domingo, 31 de mayo de 2015

The Shield: Al margen de la ley. (Shawn Ryan)




    The Shield es una serie de aquellos tiempos en que eclosionaba la serie de televisión como un género serio al nivel del cine. Hasta aquel momento, salvo algunas excepciones muy contadas, la serie era un género menor que nadie se tomaba en serio. No eran más que entretenimiento. Pero llegaron Los Soprano, The Wire, A dos metros bajo tierra y Deadwood y la serie se convirtió en un territorio nuevo que explorar. Y no sólo era un territorio virgen en el plano creativo, sino también un filón económico. Y así las series son hoy en día un género de prestigio, en el que se gana mucha pasta y a las que guionistas, directores, actores y productores, que antaño no les hubiesen dedicado ni medio segundo, se están pasando. 
     Ya he comentado que creo que la época dorada de las series ha pasado. Las tan cacareadas True Detective y Breaking Bad no están al nivel de las arriba citadas ni de coña. The Walking Dead tal vez. Pero de lo que desde luego estoy seguro es de que no hay en pantalla ahora cuatro series del nivel de aquellas series pioneras. No sé será así para siempre. Supongo que no. Supongo que tarde o temprano aparecerá algo realmente bueno. Pero el caso es que por ahora no. 
     The Shield pertenece a aquellos buenos tiempos para las series. Se la ha comparado mucho con The Wire, porque ambas son series policíacas que coincidieron en antena. The Shield es la The Wire de la costa oeste, se decía. Puede que sea así, en el sentido de que The Shield está al nivel. No sé si es tan buena como The Wire -habria que volver a verlas-, pero desde luego no desmerece. En cualquier caso las comparaciones no deben ir más allá. Las dos son series de policías, en las dos hay mucha corrupción y pocas coincidencias más.
     The Shield cuenta las aventuras y desventuras de una comisaria en el ficticio distrito de Fargmigton. Según Filmaffinity:

     Serie de carácter policíaco, cuyo protagonista es el detective Vic Mackey, jefe de una unidad especial del distrito de Fargminton, en Los Ángeles, muy eficaz en su acción contra el crimen, pero que trabaja según normas y métodos tan peculiares que no excluyen procedimientos tan cuestionables como la extorsión, la tortura o el chantaje, si se consideran necesarios.


El grupo de asalto

     La comisaría de Fargminton es un ecosistema en el que se mueve una galería de personajes antológicos. Ni uno solo de ellos es un personaje plano, un estereotipo, como nos tienen acostumbrados las series policíacas. Todos ellos tienen sus luces y sus sombras, lo que los humaniza y los acerca al espectador. En este ejercicio humanizador de los personajes hay que destacar que la perspectiva de la narración está pegada a Vic Mackey que, a fin de cuentas, es un policía corrupto, un ladrón y un asesino. Sin embargo, contando la historia desde su perspectiva, se consigue que el espectador se identifique con él y que sufra a su lado por todos y cada uno de los reveses que amenazan con dar sus huesos en la cárcel. En este sentido The Shield es una serie muy ambigua, que no se deja arrastrar a posturas maniqueas. Como no podía ser de otra manera, los actores están al nivel de sus personajes y hasta podemos encontrarnos a actores de relumbrón como Glen Close o Forrest Whitaker.
      En lo que se refiere a la forma y la técnica, Shawn Ryan supo de hacer de la necesidad virtud. Según parece, no contaba con demasiado presupuesto. Pero esto, lejos de ser un problema, se convirtió en una de las mayores virtudes de la serie. The Shield está filmada cámara en mano, en modo documental. Asimismo, los escenarios y el decorado son bastante austeros. Esta parquedad de recursos le da un aire de realismo sucio que se corresponde perfectamente con el contenido de la serie. 



       En algunos foros he leído que Breaking Bad es maravillosa porque no da tregua al espectador. Si eso es cierto, The Shield debe entrar en el Olimpo del cine, porque es de una intensidad bestial. En cada secuencia todo el mundo del equipo de asalto parece estar a punto de hundirse, lo que obliga a sus miembros a hacer malabares para no ser descubiertos. No hay descanso para el espectador. Y lejos de irse mitigando a medida que avanza la serie, la tensión aumenta exponencialmente, hasta el punto de que los últimos capítulos cortan la respiración. Por supuesto, este ritmo narrativo y esa tensión dramática tienen su correspondencia formal. Los diferentes directores recurren a un estilo caótico, con zooms, enfoques y desenfoques a todo trapo, lo que le da muchísimo dinamismo.
      Pero todo esto no es más que pecata minuta al lado del guión. El equipo de guionistas encuentra en equilibrio perfecto entre tramas autoconclusivas, tramas que se prolongan tres o cuatro episodios, una trama para toda la temporada y una trama subterránea -la lucha del grupo de asalto por sobrevivir a su pasado y su propios métodos-. Y así, de manera equilibrada, el equipo de guionistas le va proponiendo al espectador una serie de dilemas morales y políticos. 
      En primer lugar, la serie nos plantea el conflicto entre los derechos y las libertades y la seguridad. ¿Debemos renunciar a nuestros derechos a cambio de seguridad? Es el conflicto eterno entre la derecha y la izquierda política, esta vez trasladado a la pequeña pantalla. Como no podía ser de otra manera, The Shield no nos da una respuesta fácil. Los guionistas están dispuestos a enfangarse y contemplar el problema sin miedo a la censura del pensamiento políticamente correcto. 



   Paralelamente al conflicto entre libertad y seguridad discurre el tema de la responsabilidad moral de nuestras acciones. Los miembros del grupo de asalto actúan mal. Buscan su interés personal, roban, maltratan, infringen la ley y, en definitiva, son corruptos. Pero, lejos de asumir su responsabilidad, están siempre justificándose, poniendo a la familia como excusa para cometer todo tipo de tropelías. Igual que antes, en este aspecto tampoco es una serie maniquea. Shane y Vic realmente aman a sus familias y luchan por ellas. Otra cosa es que el resultado sea el que ellos se habían propuesto. Como le dice Diro Keshakian a Shane: «No podemos dejar a la gente que queremos fuera de las decisiones que tomamos».



      Muy relacionado con el tema anterior es el del castigo. Es la sombra que planea todo el tiempo sobre el grupo de asalto, el miedo que mueve sus acciones desde el primer capítulo. La presencia de este castigo los va cercando poco a poco hasta llegar a un final que te deja desolado. La séptima temporada es de una intensidad bestial. Los guionistas no se dejaron nada y eso se nota. Al terminar cada capítulo, el espectador asiste atónito al destino trágico que se cierne sobre el grupo de asalto, como si de una tragedia griega se tratase.
     Y por último, la serie se pregunta acerca de la naturaleza del mal. Tradicionalmente se han dado dos respuestas: los hombres son buenos por naturaleza, es la sociedad la que los corrompe -Rousseau-, o el hombre es un ser naturalmente inclinado hacia el mal -Hobbes-. Muchas son las obras artísticas que se han enfrentado a esta pregunta. Sin ir más lejos, El Lazarillo de Tormes y Guzmán de Alfarache lo hacen desde la novela picaresca. El primero culpa a la sociedad de las maldades de su pícaro, el segundo al pecado original y a la naturaleza humana. El mal está siempre presente en las series policíacas en forma de delito. Así que no es de extrañar que, si son buenas, acepten el órdago de responder a esta cuestión que lleva preocupando a los seres humanos desde los inicios de la civilización. Y aquí, a diferencia del resto de aspectos, la serie no es nada maniquea. The Shield es el otro lado de la moneda de The Wire. Si el sistema falla es porque las personas hacemos mal uso de las instituciones. No en vano lo únicos personajes que acaban bien son los pocos honestos que había en aquella comisaría. 



     Y nada más, salvo preguntarme cómo es posible que esta serie, que tanto éxito tuvo en EEUU, haya pasado casi desapercibida en España.
    



Las vidas posibles de Mr. Nobody (Jaco Van Dormael)



    En el año de 2092, Nemo Nobody, que tiene 120 años, es el último ser humano mortal de la Tierra y vive rodeado de hombres que han alcanzado la inmortalidad gracias a increíbles avances científicos. Cuando Nemo se encuentra en su lecho de muerte, recuerda varias posibles existencias y matrimonios que no llegó a vivir. (Filmaffinity).

