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lunes, 14 de agosto de 2023

LA OBJETIVACIÓN DEL TIEMPO (Otra versión de racionalización).



Creo que hasta aquel día no fui consciente de la manera en que la invención del reloj cambió la vida de los seres humanos. Había leído sobre ello, en concreto un ensayo de Norbert Elias (1) muy interesante sobre el tema , pero no había tomado conciencia real de hasta qué punto determinan nuestra forma de percibir el mundo y de comportarnos. 

    Era un Sábado por la mañana. El día anterior había estado festejando algo y, como suele pasar cuando se festeja, la mañana siguiente fue resacosa. No era una de esas resacas terribles, en las que te duele mucho la cabeza, tienes náuseas y apenas si puedes levantarte de la cama. Los excesos no habían sido tantos. Ya no tenía edad para eso. Era más bien una resaca madura, de las que tenemos los cuarentones. Había dormido mal, estaba cansado y me dolía ligeramente la cabeza. Aparte de eso, no puedo decir que la cosa fuera a mayores. Bebí medio litro de leche y miré melancólicamente por la ventana. Llovía con suavidad. 

    ¿Qué carallo voy a hacer durante todo el día? –pensé.

    Dar un paseo bajo la lluvia quedaba descartado. El cine o la lectura solo empeorarían el dolor de cabeza. La radio los fines de semana me aburría. Así las cosas, el gimnasio era la única opción. Además, sudando probablemente expulsaría las toxinas que me provocaban aquel malestar general. 

    El ritual de entrada fue el de siempre, solo que esta vez lo hice un poquito más despacio. Pasé el carnet por el torno, me puse la ropa deportiva en el vestuario y me subí a la bicicleta estática. No debía ser yo el único al que la suave lluvia plomiza había estropeado el plan del Sábado por la mañana, porque el gimnasio estaba más concurrido de lo normal. 

    Apenas si había empezado a pedalear, cuando me di cuenta de que algo no funcionaba. El estómago se me revolvía y el dolor de cabeza de ligero pasó a moderado. Con cada latido de mi corazón notaba cómo me palpitaban las venas de las sienes. Pero no paré. Seguí pedaleando a 31 rpm como hacía siempre. 

    -Seguro que con el sudor se va la resaca –me decía. 

    A mi alrededor, personas de todas las edades hacían ejercicio como si nada. Unos remaban, otros corrían en la cinta y algunos se ejercitaban en las bicis elípticas. Todos más o menos sudados, pero ninguno evidenciaba un calvario similar al mío. Me ardían las piernas y boqueaba desesperado tratando de coger aire. No sé cómo el corazón no se me salió por la boca. Literalmente. Entre bocanada y bocanada miré el cuadro de mandos. Tuve que parpadear un par de veces para dejar de verlo borroso. El cronómetro marcaba siete minutos. Volví a parpadear, esta vez haciendo fuerza, como para alejar de mí la alucinación que acababa de tener. No había sido una alucinación. Siete minutos. El maldito crono seguía marcando SIETE MINUTOS. Quise morirme. Siete minutos que me habían parecido siete años. La gente que me rodeaba seguía a su rollo como si nada. Los odié con toda mi alma. 

    Cualquiera que haya experimentado una situación similar compartirá conmigo que no es lo mismo el tiempo objetivo que el tiempo subjetivo. Una hora con los colegas entre cañas y risas no se parece en absoluto a una hora en clase de biología con aquella profesora asquerosa que confundía enseñar con imponer disciplina por medio del terror. A principios del siglo pasado Bergson distinguía entre el tiempo y la duración (2). Según Bergson, el tiempo objetivo, el del reloj, es fruto de nuestro intelecto. Nuestra mente “traduce” el tiempo en espacio físico, que divide en espacios iguales –lo que tarda en ir la aguja del reloj de un punto a otro-. Un segundo es igual a otro segundo, sean las condiciones las que sean. En esto se opone al tiempo subjetivo, el de nuestra conciencia, donde todo es un devenir continuo y nada es igual a lo anterior. 

    Conseguí llegar hasta los 45 minutos que siempre hacía los días que me tocaba cardio. Me bajé de la bici dando tumbos y me desplomé en un banco. Por primera vez me fijé en algo que debía haberme llamado la atención hacía mucho tiempo, pero que, a fuerza de costumbre, había pasado por alto. Qpro Gym estaba lleno de relojes por todos lados. Cada máquina de ejercicio cardiovascular tenía su propio cronómetro en el cuadro de mandos; frente a ellas, entre las ventanas, había otro reloj de agujas; en la zona de musculación había un reloj rectangular que también hacía las funciones de cronómetro; en las muñecas de los usuarios había relojes de pulsera y aquellos que no lo llevaban consultaban el tiempo regularmente en sus teléfonos móviles. En una sala de unos cien metros cuadrados habría, por lo menos, treinta relojes. 



    En el devenir cada acontecimiento es diferente a todos los demás. El tiempo fluye sin dejar que un instante sea igual a otro. Nunca nada se repite de la misma manera. Así las cosas, el fluir del tiempo es lo más cercano al caos que conoce la conciencia humana. Pero los seres humanos necesitamos orientarnos en el mundo para poder vivir en él. Ninguna puesta de sol, por poner un ejemplo, es igual a otra. Sin embargo, establecemos similitudes entre ellas para inventar el intervalo que hay entre una y otra y al que llamamos día. En este sentido, el tiempo objetivo es expresión del intento de los hombres por determinar posiciones, duraciones de intervalos o ritmos en las transformaciones en este devenir para ordenar nuestras vidas. 

