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miércoles, 11 de julio de 2018

Sexo VI: El sexo en la modernidad líquida.

   
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    La modernidad líquida es un concepto de Bauman. Me vuelvo a citar a mí mismo, esta vez resumiendo Amor líquido:

   En Amor líquido Bauman recurre a su idea clave para interpretar las relaciones interpersonales en la sociedad contemporánea. En la modernidad líquida -que es como él llama la sociedad del capitalismo contemporáneo- todo cambia y nada es estable, porque así lo demanda el sistema. Hay que moverse continuamente para adaptarse a las necesidades del mercado y para desechar los productos que hemos comprado y adquirir otros. El sistema necesita que nos mantengamos en cambio perpetuo tanto como productores/trabajadores como como consumidores. 

    Las relaciones humanas no iban a quedarse al margen de esta tendencia general. Hay, en este sentido, correspondencia entre los procesos económicos y el modo en que nos relacionamos los seres humanos. En la sociedad contemporánea nos agobia crear vínculos duraderos porque, por definición, se oponen al cambio continuo, a la continua adaptación. Si establecemos este tipo de vínculos, difícilmente vamos a estar preparados para mover nuestra residencia -y por ende nuestro proyecto de vida- para aceptar un nuevo trabajo en un nuevo país, para empezar de cero en función de las necesidades del mercado de trabajo. 


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    Además, el amor se contempla desde la fría racionalidad del consumismo, como una inversión que tiene que dar resultados, obtener algo a cambio. Igual que cuando se va al centro comercial.

    En este contexto socioeconómico, el sexo suple al amor, porque es instantáneo, inmediato y no crea vínculos duraderos. Cada vez son menos frecuentes las relaciones sexuales estables y monógamas. En un mundo líquido, en el que todo cambia y nos vemos obligados a cambiar nosotros, es difícil que una relación se prolongue en el tiempo. De ahí la proliferación de relaciones de una noche o incluso las páginas de citas para para mantener relaciones sexuales entre desconocidos.


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   Esto es consumir sexo. Bauman, en Trabajo, consumismo y nuevos pobres, explicaba perfectamente la psicología del consumo en las sociedades contemporáneas. Me vuelvo a citar a mí mismo:

    Quizá una de las aportaciones más interesantes de Bauman es interpretación psicológica del consumo. Parte de una concepción un poco schopenhaueriana de la naturaleza humana. La vida oscila entre el dolor que provoca el deseo insatisfecho y el tedio que llega cuando hemos satisfecho ese dolor. Sufro porque no tengo algo -una novia, un puesto de trabajo, o lo que sea- y, cuando lo consigo, al poco tiempo paso a considerar la nueva situación como normal y me aburro. Para evitar caer en un tedio indefinido, me busco otra meta que me mantiene insatisfecho mientras no la alcanzo. Y así desde que nacemos hasta que nos morimos. Según Bauman, el consumismo ha superado este círculo vicioso. Por medio de la publicidad nos provoca el deseo insatisfecho de poseer ciertas cosas. Pero satisfacerlas es increíblemente fácil. Basta con ir al centro comercial y pasar la tarde. La expectativa de satisfacer ese deseo insatisfecho ya basta para hacernos felices. Es como si insatisfacción y deseo se juntasen en una nueva experiencia agradable. Por eso, cuando nos deprimimos, vamos de compras. Comprar es el mejor antidepresivo del siglo XXI, mucho mejor que el Prozac. 

