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lunes, 14 de agosto de 2023

LA OBJETIVACIÓN DEL TIEMPO (Otra versión de racionalización).



Creo que hasta aquel día no fui consciente de la manera en que la invención del reloj cambió la vida de los seres humanos. Había leído sobre ello, en concreto un ensayo de Norbert Elias (1) muy interesante sobre el tema , pero no había tomado conciencia real de hasta qué punto determinan nuestra forma de percibir el mundo y de comportarnos. 

    Era un Sábado por la mañana. El día anterior había estado festejando algo y, como suele pasar cuando se festeja, la mañana siguiente fue resacosa. No era una de esas resacas terribles, en las que te duele mucho la cabeza, tienes náuseas y apenas si puedes levantarte de la cama. Los excesos no habían sido tantos. Ya no tenía edad para eso. Era más bien una resaca madura, de las que tenemos los cuarentones. Había dormido mal, estaba cansado y me dolía ligeramente la cabeza. Aparte de eso, no puedo decir que la cosa fuera a mayores. Bebí medio litro de leche y miré melancólicamente por la ventana. Llovía con suavidad. 

    ¿Qué carallo voy a hacer durante todo el día? –pensé.

    Dar un paseo bajo la lluvia quedaba descartado. El cine o la lectura solo empeorarían el dolor de cabeza. La radio los fines de semana me aburría. Así las cosas, el gimnasio era la única opción. Además, sudando probablemente expulsaría las toxinas que me provocaban aquel malestar general. 

    El ritual de entrada fue el de siempre, solo que esta vez lo hice un poquito más despacio. Pasé el carnet por el torno, me puse la ropa deportiva en el vestuario y me subí a la bicicleta estática. No debía ser yo el único al que la suave lluvia plomiza había estropeado el plan del Sábado por la mañana, porque el gimnasio estaba más concurrido de lo normal. 

    Apenas si había empezado a pedalear, cuando me di cuenta de que algo no funcionaba. El estómago se me revolvía y el dolor de cabeza de ligero pasó a moderado. Con cada latido de mi corazón notaba cómo me palpitaban las venas de las sienes. Pero no paré. Seguí pedaleando a 31 rpm como hacía siempre. 

    -Seguro que con el sudor se va la resaca –me decía. 

    A mi alrededor, personas de todas las edades hacían ejercicio como si nada. Unos remaban, otros corrían en la cinta y algunos se ejercitaban en las bicis elípticas. Todos más o menos sudados, pero ninguno evidenciaba un calvario similar al mío. Me ardían las piernas y boqueaba desesperado tratando de coger aire. No sé cómo el corazón no se me salió por la boca. Literalmente. Entre bocanada y bocanada miré el cuadro de mandos. Tuve que parpadear un par de veces para dejar de verlo borroso. El cronómetro marcaba siete minutos. Volví a parpadear, esta vez haciendo fuerza, como para alejar de mí la alucinación que acababa de tener. No había sido una alucinación. Siete minutos. El maldito crono seguía marcando SIETE MINUTOS. Quise morirme. Siete minutos que me habían parecido siete años. La gente que me rodeaba seguía a su rollo como si nada. Los odié con toda mi alma. 

    Cualquiera que haya experimentado una situación similar compartirá conmigo que no es lo mismo el tiempo objetivo que el tiempo subjetivo. Una hora con los colegas entre cañas y risas no se parece en absoluto a una hora en clase de biología con aquella profesora asquerosa que confundía enseñar con imponer disciplina por medio del terror. A principios del siglo pasado Bergson distinguía entre el tiempo y la duración (2). Según Bergson, el tiempo objetivo, el del reloj, es fruto de nuestro intelecto. Nuestra mente “traduce” el tiempo en espacio físico, que divide en espacios iguales –lo que tarda en ir la aguja del reloj de un punto a otro-. Un segundo es igual a otro segundo, sean las condiciones las que sean. En esto se opone al tiempo subjetivo, el de nuestra conciencia, donde todo es un devenir continuo y nada es igual a lo anterior. 

