jueves, 10 de agosto de 2023

Umberto Eco: Apocalípticos e integrados


 

 

    Dentro de las diversas críticas dirigidas hacia la cultura de masas, surgen una serie de "acusaciones fundamentales" que merecen consideración. A continuación, se enumeran algunas de estas acusaciones y se ofrece un análisis de cada una:

    a) Los medios de comunicación de masas se orientan hacia un público diverso y se ajustan a "medidas de preferencia", evitando soluciones originales. En este sentido, al difundir una "cultura" homogénea a nivel mundial, eliminan las particularidades culturales inherentes a cada grupo étnico.

    b) Los medios de comunicación de masas se dirigen a un público que carece de conciencia de sí mismo como grupo social distintivo; por lo tanto, el público no puede expresar demandas ante la cultura de masas y en cambio debe aceptar sus proposiciones sin darse cuenta de que lo hace.

    c) Los medios de comunicación de masas tienden a seguir el gusto existente en lugar de promover nuevas sensibilidades. Incluso cuando aparentemente rompen con las tradiciones estilísticas, en realidad se adaptan a la difusión previa de estilos y formas en la cultura superior, que luego son transferidos a niveles inferiores.

    d) Los medios de comunicación de masas tienden a provocar emociones inmediatas en lugar de mediatas. En lugar de simbolizar una emoción o sugerirla, la provocan directamente. Ejemplifican esto la imagen en relación con el concepto o la música como estímulo de sensaciones en lugar de una forma contemplativa.

    e) Los medios de comunicación de masas, inmersos en un circuito comercial, se rigen por la "ley de oferta y demanda". Por lo tanto, ofrecen al público lo que desea o incluso sugieren lo que debería desear, influenciados por una economía basada en el consumo y respaldada por la persuasión publicitaria.

    f) Incluso cuando difunden productos culturales superiores, los presentan de manera simplificada y condensada para que no requieran esfuerzo por parte del receptor. El pensamiento se resume en fórmulas, las obras de arte se presentan en forma de antologías y en dosis pequeñas.

    g) Los productos de cultura superior se presentan al mismo nivel que otros productos de entretenimiento. Por ejemplo, en una revista ilustrada, la información sobre un museo de arte se equipara con los chismes sobre celebridades cinematográficas.

    h) Los medios de comunicación de masas alientan una visión pasiva y falta de crítica del mundo. Desincentivan el esfuerzo personal por adquirir nuevas experiencias.

    i) Los medios de comunicación de masas generan una gran cantidad de información sobre el presente, lo que reduce la conciencia histórica.

    j) Diseñados para el entretenimiento y el tiempo libre, están destinados a captar la atención superficial. Moldean nuestra postura desde el principio, lo que hace que incluso una pieza de música clásica se disfrute de manera superficial en lugar de ser una experiencia estética profunda.

    k) Los medios de comunicación de masas fomentan la imposición de símbolos y mitos de universalidad fácil, lo que disminuye la individualidad y la concreción de nuestras experiencias e imágenes.

    l) Trabajan sobre opiniones comunes y funcionan como una reafirmación continua de lo que ya se piensa, lo que implica una acción socialmente conservadora.

    m) Se presentan como el instrumento educativo típico de una sociedad con un trasfondo paternalista y superficialmente individualista, que tiende a producir modelos humanos dirigidos por otros. Esto se alinea con un régimen capitalista y actúa como una herramienta de control y planificación de conciencias.

    En respuesta a estas críticas, se argumenta que la cultura de masas no es exclusiva de un régimen capitalista, sino que surge en cualquier sociedad industrial moderna en la que los ciudadanos participan en la vida pública, el consumo y las comunicaciones en igualdad de condiciones. Además, se defiende que la cultura de masas no ha reemplazado una supuesta cultura superior, sino que ha llegado a amplias masas que antes no tenían acceso a los beneficios culturales. Esta difusión masiva de información también puede conducir a la formación cultural genuina.

