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martes, 2 de septiembre de 2014

Saskia Sassen: La ciudad global y ¿Perdiendo el control? La soberanía en la era de la globalización.




    Después de dedicarle un post a Richard Sennett, le toca uno a su esposa, que es, al menos, tan interesante como él. Si buscáis a Saskia Sassen en internet, veréis que es una neerlandesa, que actualmente es profesora en la universidad de Chicago y a la que dieron el premio Príncipe de Asturias a las Ciencias Sociales el año pasado. 

     Quizá los dos libros más importantes de Sassen sean La ciudad global y ¿Perdiendo el control?, aunque últimamente ha estado publicando bastante, aunque muchas de las cosas que dice hoy en día son continuaciones de lo ya esbozado en estos dos ensayos.
     En La ciudad global Sassen sostiene que la globalización y el consiguiente crecimiento de los mercados financieros, el aumento exponencial del comercio internacional de servicios y de los flujos de capital internacionales provocó la aparición de un nuevo concepto de ciudad, la ciudad global. Antes de la globalización, la actividad comercial giraba en torno a las zonas industriales que, a su vez, se circunscribían a los estados nación. La globalización supuso dos cambios fundamentales en este sentido. En primer lugar, la producción se desterritorializó. Las fábricas se reparten por el mundo entero sin ningún tipo de trabas,
instalándose allí donde les es más barato producir. Sin embargo, esta desterritorialización de la producción no tuvo su proyección en en los centros de toma de decisiones económicas y de mando. Lejos de extenderse a lo largo y ancho del planeta, los centros de poder se han concentrado en grandes urbes conectadas entre sí a tiempo real gracias a la revolución de los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías. Las decisiones económicas anteriormente se tomaban cerca de la fábrica, allí donde estuviese esta. Hoy en día, la economía mundial se mueve desde un puñado de ciudades, Londres, Nueva York, Frankfurt, Sidney, Tokio, etc....






     Aunque Sassen no la usa, la metáfora de las capas de cebolla para explicar la estructura económica y social de las ciudades globales creo que es muy útil. En el centro, están las clases poderosas que toman las decisiones económicas que determinan la economía del mundo entero. Alrededor de estos grupos de poder, surge todo un sector servicios destinado a cubrir las necesidades y satisfacer los deseos de los individuos que rigen el
mundo desde estas megaurbes. Las necesidades de estas clases dirigentes son cubiertas por una amalgama de empresas jurídicas, financieras, contables, publicitarias, aseguradoras, etc.., mientras que los deseos de lujo y ocio lo son por un sector comercial de alto nivel, como vivienda, arte, gastronomía, moda, etc...En una tercera capa, aparece un sector manufacturero muy degradado que se desplaza por el mundo en función de las oportunidades de trabajo.

      En ¿Perdiendo el control? Sassen analiza el papel que los viejos estados nación desempeñan en mundo actual. Según ella, el viejo estado nación, garante de los derechos del ciudadano, ha desaparecido. En su lugar, ha surgido un nuevo estado nación, que apenas si pinta nada en las decisiones económicas que se toman a nivel global, pero que se encarga de facilitar en todo lo posible que estas decisiones se tomen sin ningún tipo de trabas, aunque ello supongo degradar las condiciones de vida de sus ciudadanos. Así, el estado nación moderno se ha convertido en un garante de los derechos de la propiedad y los contratos y en un instrumento de eliminar cualquier traba que pueda encontrar el capital en su afán de hacer negocios. Cinco factores son fundamentales a la hora de llevar a cabo estos objetivos:
       1) La importancia de la autonomía de los bancos centrales.
       2) Las políticas antiinflaccionistas.
       3) La paridad monetaria.
       4) La condicionalidad del FMI
   5) Y, sobre todo, los impulsos a la privatización de cualquier ente público y la desregulación laboral -el sobre todo es mío-.
     Especialmente interesante es el análisis de las migraciones. Ella sostiene que, frente al discurso dominante de que la inmigración es un problema del país de origen, es decir, que los inmigrantes abandonan su país porque en este no pueden satisfacer sus necesidades vitales básicas -trabajo digno, seguridad, vivienda, etc...-, existe una realidad bien distinta.
Los países receptores de inmigrantes tienen unos parámetros bien establecidos para recoger e insertar a estos inmigrantes en la estructura económica. Los inmigrantes ocupan puestos de trabajo que no quieren ser desempeñados por trabajadores autóctonos -cuidando ancianos, camareros, construcción, prostitutas- y, como no tienen papeles, carecen de derechos laborales. Surge así, alrededor de ellos, una economía informal o, en el caso de la prostitución, ilegal. Esta economía sumergida e ilegal, lejos de ser una carga para el sistema como no paran de repetirnos nuestros gobernantes -Montoro queriendo sacar dinero de donde sea y de culpabilizar a cualquiera que no sea un político y un banquero de la crisis es un escándalo-, está perfectamente integrada. Es más, es hasta necesaria, porque reduce los costes de producción, favorece la flexibilidad y la desregulación de los trabajadores nativos y ayuda a mantener a los trabajadores con sueldos elevados. Si no fuese por los inmigrantes sin papeles, la agricultura andaluza, por ejemplo, sería insostenible. Y, también por ejemplo, gracias a esta economía informal de inmigrantes, muchos trabajadores de clase media pueden permitirse contratar a alguien para que cuide de sus familiares mayores. Además, cada vez que nos bajaron el sueldo, teníamos el miedo de que, si no tragábamos, podía hacerlo un ecuatoriano o un boliviano por la mitad que nos pagan a nosotros. 






