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domingo, 28 de septiembre de 2014

Ocio III: Bertrand Russel y El elogio de la ociosidad


   Bertrand Russell escribió El elogio de la ociosidad en 1932. En él plantea su famosa distinción entre ociosidad negativa y ociosidad positiva. La negativa es la de los terratenientes que viven del trabajo de los demás. Lógicamente, no le gusta. Cuando Russell elogia la ociosidad, se está refiriendo a la ociosidad positiva, que es la del trabajador que, una vez cumplida su obligación, puede dedicarse a cultivar sus aficiones y atender a su familia. 
     Según Russell el ocio, entendido como el tiempo libre propio de la ociosidad positiva, es fundamental para la civilización humana. Sin él, el hombre no hubiese podido progresar, ni material, ni espiritualmente. 
      Russell entiende que la técnica moderna podría permitir que el tiempo de ocio positivo aumentase exponencialmente, y así dsitribuir el ocio sin menoscabo para la civilización. Estima que la la técnica permitiría extender una jornada de cuatro horas diarias a la totalidad de la población, siempre y cuando, claro está, se distribuyese el trabajo de forma equitativa -esto lo dice en 1932, si hubiese visto los avances técnicos y tecnológicos de hoy en día puede que pensase que con tres cuartos de hora llegaba-. Como digo, Russell cree que si se distribuye de forma equitativa la carga de trabajo, tendríamos muchísimo más tiempo para dedicarnos al ocio positivo, el cultivo de nuestra mente y nuestra familia.
      Russell aboga por un socialismo democrático, una socialdemocracia construida en torno a un estado con el suficiente poder como para planificar la economía y establecer como su prioridad el bienestar de sus ciudadanos. 
       Con más tiempo libre, las personas podríamos dedicarnos a mejorar nuestra formación y participaríamos más en la democracia. Evidentemente, hay quien usaría su tiempo libre para embrutecerse, pero eso ya es una decisión individual, y el estado no puede interferir hasta ese punto en la libertad del ciudadano. Sin embargo, este estado sí debe garantizar al menos la libertad de elección. Si uno decide embrutecerse, que sea porque así lo decide, y no porque no es quien de cultivar su espíritu. Por eso Russell defiende una educación general para formar a la población de modo que esta sea capaz de disfrutar del placer intelectual y de la utilidad directa del conocimiento técnico. 
       Luego, en el libro, se mete a explicar lo que él consideraría la arquitectura ideal de las casas de los trabajadores y a darle palos al comunismo y al fascismo, pero esta parte no es tan interesante. A pesar de que los años le hayan acabado dando la razón en lo que se refiere a los regímenes políticos totalitarios.
        Si alguien lee hoy en día El elogio de la ociosidad puede llegar a pensar que es un libro un tanto inocente. Nos han bombardeado tanto con propaganda capitalista que hemos acabado por no entender nada de lo que nos rodea. No sé si era Nietzsche o Heidegger el que decía que las verdades más evidentes son las más difíciles de ver. Con la crisis económica hemos asistido al discurso más irraciónal que uno puede escuchar y, sin embargo, todos tragábamos y decíamos que sí, que tenían razón, que las cosas eran así y que no había otra opción. Con este discurso me estoy refiriendo en concreto a lo que se nos decía con respecto a la distribución de la carga de trabajo. Al tiempo que crecía de manera terrorífica el número de desempleados, los pocos que tenían empleo veían como sus horas de trabajo aumentaban. Tal vez una solución para el desempleo hubiese sido repartir el trabajo. Pero claro, a eso no estaban dispuestas las empresas, que en lo único que estaban interesadas era en aumentar sus márgenes de beneficios pagando lo mismo o menos por más horas de trabajo.
     Y crisis aparte, la sociedad de consumo acabará ella sola por darle la razón a Russell, aunque mucho me temo que ya será demasiado tarde. Para mantener a tanta gente ocupada, hay que consumir a lo bestia. Pero ni aún así somos capaces de dar salida a la ingente cantidad de producto que sale al mercado. Por no hablar del deterioro del medioambiente. Como ya dije antes, las verdades más evidentes son las más difíciles de ver. ¿No sería más racional trabajar menos y consumir sólo lo necesario? Quizá a muchos les resulte una pregunta un poco naif, pero, pese a su inocencia, es simple sentido común.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Ocio II: Debord y el tiempo como mercancía.

