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lunes, 19 de mayo de 2014

Sobre Isabel Carrasco, Twitter, la libertad de expresión y algunas cosas más.

Sobre Isabel Carrasco, Twitter, la libertad de expresión y algunas cosas más.





     Los hechos:
     Era Lunes por la tarde. La radio da la noticia: Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, ha sido abatida en un medio de la calle. El asaltante le disparó tres veces a quemarropa y una cuarta vez para rematarla, ya con la víctima en el suelo. El/los asaltante/s se dio/dieron a la fuga en un coche, pero gracias a una rápida y eficaz intervención policial ya han sido detenidos.
      Hasta aquí la información que dieron los medios aquella tarde de Mayo. 
      Isabel Carrasco no era, ni mucho menos, un personaje anónimo. Era, entre otras cosas, conocida por los miembros de su propio partido como "la de los trece sueldos", en alusión a las trece nóminas que cobraba. Era Presidenta de la Diputación de León, era Presidenta del Partido Popular de su Comunidad,  diputada y supongo que  consejera en varias de esas Cajas de Ahorros que quebraron por su buena gestión. Y así hasta llegar al número trece. Asimismo, a menudo se relacionaba a Isabel Carrasco con Margaret Tatcher por la dureza de su carácter y la implacabilidad con la que aplicaba sus políticas neoliberales.
      Por aquellos días, el país pasaba por la peor recesión económica en cien años. Una de cuatro personas en disposición de trabajar carecía de empleo. Más de un millón de familias no tenía ningún ingreso. El número de deshaucios había ascendido a 28000 aquel año y el de familias que habían entregado las llaves de su casa al banco por no poder hacer frente a la hipoteca llegaba casi a 50000. Varias asociaciones benéficas se confesaban superadas por el espectacular aumento de la necesidad de ayudas, y la brecha abierta entre las distintas clases sociales amenazaba con ser insuperable. Paralelamente, los Gobiernos, acuciados por la crisis de deuda pública, ponían en práctica duras medidas de supresión de gastos sociales.
      Aunque los medios trataron de ser lo más cautos posibles, este esceanrio se prestaba a la proliferación de la rumorología. En la mente de todos estaba el crimen político.
     -Alguien que, desesperado, se cargó al político de turno. -se oía decir a algunos en los bares.
     -Se veía venir. -respondían otros.
     Era la época de las redes sociales. Millones de Twits, Whatsaps y comentarios de Facebook inundaron la red. La inmensa mayoría fueron respetuosos porque, en el fondo, pocos son los que se alegran de la muerte de alguien. Pero hubo algunos, muy pocos en comparación con los de condolencias, que se congratulaban del asesinato de esta lideresa del partido conservador. Aunque pronto se comunicó que se trataba de una venganza personal y no de un crimen polítco, hubo alguien que animó a continuar con esta acción justiciera y acabar a tiros con toda la clase política, especialmente con los del ala derecha.
     Entonces fue el momento de que Fernandez Diaz, ministro del interior del partido conservador en el poder, anunciase que había dado orden a la policía de investigar los mensajes vertidos en las redes sociales. Dos días después, dos personas eran detenidas. Una de ellas, un joven de diecinueve años, fue acompañado por su madre a la comisaría. Los movimientos políticos no se quedaron ahí. Varios altos cargos políticos y creadores de opinión pública alertaron sobre la necesidad de una ley que controlara las expresiones de Facebook o Twitter que pudiesen "exaltar el terrorismo" o "incitar a al violencia". Incluso la prensa progresista se posicionó a favor de regular la red. Sólo algunas voces vieron en este movimiento un atentado a la libertad de expresión. Increíblemente, Durán i Lleida, un político conservador nacionalista, estaba entre ellos.
     -Lo que se opone a la democracia es la anarquía. -fue la justificación del Ministro.