    En los primeros pasos de Humanidad la determinación del tiempo era pasiva. Los primeros homínidos comían cuando tenían hambre y dormían cuando tenían sueño. Este estadio primitivo empezó a cambiar con la agricultura. Esta depende de las estaciones, las cosechas, los ciclos lunares, etc… y los hombres neolíticos hicieron depender al tiempo objetivo de ellas. De acuerdo con Norbert Elias, ya no hacían las cosas cuando se las pedía su cuerpo, pero todavía no tenían una idea del tiempo en abstracto. Lo que les preocupaba eran sus problemas inmediatos (3). En los estadios primitivos de la humanidad, cuando querían situar los hechos, tenían que recurrir a procesos naturales como la puesta y la salida del sol, las estaciones o los ciclos lunares. En realidad, como todo lo que es sucesivo, estos procesos naturales son únicos e irrepetibles. No es la misma puesta de sol de hoy que la de ayer ni que la de mañana, pero, como nuestros antepasados vieron una pauta de repetición, se sirvieron de la similitud entre esos procesos para orientarse.



    El tiempo abstracto no aparece hasta el siglo XVIII con la invención del reloj, que pronto se extiende a toda la población. Gracias a ellos, los seres humanos utilizamos los procesos simbólicos recurrentes en sus esferas. Paralelamente se unifican los calendarios entre los diferentes países. Giddens habla de "vaciado temporal" en el sentido de que la medición del tiempo se convierte en algo abstracto, sin contenido (4).

    Esta idea del tiempo como algo abstracto fue lo que me dejó flipado aquella mañana de resaca en Qpro Gym. El tiempo objetivo no existe por sí mismo. Solo es el resultado de un pacto entre los miembros de la Humanidad. Podíamos haberlo hecho de mil maneras distintas, pero lo hicimos como lo hicimos y, a partir de entonces, el tiempo objetivo pasó a dominar nuestras vidas. Sentado en aquel banco de musculación, yo flipaba porque todos los que estábamos allí estábamos adecuando nuestras actividades a una institución simbólica, independientemente del modo en que cada uno la experimentase. Allí cada uno tenía su planning de entrenamiento basado en periodos de tiempo figurados y todos nos plegábamos a ellos. Me pareció alucinante cómo la Humanidad se doblegaba a una construcción simbólica creada por ella misma. ¿Aunque no es esto en realidad la Cultura? Personas regulando sus actividades de acuerdo con conceptos simbólicos. Y esto podía extenderse a cualquier actividad humana. Las horas de trabajo, de sueño, de ocio, los momentos en los que uno puede ir a una tienda, tomar una copa en un bar, citarse con un médico o una chica… Todo está sometido a la tiranía del tiempo objetivo. 

    Norbert Elias pone en relación la autocoacción con el proceso de civilización en general. Para Elias, la civilización no es más que la coerción de los instintos por medio de la cultura. A medida que la civilización avanza, la autodisciplina es mayor, hasta el punto de que nuestra sociedad hiperindustrializada parece estar absolutamente controlada por procesos simbólicos (5). 

    Y allí estaba yo, en Qpro Gym, pensando estas tonterías mientras luchaba agónicamente por terminar mi rutina de entrenamiento. La hice. Mis cuarenta y cinco minutos de bicicleta estática y mis ejercicios de pesas y abdominales. Juan, el monitor simpático, estaría orgulloso de mí y me diría que me había superado a mí mismo y a mi pereza. Pero no es así. En realidad fue la institución del tiempo objetivo la que venció a mi propia experiencia del mundo. 


NOTAS:

1. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

2. BERGSON, H. (1999). Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Salamanca: Ediciones sígueme S.A.

3. Cfr. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

4. Cfr.GIDDENS, A. (1995): Modernidad e Identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea. Barcelona, ediciones Península/ Ideas.

5. NORBERT, E. (2016). El proceso de civilización, Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Ciudad de México, FCE. 


viernes, 11 de agosto de 2023

PRACTICIDAD

No recuerdo ya qué día era. Sólo sé que llevaba la tira de tiempo pedaleando en la biciestática y estaba hasta las pelotas. Me dolían las piernas, la espalda y estaba muy sudado y olía mal. 

-¿Pero qué cojones hago yo aquí? -me preguntaba una y otra vez. 

Y sin embargo no me bajé de la bici. Seguí dale que te pego y hasta hice además mi rutina de fuerza. Luego me duché y me fui a casa. 

No soy yo, pero esta era más o menos mi actitud.



Ya en casa, mientras hacía la cena, me pregunté por qué no me marché. Hacía una buena tarde y, habida cuenta de que estaba sufriendo como un perro en el gimnasio, lo lógico hubiese sido mandarlo todo a la mierda, darme un paseíto por el paseo marítimo y luego tomar una caña tranquilamente en una terraza. Pero no. Seguí sufriendo. Entonces me pregunté por qué. Por qué lo hice, si no me apetecía un pimiento estar allí. 

Lo que debería estar haciendo.


La respuesta ya la di en el segundo post de esta página: yo estaba allí por salud. La médica me había dicho que ya no era un niño y tenía que empezar a cuidarme. 

Pero ese era yo. ¿Y los demás? 

Durante varios días estuve molestando a todos mis conocidos del gimnasio preguntándoles por qué iban al gimnasio. Recojo algunas de las respuestas:

a) G, una señora de mi edad, amable, simpática y bastante discreta: 

-Por salud -dijo. 

