Mostrando entradas con la etiqueta qprogym. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta qprogym. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de septiembre de 2023

EL PECADO Y LA CULPA



    Es Viernes. Estoy cenando. Estoy comiendo como un auténtico animal. Entrecot de vaca de seiscientos gramos y una botella de vino de Rioja. La carne cruda, bien jugosita, con un montón de grasa infiltrada. La botella de vino va bajando a buen ritmo. Termino. Me como un heladito y me pongo una copita de whisky para hacer la digestión. Miro la tele con Ana y hasta me pongo otra copita para amenizar la peli. No me siento mal haciéndolo porque al día siguiente iré al gimnasio.  En cierto sentido, QproGym es como el pecado católico: deja espacio para la confesión y la penitencia. Uno puede hincharse de grasa a tope, pecar sin remordimientos porque sabes que lo vas a expiar sudando el la biciestática. Esta parte del catolicismo está bastante guay. Te confiesas, haces penitencia y el contador se vuelve a poner a cero. Mucho mejor que el protestantismo, que te deja solo con Dios, o con tu remordimientos y la culpa, que es lo mismo.

Al día siguiente voy a QproGym. Tengo un poquito de resaca. Me subo en la bicicleta estática y pedaleo perezosamente. Poco a poco empiezo a sudar, y con el sudor se van las purinas, el colesterol y las grasas procesadas. Cada pedaleada es un pasito hacia mi redención. Es increíble cómo ayuda esta sensación de hacer lo correcto a pasar el mal trago del esfuerzo físico. Termino y me pongo a estirar. La rutina de hoy es sencilla: 45 minutos de ejercicio cardiovascular repartido en tres tandas, y, entremedias, algo de movilidad y core. Hago bird dog en la misma colchoneta en la que estaba estirando. El bird dog es un ejercicio que consiste en ponerse a cuatro patas y estirar alternativamente pierna y brazos contrarios. 

Bird dog.


-¡Esa cadera! -oigo gritar a Juan. 

Levanto la cabeza para poder ver si se está dirigiendo a mí. La postura es bastante ridícula, a cuatro patas, con la pierna izquierda estirada, el brazo derecho señalando hacia delante y la cabeza alzada. Parezco un pointer mostrando la pieza. Efectivamente, Juan está hablando conmigo Viene corriendo. Me coge con ambas manos de la cadera para evitar que pendulee al hacer el ejercicio. Lo cierto es que así cuesta mucho más, pero sienta bien que te hagan un poquito de caso, sobre todo si es el dueño del gimnasio, que aquí es la autoridad suprema. 

Termino el bird dog y Juan y yo nos ponemos a charlar. Él me pregunta qué tal estoy y yo le cuento que, en general, la vida me va bien, aunque hoy tengo un poco de resaca. A Juan no le extraña, porque hemos hablado en varias ocasiones de mis hábitos alimenticios. No le gustan nada, pero yo sostengo que sufrir un poco un sábado por la mañana es suficente para expiar mis pecados de la noche anterior. Por su parte, Juan me dice que conoció una vez a una persona que venía al gimnasio solo para poder comerse luego enormes tartas de chocolate. Está convencido de que comemos y bebemos para llenar un vacío interior. Según él, comportamientos adictivos y destructivos son el resultado de cierto desequilibrio emocional. Le aseguro que no es mi caso. Yo lleno mi desquilibrio emocional con neuras de todo tipo, pero desde luego comer no es una de ellas. Como y bebo porque me gusta. Me hace feliz tener cosas sabrosas en la boca. Es genial. Da gustito. Una señora se acerca con la hoja de su rutina mensual en la mano. Juan se despide de mí para ayudarla.

La felicidad.


Termino mis ejercicios de movilidad y core y me subo en la bici. Ya he dicho que me gusta mucho más la bici que las pesas porque desde ella puedo pensar y observar mejor a la gente. El comportamiento saludable es algo que tenemos tan interiorizado que las más de las veces ni siquiera nos preguntamos qué nos lleva a actuar o sentir de esa manera. Hasta yo mismo la noche anterior me fui a la cama sin ningún remordimiento porque al día siguiente iba a ir al gimnasio. Por qué creerá Juan que comer y beber mucho son un síntoma de que hay que no funciona bien en mi cabeza y por qué alguien debería sentirse mal haciéndolo.

Supongo que el lector conocerá la archiconocida cita de Nietzsche de que Dios ha muerto. La cita, como todo Nietzsche, es muy rimbombante, pero algo de razón tenía, si con ella quería decir que vivimos el fin de la vieja sociedad teocrática en la que cualquier fenómeno se explicaba en función de una relación causal con una divinidad un tanto difusa, motor y agente de todas las cosas. En la Edad Media, si, por poner un ejemplo, una epidemia de peste asolaba un pueblo, la explicación que se hacía evidente a cualquiera era que se trataba de una maldición divina. Y se reaccionba en consecuencia. Para superar la peste, se rezaba, se hacían procesiones y probablemente se acusase a alguien de brujería y se la quemase en la hoguera. Hoy en día, si una epidemia se ceba con una población, como pasó con el coronavirus, a nadie se le pasa por la cabeza que sea un castigo divino. Médicos y científicos estudian la cuestión, emiten un veredicto y se toman las medidas sanitarias correspondientes. La ciencia ha ocupado el lugar de la religión.  Una de las consecuencias inmediatas de vivir en una sociedad así es la obsesión por la salud. La ciencia ha permitido que las personas vivan más tiempo y físicamente mejor. Ha contribuido a alejar un poquito de nosotros la enfermedad -o al menos no nos hace tan vulnerables-. Es por eso que la salud impregna todos y cada uno de los aspectos de nuestra sociedad: vamos gimnasios para mantener nuestros cuerpos sanos; hacemos dietas lacerantes para alejar de nosotros el temido colesterol y el ácido úrico; los supermercados, donde es imposible encontrar un producto que no sea rico en Omega 3, bifidus, vitamina A o cualquier otro elemento que ayuda a ser más saludables, se parecen cada día más a las farmacias; etc... Paralelamente, la salud se convierte en un patrón moral. La muerte de la religión dejó un vacío en este punto. En la antigua sociedad teocrática había un patrón de conducta muy claro; se sabía con seguridad lo que estaba bien y lo que estaba mal, que más o menos estaba recogido en los Diez Mandamientos. Muerto Dios, todo el sistema moral se descompone. Pero toda cultura necesita un código de conducta. Sin él, la sociedad es imposible. Así la moral de la salud ocupó el espacio de la moral religiosa y lo sano se identifica con el bien y lo insano con el mal. 