      Como decía, esta economía informal es necesaria para el mantenimiento del sistema económico. De ahí que, según Sassen, desde los años 80 se hayan llevado a cabo políticas a nivel internacional que favorecen las migraciones. Por eso la deuda externa se utiliza como excusa para políticas neoliberales de privatización de servicios públicos, recortes de gastos sociales, pérdida de derechos laborales, bajadas de sueldos, derrumbe de las pequeñas y medianas empresas, aumento del paro y la pobreza, mayor concentración económica, etc... que aseguran el abastecimiento regular de trabajadores baratos informales.
        De la mano de todos estos cambios, el concepto de ciudadanía se ve redefinido. Anteriormente, había una vinculación directa entre ciudadano, sus derechos y el estado que le garantizaba esos derechos. Actualmente, se está dando un proceso de desnacionalización de la ciudadanía, ya que los estados nación modernos están perdiendo su legitimación al no salvaguardar los derechos de sus ciudadanos que, por esta razón, dejan de identificarse con ellos. Sassen habla de "presencias" para explicar el nuevo concepto de ciudadanía aplicable a los migrantes sin derechos reconocidos. Según ella estos migrantes son ciudadanos de la ciudad global. Poseen una ciudadanía de facto, ya que, aunque carecen de poder político, sí actúan en el terreno público y así adquieren el reconocimiento del resto.





      Y ya para terminar, que esto puede quedar demasiado largo, hay que dedicarle un párrafo a las opiniones de Sassen sobre la mujer en este sistema económico mundial. Sassen llama a todos estos trabajadores informales "clases de la servidumbre". Estas clases de la servidumbre están formadas, fundamentalmente, por inmigrantes y mujeres. La mayoría de las mujeres se dedican a trabajos domésticos, como hacer de enfermeras, mucamas o señoras de la limpieza, enfermeras, etc... El trabajo doméstico que antes recaía en la esposa, ahora sigue recayendo en mujeres, con la salvedad de que ahora lo hacen otras mujeres mal pagadas. El sistema patriarcal sigue vigente.

Saskia Sassen como si fuese a atacar

martes, 19 de agosto de 2014

Richard Sennett: La cultura del nuevo capitalismo.




    Sennett es un pensador muy interesante. Hasta ahora había leído dos libros suyos, Respeto y La corrosión del carácter. En ambos desarrollaba ideas muy sugerentes, aunque, en mi opinión, le pasaba lo que a muchos sociológos/antropólogos hoy en día: tienen una idea muy buena, pero no da para un libro. Entonces la estiran y la estiran hasta que tienen las cuatrocientas páginas prescritas tácitamente para un ensayo y así pueden colocar su libro en las estaterías de la FNAC y La casa del libro y sacarse unas buenas pelas. Con esto no quiero decir que Respeto y La corrosión del carácter no estén bien. Lo están. Simplemente me parece que podía haberse ahorrado unas cuantas páginas. 
    En cualquier caso, La cultura del nuevo capitalismo está cojonudo lo mires por donde lo mires. Expone un montón de ideas fantásticas, está muy bien explicado, es sencillo y lo hace breve -apenas llega a las doscientas páginas-. Un montón de pensamiento bien condensado, bien explicado y muy ameno.

    Al principio del libro, Sennett avanza que la cultura del nuevo capitalismo se basa en tres pilares fundamentales:

a) El primero tiene que ver con el tiempo, pues consiste en la manera de manejar las relaciones a corto plazo, y de manejarse a sí mismo, mientras se pasa de una tarea a otra, de un empleo a otro, de un lugar a otro. Si las instituciones ya no proporcionan un marco a largo plazo, el individuo se ve obligado a improvisar el curso de su vida, o incluso a hacerlo sin una firme conciencia de sí mismo.
    
   Esta idea, más o menos, es la que desarrollaba en La corrosión del carácter. El nuevo capitalismo exige de los individuos que estén en cambio continuo. A lo largo de su vida cambiarán varias veces de empleo, de ciudad y, consiguientemente, de entorno y de amigos. Cada cambio acarrea una ruptura con los lazos creados, un desarraigo. Por el contrario, la identidad humana es, por definición, lo que es inherente al individuo, es decir, lo que permanece estable. De ahí que el nuevo capitalismo corroa el carácter del individuo, que acaba penando por la vida sin una identidad estable.

b) El segundo desafío tiene relación con el talento: cómo desarrollar nuevas habilidades, cómo explorar capacidades potenciales a medida que las demandas de la realidad cambian. Prácticamente, en la economía moderna muchas habilidades son de corta vida; en la tecnología y en las ciencias, al igual que en formas avanzadas de producción, los trabajadores necesitan reciclarse a razón de un promedio de entre cada ocho y doce años. El talento también es una cuestión de cultura. El orden social emergente milita contra el ideal del trabajo artesanal, es decir, contra el aprendizaje para la realización de una sola cosa realmente bien hecha; a menudo este compromiso puede ser económicamente destructivo. En lugar de esto, la cultura moderna propone una idea de meritocracia que celebra la habilidad potencial más que los logros del pasado.

