miércoles, 30 de diciembre de 2015

Desmontando paridas sobre educación IV: Eliminar los deberes.



   Normalmente en esta serie de artículos cargo contra los políticos y el modo en que utilizan la educación y tergiversan la realidad en beneficio propio. Pero hoy voy a cargar contra una parida que les oigo decir a millones de padres: hay que acabar con los deberes.
  
   Sé que este post no va a gustar a muchos. Todos aquellos que me habéis comentado el tema, daos por contestados con este post y, por favor, no volvamos a hablar de ello.

   Esto de que los deberes son horribles es un meme de internet que los papás cuelgan en sus facebooks y twiters, comparten y se dan la razón unos a otros. Como todos los memes, es una moda importada. Tiene su origen en Francia, donde su popularidad llegó hasta el punto de ser considerada por los políticos -si no recuerdo mal, un partido hasta creo que prometió llevarlo en el programa electoral-. Algunos papás me dicen que Francia es el país de la Revolución, con una tradición democrática y de progreso mucho mayor que la nuestra, y yo les replico que allí el Frente Nacional ganó las últimas elecciones, así que no todo lo que viene del país vecino tiene por qué ser bueno. 

   Pero detengámonos en la parida de que los deberes son horribles y observémosla en toda su extensión. L@s defesor@s de esta parida sostienen que los deberes son malos porque no enseñan y solo sirven para amargarle la vida a sus hij@s. Por supuesto, dicen ell@s, la mejor y única forma de aprender es jugando, porque jugando lo niños aprenden a socializarse.

   ¡Hay que joderse!

   Que uno aprende más y mejor cuando disfruta es una obviedad tan grande que no merece la pena que me detenga ni medio segundo.

   Que como mejor se aprende es jugando ya no lo tengo tan claro. Eso, en todo caso, dependerá de a qué juegues, porque, cuando yo era pequeño, jugábamos a pelearnos con los de la calle de al lado. Salvo que los papás-odia-deberes entiendan por socializar el tribalismo violento -que creo que no-, no todos los juegos valen. "Es que el juego debe estar controlado por un adulto", dicen ell@s. Pero entonces, objeto, mucho me temo que el juego no va a resultar tan divertido, y hasta me atrevo a aventurar que los niños van a dejar de percibir esa actividad como juego.

   Pero aún aceptando que la mejor forma de aprender a jugar son los juegos infantiles, me gustaría que los papás-odia-deberes me explicasen cómo carallo vamos a jugar con las matemáticas, la gramática, el latín y la geografía. Porque, si estos señores tan preocupados por la felicidad de sus hijos no se han enterado, al colegio/instituto, además a socializar, vienen a aprender matemáticas, lengua castellana y literatura, lengua gallega, catalana o vasca y literatura, historia, geografía, inglés, francés, latín, griego, filosofía, biología, dibujo, tecnología, física, química, y un montón de asignaturas más de las que ahora no me acuerdo. A mí, que soy muy burro, no se me ocurre cómo se puede aprender historia o matemáticas jugando una pachanga de fútbol. Tal vez los papás-odia-deberes puedan alumbrarme, pero a mí, por ahora, se me escapa. 

   Los papás-odia-deberes también dicen que debería llegar con las horas de clase lectiva y eso es en lo único en lo que estoy un poquito de acuerdo con ellos. Pero solo un poquito. (Yo rara vez mando deberes, aunque sé que hago mal). Podría llegarles el tiempo de clase siempre y cuando los profesores no tuviésemos que emplear en torno del 40% del tiempo mandando callar. Si los papás educasen bien a sus hijos y estos estuviesen calladitos en clase, tal vez no tendrían que recuperar por la tarde el tiempo que desperdician por la mañana haciendo el jíbaro.

   Además, resulta curioso que esos mismos padres que se quejan de los deberes, también se lamenten de la pérdida de la cultura del trabajo y el esfuerzo. Pretenden que les inculquemos el valor del trabajo y, al mismo tiempo, nos exigen que eliminemos los deberes porque suponen un esfuerzo. Que venga Dios y lo vea.

   Esto de los deberes funciona como el resto de nuestra sociedad. La educación no iba a ser una excepción, maxime cuando está tan expuesta al público. Vivimos en una sociedad en la que todos opinamos sin tener ni puta idea de nada. Sé que esto no es popular, pero es frecuente escuchar a una arquitecta o a un señor que trabaja en un banco decirme cómo tengo que dar las clases. Yo ya paso de ellos, pero me gustaría saber qué pensarían si yo les dijese cómo hay que hacer los cimientos de una casa o abrir una cuenta nómina. 

   Pero bueno. Como dijo un amigo profesor hablando del tema:

   Últimamente está de moda en todas partes decir que los deberes son malos y no sirven para nada. Si estuviese de moda dar latigazos a los niños, nos dirían que activan la circulación y motivan a mejorar la letra.


   P.D. Empecé el post diciendo que aquí no iba a dar caña a los políticos, pero no me puedo contener. ¿Qué vamos a esperar de una sociedad en la que sonaba para presidente un tipo que dijo que aprendió más jugando a waterpolo que en clase? (El lamentable Albert Rivera).

martes, 29 de diciembre de 2015

Oakley Hall: Apaches.



  Apaches es la tercera entrega de la trilogía Legends West, junto con Badlands Warlock. Se concibieron en forma de trilogía por su temática, pero son tres historias independientes protagonizadas por personajes diferentes que pueden ser leídas en el orden que uno desee -o no leerlas todas-. 
   Apaches se llama apaches porque cuenta la derrota definitiva de los indios apache de Nuevo México, aunque realmente esta no es la trama principal. Alrededor de este acontecmiento, Hall desarrolla una colección de personajes fascinantes que, como sucedía en Warlock, parecen condenados a la tragedia. Esta tendencia a la tragedia de los personajes de Oakley Hall se deriva lógicamente del género que escoge para esta trilogía . Las tres son westerns crepusculares, en las que se refleja el modo en que aquel estilo de vida del lejano Oeste está siendo sustituido por el progreso.
   La técnica narrativa de Apaches es la misma que la de Warlock: empieza centrándose en uno de los personajes que parece que va a ser el protagonista absoluto de la obra, pero, a un tercio de la narración, se centta en otro que había aparecido como secundario y lo convierte en protagonista al nivel del primero. Repite esta técnica varias veces hasta que sus novelas son casi obras corales.

  Oakley Hall recrea un mundo salvaje y cruel que probablemente se asemeje más a lo que fue el lejano Oeste que las películas de vaqueros de los años 40 y 50. En este mundo salvaje y cruel los personajes tienen que salir adelante con sus miserias y sus grandezas. Hall no cae nunca en el maniqueísmo. Las cosas nunca son blancas o negras, de ahí la grandeza de sus obras. Los conflictos morales que desarrolla en Apaches nunca tienen una solución fácil, cómoda para el lector. Todo en esta obra está lleno de matices, de claroscuros, y, en definitiva, del aliento de la vida real. No tiene nada que ver con esas historias con unos buenos muy buenos y los malos horribles y detestables que se merecen lo que les pase a los que nos tiene demasiado acostumbrados Hollywood. Aquí hay personajes mejores y otros un poco peores, pero que todos tienen sus razones para hacer lo que hacen y a los que la vida los ha llevado por situaciones difíciles.

   No me resisto terminar esta reseña sin hacer referencia a la grandeza con que Hall trata a los personajes femeninos. El lejano oeste era un lugar muy difícil para las mujeres. La dominación masculina y la violencia generaba una sociedad hostil en la que las mujeres no les quedaba más opción que ser ñoñas esposas reprimidas o prostitutas. En sus personajes femeninos Hall hace un canto a aquellas mujeres que lucharon y pudieron sacar adelante y vivir vidas plenas en aquel mundo hostil.