     Pues bien. Yo sobre todo esto tengo mucho que opinar. Mucho de lo que diré aquí no son ideas originales mías, sino de amigos, cosas que han salido en conversaciones y que recojo. Si no doy la fuente original, es porque sería un engorro de leer.
        En primer lugar, me centraré en las palabras del ministro. "Lo que se opone a la democracia es la anarquía". No. Lo que se opone a la democracia es la tiranía. La anarquía es la falta de orden político. Lo que se opone a la falta de orden político es la existencia del mismo, pero este orden puede ser de muchas formas: despotismo, democracia, tiranía, etc... Dentro de los órdenes políticos, el que se opone a la democracia es la tiranía. La democracia es la forma de gobierno por la cual todos los ciudadanos tienen el derecho a expresarse libremente y a que su opinión sea tenida en cuenta por medio de la votación. En esto se opone a la tiranía, que es definida por la RAE como "Abuso o imposición en grado extraordinario de cualquier poder, fuerza o superioridad.", es decir, un sistema político en el que, entre otras cosas, uno no puede expresarse libremente. De todo esto se deduce que Fernández Díaz ha hecho un uso torticero del lenguaje y que, apropiándose de la palabra, trata de justificar con la democracia prácticas tiránicas. Si somos demócratas, todos tenemos derecho a opinar y expresar lo que nos dé la gana. Incluso aquellos que están en contra de la democracia. A mí personalmente me parecen de muy mal gusto esos comentarios que se alegraban de la muerte de Isabel Carrasco. Me parece feo y hasta de mala persona. Pero no por ello los voy a amordazar. Como demócrata, mi deber está en convencer por medio de la razón, no de la fuerza. Debo afearles su conducta, no prohibirla, por poco que me guste.
       Si contemplamos este hecho en perspectiva, no se trata de algo aislado .Como dije en el artículo en el que hablaba de Loïc Wacquiant (aquí), el sistema neoliberal -esa suerte de ley de la selva económica- convierte a millones de personas en parias, gente sin recursos ni oportunidades. Y, en consecuencia, los brotes de descontento son inevitables. En España ya llevamos unos cuantos: scratches, el 15M, Stop Desahucios, la leña brutal contra la policía en la manifestación de Madrid de hace unas semanas, suicidios, etc... Ante esto, el Estado Neoliberal tiende a blindarse: criminaliza y penaliza cualquier disensión. Como dice Wacquant, el estado social se sustituye por el estado penal: leyes contra acampar en Sol, leyes contra manifestarse, se pidieron penas de cárcel a los que le hicieron el scratch a Dolores de Cospedal, a los catalanes que insultaron a los políticos en la puerta del Parlament les piden unas penas absolutamente desproporcionadas, y ahora a aquellos que dijeron cosas que no les gustaron a nuestros gobernantes en Twitter los amenazan con el trullo. Como nuestro sistema legal todavía no preveía la posibilidad de esta forma de disensión, se proponen hacer una ley que lo haga.
      En un uso absolutamente manipulador del lenguaje, se engloba bajo la etiqueta "antisistema" todos los movimientos de disidencia, de modo que se ponen al mismo nivel la pederastia, el terrorismo, los perroflautas, los punkies y toda aquella gente que acampó en la Plaza de Sol. El argumento del poder pasa por decir que los demócratas sí tienen representación. Sólo tienen que ir a votar y que unos diputados los representarán sus intereses en el Parlamento. Si no crees en este sistema de representación parlamentaria, eres un antisistema. Quizá muchos de los consumidores de los medios de comunicación no se hayan dado cuenta, pero los acampados de Sol no eran terroristas. Ni siquiera pedían pacíficamente un nuevo orden mundial. Sólo querían que el orden que tenemos fuese justo. A su lado, Gandhi era un terrorista del IRA. Y lo vuelvo a repetir una vez más: tal vez no nos gusten los comentarios que incitaban a acabar con políticos, pero esos comentarios no mataron a nadie. Son palabras y, como dice el refrán, del dicho al hecho hay un trecho.



Dos eslóganes del 15M. Como se ve, sólo son cursis, no violentos.





