otras mujeres mal pagadas. El sistema patriarcal sigue vigente.

Saskia Sassen como si fuese a atacar

viernes, 22 de agosto de 2014

Petros Márkaris: Kostas Jaritos



     En Julio alguien me sugirió que podía hacer una crítica de Petros Márkaris porque estaba en la cresta de la ola y eso tal vez atrajese gente a mi blog. Luego añadió "es una sugerencia". Y yo ahora aprovecho para deciros que, además de sugerencias, acepto peticiones. Como los que me leéis sois casi todos gente que conozco personalmente, no sólo no me importa, sino que me motiva. Con la saga de Kostas Jaritos tardé un poco porque son nueve novelas. 
    Centrándonos en Petros Márkaris y no en las estrategias publicitarias de mi blog, lo primero que tengo que decir es que me sorprendió realmente enterarme de que Petros Márkaris, que ha alcanzado la fama mundial como escritor de novela negra, es o fue estrecho colaborador de Theo Angelopoulus, porque pocas cosas en el mundo se parecen menos que La eternidad y un día o La mirada de Ulises y la saga de Kostas Jaritos. Por si esta versatilidad no fuese suficiente, resulta de Márkaris también es dramaturgo, economista y escribió una serie de artículos sobre la crisis griega para Alemania. Esto es un punto a su favor, porque no es fácil tocar tantos palos y hacerlo dignamente. 
     La saga de Kostas Jaritos es una serie de novelas negras protagonizadas por Jaritos, un detective funcionario de la policía griega que, novela a novela, va ascendiendo en el escalafón. Por ahora, la saga consta de nueve títulos. Las seis primeras no se apartan un punto de las convenciones de género:
     - Un crimen, que debe ser resuelto.
     - Un detective con una personalidad particular. 
     - Una narración trepidante, con muchos cliff-hungers (picos de tensión no resueltos).
   - Se le esconde información al lector, de modo que la acción avanza a medida que el detective, y con él el lector, va descubriendo esa información.
      - Una pista falsa a mitad de novela, que despista un poco.
     - Una resolución final donde se enlaza todo y donde se sorprende al lector con un culpable inesperado.
    - Breves interludios en los que la resolución del crimen deja paso a la vida personal del detective.
       Como digo, las seis primeras novelas no se apartan un punto de estas convenciones. Y tienen la rara virtud de no caer en la exageración o intentar darles vueltas al género para sorprender al lector. Kostas Jaritos, como todo detective del género negro, tiene un pequeña particularidad: lee diccionarios. Pero no va más allá. Con eso basta. Si lo hubiese exagerado más, como por ejemplo en True Detective, podría haber construido un personaje inverosímil. Pero no lo hace y Jaritos es tremendamente humano, cercano al lector.
      La narración es muy, muy rápida. Márkaris cuenta lo justo que tiene que contar. Ni se entretiene con prolijas descripciones, ni nos marea con subtramas que no vienen a cuento. En este sentido, una de las cosas que más me gusta es que no se recrea contándonos la vida de Jaritos, ni nada de eso. Da los datos justos. En la primera novela está peleado con su mujer, quiere mucho a su hija, es un perro viejo en el cuerpo lo que le vale la continua acusación de facha y poco más.
        Puestos a ponerle pegas a las primeras novelas de la serie, la resolución del crimen es un poco chapucera. Quiere mantenerse fiel a esa convención del género de sorprender al lector con el final. Pero Jaritos es un policía que investiga en Atenas, de modo que los sospechosos son todos sus habitantes. Para sorprender al lector es necesario que este mismo lector haya conocido antes al asesino y resulta un poco forzado que, de los no sé cuántos millones de habitantes que tiene Atenas, el asesino vaya a ser ese señor con el que habló el comisario a principio de la novela. 
      Las tres últimas novelas de la saga son las que le han dado más fama. En ellas, la investigación policíaca se mezcla con la crisis económica, que se ceba especialmente con Grecia. En la séptima novela -Con el agua al cuello-, la crisis es el marco, el contexto en el que tienen lugar los crímenes. No tengo nada en contra de eso y la verdad es que esta novela se lee muy bien, al menos tanto como las seis primeras. El problema de la octava -Liquidación final- y de la novena -Pan, educación y libertad-, es que la crisis económica y sus consecuencias cada vez tienen más peso. Deja de ser el contexto, para ser uno de los temas fundamentales. Y eso lastra mucho la narración. Ya no va como un tiro. Hay grandes interludios, especialmente en la última, en los que Márkaris habla de cómo vive la gente, qué hace, qué dice, y pasa olímpicamente del crimen. No debemos olvidar que son novelas de género. Lo que el lector quiere es lo de siempre. Si quería hacer una novela social, me parece perfecto. Que la haga. Pero mezclar el crimen con la reivindicación política a veces resulta un pegote. De hecho, en la novena creo que el crimen directamente sobra. El contexto de Pan, educación y libertad es un escenario de política ficción en el que España, Grecia e Italia han abandonado el euro. Los griegos las están pasando canutas y surgen movimientos de extrema derecha muy violentos, continuas protestas sociales, etc... La conexión entre esto y los crímenes es un tanto difusa. Hubiese sido más honesto que Márkaris hubiese utilizado a sus personajes, ya conocidos por todos, para contar cómo es su vida es este escenario ficticio, que forzar la trama para meter un crimen que al final acaba importando un pepino.
     En cualquier caso, tampoco quiero cebarme con esto. También es interesante leer cómo los griegos se enfrentan a la crisis y comprobar que las reacciones son exactamente igual que en España.
     

martes, 19 de agosto de 2014

Richard Sennett: La cultura del nuevo capitalismo.




    Sennett es un pensador muy interesante. Hasta ahora había leído dos libros suyos, Respeto y La corrosión del carácter. En ambos desarrollaba ideas muy sugerentes, aunque, en mi opinión, le pasaba lo que a muchos sociológos/antropólogos hoy en día: tienen una idea muy buena, pero no da para un libro. Entonces la estiran y la estiran hasta que tienen las cuatrocientas páginas prescritas tácitamente para un ensayo y así pueden colocar su libro en las estaterías de la FNAC y La casa del libro y sacarse unas buenas pelas. Con esto no quiero decir que Respeto y La corrosión del carácter no estén bien. Lo están. Simplemente me parece que podía haberse ahorrado unas cuantas páginas. 
    En cualquier caso, La cultura del nuevo capitalismo está cojonudo lo mires por donde lo mires. Expone un montón de ideas fantásticas, está muy bien explicado, es sencillo y lo hace breve -apenas llega a las doscientas páginas-. Un montón de pensamiento bien condensado, bien explicado y muy ameno.