Oakley Hall: Badlands.



   Badlands Es la segunda entrega de la trilogía Legends West, que realmente no es una trilogía, sino tres historias independientes.

  De las tres obras que componen esta trilogía (Warlock) Badlands es la que menos se corresponde con lo que normalmente nos viene a la cabeza cuando pensamos en western. Aquí no hay pistoleros de leyenda, indios contra los que luchar, sherifs, ni pueblos donde impera la ley del más fuerte. Si tuviera que ponerle una etiqueta a cada una de las novelas de la trilogía Legends West, diría que Warlock es una novela de personajes condenados por su propia leyenda, que Apaches es la novela del choque entre culturas, y que Badlands es la más socioeconómica de las tres. El tema de Badlands es el mismo que el de Warlock y el de Apaches y, en general, de todo el western crepuscular: la desaparición de el estilo de vida del salvaje Oeste por las nuevas formas del progreso. Pero, mientras que en Warlock y Apaches, esta sustitución habría que inferirla a partir de la historia de los protagonistas, en Badlands se cuenta explícitamente. La obra narra el conflicto entre los viejos ganaderos por unlado, y los nuevos ganaderos y los agricultores por otro. Los viejos terratenientes ven amenazado su modo de vida y sus privilegios por el empuje de nuevas formas de producción y de explotación de la tierra.

   Como sucede en todas sus novelas, la tensión va creciendo poco a poco hasta el clímax final. Las primeras páginas se leen amablemente, sin mayores sobresaltos, sólo por el placer de la lectura. Seguimos al protagonista Andrew en sus peripecias vitales y vamos conociéndolo y adentrándonos en su mundo. Pero, poco a poco, casi sin que nos demos cuenta, alrededor de él va gestándose una tragedia. Y así, las últimas páginas de la novela son de una acción trepidante que tienen enganchado al lector sin poder despegar los ojos de las páginas.

   Otra vez, como sucede con las otras novelas de esta trilogía, destaca el modo en que Hall construye los personajes femeninos. En un mundo machista y salvaje que no les dejaba muchas posibilidades de autorrealización, Hall admira a aquellas mujeres que consiguieron salir adelante.

Roy Rappaport: Cerdos para los antepasados



Cerdos para los antepasados es un ensayo en el que Roy Rappaport estudia el kaiko, un ritual entre los tsembaga. El kaiko es un ritual religioso que consiste, simplificando bastante, en matar muchos cerdos, comérselos e ir a la guerra contra otro pueblo vecino. Roy Rappaport cree que se trata de un mecanismo homeostático, es decir, para mantener el equilibrio en el medio ambiente. El medio en el que viven los tsembaga es limitado. Soporta un número finito de cerdos y de seres humanos. Si superamos ese número, rompemos el equilibrio y corremos el riesgo de la extinción. Por eso, periódicamente, tiene lugar el kaiko, ese ritual que empieza con matanza de cerdos y enormes banquetes, y termina con la guerra y la consiguiente pérdida de vidas humanas. Se controla así por medio de este ritual la población porcina y humana.

A continuación os presento las notas que tomé y que tal vez os resulten útiles porque aportan datos concretos. Os aviso de que están un poquito desorganizadas, pero aún así creo que son bastante útiles, sobre todo a aquellos estudiantes de antropología que no tengan tiempo de leerse el ensayo entero (es bastante extenso).



Roy Rappaport considera a los tsembaga como parte de un sistema ecológico que incluye la fauna y la flora y a sus vecinos humanos. Su ciclo ritual aparentemente referido a los espíritus es un mecanismo homeostático que regula el tamaño de la superficie cultivada, los periodos de barbecho, el gasto de energía en las actividades de subsistencia, la ingestión de proteínas, la relación entre el hombre y la tierra, y la frecuencia de los combates.

Los tsembaga son horticultores itinerantes. Son lo que Durkheim llamaría religión. Son una congregación, un grupo con las mismas creencias religiosas. A diferencia de otros estudios sobre ritual, Rappaport no se centra en el papel que desempeña el ritual en las relaciones en el seno de una congregación, sino en cómo afecta el ritual a las relaciones entre una congregación y las entidades exteriores a ella.

Su ritual tiene lugar para que las fuerzas no empíricas sobrenaturales interfieran en los asuntos humanos. Su ritual no sólo expulsa simbólicamente la relación de la congregación con los componentes de su medio ambiente, sino que forma parte de esas relaciones en aspectos empíricamente mesurables.

Por medio del ritual se regulan las relaciones entre personas, cerdos y huertos. Sirve para proteger a la población del posible parasitismo y competencia de los cerdos y además protege el medio ambiente conservando el bosque virgen. Regula el sacrificio y consumo de cerdo, resalta el valor del cerdo en la dieta, se regula la frecuencia de las guerras, se mitiga la gravedad de las guerras, y se facilita el intercambio de bienes y personas entre los grupos locales.

Para que haya funciones, tiene que haber un sistema. El subsistema de los tsembaga es la horticultura, la silvicultura y la cría de ganado. La horticultura itinerante cubre casi todas sus necesidades. Sustituyen unas plantas por otras. La mayoría de los muertos están en el bosque secundario (el que se opone al bosque virgen). Las cosechas tienen lugar cada 14-24 meses y luego dejan que vuelvan a crecer especies de desarrollo secundario. El huerto es construido por hombres y mujeres, pero la mayor parte del trabajo recae en ellas. Trabajan por parejas mixtas, con su mujer, con su hermana, con su madre, etcétera, y al revés. Hay barbechos para no cargarse el suelo.

La silvicultura consiste en árboles que dan frutos comestibles. Y la cría de ganado consiste en perros, cerdos, pollos y un pájaro autóctono. Los perros son útiles para cazar. Algunos los comen, pero hay dos clanes que tienen tabúes contra ello. El ganado más importantes son los cerdos. Sirven para carne, ayudan en los huertos y los bosques comiendo las malas hierbas y ablandando la tierra y también se comen los desechos humanos. Los cerdos dan comida y afecto, de ahí que se convierta en un miembro más de la familia. Se les dan los tubérculos que sobran. Si no hay, hay que cultivar tubérculos exprofeso para ellos e incluso darles tubérculos de los humanos. Probablemente se gasta más energía en criar cerdos que la energía en calorías de carne que obtienen de ellos. Aunque esto no es tan importante porque tenemos que comer de todo, carne incluida. Pero si hay muchos cerdos, pueden invadir los huertos. Además esto puede provocar disputas si invade el huerto de otro. Fuera de los rituales sólo convencernos si un cerdo muere por enfermedad, si hay hambre, si hay bodas, nacimientos, muertes, si alguien cae enfermo, y, en definitiva, sólo en ocasiones especiales. Si se trata de la lucha, sólo comen cerdos los hombres.

La tierra tiene una capacidad de sustentación limitada. La capacidad de sustentación es la capacidad que tiene el medio de proporcionar alimentos a la población, los límites dentro de los que tienen que mantenerse las variables para que el sistema perdure. Si nos pasamos del límite, degragamos el medio ambiente, rompemos el equilibrio y corremos el riesgo de desaparecer.

Roy Rappaport calcula la proporción de tierras/hombres/cerdos/calidad de las tierras/tiempos de barbecho y llega a la conclusión de que los tsembaga son una población ecológica en un ecosistema limitado por las fronteras de lo que se reconoce como su territorio.