Guy Debord


   Polanyi sostenía que el capitalismo convierte a la tierra y al trabajo en mercancía. Debord va aún más allá. El tiempo también es susceptible de ser transformado en mercancía. 
   Los pueblos primitivos tenían una concepción de la vida y el tiempo como algo cíclico. Las estaciones se repetían una tras otra inexorablemente. Las cosas apenas cambiaban porque todo tendía a regresar. Sin embargo, el capitalismo impuso una noción del tiempo y de la vida como avance continuo, un discurrir hacia delante como si hubiese un fin último que alcanzar. Sin embargo, bajo esta nueva noción del tiempo, subyace la vieja visión, pero ahora convertida en espectáculo, es decir, sin ser realmente verdadera. Nuestro tiempo se organiza en semanas y años, como lo hacían las sociedades primitivas. Sin embargo, en las sociedades primitivas las festividades de lo cíclico tenían un significado. Generalmente, las fiestas de la cosecha o de la primavera tenían lugar en relación al comienzo o a la recolección de los bienes del trabajo. Estos bienes y el propio trabajo pertenecían a los individuos. Sin embargo, en el capitalismo, ni bienes ni trabajo pertenecen al individuo. Trabajamos para otro que recoge los bienes para sí mismo y sólo nos da un porcentaje despreciable de los beneficios. Las fiestas, es decir, los días de ocio, en la sociedad moderna no son más que espectáculo, una representación de una fiesta, no una fiesta real. Las fiestas actuales sólo sirven para marcar en el calendario el día o los días en los que descansamos, pero el trabajo no se acaba como se acababa en las sociedades primitivas con la cosecha. El lunes o el uno de Septiembre volvemos al trabajo para retomarlo exactamente donde lo habíamos dejado. La fiesta no supone el fin de un ciclo ni un cambio de estado. Ese tiempo abstracto de la producción sigue adelante sin detenerse nunca. 
    Por supuesto, el capitalismo del espectáculo, en el que nada es real, no podía dejar escapar el ocio de los individuos sin convertirlo en una mercancía. Nuestro tiempo de ocio es nuestro tiempo para gastar. Esta perversión alcanza el máximo en el fenómeno del turismo, en el que tiempo y espacio se convierten en mercancía. Viajamos a espacios urbanos que se han convertido en un producto que vender. No en vano el turismo es la segunda industria del planeta. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Ocio I: Paul Lafargue y El derecho a la pereza




    En esta época de crisis, cuando en España hay seis millones de parados y nada augura buenos tiempos para los trabajadores occidentales (*), quizá sería un buen momento para reflexionar sobre el trabajo. No sobre planes para generar empleo, ni sobre la precarización del asalariado, sino sobre el concepto mismo de trabajo, el reparto del mismo y sus implicaciones sobre la existencia humana. Damos por sentado que el trabajo es necesario y dignifica. Esta idea es una de esas representaciones colectivas de las que habló Durkheim, una idea que todos los miembros de la sociedad consideran evidente más allá de todo razonamiento. Es lo que el sentido común sanciona como cierto más allá de toda duda. Según Mary Douglas la forma de entender el mundo, la cosmovisión de una cultura se construye sobre estas representaciones colectivas que, así, determinan y orientan la organización social y el comportamiento de los individuos. Que el trabajo es bueno es una representación colectiva de nuestra sociedad de mercado. En otro momento hablé de un amigo al que algunos empiezan a evitar porque no quiere trabajar (aquí) y, cuando yo reconozco sin ambages en la sala de profesores que trabajar me parece una mierda, todos mis compañeros me miran como si hubiese cometido una herejía. Y de hacho así es. Porque cuando mi amigo M se niega a trabajar y yo sostengo sin ruborizarme que odio el trabajo, estamos atentando contra esa sacrosanta representación colectiva de que el trabajo es bueno y dignifica. Sin embargo, cualquier estudio de etnografía comparada evidenciará que las representaciones colectivas no son verdades universales, sino un producto cultural. Sin ir más lejos Quevedo consideraba trabajar una actividad vil que todo hombre digno debería eludir. ¿Qué pensaríais si os digo que tal vez, aunque sólo sea tal vez, esa tesis que todos aceptamos como evidente de que el trabajo dignifica no es cierta? ¿Qué pensaríais si os digo, por ejemplo, que el trabajo no dignifica sino embrutece?. Pues ahí van una serie de reseñas sobre esta herejía, a las que englobo bajo el título genérico de Ocio y a las que habría que añadir las que ya hice sobre Marshall Sahlins, La economía en la edad de piedra y Pierre Clastres La sociedad contra el Estado. Empiezo por Paul Lafargue, y luego vendrán Bertrand Russell, Stevenson, Bécquer y algunos más que poco a poco iré colgando.

