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martes, 15 de agosto de 2023

SISTEMAS EXPERTOS

     Anthony Giddens encontró en los sistemas expertos una de las características definitorias de nuestra sociedad moderna (1). Simplificando un poco, el conocimiento en las sociedades antiguas era bastante escaso. En las primitivas tribus de homínidos todos los miembros sabían hacer más o menos todo lo que necesitaban para sobrevivir. Los primeros australopitecus ya sabían subirse a los árboles, buscar frutos y brotes comestibles y ponerse a chillar si veían a algún depredador potencial. Pero empezó la epopeya de la evolución y, con ella, el conocimiento creció exponencialmente. Las técnicas de caza mejoraron y se complicaron, las agresiones entre grupos avanzaron hacia las guerras, el número de frutos comestibles aumentó, etc… De la mano de este aumento del conocimiento surgió la especialización del trabajo, porque una sola persona no podía saberlo todo. Unos se especializaron en cazar y otros en recolectar, unas en la crianza de la prole y otros en guerrear. Poco a poco, las sociedades fueron creciendo y con ellas el conocimiento. Las personas se fueron especializando cada vez más en una actividad concreta, cuyos frutos intercambiaban por otras cosas. Así surgieron los campesinos, los gobernantes, los médicos o los profesores.


    Hoy en día es impensable que alguien lo sepa todo de todo. Si, por poner un ejemplo, yo fuese caminando por la calle, tropezase y me rompiese una pierna, yo solo no sabría arreglármelas sin más. Por eso, en lugar de arrastrarme hasta mi casa y tratar de emparedarme la pierna con unas tablillas, me acercaría a Urgencias donde médicos y enfermeras me harían radiografías, me darían un diagnóstico exacto, me enyesarían la pierna y me instruirían acerca de qué hacer durante la convalecencia. Lo mismo me sucedería si vuelvo a casa y resulta que tengo una fuga en el calentador de agua. Yo no sé absolutamente nada de fontanería, así que me vería obligado a llamar a un profesional para que solucionase el problema. Evidentemente, esta gente no ayudaa por altruismo o amor a la especie humana, sino que reciben un dinero a cambio. A su vez, este dinero les servirá para poder contratar los servicios de otro profesional cuando necesiten sus servicios y así de uno a otro hasta abarcar prácticamente todo el saber humano. 



Giddens definió los sistemas expertos como "sistemas de logros técnicos o de experiencia profesional que organizan grandes áreas del entorno material y social en que vivimos" (2). El sistema experto no es la persona que posee un determinado saber, sino ese saber. Así, en nuestra sociedad tenemos multitud de saberes expertos, como la medicina, la agricultura, la arquitectura, etc… Las personas que poseen ese saber y a través de las cuales accedemos a ellos son los “puntos de acceso”. 

A Qpro Gym deberíamos incluirlo dentro de los sistemas expertos del tratamiento del cuerpo adecuado a las normas de nuestra sociedad obsesionada con la salud y la estética. Los puntos de acceso a este sistema experto son los monitores. En este gimnasio hay cuatro: dos mujeres y dos hombres. Ellas ligeramente más jóvenes que ellos. Los cuatro con los cuerpos perfectamente esculpidos de acuerdo con los cánones de belleza actuales. Cuerpos de anuncio publicitario, asépticos, de los que se ha borrado cualquier rastro de humanidad. Pero ya hablaré más adelante de los cuerpos en los gimnasios. Ahora me interesa el gimnasio como sistema experto y sus puntos de acceso. 

No son ellos, pero podrían serlo.

    Antes de poder moverte libremente por la sala de ejercicio, el nuevo usuario debe tener una entrevista con uno de estos monitores. A mí me tocó X. Nuestra entrevista tuvo lugar en una suerte de despachito con un escritorio que tienen medio escondido a la izquierda del mostrador de recepción. En términos generales, esta primera interacción no difirió mucho de la que uno puede tener en la consulta de un médico, lo cual es perfectamente lógico, porque los hospitales también son sistemas expertos y los médicos sus puntos de acceso. X se sentó a un lado de un escritorio y me invitó a que me sentase enfrente. Luego abrió un cajón y sacó una hoja y un bolígrafo. 

    - ¿Has hecho deporte alguna vez? -me preguntó sin mirarme. 

    La pregunta me pareció un poco extraña, habida cuenta que tenía cuarenta años. 

    - Sí, claro. Cuando era niño jugaba mucho al fútbol y de adolescente andaba en monopatín. 

    X levantó la mirada de la hoja en la que se suponía que iba a tomar notas. Parecía un poco molesto. 

    - Me refiero a si has hecho deporte alguna vez de forma profesional. 

    - ¿Profesional? ¿Como los futbolistas y eso?

    - Hay otros deportes de élite diferentes al fútbol -dijo cortante-. Atletismo o ciclismo, por ejemplo. 

    Ahora fui yo el que se sintió un poco molesto, porque a veces veo el Tour por la televisión y vi algo de los Juegos Olímpicos de Pekín y creo que, si yo hubiese sido una de esas personas que competían allí, no necesitaría ir a un gimnasio. Fuese como fuese, no exterioricé mi enfado y me limité a decir que no, que nunca había recibido retribución alguna por una actividad que requiriese competir en esfuerzo físico. Él tomó nota en la hoja. 

Atleta de élite


    A esta pregunta siguieron otras muchas acerca de mi cuerpo en general. Me preguntó por lesiones o enfermedades crónicas, por afecciones cardíacas y cosas así. Yo contesté a todo al punto y él tomó notas en su hoja. Para terminar me dio una fotocopia de ejercicios estándar, exactamente igual que la que le daría a cualquiera que se apuntase a ese gimnasio y me indicó que me esperaría en cinco minutos en la sala de cardio. 