    Al principio del libro, Sennett avanza que la cultura del nuevo capitalismo se basa en tres pilares fundamentales:

a) El primero tiene que ver con el tiempo, pues consiste en la manera de manejar las relaciones a corto plazo, y de manejarse a sí mismo, mientras se pasa de una tarea a otra, de un empleo a otro, de un lugar a otro. Si las instituciones ya no proporcionan un marco a largo plazo, el individuo se ve obligado a improvisar el curso de su vida, o incluso a hacerlo sin una firme conciencia de sí mismo.
    
   Esta idea, más o menos, es la que desarrollaba en La corrosión del carácter. El nuevo capitalismo exige de los individuos que estén en cambio continuo. A lo largo de su vida cambiarán varias veces de empleo, de ciudad y, consiguientemente, de entorno y de amigos. Cada cambio acarrea una ruptura con los lazos creados, un desarraigo. Por el contrario, la identidad humana es, por definición, lo que es inherente al individuo, es decir, lo que permanece estable. De ahí que el nuevo capitalismo corroa el carácter del individuo, que acaba penando por la vida sin una identidad estable.

b) El segundo desafío tiene relación con el talento: cómo desarrollar nuevas habilidades, cómo explorar capacidades potenciales a medida que las demandas de la realidad cambian. Prácticamente, en la economía moderna muchas habilidades son de corta vida; en la tecnología y en las ciencias, al igual que en formas avanzadas de producción, los trabajadores necesitan reciclarse a razón de un promedio de entre cada ocho y doce años. El talento también es una cuestión de cultura. El orden social emergente milita contra el ideal del trabajo artesanal, es decir, contra el aprendizaje para la realización de una sola cosa realmente bien hecha; a menudo este compromiso puede ser económicamente destructivo. En lugar de esto, la cultura moderna propone una idea de meritocracia que celebra la habilidad potencial más que los logros del pasado.

    
    Aquí Sennett enlaza, en cierta manera, con El artesano. La izquierda hippie de los años sesenta-setenta, descalificaba cualquier forma de burocracia por considerarla alienante -léase Foucault, que, por otra parte, era su amigo-. En esto estaban de acuerdo con la derecha ultraliberal, así que se dio una progresiva desburocratización de lo público y lo privado, El Estado se vio reducido a un simple garante del comercio y las empresas privadas dejaron de ser enormes estructuras piramidales autosuficientes -Sennett pone el ejemplo de IBM-, para convertirse en algo más que un capital que se dedica a hacer subcontratas. Antes, una empresa constructora tenía miles de empleados, desde el jefe ejecutivo, al último peón que ponía ladrillos. Ahora sólo son un consejo de administración con un montón de pasta que consiguen un contrato y se dedican a desglosar el proyecto subcontratando: a otra empresa más pequeña le encarga la cimentación, a otra el cemento, etc... 
    Este proceso de desburocratización se vio complementado por el tratado de Breton Woods. Tras él, se abandona el patrón oro y entra en el mercado una cantidad de dinero abrumadora. La consecuencia directa es que los inversores ya no esperan al fin de año a que la empresa reparta beneficios, sino que es mucho más rentable comprar y vender en función de las expectativas de futuros dividendos. El valor de las acciones de una empresa ya no es el de los beneficios al final del año, sino la perspectiva de crecer que tenga. Las acciones suben y bajan no por una realidad, sino por una virtualidad. Por ello, es mucho mejor que la empresa sea flexible, que cambie constantemente, porque eso siempre augura futuribles, que es, a fin de cuentas, lo que le importa al inversor en bolsa. 
    Ambos aspectos, la desburacratización y la virtualidad del valor de la empresa, se reincide en el punto anterior, en lo que los adalides del neoliberalismo llaman flexibilidad, el cambio continuo. 
    Como comenté en un post anterior a propósito de los planes de empleo de Rajoy, el trabajo en occidente ha sufrido dos grandes reveses. En primer lugar, la globalización y la libre circulación de capital supone que las grandes empresas se lleven las fábricas a países del Tercer Mundo, donde es mucho más barato producir, con el consiguiente aumento del paro en los países desarrollados. En segundo lugar, los avances tecnológicos han llevado a que el trabajo que antes hacían diez, ahora lo haga uno. Más desempleo aún. Esto nos lleva a que en los países desarrollados haya enormes masas de población que es y se siente inútil. Jóvenes hiperpreparados sin empleo y gente de cincuenta años que se prejubila para contratar por la mitad de sueldo a alguno de esos jóvenes hiperpreparados. Además, estos cincuentones, debido a la naturaleza permanentemente innovadora del capitalismo del siglo XXI, se verían obligados a reciclarse, al menos, tres veces a lo largo de su vida. No hay tiempo para eso. No se espera a nadie. O eres hiperflexible o se contrata a otro. A un joven universitario de tu país o a un hindú con varias carreras que te hace el trabajo desde su país por internet a mucho menos de la mitad de precio.
    En El artesano, Sennett distinguía dos formas radicalmente opuestas de valorización del trabajo. Por un lado está el artesano, aquel que hace un trabajo simplemente por hacerlo bien. Esta era la forma de producción hasta la irrupción del capitalismo moderno. En el mundo actual, el artesano ha sido sustituido por la meritocracia. Se produce no por la satisfacción de hacer algo bien, sino que se hace a cambio de algo. Antes, cuando los cargos y las posiciones sociales eran heredadas, era impensable hacer, por ejemplo, unos zapatos para obtener un beneficio social. Ahora, en este mundo hiperflexible donde todo tiene un precio y todo debe cambiar a ritmo de vértigo, hacer algo por el placer de hacerlo bien resulta estúpido. Sennett ve en la meritocracia un peligroso discurso oculto, ya que sirve para justificar que existan grandes masas de población desfavorecida. Si son pobres, es porque se lo merecen, porque no tienen talento. Y Sennett se pregunta qué es eso del talento, qué significa merecer algo en el mundo contemporáneo. Su respuesta no puede ser más desoladora. Ahora que lo único que se valora es el cambio continuo, el talento también es virtual, potencial. No se valora algo por lo que es, sino por lo que puede llegar a ser. 