    
    Aquí Sennett enlaza, en cierta manera, con El artesano. La izquierda hippie de los años sesenta-setenta, descalificaba cualquier forma de burocracia por considerarla alienante -léase Foucault, que, por otra parte, era su amigo-. En esto estaban de acuerdo con la derecha ultraliberal, así que se dio una progresiva desburocratización de lo público y lo privado, El Estado se vio reducido a un simple garante del comercio y las empresas privadas dejaron de ser enormes estructuras piramidales autosuficientes -Sennett pone el ejemplo de IBM-, para convertirse en algo más que un capital que se dedica a hacer subcontratas. Antes, una empresa constructora tenía miles de empleados, desde el jefe ejecutivo, al último peón que ponía ladrillos. Ahora sólo son un consejo de administración con un montón de pasta que consiguen un contrato y se dedican a desglosar el proyecto subcontratando: a otra empresa más pequeña le encarga la cimentación, a otra el cemento, etc... 
    Este proceso de desburocratización se vio complementado por el tratado de Breton Woods. Tras él, se abandona el patrón oro y entra en el mercado una cantidad de dinero abrumadora. La consecuencia directa es que los inversores ya no esperan al fin de año a que la empresa reparta beneficios, sino que es mucho más rentable comprar y vender en función de las expectativas de futuros dividendos. El valor de las acciones de una empresa ya no es el de los beneficios al final del año, sino la perspectiva de crecer que tenga. Las acciones suben y bajan no por una realidad, sino por una virtualidad. Por ello, es mucho mejor que la empresa sea flexible, que cambie constantemente, porque eso siempre augura futuribles, que es, a fin de cuentas, lo que le importa al inversor en bolsa. 
    Ambos aspectos, la desburacratización y la virtualidad del valor de la empresa, se reincide en el punto anterior, en lo que los adalides del neoliberalismo llaman flexibilidad, el cambio continuo. 
    Como comenté en un post anterior a propósito de los planes de empleo de Rajoy, el trabajo en occidente ha sufrido dos grandes reveses. En primer lugar, la globalización y la libre circulación de capital supone que las grandes empresas se lleven las fábricas a países del Tercer Mundo, donde es mucho más barato producir, con el consiguiente aumento del paro en los países desarrollados. En segundo lugar, los avances tecnológicos han llevado a que el trabajo que antes hacían diez, ahora lo haga uno. Más desempleo aún. Esto nos lleva a que en los países desarrollados haya enormes masas de población que es y se siente inútil. Jóvenes hiperpreparados sin empleo y gente de cincuenta años que se prejubila para contratar por la mitad de sueldo a alguno de esos jóvenes hiperpreparados. Además, estos cincuentones, debido a la naturaleza permanentemente innovadora del capitalismo del siglo XXI, se verían obligados a reciclarse, al menos, tres veces a lo largo de su vida. No hay tiempo para eso. No se espera a nadie. O eres hiperflexible o se contrata a otro. A un joven universitario de tu país o a un hindú con varias carreras que te hace el trabajo desde su país por internet a mucho menos de la mitad de precio.
    En El artesano, Sennett distinguía dos formas radicalmente opuestas de valorización del trabajo. Por un lado está el artesano, aquel que hace un trabajo simplemente por hacerlo bien. Esta era la forma de producción hasta la irrupción del capitalismo moderno. En el mundo actual, el artesano ha sido sustituido por la meritocracia. Se produce no por la satisfacción de hacer algo bien, sino que se hace a cambio de algo. Antes, cuando los cargos y las posiciones sociales eran heredadas, era impensable hacer, por ejemplo, unos zapatos para obtener un beneficio social. Ahora, en este mundo hiperflexible donde todo tiene un precio y todo debe cambiar a ritmo de vértigo, hacer algo por el placer de hacerlo bien resulta estúpido. Sennett ve en la meritocracia un peligroso discurso oculto, ya que sirve para justificar que existan grandes masas de población desfavorecida. Si son pobres, es porque se lo merecen, porque no tienen talento. Y Sennett se pregunta qué es eso del talento, qué significa merecer algo en el mundo contemporáneo. Su respuesta no puede ser más desoladora. Ahora que lo único que se valora es el cambio continuo, el talento también es virtual, potencial. No se valora algo por lo que es, sino por lo que puede llegar a ser. 



    Y así enlaza Sennett con el tercer desafío del hombre en el capitalismo moderno y vuelve a las ideas de La corrosión del carácter:


c) De ahí deriva el tercer desafío. Se refiere a la renuncia; es decir, a cómo desprenderse del pasado. Recientemente, la jefa de una dinámica empresa afirmó que en su organización nadie es dueño del puesto que ocupa y en particular que el servicio prestado en el pasado no garantiza al empleado un lugar en la institución. ¿Cómo responder positivamente a esta afirmación? Para ello se necesita un rasgo característico de la personalidad, un rasgo que descarre las experiencias vividas. Este rasgo de personalidad da un sujeto que se asemeja más al consumidor, quien, siempre ávido de cosas nuevas, deja de lado bienes viejos aunque todavía perfectamente utilizables, que al propietario celosamente aferrado a lo que ya posee.