    Mientras me cambiaba de ropa en el vestuario, pensé en el breve intercambio comunicativo que acabábamos de tener. Decir que X había sido seco sería ser bastante generoso. La palabra exacta sería grosero. En los diez minutos de charla no había habido siquiera un gesto mínimamente amistoso por su parte. Ni una sonrisa, ni una mirada de comprensión. Nada. Todo había sido deliberadamente frío y distante. Hasta la performance del escritorio, preguntando y tomando notas como si de un médico se tratase. Ni un resquicio por el que se hubiese colado algo de humanidad. Sonreí mientras me ataba las zapatillas. 

    X me esperaba en la sala de ejercicio. No sé si lo he dicho antes, pero la sala de ejercicio de Qpro Gym se divide en dos partes. A la izquierda según entras está lo que ellos llaman la zona de cardio. Allí hay un montón de biciestáticas, bicielípticas, cintas de correr, máquinas de remo, un par de steppers y hasta una bicicleta de aire, que es una bici estática normal a la que han puesto un par de palancas con un ventilador a la altura de los brazos para que, al tiempo que pedaleas, tires con los brazos de ellas hacia delante y hacia atrás –tengo que señalar que hacerlo requiere un esfuerzo físico considerable-. A la derecha están las máquinas que yo toda la vida asocié a los gimnasios: bancos con barras de metal con discos a los lados, mancuernas y todo tipo de mecanismos con poleas y pesos que hay que subir y bajar. Y espejos, muchos espejos por todos lados, porque, por lo que se ve, es muy importante contemplarse a uno mismo mientras sube y baja pesos. Este espacio recibe el nombre técnico de zona de musculación.

Qpro


X me indicó con un gesto del mentón que me subiese a una bicicleta estática. Obedecí. Él apretó varios botones del control de mandos y se marchó sin decirme una palabra. Esos fueron mis primeros quince minutos pedaleando en Qpro Gym, algo que se repetiría muchas, muchas veces. 

Cuando terminé me acerqué a X con mi hoja de ejercicios estándar. Él me la quitó de las manos y la ojeó un instante.

-Ven conmigo –dijo.

Lo seguí hasta una máquina. Con palabras secas y cortantes me explicó el funcionamiento. 

-Haces tres series de doce repeticiones. Entre serie y serie estira. Si ves que es mucho peso, le bajas cinco kilos. Si ves que puedes, le subes cinco –y se fue. 

Hicimos esto varias veces. Dos ejercicios de piernas –cuádriceps y glúteos-, abdominales y tres de tren superior –pecho, hombro tríceps-. ¡Dios, cómo me gusta la expresión tren superior para referirse a la parte del cuerpo que hay de pecho para arriba! Es tan perfecta, tan adecuada para vestir de apariencia técnica el saber experto del gimnasio que, cada vez que la oigo, me siento como si estuviese en manos de una civilización superior. En cualquier caso, hice todo aquello y, por si no fuese suficiente, añadimos dos tandas de biciestática, una entre los ejercicios de pierna y los de tren superior, y otra al final para rematar la faena. Cuando terminé estaba reventado. 

Ha pasado bastante tiempo desde aquel mi primer día en Qpro Gym. He pensado mucho sobre él. Incluso ahora que X ya no trabaja allí, sigo dándole vueltas al significado de la performance que se prolongó durante casi dos horas, primero en su despacho y luego en la sala de entrenamiento. ¿Por qué todo aquello? ¿Por qué la entrevista con él dándoselas de profesional? ¿Por qué aquella actitud distante, grosera por momentos? Supongo que habrá varias razones, muchas de ellas de orden psicológico. Sobre todo después de conocer a Juan, el otro monitor, cuya estrategia es radicalmente distinta. Pero no son esas las que me interesan. A mí el X persona me importa un pepino. Ni para bien ni para mal. Sencillamente me da igual. El X que me interesa y por el que sentí fascinación desde el día en que puse el pie por primera vez en Qpro Gym es el X punto de acceso, el X que encarna la función social de enlace entre el profano y el sistema experto. 

La grosería de X no era nada personal. En mi lugar podía haber estado la cabra de la Legión que la interacción hubiese discurrido por los mismos términos, porque el objetivo de toda aquella performance no era hacerme sentir incómodo y que no volviese, sino dejar meridianamente claro que él tenía todo controlado porque poseía el conocimiento experto, que yo era un lego y que, por tanto, debía obedecer las decisiones que él tomase sobre mi cuerpo. No me resisto a volver sobre tres detalles:

    a) La entrevista en el despacho rezumaba esfuerzos por resultar formal. No solo por el aire profesional que se esforzaba en darle a la entrevista tomando notas, sino también por el hecho de hacerlo en un despacho, cuando perfectamente podíamos haber hablado en el vestuario o sentados en las escaleras. 

    b) Las preguntas personales sobre mi cuerpo, encaminadas a que el usuario sienta que le hacen caso, que no es un número más de una lista anónima, aunque luego te den una hoja de ejercicios estándar. La relación del usuario con el sistema experto y su punto de acceso se torna personal, adecuada a las necesidades concretas de la persona. 

c) La actitud distante es un medio por el cual determinadas personas intentan marcar diferencias de jerarquía. Solo el rey o el barón pueden mostrarse displicentes con sus súbditos porque no dependen de ellos. 

¿Y todo esto por qué? 

Porque las relaciones con los sistemas expertos se basan en la confianza y el riesgo. Las personas desconocemos el saber al que vamos a someternos y tenemos que confiar en él y en los puntos de acceso. Cuando me rompo una pierna, confío en que el médico no me va a dejar cojo. Lo mismo con el fontanero que viene a casa o con X, el monitor de Qpro Gym. Aceptamos el riesgo de confiar en ellos. Pero para hacerlo y entregarnos plenamente, no nos basta con su palabra. Es necesario llenar las interacciones de pequeños símbolos que nos induzcan sensación de confianza y sumisión a un poder superior. Y así es cuando el médico de bata blanca nos trata con displicencia o cuando el fontanero dice palabras técnicas que no entendemos bien. Y por supuesto es lo que hacía X cuando se tomaba tan en serio a sí mismo. 