    Paul Lafargue era el yerno de Karl Marx. Además leyó mucho a Proudhon y él y su mujer se suicidaron juntos cuando él tenía sesenta y nueve años. Su obra más conocida de lejos es El derecho a la pereza. Este ensayo es una diatriba contra la moral del trabajo de la que hablé en el párrafo anterior. Lafargue nos habla de las condiciones de sus trabajadores contemporáneos y llega fácilmente a la conclusión de que trabajar en una mina no dignifica a nadie. En el mejor de los casos, lo embrutece, cuando no lo mata. Hasta los esclavos tenían mejores condiciones de vida. Los burgueses que no bajan a la mina y los nobles que no pegan ni chapa viven infinitamente mejor que cualquier trabajador industrial, de modo que no le es difícil deducir que el trabajo es una condena. 
    La moral del trabajo es un invento de la burguesía para que los trabajadores pobres acudan a las fábricas a cambio de sueldos miserables. Para ello se inventan todo eso de que el trabajo dignifica y que aparta de todos los vicios -difícilmente uno se puede echar al agradable pecado de la lujuria cuando tiene que currar dieciséis horas diarias en una fábrica-. Sin embargo, para Lafargue, la vida sólo merece la pena vivirse si uno puede disfrutar moderadamente de los vicios. ¿Qué sería de la vida sin los placeres del amor, de la buena mesa, del vino, etc? Y así, como francés, se avergüenza de en lo que se ha convertido el espíritu revolucionario de 1789. Los propios obreros reivindicando el derecho al trabajo se han puesto el yugo de los esclavos.
    Con los medios de producción modernos bastaría para que toda la población tuviese cubiertas sus necesidades vitales con tan sólo trabajar tres horas diarias -ojo que Lafargue considera modernos los avances tecnológicos del siglo XIX. Si hubiese visto los actuales estimaría que con diez minutos al día llegaría-. Sin embargo, en lugar de trabajar menos, el proletariado asalariado trabaja cada vez más. Esto nos lleva inevitablemente a la sobreproducción. Sobran los productos y algo habrá que hacer con ellos. El primer paso para darle salida a este exceso de producción pasa porque los ricos se entreguen a un lujo absurdo, al consumo desenfrenado de bienes que no necesitan y que ni siquiera disfrutan.. Pero este lujo absurdo de los ricos no basta para colocar el excedente de producción, así que los países industriales se embarcan en la empresa colonial, que no son sino nuevos mercados. Y ni aún así da para que toda la producción sea reabsorbida, de modo que los empresarios fabrican productos de mala calidad para que duren poco y haya que reponerlos constantemente -la obsolescencia programada hoy en día ha llegado a la perversidad de poner chips en las lavadoras para que dejen de funcionar a un determinado número de usos-. Todo un derroche estúpìdo de tiempo y esfuerzo.

     La clarividencia de este hombre es impresionante. En el XIX ya previó la sociedad de consumo. La idea sobre la que Bauman escribe hoy en día tantos ensayos. Curiosamente, siempre el mismo que compramos y leemos año tras año, generalmente cerca de las Navidades.

jueves, 24 de abril de 2014

Tetralogía de los parias contemporáneos: Zygmunt Bauman

Tetralogía de los parias contemporáneos II: Zygmunt Bauman.