    Conseguí llegar hasta los 45 minutos que siempre hacía los días que me tocaba cardio. Me bajé de la bici dando tumbos y me desplomé en un banco. Por primera vez me fijé en algo que debía haberme llamado la atención hacía mucho tiempo, pero que, a fuerza de costumbre, había pasado por alto. Qpro Gym estaba lleno de relojes por todos lados. Cada máquina de ejercicio cardiovascular tenía su propio cronómetro en el cuadro de mandos; frente a ellas, entre las ventanas, había otro reloj de agujas; en la zona de musculación había un reloj rectangular que también hacía las funciones de cronómetro; en las muñecas de los usuarios había relojes de pulsera y aquellos que no lo llevaban consultaban el tiempo regularmente en sus teléfonos móviles. En una sala de unos cien metros cuadrados habría, por lo menos, treinta relojes. 



    En el devenir cada acontecimiento es diferente a todos los demás. El tiempo fluye sin dejar que un instante sea igual a otro. Nunca nada se repite de la misma manera. Así las cosas, el fluir del tiempo es lo más cercano al caos que conoce la conciencia humana. Pero los seres humanos necesitamos orientarnos en el mundo para poder vivir en él. Ninguna puesta de sol, por poner un ejemplo, es igual a otra. Sin embargo, establecemos similitudes entre ellas para inventar el intervalo que hay entre una y otra y al que llamamos día. En este sentido, el tiempo objetivo es expresión del intento de los hombres por determinar posiciones, duraciones de intervalos o ritmos en las transformaciones en este devenir para ordenar nuestras vidas. 

    En los primeros pasos de Humanidad la determinación del tiempo era pasiva. Los primeros homínidos comían cuando tenían hambre y dormían cuando tenían sueño. Este estadio primitivo empezó a cambiar con la agricultura. Esta depende de las estaciones, las cosechas, los ciclos lunares, etc… y los hombres neolíticos hicieron depender al tiempo objetivo de ellas. De acuerdo con Norbert Elias, ya no hacían las cosas cuando se las pedía su cuerpo, pero todavía no tenían una idea del tiempo en abstracto. Lo que les preocupaba eran sus problemas inmediatos (3). En los estadios primitivos de la humanidad, cuando querían situar los hechos, tenían que recurrir a procesos naturales como la puesta y la salida del sol, las estaciones o los ciclos lunares. En realidad, como todo lo que es sucesivo, estos procesos naturales son únicos e irrepetibles. No es la misma puesta de sol de hoy que la de ayer ni que la de mañana, pero, como nuestros antepasados vieron una pauta de repetición, se sirvieron de la similitud entre esos procesos para orientarse.



    El tiempo abstracto no aparece hasta el siglo XVIII con la invención del reloj, que pronto se extiende a toda la población. Gracias a ellos, los seres humanos utilizamos los procesos simbólicos recurrentes en sus esferas. Paralelamente se unifican los calendarios entre los diferentes países. Giddens habla de "vaciado temporal" en el sentido de que la medición del tiempo se convierte en algo abstracto, sin contenido (4).

    Esta idea del tiempo como algo abstracto fue lo que me dejó flipado aquella mañana de resaca en Qpro Gym. El tiempo objetivo no existe por sí mismo. Solo es el resultado de un pacto entre los miembros de la Humanidad. Podíamos haberlo hecho de mil maneras distintas, pero lo hicimos como lo hicimos y, a partir de entonces, el tiempo objetivo pasó a dominar nuestras vidas. Sentado en aquel banco de musculación, yo flipaba porque todos los que estábamos allí estábamos adecuando nuestras actividades a una institución simbólica, independientemente del modo en que cada uno la experimentase. Allí cada uno tenía su planning de entrenamiento basado en periodos de tiempo figurados y todos nos plegábamos a ellos. Me pareció alucinante cómo la Humanidad se doblegaba a una construcción simbólica creada por ella misma. ¿Aunque no es esto en realidad la Cultura? Personas regulando sus actividades de acuerdo con conceptos simbólicos. Y esto podía extenderse a cualquier actividad humana. Las horas de trabajo, de sueño, de ocio, los momentos en los que uno puede ir a una tienda, tomar una copa en un bar, citarse con un médico o una chica… Todo está sometido a la tiranía del tiempo objetivo. 