NOTAS:
1. Cfr. GIDDENS, A. (1994). Consecuencias de la modernidad, Madrid: Alianza. 
2. GIDDENS, A. (1994) p.37.

lunes, 14 de agosto de 2023

LA OBJETIVACIÓN DEL TIEMPO (Otra versión de racionalización).



Creo que hasta aquel día no fui consciente de la manera en que la invención del reloj cambió la vida de los seres humanos. Había leído sobre ello, en concreto un ensayo de Norbert Elias (1) muy interesante sobre el tema , pero no había tomado conciencia real de hasta qué punto determinan nuestra forma de percibir el mundo y de comportarnos. 

    Era un Sábado por la mañana. El día anterior había estado festejando algo y, como suele pasar cuando se festeja, la mañana siguiente fue resacosa. No era una de esas resacas terribles, en las que te duele mucho la cabeza, tienes náuseas y apenas si puedes levantarte de la cama. Los excesos no habían sido tantos. Ya no tenía edad para eso. Era más bien una resaca madura, de las que tenemos los cuarentones. Había dormido mal, estaba cansado y me dolía ligeramente la cabeza. Aparte de eso, no puedo decir que la cosa fuera a mayores. Bebí medio litro de leche y miré melancólicamente por la ventana. Llovía con suavidad. 

    ¿Qué carallo voy a hacer durante todo el día? –pensé.

    Dar un paseo bajo la lluvia quedaba descartado. El cine o la lectura solo empeorarían el dolor de cabeza. La radio los fines de semana me aburría. Así las cosas, el gimnasio era la única opción. Además, sudando probablemente expulsaría las toxinas que me provocaban aquel malestar general. 

    El ritual de entrada fue el de siempre, solo que esta vez lo hice un poquito más despacio. Pasé el carnet por el torno, me puse la ropa deportiva en el vestuario y me subí a la bicicleta estática. No debía ser yo el único al que la suave lluvia plomiza había estropeado el plan del Sábado por la mañana, porque el gimnasio estaba más concurrido de lo normal. 

    Apenas si había empezado a pedalear, cuando me di cuenta de que algo no funcionaba. El estómago se me revolvía y el dolor de cabeza de ligero pasó a moderado. Con cada latido de mi corazón notaba cómo me palpitaban las venas de las sienes. Pero no paré. Seguí pedaleando a 31 rpm como hacía siempre. 

    -Seguro que con el sudor se va la resaca –me decía. 

    A mi alrededor, personas de todas las edades hacían ejercicio como si nada. Unos remaban, otros corrían en la cinta y algunos se ejercitaban en las bicis elípticas. Todos más o menos sudados, pero ninguno evidenciaba un calvario similar al mío. Me ardían las piernas y boqueaba desesperado tratando de coger aire. No sé cómo el corazón no se me salió por la boca. Literalmente. Entre bocanada y bocanada miré el cuadro de mandos. Tuve que parpadear un par de veces para dejar de verlo borroso. El cronómetro marcaba siete minutos. Volví a parpadear, esta vez haciendo fuerza, como para alejar de mí la alucinación que acababa de tener. No había sido una alucinación. Siete minutos. El maldito crono seguía marcando SIETE MINUTOS. Quise morirme. Siete minutos que me habían parecido siete años. La gente que me rodeaba seguía a su rollo como si nada. Los odié con toda mi alma. 

    Cualquiera que haya experimentado una situación similar compartirá conmigo que no es lo mismo el tiempo objetivo que el tiempo subjetivo. Una hora con los colegas entre cañas y risas no se parece en absoluto a una hora en clase de biología con aquella profesora asquerosa que confundía enseñar con imponer disciplina por medio del terror. A principios del siglo pasado Bergson distinguía entre el tiempo y la duración (2). Según Bergson, el tiempo objetivo, el del reloj, es fruto de nuestro intelecto. Nuestra mente “traduce” el tiempo en espacio físico, que divide en espacios iguales –lo que tarda en ir la aguja del reloj de un punto a otro-. Un segundo es igual a otro segundo, sean las condiciones las que sean. En esto se opone al tiempo subjetivo, el de nuestra conciencia, donde todo es un devenir continuo y nada es igual a lo anterior. 

    Conseguí llegar hasta los 45 minutos que siempre hacía los días que me tocaba cardio. Me bajé de la bici dando tumbos y me desplomé en un banco. Por primera vez me fijé en algo que debía haberme llamado la atención hacía mucho tiempo, pero que, a fuerza de costumbre, había pasado por alto. Qpro Gym estaba lleno de relojes por todos lados. Cada máquina de ejercicio cardiovascular tenía su propio cronómetro en el cuadro de mandos; frente a ellas, entre las ventanas, había otro reloj de agujas; en la zona de musculación había un reloj rectangular que también hacía las funciones de cronómetro; en las muñecas de los usuarios había relojes de pulsera y aquellos que no lo llevaban consultaban el tiempo regularmente en sus teléfonos móviles. En una sala de unos cien metros cuadrados habría, por lo menos, treinta relojes. 



    En el devenir cada acontecimiento es diferente a todos los demás. El tiempo fluye sin dejar que un instante sea igual a otro. Nunca nada se repite de la misma manera. Así las cosas, el fluir del tiempo es lo más cercano al caos que conoce la conciencia humana. Pero los seres humanos necesitamos orientarnos en el mundo para poder vivir en él. Ninguna puesta de sol, por poner un ejemplo, es igual a otra. Sin embargo, establecemos similitudes entre ellas para inventar el intervalo que hay entre una y otra y al que llamamos día. En este sentido, el tiempo objetivo es expresión del intento de los hombres por determinar posiciones, duraciones de intervalos o ritmos en las transformaciones en este devenir para ordenar nuestras vidas. 