    La homogenización del gusto podría contribuir a eliminar diferencias de clase y unificar sensibilidades nacionales. Asimismo, se resalta que la cultura de masas ha introducido nuevos modos de expresión y ha estimulado la renovación estilística.

    En cuanto a los mitos modernos, se argumenta que transmiten ideologías a través de imágenes concretas, lo que es más efectivo que transmitir conceptos abstractos. El mito de Superman, por ejemplo, refleja el deseo de una vida extraordinaria en un mundo que a menudo se percibe como monótono. Superman destaca en una sociedad que tiende a igualar a las personas, y su papel encarna valores capitalistas y maniqueos, alineándose con una concepción de bien y mal definida y un énfasis en la propiedad privada.

    En resumen, las críticas a la cultura de masas subrayan su influencia en la percepción, la pasividad y la homogenización de la sociedad. Aunque también se argumenta que tiene el potencial de estimular la formación cultural y provocar cambios culturales significativos. Los mitos modernos como Superman ejemplifican cómo los medios de comunicación pueden transmitir ideologías y mantener su influencia en la sociedad.



Byung Chul Han: La sociedad de la transparencia




    El ensayo gira en torno al concepto de transparencia que está permeando todos los aspectos de la sociedad. Esta noción se está extendiendo globalmente y va más allá de la esfera política y económica. No solo se usa para denunciar la corrupción y la libertad de expresión, sino que la sociedad actual demanda transparencia en todas las áreas.

    El autor estructura el texto en nueve capítulos para explorar la transparencia desde diversas perspectivas. Específicamente, Han aborda la sociedad positiva, la sociedad de la exposición, la sociedad basada en la evidencia, la sociedad de la pornografía, la sociedad de la aceleración, la sociedad íntima, la sociedad de la información, la sociedad de la revelación y la sociedad del control. Todos estos términos describen los cambios originados por la transparencia en el sistema.

    Han equipara la sociedad de la transparencia con la sociedad positiva, ya que la falta de negatividad encaja con la transparencia. Esto implica la eliminación de elementos como la oscuridad, el misterio y la duda. Según Han, las cosas se vuelven transparentes cuando se convierten en mercancías y pierden su singularidad, lo que resulta en una sociedad orientada hacia el consumo y el confort en lugar de la complejidad. La transparencia se asocia más con las máquinas que con los seres humanos, ya que la esfera privada es natural para las personas y no podemos ser completamente transparentes ni siquiera ante nosotros mismos.

    La sociedad positiva organiza la vida humana al eliminar lagunas de información y fomentar el cálculo sobre el pensamiento. Se busca el placer en forma de aprobación ("me gusta") y evita las complejidades o los problemas. Han argumenta que no existe un botón de "no me gusta" porque esta sociedad prefiere la positividad y la simplicidad.

    La transparencia no cuestiona el sistema ni busca alternativas. En política, la transparencia parece inapropiada debido a la naturaleza de las estrategias secretas. Han sostiene que la transparencia marca una etapa de postpolítica.

    La sociedad de la transparencia se relaciona con la sociedad de la exposición, donde la visibilidad es clave para la existencia. Esta exposición convierte las cosas en mercancías y reduce la importancia de las mismas. Se presta poca atención a lo que no se expone, y la comunicación visual carece de profundidad.

Han compara la sociedad de la transparencia con la sociedad de la pornografía, ya que ambas demandan una desnudez total y eliminan el significado y la fantasía. Esta desnudez lleva a la pérdida del encanto y la profundidad.

    El autor define la sociedad de la aceleración en términos de hiperactividad, hiperproducción y hipercomunicación. Estos procesos no buscan narrar ni tienen un propósito específico, sino que suman elementos. La transparencia elimina rituales y ceremonias que ralentizan la comunicación.

    En el mundo actual, la intimidad se ha convertido en un producto expuesto y consumido. La transparencia lleva a la exposición de la intimidad y la eliminación de la distancia. Han argumenta que estamos en una sociedad narcisista centrada en el "yo", ya que los signos rituales y ceremoniales que solían permitir la evasión de uno mismo han desaparecido.