      Podría seguir durante un buen rato disertando sobre la libertad de expresión, pero esto es un blog y nadie lee artículos de más de cuatro párrafos. Pero no me resisto a señalar que Twitter y Facebook como formas de incitación a la violencia sólo son legislados y sus usuarios criminalizados cuando los comentarios atentan contra el poder. Sólo hay que darse una vuelta por cualquier buscador para ver lo que se dice de los abertzales vascos -por ejemplo de Otegui- o los independentistas catalanes. No soy en absoluto simpatizante del nacionalismo, pero me imagino lo que se hubiese dicho en las redes sociales si, por poner un ejemplo, un militante del Partido Popular de Euskadi, harto del acoso del entorno abertzale, hubiese entrado en barrena y le hubiese pegado cuatro tiros a un borroka. Y dudo mucho que el Ministro de Interior hubiese entrado a legislar por "incitación a la violencia".
       
    

jueves, 24 de abril de 2014

Tetralogía de los parias contemporáneos: Zygmunt Bauman

Tetralogía de los parias contemporáneos II: Zygmunt Bauman.





    Zygmunt Bauman tiene una idea: la modernidad líquida. Y escribe tropecientos ensayos sobre lo mismo. Resulta curioso que uno de los bastiones intelectuales contra el capitalismo de mercado saque cada año un ensayo en el que repite una y otra vez lo que ya contó hace veinte años. Eso sí, con un título distinto, letra gorda, bien espaciada, para llegar a las doscientas páginas y poder colocarlo todas las Navidades en las estanterías de la FNAC. Esto no quita que tenga una visión muy lúcida de nuestra realidad contemporánea. Lo que critico es que nos venda lo mismo con distintos envoltorios para mantenerse en la pomada mediática y, de paso, forrarse.
     En lo que a esta tetralogía respecta, Bauman explica por qué surgen sectores de población como los chavs de los que hablaba Owen Jones y el modo en que estos son percibidos por el resto de la sociedad (owen jones. Chavs). Según Bauman, el capitalismo del siglo XIX se basaba en la producción. En las fábricas se producían cosas que luego se vendían. Y para ello hacía falta mano de obra que, como siempre, eran los pobres. El problema con el que se encuentra el capitalismo decimonónico es que hay que convencer a los pobres de que vayan a trabajar a las fábricas en unas condiciones infrahumanas. Surge así la ética del trabajo, que se acaba convirtiendo en la moral de la clase trabajadora. Trabajar es bueno, te convierte en una persona virtuosa. Es un rollo un poco calvinista, como lo que explicaba Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, aunque Bauman no antepone la ideología a la construcción de un nuevo sistema, sino más bien al contrario. El capitalismo necesita una justificación ética que lleve a las masas obreras a trabajar en las fábricas y, para ello, aparece la moral del trabajo.
     Como dije, la sociedad decimonónica se basaba en la producción. Si un individuo no trabaja, no produce, es decir, no contribuye en nada al mantenimiento del sistema, de ahí que se le estigmatice como paria, vago, parásito social.
     Pero esto cambia. En EEUU surge una nueva ética del trabajo. El trabajo ya no dignifica por sí mismo, sino que pasa a considerarse un modo de medro social. Los trabajadores pueden intercambiar su fuerza de trabajo por salarios. Estos salarios, a su vez, sirven para comprar cosas que te hagan feliz y subir de estatus. Es una nueva moral individualista y materialista del trabajo. Trabajar en bueno sólo en el sentido de que sea bien remunerado. Ya no se valora el trabajo, sino sus frutos, el salario.