    En los primeros pasos de Humanidad la determinación del tiempo era pasiva. Los primeros homínidos comían cuando tenían hambre y dormían cuando tenían sueño. Este estadio primitivo empezó a cambiar con la agricultura. Esta depende de las estaciones, las cosechas, los ciclos lunares, etc… y los hombres neolíticos hicieron depender al tiempo objetivo de ellas. De acuerdo con Norbert Elias, ya no hacían las cosas cuando se las pedía su cuerpo, pero todavía no tenían una idea del tiempo en abstracto. Lo que les preocupaba eran sus problemas inmediatos (3). En los estadios primitivos de la humanidad, cuando querían situar los hechos, tenían que recurrir a procesos naturales como la puesta y la salida del sol, las estaciones o los ciclos lunares. En realidad, como todo lo que es sucesivo, estos procesos naturales son únicos e irrepetibles. No es la misma puesta de sol de hoy que la de ayer ni que la de mañana, pero, como nuestros antepasados vieron una pauta de repetición, se sirvieron de la similitud entre esos procesos para orientarse.



    El tiempo abstracto no aparece hasta el siglo XVIII con la invención del reloj, que pronto se extiende a toda la población. Gracias a ellos, los seres humanos utilizamos los procesos simbólicos recurrentes en sus esferas. Paralelamente se unifican los calendarios entre los diferentes países. Giddens habla de "vaciado temporal" en el sentido de que la medición del tiempo se convierte en algo abstracto, sin contenido (4).

    Esta idea del tiempo como algo abstracto fue lo que me dejó flipado aquella mañana de resaca en Qpro Gym. El tiempo objetivo no existe por sí mismo. Solo es el resultado de un pacto entre los miembros de la Humanidad. Podíamos haberlo hecho de mil maneras distintas, pero lo hicimos como lo hicimos y, a partir de entonces, el tiempo objetivo pasó a dominar nuestras vidas. Sentado en aquel banco de musculación, yo flipaba porque todos los que estábamos allí estábamos adecuando nuestras actividades a una institución simbólica, independientemente del modo en que cada uno la experimentase. Allí cada uno tenía su planning de entrenamiento basado en periodos de tiempo figurados y todos nos plegábamos a ellos. Me pareció alucinante cómo la Humanidad se doblegaba a una construcción simbólica creada por ella misma. ¿Aunque no es esto en realidad la Cultura? Personas regulando sus actividades de acuerdo con conceptos simbólicos. Y esto podía extenderse a cualquier actividad humana. Las horas de trabajo, de sueño, de ocio, los momentos en los que uno puede ir a una tienda, tomar una copa en un bar, citarse con un médico o una chica… Todo está sometido a la tiranía del tiempo objetivo. 

    Norbert Elias pone en relación la autocoacción con el proceso de civilización en general. Para Elias, la civilización no es más que la coerción de los instintos por medio de la cultura. A medida que la civilización avanza, la autodisciplina es mayor, hasta el punto de que nuestra sociedad hiperindustrializada parece estar absolutamente controlada por procesos simbólicos (5). 

    Y allí estaba yo, en Qpro Gym, pensando estas tonterías mientras luchaba agónicamente por terminar mi rutina de entrenamiento. La hice. Mis cuarenta y cinco minutos de bicicleta estática y mis ejercicios de pesas y abdominales. Juan, el monitor simpático, estaría orgulloso de mí y me diría que me había superado a mí mismo y a mi pereza. Pero no es así. En realidad fue la institución del tiempo objetivo la que venció a mi propia experiencia del mundo. 


NOTAS:

1. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

2. BERGSON, H. (1999). Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Salamanca: Ediciones sígueme S.A.

3. Cfr. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

4. Cfr.GIDDENS, A. (1995): Modernidad e Identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea. Barcelona, ediciones Península/ Ideas.

5. NORBERT, E. (2016). El proceso de civilización, Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Ciudad de México, FCE. 


lunes, 7 de agosto de 2023

RACIONALIZACIÓN

 


    Fue un Sábado. La noche anterior me había pasado un poquito con el vino. Me dolía la cabeza y tenía ese desagradable revoltijo estomacal propio de la resaca. Tampoco había dormido bien, así que estaba cansado. Lo lógico hubiese sido quedarse en casa o dar un paseíto tranquilo por la orilla del mar, pero pensé que sudar me ayudaría a combatir la resaca. Hice la mochila y fui a QproGym. Me subí a la bicicleta estática. Empecé a pedalear perezosamente. Con cada latido del corazón las sienes palpitaban y me dolía más la cabeza. Seguí con más fuerza. Debía alcanzar un nivel de esfuerzo que abriese los poros de mi piel para liberar las toxinas en forma de sudor y así quedar por fin libre del malestar de la resaca. Aumenté otra vez la cadencia del pedaleo. Empecé a jadear. Los primeros signos de sudor aparecieron en los sobacos y la parte baja de la espalda. Una gota cayó resbalando por el pelo delante de la oreja. Iba por el buen camino. Pero la cosa no estaba siendo fácil. La cabeza me seguía doliendo y las piernas me ardían como si estuviese levantando cien kilos. Sea como sea, no debía decaer. Le di más caña. Jadeé, sudé y, sobre todo, sufrí. Mucho. Sufrí un montón. Mi entrega fue total. Era increíble lo mal que me sentía y lo duro que estaba trabajando. Hasta que miré el reloj. Fue como si me hubiesen tirado una mierda a la cara. Siete minutos. Siete putos minutos. Había estado a punto de morir de un infarto para siete putos minutos. Pero no me amilané. Seguí dándolo todo hasta hacer mis 45 minutos de cardio sin parar. Fue algo épico, porque el tiempo pareció estirarse, casi hasta detenerse. 45 miserables minutos convertidos en una eternidad. Observé a los otros usuarios del gimnasio con odio. Seguro que a aquellos asquerosos el tiempo se les pasaba mucho más rápido que a mí. Acabé mi sesión de bici y me desplomé en las colchonetas. Tenía la camiseta empapada y me quería morir.