    A pesar de ser una sociedad de la información, la sobrecarga de información conlleva el control y la vigilancia digital. Han compara la red con un panóptico digital, donde la vigilancia es omnipresente y los individuos revelan voluntariamente información personal. La red no garantiza la verdad, sino que facilita el control.

    La sociedad está experimentando cambios profundos y cómo reducimos la esfera pública a nuestra realidad inmediata y a nuestros intereses. A pesar del control sobre la vida personal, también buscamos espectáculo y acceso a la información de otros.

lunes, 7 de agosto de 2023

RACIONALIZACIÓN

 


    Fue un Sábado. La noche anterior me había pasado un poquito con el vino. Me dolía la cabeza y tenía ese desagradable revoltijo estomacal propio de la resaca. Tampoco había dormido bien, así que estaba cansado. Lo lógico hubiese sido quedarse en casa o dar un paseíto tranquilo por la orilla del mar, pero pensé que sudar me ayudaría a combatir la resaca. Hice la mochila y fui a QproGym. Me subí a la bicicleta estática. Empecé a pedalear perezosamente. Con cada latido del corazón las sienes palpitaban y me dolía más la cabeza. Seguí con más fuerza. Debía alcanzar un nivel de esfuerzo que abriese los poros de mi piel para liberar las toxinas en forma de sudor y así quedar por fin libre del malestar de la resaca. Aumenté otra vez la cadencia del pedaleo. Empecé a jadear. Los primeros signos de sudor aparecieron en los sobacos y la parte baja de la espalda. Una gota cayó resbalando por el pelo delante de la oreja. Iba por el buen camino. Pero la cosa no estaba siendo fácil. La cabeza me seguía doliendo y las piernas me ardían como si estuviese levantando cien kilos. Sea como sea, no debía decaer. Le di más caña. Jadeé, sudé y, sobre todo, sufrí. Mucho. Sufrí un montón. Mi entrega fue total. Era increíble lo mal que me sentía y lo duro que estaba trabajando. Hasta que miré el reloj. Fue como si me hubiesen tirado una mierda a la cara. Siete minutos. Siete putos minutos. Había estado a punto de morir de un infarto para siete putos minutos. Pero no me amilané. Seguí dándolo todo hasta hacer mis 45 minutos de cardio sin parar. Fue algo épico, porque el tiempo pareció estirarse, casi hasta detenerse. 45 miserables minutos convertidos en una eternidad. Observé a los otros usuarios del gimnasio con odio. Seguro que a aquellos asquerosos el tiempo se les pasaba mucho más rápido que a mí. Acabé mi sesión de bici y me desplomé en las colchonetas. Tenía la camiseta empapada y me quería morir.


No soy yo, pero podría serlo.


    No digo nada nuevo cuando afirmo que la percepción del tiempo es subjetiva. Anthony Giddens, en Consecuencias de la Modernidad, sostiene que en las sociedades tradicionales el tiempo se medía en función del espacio -posición del sol, por ejemplo-. Pero en el siglo XVIII se inventó el reloj, que pronto se extendió a toda la población. Esta máquina permitió separar el tiempo del espacio. Paralelamente se unificaron internacionalmente los calendarios. Giddens habla de "vaciado temporal", en el sentido de que la medición del tiempo se convierte en algo abstracto, sin contenido.


Giddens. Aunque fue asesor de Tony Blair,
es un sociólogo muy interesante.

    Durante el tiempo que yo estuve en la bicicleta estática, las manecillas del reloj se movieron igual para todo el mundo. Pero este movimiento no fue más que un recipiente vacío, que hay que llenar con la experiencia personal de cada uno.
    Me llevó un tiempo darme cuenta de que el tiempo objetivado de QproGym solo es una forma más de racionalización de nuestra sociedad contemporánea. La MdDonalización de la sociedad desarrolla y aplica al siglo XXI la teoría de Max Weber de la jaula de hierro y la hiperracionalización. Según Ritzer el concepto que rige nuestra forma de trabajar, producir y consumir es la eficacia. La definición de eficacia es un poco compleja, pero se ve muy clara con una serie de ejemplos:
    En McDonald´s, y en general en todos los restaurantes de comida rápida, se ha demostrado que es mucho más eficaz que los clientes hagan muchas de las funciones que antes estaban destinadas a los camareros. En estos restaurantes el cliente es el encargado de hacer cola ante una barra para recoger la comida, en lugar de esperar tranquilamente a ser atendidos en la mesa. Después de comer es el encargado de recoger sus sobras y tirarlas a la basura, dejando así limpia la mesa para el siguiente.