Casi todos los maring comparten una frontera con un grupo enemigo porque no dependen de estos grupos para conseguir productos. Cuando entre ellos y otro grupo hay un río o una cordillera y sí dependen de ellos, se hacen aliados. Se producen matrimonios entre grupos para establecer alianzas y afianzarlas.

Cada grupo se enfrenta con otros a veces como grupo principal y otras sólo como aliado de otro grupo.

Las causas de las guerras son diversas: homicidios, un rapto, matar un cerdo, robar en un huerto, robar productos silvestres, acusaciones de brujería, etcétera. Aunque estas causas no siempre llevan a conflictos armados intergrupales. Normalmente estos conflictos no se resuelven totalmente y las guerras empiezan por conflictos no resueltos. Cuando los conflictos son entre clanes amigos no suele haber guerra porque hay muchas relaciones e intereses mutuos. Según Rappaport, la causa subyacente de las guerras es la presión demográfica por tierras. Cuando aumenta la población es más posible que haya conflictos. Relaciona guerra y densidad de población alta. Siempre hay una alta densidad de población antes de llegar al límite de la capacidad de sustentación.

Se empieza con un intercambio de flechas muy largo (combate reducido) en el que muere muy poca gente y en el que los aliados suelen tratar de enfriar los ánimos para que no vaya a más. Luego se acercan hasta dónde pueden gritarse y a veces ahí se negocia y no se va a más. Generalmente luego viene el combate con hachas más mortífero.

No les gusta la gente que tiene mucho y que acapara. Hay que ser generoso. A los acaparadores se les acusa de brujería y pueden llegar a matarlos o les envían sus desechos a los enemigos antes de la guerra. El miedo a esto obliga a la gente a ser generosa.

Hay tabúes después de la guerra. Los hombres no comen cerdos de otro grupo, con lo que se benefician los niños y las mujeres, que son los que más necesitan proteínas.

También hay un tabú para no comer marsupiales, y así se reproducen y no se extinguen.

El ritual del kaiko depende de la población porcina. Para arrancar el rumbin (el inicio del ritual) es necesario que el pueblo disponga de suficientes cerdos.

Utilidades de los cerdos: aportar proteínas en situaciones de estrés, comen inmundicias y desperdicios, mantienen limpia la zona residencial, aumenta la eficacia de los productos, permiten utilizar tubérculos que se desperdiciarían, y beneficia al componente arbóreo de desarrollo.

Es fácil criar un número pequeño de cerdos porque se alimentan de tubérculos de calidad inferior. Pero si hay demasiados cerdos:

a) Los grupos que comparten las mismas residencias se fragmentan aún más. Antes del kaiko están muy dispersos, por lo que hay menos relaciones sociales.

b) El aumento de la población porcina obliga a trabajar más.

c) Este aumento también provoca invasiones de los huertos, lo que lleva a malas cosechas y al aumento de peleas.

El kaiko se da cuando tienen muchos cerdos. Suele ser un periodo medio de entre 8 y 12 años, pero depende de lo bueno que sea el territorio.

El kaiko se desata cuando la relación entre cerdos y hombres se convierte en parasitaria, es decir, cuando la relación costes de energía es intolerable. El kaiko es una forma de limitar las calorías invertidas en obtener calorías animales. El kaiko es una defensa contra la destrucción de los huertos.

También hay una relación entre el kaiko y la densidad de población humana.

El número de cerdos y de hombres siempre debe estar por debajo de la capacidad de sustentación.

El kaiko dura un año. Se arranca el rumbin (que es un árbol) y se bajan las piedras y se cuelgan.

El kaiko facilita los matrimonios porque permite que se vean entre grupos y que las mujeres expresen sus preferencias y gustarles a los hombres. Ven qué hombres tienen dinero, cuáles serán buenos maridos, etcétera. Lo ven entre los hombres danzantes. Los hombres también pueden buscar esposa.

También facilita el intercambio de bienes (hachas, sal, objetos de valor, conchas, plumas de ave, etcétera). Durante el baile del kaiko se sabe cuántos hombres, que lealtad, qué fuerzas tienen los hombres para enfrentarse a los enemigos.

Además de intercambiar carne de cerdo, grasa y manteca, se intercambian objetos de valor.

Como en el don de Mauss, se establecen alianzas y todo eso entre clanes. También hay redistribución de bienes como la proponía Sahlins en La economía de la edad de piedra. Pero en Polinesia la detección de la necesidad de redistribución recae en el gran hombre. Entre los maring es difuso. Son muchas personas implicadas en eso.

El ritual es un mecanismo homeostático por el cual:

- Conservan el medio sin degradarlo.

-Regulan las guerras sin pasarse y poner en peligro a toda la población.

-Ajustan las relaciones entre el hombre y la tierra.

-Se facilita el comercio.

-Se distribuye los excedentes de carne de cerdo.


-Se asegura a los hombres proteína de carne cuando más lo necesita.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Epicureísmo del siglo veintiuno VI: Supermercados como farmacias.



   Ha llegado la Navidad. Y como todas las Navidades, Ana y yo vamos a Denia, ese pueblo de la costa alicantina donde vive mi familia política, donde dos de cada tres habitantes es un extranjero que ha decidido jubilarse en un clima cálido, y donde las Navidades son como de mentira, porque no llueve nunca y hace calor.
   Llegamos el día de las elecciones por la tarde. Saludamos a mis suegros y subimos a casa de la tía de Ana para seguir el recuento de votos en directo. Allí están las primitas y sus mariditos, todos simpatizantes de Podemos e Izquierda Unida. Nos ponen palomitas y, como tengo un hambre canina, como ansioso y no dejo casi nada para los demás. Me pongo muy contento con el resultado y me regocijo cuando un contertulio ultraneoliberal propone cambiar la ley electoral, no para que sea proporcional, sino para darle un bonus al PP que le permita gobernar en solitario. Se olvida de que para eso habría que cambiar la Constitución, esas tablas de la ley a las que se aferran para que los catalanes no hagan su referendum de independencia. Normalmente me indigno por esas cosas, pero hoy, cansado del viaje y contento por las elecciones, me hace gracia. 
    La mañana siguiente me encuentro a mi suegra en la cocina trajinando en los fogones. Realmente la historia empieza aquí. Si he contado lo de la noche anterior, es porque me apetecía darle un palo a los neoliberales. Poco después se nos une Ana y mientras desayunamos mi suegra nos cuenta que está atareadísima, que no tiene tiempo para nada y que no sabe qué va a hacer con tanto lío. Decidimos ayudarla porque es una buena señora y cocina muy bien. Ana le pide que haga una lista de la compra y media hora después, limpitos y arregladitos, cogemos el carro y vamos a Mercadona. Ana y yo, Don Quijote y Sancho, Sherlock Holmes y Watson, Lawrence y Hardy, camino del súper, ese no lugar de la modernidad tardía en el que uno puede tener la experiencia mística de nuestro tiempo.
    Dejamos el carrito atado en la regleta de la entrada. La operación, que debería durar unos treinta
La mierda en la que
pretenden que
atemos los carritos.
segundos, se prolonga durante cinco minutos porque el mecanismo de cierre con la monedita es una puta mierda. O la moneda sale directamente por el agujero de abajo o no hay dios que enganche la cadena. Farfullo, me cago en la puta en alto y cuando hay un círculo de personas a mi alrededor Ana interviene para solucionar el problema. Por fin cogemos una cesta con ruedas y nos adentramos en el supermercado. El primer producto de la lista de la compra son unos langostinos congelados. Vamos con nuestra cesta roja a la pescadería. Allí cogemos nuestro número y esperamos. En tanto que no nos atienden, observo a las pescaderas que, aunque se las ve muy atareadas, charlan animadamente entre ellas. De su conversación infiero que en Denia no tocó ni un euro en el sorteo de lotería de Navidad, cosa que les hace mucha gracia no sé por qué. Lo comentan en voz alta y hacen chistes que no entiendo, como que esperaban que por la mañana la cola en la administración de loterías diese dos vueltas a la manzana y resultó que no había nadie.  No sé que ven de gracioso en esto, a no ser que odien al dueño de la administración o estén drogadas, pero el caso es que se ríen mucho y yo no entiendo nada. Cuando llevamos cinco minutos esperando Ana toma la iniciativa.