No soy yo, pero podría serlo.


    No digo nada nuevo cuando afirmo que la percepción del tiempo es subjetiva. Anthony Giddens, en Consecuencias de la Modernidad, sostiene que en las sociedades tradicionales el tiempo se medía en función del espacio -posición del sol, por ejemplo-. Pero en el siglo XVIII se inventó el reloj, que pronto se extendió a toda la población. Esta máquina permitió separar el tiempo del espacio. Paralelamente se unificaron internacionalmente los calendarios. Giddens habla de "vaciado temporal", en el sentido de que la medición del tiempo se convierte en algo abstracto, sin contenido.


Giddens. Aunque fue asesor de Tony Blair,
es un sociólogo muy interesante.

    Durante el tiempo que yo estuve en la bicicleta estática, las manecillas del reloj se movieron igual para todo el mundo. Pero este movimiento no fue más que un recipiente vacío, que hay que llenar con la experiencia personal de cada uno.
    Me llevó un tiempo darme cuenta de que el tiempo objetivado de QproGym solo es una forma más de racionalización de nuestra sociedad contemporánea. La MdDonalización de la sociedad desarrolla y aplica al siglo XXI la teoría de Max Weber de la jaula de hierro y la hiperracionalización. Según Ritzer el concepto que rige nuestra forma de trabajar, producir y consumir es la eficacia. La definición de eficacia es un poco compleja, pero se ve muy clara con una serie de ejemplos:
    En McDonald´s, y en general en todos los restaurantes de comida rápida, se ha demostrado que es mucho más eficaz que los clientes hagan muchas de las funciones que antes estaban destinadas a los camareros. En estos restaurantes el cliente es el encargado de hacer cola ante una barra para recoger la comida, en lugar de esperar tranquilamente a ser atendidos en la mesa. Después de comer es el encargado de recoger sus sobras y tirarlas a la basura, dejando así limpia la mesa para el siguiente.


Lo que en un restaurante normal hacen los camareros
y lo que en McDonald´s haces tú. 


    Igualmente, en estos restaurantes se trabaja en cadena. En lugar de que haya un cocinero que pique la cebolla, limpie y trocee el tomate, ponga a la plancha la hamburguesa, etc... se trabaja como en una cadena de montaje. Hay un supervisor que se encarga de prevenir qué productos se demandarán, los pide y, en la cadena, un chico coge las carnes de las hamburguesas y las pone en la plancha, otro las saca y las pone en los panes, un tercero coloca el tomate, la lechuga y la cebolla, un cuarto echa las salsas y el quinto mete la hamburguesa ya hecha en esas cajitas de espuma.





Tres actividades desarrolladas por los empleados
 de McDonald´s. El empleado puede pasarse ocho horas
 seguidas haciendo solo lo que se ve en cada una de las fotos, 


    Ambos fenómenos -trasladar parte de la producción al cliente y trabajar en cadena- se consideran más eficaces porque abaratan mucho el coste y se produce una mayor cantidad en menor tiempo.
    Ritzer escoge McDonald´s como metáfora de la sociedad moderna porque es una de las empresas más conocidas a lo largo y ancho del mundo, pero estas estrategias para aumentar la eficacia se dan en otros muchos lugares. Así, sin pensar demasiado, se me ocurren un montón:
1. IKEA traslada gran parte de la producción al cliente. Tú recorres la tienda, anotas lo que quieres en un papel, luego bajas a un hangar enorme, coges el producto, lo cargas hasta la caja registradora, lo pagas, lo metes en el coche, lo llevas hasta tu casa, lo montas tú y lo colocas como puedes. Por eso los muebles de IKEA son mucho más baratos que los de las tiendas convencionales.
2. Las máquinas de café que hay en cualquier oficina. En lugar de ir a la cafetería a que te hagan un café, metes una moneda en una máquina y te tomas el café de pie en un vasito de plástico.
3. Las cabinas de pago de las autopistas en los que no hay nadie atendiendo, sino que tienes que ser tú el que meta la tarjeta y, si quieres un recibo, apretar un botón para que la máquina lo expenda.
4. Un crucero, que son unas vacaciones planificadas en las que se aprovecha todo, especialmente el viaje para dormir y supuestamente no perder tiempo en los desplazamientos.
5. El supermercado. En el ultramarinos pedías lo que querías en un mostrador y, si eras cliente habitual, hasta el chico te lo llevaba a casa. Ahora lo coges tú de las estanterías y lo llevas a la caja. En el último y más delirante estadio de la racionalización llegas incluso a cobrarte tú mismo en las cajas de autopago con el cebo de que son más rápidas.
6. El centro comercial. Ya no hay que ir a buscar una tienda detrás de otra. Basta con coger el coche y acercarnos a un centro comercial para tener todas las tiendas juntas, sin necesidad de desplazarnos de una a otra. Al final de la jornada, si estamos cansados, ya no hay por qué fatigarse buscando una cafetería porque suele haber varias en la última planta.
    Podríamos seguir así con prácticamente todas las actividades humanas actuales, porque en todas se ha tratado de optimizar la eficacia.

Ikea. La pesadilla de la racionalización, que es una 
máquina de destrozar matrimonios. 