    Ya hacia el final del libro, Sennett se detiene a analizar la naturaleza del consumo, ese fenómeno cultural tan característico de nuestra era. A grandes rasgos, hay dos teorías que explican por qué consumimos sin parar. En primer lugar, hay quienes defienden que el consumo es el resultado de la publicidad, que nos hace estar permanente insatisfechos con lo que tenemos, hambrientos de más. En segundo lugar, están los que hablan de la obsolescencia programada, de los mp3, los coches y las lavadores que vienen programados para no durar más que unos años y así tengamos que comprar otro nuevo y la rueda del consumo siga su aceleración inexorable. Pero ninguna de estas dos teorías convence a Sennett. En su opinión, el consumo es consecuencia de la cultura del nuevo capitalismo, de esta forma de pensar particular de los que formamos parte de esta cultura. Según él, consumimos porque se nos ofrece mucho más de lo que realmente vale el producto y mucho más de lo que nunca jamás llegaremos a utilizar. Ir en primera clase o tener un Audi no es cuatro veces mejor que ir en segunda o tener un Seat. La relación calidad-precio está totalmente desproporcionada. También compramos coches deportivos para ir a doscientos ochenta o por el desierto cuando, en el mejor de los casos, el 99% del tiempo lo usaremos en atascos. Y lo mismo con mp3, que tienen capacidad para almacenar una cantidad de música que seríamos incapaces de escuchar en una vida. El consumo masivo apela al mundo de la virtualidad, de lo que podría llegar a ser, como sucedía con el valor de las acciones de las empresas. El valor de lo virtual es una característica fundamental de la cultura del nuevo capitalismo.
     La política también funciona así. Se nos venden los presidentes y los partidos políticos haciendo énfasis en las diferencias, cuando en realidad son más o menos lo mismo. Las reformas laborales del PSOE y del PP iban encaminadas hacia lo mismo, la política territorial es muy semejante, Felipe González es el responsable de las SICAPS, la política migratoria apenas varía, etc.... De este modo, llegamos a un divorcio entre poder y responsabilidad. La democracia se articula sobre el patrón del consumo.
    Y Sennett cierra el libro haciendo una llamada a la reflexión y una vuelta al espíritu del artesano, que es lo que, en mi opinión, es lo más flojo del iibro. No sé hasta que punto se puede retomar un viejo valor. Pero, en cualquier caso, esto no puede desmerecer un ensayo muy interesante, muy bien escrito y que merece leerse sin duda alguna.

Sennett en plan intelectual

domingo, 15 de junio de 2014

Karl Polanyi: La gran transformación.






    La Gran Transformación es un ensayo antiguo, de 1944. Han pasado setenta años y aún así explica perfectamente la crisis económica actual y lo que podemos esperar de ella.
     Polanyi comienza su ensayo desmintiendo la tesis neoliberal de que el mercado autorregulado, libre y sin trabas es un fenómeno universal. Según Polanyi, la economía en las sociedades primitivas estaba incrustada en el resto del sistema social, es decir, era una parte subordinada a un todo. Polanyi no habla de él porque es varias décadas posterior, pero para explicar el modo en que la economía se incrusta en el resto del sistema social es muy significativo el estudio de los tsembaga que hizo Roy Rappaport en Cerdos para los antepasados. Los tsembaga viven de la agricultura y de los cerdos. El medio natural tiene una capacidad limitada para mantener a un cierto número de cerdos. Si el número de cerdos sobrepasa esa cantidad, se comen las cosechas, el suelo se degrada y la economía de subsistencia se cae. Al mismo tiempo el número de individuos que puede vivir en ese territorio también es limitado. Por eso, periódicamente, cuando el número de cerdos empieza a ser peligrosamente alto, los tsembaga hacen un ritual religioso -el kaiko- en el que se comen un montón de cerdos -controlan el número de cerdos por medio de un ritual religioso-, se van a la guerra contra sus vecinos -controlan el número de humanos por medio de la política-, y así se mantiene el mecanismo homeostático del medio. La economía -número de cerdos y agricultura-, la política -guerra- y la religión -el ritual del kaiko- están integrados en el sistema.
      Según Polanyi, en el siglo XIX surge la utopía liberal, que consiste en prometernos un
Karl Polanyi
paraíso en el que todos los hombres somos iguales, nadamos en la abundancia y, si trabajas y eres listo, ganas cosas. Como nos explica Max Weber, es una visión total y absolutamente calvinista del hombre y la existencia. Es el calling divino de los protestantes. Dios reconoce a los suyos en la tierra recompensándolos económicamente. Si eres rico, es porque eres virtuoso y Dios te ha reconocido por tu buen hacer. Esta forma de entender la existencia es el sumum del materialismo, ya que se identifica la felicidad y ser elegido por Dios con la posesión de bienes materiales. Si tienes cosas es porque eres bueno y Dios te reconoce; si eres pobre es porque eres malo y Dios pasa de ti. En una pirueta del razonamiento, se identifica la calidad moral con la posesión de bienes materiales. 
     El método para llegar a este paraíso donde los buenos nadan en la abundancia es el laisser faire, el libre mercado. Guiados por esta utopía, los empresarios capitalistas y los gobiernos dejan de intervenir en los mercados para que se autorregulen. De este modo, la economía se convierte en un ente autónomo al margen de la sociedad. Se guía por sus propias normas de la oferta y la demanda y así se fijan los precios. 
      El primer inconveniente que detecta Polanyi en este idílico mundo liberal, es que se acaban confundiendo los fines con los medios. Sólo se aspira al libre mercado. Pero, cuando llegamos a esa total independencia del mercado con respecto de los gobiernos, resulta que no es el paraíso de la abundancia que nos había prometido. Pero eso ya no importa.
      En segundo lugar, no importaría que la economía escapase al control de las personas y los gobiernos si siempre hubiese ganancias. Pero, como hemos comprobado con esta crisis económica que estamos viviendo, eso no siempre es así. Es evidente que los intereses personales, el egoísmo, etc... nos llevan a la especulación y a hacer "economía de casino". Esto tampoco importaría mucho si la economía no nos hiciese falta para comer. Pero resulta que es así. Entonces la economía empieza a controlar absolutamente todo el sistema social. Hacemos política en función de la economía -lo de los gobiernos actuales es increíble-, las relaciones de parentesco dependen de la economía -no nos casamos, divorciamos y tenemos hijos cuando queremos, sino que dependen de nuestra situación económica-, etc... Y así la sociedad empieza a girar alrededor de una para paradoja: vivimos en función de un ente que no podemos controlar. Nos controla lo que antes controlábamos nosotros y que decidimos dejar de hacerlo. Es como el hijo que se come al padre.
        A lo largo de su obra, que es bastante extensa, Polanyi continúa diseccionando las mentiras de la utopía liberal:
        Según los teóricos del movimiento, el libre mercado es el culmen de la evolución humana, ya que es la respuesta a la consecuencia de la división del trabajo. Se divide el trabajo, lo que implica intercambios económicos y así se forma el mercado. Sin embargo, esto es falso. Esa idea de que el continuum es un hombre primitivo solo, autosuficiente, no existió nunca. Siempre hubo división del trabajo y esto llevaba a la redistribución y a la reciprocidad, que son los dos sistemas económicos que se oponen al mercado libre. 
       Las implicaciones sociales sociales del liberalismo económico son demoledoras para la sociedad. Para que el mercado funcione tienen que formar parte de él todo los factores de la producción: tierra, trabajo y dinero. Tierra y trabajo, que fuera del sistema de mercado nunca serían consideradas como mercancía, aquí lo son porque el sistema de mercado siempre busca beneficios. Para ello hay que hacer gastos y eso significa ponerle precio a todo. El trabajo necesario de los humanos tiene un precio al que llamamos salario. El de la tierra es la renta. Renta y salario dependen de la ley de la oferta y la demanda y de los beneficios. De este modo se subsume al hombre y la tierra a las leyes de mercado, se los aniquila. La actividad de los hombres, que es la esencia de la sociedad, se subordina a la economía de mercado. Así, en el sistema liberal las únicas relaciones sociales que se valoran son las basadas en el contrato. Y la producción acaba envuelta en sus círculo demencial de oferta y demanda que nos lleva a cometer acciones tan irracionales como, por ejemplo, tirar toda la producción de cereal para que no caigan los precios, aunque medio mundo se muera de hambre.
        Por si todo esto dicho en 1944 no bastase para explicar la actual crisis económica, Polanyi previó el modo en que los gobiernos actuales tuvieron que salir al rescate de la gran empresa. Porque este sistema de libre mercado también amenaza a la producción. Si todo depende de la ley de la oferta y la demanda, muchas empresas e industrias no aguantan los vaivenes de un sistema totalmente desrregulado. Entonces es cuando los estados tienen que resocializar la economía y gastarse un montón de pasta en rescatar a los bancos y subvencionar la producción industrial de coches, etc...