   -Mientras esperas tú aquí, yo voy cogiendo la mermelada. -dice.
  Me parece una buena idea para ahorrar tiempo y no tengo nada que objetar. Ana se va y yo me quedo observando a las pescaderas que ahora hablan de lo que van a hacer en Nochevieja. Esto ya no les hace tanta gracia. Yo las miro y paso el tiempo entretenido hasta que llega un señor de unos cincuenta años. Es un pijo de carallo, con unos mocasines azulones con borlitas, un cinturón de diseño, pañuelo al cuello y un pin de oro en la solapa de la americana. El pijo no se corta un pelo, se salta toda la cola y le pregunta a una de las pescaderas si va a traer "marisquito bueno". Tiene esa voz nasal y un poco afeminada de los pijos. A mí me parece de gangoso, pero a ellos les debe gustar mucho, porque la tienen todos igual. La pescadera hace un gesto con el que le enseña todo lo que tiene en exposición. Hay carabineros, almejas, ostras, berberechos, nécoras y bueys de Francia. El pijo hace un gesto de desagrado con la cara. Quiere gamba roja de Denia, algo con un precio absolutamente desorbitado que marque las diferencias entre él y la chusma barribajera como yo que comemos langostinos. 
   -Ahora no tenemos, pero se las puedo encargar para mañana. -dice la pescadera.
   Normalmente soy un caguica que se amilana con cualquier cosa, pero ayer fueron las elecciones de Podemos y estoy crecido. Por mucho pañuelito de seda que lleve al cuello este aprendiz de Marichalar. Emito una tosecilla y, cuando me mira, le enseño el papelito azul con el número de turnos que tengo en la mano. Hace dos meses que no me corto el pelo, llevo pantalones y zapatillas de  montaña, y pendientes en las orejas. En su imaginarios debo ser un batasuno de carallo, así que se achanta. Sin los antidisturbios del ministro del interior no es tan chulito. Se disculpa, coge número y se pone a la cola como todo el mundo.. Pido mi docena de langostinos congelados de clase obrera y me marcho ufano tirando de la cesta roja con ruedas. 
   La salida, que me ha quedado muy digna con la reivindicación de clase y todo eso, me cuesta cara. Supongo que todos habréis estado alguna vez en un súper, por lo que no hace falta que os lo describa. Y todos estaréis conmigo en que tienen un rollo laberíntico. Hay muchos pasillos separados por estanterías que funcionan como barreras naturales, de modo que enseguida me pierdo. Doy vueltas y vueltas sin encontrar a Ana ni el espacio reservado para las mermeladas. 

Aspecto del laberinto de estanterías.

    Por entretenerme y no perder la calma, me pongo a curiosear en las estanterías y dejo a Ana la responsabilidad se que sea ella la que me encuentre a mí. Hacía tiempo que no me fijaba en los productos de supermercado, y me sorprende comprobar que no hay uno solo que no sea rico en oligoelementos, vitaminas a, b y c, omega tres, o todo a la vez. Tanta salud me intimida y, cuando llego a la zona de aseo y cosmética, constato que mi cuerpo lleno de virus y alergias no encaja en este supermercado que parece una farmacia. No pienso volver nunca más a Mercadona. A partir de ahora haré todas mis compras en el Dia o el Aldi, que tienen cajeras con uniformes sucios de mayonesa y todo tirado por ahí en cajas de cartón. Me voy pitando y me refugio en la zona de desayunos y bollerías. Allí seguro que hay cosas hechas con aceite de palma y muchas grasas saturadas. Cojo algo al azar de la estantería. Es una caja de galletas ricas en fibra. Tiene un dibujo de unas ramitas de trigo y una foto de una joven ama de casa con los brazos en alto. Lleva una especie de pijama de algodón blanco bajo el que se intuye un cuerpo firme y dispuesto a ser amado, como el de los versos del poeta:


Ay, aquella gacela joven
a quien pedí el licor,
y me dio generosa
el licor y la rosa.

   No está bien usar a una mujer así para anunciar unas galletas que sirven para cagar blandito.  

Sugerente vientre de la mujer que anuncia la galletas de fibra.


   Dejo la caja de vuelta en la estantería y deambulo de nuevo. Un rato después encuentro a Ana junto a las neveras de los yogures. Ya ha hecho toda la compra y vamos a la caja a pagar. Nos volvemos a poner a la cola. De primero hay un señor con el carro de aluminio lleno a rebosar que está dejando las cosas en la cinta transportadora. Le pregunto a Ana si se acuerda del post que escribí sobre hacer cola. Ella, por supuesto, me dice que no y pasa olímpicamente de mis comentarios acerca del tiempo que desperdiciamos los humanos modernos es esta actividad tan absurda. Mientras le doy al pico, reparo en una cesta sin dueño que hay junto a la caja. Está a medio llenar y a intervalos regulares aparece una anciana que deposita en ella un nuevo producto y desaparece para volver a aparecer al poco. Cuando la cesta está llena, la vieja se pone a la cola, exactamente detrás del hombre que está pagando en ese momento y por delante de las otras cinco personas que observamos atónitos. Detrás de mi hay otra anciana, menuda y encorvada, que parece indignada con la jugada. Siento un poco de pena por esta pobre viejita desvalida a la que da ganas de ceder el asiento en el autobús, pero no digo nada. Ya he tenido mi dosis diaria de conflicto enfrentándome con el pijo en la pescadería. 
   -¿Va a hacer pedido? –pregunta la cajera al dueño del carro cuando acaba de dejar sus cosas en la cinta.
   -Sí. –repone él.
  La cajera rebusca bajo la caja registradora y saca un micrófono. Los altavoces de megafonía crujen.
   -Elena Pereiró, acuda a caja, por favor. Elena Pereiró, acuda a caja.
   Poco después aparece otra empleada que abre la caja de al lado.
   -Vayan pasando por orden. –dice.
   La vieja que teníamos detrás no era una desvalida ancianita a la que cederle el asiento en el autobús, sino una fogosa potrilla con un repris que ya lo quisiera para sí un Masseratti. Se planta de dos brincos ante la caja y comienza a dejar su compra en la cinta. Todo en cuestión de milésimas de segundo.
    -Ha dicho que pasemos por orden. –dice la otra vieja muy indignada- Y yo estaba de primera.
   La potrilla suspende en el aire el movimiento de dejar una botella de agua mineral.
   -Lo que no se puede es ir llenando la cesta junto a la caja para ser la primera. –repone.
   A partir de aquí empieza una discusión que se prolonga durante varios minutos. La cajera asiste a todo con la falta de interés de las cosas vistas mil veces –solo le falta hacerse la manicura sobre la cinta de plástico-. A mí me sorprende tanta beligerancia por un par de minutos en dos señoras que, cuando lleguen a casa, no tendrán otra cosa que hacer más que mirar la pared y esperar que pase el día, pero no digo nada. Me limito a observar y tomar nota mental de todo lo que pasa. Al final la potrilla se sale con la suya. Pasa primero y se marcha con la dignidad de la reina de Saba. 
    Ana y yo pagamos cuando llega nuestro turno y volvemos a casa cargados con todas las cosas que utilizará mi suegra para hacernos la cena de Nochebuena, que espero que sean un montón de cosas con colesterol, grasas trans y demás sustancias poco saludables. 
   