   En la sociedad contemporánea hay cierta tendencia a que las relaciones sexuales se comporten de acuerdo con esta lógica del consumo. El sexo está por todas partes. La televisión, el cine y los medios de comunicación están siempre hablando de él, ya sea directa o indirectamente. Por medio de esta hiperexposición al sexo, se despierta en nosotros una necesidad de practicarlo -incluso me atrevería a decir que la persona con la que hacerlo no importa mucho-. Sufrimos porque no lo tenemos, pero en el mercado de los pubs y discotecas podemos satisfacer esa necesidad fácilmente. Como sucede con el centro comercial, hasta la expectativa de ligar esa noche nos hace sentirnos bien. Por fin ligamos, practicamos sexo, pero no solemos detenernos mucho en esa relación. Sobre todo cuando somos jóvenes. No queremos atarnos, preferimos pasar a la siguiente, del mismo modo que esa camiseta que nos hemos puesto un par de veces ya no nos gusta. En la lógica del consumo, no importa la relación sexual en sí, sino el hecho de conseguirla. No se busca tanto el placer de la relación, sino la sensación de triunfo al haber ligado. 



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    Evidentemente, esto es una tendencia, no quiere decir en absoluto que todo el mundo se comporte así. Pero es significativo que sean los jóvenes los que más lo hacen, porque son los que están más expuestos a las tendencias sociales. 




lunes, 28 de marzo de 2016

Zygmunt Bauman: Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos.




    A veces un intelectual tiene una idea que utiliza como clave para interpretar el mundo. Tal es el caso de Zygmunt Bauman. En otro momento escribí al respecto:


    Zygmunt Bauman tiene una idea: la modernidad líquida. Y escribe tropecientos ensayos sobre lo mismo. Resulta curioso que uno de los bastiones intelectuales contra el capitalismo de mercado saque cada año un ensayo en el que repite una y otra vez lo que ya contó hace veinte años. Eso sí, con un título distinto, letra gorda, bien espaciada, para llegar a las doscientas páginas y poder colocarlo todas las Navidades en las estanterías de la FNAC. Esto no quita que tenga una visión muy lúcida de nuestra realidad contemporánea. Lo que critico es que nos venda lo mismo con distintos envoltorios para mantenerse en la pomada mediática y, de paso, forrarse. (aquí)

       
    En Amor líquido Bauman recurre a su idea clave para interpretar las relaciones interpersonales en la sociedad contemporánea -por amor él no sólo se refiere al amor romántico, sino que engloba todo tipo de relaciones afectuosas entre individuos, incluyendo hasta el racismo o el tema de los refugiados. En la modernidad líquida, la sociedad del capitalismo, todo cambia y nada es estable, porque así lo demanda el sistema. Hay que moiverse continuamente, para adaptarse a las necesidades del mercado y para desechar los productos que hemos comprado y adquirir otros. El sistema necesita que nos mantengamos en cambio perpetuo tanto como productores/trabajadares como como consumidores. Las relaciones humanas no iban a quedarse al margen de esta tendencia general. Nos agobia crear vínculos duraderos porque, por definición, se oponen al cambio continuo, a la continua adaptación. Si establecemos este tipo de vínculos, difícilmente vamos a estar preparados para mover nuestra residencia -y por ende nuestro proyecto de vida- para aceptar un nuevo trabajo en un nuevo país, para empezar de cero en función de las necesidades del mercado de trabajo. 

    Además, el amor se contempla desde la fría racionalidad del consumismo, como una inversión que tiene que dar resultados, obtener algo a cambio. Igual que cuando se va al centro comercial.

    El sexo suple al amor, porque es instantáneo, inmediato y no crea vínculos duraderos.

  Los hijos suponen un compromiso de perdurabilidad en el tiempo. Eso no encaja en la modernidad líquida, de ahí que la gente se lo piensa mucho, vengan las depresiones postparto, las crisis matrimoniales y todo eso. Los hijos también se contemplan desde la racionalidad del consumo. Son una inversión afectiva. Sacamos provecho de ellos, nos dan amor, nos sentimos queridos y se supone que cuidarán de nosotros cuando seamos viejos.

   Aunque la mayoría de las ideas no sean suyas, la parte en la que analiza la ciudad como elemento de la modernidad es de las más interesantes. Las ciudades actuales son el basurero de los problemas sociales mundiales. Los verdaderos individuos dominantes viven en espacios vedados a los demás. Para ellos, la ciudad sólo es un espacio donde satisfaccer sus necesidades. Los pobres tratan de acceder al centro para buscar sustento. pero en el centro molestan porque hay que verlos y ser conscientes de su miseria. Por eso se los expulsa hacia la periferia, donde no se ven, pero al mismo tiempo no hay que verlos.