Como yo. Aún así, insistí un poco y al final acabó diciendo:

-Siempre nos sobra algo de aquí y de allá. Nunca nos vemos bien. 

b) Esteban. Veinte años por aquel entonces. Antiguo alumno. Simpático y buen chaval. Recuerdo perfectamente nuestra entrevista. Estábamos en una de esas máquinas de musculación. Él estaba haciendo remo; yo haraganeando. Normalmente hablamos de series o de cómics, pero esta vez le espeté: 

-¿Tú para qué vienes al gimnasio?

Esteban se rio.

-¿Cómo que para qué vengo al gimnasio?

Supongo que pensaría que soy idiota y tampoco es plan que un antiguo alumno piense que eres un idiota, así que decidí explicarme. 

-Es que yo me aburro aquí. He pensado en escribir mis chorradas de antropología sobre el gimnasio y así por lo menos estoy entretenido. Le he pedido permiso a Juan -el dueño- y me ha dado permiso. De hecho Juan y yo ya hemos charlado un montón sobre esto. 

Esteban siguió riéndose, pero con menos convicción. Yo había sacado el palo de fuego: Juan me había dado la bendición. En general todo el mundo en gimnasio respeta bastante a Juan, así que mis chorradas, si las avalaba él, a lo mejor no eran tan chorradas. 

-¿Por qué vienes aquí? -insistí. 

Esteban siguió riéndose, pero esta vez no de mí, sino porque no sabía que contestar y yo creo que se sentía un poco ridículo. 

-Yo qué sé. 

Seguí dándole el coñazo. 

-Venga, a veces las verdades más difíciles son las que tenemos más cerca. 

Teniendo en cuenta que, en su momento, como nota de Lengua Castellana le había puesto un uno sobre diez, Esteban debería haberme mandado a la mierda. Pero no. Se paró y pensó un poco. 

-No sé. Para verme bien. 

-¿Para verte bien? ¿Qué es eso de verte bien?

-Joder, qué pesado. Pues así, mazadito. 

-Ajá. ¿Mazadito es musculado?

-Sí, no sé. 

-¿Entonces verte bien es verte musculado? ¿Por eso vienes al gimnasio?

Risas nerviosas. 

-Sí. Y también bien… así… quemas la mierda. 

-Vaya. ¿Con la mierda te refieres a las toxinas y eso?

-Sí. 

-¿Entonces también vienes por salud, porque quieres estar sano?

-Sí. Claro. 

-Muchas gracias, Esteban. 

-Estás jodido. 

c) A, también antiguo alumno. Este no se cortó un pelo.

-Para estar cachas -me espetó. 

d) P. Este no me lo dijo directamente, pero me enteré que su objetivo era tener “tableta de chocolate”.

e) A, alumno actual: 

-Para ser fuerte, tío. Fuerte. Fuerte -al tiempo que respondía levantaba el brazo derecho para enseñarme el bíceps. 

A mí este chaval me cae fenomenal. Literalmente me meo de risa con él en clase, donde es bastante frecuente que se pase la hora mirándose los músculos de los brazos. 

f) X, una señora jubilada:

-Ay, filliño. Yo ya soy muy vieja y algo tengo que hacer. Si me quedo en casa en el sofá, en un mes no me puedo levantar. 

g) Un colega de mi edad, más o menos:

-Yo vengo aquí a relajarme. Todos los problemas y las miserias del trabajo se van cuando vengo aquí.

e) En esta línea de búsqueda de endorfinas también va un jubilado simpático al que veo machacarse dos horas todas las mañanas:

-Como todo el mundo, yo he pasado momentos muy duros en vida. Y el deporte siempre me ha ayudado. 

Realicé muchas más entrevistas, pero las respuestas fueron todas en esta línea: la gente iba al gimnasio por salud, por estética, para ser fuertes o en busca de bienestar emocional. Más adelante hablaremos de por qué estas cosas en concreto. Lo que me llamó la atención en aquel momento es que todo el mundo va al gimnasio porque espera obtener algo a cambio. Nadie me contestó: 

-Porque me gusta. Porque sudar en la bicicleta y levantar pesos está guay.

          Foucault define de diversas maneras la episteme, aunque más o menos todas vienen a decir lo mismo: 

    La "episteme" en la filosofía de Foucault se refiere al conocimiento profundo e inconsciente que moldea cómo una sociedad percibe, organiza y crea la realidad. Es una estructura fundamental que determina el lenguaje, los valores y las técnicas de una cultura en una época específica. Estas estructuras son contingentes y cambian históricamente, reemplazándose entre sí en cortes, no en un progreso lineal.



Simplificando mucho, la episteme es la forma en la que piensa una sociedad. Es lo que las personas que componen esa sociedad creen que es la realidad. Son conceptos y valores que les parecen de sentido común, evidentes, más allá de toda duda. Estas formas de pensar cambian con el tiempo. Así por ejemplo, en sociedades religiosas de nuestro pasado les parecía evidente que Dios existía y eso determinaba el modo en que se comportaban. Detrás de sus actos estaba siempre, de alguna forma u otra, una motivación religiosa. Que una acción contribuyese a acabar en el cielo o en el infierno era importante. Hoy en día la mayoría de la gente no piense así. 

(Si queréis saber más sobre el concepto de episteme pinchad aquí). 

Dado que la episteme determina nuestro comportamiento, mi obstinación en seguir sufriendo en el gimnasio pese a la tentadora tarde de sol y la refrescante caña en una terraza a orillas de mar tenía que estar determinada por la episteme de nuestro tiempo. 

