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viernes, 11 de agosto de 2023

PRACTICIDAD

No recuerdo ya qué día era. Sólo sé que llevaba la tira de tiempo pedaleando en la biciestática y estaba hasta las pelotas. Me dolían las piernas, la espalda y estaba muy sudado y olía mal. 

-¿Pero qué cojones hago yo aquí? -me preguntaba una y otra vez. 

Y sin embargo no me bajé de la bici. Seguí dale que te pego y hasta hice además mi rutina de fuerza. Luego me duché y me fui a casa. 

No soy yo, pero esta era más o menos mi actitud.



Ya en casa, mientras hacía la cena, me pregunté por qué no me marché. Hacía una buena tarde y, habida cuenta de que estaba sufriendo como un perro en el gimnasio, lo lógico hubiese sido mandarlo todo a la mierda, darme un paseíto por el paseo marítimo y luego tomar una caña tranquilamente en una terraza. Pero no. Seguí sufriendo. Entonces me pregunté por qué. Por qué lo hice, si no me apetecía un pimiento estar allí. 

Lo que debería estar haciendo.


La respuesta ya la di en el segundo post de esta página: yo estaba allí por salud. La médica me había dicho que ya no era un niño y tenía que empezar a cuidarme. 

Pero ese era yo. ¿Y los demás? 

Durante varios días estuve molestando a todos mis conocidos del gimnasio preguntándoles por qué iban al gimnasio. Recojo algunas de las respuestas:

a) G, una señora de mi edad, amable, simpática y bastante discreta: 

-Por salud -dijo. 

Como yo. Aún así, insistí un poco y al final acabó diciendo:

-Siempre nos sobra algo de aquí y de allá. Nunca nos vemos bien. 

b) Esteban. Veinte años por aquel entonces. Antiguo alumno. Simpático y buen chaval. Recuerdo perfectamente nuestra entrevista. Estábamos en una de esas máquinas de musculación. Él estaba haciendo remo; yo haraganeando. Normalmente hablamos de series o de cómics, pero esta vez le espeté: 

-¿Tú para qué vienes al gimnasio?

Esteban se rio.

-¿Cómo que para qué vengo al gimnasio?

Supongo que pensaría que soy idiota y tampoco es plan que un antiguo alumno piense que eres un idiota, así que decidí explicarme. 

-Es que yo me aburro aquí. He pensado en escribir mis chorradas de antropología sobre el gimnasio y así por lo menos estoy entretenido. Le he pedido permiso a Juan -el dueño- y me ha dado permiso. De hecho Juan y yo ya hemos charlado un montón sobre esto. 

Esteban siguió riéndose, pero con menos convicción. Yo había sacado el palo de fuego: Juan me había dado la bendición. En general todo el mundo en gimnasio respeta bastante a Juan, así que mis chorradas, si las avalaba él, a lo mejor no eran tan chorradas. 

-¿Por qué vienes aquí? -insistí. 

Esteban siguió riéndose, pero esta vez no de mí, sino porque no sabía que contestar y yo creo que se sentía un poco ridículo. 

-Yo qué sé. 

Seguí dándole el coñazo. 

-Venga, a veces las verdades más difíciles son las que tenemos más cerca. 

Teniendo en cuenta que, en su momento, como nota de Lengua Castellana le había puesto un uno sobre diez, Esteban debería haberme mandado a la mierda. Pero no. Se paró y pensó un poco. 

-No sé. Para verme bien. 

-¿Para verte bien? ¿Qué es eso de verte bien?

-Joder, qué pesado. Pues así, mazadito. 

-Ajá. ¿Mazadito es musculado?

-Sí, no sé. 

-¿Entonces verte bien es verte musculado? ¿Por eso vienes al gimnasio?

Risas nerviosas. 

-Sí. Y también bien… así… quemas la mierda. 

-Vaya. ¿Con la mierda te refieres a las toxinas y eso?

-Sí. 

-¿Entonces también vienes por salud, porque quieres estar sano?

-Sí. Claro. 

-Muchas gracias, Esteban. 

-Estás jodido. 

c) A, también antiguo alumno. Este no se cortó un pelo.