Lo que en un restaurante normal hacen los camareros
y lo que en McDonald´s haces tú. 


    Igualmente, en estos restaurantes se trabaja en cadena. En lugar de que haya un cocinero que pique la cebolla, limpie y trocee el tomate, ponga a la plancha la hamburguesa, etc... se trabaja como en una cadena de montaje. Hay un supervisor que se encarga de prevenir qué productos se demandarán, los pide y, en la cadena, un chico coge las carnes de las hamburguesas y las pone en la plancha, otro las saca y las pone en los panes, un tercero coloca el tomate, la lechuga y la cebolla, un cuarto echa las salsas y el quinto mete la hamburguesa ya hecha en esas cajitas de espuma.





Tres actividades desarrolladas por los empleados
 de McDonald´s. El empleado puede pasarse ocho horas
 seguidas haciendo solo lo que se ve en cada una de las fotos, 


    Ambos fenómenos -trasladar parte de la producción al cliente y trabajar en cadena- se consideran más eficaces porque abaratan mucho el coste y se produce una mayor cantidad en menor tiempo.
    Ritzer escoge McDonald´s como metáfora de la sociedad moderna porque es una de las empresas más conocidas a lo largo y ancho del mundo, pero estas estrategias para aumentar la eficacia se dan en otros muchos lugares. Así, sin pensar demasiado, se me ocurren un montón:
1. IKEA traslada gran parte de la producción al cliente. Tú recorres la tienda, anotas lo que quieres en un papel, luego bajas a un hangar enorme, coges el producto, lo cargas hasta la caja registradora, lo pagas, lo metes en el coche, lo llevas hasta tu casa, lo montas tú y lo colocas como puedes. Por eso los muebles de IKEA son mucho más baratos que los de las tiendas convencionales.
2. Las máquinas de café que hay en cualquier oficina. En lugar de ir a la cafetería a que te hagan un café, metes una moneda en una máquina y te tomas el café de pie en un vasito de plástico.
3. Las cabinas de pago de las autopistas en los que no hay nadie atendiendo, sino que tienes que ser tú el que meta la tarjeta y, si quieres un recibo, apretar un botón para que la máquina lo expenda.
4. Un crucero, que son unas vacaciones planificadas en las que se aprovecha todo, especialmente el viaje para dormir y supuestamente no perder tiempo en los desplazamientos.
5. El supermercado. En el ultramarinos pedías lo que querías en un mostrador y, si eras cliente habitual, hasta el chico te lo llevaba a casa. Ahora lo coges tú de las estanterías y lo llevas a la caja. En el último y más delirante estadio de la racionalización llegas incluso a cobrarte tú mismo en las cajas de autopago con el cebo de que son más rápidas.
6. El centro comercial. Ya no hay que ir a buscar una tienda detrás de otra. Basta con coger el coche y acercarnos a un centro comercial para tener todas las tiendas juntas, sin necesidad de desplazarnos de una a otra. Al final de la jornada, si estamos cansados, ya no hay por qué fatigarse buscando una cafetería porque suele haber varias en la última planta.
    Podríamos seguir así con prácticamente todas las actividades humanas actuales, porque en todas se ha tratado de optimizar la eficacia.

Ikea. La pesadilla de la racionalización, que es una 
máquina de destrozar matrimonios. 