      Paralelamente, la sociedad basada en la producción va convirtiéndose en una sociedad basada en el consumo. La revolución tecnológica hace que ya no se necesiten grandes masas de trabajadores en fábricas. Se sustituye la mano de obra humana por máquinas. Hace nada pusieron en la Sexta un documental sobre cruasáns. El documental, como todos los de la Sexta, era de un sensacionalismo insoportable, pero me llamó la atención un dato: en la fábrica de cruasáns más grande de Europa, que inunda de bollitos los mercados de España y media Francia, sólo trabajan siete personas. El resto lo hacen unas máquinas muy bien programadas que cuestan mucho menos y no se sindican. Y a esto hay que sumarle la deslocalización que permite la globalización. Las empresas, si les interesa, pueden llevarse las fábricas a cualquier país del tercer mundo donde la legislación laboral permite tener empleados en régimen de semiesclavitud y las leyes 
 mediambientales te permiten acabar con el último oso panda si con ello ganas un euro más. 
     El problema del capitalismo del siglo XXI ya no es la producción. Puede producirse a lo bestia y con un bajo coste, como demuestra el ejemplo de la fábrica de cruasáns. El problema ahora es vender ese producto. El mercado está saturado. Ahora los que contribuyen al mantenimiento del sistema ya no son los trabajadores, sino los que compran los productos que salen de las fábricas. Esto, lógicamente, tiene que estar sustentado por una nueva moral, no ya del trabajo, sino del consumo. Es la manida frase del "tanto tienes, tanto vales". Se identifica la calidad moral de la persona con la capacidad que tenga para consumir, es decir, por el dinero que tenga. Dicho con otras palabras, eres guay si tienes pasta; si eres un tirado, eres un pringao. Nuestra sociedad eleva al altar de héroes mundiales a personajes cuyo único mérito en la vida es acumular una gran cantidad de dinero y que tampoco tienen una actividad muy definida, como los Beckham, Paris Hilton o Kim Kardashian. Los chavs y, en general los pobres, son considerados parias porque no contribuyen en nada al nuevo sistema de consumo. No tienen pasta - no consumen - no sirven para nada - son unos parásitos, es el nuevo razonamiento.
     Quizá una de las aportaciones más interesantes de Bauman es interpretación psicológica del consumo. Parte de una concepción un poco schopenhaueriana de la naturaleza humana. La vida oscila entre el dolor que provoca el deseo insatisfecho y el tedio que llega cuando hemos satisfecho ese dolor. Sufro porque no tengo algo -una novia, un puesto de trabajo, o lo que sea- y, cuando lo consigo, al poco tiempo paso a considerar la nueva situación como normal y me aburro. Para evitar caer en un tedio indefinido, me busco otra meta que me mantiene insatisfecho mientras no la alcanzo. Y así desde que nacemos hasta que nos morimos. Según Bauman, el consumismo ha superado este círculo vicioso. Por medio de la publicidad nos provoca el deseo insatisfecho de poseer ciertas cosas. Pero satisfaccerlas es increíblemente fácil. Basta con ir al centro comercial y pasar la tarde. La expectativa de satisfaccer ese deseo insatisfecho ya basta para hacernos felices. Es como si insatisfacción y deseo se juntasen en una nueva experiencia agradable. Por eso, cuando nos deprimimos, vamos de compras. Comprar es el mejor antidepresivo del siglo XXI, mucho mejor que el Prozac. Pero esta nueva forma de felicidad sólo la tienen los ricos, que son los que pueden consumir. Los pobres sin posibilidad de consumir, los nuevos parias del siglo XXI, se mantienen en una insatisfacción, en una infelicidad perpetua. Y por eso creo yo que los chavs, cuando salieron a saquear Inglaterra, robaron iphones y zapatillas molonas, todos objetos de consumo.

     P.D. De Bauman, en castellano, hay decenas de obras publicadas. Todas son más o menos iguales. Si os interesa, yo os recomiendo La sociedad sitiada, que es fácil de leer y explica todo esto que acabo de contar.

domingo, 20 de abril de 2014

Tetralogía de parias contemporáneos I: Owen Jones. Chavs: La demonización de la clase obrera.

Tetralogía de parias contemporáneos I:
Owen Jones. Chavs: La demonización de la clase obrera.