-Para estar cachas -me espetó. 

d) P. Este no me lo dijo directamente, pero me enteré que su objetivo era tener “tableta de chocolate”.

e) A, alumno actual: 

-Para ser fuerte, tío. Fuerte. Fuerte -al tiempo que respondía levantaba el brazo derecho para enseñarme el bíceps. 

A mí este chaval me cae fenomenal. Literalmente me meo de risa con él en clase, donde es bastante frecuente que se pase la hora mirándose los músculos de los brazos. 

f) X, una señora jubilada:

-Ay, filliño. Yo ya soy muy vieja y algo tengo que hacer. Si me quedo en casa en el sofá, en un mes no me puedo levantar. 

g) Un colega de mi edad, más o menos:

-Yo vengo aquí a relajarme. Todos los problemas y las miserias del trabajo se van cuando vengo aquí.

e) En esta línea de búsqueda de endorfinas también va un jubilado simpático al que veo machacarse dos horas todas las mañanas:

-Como todo el mundo, yo he pasado momentos muy duros en vida. Y el deporte siempre me ha ayudado. 

Realicé muchas más entrevistas, pero las respuestas fueron todas en esta línea: la gente iba al gimnasio por salud, por estética, para ser fuertes o en busca de bienestar emocional. Más adelante hablaremos de por qué estas cosas en concreto. Lo que me llamó la atención en aquel momento es que todo el mundo va al gimnasio porque espera obtener algo a cambio. Nadie me contestó: 

-Porque me gusta. Porque sudar en la bicicleta y levantar pesos está guay.

          Foucault define de diversas maneras la episteme, aunque más o menos todas vienen a decir lo mismo: 

    La "episteme" en la filosofía de Foucault se refiere al conocimiento profundo e inconsciente que moldea cómo una sociedad percibe, organiza y crea la realidad. Es una estructura fundamental que determina el lenguaje, los valores y las técnicas de una cultura en una época específica. Estas estructuras son contingentes y cambian históricamente, reemplazándose entre sí en cortes, no en un progreso lineal.



Simplificando mucho, la episteme es la forma en la que piensa una sociedad. Es lo que las personas que componen esa sociedad creen que es la realidad. Son conceptos y valores que les parecen de sentido común, evidentes, más allá de toda duda. Estas formas de pensar cambian con el tiempo. Así por ejemplo, en sociedades religiosas de nuestro pasado les parecía evidente que Dios existía y eso determinaba el modo en que se comportaban. Detrás de sus actos estaba siempre, de alguna forma u otra, una motivación religiosa. Que una acción contribuyese a acabar en el cielo o en el infierno era importante. Hoy en día la mayoría de la gente no piense así. 

(Si queréis saber más sobre el concepto de episteme pinchad aquí). 

Dado que la episteme determina nuestro comportamiento, mi obstinación en seguir sufriendo en el gimnasio pese a la tentadora tarde de sol y la refrescante caña en una terraza a orillas de mar tenía que estar determinada por la episteme de nuestro tiempo. 

Vivimos en una sociedad capitalista y eso ha de determinar nuestra episteme. Richard Sennett en El artesano dice que la relación que establecemos los seres humanos de las sociedades capitalistas con las actividades que hacemos es siempre práctica. No hacemos las cosas por el placer de hacerlas, sino porque esperamos obtener algo a cambio. Así por ejemplo, nosotros no estudiamos por el placer del conocimiento, sino porque esperamos obtener un empleo bien remunerado en un futuro. En este sentido, me resulta muy curioso que el beneficio que esperamos obtener no es inmediato, sino que generalmente está diferido en el tiempo. Actuamos a cambio de la promesa de lo que puede ser en el futuro. La lógica de Qpro Gym es la misma que la de la empresa capitalista: el capitalista invierte su tiempo, dinero, esfuerzo y trabajo a cambio de una remuneración posterior, del mismo modo que los usuarios del Qpro Gym invierten tiempo, dinero, esfuerzo y trabajo a cambio de salud, estética, fuerza y bienestar emocional. 