    Según Ritzer hay tres conceptos fundamentales que determinan lo que se considera eficaz y lo que no:
    En primer lugar está la cantidad. Producir mucho y en gran cantidad se considera un signo inequívoco de eficacia. Importa muchísimo más la cantidad que la calidad, de ahí la proliferación de restaurantes del estilo de McDonald´s y la tiranía de los índices de audiencia que lleva a las cadenas a insertar en sus programas basura como Sálvame que tiene una calidad ínfima pero que asegura altos índices de audiencia.
    En segundo lugar parece preocuparnos mucho la predicibilidad. Queremos saber exactamente qué es lo que nos vamos a encontrar, desde la comida al cine. Uno puede entrar en un McDonald´s, un IKEA, un Zara o cualquier otra multinacional en cualquier parte del mundo y sabe exactamente cómo va a ser y, por ende, el modo en que tiene que comportarse.
    Y, en tercer lugar, es muy importante el control, tanto de los trabajadores como de los clientes. En un Zara o en un H&M el encargado ejerce un control férreo sobre sus empleados a los que vigila siendo este a su vez controlado por otro cargo por encima de él. Los trabajadores también se controlan entre ellos por medio de comentarios y denuncias a los superiores. Y los clientes son controlados, ya que se les prescribe un comportamiento muy concreto en todos y cada uno de estos establecimientos. Entramos, buscamos lo que nos gusta, lo llevamos al probador, una chica nos da un plastiquillo con un número que identifica la cantidad de prendas que llevamos. Nos las probamos, nos quedamos con la que nos gusta y le dejamos las que no a la chica. Luego vamos a la caja, hacemos cola, pagamos, nos meten nuestra compra en una bolsa y nos vamos. Cualquier comportamiento que no entre dentro de este férreo patrón va a ser percibido como anormal y con toda probabilidad va a acabar en una llamada a seguridad.

Clientes amaestrados de Zara.


    Sin embargo, Ritzer observa que desde finales del siglo XX el control se ejerce cada vez más por medio de máquinas y menos por medio de personas, ya que las máquinas son percibidas como formas de control más eficaces y menos agresivas que las personas. Así, el trabajo que antes lo hacían personas se ha pasado a la tecnología -por ejemplo las cabinas de autopago en los autopistas y supermercados, o la cadena de producción de hamburguesas de McDonald´s, en las que un pitido suena periódicamente avisando a los trabajadores de las diferentes actividades que tienen que hacer, como levantar la carne de la plancha o ir a desinfectarse las manos-. En este punto Ritzer hace un par de observaciones graciosas cuando señala la falsa camaradería y la falsa sensación de intimidad entre cliente y trabajador creada por la alegría forzada de los trabajadores de los sitios mcdonalizados y dice que parece que estás en un campo de reeducación y que les han dado un euforizante o alguna otra droga. Y le fascina que estos trabajadores sean todos iguales allá donde estés: el mismo corte de pelo, misma complexión, todos parecen buenos chicos.
    QproGym es una oda a la racionalización y la eficacia. En primer lugar, es un espacio común para que todos hagamos ejercicio allí. Podríamos hacerlo a nuestro aire en casa, pero para ello tendríamos que tener una casa enorme y hacer una inversión considerable en máquinas. Esto escapa a las posibilidades de la mayoría de los usuarios, así que compartimos gastos vía la cuota mensual y a cambio podemos disponer de todo tipo de máquinas especializadas muy caras en un espacio amplio y agradable.


Espacio racionalizado de Qpro.