    Y así enlaza Sennett con el tercer desafío del hombre en el capitalismo moderno y vuelve a las ideas de La corrosión del carácter:


c) De ahí deriva el tercer desafío. Se refiere a la renuncia; es decir, a cómo desprenderse del pasado. Recientemente, la jefa de una dinámica empresa afirmó que en su organización nadie es dueño del puesto que ocupa y en particular que el servicio prestado en el pasado no garantiza al empleado un lugar en la institución. ¿Cómo responder positivamente a esta afirmación? Para ello se necesita un rasgo característico de la personalidad, un rasgo que descarre las experiencias vividas. Este rasgo de personalidad da un sujeto que se asemeja más al consumidor, quien, siempre ávido de cosas nuevas, deja de lado bienes viejos aunque todavía perfectamente utilizables, que al propietario celosamente aferrado a lo que ya posee.


    Ya hacia el final del libro, Sennett se detiene a analizar la naturaleza del consumo, ese fenómeno cultural tan característico de nuestra era. A grandes rasgos, hay dos teorías que explican por qué consumimos sin parar. En primer lugar, hay quienes defienden que el consumo es el resultado de la publicidad, que nos hace estar permanente insatisfechos con lo que tenemos, hambrientos de más. En segundo lugar, están los que hablan de la obsolescencia programada, de los mp3, los coches y las lavadores que vienen programados para no durar más que unos años y así tengamos que comprar otro nuevo y la rueda del consumo siga su aceleración inexorable. Pero ninguna de estas dos teorías convence a Sennett. En su opinión, el consumo es consecuencia de la cultura del nuevo capitalismo, de esta forma de pensar particular de los que formamos parte de esta cultura. Según él, consumimos porque se nos ofrece mucho más de lo que realmente vale el producto y mucho más de lo que nunca jamás llegaremos a utilizar. Ir en primera clase o tener un Audi no es cuatro veces mejor que ir en segunda o tener un Seat. La relación calidad-precio está totalmente desproporcionada. También compramos coches deportivos para ir a doscientos ochenta o por el desierto cuando, en el mejor de los casos, el 99% del tiempo lo usaremos en atascos. Y lo mismo con mp3, que tienen capacidad para almacenar una cantidad de música que seríamos incapaces de escuchar en una vida. El consumo masivo apela al mundo de la virtualidad, de lo que podría llegar a ser, como sucedía con el valor de las acciones de las empresas. El valor de lo virtual es una característica fundamental de la cultura del nuevo capitalismo.
     La política también funciona así. Se nos venden los presidentes y los partidos políticos haciendo énfasis en las diferencias, cuando en realidad son más o menos lo mismo. Las reformas laborales del PSOE y del PP iban encaminadas hacia lo mismo, la política territorial es muy semejante, Felipe González es el responsable de las SICAPS, la política migratoria apenas varía, etc.... De este modo, llegamos a un divorcio entre poder y responsabilidad. La democracia se articula sobre el patrón del consumo.
    Y Sennett cierra el libro haciendo una llamada a la reflexión y una vuelta al espíritu del artesano, que es lo que, en mi opinión, es lo más flojo del iibro. No sé hasta que punto se puede retomar un viejo valor. Pero, en cualquier caso, esto no puede desmerecer un ensayo muy interesante, muy bien escrito y que merece leerse sin duda alguna.

Sennett en plan intelectual

domingo, 15 de junio de 2014

Karl Polanyi: La gran transformación.