    Según Ritzer hay tres conceptos fundamentales que determinan lo que se considera eficaz y lo que no:
    En primer lugar está la cantidad. Producir mucho y en gran cantidad se considera un signo inequívoco de eficacia. Importa muchísimo más la cantidad que la calidad, de ahí la proliferación de restaurantes del estilo de McDonald´s y la tiranía de los índices de audiencia que lleva a las cadenas a insertar en sus programas basura como Sálvame que tiene una calidad ínfima pero que asegura altos índices de audiencia.
    En segundo lugar parece preocuparnos mucho la predicibilidad. Queremos saber exactamente qué es lo que nos vamos a encontrar, desde la comida al cine. Uno puede entrar en un McDonald´s, un IKEA, un Zara o cualquier otra multinacional en cualquier parte del mundo y sabe exactamente cómo va a ser y, por ende, el modo en que tiene que comportarse.
    Y, en tercer lugar, es muy importante el control, tanto de los trabajadores como de los clientes. En un Zara o en un H&M el encargado ejerce un control férreo sobre sus empleados a los que vigila siendo este a su vez controlado por otro cargo por encima de él. Los trabajadores también se controlan entre ellos por medio de comentarios y denuncias a los superiores. Y los clientes son controlados, ya que se les prescribe un comportamiento muy concreto en todos y cada uno de estos establecimientos. Entramos, buscamos lo que nos gusta, lo llevamos al probador, una chica nos da un plastiquillo con un número que identifica la cantidad de prendas que llevamos. Nos las probamos, nos quedamos con la que nos gusta y le dejamos las que no a la chica. Luego vamos a la caja, hacemos cola, pagamos, nos meten nuestra compra en una bolsa y nos vamos. Cualquier comportamiento que no entre dentro de este férreo patrón va a ser percibido como anormal y con toda probabilidad va a acabar en una llamada a seguridad.

Clientes amaestrados de Zara.


    Sin embargo, Ritzer observa que desde finales del siglo XX el control se ejerce cada vez más por medio de máquinas y menos por medio de personas, ya que las máquinas son percibidas como formas de control más eficaces y menos agresivas que las personas. Así, el trabajo que antes lo hacían personas se ha pasado a la tecnología -por ejemplo las cabinas de autopago en los autopistas y supermercados, o la cadena de producción de hamburguesas de McDonald´s, en las que un pitido suena periódicamente avisando a los trabajadores de las diferentes actividades que tienen que hacer, como levantar la carne de la plancha o ir a desinfectarse las manos-. En este punto Ritzer hace un par de observaciones graciosas cuando señala la falsa camaradería y la falsa sensación de intimidad entre cliente y trabajador creada por la alegría forzada de los trabajadores de los sitios mcdonalizados y dice que parece que estás en un campo de reeducación y que les han dado un euforizante o alguna otra droga. Y le fascina que estos trabajadores sean todos iguales allá donde estés: el mismo corte de pelo, misma complexión, todos parecen buenos chicos.
    QproGym es una oda a la racionalización y la eficacia. En primer lugar, es un espacio común para que todos hagamos ejercicio allí. Podríamos hacerlo a nuestro aire en casa, pero para ello tendríamos que tener una casa enorme y hacer una inversión considerable en máquinas. Esto escapa a las posibilidades de la mayoría de los usuarios, así que compartimos gastos vía la cuota mensual y a cambio podemos disponer de todo tipo de máquinas especializadas muy caras en un espacio amplio y agradable.


Espacio racionalizado de Qpro.

    En segundo lugar, a los usuarios se nos asigna una tabla de ejercicios en función de los objetivos de cada uno, pero que es bastante similar para todos. Empezamos con diez o quince minutos de ejercicio cardiovascular (nos dejan elegir entre bicicleta estática, elíptica, remo o cinta de correr), luego vamos a la zona de musculación, hacemos dos o tres ejercicios -estos son los individualizados en función del objetivo-, volvemos al cardiovascular otros diez o quince minutos, más ejercicios de fuerza y, si no estás exhausto, puedes darle un poquito más al cardio. Igual que podríamos tener un gimnasio en casa, podríamos tener un entrenador personal, pero eso sería caro y la mayoría no nos lo podríamos permitir, así que recurrimos a que Juan nos haga una tabla de ejercicios individualizada, pero que luego hacemos de forma individual. Juan, o el monitor que esté en ese momento en la sala, nos controla desde la distancia y, si ve que estamos haciendo algo mal, interviene. Pero no está con nosotros la hora y media que estamos allí, guiándonos y prestándonos atención individualizada. 
    Y en tercer y último lugar, nuestro comportamiento, gracias a las tablas, es perfectamente predecible. Como borreguitos bien amaestrados seguimos la rutina pautada. Juan nos tiene bien controladitos sin tener que recurrir a la fuerza, ni siquiera a la intimidación.
    Sin embargo, como comprobé aquel Sábado por la mañana de resaca en la bicicleta estática, no todo es maravilloso en este mundo mcdonalizado. Hay, por el contrario, evidencias de multitud de irracionalidades que ponen límites y en peligro al racionalismo de la cadena producción-consumo moderno. Y aquí, a bote pronto, se me ocurre otra buena batería de ejemplos:
1) los atascos y las colas interminables en las autopistas cuando no pasa la tarjeta o alguna cabina no funciona.
2) Los cajeros automáticos son sangrantes. En primer lugar, te aseguran que son rápidos, lo que tes mentira cochina, porque para encontrarlos hay que irse muy lejos y, en muchas ocasiones, no nos pueden dar dinero por las más diversas razones. Además, el banco se ahorra un empleado al convertir al cliente en un trabajador sin sueldo que hace él solito sus propias gestiones, pero, en lugar de revertir eso sobre el consumidor, el banco se queda con un porcentaje de cada operación.
3) Es cierto que los centros comerciales ahorran tiempo porque allí puedes comprar comida, ropa, ir al cine y tomar una caña todo en el mismo sitio. Pero hay que desplazarse hasta ellos y suele haber atascos y muchos problemas para encontrar aparcamiento, de modo que el ahorro de tiempo no es más que supuesto.
4) En los parques de atracciones, donde se supone que uno tiene toda la diversión concentrada, se pierde el noventa por ciento del tiempo en desplazamientos y colas interminables.
5) Puede ser más eficaz hacer la comida tú en casa que meter a toda la familia en un coche, conducir hasta el restaurante de comida rápida de turno, llenarse de comida y conducir de vuelta a casa. Son restaurantes de comida rápida a medias.