    Una buena historia de ciencia ficción es la que esconde un conflicto moral o político que podemos trasladar a nuestros días. Hacia dónde se dirige el planeta o qué pasaría sí... ¿está bien o deberíamos ser muy precavidos a ese respecto? Las vidas posibles de Mr. Nobody encierra un dilema y nos hace pensar. Toda ella es una reflexión acerca la elección. ¿Qué sucedería si pudiésemos movernos por el tiempo como lo hacemos por el espacio? ¿Y si tuviésemos la facultad de volver atrás en el tiempo y cambiar las decisiones que hemos tomado sabiendo cuáles serán las consecuencias de esas decisiones?
    Mr. Nobody es el ultimo humano mortal que queda en el mundo. El resto son inmortales. Mr.Nobody es el último representante de una existencia en que las decisiones humanas eran importantes. Dado que sólo tenemos una vida finita, cada una de nuestras decisiones es importante porque determinará el rumbo de nuestra existencia. Por el contrario, para un inmortal estas decisiones carecen de importancia, ya que, como su vida es infinita, poco importa lo que elija, porque todo pasará tarde o temprano. En este contexto, Mr Nobody cuenta su vida -o más bien todas las vidas que pudo haber tenido dependiendo de qué hubiese hecho en cada momento- y se nos plantea la idea de qué sucedería si pudiésemos movernos por el tiempo.  Viviríamos todas las posibilidades y al final nos quedaríamos con una, como hace Mr. Nobody.
     Además de este juego conceptual, la pelicula es una/s historia/s de amor. Todo lo que nos cuenta Mr. Nobody acerca de sus vidas se refiere a cuestiones sentimentales, de ahí que, además de ciencia ficción, Las vidas posibles de Mr. Nobody también sea una historia romántica. 
      Valorar esta película no es fácil. Desde un punto de vista técnico está bien. En lo que se refiere a los actores no hay nada que objetar. Jared Leto, que es el que lleva el peso de la historia, lo hace bastante bien. Pero estos aspectos son cuestiones casi menores en una película que apuesta tanto por el guión. Las vidas posibles de Mr. Nobody es una película que lo basa todo en la historia que cuenta y en hacer reflexionar al espectador a partir de los hechos. En este sentido, el filme peca de complejo. Una cosa es hacer una película densa, y otra que haya cosas que no se entienden y que el espectador tenga que estar pendiente de hasta el más mínimo detalle para no perderse. Sobre todo porque se corre el riesgo de que se canse y desconecte. No fue mi caso. La película me gustó y estuve atento todo el tiempo. Pero aviso al espectador que no le guste o no le apetezca esforzarse demasiado que esta no es su película. Asimismo, las historias de amor son irregulares. La de Ana está muy bien, pero la de la china es demasiado tópica. Pero tampoco hay que ser demasiado duro. La película, en su conjunto, es bastante buena y, sobre todo, es distinta. Recomiendo verla. Eso sí, un día que uno tenga la cabeza despejada.

miércoles, 27 de mayo de 2015

El PP vuelve a la estrategia de las dos Españas




    Para muchos ver ayer a Esperanza Aguirre mendigando un pacto al el PSOE fue un momento de placer malsano. Yo mismo reconozco que me entregué a este goce un tanto enfermizo que consiste en disfrutar de la desgracia de otro. Sé que no está bien, pero fue lo que fue y lo mejor es asumir las debilidades propias. Sin embargo, pasado este momento de júbilo, es tiempo de pensar fríamente por qué Ësperanza habrá hecho un movimiento como ese. Que una persona tan soberbia como ella se humille públicamente de tal manera tiene que tener algo que no vemos. Porque no sólo le ofreció al PSOE entrar en el gobierno, sino que les cedía la alcaldía -aunque fuesen la tercera fuerza- y hasta se ofrecía a sí misma como sacrificio ritual.
     -Si yo soy el problema, estoy dispuesta a retirarme. -dijo.
     Todo para que los radicales bolivarianos de Podemos que quieren acabar con la Cultura Occidental no lleguen al poder.
   Esperanza Aguirre tendrá muchas cosas, pero tonta no es. Y, casualidad de casualidades, al día siguiente la cúpula del partido les dice a sus candidatos que pueden hacer lo mismo que Esperanza: ofrecer pactos al PSOE para hacer un cinturón de seguridad alrededor de Podemos. 
       La estrategia política está clara. En Ferraz saben de sobra que no pueden formar gobiernos con el PP porque sería su entierro político. Si ya está muy extendida la idea de que PP y PSOE son lo mismo y que el PSOE hace años que dejó de saber lo que significaba la S de socialista, como pacten con el PP los pocos votantes que les quedan van a desertar en masa. La única salida que el queda al PSOE es alinearse con Podemos y hacer un frente de izquierdas. Lo sabe Esperanza Aguirre y por eso dio esa rueda de prensa en la que no había nada de humildad ni autocrítica. Era, como todo lo que hace esta señora, un hábil movimiento político. Obliga al PSOE a irse con Podemos y a darle al PP el argumento de que el PSOE se ha radicalizado pactando con los antisistema. A continuación se desplegará la estrategia del miedo y muchos de los votantes más conservadores del PSOE -que por otra parte son los únicos que le quedan- se asustarán y, en el mejor de los casos, se desmovilizarán y se quedarán en casa en las siguientes elecciones. 
       Esta estrategia es la de las dos Españas de toda la vida y que tan rentable le ha sido al PP. Nosotros o los otros. Poco importa que dentro de los otros metan posiciones políticas tan dispares como el nacionalismo conservador del PNV o de CIU, el independentismo de izquierdas de Esquerra Republicana, el Bloque Nacionalista Gallego y Amaiur, la socialdemocracia de Podemos, la tercera vía del PSOE, a los ecologistas, al Partido Animalista y un larguísimo etcétera. Poco importa que este reduccionismo falsee la realidad de una España muy plural. Poco importa que a la larga lleve a confrontación y a que el nivel de crispación llegue a niveles insoportables. Poco importa que esta estrategia haya provocado unas tensiones territoriales como no se recordaban desde el siglo XVIII. Poco importa que sea una estrategia visceral que mueva lo más bajo que tenemos las personas. Poco les importa todo esto si con ello sacan rédito electoral y les ayuda a capear el sunami que se promete en Noviembre. Poco les importa porque, según ellos, son la única posibilidad de parar a los comunistas que van a quemar iglesias y violar a las monjas. Pero a mí sí me importa porque es mentir, manipular y es mezquino y miserable. 

martes, 26 de mayo de 2015

Lone Star (John Sayles)


    
    Lone Star es una película difícil de comentar. Es de esas que la estás viendo y te entretiene, pero no es hasta que has acabado y la dejas reposar un poco que tomas conciencia de su complejidad y lo llena de matices que estaba. 

    Filmaffinity la resume así:

   En el desierto de Texas, en un pueblo con numerosos inmigrantes mexicanos, aparece un hombre muerto. Durante la investigación, el sheriff encargado del caso tendrá que enfrentarse con algunos enigmas de su pasado.

    Como decía, Lone Star es una película compleja.
    En primer lugar, se trata de un western fronterizo, pero, en lugar de estar ambientado en el siglo XIX, la historia tiene lugar en el siglo XX. Esto ya de por sí desconcierta al espectador. Como decía Jauss en el marco de la Estética de la Recepción, la obra artística no tiene por qué ser interpretada con las mismas motivaciones con las que fue compuesta. El espectador se enfrenta a ella con su conocimiento del mundo formado por sus experiencias vitales y los conocimientos previos que ha adquirido. Este conocimiento determina el modo en que las personas interpretamos la obra artística, de ahí que unas personas interpreten una obra de una manera y otros de otra. Este conocimiento previo influye directamente en los géneros y en lo que esperamos de una obra. Los géneros se construyen a partir de una serie de convenciones que el lector/espectador conoce de antemano y determinan el modo en que se acerca a la obra. Así, si vamos a leer una novela romántica, esperamos que sea una narración en prosa de extensión considerable en la que los conflictos que muevan a los personajes sean sentimentales. En el caso de que el lector abra una novela romántica y se encuentre con una historia narrada en verso sobre francachelas de unos amigotes, cuando menos se vería sorprendido. Sin llegar a estos extremos, muchos han sido los autores que han jugado a sorprender al lector innovando o variando un género. El western, como todo género, tiene una serie de convenciones. Una de ellas -y no la menos importante- es que esté ambientado en el siglo XIX, Lone Star no lo está. Por eso, cuando empiezas a verla, no estás preparado para ver un western. Sin embargo, a medida que la película va avanzando, te vas dando cuenta de que estás ante uno de manual y te sorprende y te gana -por lo menos a mí-. Lone Star es, en este sentido, una variación sobre el western tradicional, y así Sayles le plantea al espectador un juego de espejos y referencias cruzadas. 
      En segundo lugar, Lone Star es un drama coral. Con la excusa de un cuerpo encontrado en el desierto y la consiguiente investigación, Sayles despliega ante el espectador una colección de personajes memorable, todos con su historia y su pasado. Aparentemente el director lleva al espectador de la mano junto con el protagonista en pos de la solución de un crimen. Pero esto, como digo, no es más que apariencia. El crimen es la excusa. La verdadera investigación es acerca del pasado de los personajes, de sus motivaciones y de las razones que los llevaron a acabar como acabaron. Como sucede con Tercipelo Azul de Lynch, bajo la fachada, bajo la imagen pública que los personajes ofrecen a sus vecinos, se esconden verdades oscuras. Nada es lo que parece. Y así, sumando uno a uno la historia de vida de cada personaje, Sayles construye una obra coral que no está hablando de un crimen, sino de la idiosincrasia de todo un pueblo.
       La técnica narrativa para desplegar ante nosotros esta colección de personajes y su pasado es aparentemente muy sencilla. Hay varios saltos temporales en los que vemos el pasado, pero el grueso de la información nos llega a través de testimonios acerca de lo que fue. El policía va preguntando aquí y allá y la gente responde. De la suma de lo que vemos y de lo que nos cuentan reconstruimos el mosaico.
      Esto de la técnica me lleva a uno de los más grandes aciertos de la película: el multiperspectivismo. Frente al modelo hollywoodiense de un protagonista único que nos ofrece un único punto de vista, Lone Star se construye sumando las diferentes perspectivas, lo que la hace muy moderna. Lo que dije en otra ocasión a propósito de Julian Barnes es perfectamente aplicable a Lone Star