Ya sé que la idea de este post puede parecer una tontería. Nadie hace las cosas porque sí. Pero, como le dije a Esteban, las verdades más evidentes son las más difíciles de ver. Nos parece de sentido común sacar un rendimiento de nuestras acciones, pero eso no es un universal cultural en absoluto. Es el capitalismo el que nos ha enseñado a pensar en función de costes y beneficios. La episteme capitalista opera a nivel inconsciente y por eso ni nos planteamos que pueda ser de otra manera. Pensad, por ejemplo, en el sistema operativo Linux. Miles de personas anónimas colaboraron desinteresadamente para desarrollar un sistema operativo. Y lo han compartido con la Humanidad gratis, sin esperar siquiera agradecimiento.  

domingo, 3 de noviembre de 2019

Richard Sennett - Juntos; Rituales Placeres Y Politicas De Cooperacion




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   En Juntos Sennett estudia la colaboración entre las personas.

   La colaboración es lo que nos ha hecho humanos, lo que nos ha permitido dar el salto evolutivo. Pero la colaboración no tiene por qué ser siempre positiva. Se ha colaborado, por ejemplo, para exterminar a otros seres humanos -el nazismo-.

   El tribalismo es una forma de cooperación que hace que un grupo se sienta igual entre ellos y que sienta como enemigo a los diferentes.

 Senett analiza dos tipos de sentimientos que ya encontramos en los niños: la empatía y la simpatía.

   La simpatía es el sentimiento que nos hace sentirnos como el otro, que el otro es nuestro igual.

  Por el contrario, la empatía nos hace ponernos en el lugar del otro. Sabemos que el otro es distinto, pero somos capaces de ponernos en su lugar y sentir y pensar cómo lo haría él .

  Estos dos sentimientos son la base de la colaboración humana.

 Senett identifica estos dos sentimientos con las dos posiciones históricas de la izquierda: la izquierda política y la izquierda social. 

  La izquierda política se base en la jerarquía. El poder se da de arriba a abajo y se corresponde con la simpatía. Quiere que todos los seres humanos sean o se sientan iguales y que, por tanto, cooperen. 

  La izquierda social parte de la base y se basa en la empatía. Son los movimientos de base que reconocen la diferencia de sus miembros, pero que, dado que tienen un objetivo común, son capaces de cooperar para alcanzarlo.
   Dice Sennett:
 En este capírulo he tratado de trazar un contraste entre la cooperación política en sí misma y lo que podría llamarse la política de la cooperación.
La cooperación política es una necesidad en el juego del poder cuando un partido es demasiado débil para dominar o incluso para subsistir por sí mismo. La cooperación política re­ quiere perfecta sintonía humana, lo que se consigue mediante los rituales de respeto; la pura comunidad de intereses no basta para hacerla prosperar. Pero a la cooperación política en la cú­ pula se le plantean serios problemas con la base, con la masa, con la gente que tiene por debajo; a ésta, muchas veces, los compromisos que se adoptan en la cúpula le parecen traiciones; la negociación puede disolver la identidad de un grupo políti­ co. Cuando las organizaciones se hacen más grandes y más fuertes, la burocracia levanta barreras entre la dirección y la base; los rituales que unen a los líderes en las trastiendas del po­ der no son rransparet1tes para los de fuera. Todos estos factores pueden llevar al resentimiento, ese sentimiento de traición en el cual los miembros de la élite están más dispuesros a cooperar entre sí que con quienes tienen debajo.

En las organizaciones que no son políticas, la política de cooperación puede enfrenrarse en parte a las mismas tensiones entre la cúspide y la base, pero si su finalidad es el contacto so­ cial directo, el peligro es menor. Estas organizaciones, en cam­ bio, rienen que ocuparse de cómo deberían ser las relaciones cara a cara.

 ¿Cómo encontrar el equilibrio entre cooperación y competencia?

  Hay cuatro formas: 

  - el intercambio altruista, que implica el autosacrificio,

  - el intercambio en el que todos salen beneficiados, 

  - intercambio diferenciador, en el cual los actores advierten sus diferencias;

  - el intercambio de suma cero, donde una parte se beneficia a expensas de otra (uno se beneficia y otro pierde) 

  - el intercambio ganador, en el que uno se lo lleva todo. Una parte barre a la otra.  

   El equilibrio entre cooperación y competencia está en las posiciones centrales.

