miércoles, 18 de enero de 2017

Foucault VI: Las palabras y las cosas.

   
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 1. El concepto de episteme:
     
    Foucault define de diversas maneras la episteme, aunque más o menos todas vienen a decir lo mismo:

   1.a) La episteme es el conocimiento más profundo de una sociedad. 

  1.b) Es su apriori histórico, su inconsciente.  

 1.c) La episteme determina cómo percibimos la realidad. Determina el lenguaje de una cultura, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, etc... 

   1.d) Es un orden que está entre la experiencia y la mirada.  Experiencia y mirada, objeto y sujeto, cosas y palabras, se constituyen por referencia a la episteme de una época. 

   1.e) La episteme es la estructura fundamental o espacio epistemológico de una determinada época. 

   1.f)  La episteme determina cómo percibimos la realidad. Determina el lenguaje de una cultura, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, etc... 
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   2. Las epistemes son contingentes.

 2.a) Las epistemes son históricas, cambian con el tiempo. Podían haber sido perfectamente de otra manera. Son contingentes. Siempre puede venir una nueva.

   2.b) De una episteme a otra no se pasa por progreso. Una sustituye a la otra. Foucault rechaza el continuismo histórico. Entre una episteme y otra no hay evolución, sino corte. 


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3. La episteme del renacimiento.

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    El modo de conocer el mundo en el Renacimiento era la semejanza. Se conocían las cosas trazando semejanzas entre ellas. Así, por ejemplo, los caracteres de las personas -colérico, sanguineo, flemático y melancólico-, se correspondían con los cuatro elementos de la tierra -el ejemplo es mío, no de Foucault-. Las cuatro formas de establecer semejanzas eran la convenientia, la aemulatio, la analogía y la simpatía. Las cuatro forman un sistema/red que se cierra con las signaturas. El mundo es un sistema marcado y descifrable. El conocimiento supone el cuidadoso registro de las signaturas y su desciframiento. Hay una trabazón entre las cosas y entre las palabras que excluye el arbitrio. Conocer es saber leer correctamente e interpretar los signos dispersos pero correspondientes. La semejanza daba orden al mundo y aseguraba el conocimiento correcto.

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4. La episteme clásica. La representación. 

   En el siglo XVII hay una ruptura con lo anterior. Foucault utiliza a Don Quijote como símbolo de esta ruptura. Es el último caballero de la semejanza, pero ahora esta loco y resulta gracioso.  Es la repetición postergada de los viejos libros. En la época clásica se rompe la correspondencia entre el lenguaje y el mundo, se deja de pensar dentro de la semejanza. Descartes y Bacon la critican. La semejanza como forma de conocimiento es sustituida por la matesis, la ciencia de la medida y el orden. El lenguaje no garantiza la corrección del conocimiento, no es la marca de los seres, sino solo un instrumento. El conocimiento es la posibilidad de establecer una clasificación ordenada. Conocer consiste en ordenar el mundo. Tres regímenes empíricos a partir del orden/episteme: la gramática general, la historia natural y el análisis de las riquezas. Las tres se basan en la lógica de la representación, que consiste en la posibilidad de ordenar el mundo creando categorías.  Foucault encuentra en Las Meninas un ejemplo de la representación. Allí la totalidad está ordenada y cada uno tiene su espacio en la representación.


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5. La episteme de la modernidad: la analítica de la finitud. 

- en la modernidad se da una relación problemática entre filosofía y ciencias humanas, entre pensamiento crítico y conocimiento del hombre.
- interpreta la modernidad como la época en la que el pensamiento piensa la finitud a partir de la finitud misma. Esto es pensar el sujeto a partir de sí mismo. Esto es el sueño antropológico. Heidegger: el hombre piensa todo lo que existe desde el hombre y en dirección al hombre. 


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    Entre finales del s XVIII y comienzos del XIX, del lado de la filosofía y en concomitancia con la biología, la economía política y la filología se constituye una analítica de la finitud. Irrumpe la historicidad en la episteme. Frente a las dos otras anteriores, donde cada cosa tenía su sitio ordenado y estable, en la analítica de la finitud los procesos no son cambiantes. El tiempo mueve las cosas en su devenir incesante. Entonces el hombre se descubre como finito y hace de la finitud del fundamento de la nueva episteme. A patir de ahora todo se conoce a partir del hombre, es la medida de todo conocimiento. Así, el sujeto se convierte en objeto de conocimiento. La biología, la economía política y la filología ponen de manifiesto la finitud objetiva del hombre, los límites que le imponen el ser de la vida, del trabajo y del lenguaje. Estos tres saberes se perciben ahora como finitos por la irrupción de la historicidad. El hombre solo puede percibirse en la finitud que esos tres dominios le confieren: experimenta la vida en su propio cuerpo, experimenta la producción y el trabajo en sus necesidades y deseos, el lenguaje en su pensamiento y en su propia voz. El hombre experimenta su finitud en tres procesos que le atraviesan sin detenerse: la vida no empieza con su propia vida, el lenguaje tampoco y el trabajo tampoco. Le muestran al mismo tiempo su existencia y sus límites. Son ellos los que le colocan en la difícil posición de ser sujeto y objeto. Como las cosas son históricas, el hombre tiene que hablar de las condiciones en las que se dan para poder conocerlas.

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 Tratar de buscar lo trascendental en lo finito, hace posible el surgimiento de las ciencias humanas, que están, como el hombre, también en esa posición híbrida. No son propiamente ciencias, pero tampoco son pura ideología. Por eso se acomodan entre la filosofía y las ciencias propiamente dichas. Esto es así porque toman al sujeto como objeto y por eso no pueden renunciar a lo empírico ni a lo trascendental. 