    
 Cada personaje va contando un trocito de la historia, aportando su visión particular de lo sucedido. Este multiperspectivismo acerca al narrador a la omnisciencia, ya que el lector, reconstruyendo y rellenando lo huecos que deja uno con lo que dice otro, acaba recibiendo una información casi de narrador omnisciente. Evidentemente, esta técnica no es nada nuevo. Hay miles de novelas que hacen algo similar. El genial Wilkie Collins ya recurrió al multiperspectivismo en La piedra lunar en el siglo XIX. Lo interesante de las novelas de Barnes es que los testimonios de los personajes con frecuencia son contradictorios entre ellos. No es que cada uno interprete lo sucedido a su manera, es que cada uno nos cuenta unos hechos distintos. Este juego de perspectivas es la concreción en técnica narrativa de la filosofía de nuestra época. Los tiempos de las verdades únicas y absolutas han pasado. Todo es subjetivo, sujeto a interpretación. Es como si Derridá o Foucault hubiesen escrito una novela aplicando sus teorías. 

     Y ya para terminar, no me resisto a destacar el compromiso político del director. Este pequeño pueblo fronterizo es el espacio perfecto para hablar del racismo, de las diferencias de clase, de la corrupción política, de la violencia y de la forma en que algunos olvidan su origen. 

     En definitiva, una gran pelicula.

Los falsificadores (Stefan Ruzowitzky)



    Durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial los nazis planean llenar el mercado de billetes de libra y de dólar falsos y así hundir su economía de los aliados y ganar la guerra. Para ello escogen a varios judíos de los campos de concentración, todos ellos expertos en alguna tarea específica relacionada con la falsificación. 
      Me acerqué a esta película lleno de expectativas. Había ganado el Oscar en el 2008 a la mejor película extranjera y el premio al mejor actor en la Seminci de Valladolid también en 2008. Además, todo lo que tenga que ver con la Segunda Guerra Mundial, aunque sea remotamente, tiende a encandilarme. Tal vez fuese por este exceso de expectativas, tal vez porque la película no valga un patacón, que me llevé una decepción mayúscula. Me aburrí de cuidado y en más de una ocasión me sorprendí a mí mismo mirando el móvil por si me llegase algún watsap que me sacase del tedio. 
     Con las películas de nazis puedes hacer dos cosas, ambas igualmente válidas: o bien aprovechas el entorno, con toda su parafernalia y oportunidades de aventura, y haces una película de acción; o bien aprovechas aquellas décadas ominosas de la historia humana para reflexionar sobre la condición humana, sobre el mal, sobre el horror y sobre el extremo al que podemos llegar las personas, ya sea como víctimas, ya como verdugos. Los falsificadores pretende ser de las segundas, pero siento decir que se queda a medio camino. El nazismo y los campos de concentración dan para películas y conflictos morales y éticos que te sacudan el alma y te dejen hecho polvo. Los falsificadores tiene un par de momentos en los que te agobias un poquito, pero tampoco demasiado, porque, a fin de cuentas, los protagonistas son tratados más o menos bien y lo que pasa más allá de su barracón no se ve. Se intuye un poco, pero el director lo deja pasar como sin darle mucha importancia. No es la presencia del horror al otro lado de la pared la leiv motiv de la pelicula, sino más bien un elemento casi decorativo. Y así la película se diluye, sin ser un filme de aventuras, ni un drama lo suficientemente intenso como para arrugarte.
     El conflicto moral al que se ven sujetos los personajes es la duda de si hacer o no esos billetes. Hacerlos contribuirá a que la Alemania nazi, ese engendro que condenó a millones de personas al horror de los campos de concentración, tenga una oportunidad de perpetuarse. Pero no hacerlo supone volver al régimen de preso común y, con toda probabilidad, morir. Este conflicto puede ser interesante, pero insisto en que el director no incide lo suficiente en los horrores de la guerra y así se diluye en poco. 
      Lo único que rescato de esta pelicula -ojo que aquí viene un spoiler- es el final, cuando son rescatados y algunos de los judíos que no le hacían boicot al nazismo y que llegaron incluso a apalear a uno de los suyos por hacerlo, le cuentan a los otros judíos del campo cómo hacían trampas para boicotear a los nazis. Un ejemplo del modo en que se escribe la historia y de cómo nos apuntamos los tantos de los demás. Desgraciadamente es muy poco para levantar el filme y decir que vale la pena verlo.
     La dirección es sobria, el decorado está bien, los actores no lo hacen mal y están relativamente bien dirigidos. Pero tampoco llega.  
     

Dos cabalgan juntos (John Ford)




       Probablemente no es la mejor película de John Ford. De hecho, hasta diría que no está ni entre las diez mejores. Pero eso no es óbice para que sea una gran película, con gran ritmo narrativo y unos fantásticos personajes.
        La historia es la típica de western. Un sheriff descreído pasa sus días amablemente en un pueblecito cerca de la frontera. Un día el ejército reclama sus servicios para que se interne en territorio indio y rescate a los familiares de unos colonos secuestrados por los indios muchos años antes. La película se llama Dos cabalgan juntos porque un amigo y oficial del ejército acompaña al sheriff en esta aventura.
        Podría hacer un análisis exhaustivo de la película, pero creo que no es este el lugar. Un post es un formato breve, pensado para leer en dos minutos. Además, supongo que en la red encontraréis millones de críticas sesudas hechas por académicos reputados. Aquí yo sólo me propongo enumerar algunas de las razones por las que recomiendo encarecidamente ver esta película.
        En primer lugar, la fotografía es maravillosa. Sé que en un recuento de razones por las que ver una película nunca debe ponerse de primero la fotografía, porque es algo relativamente secundario en el haber de un filme. Pero es lo que primero llama la atención del espectador con esta película. Pese a que han pasado décadas desde su estreno y las técnicas y la tecnología han avanzado muchísimo, nada más empezar, con los primeros planos, el espectador se queda embebido con la belleza de lo que está viendo. La naturaleza salvaje y agreste son un símbolo perfecto de aquel nuevo mundo por explorar y explotar que era el Oeste americano.
        En segundo lugar, los personajes son fantásticos. Nada de personajes planos como sucede con frecuencia en las películas de aventuras –por ejemplo las de Errol Flynn-. Todos los personajes principales aparecen llenos de matices, con sus complejidades y no movidos por una única pasión. Sin ánimo de hacer un spoiler, debéis prestar atención especial al protagonista, ese sheriff cínico que parece únicamente movido por la avaricia. Sabe que la empresa no tiene posibilidad alguna de éxito porque, en el mejor de los casos, si alguno de los secuestrados ha sobrevivido, ya será más indio que colono. Sin embargo, el ejército le obliga a que vaya a buscarlos. Probablemente por lo absurdo de su tarea, el sheriff no parece tener reparo moral alguno en explotar los sentimientos de pérdida de los colonos para sacarles todo el dinero que puede. Pero esto no le impide, cuando los colonos desprecian a la mexicana que ha estado casada con un indio, afearles la conducta y defenderla.
     Otra buena razón para ver Dos cabalgan juntos son los conflictos soterrados que surgen de la trama como sin darse cuenta. La estructura de la película es de aventuras. El tono, por momentos, es de comedia, sobre todo en lo que a James Steward se refiere. Sin embargo, poco a poco, Ford despliega ante el espectador una serie de conflictos éticos y morales que te dejan mirando la pantalla mucho tiempo después de que haya terminado la película y preguntándote cómo demonios se puede hacer algo tan profundo y, al mismo tiempo, fácil de ver.
      La incapacidad para olvidar y para enfrentarse al luto por la pérdida de una persona querida es la primera cuestión que se plantea al espectador. El conflicto que mueve la trama es la incapacidad de los colonos para asumir que han perdido a sus familiares queridos. Pero Ford es tremendamente hábil planteando este dilema, ya que los familiares no están muertos. Si lo estuviesen, el espectador percibiría el problema como algo ajeno. El drama de esa gente es que no aceptan que sus seres queridos han muerto. Puede que sí, puede que no. Y esta incertidumbre es la que no los deja vivir en paz.
        Los prejuicios son otro de los grandes temas de la película. La mexicana rescatada por el sheriff que llevaba viviendo años como la esposa de un indio y la reacción farisaica de los colonos con respecto a ella nos hace pensar acerca del modo en que percibimos los problemas de un modo u otro dependiendo de si nos afectan directamente o no. Los colonos quieren recuperar a sus familiares. La mexicana no lo es. Por eso la tratan como la tratan.
      En definitiva: es una película que hay que ver. No deja de fascinarme la facilidad de John Ford para tocar grandes temas con un tono menor.