   El ritual es el medio para buscar este equilibrio.

 El ritual es un proceso social por el que le damos significado a una acción o a un objeto.

   ... fuerzas que debilitan la cooperación: la desigualdad estructural y las nuevas formas del trabajo. Estas fuerzas sociales producen efectos psicológicos. En la sociedad moderna hace su aparición un nuevo tipo de carácter, la persona que no puede gestionar las existentes y complejas formas del compromiso social y se aísla. Este sujeto pierde el deseo de cooperar con los demás, se convierte en un «yo no cooperativo».

  El capitalismo, con su mantra de la competitividad y el consumo, está acabando con la cooperación humana. Sennett habla de la comparación odiosa, en el sentido de que continuamente nos estamos comparando unos con otros y esto nos hace sentirnos inferiores y resentidos. 

   Para eso desarrolló la idea que la moderna ciencia social llama «ansiedad de estarus», El individuo de Tocqueville sufre ansiedad de estatus siempre y cuando se sienta incómodo porque los demás, como consumidores, no comparten sus gustos en la vida familiar o en el comportamiento público. Al ser diferentes, parecen darse aires de superioridad o, en cierto modo -que uno no acierta a explicar-, a mirar con desdén al otro. El individuo percibe un insulto: «diferente» termina por traducirse como mejor o peor, superior o inferior; es decir, se convierte en materia de comparación odiosa.

  En la sociedad actual se está sustituyendo la cooperación por el consumo de bienes materiales: 

El publicista David Ogilvie llamó a esto publicidad «de estatus», cuyo reto consiste en proporcionar a los consumidores una «sensación de reconocimien­to y de valor» mediante la compra de bienes de producción ma­siva. «Soy mejor que tú» es un tipo evidente de comparación (...) la amenaza más común del consumo en la vida social infan­til se da cuando los sujetos llegan a depender más del consumo de cosas que del apoyo de otras personas. Si eso llega a ocurrir, podrían perder la capacidad de cooperar. Los sitios de redes so­ciales en internet son un ejemplo de que esto sucede realmente.

   Al romperse los lazos de cohesión social, el hombre se vuelve hacia sí mismo. Nos volvemos individualistas. 

   La comparación odiosa nos lleva a la competencia consigo mismo, que es una forma de estar permanentemente insatisfecho:

   el tema del retraimiento de los placeres sociales aparece no ya como una huida del pecado terrenal sino como una intensificación de la ansiedad acerca del valor propio. Los individuos son autoexigentes porque compiten consigo mismos. Tal como uno es, no vale lo suficiente; hay que luchar constantemente para demostrar el valor propio ante uno mismo mediante el éxito, pero ningún logro es nunca vivido como prueba lo bastante sólida. La comparación odiosa se vuelve contra uno mismo. Lejos de hacer lo razonable y de sentirse después aliviado, uno está siempre deseando algo con la esperanza de que en algún momento, de alguna manera, se sentirá satisfecho, pero ese momento nunca llega.

   Paralelamente, en el capitalismo de consumo nada es estable, todo cambia continuamente. Las personas no podemos establecer lazos permanentes porque tenemos que movernos, cambiar continuamente. Esto provoca retraimiento. 

    La lógica del consumo lleva a la competencia consigo mismo. El capitalismo de consumo nos despierta necesidades ficticias prometiéndonos felicidad. Sin embargo, no nos proporciona más que un efímero momento de felicidad. Por eso se vuelve a despertar en nosotros mismos el deseo por otro objeto de consumo que consumiremos y nos dejará insatisfechos. De este modo se despierta la competencia consigo mismo. No somos capaces de detenernos y disfrutar de nuestras vidas. Estamos permanentemente insatisfechos, buscando algo. 

   las pasiones del consumidor adulto se centran en la anticipación, en lo que un producto promete; la adquisición y el uso posterior son un placer de corta vida; el adulto se cansa del objeto y comienza otra vez a buscar algo nuevo, que hasta ese momento no ha poseído y que prometa verdadera plenitud. Lo que esta clase de búsqueda no alcanza son las razones del ascetismo basado en la competencia consigo mismo.