    En segundo lugar, a los usuarios se nos asigna una tabla de ejercicios en función de los objetivos de cada uno, pero que es bastante similar para todos. Empezamos con diez o quince minutos de ejercicio cardiovascular (nos dejan elegir entre bicicleta estática, elíptica, remo o cinta de correr), luego vamos a la zona de musculación, hacemos dos o tres ejercicios -estos son los individualizados en función del objetivo-, volvemos al cardiovascular otros diez o quince minutos, más ejercicios de fuerza y, si no estás exhausto, puedes darle un poquito más al cardio. Igual que podríamos tener un gimnasio en casa, podríamos tener un entrenador personal, pero eso sería caro y la mayoría no nos lo podríamos permitir, así que recurrimos a que Juan nos haga una tabla de ejercicios individualizada, pero que luego hacemos de forma individual. Juan, o el monitor que esté en ese momento en la sala, nos controla desde la distancia y, si ve que estamos haciendo algo mal, interviene. Pero no está con nosotros la hora y media que estamos allí, guiándonos y prestándonos atención individualizada. 
    Y en tercer y último lugar, nuestro comportamiento, gracias a las tablas, es perfectamente predecible. Como borreguitos bien amaestrados seguimos la rutina pautada. Juan nos tiene bien controladitos sin tener que recurrir a la fuerza, ni siquiera a la intimidación.
    Sin embargo, como comprobé aquel Sábado por la mañana de resaca en la bicicleta estática, no todo es maravilloso en este mundo mcdonalizado. Hay, por el contrario, evidencias de multitud de irracionalidades que ponen límites y en peligro al racionalismo de la cadena producción-consumo moderno. Y aquí, a bote pronto, se me ocurre otra buena batería de ejemplos:
1) los atascos y las colas interminables en las autopistas cuando no pasa la tarjeta o alguna cabina no funciona.
2) Los cajeros automáticos son sangrantes. En primer lugar, te aseguran que son rápidos, lo que tes mentira cochina, porque para encontrarlos hay que irse muy lejos y, en muchas ocasiones, no nos pueden dar dinero por las más diversas razones. Además, el banco se ahorra un empleado al convertir al cliente en un trabajador sin sueldo que hace él solito sus propias gestiones, pero, en lugar de revertir eso sobre el consumidor, el banco se queda con un porcentaje de cada operación.
3) Es cierto que los centros comerciales ahorran tiempo porque allí puedes comprar comida, ropa, ir al cine y tomar una caña todo en el mismo sitio. Pero hay que desplazarse hasta ellos y suele haber atascos y muchos problemas para encontrar aparcamiento, de modo que el ahorro de tiempo no es más que supuesto.
4) En los parques de atracciones, donde se supone que uno tiene toda la diversión concentrada, se pierde el noventa por ciento del tiempo en desplazamientos y colas interminables.
5) Puede ser más eficaz hacer la comida tú en casa que meter a toda la familia en un coche, conducir hasta el restaurante de comida rápida de turno, llenarse de comida y conducir de vuelta a casa. Son restaurantes de comida rápida a medias.




    Por todo ello a Ritzer no le acaba de convencer la mcdonalización de la sociedad. Este juego de racionalización/eficacia no son el medio más eficaz para alcanzar un fin. El sistema resulta eficaz para los empresarios que tienen unos beneficios mucho mayores, pero desde luego no para el cliente. Además estos sistemas generan una cantidad indecente de desperdicios, lo que degrada mucho el medio ambiente y a la larga generará graves problemas. Y finalmente, todo en ellos es ficción. Para los clientes no es eficaz ni barato, sólo se les proporciona la ilusión de eficacia y baratura e, incluso, de diversión. McDonald´s pone payasos y parques infantiles, se nos vende una tarde en el centro comercial como si fuese la fiesta máxima y se nos crea la ilusión de que nos estamos divirtiendo.
    No creo que esto último sea este el caso de QproGym. QproGym es una pequeña empresa, y solo las grandes multinacionales pueden llegar a este estadio de racionialización/extracción del capital. No creo que el simpático Juan saque unos beneficios astronómicos gracias a sus tablas de ejercicio, sino que simplemente hacen viable el negocio y que mucha gente pueda hacer deporte sin ser millonario. Tampoco creo que degrade mucho el medio ambiente, aunque en esto tengo que reconocer que no es más que una impresión, ya que no tengo conocimiento alguno sobre la huella de carbono de un gimnasio. Y finalmente no sé hasta qué punto se crea una ilusión de diversión. Desde luego yo no lo paso nada bien.