Vivimos en una sociedad capitalista y eso ha de determinar nuestra episteme. Richard Sennett en El artesano dice que la relación que establecemos los seres humanos de las sociedades capitalistas con las actividades que hacemos es siempre práctica. No hacemos las cosas por el placer de hacerlas, sino porque esperamos obtener algo a cambio. Así por ejemplo, nosotros no estudiamos por el placer del conocimiento, sino porque esperamos obtener un empleo bien remunerado en un futuro. En este sentido, me resulta muy curioso que el beneficio que esperamos obtener no es inmediato, sino que generalmente está diferido en el tiempo. Actuamos a cambio de la promesa de lo que puede ser en el futuro. La lógica de Qpro Gym es la misma que la de la empresa capitalista: el capitalista invierte su tiempo, dinero, esfuerzo y trabajo a cambio de una remuneración posterior, del mismo modo que los usuarios del Qpro Gym invierten tiempo, dinero, esfuerzo y trabajo a cambio de salud, estética, fuerza y bienestar emocional. 

Ya sé que la idea de este post puede parecer una tontería. Nadie hace las cosas porque sí. Pero, como le dije a Esteban, las verdades más evidentes son las más difíciles de ver. Nos parece de sentido común sacar un rendimiento de nuestras acciones, pero eso no es un universal cultural en absoluto. Es el capitalismo el que nos ha enseñado a pensar en función de costes y beneficios. La episteme capitalista opera a nivel inconsciente y por eso ni nos planteamos que pueda ser de otra manera. Pensad, por ejemplo, en el sistema operativo Linux. Miles de personas anónimas colaboraron desinteresadamente para desarrollar un sistema operativo. Y lo han compartido con la Humanidad gratis, sin esperar siquiera agradecimiento.  

lunes, 7 de agosto de 2023

RACIONALIZACIÓN

 


    Fue un Sábado. La noche anterior me había pasado un poquito con el vino. Me dolía la cabeza y tenía ese desagradable revoltijo estomacal propio de la resaca. Tampoco había dormido bien, así que estaba cansado. Lo lógico hubiese sido quedarse en casa o dar un paseíto tranquilo por la orilla del mar, pero pensé que sudar me ayudaría a combatir la resaca. Hice la mochila y fui a QproGym. Me subí a la bicicleta estática. Empecé a pedalear perezosamente. Con cada latido del corazón las sienes palpitaban y me dolía más la cabeza. Seguí con más fuerza. Debía alcanzar un nivel de esfuerzo que abriese los poros de mi piel para liberar las toxinas en forma de sudor y así quedar por fin libre del malestar de la resaca. Aumenté otra vez la cadencia del pedaleo. Empecé a jadear. Los primeros signos de sudor aparecieron en los sobacos y la parte baja de la espalda. Una gota cayó resbalando por el pelo delante de la oreja. Iba por el buen camino. Pero la cosa no estaba siendo fácil. La cabeza me seguía doliendo y las piernas me ardían como si estuviese levantando cien kilos. Sea como sea, no debía decaer. Le di más caña. Jadeé, sudé y, sobre todo, sufrí. Mucho. Sufrí un montón. Mi entrega fue total. Era increíble lo mal que me sentía y lo duro que estaba trabajando. Hasta que miré el reloj. Fue como si me hubiesen tirado una mierda a la cara. Siete minutos. Siete putos minutos. Había estado a punto de morir de un infarto para siete putos minutos. Pero no me amilané. Seguí dándolo todo hasta hacer mis 45 minutos de cardio sin parar. Fue algo épico, porque el tiempo pareció estirarse, casi hasta detenerse. 45 miserables minutos convertidos en una eternidad. Observé a los otros usuarios del gimnasio con odio. Seguro que a aquellos asquerosos el tiempo se les pasaba mucho más rápido que a mí. Acabé mi sesión de bici y me desplomé en las colchonetas. Tenía la camiseta empapada y me quería morir.


No soy yo, pero podría serlo.


    No digo nada nuevo cuando afirmo que la percepción del tiempo es subjetiva. Anthony Giddens, en Consecuencias de la Modernidad, sostiene que en las sociedades tradicionales el tiempo se medía en función del espacio -posición del sol, por ejemplo-. Pero en el siglo XVIII se inventó el reloj, que pronto se extendió a toda la población. Esta máquina permitió separar el tiempo del espacio. Paralelamente se unificaron internacionalmente los calendarios. Giddens habla de "vaciado temporal", en el sentido de que la medición del tiempo se convierte en algo abstracto, sin contenido.


Giddens. Aunque fue asesor de Tony Blair,
es un sociólogo muy interesante.

    Durante el tiempo que yo estuve en la bicicleta estática, las manecillas del reloj se movieron igual para todo el mundo. Pero este movimiento no fue más que un recipiente vacío, que hay que llenar con la experiencia personal de cada uno.
    Me llevó un tiempo darme cuenta de que el tiempo objetivado de QproGym solo es una forma más de racionalización de nuestra sociedad contemporánea. La MdDonalización de la sociedad desarrolla y aplica al siglo XXI la teoría de Max Weber de la jaula de hierro y la hiperracionalización. Según Ritzer el concepto que rige nuestra forma de trabajar, producir y consumir es la eficacia. La definición de eficacia es un poco compleja, pero se ve muy clara con una serie de ejemplos:
    En McDonald´s, y en general en todos los restaurantes de comida rápida, se ha demostrado que es mucho más eficaz que los clientes hagan muchas de las funciones que antes estaban destinadas a los camareros. En estos restaurantes el cliente es el encargado de hacer cola ante una barra para recoger la comida, en lugar de esperar tranquilamente a ser atendidos en la mesa. Después de comer es el encargado de recoger sus sobras y tirarlas a la basura, dejando así limpia la mesa para el siguiente.