jueves, 12 de junio de 2014

David Garland: La cultura del control.







        El acaloradísimo debate tras la derogación de la doctrina Parot; el padre de Mariluz, la niña asesinada por un pederasta, paseado por la televisión; la indignación popular ante Miguel Carcaño, el asesino de Marta del Castillo; la durísima ley de seguridad ciudadana de Fernández Díaz; ese mimo ministro que encarcela a un par de personas por verter comentarios de muy mal gusto en Twitter; y otras muchas cosas más, todos fenómenos aislados hasta que leí La cultura del control.
     David Garland divide en dos fases bien diferenciadas la historia del delito en la era actual.
David Garland
La primera de ellas abarca desde el final de la Segunda Guerra mundial hasta la década de los setenta. Es lo que comúnmente se conoce en Estados Unidos como welfare y en Europa como socialdemocracia. La filosofía que había detrás de esta organización social era la propia de la Ilustración. Se considera que el individuo es bueno por naturaleza y que el delito es el resultado de una mala socialización, de una educación desviada o de la marginación. La lucha contra el crimen se concretaba en una serie de prácticas políticas encaminadas a paliar dicha marginación, como ayudas sociales para evitar la aparición de esas condiciones de vida, y en prácticas educativas de resocialización. La cárcel no era el justo castigo de un pérfido delincuente, sino un instrumento para reeducar a víctimas de un sistema injusto -programas de reinserción-.

     A partir de 1970 en el mundo anglosajón triunfa el modelo neoliberal. El hombre ya no es ese ser inocente corrompido por la sociedad, sino un animal egoísta movido por sus propios intereses, las más de las veces espúreos. Se acabó Rousseau; es el tiempo de Hobbes -y hasta de Schopenhauer, diría yo-. 
    Surgen las críticas al modelo penal socialdemócrata, al que se tacha de inoperante -la cárcel no rehabilita, sino que empeora-, de ser carísimo -cuesta mucho sin resultados-, y de totalitario, ya que no respeta al individuo al obligar a todas las personas a ser iguales dentro de la legalidad. 
    En cuanto al castigo, la nueva filosofía neoliberal reduce todo a modelos económicos que aplican a otras esferas del comportamiento humano. Interpretan así el delito a partir de la teoría de la acción racional: el hombre se inclina al delito por naturaleza, luego hay que poner unas penas tan fuertes que hagan que delinquir no merezca la pena en el balance costes/beneficios. 
       Asímismo, el neoliberalismo exalta al individuo por encima de todas las cosas. El delito es
el resultado de una decisión individual. No se cree, como en el modelo socialdemócrata, que las personas son víctimas de sus circunstancias, sino que se sostiene que ser humano siempre es libre para elegir. La responsabilidad del delito se desplaza así de la sociedad al individuo. No habrá piedad ni derechos para esos malvados delincuentes. Se los castiga con penas de muerte, trabajos forzados y a vestir ropa de rayas. Los derechos de los delincuentes desaparecen. Para ello se apela al derecho de las víctimas y de sus familias, a las que no se duda en exhibir por platós de televisión para edificar a los telespectadores con su sufrimiento.