   La vida en perpetuo cambio, sin asideros, provoca angustia existencial en las personas. Estas se refugian en el narcisismo como mecanismo para aliviarla. El narcisismo nos da falsa sensación de seguridad y control al tiempo que nos distancia de las personas. La autocomplacencia es la forma del narcisismo. Todo está bien tal y como está porque lo hago yo. No hay evolución. La experiencia confirma el modelo. La autocomplacencia da por supuesto a los que se parecen e ignora a los diferentes. Esto, lógicamente, atrofia la cooperación.

   Resumiendo: narcisismo (vanidad) + autocomplacencia (indiferencia) para combatir la ansiedad de una sociedad sin nada estable. 

   
   Pienso que es a este tercer elemento a lo que se refiere en parte Weber cuando describe al «obsesionado por el trabajo» corno un hombre que «no se siente a gusto en el mundo», porque su vida cotidiana le parece privada de placer y llena de amenazas. El trabajo duro e incesante parecerá entonces un arma para alejar los peligros que representan los otros; el sujeto se retira sobre sí mismo. La ética del trabajo disminuye el deseo de cooperar con los demás, especialmente con aquellos a quienes no se conoce y que parecen, avant la lettre, presencias hostiles dispuestas a hacemos daño.

lunes, 27 de agosto de 2018

Richard Sennett: La autoridad.


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   Sennett empieza analizando las tres formas de autoridad que propuso Webber: tradición, ley-racional y carisma. Obedecer porque algo siempre se ha hecho así, obedecer porque nos convencen racionalmente de que es lo mejor, y obedecer a alguien porque tiene mucha atracción personal. 

  A Sennett esto no le convence y para rebatir esta clasificación pone como ejemplo la dependencia rebelde. Cuando dependemos de alguien, pero nos revelamos un poquito contra él. Esto va a ser su teoría de la autoridad moderna. Actualmente dependemos y obedecemos la autoridad, pero nos avergüenza obedecer. Por eso protestamos y decimos que aquel del que dependemos es un inútil, pero al final es porque necesitamos esa autoridad.

  Esta vergüenza a depender aparece en el siglo XIX, con el capitalismo y los obreros en las fábricas.

  Sennett distingue tres formas de autoridad masculina: patriarcado, patrimonialismo y paternalismo. El patriarcado es la forma de autoridad que aparece, por ejemplo, en la Biblia. Todos los miembros de la comunidad están relacionados por medio de relaciones de parentesco y los bienes se transmiten por línea paterna.

  El patrimonialismo se da en sociedades en las que mandan los hombres. Son ellos los que poseen los bienes materiales, pero no todos están relacionados familiarmente. Es lo que se daba en las sociedades medievales, por ejemplo.

  En capitalismo trajo consigo un cambio en el fundamento de la autoridad. Se pasó del patrimonialismo al paternalismo. Los campesinos se vieron obligados a dejar los campos y mudarse a la ciudad para trabajar en fábricas. El empresariado burgués, sustituyó el patrimonialismo por el paternalismo. El paternalismo se basa en una metáfora y en la idea de que el que controla la realidad, controla el poder. Los campesinos se convirtieron en obreros. Esto supuso la ruptura de la unidad entre trabajo y familia. Pero los trabajadores percibían que su nueva vida era peor que la anterior. Esto llevó a una idealización de la vieja vida familiar. Y los burgueses aprovecharon esta idealización de la vieja vida familiar para dominar. Les decían que los niños y los obreros que trabajaban en las fábricas que lo hacían por su bien, que el empresariado burgués cuidaba de ellos. Era lo mejor para ellos y para todos. El empresariado era como un padre. Se extendió la metáfora de la empresa como el padre protector.

   Aquí acontenció la ruptura entre autoridad y legitimidad. Al mismo tiempo, la relación de dependencia del trabajador con respecto del empresario no era exactamente igual que la de un padre y un hijo. Un hijo no tiene problemas es aceptar la autoridad directa de su padre, pero la dependencia de los adultos despertaba la vergüenza. Esto se debía que el sistema capitalista extendió la ideología de que cada uno según sus méritos -la meritocracia-. Si uno era rico, era porque se lo merecía. Si era pobre, lo mismo. De ahí que depender de otro despertase sentimientos de vergüenza en las personas.