    Zygmunt Bauman tiene una idea: la modernidad líquida. Y escribe tropecientos ensayos sobre lo mismo. Resulta curioso que uno de los bastiones intelectuales contra el capitalismo de mercado saque cada año un ensayo en el que repite una y otra vez lo que ya contó hace veinte años. Eso sí, con un título distinto, letra gorda, bien espaciada, para llegar a las doscientas páginas y poder colocarlo todas las Navidades en las estanterías de la FNAC. Esto no quita que tenga una visión muy lúcida de nuestra realidad contemporánea. Lo que critico es que nos venda lo mismo con distintos envoltorios para mantenerse en la pomada mediática y, de paso, forrarse.
     En lo que a esta tetralogía respecta, Bauman explica por qué surgen sectores de población como los chavs de los que hablaba Owen Jones y el modo en que estos son percibidos por el resto de la sociedad (owen jones. Chavs). Según Bauman, el capitalismo del siglo XIX se basaba en la producción. En las fábricas se producían cosas que luego se vendían. Y para ello hacía falta mano de obra que, como siempre, eran los pobres. El problema con el que se encuentra el capitalismo decimonónico es que hay que convencer a los pobres de que vayan a trabajar a las fábricas en unas condiciones infrahumanas. Surge así la ética del trabajo, que se acaba convirtiendo en la moral de la clase trabajadora. Trabajar es bueno, te convierte en una persona virtuosa. Es un rollo un poco calvinista, como lo que explicaba Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, aunque Bauman no antepone la ideología a la construcción de un nuevo sistema, sino más bien al contrario. El capitalismo necesita una justificación ética que lleve a las masas obreras a trabajar en las fábricas y, para ello, aparece la moral del trabajo.
     Como dije, la sociedad decimonónica se basaba en la producción. Si un individuo no trabaja, no produce, es decir, no contribuye en nada al mantenimiento del sistema, de ahí que se le estigmatice como paria, vago, parásito social.
     Pero esto cambia. En EEUU surge una nueva ética del trabajo. El trabajo ya no dignifica por sí mismo, sino que pasa a considerarse un modo de medro social. Los trabajadores pueden intercambiar su fuerza de trabajo por salarios. Estos salarios, a su vez, sirven para comprar cosas que te hagan feliz y subir de estatus. Es una nueva moral individualista y materialista del trabajo. Trabajar en bueno sólo en el sentido de que sea bien remunerado. Ya no se valora el trabajo, sino sus frutos, el salario.
      Paralelamente, la sociedad basada en la producción va convirtiéndose en una sociedad basada en el consumo. La revolución tecnológica hace que ya no se necesiten grandes masas de trabajadores en fábricas. Se sustituye la mano de obra humana por máquinas. Hace nada pusieron en la Sexta un documental sobre cruasáns. El documental, como todos los de la Sexta, era de un sensacionalismo insoportable, pero me llamó la atención un dato: en la fábrica de cruasáns más grande de Europa, que inunda de bollitos los mercados de España y media Francia, sólo trabajan siete personas. El resto lo hacen unas máquinas muy bien programadas que cuestan mucho menos y no se sindican. Y a esto hay que sumarle la deslocalización que permite la globalización. Las empresas, si les interesa, pueden llevarse las fábricas a cualquier país del tercer mundo donde la legislación laboral permite tener empleados en régimen de semiesclavitud y las leyes 
 mediambientales te permiten acabar con el último oso panda si con ello ganas un euro más. 
     El problema del capitalismo del siglo XXI ya no es la producción. Puede producirse a lo bestia y con un bajo coste, como demuestra el ejemplo de la fábrica de cruasáns. El problema ahora es vender ese producto. El mercado está saturado. Ahora los que contribuyen al mantenimiento del sistema ya no son los trabajadores, sino los que compran los productos que salen de las fábricas. Esto, lógicamente, tiene que estar sustentado por una nueva moral, no ya del trabajo, sino del consumo. Es la manida frase del "tanto tienes, tanto vales". Se identifica la calidad moral de la persona con la capacidad que tenga para consumir, es decir, por el dinero que tenga. Dicho con otras palabras, eres guay si tienes pasta; si eres un tirado, eres un pringao. Nuestra sociedad eleva al altar de héroes mundiales a personajes cuyo único mérito en la vida es acumular una gran cantidad de dinero y que tampoco tienen una actividad muy definida, como los Beckham, Paris Hilton o Kim Kardashian. Los chavs y, en general los pobres, son considerados parias porque no contribuyen en nada al nuevo sistema de consumo. No tienen pasta - no consumen - no sirven para nada - son unos parásitos, es el nuevo razonamiento.
     Quizá una de las aportaciones más interesantes de Bauman es interpretación psicológica del consumo. Parte de una concepción un poco schopenhaueriana de la naturaleza humana. La vida oscila entre el dolor que provoca el deseo insatisfecho y el tedio que llega cuando hemos satisfecho ese dolor. Sufro porque no tengo algo -una novia, un puesto de trabajo, o lo que sea- y, cuando lo consigo, al poco tiempo paso a considerar la nueva situación como normal y me aburro. Para evitar caer en un tedio indefinido, me busco otra meta que me mantiene insatisfecho mientras no la alcanzo. Y así desde que nacemos hasta que nos morimos. Según Bauman, el consumismo ha superado este círculo vicioso. Por medio de la publicidad nos provoca el deseo insatisfecho de poseer ciertas cosas. Pero satisfaccerlas es increíblemente fácil. Basta con ir al centro comercial y pasar la tarde. La expectativa de satisfaccer ese deseo insatisfecho ya basta para hacernos felices. Es como si insatisfacción y deseo se juntasen en una nueva experiencia agradable. Por eso, cuando nos deprimimos, vamos de compras. Comprar es el mejor antidepresivo del siglo XXI, mucho mejor que el Prozac. Pero esta nueva forma de felicidad sólo la tienen los ricos, que son los que pueden consumir. Los pobres sin posibilidad de consumir, los nuevos parias del siglo XXI, se mantienen en una insatisfacción, en una infelicidad perpetua. Y por eso creo yo que los chavs, cuando salieron a saquear Inglaterra, robaron iphones y zapatillas molonas, todos objetos de consumo.