     En cuanto a la prevención del delito, los cambios se orientan más hacia el control que el bienestar social y la educación. El delito no está causado por la privación, sino por un control inadecuado. La única forma de luchar contra él es con políticas de control. Este control se da en varios niveles:

     a) En una filosofía que exalta al individuo, es lógico que la responsabilidad de la seguridad propia recaiga en uno mismo. Ponemos alarmas en nuestras casas y nuestros negocios, los americanos llevan armas, sprays de defensa, vivimos en urbanizaciones con seguridad privada, etc...

      b) Ya que si tenemos la oportunidad, todos delinquiríamos,
lo que hay que hacer es evitar todas esas posibles situaciones: se ponen cámaras, verjas de seguridad, hay guardas por todas partes, etc...


  c) La función de la cárcel, además de castigar a los malvados, sirve para encerrarlos, apartarlos y que dejen de ser un peligro potencial. Cuanto más tiempo estén fuera de la circulación, mejor. Mientras estén en prisión, no tendrán oportunidad de delinquir.





     Paradógicamente, este Estado obsesionado con controlar, reconoce que no es capaz de
Cárcel privada en Chile
atajar el delito. Y así lo asume todo el mundo. La responsabilidad se traspasa a agentes externos como campañas de concienciación, y surgen diversos espacios privados con seguridad privada, como los centros comerciales. Es la privatización de la seguridad, una oportunidad de hacer negocios, actividad en torno a la cual gira toda la filosofía neoliberal. Esta oportunidad de ganar dinero llega incluso a la gestión privada de las cárceles.

       Como se desprende de lo que he explicado aquí, Garland sostiene que el cambio en las
políticas penales y de prevención del delito son consecuencia de un cambio en el modelo socioeconómico, del paso de la socialdemocracia al neoliberalismo. Él dedica un montón de páginas a diseccionar este cambio. Resumirlas aquí sería demasiado tedioso. Me quedo con los aspectos que me parecieron más interesantes:

   1. Durante la socialdemocracia, la política penal estaba en manos de expertos profesionales. Ahora, en el neoliberalismo, son los políticos los que la determinan con sus soflamas populistas de mano dura con los criminales. Se ha degradado el conocimiento científico por el sentido común y esa experiencia que supuestamente tenemos todos.
        2. Hay una continua y sistemática propaganda del miedo para justificar el cambio en las políticas penales. Se le da una cobertura excesiva a los delitos, de modo que el ciudadano medio tenga una permanente sensación de sentirse amenazado. Cualquiera puede ser una víctima. Hay una percepción social de que el delito ha aumentado muchísimo en los últimos años y que el sistema socialdemócrata no ha hecho nada para solucionarlo. Se construye así un público temoroso y resentido. El sistema económico neoliberal hace que las personas vivan con miedo a bajadas de sueldo, a perder su empleo, etc... Esta inseguridad vital y económica se redirige por medio de la propaganda de la que acabamos de hablar hacia inseguridad hacia el delito y así se justifican las políticas represivas. -de esta última idea se hace eco Löic Wacquant en El estado de la inseguridad social-.
         

lunes, 5 de mayo de 2014

Tetralogía de los parias contemporáneos III: Loïc Wacquant

Tetralogía de los parias contemporáneos III: Loïc Wacquant.