  Para superar tanto la vergüenza como esa conciencia de saber que el sistema no es justo con ellos, hay dos mecanismos psicológicos:

  a) Marx pensaba que cuando los obreros se diesen cuenta de esto, se rebelarían y tendría lugar la revolución del proletariado. Pero no fue así. Aunque las personas sabían que el sistema era injusto con ellos, el poder de la metáfora (y por tanto de percepción del mundo) los paralizaba, porque despertaba el miedo a quedarse solos. Con el este sistema estamos mal, pero sin él estaremos solos. Esto es el fenómeno psicológico de la desobediencia dependiente.

  b) El descontento y la justificación de su malestar se centra en los puestos intermedios. No es el capitalista ni el sistema el malo, sino los cargos intermedios, que no desempeñan bien su trabajo.

  Esta metáfora del paternalismo se desplazó también a los estados. La madre patria y todo eso. El nazismo y el stalinismo lo sabían bien. Y el mecanismo psicológico de los alemanes y los soviéticos era el mismo. El problema era de los que desempeñaban mal la burocracia del aparato del estado. Y en el caso del nazismo, el problema no era Hitler, sino la traición de Von Riventrop.


   La influencia.

 Estudia el terror que sienten los empleados ante desobedecer a sus superiores.

  En un mundo en que las diferencias materiales no son tan grandes, la autoridad la mide la influencia. Para ello hay que ser independiente. No necesitar a los demás. Saber algo, tener una habilidad que te hace no depender de nadie. Por eso los médicos o los trabajadores especializados en algo tienen autoridad. Ser independiente se transmite siendo indiferente.

   A partir de la Ilustración Sennett encuentra la autoridad de las víctimas. Y sobre todo con el romanticismo. La sociedad es una suerte de gentuza que oprime y hace sufrir a la  persona. El artista es una persona sensible, por encima de la sociedad. El que hace sufrir contrae una deuda con el que sufre.

  A medida  que  el  concepto  cristiano de la víctima no heroica empezó a desvanecerse con la Ilustración, nacía una nueva imagen de los que sufrían. La capacidad para sufrir es indicio de valor humano; las masas son heroicas; sus sufrimientos constituyen la mejor medida de la injusticia social. Quienes las oprimen no merecen compasión, una com­pasión que se debe a fin de cuentas a toda la humanidad (...) Este ennoblecimiento del sufrimiento formó la base moral del Romanticismo: el artista que sufría en medio de una horda vul­gar, los pobres que sufrían a manos de los crueles. En la política, esta elevación de la víctima invitó a una serie particular de abu­sos. Se manifestaba simpatía a la víctima por su condición, no co­mo persona; si lograba mejores circunstancias materiales lograba ascender socialmente, era •un traidor a su clase•. Si sufría a ma­nos de la sociedad, pero estaba contento con su suerte, entonces carecía de una auténtica conciencia de sí mismo. Más general aún que estos casos especiales fue la idea que surgió en la era román­tica y sigue teniendo fuerza hoy de que nadie tiene legitimidad moral si no está sufriendo. Las fuentes últimas de la legitimidad mediante el sufrimiento se hallan en una herida infligida por otro o por «el medio•. En la vida contemporánea, esta idea de la legiti­midad moral halla una  voz,  por ejemplo, en  las obras  recientes de R. D. Laing. A juicio de Laing, el esquizofrénico conoce, en virtud de sus sufrimientos, verdades acerca de la psique que  na­die más conoce; las causas del sufrimiento se hallan en una sociedad esquizofrenogénica. Esta idea halla otra voz en los escritos maoístas recientes de Jean-Paul Sartre. El obrero es el único que puede reivindicar la •hegemonía moral•, pues el obrero es el úni­co expuesto a los «terrores• del capitalismo avanzado.









jueves, 8 de diciembre de 2016

Richard Sennett: Carne y piedra



    En este ensayo Richard Sennett estudia el cuerpo humano y su relación con el espacio desde las sociedades antiguas occidentales hasta nuestros días.

Sennett parte dos premisas generales:

a) El cuerpo forma parte del espacio. Hay una correspondencia entre el cuerpo y los espacios urbanos. Las ciudades se construyen en relación a el modo en que las personas perciben los cuerpos.