    La Gran Transformación es un ensayo antiguo, de 1944. Han pasado setenta años y aún así explica perfectamente la crisis económica actual y lo que podemos esperar de ella.
     Polanyi comienza su ensayo desmintiendo la tesis neoliberal de que el mercado autorregulado, libre y sin trabas es un fenómeno universal. Según Polanyi, la economía en las sociedades primitivas estaba incrustada en el resto del sistema social, es decir, era una parte subordinada a un todo. Polanyi no habla de él porque es varias décadas posterior, pero para explicar el modo en que la economía se incrusta en el resto del sistema social es muy significativo el estudio de los tsembaga que hizo Roy Rappaport en Cerdos para los antepasados. Los tsembaga viven de la agricultura y de los cerdos. El medio natural tiene una capacidad limitada para mantener a un cierto número de cerdos. Si el número de cerdos sobrepasa esa cantidad, se comen las cosechas, el suelo se degrada y la economía de subsistencia se cae. Al mismo tiempo el número de individuos que puede vivir en ese territorio también es limitado. Por eso, periódicamente, cuando el número de cerdos empieza a ser peligrosamente alto, los tsembaga hacen un ritual religioso -el kaiko- en el que se comen un montón de cerdos -controlan el número de cerdos por medio de un ritual religioso-, se van a la guerra contra sus vecinos -controlan el número de humanos por medio de la política-, y así se mantiene el mecanismo homeostático del medio. La economía -número de cerdos y agricultura-, la política -guerra- y la religión -el ritual del kaiko- están integrados en el sistema.
      Según Polanyi, en el siglo XIX surge la utopía liberal, que consiste en prometernos un
Karl Polanyi
paraíso en el que todos los hombres somos iguales, nadamos en la abundancia y, si trabajas y eres listo, ganas cosas. Como nos explica Max Weber, es una visión total y absolutamente calvinista del hombre y la existencia. Es el calling divino de los protestantes. Dios reconoce a los suyos en la tierra recompensándolos económicamente. Si eres rico, es porque eres virtuoso y Dios te ha reconocido por tu buen hacer. Esta forma de entender la existencia es el sumum del materialismo, ya que se identifica la felicidad y ser elegido por Dios con la posesión de bienes materiales. Si tienes cosas es porque eres bueno y Dios te reconoce; si eres pobre es porque eres malo y Dios pasa de ti. En una pirueta del razonamiento, se identifica la calidad moral con la posesión de bienes materiales. 
     El método para llegar a este paraíso donde los buenos nadan en la abundancia es el laisser faire, el libre mercado. Guiados por esta utopía, los empresarios capitalistas y los gobiernos dejan de intervenir en los mercados para que se autorregulen. De este modo, la economía se convierte en un ente autónomo al margen de la sociedad. Se guía por sus propias normas de la oferta y la demanda y así se fijan los precios. 
      El primer inconveniente que detecta Polanyi en este idílico mundo liberal, es que se acaban confundiendo los fines con los medios. Sólo se aspira al libre mercado. Pero, cuando llegamos a esa total independencia del mercado con respecto de los gobiernos, resulta que no es el paraíso de la abundancia que nos había prometido. Pero eso ya no importa.
      En segundo lugar, no importaría que la economía escapase al control de las personas y los gobiernos si siempre hubiese ganancias. Pero, como hemos comprobado con esta crisis económica que estamos viviendo, eso no siempre es así. Es evidente que los intereses personales, el egoísmo, etc... nos llevan a la especulación y a hacer "economía de casino". Esto tampoco importaría mucho si la economía no nos hiciese falta para comer. Pero resulta que es así. Entonces la economía empieza a controlar absolutamente todo el sistema social. Hacemos política en función de la economía -lo de los gobiernos actuales es increíble-, las relaciones de parentesco dependen de la economía -no nos casamos, divorciamos y tenemos hijos cuando queremos, sino que dependen de nuestra situación económica-, etc... Y así la sociedad empieza a girar alrededor de una para paradoja: vivimos en función de un ente que no podemos controlar. Nos controla lo que antes controlábamos nosotros y que decidimos dejar de hacerlo. Es como el hijo que se come al padre.
        A lo largo de su obra, que es bastante extensa, Polanyi continúa diseccionando las mentiras de la utopía liberal:
        Según los teóricos del movimiento, el libre mercado es el culmen de la evolución humana, ya que es la respuesta a la consecuencia de la división del trabajo. Se divide el trabajo, lo que implica intercambios económicos y así se forma el mercado. Sin embargo, esto es falso. Esa idea de que el continuum es un hombre primitivo solo, autosuficiente, no existió nunca. Siempre hubo división del trabajo y esto llevaba a la redistribución y a la reciprocidad, que son los dos sistemas económicos que se oponen al mercado libre. 
       Las implicaciones sociales sociales del liberalismo económico son demoledoras para la sociedad. Para que el mercado funcione tienen que formar parte de él todo los factores de la producción: tierra, trabajo y dinero. Tierra y trabajo, que fuera del sistema de mercado nunca serían consideradas como mercancía, aquí lo son porque el sistema de mercado siempre busca beneficios. Para ello hay que hacer gastos y eso significa ponerle precio a todo. El trabajo necesario de los humanos tiene un precio al que llamamos salario. El de la tierra es la renta. Renta y salario dependen de la ley de la oferta y la demanda y de los beneficios. De este modo se subsume al hombre y la tierra a las leyes de mercado, se los aniquila. La actividad de los hombres, que es la esencia de la sociedad, se subordina a la economía de mercado. Así, en el sistema liberal las únicas relaciones sociales que se valoran son las basadas en el contrato. Y la producción acaba envuelta en sus círculo demencial de oferta y demanda que nos lleva a cometer acciones tan irracionales como, por ejemplo, tirar toda la producción de cereal para que no caigan los precios, aunque medio mundo se muera de hambre.
        Por si todo esto dicho en 1944 no bastase para explicar la actual crisis económica, Polanyi previó el modo en que los gobiernos actuales tuvieron que salir al rescate de la gran empresa. Porque este sistema de libre mercado también amenaza a la producción. Si todo depende de la ley de la oferta y la demanda, muchas empresas e industrias no aguantan los vaivenes de un sistema totalmente desrregulado. Entonces es cuando los estados tienen que resocializar la economía y gastarse un montón de pasta en rescatar a los bancos y subvencionar la producción industrial de coches, etc...

miércoles, 4 de junio de 2014

La Tercera República a debate



     El rey ha abdicado. Los dos grandes partidos se apresuran a sacar una ley que asegure la sucesión a su hijo Felipe. Mariano Rajoy niega la posibilidad de un referendum para que los españoles decidan si quieren un sistema monárquico o una República aduciendo que la mayoría de la población está de acuerdo con la Monarquía. La prensa publica día tras día encuestas que sostienen que los españoles apoyamos al nuevo rey. Pese a todo, el debate está en la calle y en las redes sociales. Los dos grandes partidos siguen negando el referendum a pesar de que, si el resultado fuese tan abrumador como sostienen, la institución monárquica, que está siendo tan cuestionada, se vería refrendada. Cada vez que Cayo Lara, Pablo Iglesias o cualquier otro líder de la izquierda política pidiese la Tercera República, podrían callarle la boca con el resultado aplastante de unas elecciones plebiscitarias. Pero no lo hacen. Por algo será.

Manifestación republicana. No parecen pocos.


     Hay muchos argumentos a favor de proclamar la Tercera República. El primero y más evidente es que República y Monarquía se sostienen sobre principios cívicos diferentes. La primera se basa en la igualdad de todos los ciudadanos, sea cual sea su origen. La segunda implica aceptar la diferencia de una casta de individuos que por pertenecer a una determinada familia están mejor preparados para regir los destinos de la ciudadanía, incapaz de gobernarse a sí misma. Mi amigo T sintetizó este argumento en el siguiente whatsapp:

     Para mí el ambiente social español está viciado por esa veneración a la Familia Real, al “saber estar”, al “hay instituciones que se deben respetar”, etc... Todo eso crea una sensación de inferioridad en el pueblo, que no es tan fino y educado como sus gobernantes, y provoca que no se haga cargo de su responsabilidad de organizarse por sí mismo. Con la Monarquía somos como niños imitando a mayores.

   No dudo que, como sostiene la propaganda institucional, Felipe de Borbón esté muy, muy, muy preparado. Pero ¿por qué él? ¿es acaso el mejor de los españoles? ¿y, si es así, quién lo ha decidido? ¿ha habido igualdad de oportunidades para que cualquiera pudiese ser el mejor?

     El segundo argumento es que España necesita un cambio, una segunda transición. La crisis española es mucho más que un ciclo económico desfavorable. El paro estructural, la corrupción endémica, las tensiones territoriales, etc... son problemas que demandan una solución radical e inmediata. Y nadie con dos dedos de frente puede ver en el cambio de Juan Carlos por Felipe “una nueva era” o una “renovación”, por mucho que se esfuercen en vendernos esa imagen de monarquía moderna con una reina de clase media. Como dijo mi amigo T, “se renueva más mi coche cuando cambio el aceite”. El paso de la Monarquía a la República puede ser el primer tajo para abrir el melón de la Constitución y arremeter todos los cambios que necesita este país.