En el gimnasio hay una relación muy similar a la del pecado y la culpa: sentirte mal cuando te comportas en contra del sistema de valores establecido. Porque, qué es el pecado sino ir en contra del sistema de valores imperante. Foucault dijo que la ciencia no creó marcos conceptuales nuevos, sino que se limitó a llenar lo que ya existían. Ahí estaban el pecado y la culpa para ser explotados por la nueva ideología de la salud. Atiborrarnos de grasa no nos hace sentir mal por la sanción social. Realmente, salvo los que hayan compartido mesa con nosotros, nadie sabe lo que hemos comido o lo que hemos dejado de comer. Es típico del cristianismo la autovigilancia y el autocastigo. El cristianismo con su idea del arrepentimiento sincero, te convierte en un juez y verdugo permanente de ti mismo. Pero el catolicismo también nos dio la redención, la penitencia y el perdón. Y esta es exactamente la forma en la que nos comportamos en el gimnasio. Llevamos a cabo toda una serie de técnicas corporales indicadas para la purificación. Allí expulsamos todo lo que es nocivo/negativo, todo lo que nuestros sistema de valores considera negativo: la grasa, las toxinas, todo lo que nos aleja de la salud, como la confesión y la penitencia nos ayudaban a limpiar nuestra alma de pecado.

En la zona de las espalderas veo a Marta, la madre de una alumna mía con la que tengo mucho trato. Me bajo de la bici y me voy hacia ella directamente. Ni siquiera la saludo. La asalto con la misma pregunta que le había hecho un par de semanas antes. 

-Oye, Marta, ¿por qué vienes al gimnasio? 

Ella se queda un tanto sorprendida. Abre mucho los ojos y se encoge de hombros. 

-No sé... 

Me veo en la obligación de explicarme un poco. Tampoco es plan que esta señora tan agradable se piense que el profesor de su hija es un demente. 

-Es que estoy estoy escribiendo un ensayo de antropología sobre el gimnasio y estoy dándole vueltas a una cosa.

Las excentricidades, si pasan por ser académicas, siempre se toleran mejor. Ella sonríe tranquilizada.

-No sé. Para quemar toda esta grasilla que sobra.  

Lo que yo decía: viene a purificarse, a excretar, a eliminar, a limpiarse de todo pecado.

    Vuelvo a la bicicleta estática y pedaleo como si no hubiese un final. Sudo mucho y me siento asqueroso, pero al mismo tiempo me regodeo en mi suciedad. Soy como un cerdo chapoteando en el barro. Sudar como un gorrino es la confesión pública de mis pecados para purificarme. La vergüenza, sentirse caer a lo más bajo para redimirse. Es la muerte y la resurrección, como el bautismo, la confesión y la comunión. 

    En el gimnasio hay una relación muy similar al del pecado. La sociedad religiosa desapareció, pero dejó una serie de marcos conceptuales. La metáfora ya estaba, hubo que llenarla de contenido. En este sentido, el gimnasio es como una penitencia. Incluso las palabras/metáforas que utilizamos son las mismas. Hablamos de purificar, limpiar. Gran parte de por qué nos sentimos bien cuando vamos al gimnasio es porque nos sentimos limpios de pecado. Como la confesión católica, el gimnasio higieniza, purifica. 

CUERPOS BELLOS 3º PARTE



    Escribir este post me resulta muy difícil, porque me voy a meter en terreno pantanoso. Antes de hacerlo tengo que dejar muy claro que el canon de belleza totalizador afecta por igual a hombres y mujeres y que ambos nos comportamos exactamente igual ante él: forzamos nuestros cuerpos hasta doblegarlos para que se adecúen a este canon.

Estoy en la máquina multipolea. Estoy haciendo un ejercicio de glúteos que consiste en echar el culo hacia atrás y luego hacia delante. El movimiento es bastante similar al que hacemos los hombres durante el coito. Por si hacer esto en público no fuese lo suficientemente incómodo, a un metro de mí hay una chica joven. No sé qué músculos está trabajando, pero lo que sí que sé es que, para hacerlo, tiene que agacharse y echar el  hacia trasero atrás. Y lleva un pantalón de ciclista muy corto. Cada vez que ella baja, sus nalgas quedan a medio metro de mi cara. Juro que no quiero mirarla, así que hago mi ejercicio con el cuello girado noventa grados sobre el hombro. La posición es incomodísima y acabo con un dolor cervical horrible, pero lo último que pretendo es que una chica joven se sienta intimidada por las miradas de un viejo verde. 

    Cuando acabo con este ejercicio, me dejo caer en las colchonetas. A mi lado un joven muy musculado hace abdominales. Lleva una camiseta de asas muy abierta que le deja al aire los pezones. Tampoco quiero mirarle, pero no puedo hacer mis ejercicios otra vez con el cuello retorcido. Esto está a punto de provocar una situación Larry David, así que me marcho. 

    Doy unas vueltas por el gimnasio buscando algún lugar en el que no intimidar con mi mirada a los jóvenes bellos, pero vaya donde vaya es imposible no encontrarse con partes del cuerpo exhibidas. 

Esta no era la chica, pero el atuendo era más o menos así.

Él llevaba una cosa más o menos así.


    Como dije al comienzo del post, me siento un poco violento hablando de esto, porque hay que medir mucho las palabras para que no se me malinterprete. Pero como antropológo no podía dejar de preguntarme qué pasaba allí, que todo el mundo lucía carne. Las entrevistas fueron complicadas, sobre todo con las chicas, porque podría parecer un acosador, así que solo se las hice a mujeres a las que conocía y a las que dejé muy clara la finalidad de mis preguntas.

    La respuesta fue unánime: todos dijeron que se vestían así para ir cómodos. 

    El confort forma parte del hedonismo de nuestra sociedad -ya hablaremos de esto-, pero a mí la respuesta no me convencía del todo. Como dice James Scott, siempre hay un discurso público y un discurso oculto. La gente dice públicamente lo que se ajusta a los valores sociales dominantes, pero otra cosa es lo que realmente piensen. A mí eso de estar cómodo me parecía un poco raro. Yo me he puesto alguna vez pantalones de ciclista y la verdad es que no me parecen muy cómodos, o por lo menos no más que un pantalón de atletismo. Y desde luego no es nada cómodo utilizar las máquinas con tanta carne al aire. Durante el esfuerzo la piel entra en contacto con el polipiel y el plastiquillo e inevitablemente eso nos hace sudar. No sé a ellos, pero a mí no me parece nada cómodo ni higiénico frotar mi sudor en una máquina que dos minutos antes ha usado otra persona, por mucho que en QproGym nos obliguen a limpiar las máquinas después de usarlas. 

    Por fin llegó María. Como es guay y está acostumbrada a mis paridas, puedo preguntarle todo a fuego. De entrada ella me contesta lo mismo que los demás: usan esa ropa para ir cómodos. 

    -Ya, verás... es que... bueno... tú no llevas esa ropa. -digo señalando su camiseta XXL de algodón.

    Ella se mira la camiseta.

    -Es que yo que creo que hay algo más que comodidad -sugiero-. ¿No será que les quieren gustar?

    Pensé que me iba a dar una hostia. 

    -Pero tú... -dice.

    Agito las manos en el aire para tranquilizarla. Para un señor que ha pasado los 45, hablar con las nuevas generaciones es como una gimkana lingüística. 