                Owen Jones es un periodista, no un antropólogo, filósofo o sociólogo. Si uno espera encontrar en este libro grandes teorías, acabará defraudado. Pero sin duda merece la pena
Owen Jones. Ojo a su cara de buen chico.
leerlo porque, aunque no diga nada que no hayamos oído ya, sistematiza el pensamiento político de lo que debería ser la izquierda contemporánea y argumenta con datos. Además, está muy bien escrito.
                Chav es un término que se utiliza en inglés para referirse a jóvenes de clase baja, violentos, con tendencias delictivas, semianalfabetos, borrachos, aficionados a las drogas, desempleados y sin intención de buscar trabajo, beneficiarios de lo poco que queda del estado del bienestar. En España hay muchos términos para referirnos a nuestra versión autóctona de los chavs: canis, quillos, malotes, garrulos, ninis... Los hay en prácticamente todos los países de la Europa occidental, cada cual con sus diferentes nombres y pequeñas variantes propias.


chavs

                Owen Jones comienza el libro contando una anécdota en la que un grupo de universitarios hacen comentarios despectivos sobre los chavs. Él se sorprende y piensa que, si alguien hubiese hecho un chiste sobre negros, judíos, gitanos, musulmanes o mujeres, se hubiese encontrado con una respuesta airada e inmediatamente lo hubiesen tachado de racista o machista. Sin embargo, nadie hace ningún comentario sobre un chiste que encubre un profundo desprecio de clase. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? Owen Jones sostiene que es el resultado de una campaña por parte de los poderosos que tratan de culpabilizar por su precaria situación a las víctimas de un sistema injusto. Es una respuesta arriesgada, porque todos nosotros –o nuestros hijos- hemos sido intimidados por canis en la discoteca, nos han atracado o tenemos que aguantarlos fumando porros y montando lío en el parque que hay delante de nuestra casa. Owen Jones no se arredra. Y da argumentos.
                Empieza analizando el papel de los medios de comunicación. La prensa, la televisión y la publicidad difunden una imagen de los chavs como si fuesen hordas alcoholizadas de delincuentes. Compara el caso de Madeleine MaCann y el de otra niña de clase baja que desapareció en 2008. Como era de esperar, la familia pobre no recibió ni la décima parte de atención que los McCann de clase media. Analiza series como Shameless o
Shameless
Little Britain, donde se caricaturiza a los chavs y le trasmiten de forma subliminal al espectador la idea de que son gente que bebe demasiado, fuma demasiado, come compulsivamente, se pelea, son racistas, tienen hijos siendo aún adolescentes y, en definitiva, son total y absolutamente irresponsables. Al mismo tiempo, todos los días nos levantamos con un crimen o delito protagonizado por alguien de clase baja, pero, dado que los pobres son millones de personas, estos no dejan de ser episodios aislados y, sin embargo, los medios, cada vez que tiene lugar un episodio de de este tipo, lo airean y lo repiten una y otra vez hasta hacer pasar un episodio aislado por norma. Y así se provoca el odio hacia los chavs.
                A continuación, da la razón por la cual Gran Bretaña ha llegado a esto: once años de tacherismo, el neolaborismo de Tony Blair y el actual gobierno conservador de David Cameron. Margaret Tatcher privatizó el país, acabó con los sindicatos e impuso una moral individualista que anulaba cualquier sentimiento de clase -creo recordar aquella frase suya de que la sociedad no existe, que lo único que hay son individuos y familias-. El laborista Tony Blair y su tercera vía, lejos de reconducir la política británica, ahondó en las diferencias de clase y la demonización de la clase obrera con su discurso de la meritocracia y de que las desigualdades reflejan las diferentes capacidades individuales. Todo esto es falso, por supuesto, y, si no me detengo a citar todos los argumentos en contra que da Jones, como, por ejemplo, las diferentes posibilidades de acceso a la educación, es porque son tan evidentes que no merecen la pena. El gobierno tory de David Cameron hereda encantado esta situación y añade leña al fuego difundiendo la idea de que la pobreza nos el resultado de un sistema injusto, sino de la mala educación. Un argumento más para demonizar a los pobres: si lo son, es porque no saben educar a sus hijos.