     Hasta aquí, más o menos, todos los republicanos estamos de acuerdo. Pero hablar de República así, en abstracto, no es decir mucho. Es defender solamente que no haya rey, pero ¿qué clase de República queremos? Porque no es lo mismo la República Popular China, la Bolivariana de Venezuela que la Federal alemana o la estadounidense. Evidentemente, cuando se habla de República Española, nadie piensa en China ni en Corea del Norte -una República dictadura hereditaria que sería muy graciosa si su Amado Líder no matase de hambre y represión brutal a su pueblo-. Todos queremos una República europea civilizada y democrática. Si pongo ejemplos tan extremos es para visualizar que hay un amplio abanico de posibilidades y para demostrar que puede haber más distancia entre dos formas de República que entre una Monarquía Parlamentaria y una República como, por ejemplo, la alemana.
     La forma de República más popular, quizá por pionera, es la norteamericana, con un Parlamento y un Senado independientes resultado de unas elecciones también independientes. El Parlamento diseña las leyes y el Senado sanciona. Si Parlamento y Senado son del mismo color, no hay ninguna dificultad: la aprobación de una ley no es más que un trámite. Sin embargo, los norteamericanos llevan muy a gala su tendencia a elegir Parlamentos y Senados de distinto color político para que uno controle a otro y el Presidente no pueda ejercer un poder absoluto. La consecuencia directa de esta bicefalia es que todas las leyes tienen que ser aprobadas por consenso. Dicho así suena muy bien: todas las leyes son el resultado del acuerdo casi unánime de los ciudadanos. Pero en la práctica este Parlamento sometido al Senado supone que da igual quién te gobierne porque, en última instancia, los ciudadanos tendrán siempre una política estatal de centro, a medio camino entre los dos partidos. Y a mí me gusta que se note quién gobierna, aunque no sea el partido al que he votado. La alternancia política consiste exactamente en eso, en que un cambio de gobierno suponga un cambio en los modos de hacer política, no una postura oficial de centro perpetuo. Esta política
El pobre Obama pensando en la sanidad universal.
centrista ha servido, entre otras cosas, para que Obama se quedase a medio camino con la reforma de la sanidad universal y siga habiendo millones de ciudadanos sin la cobertura médica mínima y las aseguradoras privadas continúen haciendo el agosto con la sanidad. Y, a tenor de lo que hemos visto en España cuando PSOE y PP se han puesto de acuerdo -reforma exprés de la Constitución para fijar el techo de deuda por orden de Alemania-, podemos imaginarnos lo que sería este país -eso si son capaces de ponerse de acuerdo en algo, cosa que dudo-.
      Otro factor a tener en cuenta a la hora de diseñar la hipotética Constitución Republicana, es en dónde recae el poder en la práctica. En teoría, en todas las constituciones democráticas la soberanía recae en el pueblo. En la práctica todos sabemos cómo el poder financiero controla en su propio beneficio a los 
Lo que pasa en Sudán. Podéis ver más aquí
gobiernos, sean cuales sean. Así, la democracia de las barras y las estrellas mandó a sus marines a Irak y Afganistán y pasa olímpicamente de otros estados y dictadores por lo menos tan malos como Sadam o los talibanes, pero que no tienen ni gas ni petróleo, como, por ejemplo, Sudán. Y también así hemos de asistir con una frecuencia intolerable a gobiernos que legislan en contra de sus ciudadanos sólo para defender los intereses del gran capital. Por ello, el cambio de la Monarquía a la República debe ser algo más que una modificación en los escudos oficiales. De lo contrario, la vida del ciudadano medio no cambiará más que nominalmente. Si el poder en la nueva República no recae efectivamente en los ciudadanos, seguiríamos teniendo un sostén de clases, ricos que mandan y ciudadanos explotados, y se habrá cumplido una vez más la célebre máxima de El Gatopardo: “que todo cambie para que nada cambie”.
     Algunos defensores de esta forma de República del capital -como es el caso de los republicanos norteamericanos y algún neocon del PP- objetarán que se trata de una República libre y apelarán al ideal calvinista, al calling divino, o, en otras palabras, a eso de que “si te has hecho rico, es porque te lo merecías”. No voy a detenerme aquí a evidenciar la falacia del capitalismo protestante apelando a la falta de igualdad de oportunidades y todo eso que ya sabemos. El caso es que en una República en la que los ciudadanos aceptan que se gobierne en su contra es una forma de violencia simbólica. Los ciudadanos sometidos asumen su explotación como una ley natural, y así no solucionamos esa sensación de inferioridad de los gobernados con respecto de los gobernantes de la que hablaba mi amigo T cuando se quejaba de la Monarquía -sólo hay que leer El Gran Gatsby o Pastoral Americana de la que hablé aquí-.
     Por todo ello, si no queremos que la Tercera República no sea el mismo sistema de siempre con un lifting, habría que abrir el melón de la Constitución y plantear de verdad cuestiones como la laicidad del Estado -que no aconfesionalidad-, la garantía real de una vivienda -esto no es una quimera, basta recordar las viviendas sociales en el Reino Unido antes de Margaret Thatcher-, listas abiertas en la elección de representantes, diputados que tengan que responder personalmente ante sus electores -como por ejemplo en Inglaterra-, el Estado Federal, la Seguridad Social, el autogobierno de los jueces y un montón de cosas más que podéis encontrar desperdigadas en los programas electorales de algunos partidos.
    Desgraciadamente, no soy muy optimista al respecto. Mientras el mundo siga gobernado por fundamentalistas neoliberales, dudo mucho que una verdadera República Democrática pueda existir. Pero no por ello dejaré de pedirla -por lo menos hasta que el Ministro del Interior considere mis peticiones como soflamas antisistema que incitan al odio y la violencia, que todo se andará.-.





Otras manifestaciones republicanas

miércoles, 28 de mayo de 2014

¿Por qué las clases medias se vuelven conservadoras?


 ¿Por qué las clases medias se vuelven conservadoras?