    -No... no... Verás... Es que en el siglo XXI hemos perdido todos los asideros de nuestra identidad. En las sociedades tradicionales, Dios le daba sentido a nuestras vidas. Sabíamos cuál era ese sentido y, por lo tanto, cómo comportarnos. Además, las comunidades eran muy pequeñas, de tal manera que se conocía todo el mundo. Tú serías María, la zapatera de Moaña, hija de zapateros, que conoce a todos los del pueblo desde que eras niña. Pero hoy en día ya no creemos en Dios, el sentido de la vida es la felicidad, pero eso es como no decir nada. ¿Cómo ser felices? Vaya gilipollez. Si ni siquiera es algo que podamos alcanzar. Además, vivimos en comunidades muy grandes, donde nadie nos conoce. Ni la familia puede ser el refugio de nuestra identidad. Tú ya no vives en la misma ciudad que tus padres y yo apenas si veo a mi hermana. Esto hace que estemos existencialmente inseguros, y por eso necesitamos la validación de los demás. Podemos hacerlo sintiéndonos deseados por los demás, admirados como actores, escritores o qué se yo, incluso siendo temidos como empresarios superpoderosos. 

Esto es un error de bulto en el trabajo de campo. Jamás se pueden inducir las respuestas, pero el tema es tan escabroso que tampoco había podido preguntar con libertad a mis otros informantes y desde luego no quiero que María se enfade conmigo. 

    -Además, no son solo las chicas. Los chicos también lo hacen.

    Le señalo con un discreto gesto de cabeza el joven musculado que enseña pezón. María se toma unos instantes para pensar. 

    -Puede ser -dice al fin-. Ya que vienes al gim, está bien lucirlo un poco. 

    Es una buena respuesta, pero totalmente inducida por mí y, por muy resbaladizo que sea el tema, no puedo ser tan chapucero con las entrevistas.

    -Pues tú no lo haces -objeto.

    Ella dice que no va a lucir sus lorzas. 

    Yo no creo que tenga lorzas, pero ese es otro tema.

    -¿En serio que te da vergüenza lucir tu cuerpo aquí?

    Insisto en que no tiene lorzas por ningún lado. Incluso yo me atrevería a calificarla como delgada. 

    -Joder Curro, es que el canon está aquí. 

    La frase es brutal y se explica por sí sola. María es una genia. 

    Hablamos un poco más. De chorradas, nada en concreto. Pero, mientras lo hacemos, me fijo en un detalle: muchas de personas que llevan ropa diseñada para los cuerpos perfectos, no tienen “cuerpos canónicos”, como diría María. 

    A continuación pongo un ejemplo ficticio. Como dije, es un tema complicado y no quiero que nadie se ofenda. Este caso concreto no existe, pero podría ser representativo de los cuerpos no canónicos embutidos en ropa minúscula que se veían por allí:

    Una chica que tiene los ojos muy bonitos. Sin embargo tiene el culo gordo. Lo lógico hubiese sido ponerse ropa un poco floja abajo. Pero no lo hace. Lleva un pantalón de ciclista de algodón y un top de las dimensiones de un sujetador. El pantalón de ciclista exagera sus caderas anchas y marca celulitis. El top empuja las chichas hacia abajo lo que provoca pliegues en la zona abdominal.

    -Fíjate en esa chica -le digo a María-. Si en lugar de ponerse esas prendas mínusculas y ajustadas se hubiese puesto algo un poquito ancho, le miraríamos la cara y pensaríamos que es una chica muy guapa. De esta otra forma, pensamos que es una gordita que viene al gimnasio a adelgazar. 

    -Cierto -reconoce ella. 

    A partir de aquí la conversación es real.

    Entonces no me puedo contener y suelto mi rollo pedante de siempre.

    -En lugar de manipular los objetos para sacarse partido, aprende técnicas corporales que fuerzan su cuerpo para entrar en prendas que han sido diseñadas para un canon en el que no encaja. Una mirada a la Naturaleza basta para darse cuenta de que hay muchas formas de belleza, sin embargo nuestra Cultura ha impuesto un único canon totalizador.

    -Ya te lo dije -insiste ella-. El canon está aquí. 

    Tiene toda la puta razón del mundo, y no ha tenido que ir a la universidad para estudiar antropología. 

jueves, 31 de agosto de 2023

CUERPOS BELLOS (2ªPARTE)



     Estaba haciendo de vigía en los exámenes de selectividad. Es algo que suelo hacer casi todos los años. Te apuntas a una lista y luego te llaman para que vayas a vigilar a los alumnos que hacen esos exámenes. Son tres días bastante cansados, pero te pagan y siempre viene bien algo de dinerillo antes de las vacaciones de verano. Como dije, estaba vigilando a los alumnos de no sé qué instituto de Vigo. Mientras vigilas, no hay mucho que hacer. Ni puedes leeer, ni puedes hablar con los examinandos. Además, también te dicen que observes, pero que no seas intimidatorio, con lo que tampoco puedes mirar mucho a los chicos. Así las cosas, hay mucho tiempo para pensar. Ya era el último día. Llegó la profesora que hacía de enlace con los exámenes de filosofía. Los repartí y me senté en la mesa del profesor. Dado que no podía mirar mucho a los chicos y tampoco podía leer, cogí el examen y le eché un ojo. No parecía muy difícil. Preguntaban algo de Kant y, curiosamente, la dualidad cuerpo/alma en Descartes. No hacía mucho que le había estado dando vueltas a la cabeza a la razón del modelo de cuerpo que buscaban los usuarios de Qpro Gym. 

    - Esto era inconcebible antes de Descartes –pensé; y me puse a tomar algunas notas para matar el aburrimiento.



    Me llama muchísimo la atención que los usuarios de QproGym aprendan y realicen técnicas corporales para ser guapos. Esto implica un acto volitivo, una voluntad y una creencia en que la belleza se puede conseguir. No es algo heredado, que se tiene o no se tiene, sino que se puede conseguir. 

    Le Breton sostiene la idea de que nuestra concepción del cuerpo es el resultado del individualismo que domina nuestra sociedad. En otras culturas y en otras épocas el cuerpo era la esencia del ser humano y estaba fusionado o formaba parte de la naturaleza como un todo. Por el contrario, nosotros percibimos nuestro cuerpo como un objeto ajeno a nuestra existencia, que sería nuestra alma o nuestra mente, y que funciona a modo de frontera o límite frente a la naturaleza que nos rodea (1).

    Le Breton señala varios hitos en el camino hacia el individualismo que provoca esta concepción dual del alma y del cuerpo:

1) Maquiavelo y el interés individual antes que nada, aunque sea en detrimento de la sociedad.

2) la figura del artista moderno que, a diferencia de las concepciones clásicas, es un individuo, una persona distinta e identificable con respecto al resto de la sociedad.

3) hasta el siglo XV se observa una tendencia a no retratar a las personas salvo que hubiese una intención religiosa. A partir del siglo XV asistimos al auge del retrato individual.

4) el comerciante es el prototipo del individualismo moderno. Es el hombre cuyas aspiraciones van más allá de los marcos establecidos, cosmopolita, que convierte el interés personal en el móvil de las acciones, aún en detrimento del bien general.

5) el surgimiento del pensamiento mecanicista/racionalista en el siglo XVII con Galileo y otros filósofos, científicos, etcétera. El pensamiento se vuelve frío, racional, y pone al hombre en relación de superioridad con respecto a la naturaleza, a la que hay que dominar por medio de la fría razón. El conocimiento debe ser útil, racional, desprovisto de sentimiento y tiene que producir eficacia social.