    Norbert Elias pone en relación la autocoacción con el proceso de civilización en general. Para Elias, la civilización no es más que la coerción de los instintos por medio de la cultura. A medida que la civilización avanza, la autodisciplina es mayor, hasta el punto de que nuestra sociedad hiperindustrializada parece estar absolutamente controlada por procesos simbólicos (5). 

    Y allí estaba yo, en Qpro Gym, pensando estas tonterías mientras luchaba agónicamente por terminar mi rutina de entrenamiento. La hice. Mis cuarenta y cinco minutos de bicicleta estática y mis ejercicios de pesas y abdominales. Juan, el monitor simpático, estaría orgulloso de mí y me diría que me había superado a mí mismo y a mi pereza. Pero no es así. En realidad fue la institución del tiempo objetivo la que venció a mi propia experiencia del mundo. 


NOTAS:

1. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

2. BERGSON, H. (1999). Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Salamanca: Ediciones sígueme S.A.

3. Cfr. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

4. Cfr.GIDDENS, A. (1995): Modernidad e Identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea. Barcelona, ediciones Península/ Ideas.

5. NORBERT, E. (2016). El proceso de civilización, Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Ciudad de México, FCE. 


jueves, 27 de julio de 2023

Un Aleph

 


    En el capítulo “Técnicas del cuerpo” de Economía y Sociedad, Marcel Mauss introdujo el concepto de técnicas corporales para referirse a los movimientos, las posturas y las actitudes que los seres humanos utilizamos para realizar determinadas actividades o para expresar nuestros sentimientos. 


Marcel Mauss

    Todos los seres humanos tenemos cuerpo y, por tanto, nos relacionamos con él. Sin embargo, y pese a que la humanidad es impensable sin cuerpo, esta relación no es natural. La comparación entre diferentes culturas demuestra que la manera en que las personas entendemos nuestro cuerpo y el modo en que interactuamos con él está mediado por el aprendizaje cultural. Si, por ejemplo, echamos la vista unos siglos atrás, encontraremos una relación con el cuerpo completamente diferente a la nuestra. Cierto catolicismo medieval entendía que los padecimientos eran deseables porque nos acercaban al sufrimiento de Jesús en la Cruz. Consecuencia de esta forma de comprender e interactuar con el mundo son las técnicas corporales de la flagelación, el ayuno o la mortificación. Nada más alejado de nuestra percepción hedonista y nuestras técnicas de cuidado e higiene del cuerpo. Las técnicas corporales reflejan los valores, la ideología y las concepciones de cada sociedad. Este es el sentido de la afirmación de Mauss de que “la sociedad se hace cuerpo”. 

    Todo empezó en la consulta de una médica del seguro. Yo estaba allí sentado, con el sobre con los resultados de mi análisis de sangre. Se lo alargué. Ella rasgó la solapa y ojeó las hojas con aire distraído. 

    -Mmmmmmmm -musitó.

    Yo me asusté un poquito. 

    - ¿Es algo grave?
 
    Ella dejó las hojas sobre el escritorio y las giró para que yo pudiese leerlas bien. Sacó una pluma del bolsillo de su bata. 

    - El colesterol, el ácido úrico y las transaminasas –al tiempo que pronunciaba cada una de las palabras las señalaba en el papel con la punta de su pluma estilográfica. 

    -¿Qué les pasa? 
    
    Ella levantó los ojos y me miró por encima de los cristales de sus gafas de ver de cerca. 

    -Que están muy altos.

    Yo me dejé caer aliviado sobre el respaldo de la silla.

