martes, 25 de octubre de 2016

Entusiasmo y cuervo-maniquí.

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      Seguimos con las anécdotas que describen la subcultura adolescente.  

    4) Entusiasmo y cuervo-maniquí.




    Todas las culturas segmentan el tiempo de la vida en categorías -lo que conocemos como edades- y a estas categorías se les atribuyen unos derechos y unas prohibiciones. Aquí, en occidente, niño y adulto son dos categorías distintas. El niño tiene derecho a que sus progenitores lo alimenten y le den cobijo. Si sus padres no lo hacen, el resto de la comunidad se indigna, les quitamos la custodia y a lo mejor los metemos en la cárcel. Pero el niño también tiene restricciones. Por poner otro ejemplo, el niño no puede ir a un supermercado, comprarse una botella de whisky y bebérsela mientras ve una película porno en la tele por cable. Y si un adulto en una sala de espera se pone a llorar y berrear con toda la fuerza de sus pulmones, seguro que las personas que están a su alrededor no lo mirarán con comprensión, ni permitirán que enchufe la boca a la teta de la señora que vino con él.


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     Un adolescente ya no es un niño. Se abren en su horizonte las infinitas posibilidades de la futura vida adulta. Todo es nuevo para él y está ilusionado ante lo que puede llegar a ser. 

    Ya era Agosto. Los gallegos somos gente melancólica, hijos de la bruma y las lluvias perpetuas. Por eso aquella semana fue como si se hubiesen abierto las puertas del Averno. No sé si fue cosa del cambio climático o de la casualidad, pero el caso es que durante una semana aquí, en Moaña, superamos los cuarenta grados. Hacía un calor húmedo espantoso que se te pegaba al cuerpo y no te dejaba respirar. Paralelamente, empezó la temporada de incendios. Podría decir muchas cosas de la política de la Xunta de Feijoo a este respecto, pero aquí estamos para hablar de subcultura adolescente y no de política. El caso es que Galicia, un año más, ardía por los cuatro costados. Al sur de Moaña se quemaba Mondariz, al norte Vilagarcía de Arousa y al este Soutomaior. Todo en una superficie menor a los cincuenta kilómetros de radio. Y si no se quemaba nada al oeste era porque Cangas ya había ardido un poco antes y después ya solo queda el mar. El cielo estaba de color naranja y en el aire flotaban pequeñas partículas de ceniza. Y nosotros a lo nuestro, como si alguien no hubiese puesto un ventilador gigante en la puerta del infierno. Nosotros como si nada. Grabando tranquilamente borrachos de entusiasmo adolescente.  
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    Ana y yo recogemos a Y a las cuatro, luego a A y a A y nos vamos a casa de Rosa. Rosa es la profe de inglés, que es guay y que las maquilla. Entramos en el jardín. Rosa viene hacia nosotros agitando furiosamente un abanico delante de su cara. Trae ropa floja y de vez en cuando se seca el sudor de la frente con un pañuelo de papel. 

    -Dios mío, qué calor hace. -dice. 

    Yo digo que sí y ella pregunta si vamos a grabar con ese calor. Respondo que es lo que hay. 

    -Pero a estas niñas les va a dar algo. -dice Rosa, que es muy maternal.

    -No pasa nada. -dice Y.

    -Pues si no pasa nada, yo os maquillo, pero no sé yo si... -Rosa deja la frase a la mitad. 

    Nos sentamos alrededor de una mesa de piedra que hay en el jardín. Rosa se pone manos a la obra. 

    La operación no es nada fácil porque hace mucho calor y las chicas sudan. Rosa se afana con toda su buena voluntad, pero no hay manera de que el maquillaje fije. Las cremas y los polvos se mezclan con el sudor y la grasa de la cara formando pegotes pegajosos. Rosa trata de evitarlo usando pañuelos de papel superabsorbente, pero lo único que consigue es cubrir la mesa de bolas de papel higiénico mojado y sucio. Al fin, Rosa echa mano de toda su pericia y consigue que algo se quede pegado. Le damos las gracias y nos vamos. 

     Tenemos que ir a la casa abandonada de la abuela de A. Nuestra película se ambienta en un escenario postapocalíptico, así que pocas cosas más adecuadas que una vieja casa de campo abandonada. Mientras conduzco con el aire acondicionado a tope, miro a las chicas por el espejo retrovisor. La buena de Rosa ha hecho lo que ha podido, pero las caras parecen caretas. Más que dos mujeres enfermas por culpa de la radiación, son dos niñas que corrieron la maratón y después metieron la cara en un saco de serrín. Pero no pasa nada, somos adolescentes y estamos ilusionados. 