    La política tal y como se ejerce hoy en día, difícilmente puede dar respuesta a los problemas a los que se enfrenta la sociedad actual. El mundo ya se mueve por cuestiones globales. Sin embargo, la política y la legislación siguen siendo un asunto local.

    En la ciudad se dan dos tendencias: el mixtifilia y la mixtifobia. El miedo a lo desconocido, el no saber cuál es nuestro lugar en el mundo, provoca rechazo a mezclarnos. Por eso las ciudades están llenas de fronteras físicas y simbólicas, espacios vedados donde no puede entrar cualquiera. Para los ricos, el gueto es el espacio en el que no quieren entrar. Para los pobres es el espacio del que no les dejan salir. Las ciudades están llenas de espacios intermedios que sirven como barrera, espacios llenos de cámaras, planos inclinados que no dejan pasar o sitios en los que es imposible sentarse. Pero al mismo tiempo hay una tendencia natural a querer mezclarse y en esta tensión vive la ciudad actual.

jueves, 24 de abril de 2014

Tetralogía de los parias contemporáneos: Zygmunt Bauman

Tetralogía de los parias contemporáneos II: Zygmunt Bauman.





    Zygmunt Bauman tiene una idea: la modernidad líquida. Y escribe tropecientos ensayos sobre lo mismo. Resulta curioso que uno de los bastiones intelectuales contra el capitalismo de mercado saque cada año un ensayo en el que repite una y otra vez lo que ya contó hace veinte años. Eso sí, con un título distinto, letra gorda, bien espaciada, para llegar a las doscientas páginas y poder colocarlo todas las Navidades en las estanterías de la FNAC. Esto no quita que tenga una visión muy lúcida de nuestra realidad contemporánea. Lo que critico es que nos venda lo mismo con distintos envoltorios para mantenerse en la pomada mediática y, de paso, forrarse.
     En lo que a esta tetralogía respecta, Bauman explica por qué surgen sectores de población como los chavs de los que hablaba Owen Jones y el modo en que estos son percibidos por el resto de la sociedad (owen jones. Chavs). Según Bauman, el capitalismo del siglo XIX se basaba en la producción. En las fábricas se producían cosas que luego se vendían. Y para ello hacía falta mano de obra que, como siempre, eran los pobres. El problema con el que se encuentra el capitalismo decimonónico es que hay que convencer a los pobres de que vayan a trabajar a las fábricas en unas condiciones infrahumanas. Surge así la ética del trabajo, que se acaba convirtiendo en la moral de la clase trabajadora. Trabajar es bueno, te convierte en una persona virtuosa. Es un rollo un poco calvinista, como lo que explicaba Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, aunque Bauman no antepone la ideología a la construcción de un nuevo sistema, sino más bien al contrario. El capitalismo necesita una justificación ética que lleve a las masas obreras a trabajar en las fábricas y, para ello, aparece la moral del trabajo.
     Como dije, la sociedad decimonónica se basaba en la producción. Si un individuo no trabaja, no produce, es decir, no contribuye en nada al mantenimiento del sistema, de ahí que se le estigmatice como paria, vago, parásito social.
     Pero esto cambia. En EEUU surge una nueva ética del trabajo. El trabajo ya no dignifica por sí mismo, sino que pasa a considerarse un modo de medro social. Los trabajadores pueden intercambiar su fuerza de trabajo por salarios. Estos salarios, a su vez, sirven para comprar cosas que te hagan feliz y subir de estatus. Es una nueva moral individualista y materialista del trabajo. Trabajar en bueno sólo en el sentido de que sea bien remunerado. Ya no se valora el trabajo, sino sus frutos, el salario.