viernes, 22 de mayo de 2015

Manipulación del lenguaje político




      La gente no es gilipollas. Ya sé que todos alguna vez hemos dicho, al ver algo que no nos gustaba o no comprendíamos, que la gente es gilipollas. Pero realmente no lo es. Así, en general, nadie busca su propio perjuicio. Si cogemos a diez personas, sean las que sean, y les decimos: "Oíd, ahí hay un botón que, si lo aprietas, te cortan una oreja".Nadie va y aprieta el botón porque no son gilipollas. Sin embargo, muchos somos los que no preguntamos cómo es posible que, con lo que está pasando en este país, no arda la calle -que quede claro que "arda la calle" es una expresión metafórica e hiperbólica; no quiero que los revoltosos quemen los bancos ni nada de eso, no vaya a ser que me apliquen el mismo rasero que a César Strawberry y acabe en el calabozo por enaltecimiento del terrorismo-. Como decía, hay mucha gente que no entiende que la población española asista con pasividad a lo que está pasando. Y no sólo eso. Parece que, aunque pierdan las mayoría absoluta, el Partido Popular va a seguir siendo la fuerza más votada en las elecciones del domingo. 
      Hay muchas razones para explicar este fenómeno. Loïc Wacquant habla del nuevo estado penal, David Garland de la cultura del control, yo hablé en otro momento de la democracia de masas, del chantaje de los medios de comunicación, etc... Todas razones por las cuales el sistema se perpetúa y nadie hace nada. Este post es para hablar de otra estrategia del poder: la manipulación del lenguaje político.
     Es evidente que existe una relación directa entre lenguaje y pensamiento. Si una persona carece de una palabra para un concepto, difícilmente podrá ser consciente de él. Si fuésemos esclavos y no existiese la palabra libertad, nadie pensaría que podría haber otra vida alternativa. George Orwell se dio cuenta de este fenómeno en 1984. En esta novela, una de las estrategias del Gran Hermano para perpetuarse en el poder era mantener a la población satisfecha. La represión brutal funciona como modo de perpetuación, pero sólo a corto plazo. A la larga, si la mayoría de la población vive descontenta, surgirán movimientos de resistencia que, al gozar del apoyo de la gente, acabarán por derrocar al poder. Es mucho más útil que los gobernados sientan que el sistema es el mejor de los sistemas posibles, y así ningún movimiento de resistencia gozará de acogida. Con tal objetivo, El Gran Hermano había diseñado un departamento de neo-lengua, cuya función era eliminar todas las palabras desagradables del idioma y sustituirlas, o bien por eufemismos, o bien por su antónimo con el adverbio negativo "no" delante. Así, "mal" se convertía en "no-bien" y los ciudadanos poco a poco iban perdiendo las palabras para concebir el desencanto y acababan convencidos de que aquel sistema de pesadiilla era el mejor posible.
       Orwell era un visionario en muchos aspectos y aquí la clavó. Escuchar las noticias en estos momentos es un auténtico ejercicio de neolengua. Nuestros políticos y su brazo armado -los tertulianos- han conseguido borrar del lenguaje cualquier rastro de realidad negativa. Han sustituido estos conceptos por términos cargados con connotaciones positivas y así los ciudadanos percibimos como buenas todas esas medidas que atentan directamente contra nuestros derechos. Os pongo algunos ejemplos:
     a) Recortes. Hay recortes para todo. Recortes salariales, recortes en las prestaciones sociales, recortes de plantilla, etc... En la primera acepción de la RAE se define recortar como "cortar o cercenar lo que sobra de algo". Ojo: "lo que sobra de algo". Todos estaréis conmigo en que lo que sobra hay que eliminarlo y eso es bueno. Luego las bajadas de sueldo, la supresión de derechos sociales como la sanidad o la educación, etc... es percibido como algo positivo. Y así llegamos a afirmaciones tales como que "es que vivíamos por encima de nuestras posibilidades", "es que aquí ha habido mucho despilfarro", etc... Yo no sé vosotros, pero a mí no me tienen que recortar el sueldo ni me tienen que cerrar una planta de un hospital de la Seguridad Social, porque eso no sobraba.
    b) Crecimiento negativo. Un clásico de Luis de Guindos. "La economía está en un periodo de crecimiento negativo". Un juego fantástico de neolengua para eludir la realidad: la economía decrece, va a peor. En 1984 hubiesen dicho "no-crecimiento". De Guindos, que es mucho más pedante, dice "crecimiento negativo".
       c) Copago. A este neologismo se recurre para referirse a que en la farmacia tenemos que pagar otra vez por las medicinas, aunque vayamos con receta. El prefijo "co" significa entre dos o más personas. Así, "colaborar" significa que dos o más personas laboran juntas, es decir, trabajan juntas en pos de un objetivo común. Utilizando el neologismo "copago" parece que, cuando vamos a la farmacia y pagamos un euro por receta, el Estado y nosotros estamos pagando juntos algo. Pero la realidad es bien distinta. El Estado no regala nada y, si podemos llevarnos medicamentos de las farmacias por poco dinero, es porque antes hemos adelantado ese dinero en forma de impuestos. Así que de "copago" nada. La palabra adecuada es "repago".
     d) Ajustes. Eso que tanto parece gustarle a Bruselas y no paran de mandarnos hacer. Volviendo a la RAE, ajustar es "Conformar, acomodar algo a otra cosa, de suerte que no haya discrepancia entre ellas". Es por tanto, una acción positiva. Hacemos que las cosas que no encajan o no funcionan bien, lo hagan. Pues este eufemismo es el que se emplea para hablar de disminución en las prestaciones de desempleo, de despedir a los trabajadores sin indemnización, de privatizar sectores fundamentales de la Administración Pública, etc... Antes de lanzarnos a todas estas acciones, habría que ver si realmente esos sectores no funcionaban. 
      e) Flexibilidad. Flexible es algo que se adapta. Luego es algo bueno. Y así hablan de "flexibilidad laboral" para referirse a rebajar las indemnizaciones por despido, a los cambios de localidad de trabajo sin contrapartidas, a poder bajarle el sueldo a un trabajador o a degradarlo con la consiguiente merma salarial, etc...A mucha gente parece gustarle esto porque nos lo han vendido como algo cool, como ser una persona en crecimiento continuo, lo opuesto a vago funcionario apoltronado en su sillón. Pero estos cambios son impuestos de desde fuera, son ajenos a nuestra voluntad, de modo que perdemos libertad y es imposible plantearse un proyecto de vida a largo plazo. Hoy mismo han llegado al instituto unas niñas que, por cuestiones de trabajo de sus padres, llevan cambiando de centro de estudio a mitad de curso desde hace cinco años. Vosotros veréis si ese es el modo de vida que queréis para vuestros hijos. Por no hablar de cómo afecta eso a la corrosión del carácter.
      f) Moderación salarial. Otro clásico. Lo moderado se opone a radical, que es algo malo. Moderación salarial es, exactamente, bajarnos el sueldo porque, ya se sabe, que nos suban el sueldo con el IPC es propio de comunistas radicales.

     Y podría seguir así con una lista interminable para que este país pueda "ser competitivo con el mercado chino", es decir, que para poder competir con china, pretenden que nuestras condiciones de trabajo se pongan al nivel de las de los chinos. 


      P. D. Por si os interesa, os dejo un enlace de Huffington Post en el que recoge algunos de estos eufemismos políticos.
   
      

miércoles, 20 de mayo de 2015

Detienen a César Strawberry: ¿Estado de derecho o represión?




     Esta mañana nos hemos levantado con la noticia de que la Guardia Civil había detenido a diecinueve personas por enaltecimiento del terrorismo. La noticia hubiese pasado desapercibida entre el discurso de Rajoy en Zaragoza y la comunión de la infanta Leonor si no fuese porque uno de los detenidos era César Strawberry, el cantante de Def Con Dos. Hace unos meses, en relación a la ley que estaba preparando el gobierno para penar los comentarios que se vertieron en las redes sociales después del asesinato de Isabel Carrasco, dije que me parecía muy poco democrático y que atentaba contra la libertad de expresión (aquí). Que nos repugnasen algunas cosas que se dijeron no es razón suficiente para penalizarlos, y, nos guste o no, la democracia es permitir expresar todas las opiniones, incluso aquellas que están en contra de la democracia. 
    Como decía, la noticia me hubiese pasado inadvertida si no fuese porque César Strawberry andaba en el ajo. Agucé el oído, pero el boletín informativo no volvió a hacer referencia alguna al asunto hasta las ocho y media, cuando empezó la tertulia de RNE, y Tonia Echarri dijo que "la kale borroka se había trasladado a las redes sociales". Esto ya me pareció el colmo y me tomé la molestia de buscar los susodichos tweets para tener mi propia opinión, sin que una periodista ultraconservadora me dijese lo que tenía que pensar. Según el diario El Mundo, los gravísimos tweets son cuatro:

