martes, 19 de julio de 2016

Una pregunta incómoda



    Supongo que a vosotras no os pasará porque aún sois muy jóvenes. Pero a mí hay veces que hay un detalle que me trae a la memoria un suceso de mi pasado. No sé si lo habéis leído, pero es un poco lo que le sucede a Proust con la magdalena en En busca del tiempo perdido. Estoy, por ejemplo, en la cola del supermercado. Frente a mí está la pobre cajera pasando la compra con la mirada perdida y la desgana propia de las actividades repetidas una y otra vez. Por la puerta, en el sentido inverso al que estoy orientado, entra una chica de unos veinte años. No es guapa, ni padece obesidad mórbida, ni lleva un salchichón colgado de la oreja así que no me fijo en ella. Es una persona más en el espacio neutro del supermercado, donde me he cruzado con otros veinte desconocidos a los que no he prestado la más mínima atención. Hasta que pasa por mi lado. Sus pasos mueven el aire y con ese movimiento me llega hasta la nariz su aroma.
Alguien pagando en el súper.
No soy yo, pero podría serlo.
El perfume me transporta a mis quince años y a aquella novia a la que no quería mucho y que usaba la misma colonia. Como a Proust, no es solo que el perfume me la recuerde, sino que mueve algo en mi interior que me hace sentir exactamente igual que aquella vez que yo estaba con ella fumando un pitillo sentados en el paseo marítimo de Coruña. Pago y me voy a casa cargado con la compra. Por el camino esa sensación de haber viajado en el tiempo se va desvaneciendo y, poco a poco, se abre paso otra, la de que aquel adolescente que se hacía el chulito es un extraño para mí. Recuerdo perfectamente haber hecho y dicho todo aquello, pero cómo es posible que fuese yo. Hasta ese momento creía que me conocía a mí mismo, pero cómo voy a hacerlo si ni siquiera me reconozco en mi pasado. Entonces surge esa pregunta incómoda y que me llevó a la antropología: ¿Quién soy yo?

   Esta incómoda pregunta no solo me acecha en el supermercado. Hace tiempo escribí lo siguiente:

    Paso dos horas al día en un tren de cercanías. Una hora a la ida y otra a la vuelta. Los fines de semana descanso del tren, pero a cambio conduzco unos 30 minutos por alguna carretera de circunvalación hasta un centro comercial donde compro que necesitaré a lo largo de la semana. En vacaciones, antes de que la crisis financiera global liquidase la capacidad adquisitiva de los ciudadanos españoles, acostumbraba a tomar un vuelo con destino a algún país extranjero. Allí alquilaba durante un par de semanas una
Habitación de hotel.
habitación de un hotel de esas cadenas multinacionales frías y funcionales, pero asequibles a las clases medias de los que por aquel entonces aún se creían erróneamente los pujantes estados mediterráneos. Ahora, tras la pérdida de un 30% de mi poder adquisitivo anual, me contento con veinte días en casa de mis suegros en la Costa Blanca. Para este sucedáneo de vacaciones, debo coger el coche y atravesar la Península en un interminable viaje de doce horas.

    Por si esto no fuese suficiente, mi vida está plagada de imprevistas, pero inexcusables, visitas puntuales a una sucursal bancaria, a un hospital, una oficina de la administración pública o cualquiera de estos espacios de la modernidad, cuyo sentido Marc Augé recogió en la impactante paradoja "no lugar". Trenes, estaciones, autopistas, aeropuertos, hoteles, estaciones de servicio, supermercados, hospitales, centros comerciales. Todos espacios públicos asépticos, funcionales e impersonales, concebidos para una estancia tan limitada que no son más que lugares de tránsito. Espacios del anonimato. Nadie me conoce. Nadie se fija en mí. Sólo soy un viajero, un cliente, un paciente o un usuario. Dependientas que me despachan sin más que una breve mirada, que no se detiene en mi cara, sino en mis manos, instrumentos que teclearán el código pin de mi tarjeta de crédito para que continúe el flujo infinito del capitalismo financiero.

Centro comercial.