      Paralelamente, la sociedad basada en la producción va convirtiéndose en una sociedad basada en el consumo. La revolución tecnológica hace que ya no se necesiten grandes masas de trabajadores en fábricas. Se sustituye la mano de obra humana por máquinas. Hace nada pusieron en la Sexta un documental sobre cruasáns. El documental, como todos los de la Sexta, era de un sensacionalismo insoportable, pero me llamó la atención un dato: en la fábrica de cruasáns más grande de Europa, que inunda de bollitos los mercados de España y media Francia, sólo trabajan siete personas. El resto lo hacen unas máquinas muy bien programadas que cuestan mucho menos y no se sindican. Y a esto hay que sumarle la deslocalización que permite la globalización. Las empresas, si les interesa, pueden llevarse las fábricas a cualquier país del tercer mundo donde la legislación laboral permite tener empleados en régimen de semiesclavitud y las leyes 
 mediambientales te permiten acabar con el último oso panda si con ello ganas un euro más. 
     El problema del capitalismo del siglo XXI ya no es la producción. Puede producirse a lo bestia y con un bajo coste, como demuestra el ejemplo de la fábrica de cruasáns. El problema ahora es vender ese producto. El mercado está saturado. Ahora los que contribuyen al mantenimiento del sistema ya no son los trabajadores, sino los que compran los productos que salen de las fábricas. Esto, lógicamente, tiene que estar sustentado por una nueva moral, no ya del trabajo, sino del consumo. Es la manida frase del "tanto tienes, tanto vales". Se identifica la calidad moral de la persona con la capacidad que tenga para consumir, es decir, por el dinero que tenga. Dicho con otras palabras, eres guay si tienes pasta; si eres un tirado, eres un pringao. Nuestra sociedad eleva al altar de héroes mundiales a personajes cuyo único mérito en la vida es acumular una gran cantidad de dinero y que tampoco tienen una actividad muy definida, como los Beckham, Paris Hilton o Kim Kardashian. Los chavs y, en general los pobres, son considerados parias porque no contribuyen en nada al nuevo sistema de consumo. No tienen pasta - no consumen - no sirven para nada - son unos parásitos, es el nuevo razonamiento.
     Quizá una de las aportaciones más interesantes de Bauman es interpretación psicológica del consumo. Parte de una concepción un poco schopenhaueriana de la naturaleza humana. La vida oscila entre el dolor que provoca el deseo insatisfecho y el tedio que llega cuando hemos satisfecho ese dolor. Sufro porque no tengo algo -una novia, un puesto de trabajo, o lo que sea- y, cuando lo consigo, al poco tiempo paso a considerar la nueva situación como normal y me aburro. Para evitar caer en un tedio indefinido, me busco otra meta que me mantiene insatisfecho mientras no la alcanzo. Y así desde que nacemos hasta que nos morimos. Según Bauman, el consumismo ha superado este círculo vicioso. Por medio de la publicidad nos provoca el deseo insatisfecho de poseer ciertas cosas. Pero satisfaccerlas es increíblemente fácil. Basta con ir al centro comercial y pasar la tarde. La expectativa de satisfaccer ese deseo insatisfecho ya basta para hacernos felices. Es como si insatisfacción y deseo se juntasen en una nueva experiencia agradable. Por eso, cuando nos deprimimos, vamos de compras. Comprar es el mejor antidepresivo del siglo XXI, mucho mejor que el Prozac. Pero esta nueva forma de felicidad sólo la tienen los ricos, que son los que pueden consumir. Los pobres sin posibilidad de consumir, los nuevos parias del siglo XXI, se mantienen en una insatisfacción, en una infelicidad perpetua. Y por eso creo yo que los chavs, cuando salieron a saquear Inglaterra, robaron iphones y zapatillas molonas, todos objetos de consumo.

     P.D. De Bauman, en castellano, hay decenas de obras publicadas. Todas son más o menos iguales. Si os interesa, yo os recomiendo La sociedad sitiada, que es fácil de leer y explica todo esto que acabo de contar.