     P.D. De Bauman, en castellano, hay decenas de obras publicadas. Todas son más o menos iguales. Si os interesa, yo os recomiendo La sociedad sitiada, que es fácil de leer y explica todo esto que acabo de contar.

jueves, 13 de marzo de 2014

Marshall Sahlins, Economía de la Edad de Piedra, y Pierre Clastres, La Sociedad contra el Estado.


http://ebiblioteca.org/?/ver/42627

http://ebiblioteca.org/?/ver/42351


                Son dos libros antiguos, de los años setenta. Pero con todo este rollo de la crisis económica creo que contienen ideas que deberían hacernos reflexionar.
                Yo tengo un amigo que se ha quedado en paro. Trabajaba en la metalurgia. Otra empresa compró la fábrica. Los nuevos dueños mantuvieron la plantilla durante seis meses, pero, aunque la fábrica daba beneficios, los costes laborales eran altos. Cerraron la fábrica y se la llevaron a Portugal, donde los salarios son mucho más bajos. Lo que realmente habían comprado era una cartera de clientes.
                Mi amigo es un tipo tranquilo. En lugar de volverse loco buscando un empleo que no iba a encontrar, decidió que no quería trabajar. Hizo cálculos. No tiene hijos, tiene la casa pagada y, entre la indemnización, el paro y los ahorros, calculó que tenía para cinco años. Sólo era cuestión de reducir gastos. Dejó el coche para siempre jamás, no compró más ropa y sólo toma un café en bares de vez en cuando.
                A mí me parece una opción bastante respetable y quizá hasta digna de imitar. Pero no todo el mundo piensa lo mismo. Como dice Bauman, los parados son los parias del siglo XXI. Sin dinero que gastar, no tienen nada que aportar al consumo masivo sobre el que se sustenta el capitalismo actual. Son lastres, parásitos sociales. Y así perciben a mi amigo otras personas, que hacen comentarios críticos y alguno hay que hasta lo mira mal. (otro enlace para el que se quiera bajar el libro de Bauman http://ebiblioteca.org/?/ver/58692 )
                Esta doble reseña de Economía en la Edad de Piedra y La Sociedad contra el Estado son una defensa de mi amigo y su actitud.
                Según Sahlins, Occidente ha difundido la idea de las sociedades primitivas como bandas humanas angustiadas, siempre al borde de la inanición. Nos imaginamos a las antiguas tribus de cazadores-recolectores muertos de frío, recorriendo distancias enormes en busca de alguna raíz que echarse a la boca o corriendo desesperados detrás de un conejillo de carne magra. Pues nada de eso. Sahlins se fijó en las tribus de cazadores-recolectores que aún quedan hoy en día. Y resulta que comen bien y, lo que es mejor, apenas si dedican un par de horas diarias al trabajo productivo. El resto es zanganear, flirtear y tomar el sol. Por si esto no fuese suficiente, durante el tiempo de trabajo lo pasan bomba porque la caza y la pesca se perciben como una fiesta. Y aún hay más: la esperanza de vida entre los ¡kung del desierto de Kalahari es de sesenta y cinco años -doy el dato de memoria, puede que me equivoque año arriba año abajo-.
Nativo guayaquis pasándolo pipa cazando pájaros