    
    
   

Nicholas G. Carr: Atrapados. Còmo las máquinas se apoderan de nuestras vidas.


    Atrapados es un ensayo liviano, fácil de leer. En ciertos ambientes, especialmente los universitarios, esto es un handicap para textos de este género. Los acerca al gran público y, por consiguiente, dejan de ser un espacio reservado para ellos, los académicos especialistas. A mí, en principio, cuanto más fácil sea de entender un libro, mejor me parece. No veo qué hay de bueno en la complejidad por la complejidad. Hago mía la cita de Ortega de que la sencillez es la cortesía del filósofo. Eso sí, siempre y cuando el libro tenga contenido. Y Atrapados lo tiene. No es que vaya a cambiar la historia del pensamiento, pero sí nos hace reflexionar. 
    La idea de la que parte el libro es que las máquinas y la consiguiente automatización de muchas de las acciones humanas está cambiando nuestra forma de pensar, de aprender y de relacionarnos con el entorno. 
    Las máquinas hacen todo por nosotros. Esto nos ahorra una inmensa cantidad de tiempo y de esfuerzo pero, al mismo tiempo, nos pone ante el dilema de qué hacer con nuestro tiempo libre. Nos aburrimos y no sabemo qué hacer y por eso desperdiamos nuestro tiempo de ocio viendo la televisión, navegando por internet sin rumbo fijo y, en definitiva, dejando pasar el tiempo de forma improductiva y no especialmente satisfactoria. Carr cita estudios científicos que trataron de identificar cuándo las personas son más felices. La mayoría de la gente contestó que fuera del trabajo, pero esas mismas personas alejadas del trabajo no sabían muy bien qué hacer. Esta afirmación de que somos felices sin trabajar cuando en realidad no lo somos es lo que los psicólogos llaman decisiones erróneas. 
    A continuación Carr hace un repaso histórico de la percepción y la ideología que había detrás de la tecnificación de la sociedad y encuentra dos tendencias dominantes. Al principio se pensaba que la máquinas nos iban a liberar del trabajo e íbamos a encontrar la felicidad gracias a ellas. Pronto surgió otra tendencia que veía en las máquinas un elemento desestabilizador de la sociedad. Iban a destruir los puestos de trabajo, a provocar inmensas bolsas de desempleados y, por tanto, a generar una sociedad desigual y pobre. 
    El siguente fragmento resume perfectamente otra de las consecuencias de la automatización:
Como explicó Raja Parasuraman en un artículo académico publicado en el año 2000, «la automatización no sólo suplanta la actividad humana, sino que más bien la cambia, con frecuencia de manera no intencionada ni anticipada por los diseñadores».[106] La automatización rehace tanto el trabajo como al trabajador.
Cuando las personas abordan una tarea con la ayuda de ordenadores, son víctimas muchas veces de un par de afecciones cognitivas: la complacencia automatizada y el sesgo por la automatización. Ambas revelan las trampas que nos esperan cuando tomamos el camino de Whitehead y realizamos operaciones importantes sin pensar en ellas.
La complacencia automatizada tiene lugar cuando un ordenador nos atonta en una falsa sensación de seguridad. Estamos tan confiados en que la máquina trabajará inmaculadamente y solucionará cualquier imprevisto que dejamos nuestra atención a la deriva. Nos desenganchamos de nuestro trabajo, o al menos de la parte de él que maneja el software, y podemos como resultado de ello perdernos señales de que algo va mal. La mayoría de nosotros hemos experimentado complacencia ante un ordenador. Cuando usamos el correo electrónico o un procesador de texto, relajamos nuestras facultades de corrección si está activada la autocorrección.[107] Es un simple ejemplo, que como mucho puede llevar a un momento embarazoso. Pero como muestra la experiencia a veces trágica de los aviadores, la complacencia automatizada puede tener consecuencias letales. En los peores casos, las personas confían tanto en la tecnología que su percepción de lo que sucede a su alrededor desaparece completamente. Desconectan. Si surge un problema de repente, puede que se aturullen y pierdan instantes preciosos para reorientarse.

La automatización nos hace pasar de ser actores a observadores. Nos hace la vida más cómoda, pero puede inhibir nuestra facultad para aprender. Otros dos párrafos en los que explica esta idea:

Mi experiencia ofrece un modelo para el modo en que los humanos adquieren habilidades complicadas. Con frecuencia empezamos con alguna instrucción básica, recibida directamente de un profesor o mentor o indirectamente de un libro, manual o vídeo de YouTube que transfiere a nuestra mente consciente conocimiento explícito sobre cómo se realiza una tarea; haz esto, luego esto, después eso. Eso es lo que hizo mi padre cuando me enseñó dónde estaban las marchas y me explicó cuándo apretar el pedal. Como pronto descubrí, el conocimiento explícito sólo te lleva hasta un cierto punto, particularmente cuando la tarea tiene un componente psicomotriz además de uno cognitivo. Para lograr maestría, debes desarrollar el conocimiento tácito, y ese sólo viene a través de la experiencia real, mediante la práctica de la habilidad una y otra y otra vez. Cuanto más practicas, menos tienes que pensar en lo que estás haciendo. La responsabilidad por el trabajo se desplaza desde tu mente consciente, que tiende a ser lenta y a detenerse, a tu mente inconsciente, que es rápida y fluida. Al suceder eso, liberas tu mente consciente para focalizarse en los aspectos más sutiles de la habilidad, y cuando esos, a su vez, se vuelven automáticos, procedes al nivel superior. Sigue hacia adelante, sigue empujando, y al final, asumiendo que tengas alguna aptitud innata para la tarea, serás recompensado con la pericia.
Este proceso de formación de habilidades, mediante el que el talento viene a ser ejercitado sin pensamiento consciente, se conoce por el nombre, carente de gracia, de automatización, o incluso por el nombre de proceduralización, más carente de gracia aún. La automatización implica adaptaciones profundas y generalizadas en el cerebro. Ciertas células cerebrales, o neuronas, se afinan para acometer la tarea necesaria y trabajan en grupo a través de las conexiones electromecánicas proporcionadas por las sinapsis. El psicólogo cognitivo de la Universidad de Nueva York Gary Marcus ofrece una explicación más detallada: «A nivel neuronal, la proceduralización consiste en una amplia selección de procesos cuidadosamente coordinados, incluidos los cambios tanto en la materia gris (cuerpos celulares neuronales) como en la materia blanca (axones y dendritas que conectan a las neuronas entre sí). Las conexiones neuronales existentes (sinapsis) deben volverse más eficientes, deben formarse nuevas espinas dendríticas y han de sintetizarse proteínas».[129] A través de las modificaciones neurales de la automatización, el cerebro desarrolla automaticidad, una capacidad para la percepción, interpretación y acción rápida e inconsciente que permite a la mente y al cuerpo reconocer patrones y responder a circunstancias cambiantes instantáneamente.