    Anexo:
    En una de nuestras entrevistas, le comenté a Juan que la racionalización del tiempo y la actividad en QproGym era absurda porque el ejercicio depende de cómo te encuentres. Juan abrió mucho los ojos y levantó las palmas de las manos
    -Joder. Pues haz menos.
    Obvio.
    Lo que no le dije a Juan es que hemos asimilado hasta tal punto los procesos de racionalización que hemos adecuado nuestra percepción a ellos. Por muy mal que me encuentre, si no hago los 45 minutos de cardio, no tengo la sensación de haber hecho bien deporte.

sábado, 29 de julio de 2023

CAPITALES II: LA ETIQUETA CORPORAL


    Durante días la idea de los capitales me siguió rondando por la cabeza. A no ser que uno sea un misántropo –que no es mi caso-, a nadie le gusta caerle mal a sus semejantes. Además, la médica aquella me había dicho que me tenía que cuidar. El gimnasio era el único medio para poder seguir comiendo y bebiendo a mi antojo sin morir a los 45. Abandonarlo no era una opción. Pero los ejercicios ya eran lo suficientemente duros como para añadirle el desprecio de mis compañeros de esfuerzo. ¿Qué podía hacer al respecto? No podía plantarme en QproGym con una tarta de chocolate e invitar a todo el mundo para hacer las paces. Tampoco podía regalarles dinero o droga a cambio de amistad, ¿qué sé yo? La idea me agobiaba y, al tiempo que trataba de pasar inadvertido en QproGym, pensaba de forma obsesiva en el capital cultural y el capital erótico. 






    Debió ser un Martes o un Miércoles, porque eran los días en que coincidíamos todos en la sala de profesores. Entré tranquilamente con los libros debajo del brazo. Miguel, mi compañero de lengua gallega, estaba respantingado en una silla junto a los ordenadores. Hablaba con Rosa y Gabriel. 

    -Los coches se inventaron para algo. Cada vez que veo a uno de esos runners me canso solo de verlos…

    Miguel se tocó la barriga en un gesto que denotaba el orgullo que sentía por ella. Me senté a su lado y escuché con atención. Siguió hablando del poco deporte que hacía y de lo orgulloso que estaba de ello. En su opinión, una persona que hace deporte es un demente. Gabriel y Rosa estaban totalmente de acuerdo con él. No recuerdo las palabras exactas porque no llevaba mi libreta de notas, pero de aquella conversación se colegía que a mis compañeros toda aquella persona que dedicase demasiado tiempo al cuidado de su cuerpo les resultaba sospechosa de abandonar su intelecto. A mí todo aquello me resultaba interesantísimo, porque confirmaba mis teorías de los capitales. En un momento determinado Miguel se volvió hacia mí.
 
    -¿Verdad? –dijo.

  Lo cierto es que yo no estaba para nada de acuerdo con aquellas afirmaciones absolutas. Es cierto que un cuerpo cincelado en bronce no deja mucho tiempo para entregarse a la filosofía, pero puede ser increíblemente útil en una discoteca a las cuatro de la mañana, cuando tratas de ligar en el mercado de la carne. O en la guerra, donde queremos tipos duros que cumplan con las órdenes sin rechistar y no un filósofo que se ponga a cuestionar el sentido de la vida. Pero, como San Pedro, negué tres veces.

    -Por supuesto, por supuesto, por supuesto –dije.


Algo que mis compañeros de trabajo no valoran nada. 

    La conversación siguió, a partir de aquí con mi colaboración activa. Les conté que llevaba yendo al gimnasio tres meses por prescripción médica. 

    -¿En serio? –me preguntó Rosa. 

    Yo estaba lanzado. 

    -Tienes que ver lo que hay allí. La peña está totalmente pirada. Pasan toda la puta tarde mazándose como bueyes. Yo no, claro. Yo solo voy un ratito, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? No voy a dejar de beber y de fumar. Pero tampoco te creas que voy mucho. Una horita tres días a la semana. Y con eso es más que suficiente. No voy a dejar el cine o de leer. 