                Sahlins llama sociedades de la opulencia a estas triubs primitivas de cazadores-recolectores o agricultores de roza . Opulento no quiere decir que sean como marajás hindúes, todos llenos de oro y siempre en festines opíparos y lujuriosos. No. Opulencia significa satisfacción fácil de las necesidades. Y ellos las satisfacen. La diferencia es que ellos necesitan poco y nosotros mucho. (si a alguien le interesa Shalins en estos dos videos lo explican muy clarito: https://www.youtube.com/watch?v=LHLRLZZQL5g https://www.youtube.com/watch?v=hu_XslhcpxY )
                Pierre Clastres parte de esta idea y se pregunta qué llevó a los seres humanos a cambiar este Jardín del Edén por la esclavitud en un imperio agrario o el trabajo alienado en una fábrica. La respuesta es bien sencilla: para que estas sociedades de la abundancia funcionen, es necesario que los recursos naturales estén muy por encima de las necesidades del grupo. Esto no quiere decir que el entorno natural sea extremadamente fecundo –los ¡kung viven en un desierto-, sino que la densidad de población tiene que ser baja para que haya alimento fácil para todos.
                Pero hubo un aumento demográfico. La comida ya no llegaba y apareció un abusón que puso a todos a trabajar con métodos más productivos. Surge la agricultura intensiva y, con ella, los excedentes. Y aquí viene el lío. En el modo doméstico la producción se detiene en el mismo momento en que obtienen lo que desean. Tengo lo que quiero y ya no trabajo más. Pero ahora ya no trabajas para ti. Lo haces para un señor –o señores- que reciben toda la producción y luego la redistribuyen. Este señor –o señores- tienen el poder de hacerte trabajar más de lo necesario para quedarse con parte de la producción.
                Dice Clastres que el Estado es la institución que vela por el mantenimiento de este reparto injusto de bienes y trabajo. El Estado se reserva el derecho de ejercer la violencia física y simbólica para que muchos trabajen para unos pocos.
                Las sociedades primitivas saben esto y por eso tienen mecanismos que limitan muchísimo el poder de los jefes. No quiero extenderme ahora explicando estos mecanismos porque la reseña quedaría muy larga. Nos basta con el ejemplo de Gerónimo. Cuando los soldados mexicanos arrasan su aldea, los apaches chiricahua eligen a Gerónimo caudillo militar. Es una situación excepcional y en la guerra es mucho más operativo tener un general que guíe las tropas que andar debatiendo cada decisión. Gerónimo aplasta a los soldados mexicanos y se gana una merecida reputación militar. Sin embargo, los guerreros chiricaua se vuelven a sus casas. Gerónimo pasará el resto de sus días tratando de convencer a su gente para que siga la lucha. Pero muy pocos le hacen caso. Las tribus chiricaua conocen el peligro de extender demasiado el poder de un hombre.
               Desgraciadamente para el modo de producción doméstico, los mecanismos de defensa no siempre sirven y surgen los jefes, abusones, cabecillas y el Estado.
             A la luz de todos estos datos y volviendo a mi amigo, yo me pregunto quién debe mirar mal a quién. Y con esto no quiero decir que debamos volver a ese pasado idílico de la abundancia y reciprocidad. Tampoco creo que podamos recuperar ese paraíso primigenio por medio de la revolución del proletariado. No soy un hippie, ni un comunista ortodoxo. Ni siquiera sé hasta qué punto Sahlins y Clastres estaban en lo cierto. Lo que me pregunto es con qué autoridad moral nos permitimos hacer comentarios críticos sobre alguien que ha decidido reducir necesidades a cambio de tiempo libre, mientras nosotros desperdiciamos nuestras vidas y el mundo en trabajos de mierda que desempeñamos para comprar cosas que no necesitamos y que enseñaremos a gente que, en el fondo, nos es indiferente o se lo somos nosotros a ellos. Y lo que es peor, hemos arrastrado al mundo entero a nuestra opción vital convenciendo a la sociedad de que el trabajo duro es necesario para vivir bien, cuando el ejemplo de los ¡kung, los chiricauas o los Guayaquis nos demuestra lo contrario.


                P. D. Este artículo es, por fuerza, polémico. Vivimos en una sociedad cuyo sostén ideológico es el calvinismo protestante, que considera que el trabajo es bueno y dignifica al hombre. Dios reconoce a los suyos en la tierra otorgándoles bienes materiales. Es el calling divino, que acaba juzgando la moral de los hombres por sus posesiones materiales. Si tienes mucho, es porque Dios te sabe bueno y te ha recompensado. Y viceversa. Muchos estaréis de acuerdo con esta visión de la vida y el trabajo que eleva al altar de los santos a individuos como Bill Gates o Amancio Ortega, de los que lo único que sabemos es que han tenido habilidad para ganar dinero. Así que poned algún comentario crítico y, si no, compartidme en Facebook que yo quiero tener millones de seguidores y no tener que volver a trabajar.