      El primer plano que hay que grabar es el de las chicas llegando a la casa abandonada. Tienen que atravesar un campito con espigas secas y abrir la puerta desvencijada. Montamos la cámara y el equipo de sonido. La secuencia no requiere de grandes dotes actorales. Solo tienen que caminar y abrir una puerta, pero hay que hacerlo a cuarenta y un grados, bajo un sol de justicia y vestidas con botas, pantalones de pana, sudadera y parca de pescador. A buenas horas yo, con mis treinta y nueve años y un cáncer de piel a las espaldas, me iba pasar una hora al sol vestido como un esquimal. Y, sin embargo, ellas lo hacen sin rechistar y hasta me parece que hay momentos en los que se lo pasan bien.

    La casa de la abuela de A está en el quinto carallo. Pero hasta en el quinto carallo hay gente rara e inquietante. Al lado de la casa abandonada, hay otra, pero habitada. Y allí, pegada a la ventana, una vieja vestida de negro nos observa. No dice nada, no se mueve, no se inmuta. Solo nos observa con cara de mala leche. Todo el tiempo. 


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    -Oye, A. ¿Quién es esa vieja? -le pregunto. 

    -Es una prima de mi abuela o algo así. Creo que no está bien. 

     No hace falta que lo jure. La hora que pasamos en el campito de espigas secas no se aparta de la ventana ni varía un ápice esa expresión de mala leche. 

    -A, ¿estás segura de que la prima de tu abuela está viva? -le pregunto. Ella me mira sin entender. -No sé. A lo mejor la han puesto ahí para espantar a la gente. Como un espantapájaros, pero de gente. 

    A dice que estoy chiflado. 

    -No. Si el chiflado ahora voy a ser yo, y no el maniquí ese que han colocado en la ventana. 


      Terminamos el plano de la entrada y pasamos a dentro. La casa de la abuela de A es una casa abandonada de verdad. Hay cascotes en el suelo, moho en las paredes, muebles destrozados y un cuadro de mala calidad de un Cristo penitente. El techo del salón se ha hundido y al entrar unas palomas echan a volar y nos asustan.

     -Lo que nos faltaba después de la chalada de la ventana. Esto parece una película de terror. -digo.

     -En las películas de terror no hace calor. -apunta A. 

    No veo por qué no. 

     Las chicas se comportan como unas auténticas campeonas. Se sobreponen al calor, a las chinches, la lagartija que sube por la pared y a las ratas que pulularán por ahí. No tienen reparos en tocar todo lo que se les manda, en sentarse donde toca, aunque a mí me pique todo el cuerpo solo con verlo.  

    A mitad de rodaje, hay un problema con la batería y tengo que ir al coche. Aprovechamos el receso para que Y se quite el chubasquero de pescador y se recupere del mareo que le ha dado. Fuera, paso por delante de la chiflada de la ventana, que sigue imperturbable. Pienso en tirar una chinita al cristal para ver si es de cera, pero no lo hago por que la verdad es que acojona. En su lugar, le digo hola humildemente. Por supuesto, ni se inmuta. Cojo lo que tengo que coger en el coche y vuelvo a la casa abandonada tratando de no cruzar la mirada con esos ojos de cuervo. 


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      Y ya se ha recuperado de su vahído y acabamos de grabar. Mientras las chicas se mudan de ropa dentro del coche, intercambian watsaps con los amiguitos. Flirtean, es sano y está bien. 

     -¿Podéis dejarnos en la playa del Con? -pregunta Y.

     Después de por lo que acaba de pasar, como si tengo que llevarla de rodillas hasta Venezuela. 

     Se acaban de cambiar y las dejamos en la playa con sus amiguitos. Se dan dos besos para saludarse, sonríen, hacen chistes sin gracia y ellas les enseñan sus móviles con fotos de lo que han hecho por la tarde. Han sudado un montón y no huelen.

sábado, 15 de octubre de 2016

Anexo: relaciones entre humanos y animales.

     

    Este post es el resultado de una serie de reflexiones que surgieron en clase. No fue una clase preparada, sino que los pensamientos fueron saliendo a partir del diálogo. El punto de partida fue la indignación de mis alumnos con la tauromaquia. No recuerdo muy bien cómo llegamos allí, pero el caso es que este fue el punto de partida. Todos decían cosas en contra de los toros y yo pregunte a quién le gustaban. Ninguno levantó la mano. Yo sí.-Lo cierto es que me gustaban más antes, cuando no convivía con animales, ahora me dan un poco de pena, pero de lo que se trataba era de generar un poco de polémica para que hubiese debate-. Todos me miraron como si hubiese dicho que me gustaba el sexo con niños.