    En ningún otro espacio es más cierta la metáfora de Erving Goffmann de la "desatención cortés". Actuar como si la persona que tenemos apenas a diez centímetros no existiese. Fingir que no nos fijamos en ella, que ni siquiera la vemos, incluso si ésta se ha pintado el pelo de verde, se ha puesto un piercing en la boca o lleva un tatuaje en el cuello, adornos todos ellos concebidos fundamentalmente para fijar la atención. Desatención cortés para escenificar la aniquilación del individuo porque precisamente la preservación del anonimato es lo que se espera de nosotros en los no lugares.
    Imaginemos por un momento que estamos en la sala de espera de la consulta de un médico. Allí está conmigo
Gente que se esfuerza en hacer ver que los
demás no existen.
cualquiera de vosotros, mirando distraídamente por la ventana, no porque te interese el paisaje -has visto cientos de veces esa mierda de calle secundaria-, sino porque evitas cruzar la mirada conmigo porque sientes que hay algo hostil en los desconocidos que se miran a los ojos. Llevas un rato allí sentado, actuando como si yo no existiese, cuando entra una mujer joven, exuberante, de esas que uno sueña con llevarse a la cama. Trae un vestido ajustado, que, más que insinuar, evidencia un cuerpo turgente con el que no te atreves ni a soñar. La mujer se sienta a mi lado, justo enfrente de ti. Cruza las piernas dejando al descubierto un muslo increíblemente sugerente y coge de la mesa de centro una revista de tendencias que hojea distraída. Te gustaría mirarla, sobre todo ese escote al que no has dedicado más que una mirada fugaz porque sabes que resultaría violento que te sorprendiese haciéndolo. Pero no lo haces. Ni tú ni yo lo hacemos, aunque lo deseamos, porque a todos nos gusta mirar mujeres bonitas. Siempre es agradable la contemplación de la belleza, como un cuadro de Velázquez o la aurora boreal. Pero, como ya he dicho, no lo hacemos. Sacrificamos nuestra natural inclinación hacia las formas bellas en el altar de la desatención cortés, el único comportamiento aceptable en los no lugares.
    La despersonalización en los espacios del anonimato llega incluso al punto de que nuestra interacción, más que con personas, es con textos - Madrid 25 km, kilo de fresas dos euros, sala de espera-, la mayoría de las veces coercitivos, órdenes directas que explicitan como se espera que te comportes: prohibido fumar, no conducir a más de 120 km/h, respete el silencio, para coger la fruta use los guantes.

Texto coercitivo.

    Pongamos otro ejemplo. Es martes por la mañana. Has pedido un par de horas libres en el trabajo porque tienes que arreglar unos papeles relativos a la vivienda que has comprado hace tres años. Estás en las dependencias de la administración pública, un edificio de nueve plantas donde trabajan cerca de 200 personas. Apenas has cruzado la puerta cuando ves a dos agentes de seguridad privada con sus uniformes marrones y las enseñas amarillas de Prosegur en los hombros. Uno de ellos se asegura de que los recién llegados pasen por un detector de metales y el otro mira distraído una pantalla de televisión en blanco y negro en la que se ve el contenido de los bolsos, carteras y demás objetos personales que los visitantes dejan en una cinta transportadora. Dejas tu cartera y tus llaves en
una bandejita y atraviesas el detector de metales. Has dejado atrás a aquellos agentes de control, pero no por ello escapas al rígido sistema normativo que domina cualquier no lugar. Hay normas para la limpieza de las dependencias, normas para la conservación del mobiliario, normas que afectan a la vestimenta, a la imagen, a la higiene personal y a la relación y los modos de trato entre las personas que se cruzan en los no lugares, normas para las tareas que desempeña cada uno y para el acceso a los espacios y el tiempo que se te permite estar en ellos. Nunca has reflexionado sobre ellas, pero las conoces y por eso pasas por detrás de los mostradores que ocupan los funcionarios de atención directa al público, sino que te detienes ante un enorme cartel en el que se señala la localización de las diferentes secciones. Buscas la de vivienda y suelo y el cartel te indica que debes subir a la tercera planta. Giras hacia la derecha y avanzas por un pasillo camino del ascensor, sometiéndote a las normas sin ser consciente de la formalidad, la asepsia y la indiferencia de estas orientaciones siempre generales e impersonales. El ascensor tarda un poco en llegar. Cuando lo haces, subes a él con otras tres personas. Cada uno presiona el botón del piso al que desea dirigirse y todos mantenéis la mirada fija en el suelo o en el vacío, evitando cualquier mirada que pusiese en entredicho la desatención cortés.