    -Ah –dije.
    
    Ella meneó la cabeza. 

    -Ah no –repuso severa-. Estos resultados no están bien. Tienes que cuidarte. Ya no tienes veinte años. 

    Fruncí el ceño. 

    -¿De qué estamos hablando? 

    Esta vez fue ella la que se recostó sobre el respaldo de su silla. 

    -Dieta y algo de deporte –se quitó las gafas y las dejó caer en el escritorio, sobre mis análisis-. Y te recuerdo que tienes asma. Tienes que dejar de fumar. 

    -Pero ahora fumo poco –dije en mi descargo.

    -Poco ya es demasiado –nos miramos unos segundos en silencio. Al fin, ella se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la mesa-. Ya no tienes veinte años –repitió señalándome con la pluma-. Y esto así no va bien. 

    Me gustaría decir que me mantuve firme en mis principios y que continué con la vida bohemia que nunca había llevado, pero lo cierto es que esa noche, ya en casa, me asusté un poco cuando tomé conciencia de que no iba a ser joven eternamente. Soy un cuerpo y, como tal, estoy sujeto a la ley eterna de la degradación, la enfermedad y la muerte. Valoré las tres recomendaciones: dieta, dejar de fumar y deporte. Adoptando las dos primeras corría el riesgo de que mis relaciones sociales se viesen afectadas. Estaba en esa edad en la que uno sustituye los placeres de la cama por los de la mesa, y las cañas en las terrazas de los bares y comidas con amigos son dos de los espacios principales de interacción social que tiene una persona de cuarenta años sin hijos. Lo mismo me sucedía con el tabaco. El pitillo del recreo había creado una relación de cierta intimidad con los compañeros de trabajo que compartíamos vicio. El deporte era la única opción que no amenazaba con recluirme en una burbuja social. La mañana siguiente crucé la puerta de cristal de QProGym.

Esa puerta de cristal que se ve a la derecha es la que crucé. 




    Tardé en darme cuenta. Solo iba allí una hora tres veces a la semana. Sudaba, jadeaba y sufría, y luego me iba a casa bastante relajado y con la sensación del trabajo bien hecho. Pero el ejercicio en la bicicleta estática puede llegar a ser realmente aburrido. Las primeras semanas miraba por la ventana, a los coches que pasaban por la calle estrecha. Luego, poco a poco, empecé a observar con discreción a las personas que compartían la sala conmigo. No hacían nada especial que no hiciese yo también. Corrían en la cinta, pedaleaban en la biciestática y levantaban peso en las diferentes máquinas de musculación. El comportamiento humano es infinitamente más interesante que el de los coches. Me fijé en el modo en el que hacían los diferentes ejercicios, observé las actitudes, presté atención a los comentarios, e incluso tuve la mala educación de escuchar furtivamente alguna que otra conversación. El tedio de los ejercicios repetitivos dejó paso al interés curioso del antropólogo. La frase de Marcel Mauss “La sociedad se hace cuerpo” me daba vueltas en la cabeza y poco a poco le fue dando forma a la idea de esta página: QproGym es un aleph, un punto que, si se observa con detenimiento, permite asomarse al infinito o, lo que es lo mismo, a la sociedad en su conjunto. Cada palabra, cada gesto, cada movimiento me está contando cómo somos los occidentales del siglo XXI, cómo piensa nuestra cultura de la salud, del hedonismo y de la higiene, cómo funciona el capitalismo de consumo o cómo representamos la desatención cortés propia de relaciones entre desconocidos. Y así empecé esta sucesión de artículos, sudando en una biciestática, fascinado con este aleph desde el que intento comprenderme mejor a mí y a mis semejantes. 

JUSTIFICACIÓN

 




    Supongo que habrá más, pero a mí solo se me ocurren dos razones por las que escribir.