La automatización también afecta a las cualidades de muchas actividades profesionales. Los médicos ya sólo meten datos en un ordenador y así pierden el ojo clínico, los arquitectos recurren al Kad, pero como consecuencia todas las casas son iguales y pierden el instinto para la belleza, etc...
Al mismo tiempo, asistimos a a un proceso por el cual las decisiones morales se dejan en manos de máquinas. Carr pone un ejemplo un poco tonto de una máquina cortacésped que se encuentra con un bicho. Una persona puede tomar la decisión moral de seguir cortando y matarlo o parar, apatarlo y salvarlo. Pero una máquina no tomará nunca la segunda decisión. Esta delegación de las responsabilidades morales en las máquinas, la automatización y las consiguientes estadísticas llega a extremos deshumanizadores en las agencias de seguros, que no tienen en cuenta en absoluto la naturaleza o la situación de la persona, sino tan solo la estadística, y la guerra moderna, monotorizada y llevada a cabo por drones. 
Nuestra relación con el espacio también se ve afectada por la automatización. Gracias, por ejemplo, al GPS, los seres humanos pasamos por el espacio sin verlo y, por tanto, sin conocerlo. Pero vivir es vivir en el espacio, aprehender el lugar y, así, incorporarlo a nuestra identidad. 
Las relaciones humanas también han cambiado por culpa de la automatización en las redes sociales, Ya no decimos ni nos relacionamos. Delegamos en programas informáticos que deciden quién es bueno a malo para nosotros, que nos sugieren amigos en Facebook, Twitter o Google Plus. Paralelamente, los buscadores de internet ya predicen lo que queremos bucar sin que tengamos que esforzarnos en pensar. Solo con escribir un par de letras, a partir de estadísticas de otros usuarios y de nuestro historial, el buscador ya nos dice a dónde debemos ir y qué debemos ver. 
La sociedad actual tiene fe en la automatización.  A pesar de que vivimos a diario montones de errores en las máquinas y la automatización de las actividades -Windows es un ejemplo extremo- seguimos pensando que el error no está en la máquina ni en el proceso de automatización, sino que estamos convencidos de que con nuevos softwares y actualizaciones podremos llegar al automatización perfecta.
Finalmente, Carr distingue dos tendencias históricas en la percepción de la automatización -son distintas de las dos con las que habría el libro-. Con la revolución industrial surge la idea de que las máquinas están al servicio de la humanidad. Se concibe la técnica al servicio del hombre, están diseñadas para mejorar nuestras vidas. Pero pronto esta tendencia fue sustituida por otra en la que se entiende la tecnología como progreso por si misma, sin tener que ponerla en relación con las personas a las que se suponía que servía. Y así el hombre se subordina a la tecnología y no al revés. Las innovaciones tecnológicas, aunque sean perjudiciales, se incorporan a la sociedad sin valoración crítica alguna. Carr llama a encontrar el término medio.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Desmontado paridas sobre educación III: Tonterías que oigo en campaña electoral.





   Hace un par de días, en la tertulia de RNE -la culpa es mía por escucharla-, un tertuliano dijo que había que leerse el programa electoral de Ciudadanos porque tenía propuestas muy interesantes, como convertir a los profesores de la enseñanza pública en laborales en lugar de funcionarios como son ahora. Y fue la gota que colmó el vaso. Estoy harto de oír a políticos y tertulianos opinar de todo como si fuesen expertos en todos los campos de la realidad social. Soy profesor y cada vez que hablan de educación me llevo las manos a la cabeza. Supongo que lo mismo sucederá cuando hablan de otras cosas, y por eso he dedicido empezar una serie de artículos en el blog en el que se desmientan las bobadas que dicen de educación, que es de lo que yo sé.

   Bobadas que he oído últimamente:

   1) Poder despedir a los profesores. 
    Según los partidos neoliberales deberían poder despedirnos porque saber que tenemos una plaza fija para toda la vida nos vuelve perezosos y es la causa fundamental de que el sistema educativo español sea un desastre.
   En primer lugar, hay profesores vagos, como hay electricistas vagos, camioneros vagos y cualquier otro profesional vago. Tengo compañeros caraduras, pero os aseguro que son una minoría y que, en general, los profesores son gente honesta a los que les gusta su trabajo y cumplen. 
   En segundo lugar, el señor Mariano Rajoy y su delfín Albert Rivera mienten y lo saben. A un profesor de instituto público, si hace una cafrada, lo pueden despedir y, además, sin derecho a paro. Otra cosa es que no nos puedan despedir porque sí, para rejuvenecer la plantilla o porque no le caigamos bien al director de turno. Lógicamente, antes del despido fulminante hay una serie de pasos, como que te abran expediente, te sancionen una temporada sin empleo y sueldo, etc... Pero, en caso de que la infracción haya sido muy gorda o se persista en ella, el despido está contemplado. 
    Y en tercer lugar, convertir a los funcionarios en laborales supone suprimir las oposiciones, es decir, que el sistema de contratación sería por entrevista, currículum o lo que sea, pero desde luego un sistema bastante menos riguroso y, sobre todo, en el que se podría colocar a gente a dedo. 

   2) Evaluaciones y control de los profesores. 
   Esta es una de las medidas estrella del programa del PP. Otra mentira. porque eso ya existe. Hay una figura que es el inspector de educación, que es el encargado de controlar a los profesores y meterlos en cintura. Hace tiempo a mí me entró el inspector en clase y me hizo una serie de preguntas para evaluar qué es lo que estaba haciendo y por qué. Por supuesto fue totalmente por sorpresa. Le contesté al punto y no hubo problema, pero podía haberlo habido. Si los inspectores de educación no nos controlan más es porque no pueden. El número de inspectores de educación es limitado y el trabajo se les acumula. No sé ahora cuántos institutos/colegios tiene que llevar un solo inspector, pero imagino que de diez no bajarán. En cada centro hay una media de cincuenta profesores, así que caemos a unos quinientosprofesores por inspector. Cada profesor hace una programación de cada curso que da -unos cinco o seis de media- y esta programación tiene unas cincuenta páginas. Para poder auditar todas las programaciones -que es lo que se supone que vamos a dar y cómo- el inspector tendría que leerse detenidamente ciento cincuenta mil páginas. Vosotros me diréis si lo véis factible. Rajoy dice que nos va a evaluar y nos va a controlar, pero no le he oído decir una sola palabra de cómo. 

    3) Pagarnos en función de los resultados. 
    Esta parida la soltó el filósofo Marina, que ha decidido ejercer de Think tank neoliberal. Esto tiene cuatro inconvenientes que lo hacen o injusto o inviable.
    a) Al nivel que nos vamos a mover, los resultados solo son evaluables por medio de exámenes. Y todos sabemos que un examen no sirve para medir lo que uno sabe o deja de saber. Sin ir más lejos, este año estoy preparando a los alumnos de segundo de bachillerato para la selectividad. Irán muy bien preparados, seguro que aprobarán todos, y os prometo que es el año que menos cosas les he enseñado. Están memorizando una serie de datos como las obras de Azorín o las característas del Modernismo carentes de significado para ellos. Los vomitarán el día del examen de selectividad y se olvidarán la día siguiente. De acuerdo con la propuesta de Madina, me pagarían un montón, pero mis alumnos no habrán aprendido nada.
   b) Lógicamente lo que acabo de decir depende del tipo de examen que se les haga. Pero es que las propuestas van por lo que acabo de decir. Sin ir más lejos, se estaba barajando que la Reválida de lengua y literatura fuera tipo test. No hay más que decir.
   c) Sea como sea, si nuestro sueldo depende de un examen, prepararemos a los alumnos para que saquen buena nota en el examen, no para que aprendan más. 
   d) Madina dijo que no se nos evaluaría por el resultado final, sino por el proceso. Se ve que este señor fue profesor un par de años y ya se pasó a pontificar sobre educación, porque eso supondría una cantidad ingente de exámenes y un trabajo burocrático descomunal. 
   e) Lo de evaluar el proceso -de dónde parten y a dónde llegan los alumnos- fue el parche que se le ocurrió a Marina para no decir que nos pagarían por los resultados de nuestros alumnos sin más, que es lo que va a pasar porque la cantidad de burocracia sería tal que no haríamos otra cosa. Pagar o evaluar el trabajo de un docente en función de las notas de sus alumnos es tremendamente inusto porque depende no tanto de la labor del profesor como del grupo de alumnos que tenga. Y ya he explicado como la ley Werth tiende a crear ghettos (aquí).
   Además, esta ocurrencia ya se llevó a cabo en Nueva York y la retiraron porque los resultados no mejoraron. 