Foto que saqué de una página inglesa sobre chavs. Como se ve, no escogieron para hablar de ellos una estampa de una agradable comida familiar.

                ¿Y todo esto para qué? Pues para lo que sabemos todos: bajarle los impuestos a los ricos, subírselos a los pobres vía impuestos indirectos, acabar con lo poco que queda del estado del bienestar, privatizar y, en definitiva, hacer una auténtica y verdadera política de clase. En este caso, para defender los intereses y privilegios de la clase dominante.  
               Y ahí queda eso.
               Pero no quiero acabar sin comentar lo que dice en el Epílogo acerca de los disturbios que tuvieron lugar en Inglaterra cuando millares de chavs salieron a la calle a robar, quemar y saquear. Me llamó muchísimo la atención que los chavs sólo robaban zapatillas deportivas, iphones y cosas así. Nadie trató de saquear tiendas de muebles de diseño o tiendas de electrodomésticos, donde, sin duda, hubiesen podido obtener un botín de más dinero. La respuesta de Owen Jones, que creo que es acertada, es que vivimos en una sociedad consumista. Los artículos de prestigio social son la ropa y los teléfonos móviles. Los chavs ni se plantearon qué podrían hacer con una encimera Silestone.

             Y para terminar, una reflexión personal sobre estos disturbios. En mi opinión, son el equivalente de las huelgas salvajes de finales del siglo XIX y principios del veinte. En aquellos tiempos, el capitalismo era un capitalismo productivo. Lo que se producía se vendía y hacía falta gente que trabajase en las fábricas. Cuando la clase obrera se sublevaba, lo hacía para reivindicar mejoras en lo que la sociedad consideraba útil, en aquel momento el trabajo. Hoy en día el capitalismo no es productivo, sino financiero. La tecnología y la deslocalización de la producción al tercer mundo han expulsado a los trabajadores occidentales de las fábricas. Lo importante ahora no es producir, sino vender. Es decir, consumir. Y cuando los chavs se sublevan en Inglaterra, reivindican lo que la sociedad considera útil: roban artículos de consumo. Huelgas y saqueos no son más que diferentes expresiones del descontento social. Hablaré más sobre este tema en la segunda parte de esta tetralogía cuando comente a Bauman. (Bauman. Parias

martes, 25 de marzo de 2014

James Scott. Los dominados y el arte de la resistencia: discurso oculto.


    
 James Scott: Los dominados y el arte de la resistencia.



    Lo primero que hay que decir de James Scott es que escribe bien, es ameno de leer y eso siempre se agradece. 
    Lo segundo es que su libro me ha hecho reflexionar.
    James Scott se opone a todas las teorías herederas del marxismo, que consideran la ideología como el resultado o el reflejo de unas determinadas relaciones socioeconómicas. Cita a Gramsci, a Bourdieu y no sé si a alguno más, pero en la mente de todos están Marvin Harris y todos esos antropólogos, filósofos y sociólogos que sostienen que el poder se perpetúa difundiendo su ideología, de modo que los oprimidos la aceptan de forma inconsciente y no tienen conciencia de su propia opresión. En otra ocasión interpreté La Catedral del Mar como un ejemplo de la difusión de las ideas del poder. Lo mismo hice con Operación Triunfo. En este último, se escoge a un grupo de personas cualquiera que tiene un sueño: cantar y ser famoso. Se los mete a todos en una academia y se les obliga a competir entre ellos por ser el mejor. La audiencia vota y el que gana va a Eurovisión. La idea del programa casi parece sacada de Max Weber y su Ética protestante y el espíritu del capitalismo. En
James Scott
un mundo justo, con igualdad de oportunidades, cualquiera puede triunfar, incluso la Rosa de España. Para eso sólo hace falta esfuerzo y talento. La competitividad -esa palabra tan de moda ahora- saca lo mejor de cada uno. Es el calling divino de los calvinistas. Y al final, si cumples con todo ello, Dios te reconoce como uno de los suyos otorgándote bienes materiales en este mundo. El ideal de vida del capitalismo angloamericano. Con talento, ideas y trabajo, salir adelante en el mundo. Millones de personas ven este programa y aceptan de manera inconsciente que el capitalismo es el mejor sistema posible, porque cualquiera puede triunfar, como nos demuestra el caso de Rosa -o de los ganadores de posteriores concursos, cuyo nombre desconozco-. 
    Pues James Scott le hace una crítica demoledora a esta concepción de la ideología: si esto fuese cierto, los sistemas no cambiarían. 
    Y yo añado: esta concepción heredada del marxismo minusvalora a los oprimidos, como si fuésemos autómatas sin capacidad crítica alguna.
    Según Scott hay dos tipos de discurso, el público y el privado. El discurso público es aquello que se puede decir en público y que es una idealización de cómo las clases poderosas se ven a sí mismas -en el caso de nuestra sociedad todo ese rollo de la igualdad de oportunidades y el discurso políticamente correcto-. Pero esto no es más que una representación, como una obra de teatro. En las bambalinas de ese discurso público, tanto las clases dominantes como las dominadas tienen su propio discurso, que sólo sale a a luz cuando están seguros de que hacerlo no puede acarrearles problemas. El discurso público es lo que la
Esclavo que dudo esté contento.