          LA ESCENA COSTUMBRISTA CON LA QUE ME ENCONTRÉ EL OTRO DÍA:

   Es sábado, el día antes de las elecciones europeas, la jornada que se supone de reflexión. Estamos  en la terraza de una cafetería. Haya sillas y mesas y sombrillas de propaganda de cerveza plegadas. Sentados alrededor de una mesa hay dos matrimonios de mediana edad. Visten a la moda, con zapatillas New Balance y pantalones ajustados remangados. Fuman, beben cañas y comen aceitunas. Una de las mujeres lleva gafas del sol. Unos metros más allá tres niños juegan a la pelota. Son sus hijos. Una madre levanta la voz para ordenarles que tengan cuidado con la pelota.
     -Perdona por interrumpirte. -le dice a uno de los hombres- Es que van a acabar rompiendo un cristal.
     El marido de su amiga acepta la disculpa y continúa con su discurso.
     -Yo he tenido que currármelo. Mis padres no son condes ni marqueses. Mi padre era representante y mi madre ama de casa. Pasé mis seis años en la facultad de medicina, mis dos de MIR... si ahora me va bien, es porque me lo curré. Todos tuvimos la oportunidad de estudiar. Si con dieciocho años te ponías a servir copas...
     Su mujer decide apoyar las palabras de su marido:
     -Es que a nosotros nos va bien con el PP. Ángel es autónomo y no hacemos más que pagar impuestos.
     La otra mujer, su mejor amiga, no puede estar más de acuerdo. Su marido, abogado, y ella, empleada de banca, se encuentran en la misma situación. No entiende por qué, si ella paga un seguro médico privado y el colegio de sus niños, tienen que pagar tantos impuestos. Por qué pagar al Estado por algo que no usan. 
     Su marido, menos sutil, reconoce que él tampoco desciende de la pata del Cid y se embarca en una diatriba contra la cultura de la subvención y los funcionarios en general.

    LA PREGUNTA:
     ¿Por qué las clases medias se han vuelto consevadoras?
   
     LA RESPUESTA:
    Hace treinta años, entre las clases medias había la percepción generalizada de que el estado del bienestar beneficiaba a todos. Esos padres con empleo de baja cualificación -representantes, taxistas, camareros...- pudieron mandar a sus hijos a la universidad y tuvieron acceso a la sanidad, cosa impensable sin las políticas redistributivas y las subvenciones del estado del bienestar.
     Además, vieron cómo sus sueldos crecían y tenían por primera vez acceso a una vivienda en propiedad y hasta un mes de vacaciones en un pueblo de la costa levantina.
     Hoy los hijos de estos padres no perciben que el estado del bienestar los beneficie en nada. Gracias a su trabajo de alta cualificación universitaria, tienen dinero para pagarse un seguro de medicina privada y el colegio de sus hijos. Normalmente no harán uso de las prestaciones por desempleo, de modo que consideran el estado del bienestar como un engorro, un lastre de impuestos para que se beneficencien otros.
     Dar así, abiertamente, estos argumentos puede dar la impresión de cierto egoísmo, de poca sensibilidad, sobre todo en los tiempos que corren. De ahí que recurran con cierta frecuencia al discurso de la meritocracia, de que todos tenemos las mismas oportunidades y que las desigualdades sociales son el resultado de las diferencias en el esfuerzo y el talento.

     EL COMENTARIO

     1. El viraje de las clases medias hacia el conservadurismo político es de una hipocresía horrible. Si esos hijos de taxistas, camareros, etc. han ido a la universidad, ha sido gracias a esos impuestos que ahora perciben como un lastre. Y ya lo dice la sabiduría popular: de bien nacidos es ser agradecidos.
     2. El neoliberalismo salvaje no beneficia a los autónomos de clase media como ese médico que vive de los servicios privados. En una sociedad polarizada, sin clases medias, poco serán los que puedan recurrir a los servicios de un médico privado como él. Y lo mismo sucede con los arquitectos que se dedican a reformas y casas pequeñas, con los abogados, etc.
     3. Las  clases medias pueden acceder a un seguro médico privado porque hay una Seguridad Social a la que derivan los tratamientos más caros. Y, si pagan un colegio concertado, es porque los engañan con el transporte, el comedor y las actividades extraescolares, porque los colegios concertados están subvencionados exactamente igual que los públicos.
    4. El discurso moral con el que justifican su comportamiento egoísta es falso. Sería muy engorroso desmenuzar aquí las estadísticas. Os remito, por ejemplo, a Owen Jones (*). Pero, aunque fuese cierto, tendría que haber igualdad de oportunidades para todos, esa igualdad que se pierde cuando se retiran las subvenciones y la enseñanza pública.
     5. Y, como dice mi amigo T, lo peor es que estas nuevas clases medias conservadoras ni siquiera saben que lo son gracias al estado del bienestar.

lunes, 19 de mayo de 2014

Sobre Isabel Carrasco, Twitter, la libertad de expresión y algunas cosas más.

Sobre Isabel Carrasco, Twitter, la libertad de expresión y algunas cosas más.