     1) A Ortega Lara habría que secuestrarle ahora.
     2) El fascismo sin complejos de Esperanza Aguirre me hace añorar hasta a los GRAPO.
     3) Street fighter, edición post, ETA, Ortega Lara versus Eduardo Madina".
   4) Franco, Serrano Súñer, Arias Navarro, Fraga, Blas Piñar... si no les das lo que a Carrero, la longevidad se pone siempre de su lado", 

     Una vez leídos estos tweets, se confirma mi teoría de que la ley para controlar las redes sociales es un atentado contra la libertad de expresión y una forma de represión del pensamiento disidente.
      En primer lugar, los tweets de Strawberry no son para tanto. Vayamos uno por uno.
      El primero dice que a Ortega Lara habría que secuestrarle ahora. Grice, en el marco de la pragmática lingüística, establece cuatro normas que rigen todo intercambio comunicativo: sea claro, no diga más de lo que toca, diga algo que tenga que ver y no afirme algo que sepa que es falso. En caso de que el hablante rompa una de estas máximas, el receptor del mensaje se extraña y piensa que debe reinterpretar el mensaje añadiendo o variando el significado -resumiendo, se da cuenta de que el mensaje no hay que interpretarlo de forma literal-. Así por ejemplo, si un alumno que ha hecho un examen lamentable, me pregunta qué nota le he puesto y le contesto que un diez, él inmediatamente interpreta que estoy siendo irónico y que le he suspendido con todas las de la ley. Volviendo al tweet de Strawberry, parece que el celoso juez que decidió que podían detenerlo por esto no se ha enterado de que no todos los mensajes deben ser interpretados de forma literal. Es evidente que Strawberry no quiere que vuelvan a secuestrar al pobre Ortega Lara. Está rompiendo la máxima de cualidad de Grice -está diciendo algo que es falso-,de modo que los lectores de este tweet reinterpretamos inmediatamente el mensaje y entendemos que está expresando su desacuerdo con las opciones políticas que defiende ahora el exfuncionario de prisiones en el partido político Vox.  
      El segundo tweet vuelve a romper la máxima de Grice de no decir algo falso. Desde la retórica clásica se ha usado la hipérbole como recurso retórico. Claro que no quiere que vuelva el Grapo. De hecho, parece que todos esos que condenan estos tweets no se han fijado en la preposición "hasta" que aparece en él y que orienta el modo en que debemos interpretarlo.
      El tercer tweet no lo entiendo bien porque no juego a los videojuegos, pero creo que lo que quiere decir es que, después de que ETA anunciase que dejaba de matar -afortunadamente-, la pelea se establece entre Madina y Otega Lara, que es una pelea mediática. Supongo que hará alusión a las diferentes posturas políticas de ambos y, dado que a Starwberry no le gusta ninguna, los degrada convirtiéndolos en personajes de videojuego. La metáfora consiste en utilizar la relación de semejanza en el mundo de la comunicación digital en el que se mueven los políticos y la realidad virtual digital de los videojuegos. Ya Aristóteles decía que la risa se obtiene alejándose del término medio y que hay dos formas de hacerlo: o poniendo lo bajo alto, o al revés. El chiste del tweet consiste en poner lo alto -son dos personajes públicos respetables- como si fuesen algo bajo -personajes de videojuego-. El chiste es bastante malo y me atrevería a decir que de mal gusto porque ambos son victimas de ETA, pero no veo qué hay de punible en ello. A no ser, claro está, que uno no pueda hablar para nada de las víctimas del terrorismo si no es para ensalzarlas y decir maravillas de ellas, lo que creo que no es un ejemplo de libertad de expresión. 
     El último tweet dice algo evidente: normalmente los dictadores o mueren de forma violenta o mueren en el poder, porque rara vez lo dejan por las buenas. No sé qué tiene esto de enaltecimiento del terrorismo. Alguien me podría objetar, sacando a colación las máximas de Grice, que está diciendo entre líneas que habría que acabar con la vida de las personas ahí citadas. Puede ser. Y de hecho, si esas personas estuviesen vivas, yo también lo interpretaría así. Pero da la casualidad de que no lo están. Difícilmente se puede incitar a asesinar a alguien que ya está muerto. Además, creo haber oído a Vargas Llosa decir, hace años, cuando estaba promocionando La fiesta del chivo, que España tenía la vergüenza de que Franco fuese el único dictador de Europa occidental que había muerto en la cama, y nadie le dijo nada, ni a ningún juez se le pasó por la cabeza procesarlo.
        
      Lo que dijeron las otras personas en Internet lo desconozco porque, como no son famosas, no he visto alusión alguna en la prensa. Probablemente la haya, pero tampoco he buscado mucho. En cualquier caso, el análisis de los tweets de Strawberry creo que es suficiente para afirmar que, o bien el juez desconoce la capacidad humana para jugar con los significados añadidos -cosa de la que estoy seguro que no es así-, o bien que la ley para controlar los comentarios ofensivos en la red no es más que una forma de represión por parte del gobierno de todas aquellas opiniones que ellos consideran subversivas. 

     Y ya para terminar, me gustaría dejar claro que estoy total y absolutamente en contra del terrorismo. Lo siento muchísimo por Ortega Lara y todas las víctimas. Lo que les hicieron fue una auténtica canallada y que estoy mucho antes de su lado que del de sus verdugos. 
     También quiero dejar claro que esto no es una defensa personal de César Strawberry. No me gusta Def Con Dos, no me hacen gracia sus letras y ya soy lo suficientemente mayor como para tomarme en serio a cualquier rockero. Sólo he analizado su caso como ejemplo de lo que estaba seguro que iba a pasar cuando el gobierno empezase a vigilar las redes sociales. 
       
     

martes, 19 de mayo de 2015

Antinoticias, Podemos y malas intenciones.



     El término antinoticias lo acuñó un amigo para referirse a esas noticias que aparecían en la La Voz de Galicia y que daban como noticia un suceso absolutamente irrelevante. Mi amigo estaba absolutamente fascinado y durante un verano cada día nos alegraba la mañana con un watsap con una flamante antinoticia. Recuerdo tres:
    1) Señora casi pierde su perro en la playa de Bastiagüeiro. Una señora que estaba paseando su perro por la playa se despistó y el perro se fue a dar una vuelta. La señora se puso nerviosa y unos surfistas encontraron el perro y se lo llevaron. La señora se puso muy contenta y les dio las gracias.
     2) Un sofá arde en un portal, pero un vecino se da cuenta, lo apaga y no pasa nada.  
     3) Una embarazada mete el tacón de su zapato en un agujero de la alcantarilla. Casi se cae. Se dio un susto. Un señor la ayudó a sacar el tacón y se pudo ir a casa.
     4) Un gato se sube a un árbol. Estuvieron a punto de llamar a los bomberos, pero al final el gato bajó solo.
    5) Orejitas. Mi preferido. Una niña perdió a su osito de peluche en la Ciudad Vieja de Coruña. El osito de se llamaba Orejitas y el padre pegó carteles preguntando si alguien lo había visto. No ofrecía más recompensa que la gratitud de su hija. Las tribulaciones de la angustiada niña dieron para un ciclo cuatro artículos, incluido un reportaje final cuando un vecino le devolvió el osito.

      Las antinoticias, su comicidad a parte, no dejan de ser una anécdota en un periódico de provincias que tiene que llenar varias hojas en verano y no sabe de qué hablar. Pero esta mañana me he desayunado con una gran antinoticia, pero esta con muy mala leche. Leí en el diario El Mundo que los presos de ETA preferían a Podemos (aquí). Les habían grabado una conversación en la que comentaban que les gustaba Pablo Iglesias porque es como ellos, "pero con coleta". Si esto no es una antinoticia que venga Dios y lo vea. A unos presos de ETA les cae bien Pablo Iglesias. ¿Y qué? Es como si yo digo que a Isabel Pantoja le gusta el cine francés. Es elevar al rango de noticia algo que no lo es. A no ser, claro está, que detrás de esta antinoticia se esconda una intención torticera. Ya sabemos que los medios de comunicación van a convertir a Podemos en un pérfido actor secundario del escenario político (aquí), y que una mentira repetida mil veces se convierte una verdad (Goebbles dixit). Pero no está bien lo que hace el periodista de El Mundo. Siguiendo la misma lógica, yo podría decir que a los asesinos de Jimmy les gusta Mariano Rajoy o Albert Rivera, ya que estos sólo parecen preocupados por la bandera de España, y vincular así al Partido Popular y Ciudadanos a grupos neonazis. Pero no lo hago porque es una demagogia tan chusca que me avergonzaría. Pero claro, yo no soy un periodista de El Mundo.

lunes, 18 de mayo de 2015

Mary Douglas: Símbolos naturales.