Lo que en un restaurante normal hacen los camareros
y lo que en McDonald´s haces tú. 


    Igualmente, en estos restaurantes se trabaja en cadena. En lugar de que haya un cocinero que pique la cebolla, limpie y trocee el tomate, ponga a la plancha la hamburguesa, etc... se trabaja como en una cadena de montaje. Hay un supervisor que se encarga de prevenir qué productos se demandarán, los pide y, en la cadena, un chico coge las carnes de las hamburguesas y las pone en la plancha, otro las saca y las pone en los panes, un tercero coloca el tomate, la lechuga y la cebolla, un cuarto echa las salsas y el quinto mete la hamburguesa ya hecha en esas cajitas de espuma.





Tres actividades desarrolladas por los empleados
 de McDonald´s. El empleado puede pasarse ocho horas
 seguidas haciendo solo lo que se ve en cada una de las fotos, 


    Ambos fenómenos -trasladar parte de la producción al cliente y trabajar en cadena- se consideran más eficaces porque abaratan mucho el coste y se produce una mayor cantidad en menor tiempo.
    Ritzer escoge McDonald´s como metáfora de la sociedad moderna porque es una de las empresas más conocidas a lo largo y ancho del mundo, pero estas estrategias para aumentar la eficacia se dan en otros muchos lugares. Así, sin pensar demasiado, se me ocurren un montón:
1. IKEA traslada gran parte de la producción al cliente. Tú recorres la tienda, anotas lo que quieres en un papel, luego bajas a un hangar enorme, coges el producto, lo cargas hasta la caja registradora, lo pagas, lo metes en el coche, lo llevas hasta tu casa, lo montas tú y lo colocas como puedes. Por eso los muebles de IKEA son mucho más baratos que los de las tiendas convencionales.
2. Las máquinas de café que hay en cualquier oficina. En lugar de ir a la cafetería a que te hagan un café, metes una moneda en una máquina y te tomas el café de pie en un vasito de plástico.
3. Las cabinas de pago de las autopistas en los que no hay nadie atendiendo, sino que tienes que ser tú el que meta la tarjeta y, si quieres un recibo, apretar un botón para que la máquina lo expenda.
4. Un crucero, que son unas vacaciones planificadas en las que se aprovecha todo, especialmente el viaje para dormir y supuestamente no perder tiempo en los desplazamientos.
5. El supermercado. En el ultramarinos pedías lo que querías en un mostrador y, si eras cliente habitual, hasta el chico te lo llevaba a casa. Ahora lo coges tú de las estanterías y lo llevas a la caja. En el último y más delirante estadio de la racionalización llegas incluso a cobrarte tú mismo en las cajas de autopago con el cebo de que son más rápidas.
6. El centro comercial. Ya no hay que ir a buscar una tienda detrás de otra. Basta con coger el coche y acercarnos a un centro comercial para tener todas las tiendas juntas, sin necesidad de desplazarnos de una a otra. Al final de la jornada, si estamos cansados, ya no hay por qué fatigarse buscando una cafetería porque suele haber varias en la última planta.
    Podríamos seguir así con prácticamente todas las actividades humanas actuales, porque en todas se ha tratado de optimizar la eficacia.

Ikea. La pesadilla de la racionalización, que es una 
máquina de destrozar matrimonios. 

    Según Ritzer hay tres conceptos fundamentales que determinan lo que se considera eficaz y lo que no:
    En primer lugar está la cantidad. Producir mucho y en gran cantidad se considera un signo inequívoco de eficacia. Importa muchísimo más la cantidad que la calidad, de ahí la proliferación de restaurantes del estilo de McDonald´s y la tiranía de los índices de audiencia que lleva a las cadenas a insertar en sus programas basura como Sálvame que tiene una calidad ínfima pero que asegura altos índices de audiencia.
    En segundo lugar parece preocuparnos mucho la predicibilidad. Queremos saber exactamente qué es lo que nos vamos a encontrar, desde la comida al cine. Uno puede entrar en un McDonald´s, un IKEA, un Zara o cualquier otra multinacional en cualquier parte del mundo y sabe exactamente cómo va a ser y, por ende, el modo en que tiene que comportarse.
    Y, en tercer lugar, es muy importante el control, tanto de los trabajadores como de los clientes. En un Zara o en un H&M el encargado ejerce un control férreo sobre sus empleados a los que vigila siendo este a su vez controlado por otro cargo por encima de él. Los trabajadores también se controlan entre ellos por medio de comentarios y denuncias a los superiores. Y los clientes son controlados, ya que se les prescribe un comportamiento muy concreto en todos y cada uno de estos establecimientos. Entramos, buscamos lo que nos gusta, lo llevamos al probador, una chica nos da un plastiquillo con un número que identifica la cantidad de prendas que llevamos. Nos las probamos, nos quedamos con la que nos gusta y le dejamos las que no a la chica. Luego vamos a la caja, hacemos cola, pagamos, nos meten nuestra compra en una bolsa y nos vamos. Cualquier comportamiento que no entre dentro de este férreo patrón va a ser percibido como anormal y con toda probabilidad va a acabar en una llamada a seguridad.

Clientes amaestrados de Zara.