6) Lo mismo sucede con el racionalismo cartesiano. Sólo se puede entender el mundo por medio de las matemáticas. Descartes se define como: "yo soy un ser que piensa", de modo que deja al cuerpo al margen de la esencia humana.

    Y así llegamos hasta la actual época del saber biomédico, en la que entendemos el cuerpo como un elemento extraño sobre el que podemos actuar desde fuera.

    A partir de los años 60 hay un cambio que revaloriza el cuerpo: jogging, deporte, culturismo, etcétera. Pero sigue habiendo dualismo cuerpo/alma. En los dos platillos de la balanza están el cuerpo despreciado y destituido por la tecnociencia y el cuerpo mimado de la sociedad de consumo. El cuerpo ahora es un objeto que se moldea al gusto. El imaginario contemporáneo subordina el cuerpo a la voluntad. Ahora el cuerpo es un alter ego, un objeto que hay que conquistar, una máquina que se debe trabajar. Es el objeto de todos los cuidados, atenciones e inversiones. Hay que mantener el capital salud. Hay que luchar contra el tiempo que deja huellas en el cuerpo. Hay que domesticar al cuerpo reticente para convertirlo en un compañero de ruta agradable. El narcisismo de hoy en día ya no es abandonarse a la holgazanería, sino trabajo y esfuerzo para el cuerpo. El paradigma de la maquina del cuerpo está cristalizado en Rambo, Schwazenager, Charles Bronson, etcétera, que son máquinas de guerra, mezcla de músculo y acero.

lunes, 14 de agosto de 2023

LA OBJETIVACIÓN DEL TIEMPO (Otra versión de racionalización).



Creo que hasta aquel día no fui consciente de la manera en que la invención del reloj cambió la vida de los seres humanos. Había leído sobre ello, en concreto un ensayo de Norbert Elias (1) muy interesante sobre el tema , pero no había tomado conciencia real de hasta qué punto determinan nuestra forma de percibir el mundo y de comportarnos. 

    Era un Sábado por la mañana. El día anterior había estado festejando algo y, como suele pasar cuando se festeja, la mañana siguiente fue resacosa. No era una de esas resacas terribles, en las que te duele mucho la cabeza, tienes náuseas y apenas si puedes levantarte de la cama. Los excesos no habían sido tantos. Ya no tenía edad para eso. Era más bien una resaca madura, de las que tenemos los cuarentones. Había dormido mal, estaba cansado y me dolía ligeramente la cabeza. Aparte de eso, no puedo decir que la cosa fuera a mayores. Bebí medio litro de leche y miré melancólicamente por la ventana. Llovía con suavidad. 

    ¿Qué carallo voy a hacer durante todo el día? –pensé.

    Dar un paseo bajo la lluvia quedaba descartado. El cine o la lectura solo empeorarían el dolor de cabeza. La radio los fines de semana me aburría. Así las cosas, el gimnasio era la única opción. Además, sudando probablemente expulsaría las toxinas que me provocaban aquel malestar general. 

    El ritual de entrada fue el de siempre, solo que esta vez lo hice un poquito más despacio. Pasé el carnet por el torno, me puse la ropa deportiva en el vestuario y me subí a la bicicleta estática. No debía ser yo el único al que la suave lluvia plomiza había estropeado el plan del Sábado por la mañana, porque el gimnasio estaba más concurrido de lo normal. 

    Apenas si había empezado a pedalear, cuando me di cuenta de que algo no funcionaba. El estómago se me revolvía y el dolor de cabeza de ligero pasó a moderado. Con cada latido de mi corazón notaba cómo me palpitaban las venas de las sienes. Pero no paré. Seguí pedaleando a 31 rpm como hacía siempre. 

    -Seguro que con el sudor se va la resaca –me decía. 

    A mi alrededor, personas de todas las edades hacían ejercicio como si nada. Unos remaban, otros corrían en la cinta y algunos se ejercitaban en las bicis elípticas. Todos más o menos sudados, pero ninguno evidenciaba un calvario similar al mío. Me ardían las piernas y boqueaba desesperado tratando de coger aire. No sé cómo el corazón no se me salió por la boca. Literalmente. Entre bocanada y bocanada miré el cuadro de mandos. Tuve que parpadear un par de veces para dejar de verlo borroso. El cronómetro marcaba siete minutos. Volví a parpadear, esta vez haciendo fuerza, como para alejar de mí la alucinación que acababa de tener. No había sido una alucinación. Siete minutos. El maldito crono seguía marcando SIETE MINUTOS. Quise morirme. Siete minutos que me habían parecido siete años. La gente que me rodeaba seguía a su rollo como si nada. Los odié con toda mi alma. 

    Cualquiera que haya experimentado una situación similar compartirá conmigo que no es lo mismo el tiempo objetivo que el tiempo subjetivo. Una hora con los colegas entre cañas y risas no se parece en absoluto a una hora en clase de biología con aquella profesora asquerosa que confundía enseñar con imponer disciplina por medio del terror. A principios del siglo pasado Bergson distinguía entre el tiempo y la duración (2). Según Bergson, el tiempo objetivo, el del reloj, es fruto de nuestro intelecto. Nuestra mente “traduce” el tiempo en espacio físico, que divide en espacios iguales –lo que tarda en ir la aguja del reloj de un punto a otro-. Un segundo es igual a otro segundo, sean las condiciones las que sean. En esto se opone al tiempo subjetivo, el de nuestra conciencia, donde todo es un devenir continuo y nada es igual a lo anterior. 

    Conseguí llegar hasta los 45 minutos que siempre hacía los días que me tocaba cardio. Me bajé de la bici dando tumbos y me desplomé en un banco. Por primera vez me fijé en algo que debía haberme llamado la atención hacía mucho tiempo, pero que, a fuerza de costumbre, había pasado por alto. Qpro Gym estaba lleno de relojes por todos lados. Cada máquina de ejercicio cardiovascular tenía su propio cronómetro en el cuadro de mandos; frente a ellas, entre las ventanas, había otro reloj de agujas; en la zona de musculación había un reloj rectangular que también hacía las funciones de cronómetro; en las muñecas de los usuarios había relojes de pulsera y aquellos que no lo llevaban consultaban el tiempo regularmente en sus teléfonos móviles. En una sala de unos cien metros cuadrados habría, por lo menos, treinta relojes. 



    En el devenir cada acontecimiento es diferente a todos los demás. El tiempo fluye sin dejar que un instante sea igual a otro. Nunca nada se repite de la misma manera. Así las cosas, el fluir del tiempo es lo más cercano al caos que conoce la conciencia humana. Pero los seres humanos necesitamos orientarnos en el mundo para poder vivir en él. Ninguna puesta de sol, por poner un ejemplo, es igual a otra. Sin embargo, establecemos similitudes entre ellas para inventar el intervalo que hay entre una y otra y al que llamamos día. En este sentido, el tiempo objetivo es expresión del intento de los hombres por determinar posiciones, duraciones de intervalos o ritmos en las transformaciones en este devenir para ordenar nuestras vidas. 