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    Mary Douglas clasifica las sociedades en torno a dos polos opuestos: las sociedades densas y las sociedades livianas. Por las primeras entiende aquellas en las que hay muchas posiciones sociales. Esto quiere decir que en ellas hay muchos roles, muchos papeles sociales que desempeñar. Estos roles, a su vez, pueden ser desempeñados por una persona o por varias, y una persona puede desempeñar un solo rol o varios. Así por ejemplo, podríamos etiquetar nuestra sociedad como muy densa, ya que en ella hay infinitud de posiciones sociales. Los individuos en función de nuestro trabajo, de nuestra edad, de nuestro estado civil, de nuestra relación, etc... adoptamos ciertos roles. Una persona puede ser abogado, casado, persona madura, con una pandilla de amigos, etc... En relación con cada uno de estos roles los demás nos comportaremos con él de una u otra manera y se espera de él que que haga lo propio. Como puede desprenderse de la definición, las sociedades densas están muy jerarquizadas. Ya que las culturas son sistemas clasificatorios, una cultura con muchas clasificaciones deberá ejercer mucho control sobre sus miembros. Por el contrario, hay sociedades en las que los patrones sociales son muy escasos. En el polo opuesto de nuestra sociedad postcapitalista, están las sociedades tribales que estudió Marshall Sahlins. En ellas, las posibilidades de especialización del trabajo eran muy escasas. Uno era cazador-recolector y poco más. Al contrario que las sociedades densas, las livianas son extremadamente igualitarias y apenas si provocan marginados. Evidentemente, estos son los dos polos opuestos de una larga línea con muchas posiciones intermedias. Las culturas pueden situarse en esta línea aproximándose más a un extremo o a otro.
     Mary Douglas sostiene que cuanto mayor es la densidad de una sociedad, más ritualizada está. Se apoya en Basil Bernstein y sus teorías sobre el aprendizaje de las lenguas. De acuerdo el lingüísta/sociólogo británico hay dos formas de aprender el lenguaje: o bien por medio de órdenes automatizadas, o bien por medio de razonamientos. Las posiciones sociales, según Douglas, se aprenden del mismo modo. En sociedades en las que hay muchas y, por tanto, el nivel de represión de los miembros es mucho mayor, tiene que haber, por fuerza, muchos rituales, ya que estos nos hacen repetir acciones y comportamientos de forma automática sin reflexión alguna. Aceptamos la secuencia actancial del ritual y su significado sin cuestionarnos nada. Esto repercute de forma positiva en el mantenimiento de las sociedades densas ya que las jerarquías generan irremediablemente tensiones y fricciones. El ritual en el que los participantes actúan de forma automática e irreflexiva está al servicio de la cohesión social. No sólo sirve para liberar esas tensiones, sino también para que los miembros de la sociedad asuman el sistema de posiciones sociales. Por el contrario, las sociedades livianas no necesitan rituales. Este tipo de sociedades funcionan de acuerdo con la otra lógica del lenguaje propuesta por Bernstein. No hay demasiadas fricciones ya que, al haber pocas posiciones, no se generan tantas tensiones ni desigualdades. Por ello no es necesario el ritual que lleve a sus miembros a aceptar inconscientemente el sistema. Se acepta el sistema por razonamiento.
     Mary Douglas se detiene a estudiar el cuerpo y el control al que se le somete en las sociedades densas. El cuerpo humano es una extensión de la sociedad -como decía Marcel Mauss, el cuerpo humano es la imagen de la sociedad-, de modo que es lógico que una sociedad que controla mucho a sus miembros, también controle el cuerpo de estos. De ahí que, por ejemplo, en nuestra sociedad haya un férreo control sobre el estornudo, la defecación o el vómito por medio de rigurosas normas de etiqueta.

jueves, 14 de mayo de 2015

Epicureísmo del siglo veintiuno III: Promesas de Felicidad.