    La primera es el reconocimiento de los demás. Sé que puede parecer un tanto banal, pero la mayoría de los escritores que he conocido han resultado ser personas de lo más vanidosas. Lo único que demandaban eran aplausos y nada más que aplausos. Cenar o tomarse un café con ellos era como sentarse a la mesa con un pavo real. Tal vez a los veinte años, cuando uno está en la Tierra para comerse el mundo, yo haya soñado con salir por la televisión y gozar del reconocimiento de la masa. Pero ahora, ya bien pasados los 45, no se me ocurre una pesadilla peor, exponiéndome cada momento al juicio de los demás. Lo digo sinceramente. No es una pose en absoluto. Ni quiero ser popular, ni necesito que me digan lo maravilloso que soy. Me llega y me sobra con mi vida gris, con las mañanas en el instituto con los alumnos y los compañeros, las tardes de ejercicio y lectura y las noches de cine con mi mujer. Me gustan mis fines de semana paseando por la montaña y comiendo con la familia y los amigos. Ni aspiro, ni deseo otra cosa.



Michel Houellebecq: 

"Escribo porque soy vanidoso y busco los aplausos" 

(él por lo menos lo reconoce).




    La segunda razón para arrancarse a escribir es considerar que uno tiene algo que contar. Harold Bloom en la Angustia de la Influencia dice que todo escritor siente el peso opresivo de aquellos que han escrito antes que él. La grandeza de espíritu de las grandes obras que nos han precedido enmudece al escritor novel, que lucha denodadamente por encontrar su propia voz. En cierta manera Bloom tiene razón, aunque creo que es un error extender esta relación con la tradición a toda la historia literaria, cuando la originalidad no es un valor hasta la explosión romántica de finales del siglo XVIII. Sea como sea, hay algo de cierto, o al menos así lo he experimentado yo. Primero fue El Quijote y luego Guerra y Paz. Después de ellos ¿qué me quedaba a mí por decir? Evidentemente, nada. Siempre me ha fascinado que alguien considere que lo que tiene que contar es lo suficientemente interesante para que los demás inviertan su tiempo leyéndolo. Me parece incluso de mal gusto. Ya existen Homero, Shakespeare y Tolstoi. ¿De qué tamaño tiene que ser tu ego para considerar que alguien puede preferir leer tus relatos o tus poemas en lugar de Ana Karenina?

Otro escritor vanidoso.




    Así las cosas, el lector se preguntará por qué me he arrancado a escribir esto que está leyendo. En primer lugar, porque aquí no hay una sola idea original mía. Cada artículo parte de una lectura que he hecho y que me ha ayudado a entender algún aspecto de Qprogym. No soy yo el que tiene ideas originales dignas de ser recordadas. En esta colección de ensayos no soy más que la correa de transmisión entre pensadores interesantes y la realidad cotidiana de un gimnasio de un pueblo de Galicia. Si en ocasiones cuento anécdotas de mi vida personal es por una pura y simple cuestión de estilo. La sociología y la antropología en ocasiones pueden llegar a ser verdaderamente arduas. He sudado tinta china para sacar algo en claro de muchos autores, especialmente de los franceses. Por eso he salpicado un poquillo las explicaciones con narraciones más o menos livianas del suceso que me hizo pensar.

    Y en segundo lugar, porque no está pensado para él ni para esa masa amorfa de personas a la que genéricamente llamamos lectores. Mis lectores no son entes anónimos, sino seres humanos de carne y hueso a los que conozco personalmente. Se llaman Juan, Ana, Manuel, Esteban, Gema, Rosa. No necesito jugar a ponerles cara en un ejercicio de vanidad. Conozco bien sus rostros y sus opiniones porque hemos hablado, les he preguntado y, sobre todo, les he escuchado. Ellos son los protagonistas de esta historia y, si me he decidido a escribir esto, es porque yo sí perdería el tiempo leyendo una versión de unos acontecimientos en los que yo he participado. Escribo para ellos y solo para ellos, para que me digan qué opinan de todo esto del gimnasio y para volver a pasar un tiempo agradable compartiendo pareceres.