    Sin embargo, Ritzer observa que desde finales del siglo XX el control se ejerce cada vez más por medio de máquinas y menos por medio de personas, ya que las máquinas son percibidas como formas de control más eficaces y menos agresivas que las personas. Así, el trabajo que antes lo hacían personas se ha pasado a la tecnología -por ejemplo las cabinas de autopago en los autopistas y supermercados, o la cadena de producción de hamburguesas de McDonald´s, en las que un pitido suena periódicamente avisando a los trabajadores de las diferentes actividades que tienen que hacer, como levantar la carne de la plancha o ir a desinfectarse las manos-. En este punto Ritzer hace un par de observaciones graciosas cuando señala la falsa camaradería y la falsa sensación de intimidad entre cliente y trabajador creada por la alegría forzada de los trabajadores de los sitios mcdonalizados y dice que parece que estás en un campo de reeducación y que les han dado un euforizante o alguna otra droga. Y le fascina que estos trabajadores sean todos iguales allá donde estés: el mismo corte de pelo, misma complexión, todos parecen buenos chicos.
    QproGym es una oda a la racionalización y la eficacia. En primer lugar, es un espacio común para que todos hagamos ejercicio allí. Podríamos hacerlo a nuestro aire en casa, pero para ello tendríamos que tener una casa enorme y hacer una inversión considerable en máquinas. Esto escapa a las posibilidades de la mayoría de los usuarios, así que compartimos gastos vía la cuota mensual y a cambio podemos disponer de todo tipo de máquinas especializadas muy caras en un espacio amplio y agradable.


Espacio racionalizado de Qpro.

    En segundo lugar, a los usuarios se nos asigna una tabla de ejercicios en función de los objetivos de cada uno, pero que es bastante similar para todos. Empezamos con diez o quince minutos de ejercicio cardiovascular (nos dejan elegir entre bicicleta estática, elíptica, remo o cinta de correr), luego vamos a la zona de musculación, hacemos dos o tres ejercicios -estos son los individualizados en función del objetivo-, volvemos al cardiovascular otros diez o quince minutos, más ejercicios de fuerza y, si no estás exhausto, puedes darle un poquito más al cardio. Igual que podríamos tener un gimnasio en casa, podríamos tener un entrenador personal, pero eso sería caro y la mayoría no nos lo podríamos permitir, así que recurrimos a que Juan nos haga una tabla de ejercicios individualizada, pero que luego hacemos de forma individual. Juan, o el monitor que esté en ese momento en la sala, nos controla desde la distancia y, si ve que estamos haciendo algo mal, interviene. Pero no está con nosotros la hora y media que estamos allí, guiándonos y prestándonos atención individualizada. 
    Y en tercer y último lugar, nuestro comportamiento, gracias a las tablas, es perfectamente predecible. Como borreguitos bien amaestrados seguimos la rutina pautada. Juan nos tiene bien controladitos sin tener que recurrir a la fuerza, ni siquiera a la intimidación.
    Sin embargo, como comprobé aquel Sábado por la mañana de resaca en la bicicleta estática, no todo es maravilloso en este mundo mcdonalizado. Hay, por el contrario, evidencias de multitud de irracionalidades que ponen límites y en peligro al racionalismo de la cadena producción-consumo moderno. Y aquí, a bote pronto, se me ocurre otra buena batería de ejemplos:
1) los atascos y las colas interminables en las autopistas cuando no pasa la tarjeta o alguna cabina no funciona.
2) Los cajeros automáticos son sangrantes. En primer lugar, te aseguran que son rápidos, lo que tes mentira cochina, porque para encontrarlos hay que irse muy lejos y, en muchas ocasiones, no nos pueden dar dinero por las más diversas razones. Además, el banco se ahorra un empleado al convertir al cliente en un trabajador sin sueldo que hace él solito sus propias gestiones, pero, en lugar de revertir eso sobre el consumidor, el banco se queda con un porcentaje de cada operación.
3) Es cierto que los centros comerciales ahorran tiempo porque allí puedes comprar comida, ropa, ir al cine y tomar una caña todo en el mismo sitio. Pero hay que desplazarse hasta ellos y suele haber atascos y muchos problemas para encontrar aparcamiento, de modo que el ahorro de tiempo no es más que supuesto.
4) En los parques de atracciones, donde se supone que uno tiene toda la diversión concentrada, se pierde el noventa por ciento del tiempo en desplazamientos y colas interminables.
5) Puede ser más eficaz hacer la comida tú en casa que meter a toda la familia en un coche, conducir hasta el restaurante de comida rápida de turno, llenarse de comida y conducir de vuelta a casa. Son restaurantes de comida rápida a medias.




    Por todo ello a Ritzer no le acaba de convencer la mcdonalización de la sociedad. Este juego de racionalización/eficacia no son el medio más eficaz para alcanzar un fin. El sistema resulta eficaz para los empresarios que tienen unos beneficios mucho mayores, pero desde luego no para el cliente. Además estos sistemas generan una cantidad indecente de desperdicios, lo que degrada mucho el medio ambiente y a la larga generará graves problemas. Y finalmente, todo en ellos es ficción. Para los clientes no es eficaz ni barato, sólo se les proporciona la ilusión de eficacia y baratura e, incluso, de diversión. McDonald´s pone payasos y parques infantiles, se nos vende una tarde en el centro comercial como si fuese la fiesta máxima y se nos crea la ilusión de que nos estamos divirtiendo.
    No creo que esto último sea este el caso de QproGym. QproGym es una pequeña empresa, y solo las grandes multinacionales pueden llegar a este estadio de racionialización/extracción del capital. No creo que el simpático Juan saque unos beneficios astronómicos gracias a sus tablas de ejercicio, sino que simplemente hacen viable el negocio y que mucha gente pueda hacer deporte sin ser millonario. Tampoco creo que degrade mucho el medio ambiente, aunque en esto tengo que reconocer que no es más que una impresión, ya que no tengo conocimiento alguno sobre la huella de carbono de un gimnasio. Y finalmente no sé hasta qué punto se crea una ilusión de diversión. Desde luego yo no lo paso nada bien.