B) En esta forma de percibir los cuerpos por parte de las personas hay una forma de poder. El poder construye las ciudades a partir de la idea que tiene del cuerpo. El poder se ejerce sobre los cuerpos, convenciéndolos y dominándolos. La política del cuerpo ejerce el poder sobre él mismo y crea a su imagen los espacios urbanos.

   La Atenas democrática tenía un alto concepto del cuerpo y la palabra. Esta última nos permitía cambiar de opinión, ser flexibles, sensibles y nos permitía interactuar y dominar a los demás sin utilizar la fuerza. Los griegos pensaban que los cuerpos de los hombres libres eran calientes y que los de los esclavos y las mujeres no podían sentir pasión porque eran fríos. Esta concepción del cuerpo y la palabra se proyectaba sobre el ágora y el teatro, que eran espacios donde el cuerpo y la palabra podían manifestarse libremente. Las palabras y los cuerpos acalorados de los oradores se mostraban en todo su esplendor aquí.

   Los romanos de la época imperial, por influjo oriental, prefirieron la seguridad y el placer antes que la palabra inflamada. Así, construyeron impresionantes edificios geométricos de piedras perfectamente ordenadas que invitaban antes a mirar y obedecer. La duda del debate griego en el ágora se sustituye por la obediencia. El anhelo de seguridad se proyectó sobre impresionantes edificios que combinaban el deseo de mirar y creer con la sumisión y la obediencia.

   Los primeros cristianos abandonaron la ciudad y se compadecieron del dolor de sus semejantes. En esto imitaban a los judíos, perpetuos peregrinos en el tiempo. El cristiano primitivo renuncia al cuerpo, lo desprecia y lo maltrata, lo que le lleva al desarraigo espacial. Sin embargo, cuando la Iglesia se convirtió en una institución poderosa, necesitó un espacio en la ciudad. Utilizó la basílica romana con suntuosos tronos y obispos. El cristianismo institucionalizado seguía renegando del cuerpo, negándolo, renunciando a la carne. Rompía así con la tradición pagana, pero sólo en parte, porque no pudo renunciar al lugar.

   Paralelamente a esta concepción cristiana de la negación del cuerpo, la ciudad medieval reivindicaba el trabajo, el comercio y la libertad política. Esta convivencia entre una iglesia negadora de la carne y una incipiente actividad comercial llevó a la contradicción entre economía y religión que aún hoy en día arrastramos. Por un lado, la economía se basa en el individuo, en la voluntad de enriquecerse individualmente, y para ello reivindica la libertad y la necesidad de no ligarse a nadie. Por otro lado, la religión nos orienta hacia vivir en una sociedad/comunidad solidaria, lo que implica crear lazos estables entre las personas. 

   A lo largo de la historia hubo intentos por solucionar este conflicto entre economía y religión. En algunos casos la represión y la exclusión fueron los medios. Así por ejemplo, en Venecia durante el renacimiento los cristianos crearon guetos en los que  recluían a los judíos porque no se amoldaba a la imagen de persona cristiana. Aquellos cuerpos que se consideraban extraños se reprimían. Pero esta forma de solución no se impuso. Se impuso un capitalismo individualista que nos lleva a sentir indiferencia hacia los demás. Ignoramos aquellos que son diferentes a nosotros (como sería el caso de los judíos venecianos durante el renacimiento), pero también ignoramos a nuestros semejantes.

   Descubrir que la sangre no estaba estática en el cuerpo sino que corría y circulaba fue determinante en el diseño de las nuevas sociales capitalistas. Se empezó a concebir la ciudad como un mercado libre en el que las personas y los productos debían circular rápido y libremente por el espacio. Así, las ciudades se construyeron pensando en el tráfico y el desplazamiento rápido. Las calles se conciben como cuerpos con arterias, venas y pulmones que permiten que la gente se desplace con facilidad. Esto nos llevó a que apenas si percibamos sensorial mente lo que nos rodea. Las calles se llenan de espacios neutrales como autopistas o el metro, que cruzamos aislados dentro de máquinas sin importarnos cómo es el espacio que estamos cruzando a gran velocidad.