     Los hechos:
     Era Lunes por la tarde. La radio da la noticia: Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, ha sido abatida en un medio de la calle. El asaltante le disparó tres veces a quemarropa y una cuarta vez para rematarla, ya con la víctima en el suelo. El/los asaltante/s se dio/dieron a la fuga en un coche, pero gracias a una rápida y eficaz intervención policial ya han sido detenidos.
      Hasta aquí la información que dieron los medios aquella tarde de Mayo. 
      Isabel Carrasco no era, ni mucho menos, un personaje anónimo. Era, entre otras cosas, conocida por los miembros de su propio partido como "la de los trece sueldos", en alusión a las trece nóminas que cobraba. Era Presidenta de la Diputación de León, era Presidenta del Partido Popular de su Comunidad,  diputada y supongo que  consejera en varias de esas Cajas de Ahorros que quebraron por su buena gestión. Y así hasta llegar al número trece. Asimismo, a menudo se relacionaba a Isabel Carrasco con Margaret Tatcher por la dureza de su carácter y la implacabilidad con la que aplicaba sus políticas neoliberales.
      Por aquellos días, el país pasaba por la peor recesión económica en cien años. Una de cuatro personas en disposición de trabajar carecía de empleo. Más de un millón de familias no tenía ningún ingreso. El número de deshaucios había ascendido a 28000 aquel año y el de familias que habían entregado las llaves de su casa al banco por no poder hacer frente a la hipoteca llegaba casi a 50000. Varias asociaciones benéficas se confesaban superadas por el espectacular aumento de la necesidad de ayudas, y la brecha abierta entre las distintas clases sociales amenazaba con ser insuperable. Paralelamente, los Gobiernos, acuciados por la crisis de deuda pública, ponían en práctica duras medidas de supresión de gastos sociales.
      Aunque los medios trataron de ser lo más cautos posibles, este esceanrio se prestaba a la proliferación de la rumorología. En la mente de todos estaba el crimen político.
     -Alguien que, desesperado, se cargó al político de turno. -se oía decir a algunos en los bares.
     -Se veía venir. -respondían otros.
     Era la época de las redes sociales. Millones de Twits, Whatsaps y comentarios de Facebook inundaron la red. La inmensa mayoría fueron respetuosos porque, en el fondo, pocos son los que se alegran de la muerte de alguien. Pero hubo algunos, muy pocos en comparación con los de condolencias, que se congratulaban del asesinato de esta lideresa del partido conservador. Aunque pronto se comunicó que se trataba de una venganza personal y no de un crimen polítco, hubo alguien que animó a continuar con esta acción justiciera y acabar a tiros con toda la clase política, especialmente con los del ala derecha.
     Entonces fue el momento de que Fernandez Diaz, ministro del interior del partido conservador en el poder, anunciase que había dado orden a la policía de investigar los mensajes vertidos en las redes sociales. Dos días después, dos personas eran detenidas. Una de ellas, un joven de diecinueve años, fue acompañado por su madre a la comisaría. Los movimientos políticos no se quedaron ahí. Varios altos cargos políticos y creadores de opinión pública alertaron sobre la necesidad de una ley que controlara las expresiones de Facebook o Twitter que pudiesen "exaltar el terrorismo" o "incitar a al violencia". Incluso la prensa progresista se posicionó a favor de regular la red. Sólo algunas voces vieron en este movimiento un atentado a la libertad de expresión. Increíblemente, Durán i Lleida, un político conservador nacionalista, estaba entre ellos.
     -Lo que se opone a la democracia es la anarquía. -fue la justificación del Ministro.


     Pues bien. Yo sobre todo esto tengo mucho que opinar. Mucho de lo que diré aquí no son ideas originales mías, sino de amigos, cosas que han salido en conversaciones y que recojo. Si no doy la fuente original, es porque sería un engorro de leer.
        En primer lugar, me centraré en las palabras del ministro. "Lo que se opone a la democracia es la anarquía". No. Lo que se opone a la democracia es la tiranía. La anarquía es la falta de orden político. Lo que se opone a la falta de orden político es la existencia del mismo, pero este orden puede ser de muchas formas: despotismo, democracia, tiranía, etc... Dentro de los órdenes políticos, el que se opone a la democracia es la tiranía. La democracia es la forma de gobierno por la cual todos los ciudadanos tienen el derecho a expresarse libremente y a que su opinión sea tenida en cuenta por medio de la votación. En esto se opone a la tiranía, que es definida por la RAE como "Abuso o imposición en grado extraordinario de cualquier poder, fuerza o superioridad.", es decir, un sistema político en el que, entre otras cosas, uno no puede expresarse libremente. De todo esto se deduce que Fernández Díaz ha hecho un uso torticero del lenguaje y que, apropiándose de la palabra, trata de justificar con la democracia prácticas tiránicas. Si somos demócratas, todos tenemos derecho a opinar y expresar lo que nos dé la gana. Incluso aquellos que están en contra de la democracia. A mí personalmente me parecen de muy mal gusto esos comentarios que se alegraban de la muerte de Isabel Carrasco. Me parece feo y hasta de mala persona. Pero no por ello los voy a amordazar. Como demócrata, mi deber está en convencer por medio de la razón, no de la fuerza. Debo afearles su conducta, no prohibirla, por poco que me guste.
       Si contemplamos este hecho en perspectiva, no se trata de algo aislado .Como dije en el artículo en el que hablaba de Loïc Wacquiant (aquí), el sistema neoliberal -esa suerte de ley de la selva económica- convierte a millones de personas en parias, gente sin recursos ni oportunidades. Y, en consecuencia, los brotes de descontento son inevitables. En España ya llevamos unos cuantos: scratches, el 15M, Stop Desahucios, la leña brutal contra la policía en la manifestación de Madrid de hace unas semanas, suicidios, etc... Ante esto, el Estado Neoliberal tiende a blindarse: criminaliza y penaliza cualquier disensión. Como dice Wacquant, el estado social se sustituye por el estado penal: leyes contra acampar en Sol, leyes contra manifestarse, se pidieron penas de cárcel a los que le hicieron el scratch a Dolores de Cospedal, a los catalanes que insultaron a los políticos en la puerta del Parlament les piden unas penas absolutamente desproporcionadas, y ahora a aquellos que dijeron cosas que no les gustaron a nuestros gobernantes en Twitter los amenazan con el trullo. Como nuestro sistema legal todavía no preveía la posibilidad de esta forma de disensión, se proponen hacer una ley que lo haga.
      En un uso absolutamente manipulador del lenguaje, se engloba bajo la etiqueta "antisistema" todos los movimientos de disidencia, de modo que se ponen al mismo nivel la pederastia, el terrorismo, los perroflautas, los punkies y toda aquella gente que acampó en la Plaza de Sol. El argumento del poder pasa por decir que los demócratas sí tienen representación. Sólo tienen que ir a votar y que unos diputados los representarán sus intereses en el Parlamento. Si no crees en este sistema de representación parlamentaria, eres un antisistema. Quizá muchos de los consumidores de los medios de comunicación no se hayan dado cuenta, pero los acampados de Sol no eran terroristas. Ni siquiera pedían pacíficamente un nuevo orden mundial. Sólo querían que el orden que tenemos fuese justo. A su lado, Gandhi era un terrorista del IRA. Y lo vuelvo a repetir una vez más: tal vez no nos gusten los comentarios que incitaban a acabar con políticos, pero esos comentarios no mataron a nadie. Son palabras y, como dice el refrán, del dicho al hecho hay un trecho.



Dos eslóganes del 15M. Como se ve, sólo son cursis, no violentos.





      Podría seguir durante un buen rato disertando sobre la libertad de expresión, pero esto es un blog y nadie lee artículos de más de cuatro párrafos. Pero no me resisto a señalar que Twitter y Facebook como formas de incitación a la violencia sólo son legislados y sus usuarios criminalizados cuando los comentarios atentan contra el poder. Sólo hay que darse una vuelta por cualquier buscador para ver lo que se dice de los abertzales vascos -por ejemplo de Otegui- o los independentistas catalanes. No soy en absoluto simpatizante del nacionalismo, pero me imagino lo que se hubiese dicho en las redes sociales si, por poner un ejemplo, un militante del Partido Popular de Euskadi, harto del acoso del entorno abertzale, hubiese entrado en barrena y le hubiese pegado cuatro tiros a un borroka. Y dudo mucho que el Ministro de Interior hubiese entrado a legislar por "incitación a la violencia".
       