   4) Los profesores no está preparados. 
   Para ser profesor público hay que tener, al menos, una licenciatura y aprobar unas oposiciones. De media suele haber unas cincuenta plazar por cada mil personas que se presentan, así que me diréis si los que obtienen la plaza están preparados o no -aunque ya digo que yo no creo que un examen mida lo que uno sabe, pero para ellos sí-. Albert Rivera, que es uno de los que sueltan una y otra vez afirmaciones como esta- tiene una licenciatura y nada más. Según él, con eso le llega para gobernar un país de cuarenta y tantos millones de personas, pero una carrera y una oposición no le llega a un profesor para llevar un aula de treinta chavales. 
   En relación a esto de que los profesores no están preparados, Esperanza Aguirre comentó una y otra vez, fingiéndose muy escandalizada, que los profesores no sabían quién había escrito no sé qué obra. Era otra mentira manifiesta y ella lo sabía, pero lo decía para generar un estado de opinión, no porque fuera verdad. Esa pregunta -lo del autor de la obra- era una pregunta de una oposión. Si no la sabías, normalmente no aprobabas y, por lo tanto, no eras profesor. 

   Y por ahora paro. Volveré en breve, cuando oiga otra parida a un tertuliano neoliberal o un político. Pero  no quiero acabar este post sin dejar dos cosas bien claras:

    Una: Esta ofensiva para desprestigiar a la enseñanza pública es, evidentemente, el primer paso para la privatización. La democracia neoliberal funciona así. Se crea un estado de opinión desde los medios de comunicación favorable a las medidas que se quieren tomar y luego se toman. El capìtalismo necesita crecer continuamente para no entrar en crisis. Hace tiempo que no encuentra nuevos nichos de mercado y la sanidad y la educación públicas son dos pasteles muy apetecibles. 

   Dos: El sistema educativo español es una puta mierda con todas las letras porque nos faltan medios y porque cambian la ley cada dos años. Pero eso es culpa de los políticos y no los veo por la labor de echarse la culpa a ellos mismos de la situación que han creado. Es mucho más fácil cargar contra los profesores y, de paso, hacer negocio privatizando.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Epicureísmo del siglo veintiuno V: Endoscopias y abandonos.



    Hace tiempo, no recuerdo exactamente dónde, leí que la religión es el sometimiento a la deidad. El creyente se rinde a la voluntad divina y renuncia a comprender sus motivaciones. Deus vult. Sumisión total. Disolución de la existencia en el todo. Paralelamente a esta idea, hace tiempo que le doy vueltas a lo que dijo Durkheim de que la religión es la sociedad adorándose a sí misma. La religión es la expresión por medio de símbolos concretos del sistema de valores y patrones de conducta de una cultura dada. Por medio del culto religioso, el individuo expresa su adhesión a ese sistema social. La convicción de que la ciencia es la religión del siglo XXI me llevó a escribir esta serie de breves artículos de costumbres que he dado en llamar Epicureísmo del siglo XXI, breves crónicas de la relación del hombre actual con el Dios-ciencia. Ahí va la x parte.

*

    Llegué al centro médico a las siete menos cuarto, quince minutos antes de la hora fijada. Todo sistema religioso institucionalizado tiene su jerarquía. Hay papas, obispos y científicos reputados, pero para el pueblo bajo como yo el acceso a la divinidad pasa por los médicos de la Seguridad Social o de seguros privados como Adeslas o Sanitas. Una señora muy simpática me indicó dónde estaba la consulta catorce, la de aparato digestivo. Me senté en la sala de espera. Por no hacer mudanza en la costumbre, la médica me tuvo esperando una hora y media. Antes consideraba estos retrasos como una falta de consideración, pero ahora, con la experiencia, entiendo que los interminables minutos esperando son una parte esencial del ritual. Humillan al neófito y lo ponen en relación de sumisión con el intermediario y su deidad. Consciente de ello, había ido preparado con un libro, una radio con auriculares y el teléfono móvil con acceso a internet. Pero fue en vano. Ni libro, ni radio, ni móvil. Los especialistas de aparato digestivo compartían sala de espera con pediatría, así que tuve que aguantar esa hora y media rodeado de niños corriendo, llorando y cagándose por todas partes. Y, lo que es peor, tuve que asistir a la total y absoluta falta de dignidad de los padres, que hablaban a sus hijos como si tuviesen la misma edad que ellos, hacían el tonto con peluches, decían buuuuu, buuuuu, y les hacían pedorretas en la barriga.

Más o menos el ambiente de la sala de espera.


    Por fin, una señora de unos sesenta años y unas gafas de ver de cerca colgándole de la punta de la nariz abrió la puerta de la consulta catorce. Dijo mi nombre. Entré. Me indicó que me sentara y me hizo un montón de preguntas personales que anotó al punto en el ordenador.

    -¿Enfermedades graves? -preguntó.

    Esta es mi parte favorita del ritual. Le solté mi retahíla de enfermedades dejando, como siempre, el cáncer de piel para el clímax final.

    -Caramba. -dijo- Sí que estás baqueteado.

    Yo asentí, orgulloso de tener un cuerpo tan estropeado.

    Luego pasamos a lo de mis hábitos y dolencias. Normalmente a los médicos hay que exagerarles para que te hagan caso, pero viendo la cara que ponía, cuando respondí a la pregunta de consumo de alcohol y tabaco reduje prudentemente las cantidades a un tercio. Ella se llevó las manos a la cabeza.

    -Ay, ay, ay. Tienes que empezar a cuidarte. Tienes casi cuarenta años y el cuerpo ya te ha dado varios avisos.

    Torcí el morro.

    -¿De qué estamos hablando?

    Ella detalló la dieta que debía llevar. Un vaso de agua en ayunas, dos tostadas y un kiwi para desayunar, proteínas a medio día, pero sin nada de grasa, y verdura -poca- de cena.

    -Y como mínimo hay que cenar dos horas antes de irse a la cama. -sentenció.

Lo que pretendía que desayunase.


    Yo no podía creer lo que estaba oyendo.

    -¿Está hablando en serio?

    Ella me miró fijamente. No sé lo que vio. Supongo que a un hombre abatido por el destino.

    -Bueno. Tampoco voy a ser demasiado estricta contigo.

    Se quedó un instante en suspenso, como si su mente hubiese volado de repente a otra parte.

    -¿Y? -la insté ansioso.

    Ella pareció volver en sí.

    -Puedes permitirte una alegría al día. A media tarde te dejo tomar un yogur o un helado pequeño.

    -¿Cómo?

    Ella sonrió indulgente.

    -Bueno, eso, que tampoco hay que pasarse. Puedes darte pequeñas alegrías.

    Y tan pequeñas.

    -¿Y el vino? -pregunté, agarrándome a la posibilidad como un naúfrago a un tronco en alta mar.

    Ella seguía con su sonrisa entre indulgente y cómplice.