Loïc Wacquant


     Loïc Wacquant fue primero discípulo y luego colaborador de Pierre Bourdieu, lo que es una carta de presentación impresionante. Aparte de esto, escribió un ensayo sobre boxeo en una sala de mala muerte de un guetto negro de no sé qué ciudad de Estados Unidos que está cojonudo. Y muchos libros de sociología, que es lo que nos interesa ahora.
Loïc Wacquant boxeando en Contra las cuerdas
      Loïc Wacquant habla, fundamentalmente, de las cárceles y el sistema penal. Según Wacquant, el sistema neoliberal que impera en Estados Unidos y Europa desde finales de los años setenta del siglo pasado genera grandes bolsas de población depauperada, que no puede acceder a un puesto de trabajo o que la remuneración que recibe por su trabajo está por debajo de lo que necesita el individuo para sobrevivir. Drogadictos, jóvenes sin empleo, vagabundos, madres solteras, etc... son el resultado de que no hay trabajo. La profecía marxista de que la tecnología nos permitiría gozar de mayor tiempo de ocio no ha resultado del todo cierta. En lugar de trabajar menos tiempo, lo hace menos gente. El antiguo estado postkeynesiano de la solidaridad trataba, en la medida de lo posible, de repartir la riqueza y el trabajo para que no hubiese grandes desigualdades sociales. Pero esta moral de la responsabilidad común fue sustituida por el individualismo calvinista. Los pobres y los marginados ya no son un problema de la sociedad, sino un problema individual, es decir, de ellos mismos. Si eres pobre, es tu problema. Así, el viejo estado postkeynesiano, que nosostros conocemos como el estado del bienestar, fue sustituido por una suerte de organización política que ha abdicado de todo lo que no sea económico. Lo social, el urbanismo, la educación, la medicina, etc... van pasando de la tutela pública a manos privadas. Pero no todo el mundo puede pagar por ello, así que surgen esos sectores de la población depauperados a los que les estoy dedicando esta tetratología. ( Owen Jones , Bauman)
      Hasta aquí Wacquant no dice nada nuevo. Es el discurso que oímos todos los días. Hasta lo sueltan Rubalcaba y Soraya Rodríguez, como si la famosa tercera vía no fuese copartícipe del giro neoliberal que ha tomado el mundo. De hecho, Bill Clinton construyó más cárceles y destinó más presupuesto a la seguridad interna que el mismísimo Ronald Reagan.
        Dice Loïc Wacquant que la penalización es una forma de ocultamiento del problema. Antes, los drogadictos, las madres adolescentes y los mendigos eran un problema social. Ahora son un problema por ellos mismos, así que se los culpabiliza por su situación y se los reprime. Multas y cárcel para los pobres. La política carcelaria forma parte de un plan para redefinir la función del estado en el plano económico, asistencial y social y sustituir el estado del bienestar por el estado penal. En palabras de Wacquant, el estado policial funciona como una aspiradora que absorbe a los damnificados del estado neoliberal. El sistema neoliberal abandona a cada uno a su suerte. Esto no sería un problema si hubiese trabajo para todos, pero con una legislación que deja todo el poder en manos de las empresas, sobran trabajadores, de modo que pueden depauperarse las condiciones de vida de los pocos que tienen trabajo y, los que no lo tienen, pasan directamente a la mendicidad. Pero como se considera que la responsabilidad es individual, nadie se ocupa de estos parias modernos. Es más, se hace recaer la responsabilidad de su situación sobre ellos mismos y se los criminaliza. Por supuesto, los delitos de guante blanco, que son los que realmente afectan al tejido social, son castigados con penas ridículas, cuando directamente ni se los contempla en el sistema penal.
          Por supuesto, esto es una aberración. Primero, y sobre todo, porque es injusto. Y segundo, porque no hay una sola estadística que demuestre correlación entre mayor represión y desaparición del delito. Pero eso no importa. El estado neoliberal ha captado la normal sensación de inseguridad por el futuro que sentimos los ciudadanos medios, el miedo a no poder dejarle nada a nuestros hijos, el miedo a la inestabilidad laboral, al despido, a las bajadas de sueldo, al paro, etc... y lo ha reconducido hacia sensación de inseguridad por la delincuencia, cuando, en rigor, el número de delitos no sólo no ha aumentado en los últimos años, sino que ha descendido.

           Pensar que esto es sólo una cuestión americana, que nos toca muy de lejos y que estamos a salvo en Europa, baluarte del bienestar, es un error grave. Sólo hace falta ver las nuevas leyes con las que nos amenazaba el gobierno: en Madrid se pretendía multar a los mendigos por dormir en la calle, leyes antimanifestación, los profesores nos convertimos en autoridad como si fuésemos policías y otras muchas más que ahora no recuerdo. En lo que me toca más de cerca, casi todos los días oigo hablar de lo peligrosos que son Resistencia Galega, a los que las autoridades del estado no dudan en llamar grupo terrorista. No soy sospechoso de simpatizar con Resistencia Galega. Por si acaso lo repito: no estoy de acuerdo en nada con ellos. Pero decir que unos chavales que quemaron cuatro cajeros y tiraron un cóctel molotov a la sede del PP son una amenaza social creo que es decir mucho.  Blesa, Rodrigo Rato, Méndez y ese larguísimo etcétera de banqueros que se dedicaron a hacer economía de casino -por cierto, fue Clinton el que permitió que la banca tradicional se metiera en cuestiones financieras- han resultado ser mucho más dañinos, y, en caso de que los condenen, dudo mucho que les apliquen la ley antiterrorista. Y repito que no me caen nada bien los de Resistencia Galega.



  
       Si a alguien le interesa esta tema, recomiendo leer Parias urbanos, El estado de la inseguridad social o Cárceles de la miseria.

jueves, 24 de abril de 2014

Tetralogía de los parias contemporáneos: Zygmunt Bauman

Tetralogía de los parias contemporáneos II: Zygmunt Bauman.