    En los primeros pasos de Humanidad la determinación del tiempo era pasiva. Los primeros homínidos comían cuando tenían hambre y dormían cuando tenían sueño. Este estadio primitivo empezó a cambiar con la agricultura. Esta depende de las estaciones, las cosechas, los ciclos lunares, etc… y los hombres neolíticos hicieron depender al tiempo objetivo de ellas. De acuerdo con Norbert Elias, ya no hacían las cosas cuando se las pedía su cuerpo, pero todavía no tenían una idea del tiempo en abstracto. Lo que les preocupaba eran sus problemas inmediatos (3). En los estadios primitivos de la humanidad, cuando querían situar los hechos, tenían que recurrir a procesos naturales como la puesta y la salida del sol, las estaciones o los ciclos lunares. En realidad, como todo lo que es sucesivo, estos procesos naturales son únicos e irrepetibles. No es la misma puesta de sol de hoy que la de ayer ni que la de mañana, pero, como nuestros antepasados vieron una pauta de repetición, se sirvieron de la similitud entre esos procesos para orientarse.



    El tiempo abstracto no aparece hasta el siglo XVIII con la invención del reloj, que pronto se extiende a toda la población. Gracias a ellos, los seres humanos utilizamos los procesos simbólicos recurrentes en sus esferas. Paralelamente se unifican los calendarios entre los diferentes países. Giddens habla de "vaciado temporal" en el sentido de que la medición del tiempo se convierte en algo abstracto, sin contenido (4).

    Esta idea del tiempo como algo abstracto fue lo que me dejó flipado aquella mañana de resaca en Qpro Gym. El tiempo objetivo no existe por sí mismo. Solo es el resultado de un pacto entre los miembros de la Humanidad. Podíamos haberlo hecho de mil maneras distintas, pero lo hicimos como lo hicimos y, a partir de entonces, el tiempo objetivo pasó a dominar nuestras vidas. Sentado en aquel banco de musculación, yo flipaba porque todos los que estábamos allí estábamos adecuando nuestras actividades a una institución simbólica, independientemente del modo en que cada uno la experimentase. Allí cada uno tenía su planning de entrenamiento basado en periodos de tiempo figurados y todos nos plegábamos a ellos. Me pareció alucinante cómo la Humanidad se doblegaba a una construcción simbólica creada por ella misma. ¿Aunque no es esto en realidad la Cultura? Personas regulando sus actividades de acuerdo con conceptos simbólicos. Y esto podía extenderse a cualquier actividad humana. Las horas de trabajo, de sueño, de ocio, los momentos en los que uno puede ir a una tienda, tomar una copa en un bar, citarse con un médico o una chica… Todo está sometido a la tiranía del tiempo objetivo. 

    Norbert Elias pone en relación la autocoacción con el proceso de civilización en general. Para Elias, la civilización no es más que la coerción de los instintos por medio de la cultura. A medida que la civilización avanza, la autodisciplina es mayor, hasta el punto de que nuestra sociedad hiperindustrializada parece estar absolutamente controlada por procesos simbólicos (5). 

    Y allí estaba yo, en Qpro Gym, pensando estas tonterías mientras luchaba agónicamente por terminar mi rutina de entrenamiento. La hice. Mis cuarenta y cinco minutos de bicicleta estática y mis ejercicios de pesas y abdominales. Juan, el monitor simpático, estaría orgulloso de mí y me diría que me había superado a mí mismo y a mi pereza. Pero no es así. En realidad fue la institución del tiempo objetivo la que venció a mi propia experiencia del mundo. 


NOTAS:

1. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

2. BERGSON, H. (1999). Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Salamanca: Ediciones sígueme S.A.

3. Cfr. NORBERT, E. (2010). Sobre el tiempo. México, FCE.

4. Cfr.GIDDENS, A. (1995): Modernidad e Identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea. Barcelona, ediciones Península/ Ideas.

5. NORBERT, E. (2016). El proceso de civilización, Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Ciudad de México, FCE. 


viernes, 11 de agosto de 2023

PRACTICIDAD

No recuerdo ya qué día era. Sólo sé que llevaba la tira de tiempo pedaleando en la biciestática y estaba hasta las pelotas. Me dolían las piernas, la espalda y estaba muy sudado y olía mal. 

-¿Pero qué cojones hago yo aquí? -me preguntaba una y otra vez. 

Y sin embargo no me bajé de la bici. Seguí dale que te pego y hasta hice además mi rutina de fuerza. Luego me duché y me fui a casa. 

No soy yo, pero esta era más o menos mi actitud.



Ya en casa, mientras hacía la cena, me pregunté por qué no me marché. Hacía una buena tarde y, habida cuenta de que estaba sufriendo como un perro en el gimnasio, lo lógico hubiese sido mandarlo todo a la mierda, darme un paseíto por el paseo marítimo y luego tomar una caña tranquilamente en una terraza. Pero no. Seguí sufriendo. Entonces me pregunté por qué. Por qué lo hice, si no me apetecía un pimiento estar allí. 

Lo que debería estar haciendo.


La respuesta ya la di en el segundo post de esta página: yo estaba allí por salud. La médica me había dicho que ya no era un niño y tenía que empezar a cuidarme. 

Pero ese era yo. ¿Y los demás? 

Durante varios días estuve molestando a todos mis conocidos del gimnasio preguntándoles por qué iban al gimnasio. Recojo algunas de las respuestas:

a) G, una señora de mi edad, amable, simpática y bastante discreta: 

-Por salud -dijo. 

Como yo. Aún así, insistí un poco y al final acabó diciendo:

-Siempre nos sobra algo de aquí y de allá. Nunca nos vemos bien. 

b) Esteban. Veinte años por aquel entonces. Antiguo alumno. Simpático y buen chaval. Recuerdo perfectamente nuestra entrevista. Estábamos en una de esas máquinas de musculación. Él estaba haciendo remo; yo haraganeando. Normalmente hablamos de series o de cómics, pero esta vez le espeté: 

-¿Tú para qué vienes al gimnasio?

Esteban se rio.

-¿Cómo que para qué vengo al gimnasio?

Supongo que pensaría que soy idiota y tampoco es plan que un antiguo alumno piense que eres un idiota, así que decidí explicarme. 

-Es que yo me aburro aquí. He pensado en escribir mis chorradas de antropología sobre el gimnasio y así por lo menos estoy entretenido. Le he pedido permiso a Juan -el dueño- y me ha dado permiso. De hecho Juan y yo ya hemos charlado un montón sobre esto. 

Esteban siguió riéndose, pero con menos convicción. Yo había sacado el palo de fuego: Juan me había dado la bendición. En general todo el mundo en gimnasio respeta bastante a Juan, así que mis chorradas, si las avalaba él, a lo mejor no eran tan chorradas. 

-¿Por qué vienes aquí? -insistí. 

Esteban siguió riéndose, pero esta vez no de mí, sino porque no sabía que contestar y yo creo que se sentía un poco ridículo. 

-Yo qué sé. 

Seguí dándole el coñazo. 

-Venga, a veces las verdades más difíciles son las que tenemos más cerca. 