    La tos no se fue. Creció y creció y llegó un punto en que no podía hablar. Abría la boca y sólo tosía. En reiteradas ocasiones tuve que suspender la clase y sentarme abatido ante los ojos alelados de los alumnos que no entendían una victoria tan fácil. 
   El lunes volví al medicucho de aldea. Por no hacer mudanza en su costumbre, me tuvo esperando tres cuartos de hora. Me saludó muy efusivamente y me recetó más antibióticos y jarabe. 
   -Pero tienes que dejar de fumar. -dijo al despedirnos.
   No contesté nada porque no se lo merecía. 
   Los antibióticos y el jarabe no sirvieron para nada. La tos era cada vez mayor y varias veces estuve a punto de echarme a llorar de la desesperación. El jueves llamé por teléfono a la consulta.
    -Ven mañana a las diez. -dijo la enfermera.
    Avisé en el instituto y, como me habían mandado, estuve allí a las diez en punto. 
   En la sala había mucha gente. Varios viejos, pero también gente joven. A mi lado, un veinteañero grandullón y cachas, un hortera de esos de gimnasio, hablaba por teléfono a gritos. A este respecto, he observado dos actitudes diametralmente opuestas e igual de absurdas: 
    a) Los que les suena el teléfono móvil mientras estás hablando con ellos y te dejan colgado para irse a la otra punta de la calle, cosa que podría entender si les llamasen del CNI o estuviesen planeando un atentado, pero estadísticamente no hay tantos agentes secretos ni terroristas. Es imposible. 
      b) Los que hablan a gritos con el teléfono. Las voces llegan a través de ondas. Si por teléfono hubiese que hablar a gritos, no se habría inventado. Sería innecesario.
       Pero volviendo al tema de este post, a mi lado, en la consulta,el macarra era de los que le hablan a gritos a su teléfono. Por su cháchara me enteré de que estaba allí porque había tenido un accidente de coche y quería que el medicucho de aldea le hiciese un informe. Este dato, que a priori puede resultar baladí, fue de vital importancia para el posterior desarrollo de los acontecimientos, porque poco después la enfermera entró en la sala y preguntó cuántos habían venido por la mutua de accidentes. Cuatro personas levantaron la mano. La enfermera les pidió los volantes del seguro y desapareció con ellos. A las diez y cuarto llamó al primer paciente. Era uno de los de la mutua de accidentes. A las diez y media a otro. También de la mutua. Y a las once menos cuarto y a las once. Todos de la mutua. A las once y cuarto vuelve a entrar la enfermera y pregunta:
     -¿Quiénes vienen para un análisis de sangre? 
     Otras cinco personas levantan la mano. La enfermera recoge los volantes y los que iban a hacerse el análisis van entrando a razón de uno cada cinco minutos. Yo asisto a todo esto absolutamente indignado. Este rufián nos ha citado a todos a la misma hora y nos va haciendo entrar como le interesa. Primero los del seguro de accidentes, que le pagarán más; luego los análisis de sangre; y al final los enfermos comunes. Todos perfectamente ordenados en función de la lógica capitalista. Los enfermos comunes, que somos los únicos que realmente estamos enfermos. al final. El capitalismo ha liquidado veinticuatro siglos de juramento hipocrático. Pero no digo nada porque me encuentro mal y necesito un médico. Aunque sea este mamarracho pesetero.
     No pudo ser. 
    A las once y media una ambulancia aparca en la puerta. Hay movimientos rápidos. La enfermera desaparece y vuelve poco después empujando una silla de ruedas. Sentada en la silla va una señora de unos cincuenta años en bata y pijama. Tiene la cabeza ladeada como si los músculos del cuello no pudiesen sujetar el peso. El pijama y la bata se le han abierto y se entrevé el comienzo de un seno avejentado. Hace "aaaahhhh, aaaahhhh, aaaahhhh" como si estuviese muy malita. El seguro médico debe pagar un pastón por las sillas de ruedas, porque la meten directamente en la consulta sin hacer cola.
    -Van a tener que esperar un poquito. Ha surgido una urgencia. -anuncia la enfermera.
    Me quedo turulato. 
    -¿Cuánto es un poquito? -pregunto.
    -Una hora o así.
    -Yo tenía cita a las diez- digo.
    -Y yo.
    -Y yo. -oigo a mis espaldas.
    -Ya, pero ha surgido una urgencia. -repone la enfermera- Puedes volver al mediodía.
    Le enseño el reloj. 
    -Ya es mediodía.
    -Pues ven por la tarde.
   No me molesto en contestar. Salgo por la puerta y me voy pensando en mi amiga Carmen y su lucha titánica en un hospital del seguro privado (aquí). ¿Por qué no me habré ido a la Seguridad Social?
     Por la tarde voy Adeslas en Coruña. Un recepcionista me indica que coja número en cualquier consulta y que espere. No entiendo bien las instrucciones, pero obedezco. Me detengo en una consulta cualquiera porque no conozco a ningún médico y además porque estoy seguro de que todos serán igual de inútiles y soberbios. En la sala de espera hay unas cuatro o cinco personas. Entro. Busco con la mirada algo que me indique el modo en que se establecen los turnos, pero no veo nada. Pregunto en alto, de forma un tanto general, y una señora me indica que tengo que coger número y esperar. Miro a mi alrededor pero no veo la máquina expendedora ni la pantalla por ningún lado. 
    -¿Dónde? -le pregunto a la señora.
    Ella me señala un taquito de hojas rosas prendido con un clavo del marco de la pared. Me acerco y cojo un papelito. Tiene un número ocho escrito a mano. Me quedo un poco desconcertado, pero no digo nada. Poco después se abre la puerta del médico, sale un viejo y se oye un grito desde el interior llamando al siguiente.
     Una chica con su hija recién nacida se levanta y entra en la consulta.
    -Esto es Adeslas. ¿verdad? -le pregunto a la vieja de antes.
    -Sí.
    -¿Y Adeslas sigue siendo medicina privada?
    -Sí. 
    -Pero esto es un papelito cutre.
   -¿Perdón?
  - En la Seguridad Social se coge cita por internet y tienen una pantalla digital en la que los pacientes pueden ver cuántas personas tienen delante. Y también hay una tele para que la gente no se aburra. Es que hasta la charcutería del supermercado tiene una pantalla. 
     La señora me mira con condescendencia.
     -Lo importante es que te atiendan bien. 
   Pobrecita. Es una lerda que no entiende que la eficacia del ritual depende de los pequeños símbolos.
      Espero una media hora y llega mi turno. Entro. Una señora de unos cincuenta años me espera sentada detrás de su escritorio. Me hace un gesto para que me siente. Al inclinarme, vuelvo a toser como un salvaje.
      -Joder, vaya tos. -dice ella.
      Le cuento que estaba fumando un cigarrillo en la ventana y que fue como si me diesen un puñetazo en el pecho. Y que el medicucho de aldea me dio tres tandas de jarabe y antibióticos y que sigo igual. 
      -Soy fumador. -añado. 
      Ella niega con la cabeza. 
      -No. Eso no es de fumar. Habrás cogido una infección.
      Pongo los ojos como platos. 
      -¿Consulta usted todos los viernes por la tarde? 
      -Sí.
      -¿Podría ser usted mi médico de cabecera para siempre?
      -¿Cómo?
     Le repito la pregunta despacito para que la entienda bien. Ella responde que sí, que claro. Luego me hace un gesto para que me siente en la camilla y me descubra. Procede a apoyarme el altavocillo en la espalda y hacerme respirar hondo. No puedo y toso.
       -Y dices que te han dado antibióticos y no te ha servido de nada.
       -Así es.
       -¿Y no has tenido fiebre?
       -Hace más de un mes que no.
       Ella tuerce el gesto. 
       -Es que no lo entiendo. La infección está sólo en las vías altas y sin fiebre no puede ser neumonía. 
      Me hace sacar la lengua, me mira los ojos y me da golpecitos en el pecho. Se apoya en su mesa.
      -No sé lo que tienes. -dice- Esa tos suena fatal, pero no sé qué la provoca.
      Se me descuelga la mandíbula. Un médico, uno de esos todopoderosos miembros de la casta que se reservan el contacto con la Salud, la deidad del siglo XXI, me está reconoce su impotencia. Y además no cree que mi tos sea por fumar.  
     -A ver si está el doctor J. -dice; y se levanta, sale por la puerta y vuelve un par de minutos después con un médico joven, más o menos de mi edad. Intercambian palabras técnicas entre ellos de las que no entiendo nada, por lo que funcionan. Gran parte de la eficacia del ritual reside en el misterio. Los feligreses medievales tampoco sabían latín. El médico joven me pone el altavocillo en la espalda, me da golpecitos y me escucha toser.
     -Parece una alergia. -dice.
     La otra se muestra conforme con el diagnóstico. El médico joven me pide que lo acompañe a su consulta. Nos sentamos y él me hace un montón de preguntas de todo tipo. Cuando empieza a preguntarme por mi estado civil, por mi profesión y cosas así me siento un poco incómodo, porque siento que la cosa se está poniendo un poco íntima y precisamente lo que distingue al ritual de hoy del del siglo XIX es la despersonalización. En el confesionario uno tenía que contar todo tipo de intimidades, pero en la consulta del médico no. Si me hago pajas o si robo cacahuetes en el supermercado no interesa a los chamanes del siglo XXI. Incluso hasta parece molestarles el fervor religioso, y a los que acudimos mucho al ritual nos llaman hipocondríacos y nos tratan con cierta condescendencia. En este sentido las beatas decimonónicas lo tenían más fácil. Pero, volviendo a mi entrevista con el médico joven, afortunadamente pronto deja las preguntas personales y se centra en lo que de verdad importa.
     -¿Enfermedades? -pregunta.
     Esta es mi parte favorita de la confesión. La he hecho tantas veces y tengo tan depurada la técnica, que hasta puedo escoger entre varias opciones. Opto por la gradación ascendente, la que prepara todo para el gran clímax final.
     -Dermatitis; Blefaritis; ciática crónica, tres conmociones cerebrales, dos de ellas con internamiento en la UCI; insomnio; peritonitis; tiroiditis de Hashimoto y cáncer de piel. 
      Él aparta la vista del ordenador y me mira asombrado. Me encanta el momento en que suelto la palabra cáncer, su intensidad dramática, el modo en que consigue que todas las atenciones recaigan sobre ti.
      -Joder. -dice él.
      -Lo sé. 
      Él levanta las cejas. Hay un momento de silencio en el que creo que no sabe qué decir. 
      -Bueno. -dice al fin- Voy a hacerte las pruebas de la alergia.
      Me hace soplar en un bote de plástico hasta que se oye un pitido y me pincha con una lanceta el brazo y en las heridas me pone gotas de unos líquidos que saca de unos
botecitos. 
     -¿Esto tiene que picar? -pregunto.
     -Si te pica ya, malo. 
     -Pues debe ser muy malo, porque me pica muchísimo. 
     Le enseño la parte superior de mi brazo, donde ha aparecido un verdugón como si me hubiese picado un mosquito. 
      -Me temo que eres alérgico a los ácaros del polvo. Pero aún hay que esperar. 
   Salgo y espero en la sala de espera quince minutos. Vuelvo a entrar. Como él había pronosticado, soy muy alérgico al polvo. Tanto que lo que antes parecía una picadura de mosquito, ahora parece de escorpión. 
       -¿Es grave? -pregunto.
       Él niega con la cabeza. Con tratamiento apenas si tendrás síntomas. 
       -¿Se refiere a la tos?
      -A la tos. Y a la blefaritis, la dermatitis y el insomnio. Con frecuencia esos síntomas están asociados a un proceso alérgico. 
        Tengo que agarrarme a los brazos de la silla para no caerme de lado. Resulta que todas mis enfermedades están relacionadas. Es como la música celestial de los pitagóricos. Las notas encajan como se sincroniza el movimiento de los planetas. El universo es una construcción armónica que gira en paz. 
       El médico expide un montón de recetas y me las da junto con las instrucciones para su correcta administración. 
    -Con esto te sentirás mejor. Pero lo más importante es el protocolo de evitación. Mantenerte lo más alejado posible de los ácaros. -dice; e imprime una hoja que me tiende al punto. 
      La recibo temblando por la emoción. 
      -Y eso es todo. 
      Nos levantamos. Le estrecho las manos y le doy muchas veces las gracias. 
      -Es mi trabajo. -dice.
      Lo es. Pero a veces ni el chamán es consciente de su poder. Su pequeña penitencia -las medicinas y el protocolo de evitación- bastarán para reincorporarme a la comunidad de los sanos, de los puros. La sola promesa de esta unión mística con la deidad de la Salud reconforta el corazón y basta para hacerme feliz. Estoy a punto de llorar. 


Ácaro.



        
      
    

domingo, 10 de mayo de 2015

Perspectivas I: Habla Curro







    La novela moderna con frecuencia recurre al perspectivismo. Distintos narradores que cuentan la historia. Es la concreción artística de la nueva sensibilidad postmoderna. El siglo XIX fue el de la revolución científica. El método científico era la filosofía que podía explicar el mundo. Una única filosofía para explicarlo todo. De ahí que la novela decimonónica recurra a un narrador único omnisciente que cuenta la historia. Por el contrario, el siglo XX es el siglo del relativismo. Las nuevas filosofías de Derridá o Foucault sostienen que no existe una realidad absoluta, sino que depende del que la aborde. Todo es subjetivo, sujeto a interpretación. Esto se concreta en novelas que nos ofrecen diversos puntos de vista sobre los acontecimientos narrados. Desde Rayuela hasta Julian Barnes. Sin embargo, la novela contemporánea tiene un problema, y es que los diferentes narradores no dejan de ser figuras ficcionales, entes creados por una única persona, el autor. He pensado que en mis artículos de costumbres podría hacer un experimento y llevar esta construcción de la realidad a través de la suma de perspectivas hasta el final. En esta serie no seré yo el único que cuente las cosas, sino que otros amigos me ayudarán. No soy yo inventando un narrador ficticio. Son otras personas contando pequeñas vivencias que hemos compartido.