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    -¿Cómo puede gustarte un tío mareando y torturando un animal?-Dijo I, el de Domaio, muy indignado.

    -Si lo descontextualizas y observas desde la distancia, cualquier actividad humana resulta ridícula.-Repuse.

    I me miró sin comprender.

    -A ti te gusta Star Wars ¿verdad?- Le dije. I asintió.- Pues si lo ves desde la distancia, de Star Wars son unos señores fingiendo ser unas personas que no son, riendo, llorando y peleándose cuando en realidad no les pasa nada. Así mirado, Star Wars es, como diría mi casera, parvadas. Toda actividad humana tiene un importantísimo componente simbólico. Dotamos a las acciones de un simbolismo añadido que es lo que les da sentido. Interpretado de forma estrictamente literal, nada tiene sentido.- Me volví hacia la audiencia.-¿Queréis que os explique el simbolismo de la tauromaquia?.


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Jabba el Hutt. Lo que mi casera calificaría de parvada.
    Todos dijeron que si -oír mi voz de fondo siempre es mejor que que te manden hacer ejercicios-. Entonces les expliqué que desde el origen de los tiempos el ser humano ha tenido que luchar con la naturaleza para dominarla. Ese rollo de la casa de campo, el locus amoenus al que retirarnos a vivir tranquilamente es un mito de sociedades industriales que ya hemos sometido la naturaleza. El 99% de los 5 millones de años de historia de la humanidad los hemos pasado asustados, temiendo una tormenta, un golpe de viento, el frío o el calor que amenazaban nuestras vidas. El más mínimo pestañeo de la naturaleza ponía en peligro nuestras vidas de moradores de las cavernas. Además, había que luchar sin descanso con la naturaleza para obligarla a darnos algo con lo que sustentarnos. El resultado es que los seres humanos compartimos un arquetipo -en el sentido junguiano del término- de la naturaleza amenazante. Como todos los símbolos, es ambivalente, y existe su versión antagónica, que es el locus amoenus del que hablamos anteriormente. El toro, en tanto que animal salvaje, es el símbolo de esta naturaleza amenazante.

    Paralelamente, la oscuridad es algo que nos da miedo. Estar desprovistos del sentido de la vista nos hace vulnerables y eso lo saben muy bien los niños, que necesitan al menos la penumbra para poder dormir. De ahí que el color del toro sea normalmente negro.

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Miedo a la oscuridad

    A este poder de las tinieblas se enfrenta el torero, que es el símbolo del hombre. No en vano, su traje se llama de luces porque el sol se refleja en esa especie de lentejuelas que lleva y multiplica sus destellos. 

    Así, la tauromaquia es el símbolo de la epopeya de la evolución humana después de cinco millones de años de lucha contra la Naturaleza. 

     Mis alumnos me miraron con curiosidad. 

    -Muy bien. -dijeron- Eso está muy bien. Pero los toros siguen sin gustarnos. 

     Yo no dije nada e hice lo que nunca debe hacer un profesor: les oculté información. No les dije que, como todo, los rituales simbólicos están sujetos al cambio y la evolución. Las luchas de gladiadores también eran rituales simbólicos, o los sacrificios humanos, y los hemos abandonado porque nos parecía salvaje que culminasen con la muerte de seres humanos. El rito puede   prescindir de la sangre y funcionar exactamente igual. El fútbol es un ejemplo de ello. 

     De los toros pasamos a la relación con los animales en general. Alguno dijo que prefería matar a una persona antes que a su perro, pero yo supongo que lo decía para hacerse el chulito y llamar un poco la atención porque, a fin de cuentas, no dejan de ser adolescentes. El caso es que de este diálogo salió una teoría acerca de las relaciones entre los animales y los hombres. 

     Las culturas son sistemas de clasificación. Ordenamos el caos de afuera y en función de ese orden orientamos nuestro comportamiento. En la Naturaleza el ser humano cultural se encuentra que hay seres vivos como él. Dependiendo de cómo clasifiquemos/comprendamos a estos seres vivos, las personas tenemos una relación u otra con ellos.