Teniendo en cuenta que, en su momento, como nota de Lengua Castellana le había puesto un uno sobre diez, Esteban debería haberme mandado a la mierda. Pero no. Se paró y pensó un poco. 

-No sé. Para verme bien. 

-¿Para verte bien? ¿Qué es eso de verte bien?

-Joder, qué pesado. Pues así, mazadito. 

-Ajá. ¿Mazadito es musculado?

-Sí, no sé. 

-¿Entonces verte bien es verte musculado? ¿Por eso vienes al gimnasio?

Risas nerviosas. 

-Sí. Y también bien… así… quemas la mierda. 

-Vaya. ¿Con la mierda te refieres a las toxinas y eso?

-Sí. 

-¿Entonces también vienes por salud, porque quieres estar sano?

-Sí. Claro. 

-Muchas gracias, Esteban. 

-Estás jodido. 

c) A, también antiguo alumno. Este no se cortó un pelo.

-Para estar cachas -me espetó. 

d) P. Este no me lo dijo directamente, pero me enteré que su objetivo era tener “tableta de chocolate”.

e) A, alumno actual: 

-Para ser fuerte, tío. Fuerte. Fuerte -al tiempo que respondía levantaba el brazo derecho para enseñarme el bíceps. 

A mí este chaval me cae fenomenal. Literalmente me meo de risa con él en clase, donde es bastante frecuente que se pase la hora mirándose los músculos de los brazos. 

f) X, una señora jubilada:

-Ay, filliño. Yo ya soy muy vieja y algo tengo que hacer. Si me quedo en casa en el sofá, en un mes no me puedo levantar. 

g) Un colega de mi edad, más o menos:

-Yo vengo aquí a relajarme. Todos los problemas y las miserias del trabajo se van cuando vengo aquí.

e) En esta línea de búsqueda de endorfinas también va un jubilado simpático al que veo machacarse dos horas todas las mañanas:

-Como todo el mundo, yo he pasado momentos muy duros en vida. Y el deporte siempre me ha ayudado. 

Realicé muchas más entrevistas, pero las respuestas fueron todas en esta línea: la gente iba al gimnasio por salud, por estética, para ser fuertes o en busca de bienestar emocional. Más adelante hablaremos de por qué estas cosas en concreto. Lo que me llamó la atención en aquel momento es que todo el mundo va al gimnasio porque espera obtener algo a cambio. Nadie me contestó: 

-Porque me gusta. Porque sudar en la bicicleta y levantar pesos está guay.

          Foucault define de diversas maneras la episteme, aunque más o menos todas vienen a decir lo mismo: 

    La "episteme" en la filosofía de Foucault se refiere al conocimiento profundo e inconsciente que moldea cómo una sociedad percibe, organiza y crea la realidad. Es una estructura fundamental que determina el lenguaje, los valores y las técnicas de una cultura en una época específica. Estas estructuras son contingentes y cambian históricamente, reemplazándose entre sí en cortes, no en un progreso lineal.



Simplificando mucho, la episteme es la forma en la que piensa una sociedad. Es lo que las personas que componen esa sociedad creen que es la realidad. Son conceptos y valores que les parecen de sentido común, evidentes, más allá de toda duda. Estas formas de pensar cambian con el tiempo. Así por ejemplo, en sociedades religiosas de nuestro pasado les parecía evidente que Dios existía y eso determinaba el modo en que se comportaban. Detrás de sus actos estaba siempre, de alguna forma u otra, una motivación religiosa. Que una acción contribuyese a acabar en el cielo o en el infierno era importante. Hoy en día la mayoría de la gente no piense así. 

(Si queréis saber más sobre el concepto de episteme pinchad aquí). 

Dado que la episteme determina nuestro comportamiento, mi obstinación en seguir sufriendo en el gimnasio pese a la tentadora tarde de sol y la refrescante caña en una terraza a orillas de mar tenía que estar determinada por la episteme de nuestro tiempo. 

Vivimos en una sociedad capitalista y eso ha de determinar nuestra episteme. Richard Sennett en El artesano dice que la relación que establecemos los seres humanos de las sociedades capitalistas con las actividades que hacemos es siempre práctica. No hacemos las cosas por el placer de hacerlas, sino porque esperamos obtener algo a cambio. Así por ejemplo, nosotros no estudiamos por el placer del conocimiento, sino porque esperamos obtener un empleo bien remunerado en un futuro. En este sentido, me resulta muy curioso que el beneficio que esperamos obtener no es inmediato, sino que generalmente está diferido en el tiempo. Actuamos a cambio de la promesa de lo que puede ser en el futuro. La lógica de Qpro Gym es la misma que la de la empresa capitalista: el capitalista invierte su tiempo, dinero, esfuerzo y trabajo a cambio de una remuneración posterior, del mismo modo que los usuarios del Qpro Gym invierten tiempo, dinero, esfuerzo y trabajo a cambio de salud, estética, fuerza y bienestar emocional. 

Ya sé que la idea de este post puede parecer una tontería. Nadie hace las cosas porque sí. Pero, como le dije a Esteban, las verdades más evidentes son las más difíciles de ver. Nos parece de sentido común sacar un rendimiento de nuestras acciones, pero eso no es un universal cultural en absoluto. Es el capitalismo el que nos ha enseñado a pensar en función de costes y beneficios. La episteme capitalista opera a nivel inconsciente y por eso ni nos planteamos que pueda ser de otra manera. Pensad, por ejemplo, en el sistema operativo Linux. Miles de personas anónimas colaboraron desinteresadamente para desarrollar un sistema operativo. Y lo han compartido con la Humanidad gratis, sin esperar siquiera agradecimiento.  

lunes, 7 de agosto de 2023

RACIONALIZACIÓN

 


    Fue un Sábado. La noche anterior me había pasado un poquito con el vino. Me dolía la cabeza y tenía ese desagradable revoltijo estomacal propio de la resaca. Tampoco había dormido bien, así que estaba cansado. Lo lógico hubiese sido quedarse en casa o dar un paseíto tranquilo por la orilla del mar, pero pensé que sudar me ayudaría a combatir la resaca. Hice la mochila y fui a QproGym. Me subí a la bicicleta estática. Empecé a pedalear perezosamente. Con cada latido del corazón las sienes palpitaban y me dolía más la cabeza. Seguí con más fuerza. Debía alcanzar un nivel de esfuerzo que abriese los poros de mi piel para liberar las toxinas en forma de sudor y así quedar por fin libre del malestar de la resaca. Aumenté otra vez la cadencia del pedaleo. Empecé a jadear. Los primeros signos de sudor aparecieron en los sobacos y la parte baja de la espalda. Una gota cayó resbalando por el pelo delante de la oreja. Iba por el buen camino. Pero la cosa no estaba siendo fácil. La cabeza me seguía doliendo y las piernas me ardían como si estuviese levantando cien kilos. Sea como sea, no debía decaer. Le di más caña. Jadeé, sudé y, sobre todo, sufrí. Mucho. Sufrí un montón. Mi entrega fue total. Era increíble lo mal que me sentía y lo duro que estaba trabajando. Hasta que miré el reloj. Fue como si me hubiesen tirado una mierda a la cara. Siete minutos. Siete putos minutos. Había estado a punto de morir de un infarto para siete putos minutos. Pero no me amilané. Seguí dándolo todo hasta hacer mis 45 minutos de cardio sin parar. Fue algo épico, porque el tiempo pareció estirarse, casi hasta detenerse. 45 miserables minutos convertidos en una eternidad. Observé a los otros usuarios del gimnasio con odio. Seguro que a aquellos asquerosos el tiempo se les pasaba mucho más rápido que a mí. Acabé mi sesión de bici y me desplomé en las colchonetas. Tenía la camiseta empapada y me quería morir.