    Anexo:
    En una de nuestras entrevistas, le comenté a Juan que la racionalización del tiempo y la actividad en QproGym era absurda porque el ejercicio depende de cómo te encuentres. Juan abrió mucho los ojos y levantó las palmas de las manos
    -Joder. Pues haz menos.
    Obvio.
    Lo que no le dije a Juan es que hemos asimilado hasta tal punto los procesos de racionalización que hemos adecuado nuestra percepción a ellos. Por muy mal que me encuentre, si no hago los 45 minutos de cardio, no tengo la sensación de haber hecho bien deporte.

sábado, 29 de julio de 2023

CAPITALES II: LA ETIQUETA CORPORAL


    Durante días la idea de los capitales me siguió rondando por la cabeza. A no ser que uno sea un misántropo –que no es mi caso-, a nadie le gusta caerle mal a sus semejantes. Además, la médica aquella me había dicho que me tenía que cuidar. El gimnasio era el único medio para poder seguir comiendo y bebiendo a mi antojo sin morir a los 45. Abandonarlo no era una opción. Pero los ejercicios ya eran lo suficientemente duros como para añadirle el desprecio de mis compañeros de esfuerzo. ¿Qué podía hacer al respecto? No podía plantarme en QproGym con una tarta de chocolate e invitar a todo el mundo para hacer las paces. Tampoco podía regalarles dinero o droga a cambio de amistad, ¿qué sé yo? La idea me agobiaba y, al tiempo que trataba de pasar inadvertido en QproGym, pensaba de forma obsesiva en el capital cultural y el capital erótico. 






    Debió ser un Martes o un Miércoles, porque eran los días en que coincidíamos todos en la sala de profesores. Entré tranquilamente con los libros debajo del brazo. Miguel, mi compañero de lengua gallega, estaba respantingado en una silla junto a los ordenadores. Hablaba con Rosa y Gabriel. 

    -Los coches se inventaron para algo. Cada vez que veo a uno de esos runners me canso solo de verlos…

    Miguel se tocó la barriga en un gesto que denotaba el orgullo que sentía por ella. Me senté a su lado y escuché con atención. Siguió hablando del poco deporte que hacía y de lo orgulloso que estaba de ello. En su opinión, una persona que hace deporte es un demente. Gabriel y Rosa estaban totalmente de acuerdo con él. No recuerdo las palabras exactas porque no llevaba mi libreta de notas, pero de aquella conversación se colegía que a mis compañeros toda aquella persona que dedicase demasiado tiempo al cuidado de su cuerpo les resultaba sospechosa de abandonar su intelecto. A mí todo aquello me resultaba interesantísimo, porque confirmaba mis teorías de los capitales. En un momento determinado Miguel se volvió hacia mí.
 
    -¿Verdad? –dijo.

  Lo cierto es que yo no estaba para nada de acuerdo con aquellas afirmaciones absolutas. Es cierto que un cuerpo cincelado en bronce no deja mucho tiempo para entregarse a la filosofía, pero puede ser increíblemente útil en una discoteca a las cuatro de la mañana, cuando tratas de ligar en el mercado de la carne. O en la guerra, donde queremos tipos duros que cumplan con las órdenes sin rechistar y no un filósofo que se ponga a cuestionar el sentido de la vida. Pero, como San Pedro, negué tres veces.

    -Por supuesto, por supuesto, por supuesto –dije.


Algo que mis compañeros de trabajo no valoran nada. 

    La conversación siguió, a partir de aquí con mi colaboración activa. Les conté que llevaba yendo al gimnasio tres meses por prescripción médica. 

    -¿En serio? –me preguntó Rosa. 

    Yo estaba lanzado. 

    -Tienes que ver lo que hay allí. La peña está totalmente pirada. Pasan toda la puta tarde mazándose como bueyes. Yo no, claro. Yo solo voy un ratito, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? No voy a dejar de beber y de fumar. Pero tampoco te creas que voy mucho. Una horita tres días a la semana. Y con eso es más que suficiente. No voy a dejar el cine o de leer. 

    Por sus caras inferí que mi discurso les había convencido. No tenía otra opción ya que la médica me había mandado, pero debía tener siempre en mente que era una actividad baja. No debía dedicarle mucho tiempo y, sobre todo, debía mantener cierta actitud cínica frente a ella. 

    -¿Y qué piensa un antropólogo como tú del gimnasio? –me preguntó Gabriel. 

    Yo boqueé un poco como un tonto. Afortunadamente tocó el timbre antes de que tuviese que confesar que el gimnasio es un aleph que me tenía fascinado.

    Me fui a clase con los de FP Básica. Nadie quiere darles clase porque suelen ser grupos bastante conflictivos, pero yo me lo paso pipa con ellos. Hicimos cuatro chorradas de gramática y luego me contaron cómo hacían para robar cobre en obras.
 
    -Ya tengo localizada una con un ascensor a medio montar –me dijo uno. 