    

lunes, 5 de mayo de 2014

Tetralogía de los parias contemporáneos III: Loïc Wacquant

Tetralogía de los parias contemporáneos III: Loïc Wacquant.

Loïc Wacquant


     Loïc Wacquant fue primero discípulo y luego colaborador de Pierre Bourdieu, lo que es una carta de presentación impresionante. Aparte de esto, escribió un ensayo sobre boxeo en una sala de mala muerte de un guetto negro de no sé qué ciudad de Estados Unidos que está cojonudo. Y muchos libros de sociología, que es lo que nos interesa ahora.
Loïc Wacquant boxeando en Contra las cuerdas
      Loïc Wacquant habla, fundamentalmente, de las cárceles y el sistema penal. Según Wacquant, el sistema neoliberal que impera en Estados Unidos y Europa desde finales de los años setenta del siglo pasado genera grandes bolsas de población depauperada, que no puede acceder a un puesto de trabajo o que la remuneración que recibe por su trabajo está por debajo de lo que necesita el individuo para sobrevivir. Drogadictos, jóvenes sin empleo, vagabundos, madres solteras, etc... son el resultado de que no hay trabajo. La profecía marxista de que la tecnología nos permitiría gozar de mayor tiempo de ocio no ha resultado del todo cierta. En lugar de trabajar menos tiempo, lo hace menos gente. El antiguo estado postkeynesiano de la solidaridad trataba, en la medida de lo posible, de repartir la riqueza y el trabajo para que no hubiese grandes desigualdades sociales. Pero esta moral de la responsabilidad común fue sustituida por el individualismo calvinista. Los pobres y los marginados ya no son un problema de la sociedad, sino un problema individual, es decir, de ellos mismos. Si eres pobre, es tu problema. Así, el viejo estado postkeynesiano, que nosostros conocemos como el estado del bienestar, fue sustituido por una suerte de organización política que ha abdicado de todo lo que no sea económico. Lo social, el urbanismo, la educación, la medicina, etc... van pasando de la tutela pública a manos privadas. Pero no todo el mundo puede pagar por ello, así que surgen esos sectores de la población depauperados a los que les estoy dedicando esta tetratología. ( Owen Jones , Bauman)
      Hasta aquí Wacquant no dice nada nuevo. Es el discurso que oímos todos los días. Hasta lo sueltan Rubalcaba y Soraya Rodríguez, como si la famosa tercera vía no fuese copartícipe del giro neoliberal que ha tomado el mundo. De hecho, Bill Clinton construyó más cárceles y destinó más presupuesto a la seguridad interna que el mismísimo Ronald Reagan.
        Dice Loïc Wacquant que la penalización es una forma de ocultamiento del problema. Antes, los drogadictos, las madres adolescentes y los mendigos eran un problema social. Ahora son un problema por ellos mismos, así que se los culpabiliza por su situación y se los reprime. Multas y cárcel para los pobres. La política carcelaria forma parte de un plan para redefinir la función del estado en el plano económico, asistencial y social y sustituir el estado del bienestar por el estado penal. En palabras de Wacquant, el estado policial funciona como una aspiradora que absorbe a los damnificados del estado neoliberal. El sistema neoliberal abandona a cada uno a su suerte. Esto no sería un problema si hubiese trabajo para todos, pero con una legislación que deja todo el poder en manos de las empresas, sobran trabajadores, de modo que pueden depauperarse las condiciones de vida de los pocos que tienen trabajo y, los que no lo tienen, pasan directamente a la mendicidad. Pero como se considera que la responsabilidad es individual, nadie se ocupa de estos parias modernos. Es más, se hace recaer la responsabilidad de su situación sobre ellos mismos y se los criminaliza. Por supuesto, los delitos de guante blanco, que son los que realmente afectan al tejido social, son castigados con penas ridículas, cuando directamente ni se los contempla en el sistema penal.
          Por supuesto, esto es una aberración. Primero, y sobre todo, porque es injusto. Y segundo, porque no hay una sola estadística que demuestre correlación entre mayor represión y desaparición del delito. Pero eso no importa. El estado neoliberal ha captado la normal sensación de inseguridad por el futuro que sentimos los ciudadanos medios, el miedo a no poder dejarle nada a nuestros hijos, el miedo a la inestabilidad laboral, al despido, a las bajadas de sueldo, al paro, etc... y lo ha reconducido hacia sensación de inseguridad por la delincuencia, cuando, en rigor, el número de delitos no sólo no ha aumentado en los últimos años, sino que ha descendido.

           Pensar que esto es sólo una cuestión americana, que nos toca muy de lejos y que estamos a salvo en Europa, baluarte del bienestar, es un error grave. Sólo hace falta ver las nuevas leyes con las que nos amenazaba el gobierno: en Madrid se pretendía multar a los mendigos por dormir en la calle, leyes antimanifestación, los profesores nos convertimos en autoridad como si fuésemos policías y otras muchas más que ahora no recuerdo. En lo que me toca más de cerca, casi todos los días oigo hablar de lo peligrosos que son Resistencia Galega, a los que las autoridades del estado no dudan en llamar grupo terrorista. No soy sospechoso de simpatizar con Resistencia Galega. Por si acaso lo repito: no estoy de acuerdo en nada con ellos. Pero decir que unos chavales que quemaron cuatro cajeros y tiraron un cóctel molotov a la sede del PP son una amenaza social creo que es decir mucho.  Blesa, Rodrigo Rato, Méndez y ese larguísimo etcétera de banqueros que se dedicaron a hacer economía de casino -por cierto, fue Clinton el que permitió que la banca tradicional se metiera en cuestiones financieras- han resultado ser mucho más dañinos, y, en caso de que los condenen, dudo mucho que les apliquen la ley antiterrorista. Y repito que no me caen nada bien los de Resistencia Galega.



  
       Si a alguien le interesa esta tema, recomiendo leer Parias urbanos, El estado de la inseguridad social o Cárceles de la miseria.