No soy yo, pero podría serlo.


    No digo nada nuevo cuando afirmo que la percepción del tiempo es subjetiva. Anthony Giddens, en Consecuencias de la Modernidad, sostiene que en las sociedades tradicionales el tiempo se medía en función del espacio -posición del sol, por ejemplo-. Pero en el siglo XVIII se inventó el reloj, que pronto se extendió a toda la población. Esta máquina permitió separar el tiempo del espacio. Paralelamente se unificaron internacionalmente los calendarios. Giddens habla de "vaciado temporal", en el sentido de que la medición del tiempo se convierte en algo abstracto, sin contenido.


Giddens. Aunque fue asesor de Tony Blair,
es un sociólogo muy interesante.

    Durante el tiempo que yo estuve en la bicicleta estática, las manecillas del reloj se movieron igual para todo el mundo. Pero este movimiento no fue más que un recipiente vacío, que hay que llenar con la experiencia personal de cada uno.
    Me llevó un tiempo darme cuenta de que el tiempo objetivado de QproGym solo es una forma más de racionalización de nuestra sociedad contemporánea. La MdDonalización de la sociedad desarrolla y aplica al siglo XXI la teoría de Max Weber de la jaula de hierro y la hiperracionalización. Según Ritzer el concepto que rige nuestra forma de trabajar, producir y consumir es la eficacia. La definición de eficacia es un poco compleja, pero se ve muy clara con una serie de ejemplos:
    En McDonald´s, y en general en todos los restaurantes de comida rápida, se ha demostrado que es mucho más eficaz que los clientes hagan muchas de las funciones que antes estaban destinadas a los camareros. En estos restaurantes el cliente es el encargado de hacer cola ante una barra para recoger la comida, en lugar de esperar tranquilamente a ser atendidos en la mesa. Después de comer es el encargado de recoger sus sobras y tirarlas a la basura, dejando así limpia la mesa para el siguiente.


Lo que en un restaurante normal hacen los camareros
y lo que en McDonald´s haces tú. 


    Igualmente, en estos restaurantes se trabaja en cadena. En lugar de que haya un cocinero que pique la cebolla, limpie y trocee el tomate, ponga a la plancha la hamburguesa, etc... se trabaja como en una cadena de montaje. Hay un supervisor que se encarga de prevenir qué productos se demandarán, los pide y, en la cadena, un chico coge las carnes de las hamburguesas y las pone en la plancha, otro las saca y las pone en los panes, un tercero coloca el tomate, la lechuga y la cebolla, un cuarto echa las salsas y el quinto mete la hamburguesa ya hecha en esas cajitas de espuma.





Tres actividades desarrolladas por los empleados
 de McDonald´s. El empleado puede pasarse ocho horas
 seguidas haciendo solo lo que se ve en cada una de las fotos, 


    Ambos fenómenos -trasladar parte de la producción al cliente y trabajar en cadena- se consideran más eficaces porque abaratan mucho el coste y se produce una mayor cantidad en menor tiempo.
    Ritzer escoge McDonald´s como metáfora de la sociedad moderna porque es una de las empresas más conocidas a lo largo y ancho del mundo, pero estas estrategias para aumentar la eficacia se dan en otros muchos lugares. Así, sin pensar demasiado, se me ocurren un montón:
1. IKEA traslada gran parte de la producción al cliente. Tú recorres la tienda, anotas lo que quieres en un papel, luego bajas a un hangar enorme, coges el producto, lo cargas hasta la caja registradora, lo pagas, lo metes en el coche, lo llevas hasta tu casa, lo montas tú y lo colocas como puedes. Por eso los muebles de IKEA son mucho más baratos que los de las tiendas convencionales.
2. Las máquinas de café que hay en cualquier oficina. En lugar de ir a la cafetería a que te hagan un café, metes una moneda en una máquina y te tomas el café de pie en un vasito de plástico.
3. Las cabinas de pago de las autopistas en los que no hay nadie atendiendo, sino que tienes que ser tú el que meta la tarjeta y, si quieres un recibo, apretar un botón para que la máquina lo expenda.
4. Un crucero, que son unas vacaciones planificadas en las que se aprovecha todo, especialmente el viaje para dormir y supuestamente no perder tiempo en los desplazamientos.
5. El supermercado. En el ultramarinos pedías lo que querías en un mostrador y, si eras cliente habitual, hasta el chico te lo llevaba a casa. Ahora lo coges tú de las estanterías y lo llevas a la caja. En el último y más delirante estadio de la racionalización llegas incluso a cobrarte tú mismo en las cajas de autopago con el cebo de que son más rápidas.
6. El centro comercial. Ya no hay que ir a buscar una tienda detrás de otra. Basta con coger el coche y acercarnos a un centro comercial para tener todas las tiendas juntas, sin necesidad de desplazarnos de una a otra. Al final de la jornada, si estamos cansados, ya no hay por qué fatigarse buscando una cafetería porque suele haber varias en la última planta.
    Podríamos seguir así con prácticamente todas las actividades humanas actuales, porque en todas se ha tratado de optimizar la eficacia.

Ikea. La pesadilla de la racionalización, que es una 
máquina de destrozar matrimonios. 

    Según Ritzer hay tres conceptos fundamentales que determinan lo que se considera eficaz y lo que no:
    En primer lugar está la cantidad. Producir mucho y en gran cantidad se considera un signo inequívoco de eficacia. Importa muchísimo más la cantidad que la calidad, de ahí la proliferación de restaurantes del estilo de McDonald´s y la tiranía de los índices de audiencia que lleva a las cadenas a insertar en sus programas basura como Sálvame que tiene una calidad ínfima pero que asegura altos índices de audiencia.
    En segundo lugar parece preocuparnos mucho la predicibilidad. Queremos saber exactamente qué es lo que nos vamos a encontrar, desde la comida al cine. Uno puede entrar en un McDonald´s, un IKEA, un Zara o cualquier otra multinacional en cualquier parte del mundo y sabe exactamente cómo va a ser y, por ende, el modo en que tiene que comportarse.
    Y, en tercer lugar, es muy importante el control, tanto de los trabajadores como de los clientes. En un Zara o en un H&M el encargado ejerce un control férreo sobre sus empleados a los que vigila siendo este a su vez controlado por otro cargo por encima de él. Los trabajadores también se controlan entre ellos por medio de comentarios y denuncias a los superiores. Y los clientes son controlados, ya que se les prescribe un comportamiento muy concreto en todos y cada uno de estos establecimientos. Entramos, buscamos lo que nos gusta, lo llevamos al probador, una chica nos da un plastiquillo con un número que identifica la cantidad de prendas que llevamos. Nos las probamos, nos quedamos con la que nos gusta y le dejamos las que no a la chica. Luego vamos a la caja, hacemos cola, pagamos, nos meten nuestra compra en una bolsa y nos vamos. Cualquier comportamiento que no entre dentro de este férreo patrón va a ser percibido como anormal y con toda probabilidad va a acabar en una llamada a seguridad.