    Yo traté de hacerles ver que el robo y venta ilegal de cobre no era una buena idea, pero creo que no me hicieron mucho caso. Entendía que les gustase fumar hachís y que tuviesen que recurrir a alguna que otra actividad ilegal para financiar el vicio, pero lo del cobre era peligroso de verdad. No solo por el riesgo que entrañaba entrar en una obra con guardias y perros de seguridad, sino porque, en caso de que los trincase la Guardia Civil, iban a tener problemas. No me puse paternalista porque eso les molesta mucho. Simplemente expuse la cuestión en términos económicos: el riesgo es mucho mayor que el beneficio. Luego me contaron que uno de ellos –no me quisieron decir el nombre- tenía problemas con otro alumno de formación profesional porque le había robado una bolsa de marihuana de la taquilla. Esta vez tampoco me puse en plan profesor, enfadándome y castigándolos por una infracción tan grave de las normas. Castigándolos no iba a conseguir que dejasen de fumar hierba en el instituto, sino solo que me viesen como el enemigo y entonces cualquier esfuerzo por ayudarles iba a ser frontalmente rechazado. En su lugar, les pedí que evitasen cualquier confrontación violenta. Les dije que a mí sus trapicheos me traían al pairo, pero que, si se pegaban, ya fuese en el instituto o en la discoteca el fin de semana, íbamos a tener lío. 

Aunque parezca increíble, por culpa de la publicidad, algunos estilos
musicales y ciertas series, muchos adolescentes se sienten fascinados con esto. 

    -Mirad. La ley es así. Si os pegáis tanto aquí como fuera, el instituto es el responsable. Si hay hostias, al final voy a acabar involucrado yo, y la guardia civil y hasta el director del instituto. Y ninguno quiere que las cosas acaben así. Ni yo quiero andar con un expediente, ni vosotros con antecedentes penales por robo, tráfico y agresión. Así que es mejor para todos que arregléis esto discretamente. 

    -Como me venga en Clip es que lo reviento –dijo uno. 

    La intervención no había sido muy inteligente por su parte, ya que evidenciaba que había sido él el que había robado la hierba, pero me hice el loco. 

    -Y entonces todo acabará como te acabo de decir –dije-. ¿Y tú quieres acabar en un juicio con antecedentes penales? ¿No es mejor solucionar esto antes de que las cosas se desmadren?

    Él se hizo un poco el chulo para demostrarnos a todos que era un tipo duro, pero al final acabó dándome la razón. No sé si fue por mi charla o simplemente por puro azar, pero lo cierto es que la sangre nunca llegó al río. Tal vez le devolviese la hierba a su legítimo dueño, tal vez quedasen en un descampado para pegarse con discreción, tal vez las cosas se solucionaron porque sí o tal vez todo fuese una trola para hacerse los gallitos, pero el caso es que las cosas no fueron a mayores y no hubo altercados ni en la discoteca ni en el instituto. Sea como sea, la conversación siguió por otros derroteros y el tiempo pasó.

    Ana tenía que hacer algunas gestiones en Vigo, así que comí solo. Luego me tumbé en la cama con la intención de leer un rato, pero no lo hice. Solo me quedé muy quieto, con las manos cruzadas detrás de la nuca mirando el techo. Una mosca daba vueltas alrededor de la lámpara. Me caían bien los chavales de FP Básica. Y mis compañeros Miguel, Rosa y Gabriel. No había tenido problema alguno en encajar con todos y cada uno de ellos. Simplemente me habían bastado unos segundos para adaptarme a dos contextos tan diferentes. Era algo a lo que estaba acostumbrado y me salía instintivamente. Cambiaba de registro sin dificultad y, sobre todo, sin notarlo yo. ¿Me convertía eso en un farsante? ¿quién era yo, el pseudointelectual del despacho de profesores o el adulto que había utilizado razonamientos mafiosos para evitar una guerra entre dos grupos de FP?  

    En Sociología del cuerpo André Le Breton reformula las ideas de Goffman para acuñar el término etiqueta corporal. Según Le Breton:


En todas las circunstancias de la vida social es obligatoria determinada etiqueta corporal y el actor la adopta espontáneamente en función de las normas implícitas que lo guían. (…)  Cada actor quiere controlar la imagen que le da al otro, se esfuerza por evitar las equivocaciones que podrían ponerlo en dificultades o hacer que el otro caiga en el desconcierto.


    Así las cosas, yo no soy ni un farsante ni un demente con personalidad múltiple. Todos y cada uno de nosotros cambiamos de rol en función del contexto de interacción social en el que nos encontramos. Adecuar nuestro comportamiento a la situación es lo que Le Breton llama etiqueta corporal. Hacerlo en el gimnasio no fue tan difícil, aunque me llevó tiempo. Bastó con seguir los códigos de comportamiento allí prescritos. Se acabaron los comentarios pseudointelectuales. Solo se habla de fútbol, de los propios ejercicios y el entrenamiento; de deporte en general; nunca de política; un poquito de chicas. Tampoco es conveniente hablar mucho, sobre todo si la persona no es un conocido íntimo. La gente está allí para entrenar, no para hablar con desconocidos. Y es importante hacer bien los ejercicios y tener un cuerpo bastante tonificado. La etiqueta corporal no se limita al comportamiento. Difícilmente van a tomarte en serio si no te adecúas al contexto. Un gimnasio es un espacio diseñado para el cultivo del cuerpo. Unas tetillas fofas o la barriguita cervecera delatan al neófito, al que acaba de llegar y que probablemente no dure mucho allí. Ahora, cinco años después, creo que me ha ganado el respeto incluso de los irreductibles de QproGym.