gente realmente piensa y hace. Así, los esclavos negros públicamente hacían ostentación de acatar las normas pero, en cuanto se encontraban en la seguridad de sus cabañas, contaban cuentos, leyendas y hasta profecías que ridiculizaban y condenaban a sus amos blancos a todos los tormentos del infierno; y saboteaban a sus amos robándoles, con pasividad en el trabajo, rumores, etc... Las clases poderosas, por su parte, en la intimidad de sus casas o de cenas opíparas en restaurantes caros, a salvo de oídos indiscretos, sacan a relucir lo que de verdad mueve la sociedad y los mantiene en el poder, como la corrupción, el soborno, la represión por medio de la violencia física, etc...
    Si los pobres no actuamos para sacudirnos el yugo de la opresión, es porque no vemos oportunidad de ello. Pero, en cuanto esa posibilidad tiene visos de hacerse realidad, nos volcamos en la lucha, como sucedió, según Scott, en la Guerra Civil Americana, en la Revolución Francesa o la Revolución Rusa. 
    Este mecanismo creo yo que podemos observarlo perfectamente hoy en día con todo el rollo de la crisis. Los oprimidos, cuando nos reunimos entre nosotros, criticamos a políticos y banqueros, y no son pocos los que defraudan a la Seguridad Social con bajas fraudulentas y evasión de impuestos -aunque esto último no sea una estrategia exclusiva de los pobres-. Sin embargo, si mañana yo tuviese la mala suerte de comer con Rajoy o Feijoo, dudo mucho que le dijese a la cara que es un capullo, sino que mantendría una actitud más o menos servil, diría que me encanta mi trabajo, etc... Lo mismo hace cualquier empleado con su patrón. A la cara, todos fingimos ser empleados entregados, mientras que en la intimidad reconocemos despreciarlo y hacemos todo lo posible por trabajar lo menos posible, etc...
   
    No sé hasta qué punto tienen razón James Scott. Sobre todo, porque a esa crítica de que, si la plebe sólo fuésemos autómatas que repetimos el discurso del poder, nada cambiaría, se adelantaron Bourdieu, Victor Turner, Even-Zohar y otros muchos pensadores que hablaron del escenario político como de un espacio en el que luchan diferentes grupos de poder, cada uno con su propio discurso. Probablemente ninguno esté en posesión de la verdad absoluta, todos tengan parte de razón y la realidad sea una combinación de ambas tendencias. Pero por lo de pronto, el libro de Scott merece la pena ser leído porque pone de relieve un aspecto de la política y las relaciones de poder que hay que tener en cuenta.