Clientes amaestrados de Zara.


    Sin embargo, Ritzer observa que desde finales del siglo XX el control se ejerce cada vez más por medio de máquinas y menos por medio de personas, ya que las máquinas son percibidas como formas de control más eficaces y menos agresivas que las personas. Así, el trabajo que antes lo hacían personas se ha pasado a la tecnología -por ejemplo las cabinas de autopago en los autopistas y supermercados, o la cadena de producción de hamburguesas de McDonald´s, en las que un pitido suena periódicamente avisando a los trabajadores de las diferentes actividades que tienen que hacer, como levantar la carne de la plancha o ir a desinfectarse las manos-. En este punto Ritzer hace un par de observaciones graciosas cuando señala la falsa camaradería y la falsa sensación de intimidad entre cliente y trabajador creada por la alegría forzada de los trabajadores de los sitios mcdonalizados y dice que parece que estás en un campo de reeducación y que les han dado un euforizante o alguna otra droga. Y le fascina que estos trabajadores sean todos iguales allá donde estés: el mismo corte de pelo, misma complexión, todos parecen buenos chicos.
    QproGym es una oda a la racionalización y la eficacia. En primer lugar, es un espacio común para que todos hagamos ejercicio allí. Podríamos hacerlo a nuestro aire en casa, pero para ello tendríamos que tener una casa enorme y hacer una inversión considerable en máquinas. Esto escapa a las posibilidades de la mayoría de los usuarios, así que compartimos gastos vía la cuota mensual y a cambio podemos disponer de todo tipo de máquinas especializadas muy caras en un espacio amplio y agradable.


Espacio racionalizado de Qpro.

    En segundo lugar, a los usuarios se nos asigna una tabla de ejercicios en función de los objetivos de cada uno, pero que es bastante similar para todos. Empezamos con diez o quince minutos de ejercicio cardiovascular (nos dejan elegir entre bicicleta estática, elíptica, remo o cinta de correr), luego vamos a la zona de musculación, hacemos dos o tres ejercicios -estos son los individualizados en función del objetivo-, volvemos al cardiovascular otros diez o quince minutos, más ejercicios de fuerza y, si no estás exhausto, puedes darle un poquito más al cardio. Igual que podríamos tener un gimnasio en casa, podríamos tener un entrenador personal, pero eso sería caro y la mayoría no nos lo podríamos permitir, así que recurrimos a que Juan nos haga una tabla de ejercicios individualizada, pero que luego hacemos de forma individual. Juan, o el monitor que esté en ese momento en la sala, nos controla desde la distancia y, si ve que estamos haciendo algo mal, interviene. Pero no está con nosotros la hora y media que estamos allí, guiándonos y prestándonos atención individualizada. 
    Y en tercer y último lugar, nuestro comportamiento, gracias a las tablas, es perfectamente predecible. Como borreguitos bien amaestrados seguimos la rutina pautada. Juan nos tiene bien controladitos sin tener que recurrir a la fuerza, ni siquiera a la intimidación.
    Sin embargo, como comprobé aquel Sábado por la mañana de resaca en la bicicleta estática, no todo es maravilloso en este mundo mcdonalizado. Hay, por el contrario, evidencias de multitud de irracionalidades que ponen límites y en peligro al racionalismo de la cadena producción-consumo moderno. Y aquí, a bote pronto, se me ocurre otra buena batería de ejemplos:
1) los atascos y las colas interminables en las autopistas cuando no pasa la tarjeta o alguna cabina no funciona.
2) Los cajeros automáticos son sangrantes. En primer lugar, te aseguran que son rápidos, lo que tes mentira cochina, porque para encontrarlos hay que irse muy lejos y, en muchas ocasiones, no nos pueden dar dinero por las más diversas razones. Además, el banco se ahorra un empleado al convertir al cliente en un trabajador sin sueldo que hace él solito sus propias gestiones, pero, en lugar de revertir eso sobre el consumidor, el banco se queda con un porcentaje de cada operación.
3) Es cierto que los centros comerciales ahorran tiempo porque allí puedes comprar comida, ropa, ir al cine y tomar una caña todo en el mismo sitio. Pero hay que desplazarse hasta ellos y suele haber atascos y muchos problemas para encontrar aparcamiento, de modo que el ahorro de tiempo no es más que supuesto.
4) En los parques de atracciones, donde se supone que uno tiene toda la diversión concentrada, se pierde el noventa por ciento del tiempo en desplazamientos y colas interminables.
5) Puede ser más eficaz hacer la comida tú en casa que meter a toda la familia en un coche, conducir hasta el restaurante de comida rápida de turno, llenarse de comida y conducir de vuelta a casa. Son restaurantes de comida rápida a medias.




    Por todo ello a Ritzer no le acaba de convencer la mcdonalización de la sociedad. Este juego de racionalización/eficacia no son el medio más eficaz para alcanzar un fin. El sistema resulta eficaz para los empresarios que tienen unos beneficios mucho mayores, pero desde luego no para el cliente. Además estos sistemas generan una cantidad indecente de desperdicios, lo que degrada mucho el medio ambiente y a la larga generará graves problemas. Y finalmente, todo en ellos es ficción. Para los clientes no es eficaz ni barato, sólo se les proporciona la ilusión de eficacia y baratura e, incluso, de diversión. McDonald´s pone payasos y parques infantiles, se nos vende una tarde en el centro comercial como si fuese la fiesta máxima y se nos crea la ilusión de que nos estamos divirtiendo.
    No creo que esto último sea este el caso de QproGym. QproGym es una pequeña empresa, y solo las grandes multinacionales pueden llegar a este estadio de racionialización/extracción del capital. No creo que el simpático Juan saque unos beneficios astronómicos gracias a sus tablas de ejercicio, sino que simplemente hacen viable el negocio y que mucha gente pueda hacer deporte sin ser millonario. Tampoco creo que degrade mucho el medio ambiente, aunque en esto tengo que reconocer que no es más que una impresión, ya que no tengo conocimiento alguno sobre la huella de carbono de un gimnasio. Y finalmente no sé hasta qué punto se crea una ilusión de diversión. Desde luego yo no lo paso nada bien.

    Anexo:
    En una de nuestras entrevistas, le comenté a Juan que la racionalización del tiempo y la actividad en QproGym era absurda porque el ejercicio depende de cómo te encuentres. Juan abrió mucho los ojos y levantó las palmas de las manos
    -Joder. Pues haz menos.
    Obvio.
    Lo que no le dije a Juan es que hemos asimilado hasta tal punto los procesos de racionalización que hemos adecuado nuestra percepción a ellos. Por muy mal que me encuentre, si no hago los 45 minutos de cardio, no tengo la sensación de haber hecho bien deporte.