   Tu parada es la primera de todas. Suena un pitido y se abre lentamente la puerta. Das un paso al frente y dejas atrás a aquellas personas que han compartido tu viaje aunque sólo fuese durante unos segundos y a las que has dedicado tantos esfuerzos por hacer ver que no te interesaban. Ya estás en el tercer piso. Otra vez sin darte cuenta has dejado que algo de tu individualidad volara. Este edificio de la administración pública es una enorme unidad de clasificación en la que se manipula el espacio con la intención expresa de reducir la diversidad y homogeneizar los asuntos y a los individuos que se presentan. Los sujetos que tienen que solucionar alguna cuestión relativa a la educación han de dirigirse a la primera planta, aquellos que tienen que ver con el medio agrario han de hacerlo a la segunda, vivienda y suelo es la tercera y así hasta la séptima donde algunos funcionarios gestionan lo referente a la sanidad. Has pasado el primer proceso homogeneizador, pero las metáforas clasificatorias espaciales no se detienen en la línea vertical. Ante ti tienes un cartel muy similar al de la planta baja que distribuye a las personas y a sus asuntos hacia derecha e izquierda. 

Otro ejemplo de metáfora de clasificación espacial.
   Atraviesas pasillos y puertas siguiendo las indicaciones de los carteles hasta que consigues dar con el compartimento en el que se atienden cuestiones como la tuya. Aquí hay un mostrador con una mampara de cristal tras la cual hay tres personas introduciendo datos en los ordenadores. Te apoyas en el mostrador, pero nadie parece fijarse en ti. Carraspeas. Una mujer levanta la mirada de la pantalla y se acerca a ti con paso perezoso. El intercambio es rápido. Tú requieres una información y ella te la da y tu problema se soluciona apenas rellenando un formulario. Te sientes aliviado y hasta casi alegre, porque este problema te había estado agobiando durante las últimas dos semanas. Sin embargo, no expresas tus sentimientos más allá de un gracias frío y cortés dirigido a la funcionaria, porque ambos sabéis que las normas de la interacción en un no lugar como este se rigen por la profesionalidad y las convenciones .

   Todo esto de los no lugares no nos importaría si fuésemos budistas, hinduistas o miembros de cualquier culto que practica la aniquilación del individuo. Pero no. Somos europeos capitalistas, hijos de esa civilización que se dio en llamar occidente del bienestar. Capitalismo de mercado, una suerte de organización cultural que valora el individuo ante todo. Nos sentimos desazonados ante esta hiperexposición a los espacios de la soledad y el anonimato. Por eso colocamos la foto de nuestra familia en el escritorio de la oficina en un intento desesperado de reivindicar que esa mesa fría e impersonal es nuestra y no de cualquier otro; nuestro coche, que ha salido de la fábrica exactamente igual que los otros 20000 del mismo modelo, se convierte en una proyección de nuestras personalidades cuando lo decoramos con una cinta colgada del espejo retrovisor o una pegatina reivindicativa de alguna ciudad en la que hemos veraneado; tratamos por su nombre de pila a la cajera del supermercado y al director de la sucursal bancaria como si entre nosotros hubiese algo más que una relación comercial basada en el contrato; y, en definitiva, nos esforzamos en levantar la pata y marcar territorio con la única intención de repersonalizar estos no lugares y afirmar nuestra identidad. 

Ejemplos de levantar la para para marcar:


    Al mismo tiempo, sentimos la necesidad de volver al barrio, a casa, a esos espacios donde la gente nos conoce y somos alguien. Nos gusta bajar a la calle y saludar a la gente por su nombre y que, a su vez, ellos también nos saluden. Necesitamos entrar en el bar y pedir "lo de siempre" porque el camarero conoce nuestros gustos, que son nuestros, propios y personales, no un molde estándar en el que encajar a cientos de miles de personas.

    Eso que escribí no era una idea original. Son los no lugares de Marc Augé y puede encontrarse referencias a este concepto en cualquier libro de antropología medianamente moderno. Lo que yo me preguntaba era quién soy yo. ¿Cuál es esa identidad que me esfuerzo en no perder en los no lugares? ¿Quién es Curro? ¿Quién es Vera? ¿Quién es Marta? ¿Y Sabela? ¿Y Shela? ¿Y Eva?


    Para tratar de responder a todo esto le dedicaremos dos horas semanales y esta pequeña colección de ensayos que espero que nos den los instrumentos necesarios para poder conocernos un poco mejor.

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