    Por todo ello a Ritzer no le acaba de convencer la mcdonalización de la sociedad. Este juego de racionalización/eficacia no son el medio más eficaz para alcanzar un fin. El sistema resulta eficaz para los empresarios que tienen unos beneficios mucho mayores, pero desde luego no para el cliente. Además estos sistemas generan una cantidad indecente de desperdicios, lo que degrada mucho el medio ambiente y a la larga generará graves problemas. Y finalmente, todo en ellos es ficción. Para los clientes no es eficaz ni barato, sólo se les proporciona la ilusión de eficacia y baratura e, incluso, de diversión. McDonald´s pone payasos y parques infantiles, se nos vende una tarde en el centro comercial como si fuese la fiesta máxima y se nos crea la ilusión de que nos estamos divirtiendo.
    No creo que esto último sea este el caso de QproGym. QproGym es una pequeña empresa, y solo las grandes multinacionales pueden llegar a este estadio de racionialización/extracción del capital. No creo que el simpático Juan saque unos beneficios astronómicos gracias a sus tablas de ejercicio, sino que simplemente hacen viable el negocio y que mucha gente pueda hacer deporte sin ser millonario. Tampoco creo que degrade mucho el medio ambiente, aunque en esto tengo que reconocer que no es más que una impresión, ya que no tengo conocimiento alguno sobre la huella de carbono de un gimnasio. Y finalmente no sé hasta qué punto se crea una ilusión de diversión. Desde luego yo no lo paso nada bien.

    Anexo:
    En una de nuestras entrevistas, le comenté a Juan que la racionalización del tiempo y la actividad en QproGym era absurda porque el ejercicio depende de cómo te encuentres. Juan abrió mucho los ojos y levantó las palmas de las manos
    -Joder. Pues haz menos.
    Obvio.
    Lo que no le dije a Juan es que hemos asimilado hasta tal punto los procesos de racionalización que hemos adecuado nuestra percepción a ellos. Por muy mal que me encuentre, si no hago los 45 minutos de cardio, no tengo la sensación de haber hecho bien deporte.

viernes, 13 de abril de 2018

Anthony Giddens: La transformación de la intimidad.

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     Giddens estudia en este libro el modo en que los cambios que acontecieron con la Modernidad afectaron a la vida íntima de las personas. Por vida íntima Giddens entiende el amor, el erotismo y la sexualidad. 
  
   Para tal fin, lógicamente tiene que tener en cuenta a Foucaut y su monumental Historia de la Sexualidad



    Lo que viene a decir Foucault es:



 - La aparición de la sexualidad está ligada a los estados nación y la necesidad de control que estos tienen de controlar a las poblaciones. 



- Las sociedades modernas, para existir, necesitan disciplinar a los ciudadanos. Esto es controlarlos. Las personas, para vivir en estas sociedades y disfrutar de sus instituciones, renuncian a sus instintos e inclinaciones. Son reprimidos. 



- Los instituciones de represión son las escuelas, las cárceles, los hospitales, etc...  



- Por medio de la represión las sociedades modernas consiguen que las personas renuncien a sus instintos, inclinaciones y deseos. 



- Foucault se da cuenta de la ambigüedad del poder, porque, al tiempo que reprime, y precisamente por esa represión, también es una fuente de placer. 



- Foucault se centra los siglos XIX y XX. Al tiempo que la sexualidad se reprimía -se trataba como algo oculto, perteneciente al dominio de la mayor intimidad-, se estudiaba sin descanso. De esta paradoja, Foucault concluye que no es que el poder tratase de eliminar/suprimir el sexo, sino que pretendía crear un nuevo desarrollo corporal y mental del individuo. 



- El placer erótico se convierte en sexualidad cuando el poder distingue la sexualidad normal -formal- de lo que se considera enfermizo -patológico-. 



- Surge la ciencia de la sexualidad gracias a la acumulación de saber sobre ella y la confesión. 



- La confesión era el instrumento de la religión para acceder al sexo. 



- La religión utilizó el sexo para controlar la vida de los fieles. 



- Por medio de la confesión los fieles construyen un discurso sobre su sexualidad. Evidentemente este discurso está guiado de acuerdo con los intereses del poder. Hay que recordar que para Foucault el discurso crea la realidad. Por medio de la confesión las personas crean su propia sexualidad. 



- En definitiva, para Focault la sexualidad no es un impulso biológico, sino un discurso de poder. Nos dice cómo tenemos que comportarnos, qué sentir, qué hacer. 



    Giddens cree que Foucault exagera la importancia del control. No podemos entender la sexualidad en las sociedades modernas solo desde el control. Hubo otros cambios fundamentales para poder entenderla. 



   Es muy importante, por ejemplo, el surgimiento de la idea de amor romántico. 



    Antes, en todas las culturas, amor pasión. Es una suerte de sexualidad libre. Muchas lo consideran como algo negativo, incluso una enfermedad, porque los amantes pierden el control de sus vidas. 

   En estas sociedades el matrimonio tenía lugar antes por cuestiones económicas que sentimentales. 



   El amor romántico surge entre los burgueses en el siglo XIX ligado a la organización familiar. El amor romántico encaja y justifica la familia burguesa. Monogamia, sobre todo para la mujer, maternidad, etc... El matrimonio es el sentido de la vida. El amor nos hará felices. Solo hay una persona predestinada para nosotros. El matrimonio tiene que ser por amor. Es una empresa emocional conjunta. Esa empresa emocional concluye en los hijos. El amor romántico separa la sexualidad femenina de tener hijos -la reproducción-.