*

     Estamos en la terraza de un bar tomando un vino. Somos Ana, L, T y yo. La hija recién nacida de L duerme en su cochecito. Hablamos de cosas intrascendentes. Estamos contentos porque hace buen día y somos amigos y estamos vivos. Son las dos y media de la tarde. L mira su reloj de muñeca y anuncia que se tiene que ir. Ha quedado para comer con su hermana y llega tardísimo. Le decimos adiós con la mano mientras la vemos alejarse por la calle empujando el carrito del bebé. 
    -Ya es hora de comer. ¿A dónde vamos? -pregunta T.
    Ana dice que le apetece ir a un restaurante que mezcla la comida tradicional japonesa y la gallega. Alguien nos ha hablado bien de él y tiene curiosidad. A mí la aventura gastronómica no me entusiasma, pero quiero a mi mujer, así que no digo nada. Sospecho que a T tampoco le apetece mucho, pero no hace objeción alguna. 
    El restaurante está escondido en una callejuela secundaria un tanto alejada del centro. La puerta es pequeña y no deja ver lo que hay dentro, de modo que tenemos que dar un par de vueltas para asegurarnos de que es allí. Abro y entro de primero. El local es bastante pequeño. Hay tres mesas bajas, dos altas y una barra. La cocina está detrás de la barra para que los clientes puedan ver cómo preparan sus platos. El dueño. un treintañero con un flequillo ensortijado que le cae sobre la frente, está preparando sushi. Las tres mesas bajas están llenas con parejas que comen cosas raras y la barra también. 
    -¿Tenéis reserva? -me pregunta el dueño.
    Respondo que no, que sólo queremos picar algo y marcharnos. Él dice "bien", pero entonces tendremos que sentarnos en una mesa alta. Obedecemos. Tardan muchísimo en atendernos, lo que es sorprendente porque el local es pequeño como una mierda y son cinco camareros. Pero van vestidos de negro, todos iguales con ropa de diseño. Al fin aparece un tipo con tatuajes en el cuello y en los brazos. Nos pregunta qué queremos beber. Ana pide una Pepsi, T un vermú y yo un godello. 
     -El godello tiene que ser por botella. -me dice el camarero- ¿Lo quieres igual?
    Sí, claro. Quiero una botella de vino para mí solo. Pero eso sólo para calentar. Cuando saques lo de picar, trae también una botella de aguardiente. Y con los postres una de whiskey o otra de cognac.
     -¿Qué tenéis por copas?
     -Sólo tenemos ribeiro de la casa, pero es una edición exclusiva, embotellada sólo para nosotros...
     -Me vale. -digo.
     Se marcha. Tarda un montón en servirnos. Mientras, observo el local. Por lo que parece, aquí el cliente no decide lo que come. El dueño y la maitre lo hacen por ellos. Una señora de la barra se come un alga y deja su plato de pizarra vacío.
     -¿Cómo estamos? -pregunta el dueño. 
     Ella responde que bien, que ya empieza a estar un poco llena.
     -Entonces -responde el dueño- es el momento de tomar un -aquí dice algo que yo no entiendo; y hace una bolita de arroz que le sirve al punto. Ella, obediente como una niña pequeña, se come lo que le mandan. 
     -La culpa de esto la tiene Amancio Ortega. -comenta T.
     Le pido que se explique.
     -Por su culpa la ciudad se ha llenado de modernillos. 
     Diez minutos después aparece el camarero de los tatuajes. Sirve el vermú, la pepsi y el ribeiro de la casa edición exclusiva. 
     -Queríamos picar algo. -digo. 
     -Sí, ahora viene la maitre. -responde. 
     -¿Y la carta?
     Él menea la cabeza contrariado. ¿Cómo se nos ocurre pedir una carta? Somos unos paletos que no entendemos nada de la fusión de la comida japonesa y la gallega, pero aún así nos deja una. Leemos lo que pone allí, aunque nos podíamos haber ahorrado el esfuerzo, porque no se entiende nada. Ana, que empieza a estar un poco avergonzada por habernos llevado hasta allí, saca una foto a la carta. 
    -Mirad, mirad. -dice T divertido- Esto es xarda con algas. Te cobran ocho euros por lo que yo pesco en el dique y lo que se me engancha en el anzuelo. 
     Me río y pruebo su ribeiro de diseño. Como me imaginaba, es una puta mierda. 
     Echamos un ojo a la carta. Los precios son escandalosos. Como no entendemos nada, optamos por los dos platos más baratos. 
     Llega la maitre. Tiene la mitad del pelo negro y la mitad blanco. No sé cuánto ha pasado entre que el camarero nos dijo que iba a venir y su llegada pero desde luego es mucho.
Tontería que se puede comer en el
restaurante de fusión.
Ella no hace el más mínimo amago de disculparse porque estamos en un restaurante supermegachachi y ya bastante favor nos hace dejándonos entrar. La espera no es más que la fase de preparación para el ejercicio de sumisión total a su voluntad durante la experiencia mística de la comida. 
    -Queríamos picar un par de platos para acompañar el vino. 
    -Sí. -corrobora Ana- Queremos esto y esto. -señala un par de cosas impronunciables en la carta.
    La maitre niega con la cabeza horrorizada. Al hacerlo, su pelo mitad negro, mitad blanco se balancea. De ninguna manera podemos pedir eso. Si queremos comer esas cosas, tenemos que sentarnos en las mesas bajas para comer. 
    -¿Entonces qué podemos picar? -pregunta Ana.
    La maitre nos señala una cosa en la carta con un desprecio supino. 
    -¿Y eso qué es? -pregunta Ana.
    -Churrasco. -repone la otra ya sin mirarnos. 
    -A mí el churrasco no me gusta. -dice Ana. 
    -Entonces nada. -digo yo. 
    La maitre nos deja plantados sin dedicarnos una sola mirada. 
    -¿Si no van a servirnos nada de comer, por qué nos han dicho que podíamos sentarnos y nos han servido la bebida-dice Ana absolutamente indignada.
     -Nos han cogido de pardillos. -digo yo.
    -Esto es la burbuja gastronómica. -dice T- Como hubo una burbuja inmobiliaria, hay una gastronómica. 
    Asiento. Tiene toda la razón del mundo. Jack Goody tiene un ensayo de antropología en el que analiza el modo en que la alimentación y la cocina han sido susceptibles de ser convertidas en símbolos de estatus en las más diversas culturas. Las clases altas han utilizado desde siempre lo que comen como una forma de marcar las diferencias de clase. Esta mierda que mezcla la cocina tradicional japonesa con la gallega es exactamente eso: una colección de personajillos de clase media que están dispuestos a hacer todo tipo de tonterías y a gastarse un montón de pasta sólo para darse tono. 
     -Lo siento. -dice Ana.
     Yo la abrazo. No pasa nada, cariño. Tú no sabías que esto iba a resultar así. A T tampoco le importa. Aunque está tan indignado como nosotros, cree que por lo menos hemos tenido una experiencia. 
     -Y pensar que aquí estaba el ... -no recuerdo el nombre- Te ponían unas tapas de callos cojonudas y en la barra podías leer La Voz de Galicia y El Ideal Gallego.

Foto de la carta
     L y M -un matrimonio amigo- mandan un whatsap preguntando dónde estamos. Quieren unirse a la cuchipanda. Ana les contesta y llegan en un par de minutos. Ana les avisa de que no se pidan nada. L pregunta por qué. Ana le explica todo el lío y L se ríe. Viene el camarero. Hay que joderse. Cuando quieres que te atiendan, este modernillo te tiene esperando veinte minutos, pero cuando quieres marcharte, está ahí a toda hostia.
    -Creo que no vamos a tomarnos nada. -le dice L.
    El camarero se marcha. 
    Acabamos las bebidas a toda leche. Voy a la barra a pagar. Por supuesto, ahora que tengo prisa, me tienen esperando cinco minutos. Estoy a punto de marcharme sin pagar, pero al fin aparece la maitre con su pelo mitad negro, mitad blanco. Me cobra una cantidad desorbitada por una Coca-Cola, un vermú y un ribeiro edición limitada de puta mierda. Me doy la vuelta para marcharme. 
    -Siento lo de la mesa, chicos. -dice el dueño desde la barra. 
    Miro su flequillo ensortijado que le cae sobre la frente. 
    No contesto porque no se lo merece.
    Nos vamos a un bar de la calle de la Barrera. Allí todo destila honestidad. El camarero habla en gallego, pero un gallego de siempre, no ese aprendido por los nacionalistas modernillos en la universidad. Nos sirve tortilla, calamares, pimientos de padrón y un vino godello que puedes comprar en el Gadis y que está muy bueno. 
     Después de comer nos vamos a dar un paseo por el dique de abrigo porque hace una tarde muy agradable para pasear. Desgraciadamente, allí se da un fenómeno muy similar al del restaurante de comida fusión. Antaño, el dique de abrigo era un espacio reservado a gatos y jubilados. Hoy en día está poblado de modernillos vestidos de deportistas de élite. Algunos corren y otros van en bici, pero la mayoría practica una nueva forma de snobismo que recibe el nombre de Power Walking. Este deporte tan sofisticado consiste exactamente en caminar a buen ritmo y es absolutamente imprescindible vestir mallas, zapatillas Nike ultraligeras y accesorios para el mp3 y el botellín de bebida isotónica, porque, si no, es caminar como hicieron los jubilados toda la puta vida. 
     Nos vamos a casa a las ocho. A las diez juega el Deportivo por la tele. El inútil de Lopo marca un gol en el último minuto que puede suponer la salvación.

El dique de abrigo. Antaño un lugar donde pasear honestamente. Hoy en día una pasarela de vanidades.