    Las figuras de la analítica de la finitud son las tres figuras que dominan el pensamiento moderno: la oposición entre lo empírico y lo trascendental, entre el cógito y lo impensado y entre el retorno y el retroceso del origen. 

   Estas tres figuras acabarán disolviéndose por el embate de la contraciencias humanas.

    Patxi Lanceros dice de estas tres figuras:

  - lo empírico y lo trascendental: están por un lado aquellas concepciones que tratan de explicar el ser y el saber del hombre a partir de sus condiciones naturales, de su cuerpo, de su anatomía o de su fisiología y por otro con aquellas que buscan hacerlo a partir de las condiciones culturales e históricas. En el medio están las fenomenologías del análisis de lo vivido, que buscan superar la dicotomía naturaleza y cultura. 

  - el cógito y lo impensado: es una consecuencia de la anterior. la conciencia de sí, que procura captar en el elemento del pensamiento lo que él es, frente a aquello que siempre la desborda, la facticidad que se le escapa en cuanto es no pensamiento, las pulsiones de la vida, el rigor del trabajo, la escritura y el sentido de un lenguaje formado hace milenios. El hombre moderno es el esfuerzo por recorrer, duplicar y reactivar en una forma explícita la articulación del pensamiento sobre aquello que, en torno a él y por debajo de él, no es pensado, pero que no le es a pesar de todo extraño. Ya no se trata de un conocimiento de la naturaleza, de la posibilidad de una ciencia natural, sino de la posibilidad de un conocimiento del hombre.  En el medio otra vez la fenomenología de Husserl,

   - el retroceso y el retorno del origen. Lo originario es la forma en que todo hombre se articula en lo ya iniciado del trabajo, de la vida y del lenguaje. Lo originario no es un acontecimiento alejado en el tiempo, sino lo más cercano al hombre desde el momento en que trabaja, vive y habla. Y sin embargo, a pesar de ello, en ese mismo momento su temporalidad se entrelaza con la historicidad propia del trabajo, de la vida y del lenguaje. Paradógicamente, la inmediatez de su origen lo remite a aquello que no tiene el mismo tiempo que él. El hombre descubre así que no es contemporáneo de sí mismo. De ahí que haya dos estrategias opuestas para esto del origen: por un lado los intentos de cuño positivista por alinear la cronología del hombre según la cronología de las cosas, de modo que el origen del hombre es una fecha en el curso temporal de los otros seres, por otro el esfuerzo por articular la temporalidad de las cosas desde la experiencia que el hombre hace de ellas y por definirlas desde el momento en que estas cosas irrumpen en el mundo de los hombres. En ambas estrategias el pensamiento moderno se haya enfrentado al retroceso, al alejamiento de ese origen que busca alcanzar. Las ciencias humanas, la sociología, la psicología y las teorías de la literatura y el mito se ubican entre el espacio de las ciencias modernas propiamente dichas -biología, economía política y filología- y la analítica del finitud. Las ciencias humanas reciben los modelos constitutivos de las ciencias modernas y los aplican al estudio de la finitud. 

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 De la biología han heredado las nociones de:

a. función: muestra cómo la vida puede ser representada en la conciencia 

b. norma: cómo las funciones se dan sus propias leyes que escapan en realidad a la conciencia.

de la economía política: 

a. conflicto: muestra la forma que toma en la concencia de los individuos la representación de la sociedad

b. regla: revela como el deseo o las necesidades responden a una organización que no es consciente para los individuos que los experimentan.

de la filología:

a. significación: el lenguaje pasa por la conciencia de los individuos que hablan. 

b. sistema: la significación es solo una realidad secundaria y derivada.

    Las ciencias humanas están atrapadas en el juego entre lo que puede ser pensado, representado -cógito- y lo impensado.

  Después de Kant, la antropología ocupa un lugar intermedio entre la multiplicidad histórica de lo humano y la definición de su esencia. 

6. La muerte del hombre.  

   El hombre no es el problema más antiguo ni el más constante que se le haya planteado al saber humano. El hombre es una invención de la analítica de la finitud, que lo ha puesto en el centro del conocimiento, que lo ha hecho sujeto y objeto de conocimiento. Pero las epistemes no son necesarias, cambian, por lo que el concepto de hombre podría desaparecer. Esta muerte la anuncian la literatura, la etnología, la lingüística y el psicoanálisis.


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- si las epistemes (el pensamiento) oscilaran como oscilaron en el siglo XVIII, el hombre se borraría. De ahí esa expresión, que realmente solo usa una vez, de "la muerte del hombre". Nuestra episteme humanista no es la definitiva/necesaria. Ninguna lo es. Con la muerte del hombre lo que anuncia es la contingencia y fragilidad de esta episteme que toma al hombre como sujeto y objeto de conocimiento. Nos lo habían dado como necesario y definitivo. Trata de socavar todo aquello que la actualidad presenta como eterno, necesario o trascendental. La muerte del hombre lo anuncian la literatura, la etnología, la lingüística y el psicoanálisis. Dice Patxi Lanceros al respecto:

   La psicología, lingüística y la etnología son signos para pensar en el cambio de episteme. Estas tres áreas encuentran en el exterior del hombre todo aquello que hace posible el saber sobre el hombre. Interrogan no al hombre mismo, sino a la región que hace posible que exista un saber sobre el hombre. Permiten saber fuera del hombre lo que se escapa a la conciencia de este. La literatura tampoco necesita al hombre. Son signos en los que el hombre se desvanece. 




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