    En occidente percibimos al ser humano por un lado y, por otro, separados, al resto de los animales. El ser humano se percibe fuera y por encima. El relato para justificar esta posición ha variado en función de los cambios culturales: por ejemplo, en la sociedad teológica medieval se sostenía que los seres humanos teníamos alma, mientras que los animales no; en la moderna sociedad científica se sostiene que los seres humanos estamos más evolucionados porque poseemos la capacidad de razonar (la razón es una suerte de alma de la sociedad científica). Separarnos de los animales, percibirlos desde fuera, nos sitúa en una posición moral que nos permite disponer de ellos. Podemos convertirlos en animales de compañía, matarlos para comer o matarlos en espectáculos. Pero no podemos hacer cualquiera de estas cosas con cualquier animal. Matar una cucaracha sí. Exterminar una plaga de hormigas también. Pero apalear un perro no. Esto es debido a que, al situarnos por encima, nos erigimos en una atalaya que nos convierte en jueces del destino de los animales en función de nuestro vínculo emocional con ellos. Si el animal está vinculado emocionalmente con nosotros, nos disgusta su muerte o incluso su maltrato. Los perros y los gatos, por ejemplo, han sido convertidos en animales de compañía y, por tanto, hemos creado vínculos emocionales con ellos. No me refiero al vínculo emocional de un individuo concreto con su mascota, sino a un vínculo social. De ahí las incontables asociaciones protectoras de animales.

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De hecho, exterminar cucarachas se considera salud pública.

    La línea dónde colocamos los animales es un continuo. En el extremo de máximo vínculo están las mascotas. En el extremo opuesto están los insectos. Que yo sepa no existen protectoras de las cucarachas y nadie ve mal que haya empresas especializadas en su exterminio.

    Más cercanos que los insectos son los peces. No nos repugnan, pero tampoco nos importa lo más mínimo matarlos, aunque sea por puro entretenimiento. Yo, que fui pescador deportivo, recuerdo como los peces salían del agua colgados de un hierro que les desgarraba las entrañas. La gente, cuando picaban, se arremolinaba a mi alrededor y nadie nunca jamás me reprendió por provocarles una muerte tan cruel solo por pasar el tiempo.

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Esto es el destino de los peces en la pesca deportiva.

    Aún mayores en nuestros vínculos con pollos, cerdos y vacas. Entendemos que deben morir para alimentarnos, pero nos gusta pensar que tienen una muerte digna, que el matarife los seda en el matadero y que no sufren -aunque eso no siempre sea cierto-.

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Lo que no nos gusta ver.

    El debate de la tauromaquia es dónde situamos a los toros. ¿Establecemos o no vínculos emocionales con ellos? No existe un solo argumento más allá de este vínculo para denostar la tauromaquia y no tener reparo alguno en usar insecticidas.

    La percepción del hombre como algo distinto, opuesto a los demás animales, lo convierte en la medida de todos ellos. Y es esta percepción sobre la que también se sustenta el machismo o el racismo. Hasta el Concilio de Trento las mujeres no tenían alma. Los varones las percibíamos como algo distinto, inferior a nosotros y de ahí su situación de sometimiento. Controlamos su cuerpo como controlamos el de los animales y, si no las sacrificábamos, era porque creamos vínculos emocionales con ellas. El racismo es exactamente lo mismo. Se considera a las otras razas como algo distinto, ajeno e inferior. De hecho, es frecuente encontrarse con expresiones racistas como infrahombres.

    Por si esta forma de percibir la vida en el mundo no fuese lo suficientemente perversa, el vínculo emocional es muy frágil y aleatorio. Si lo que nos une a las mujeres y a los negros, judíos, etcétera no es pertenecer a la misma categoría, es fácil someterlos y mandarlos en vagones a mataderos sin pestañear como hicieron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

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Esta gente iba al campo de concentración como los animales al matadero.

    Con esto no quiero poner a todo el mundo a comer lechuga. Entre otras cosas porque la lechuga también es un ser vivo. La ingesta de carne animal jugó un papel fundamental en el salto evolutivo de la especie humana y difícilmente podríamos subsistir sin ella. Yo como carne, antes me gustaban los toros y disfruto paseando con mi perro. Solo estoy poniendo de relieve la forma en que percibimos al resto de los seres vivos y cómo esta percepción orienta nuestra relación con ellos.

    Por supuesto, esta percepción es cultural. A nosotros nos parece natural porque es la nuestra, pero no lo es. Los budistas, por ejemplo, no entienden al hombre como algo opuesto al resto de los seres vivos y, por tanto, juez y medida de todos ellos. El budismo sitúa al hombre en el mismo continuo que los demás seres de la creación, de ahí que no maten ni a una mosca. No sé si es mejor o peor. Sólo es una cosmovisión distinta.