   Durante la Ilustración, la Revolución Francesa y a partir de la Revolución Industrial se acentúa esta concepción de la ciudad como un cuerpo sano en el que todo fluye rápido y libremente. Se construyen espacios amplios que calman al cuerpo y lo convierten en un observador colectivo, conforme e indiferente a lo que le rodea. Así se construyó el Londres del siglo XIX, donde se utilizaba el tráfico para separar a las personas en el espacio e impedir toda reunión de los cuerpos. Y lo mismo sucedió con París, donde se fomentaba el movimiento de los individuos para evitar el de las masas.

   Y así llegamos a nuestras ciudades modernas que tienen algo de todas estas ciudades históricas y de su concepción de los cuerpos.


Richard Sennett: El artesano.



    La revolución industrial, el empleo de máquinas y en general los medios de producción masiva ha saturado nuestra sociedad de cosas, lo que, inevitablemente, habrá de restarles valor.

    A partir de esta breve reflexión, Richard Sennett se plantea el concepto de trabajo y la figura del trabajador. Hay dos razones por las cuales los seres humanos trabajamos: o bien a cambio de una remuneración, o bien por la satisfacción del trabajo bien hecho. Esta segunda razón es la que el autor atribuye artesano, que es un trabajador para el que el trabajo que su objetivo en sí mismo. 

   Richard Sennett hace un repaso histórico desde los talleres artesanales medievales a fenómenos como Linux en el que miles de personas colaboran desinteresadamente en la creación de un sistema operativo. A partir de este repaso histórico se define el trabajo artesanal como aquel basado en el conocimiento compartido entre los trabajadores, el compromiso con el mismo  y el interés en el trabajo bien hecho. El artesano se enorgullece de su propio trabajo. Se implica emocionalmente en él y se compromete. El trabajo del artesano es lento y minucioso, lo que le lleva a hacer una pausa y reflexionar sobre lo que está haciendo. En el trabajo del artesano la solución y el descubrimiento de problemas caminan de la mano, de modo que al tiempo que trabajamos estamos aprendiendo. 

    Todos los seres humanos tenemos las capacidades básicas para desarrollar la artesanía. Es la motivación, la formación y el esfuerzo lo que nos lleva a alcanzar la excelencia.

    Sin embargo, el sistema capitalista actual y su ideología acaban con la práctica artesana. Hasta hace relativamente poco, las empresas se basaban en sistemas burocráticos estables. Los trabajadores se pasaban la vida en la misma empresa, de modo que el servicio a una corporación acababa siendo una actividad gratificante. Pero poco a poco hemos ido sustituyendo la cultura del saber hacer y el trabajo artesanal por la cultura del salario. La ideología capitalista y sus principios de competencia y eficacia como patrón en las empresas han acabado con la idea de artesanía. Las empresas ya no forman ni fomentan la pasión por el trabajo bien hecho. En las burocracias corporativas los trabajadores saben cómo hacer las cosas antes de hacerlas. Es un trabajo reiterativo e imitativo que no produce satisfacción perdurable porque deshumaniza. No nos aporta ningún conocimiento porque son sistemas cerrados donde el objetivo único es solucionar el problema, solución que conocemos de antemano. En la artesanía el trabajador se iba encontrando con dificultades a medida que llevaba a cabo su proyecto. Al enfrentarse a estas dificultades, aprendía y se enriquecía como persona. El trabajador artesanal se enorgullecía porque desarrollaba sus capacidades en el trabajo. Pero uno no puede enorgullecerse ni sentir satisfacción en la simple imitación.


    Las empresas actuales no forman ni fomentan la pasión por el trabajo bien hecho. Muy al contrario, se contratan trabajadores jóvenes que, aunque son más inexpertos, son mucho más dóciles. La diferencia entre un maestro de taller medieval y un empresario actual es que el empresariado hoy en día se limita a pagar un salario y no tiene ningún compromiso moral con la formación.

    Durante la revolución industrial se temía que las máquinas sustituyese en al hombre. En opinión de Sennett el miedo de nuestros días es que la máquina se usa al modo capitalista. La mayor amenaza al trabajador no es la máquina, sino esta nueva concepción del trabajo.