   -Bueno. Un poquito sí que puedes.

    No sé si mi cara dejó traslucir mi esperanza, porque ella pareció verse en la obligación de advertirme.

    -Pero un poquito es un poquito.
Esto me sonó mal.

    -¿Media botella? -aventuré.

    Ella volvió a llevarse las manos a la cabeza horrorizada.

    -¿Pero qué dices? Eso es una burrada. Un poquito son un par de deditos. Y un par de deditos como los míos, nada de esos dedos gordos de la gente que trabaja en el puerto. -dijo; y me puso dos dedos anoréxicos delante de la cara.

    Ni siquiera tuve fuerzas para pensar en lo clasista que había sonado su comentario.

    -Pe... pero eso no es nada.

    -¿Cómo que no? ¿Tú sabes cómo toman el yogur los musulmanes? Apenas se mojan los labios para cambiar de sabor. Eso es lo que tienes que hacer con el vino.

    a) Yo no soy musulmán.

    b) El vino sabe bien y, por tanto, se bebe para disfrutar de él, no para cambiar de sabor.

  c) Consumido en grandes cantidades, el vino tiene unas maravillosas propiedades narcóticas, aunque cualquiera le hubiese dicho esto último.

    - Y hay que hacer una endoscopia de urgencia. Ven mañana a las cinco al hospital.

    Sacó un talonario de cheques que empezó a rellenar.

    -Tienes que estar al menos seis horas en ayunas.

   Levantó la mirada para fijarla en un calendario de cartón que tenía en la mesa.

   -¿Mañana qué día es?

   -Uno. -dije

   Se le iluminó la cara.

   -Ay, sí, qué tonta. El día de San Eloy. -dijo dándose una palmadita en la cabeza.

   Entonces encajó todo. No dije más. Cogí el volante y salí.

   Ya en la calle llamé a Ana y le conté lo sucedido. En lugar de consolarme, ella aprovechó para vengarse. Cuando estuvo enferma, hubo un día en que le dije que no era conveniente que se comiese un higo. Ella, como siempre, elevó una anécdota a categoría de ley universal y, a partir de ese momento, a sus ojos yo soy el mayor censor desde Catón el Viejo. Y ahora quería revancha. No sólo no me consoló, sino que dijo con saña ya te lo dije yo, es que no puedes comer como un cerdo, y bla, bla, bla. Urgó bien en la herida.

   -Menos mal que eres guapa.- dije; y colgué.

   Pero enseguida sentí remordimientos y volví a llamarla. Me humillé un poco. Asumí, por supuesto, que mis hábitos eran profundamente insanos y que ella siempre tuvo razón. Me perdonó.

   Por la noche, del disgusto, me fui a la cama sin cenar.

Mi felicidad perdida.


    Tampoco desayuné, y pasé toda la mañana en el instituto sin hacer nada el tonto ni soltar una sola parida.

   -Profe ¿estás bien? -me preguntó una niña muy salada de segundo de la ESO.

   -Pues la verdad es que no. Ahora dicen que tengo hernia de hiato y que eso es lo que me provoca esa tos tan fea que oís a todas horas. No es la alergia. Es el estómago.

   -Pobre. Te pasa de todo.

   Le dije que sí, pero no le conté lo peor. La hernia, bien mirada, hasta estaba bien. Era una enfermedad más que me permitiría desarrollar toda una gama nueva de neuras. El problema estaba en que las neuras quiero escogerlas yo.

*

   La segunda vez no me hicieron esperar. Una enfermera con zuecos de goma vino a buscarme a la sala de espera y me acompañó hasta el quirófano por un laberinto de pasillos. Por el camino pensé que, si los médicos de Adeslas son los equivalentes actuales de los curas de aldea, las enfermeras son los monaguillos. Ya en el quirófano, la enfermera me ordenó que me sentase en una camilla y me desnudase de cintura para arriba. Obedecí mientras ella trajinaba con unos tubos que estaban metidos en grandes peceras de metacrilato llenas de un líquido que no reconocí. Estas peceras con fluidos raros, una lámpara muy grande de brazo articulado y un par de máquinas con lucecitas que no se para que sirven le daban al quirófano cierto aire de película de ciencia-ficción cutre. Como Dr. Who, pero el de los 70, en el que el monstruo era una manta sucia que movían con un cable.

El verdadero Dr. Who, no ese remake de modernillos
que han hecho ahora.

   Por fin apareció la médica. Parecía muy contenta y estaba la mar de parlanchina. Iba de un lado a otro y me preguntó varias veces por la Z de mi apellido. Luego le dio un beso a la enfermera y se puso a tararear mientras esperaba que acabase su labor con los tubos y las peceras. Me pregunté si tendría un subidón de algo. No sé, de pan de misa o de oración. Hay quien lo consigue. De repente fue como si hubiese escuchado mis pensamientos y se volvió rápidamente hacia mi.

   -Abre la boca para que pueda dormirte la garganta.-dijo; y me disparó dos veces con un spray que había sacado al punto del bolsillo de la bata.

   Como me había dicho, a los pocos segundos se me durmió la garganta, y, al hacerlo, un hilillo de baba salió de la comisura de mis labios y resbaló hasta el pecho.

   -Se me está cayendo la saliva.-anuncié.

   La enfermera me tendió un enorme babero de papel.

   -Tranquilo, es normal.

   Así que era normal que me babase como un perro.

   -Túmbate de lado.-me dijo la enfermera.

   Obedecí como un perrito bien amaestrado y entonces ella cogió una especie de bozal de plástico con un agujero en el centro. Me lo metió en la boca y me lo ató con unas gomas detrás de las orejas.

   -¿Estamos listos? -preguntó la médica.

   La enfermera contestó afirmativamente y entonces la médica sacó uno de los tubos de las peceras de metacrilato y lo metió por el agujero del bozal. Noté como el tubo me rascaba la lengua y las amígdalas. La médica decía traga, traga, pero era imposible con un tubo metido en la garganta dormida. Era como si me empalasen. Las arcadas se mezclaban con los gases. Eruptaba, me bababa, trataba de vomitar y mordía el bozal. La médica, entusiasmada, seguía empujando el tubo de plástico. Llegó un punto en que perdí la noción de mi propia individualidad y dejé de retorcerme. No sabía si me había cagado o no. La enfermera me acariciaba el pelo y me decía tranquilo tranquilo. A lo mejor al terminar me daban un hueso por haber sido buen chico.

Yo


   Por fin el tubo llegó al estómago. Lo supe por un horrible pinchazo que me tensó los músculos y por el gemido de placer que se le escapó a la médica. Allí, como en un interrogatorio de la Inquisición, había una falta de correspondencia brutal entre el sacerdote iniciador y el feligrés. Yo padecía por si tuviese los calzoncillos llenos de caca, y la médico exclamaba encantada: "¡Hay que esófago más bonito!”.

   Me dijo que mirase la pantalla. Yo estaba de lado, con el culo medio fuera de la camilla, un tubo empalándome y ella me decía que mirase la pantalla para ver mi estómago. Levanté un poquito la mano para declinar su oferta. Ella pareció defraudada.

   -A la gente suele gustarle ver su estómago.

   Callé.

Lo que a la gente le gusta ver, según la médica.


    El resto de la historia no tiene mucho más que contar. Al final no me cagué encima; ni tengo hernia de hiato, sino helicobacter pylori, una bacteria del estómago que se cura con unos antibióticos; y esa noche, al llegar a casa, me puse tieso de langostinos y vino blanco, y, si no me fumé un porro, es porque ya soy muy mayor para eso.