    Zygmunt Bauman tiene una idea: la modernidad líquida. Y escribe tropecientos ensayos sobre lo mismo. Resulta curioso que uno de los bastiones intelectuales contra el capitalismo de mercado saque cada año un ensayo en el que repite una y otra vez lo que ya contó hace veinte años. Eso sí, con un título distinto, letra gorda, bien espaciada, para llegar a las doscientas páginas y poder colocarlo todas las Navidades en las estanterías de la FNAC. Esto no quita que tenga una visión muy lúcida de nuestra realidad contemporánea. Lo que critico es que nos venda lo mismo con distintos envoltorios para mantenerse en la pomada mediática y, de paso, forrarse.
     En lo que a esta tetralogía respecta, Bauman explica por qué surgen sectores de población como los chavs de los que hablaba Owen Jones y el modo en que estos son percibidos por el resto de la sociedad (owen jones. Chavs). Según Bauman, el capitalismo del siglo XIX se basaba en la producción. En las fábricas se producían cosas que luego se vendían. Y para ello hacía falta mano de obra que, como siempre, eran los pobres. El problema con el que se encuentra el capitalismo decimonónico es que hay que convencer a los pobres de que vayan a trabajar a las fábricas en unas condiciones infrahumanas. Surge así la ética del trabajo, que se acaba convirtiendo en la moral de la clase trabajadora. Trabajar es bueno, te convierte en una persona virtuosa. Es un rollo un poco calvinista, como lo que explicaba Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, aunque Bauman no antepone la ideología a la construcción de un nuevo sistema, sino más bien al contrario. El capitalismo necesita una justificación ética que lleve a las masas obreras a trabajar en las fábricas y, para ello, aparece la moral del trabajo.
     Como dije, la sociedad decimonónica se basaba en la producción. Si un individuo no trabaja, no produce, es decir, no contribuye en nada al mantenimiento del sistema, de ahí que se le estigmatice como paria, vago, parásito social.
     Pero esto cambia. En EEUU surge una nueva ética del trabajo. El trabajo ya no dignifica por sí mismo, sino que pasa a considerarse un modo de medro social. Los trabajadores pueden intercambiar su fuerza de trabajo por salarios. Estos salarios, a su vez, sirven para comprar cosas que te hagan feliz y subir de estatus. Es una nueva moral individualista y materialista del trabajo. Trabajar en bueno sólo en el sentido de que sea bien remunerado. Ya no se valora el trabajo, sino sus frutos, el salario.
      Paralelamente, la sociedad basada en la producción va convirtiéndose en una sociedad basada en el consumo. La revolución tecnológica hace que ya no se necesiten grandes masas de trabajadores en fábricas. Se sustituye la mano de obra humana por máquinas. Hace nada pusieron en la Sexta un documental sobre cruasáns. El documental, como todos los de la Sexta, era de un sensacionalismo insoportable, pero me llamó la atención un dato: en la fábrica de cruasáns más grande de Europa, que inunda de bollitos los mercados de España y media Francia, sólo trabajan siete personas. El resto lo hacen unas máquinas muy bien programadas que cuestan mucho menos y no se sindican. Y a esto hay que sumarle la deslocalización que permite la globalización. Las empresas, si les interesa, pueden llevarse las fábricas a cualquier país del tercer mundo donde la legislación laboral permite tener empleados en régimen de semiesclavitud y las leyes 
 mediambientales te permiten acabar con el último oso panda si con ello ganas un euro más. 
     El problema del capitalismo del siglo XXI ya no es la producción. Puede producirse a lo bestia y con un bajo coste, como demuestra el ejemplo de la fábrica de cruasáns. El problema ahora es vender ese producto. El mercado está saturado. Ahora los que contribuyen al mantenimiento del sistema ya no son los trabajadores, sino los que compran los productos que salen de las fábricas. Esto, lógicamente, tiene que estar sustentado por una nueva moral, no ya del trabajo, sino del consumo. Es la manida frase del "tanto tienes, tanto vales". Se identifica la calidad moral de la persona con la capacidad que tenga para consumir, es decir, por el dinero que tenga. Dicho con otras palabras, eres guay si tienes pasta; si eres un tirado, eres un pringao. Nuestra sociedad eleva al altar de héroes mundiales a personajes cuyo único mérito en la vida es acumular una gran cantidad de dinero y que tampoco tienen una actividad muy definida, como los Beckham, Paris Hilton o Kim Kardashian. Los chavs y, en general los pobres, son considerados parias porque no contribuyen en nada al nuevo sistema de consumo. No tienen pasta - no consumen - no sirven para nada - son unos parásitos, es el nuevo razonamiento.
     Quizá una de las aportaciones más interesantes de Bauman es interpretación psicológica del consumo. Parte de una concepción un poco schopenhaueriana de la naturaleza humana. La vida oscila entre el dolor que provoca el deseo insatisfecho y el tedio que llega cuando hemos satisfecho ese dolor. Sufro porque no tengo algo -una novia, un puesto de trabajo, o lo que sea- y, cuando lo consigo, al poco tiempo paso a considerar la nueva situación como normal y me aburro. Para evitar caer en un tedio indefinido, me busco otra meta que me mantiene insatisfecho mientras no la alcanzo. Y así desde que nacemos hasta que nos morimos. Según Bauman, el consumismo ha superado este círculo vicioso. Por medio de la publicidad nos provoca el deseo insatisfecho de poseer ciertas cosas. Pero satisfaccerlas es increíblemente fácil. Basta con ir al centro comercial y pasar la tarde. La expectativa de satisfaccer ese deseo insatisfecho ya basta para hacernos felices. Es como si insatisfacción y deseo se juntasen en una nueva experiencia agradable. Por eso, cuando nos deprimimos, vamos de compras. Comprar es el mejor antidepresivo del siglo XXI, mucho mejor que el Prozac. Pero esta nueva forma de felicidad sólo la tienen los ricos, que son los que pueden consumir. Los pobres sin posibilidad de consumir, los nuevos parias del siglo XXI, se mantienen en una insatisfacción, en una infelicidad perpetua. Y por eso creo yo que los chavs, cuando salieron a saquear Inglaterra, robaron iphones y zapatillas molonas, todos objetos de consumo.

     P.D. De Bauman, en castellano, hay decenas de obras publicadas. Todas son más o menos iguales. Si os interesa, yo os recomiendo La sociedad sitiada, que es fácil de leer y explica todo esto que acabo de contar.