    En la sociedad actual la ideología del amor romántico se diluye por dos razones: la reflexividad de los proyectos de vida y la emancipación de la mujer. -para entender mejor el concepto de reflexividad de Giddens pinchad aquí-. 

   El amor romántico se convierte poco a poco en amor confluyente. 



   El amor confluyente no tiene por qué ser exclusivamente heterosexual. 

   La satisfacción sexual recíproca es fundamental para el éxito de la relación. Esta satisfacción se organiza reflexivamente -se toman decisiones sobre ella- consultando información y recibiendo consejos de expertos. Para que esto fuese posible, hubo de separarse la sexualidad de la reproducción femenina. Los métodos anticonceptivos permiten una sexualidad única y exclusivamente por placer. En este sentido, las relaciones homosexuales, como están completamente desligadas de la reproducción, son relaciones confluyentes totales. 

  El amor confluyente presupone un modelo de relación pura, por la razón de que un hecho básico del mismo es conocer los rasgos del otro. 

   Precisamente como consecuencia de la reflexividad como una de las características definitorias de la Modernidad, el amor confluyente no tiene por qué ser para siempre. Las personas nos entregamos al amor y tomamos de decisión de tener una relación siempre y cuando está nos sea beneficiosa -nos de estabilidad emocional, nos haga felices, o lo que sea-. Pero en caso de que esto no de cumpla, rompemos la relación y lo buscamos en otra. 

    En el capítulo V se centra en la adicción al sexo: 

    Una compulsión es una forma de conducta que un individuo encuentra muy difícil, o imposible, de detener sólo con el poder de su voluntad. Obrar a impulsos de la misma produce una liberación de tensiones. Las compulsiones habitualmente asumen la forma de rituales personales estereotipados, como en el caso en que un individuo se lava cuarenta o cincuenta veces al día para sentirse limpio. La conducta compulsiva se asocia al sentimiento de pérdida de control sobre el ego. Algunos pueden realizar las acciones rituales en una especie de estado de trance. El no hacerlo causa un exceso de ansiedad. 



     Las adicciones son todo eso de las compulsiones y algo más: 



    Una adicción incluye todos los aspectos de conducta ya mencionados y algunos más. Puede ser definido como un hábito estereotipado que se asume compulsivamente; el sustraerse al mismo proporciona una ansiedad incontrolable. Las adicciones proporcionan una fuente de bienestar para el individuo, al aplacar la ansiedad, pero esta experiencia es siempre más o menos transitoria. 



    Las adicciones están muy relacionadas con el surgimiento de la modernidad, en concreto con la reflexividad. En las sociedades tradicionales 

   Donde amplias áreas de la vida de una persona ya no están conformadas por modelos y hábitos preexistentes, el individuo se ve obligado continuamente a negociar opciones de estilo de vida (...) La idea de adicción tiene poco sentido en una cultura tradicional, donde es normal hacer hoy lo mismo que se hizo ayer. Cuando hay una continuidad de la tradición y un modelo social particular, establecido de antemano, que es obedecido, así como sancionado como correcto y justo, nada podría ser descrito fácilmente como una adicción ni servir tomo una afirmación sobre las características específicas del yo. Los individuos no podrían seleccionar y elegir, y tampoco tendrían obligación de descubrirse a sí mismos en sus hábitos y acciones.



    Las adicciones, entonces, son un índice negativo del grado en que el proyecto reflexivo del ego se traslada a un puesto de plataforma central en la modernidad tardía. Son modos de conducta que se introducen —quizás en forma muy consecuente— en este proyecto, pero rechazan quedar incorporadas en el mismo. En este sentido todos son perjudiciales para el individuo y sería fácil ver por qué el problema de superarlos invade ahora la literatura terapéutica. Una adicción es una incapacidad de colonizar el futuro y, en cuanto tal, realiza una transgresión de las primeras preocupaciones con las que deben lidiar reflexivamente los individuos.



    Cada adicción es una reacción defensiva, y una vía de escape, un reconocimiento de falsa autonomía que arroja una sombra sobre la competencia del yo. 



   El sexo es compulsivo, justamente como otros modelos de conducta, cuando una conducta sexual personal queda gobernada por una búsqueda constante de algo, que, sin embargo, conduce persistentemente a sentimientos de vergüenza o inadecuación. La adicción es una conducta opuesta a una libre opción, en lo que respecta al proyecto reflexivo del ego personal; esta observación es exactamente tan válida en el caso de la adicción sexual como de otras formas de conducta.



   Relación entre sexualidad e identidad:



   En la modernidad la identidad es problemática (ver Giddens: Modernidad e identidad del yo). Como estamos todo el tiempo reflexionando y negociando hacia el futuro, es complicado. Tenemos que estar todo el tiempo tomando decisiones de futuro. Es una identidad autoconstruida. No nos viene dada por la tradición. La sexualidad forma parte de la identidad. Por eso en la modernidad la sexualidad es tan problemática. 



  Giddens se centra en tres autores que hablan de la relación de la sexualidad y la sociedad/cultura. Son Freud, Reich y Marcusse. Según ellos la sociedad/cultura reprime la sexualidad. Giddens no está de acuerdo porque hay una fascinación pública por la sexualidad. Si estuviese reprimida, no sería pública. Además, Giddens tampoco cree que la sexualidad haya sido creada por el poder. 



   En el capítulo VII plantea cómo debe reanalizarse la sexualidad masculina a raíz de los cambios, especialmente la emancipación de la mujer. Ya no hay mujeres castas o puras frente a las impuras. A los hombres -algunos- les cuesta aceptar los cambios.