    Por sus caras inferí que mi discurso les había convencido. No tenía otra opción ya que la médica me había mandado, pero debía tener siempre en mente que era una actividad baja. No debía dedicarle mucho tiempo y, sobre todo, debía mantener cierta actitud cínica frente a ella. 

    -¿Y qué piensa un antropólogo como tú del gimnasio? –me preguntó Gabriel. 

    Yo boqueé un poco como un tonto. Afortunadamente tocó el timbre antes de que tuviese que confesar que el gimnasio es un aleph que me tenía fascinado.

    Me fui a clase con los de FP Básica. Nadie quiere darles clase porque suelen ser grupos bastante conflictivos, pero yo me lo paso pipa con ellos. Hicimos cuatro chorradas de gramática y luego me contaron cómo hacían para robar cobre en obras.
 
    -Ya tengo localizada una con un ascensor a medio montar –me dijo uno. 

    Yo traté de hacerles ver que el robo y venta ilegal de cobre no era una buena idea, pero creo que no me hicieron mucho caso. Entendía que les gustase fumar hachís y que tuviesen que recurrir a alguna que otra actividad ilegal para financiar el vicio, pero lo del cobre era peligroso de verdad. No solo por el riesgo que entrañaba entrar en una obra con guardias y perros de seguridad, sino porque, en caso de que los trincase la Guardia Civil, iban a tener problemas. No me puse paternalista porque eso les molesta mucho. Simplemente expuse la cuestión en términos económicos: el riesgo es mucho mayor que el beneficio. Luego me contaron que uno de ellos –no me quisieron decir el nombre- tenía problemas con otro alumno de formación profesional porque le había robado una bolsa de marihuana de la taquilla. Esta vez tampoco me puse en plan profesor, enfadándome y castigándolos por una infracción tan grave de las normas. Castigándolos no iba a conseguir que dejasen de fumar hierba en el instituto, sino solo que me viesen como el enemigo y entonces cualquier esfuerzo por ayudarles iba a ser frontalmente rechazado. En su lugar, les pedí que evitasen cualquier confrontación violenta. Les dije que a mí sus trapicheos me traían al pairo, pero que, si se pegaban, ya fuese en el instituto o en la discoteca el fin de semana, íbamos a tener lío. 

Aunque parezca increíble, por culpa de la publicidad, algunos estilos
musicales y ciertas series, muchos adolescentes se sienten fascinados con esto. 

    -Mirad. La ley es así. Si os pegáis tanto aquí como fuera, el instituto es el responsable. Si hay hostias, al final voy a acabar involucrado yo, y la guardia civil y hasta el director del instituto. Y ninguno quiere que las cosas acaben así. Ni yo quiero andar con un expediente, ni vosotros con antecedentes penales por robo, tráfico y agresión. Así que es mejor para todos que arregléis esto discretamente. 

    -Como me venga en Clip es que lo reviento –dijo uno. 

    La intervención no había sido muy inteligente por su parte, ya que evidenciaba que había sido él el que había robado la hierba, pero me hice el loco. 

    -Y entonces todo acabará como te acabo de decir –dije-. ¿Y tú quieres acabar en un juicio con antecedentes penales? ¿No es mejor solucionar esto antes de que las cosas se desmadren?

    Él se hizo un poco el chulo para demostrarnos a todos que era un tipo duro, pero al final acabó dándome la razón. No sé si fue por mi charla o simplemente por puro azar, pero lo cierto es que la sangre nunca llegó al río. Tal vez le devolviese la hierba a su legítimo dueño, tal vez quedasen en un descampado para pegarse con discreción, tal vez las cosas se solucionaron porque sí o tal vez todo fuese una trola para hacerse los gallitos, pero el caso es que las cosas no fueron a mayores y no hubo altercados ni en la discoteca ni en el instituto. Sea como sea, la conversación siguió por otros derroteros y el tiempo pasó.

    Ana tenía que hacer algunas gestiones en Vigo, así que comí solo. Luego me tumbé en la cama con la intención de leer un rato, pero no lo hice. Solo me quedé muy quieto, con las manos cruzadas detrás de la nuca mirando el techo. Una mosca daba vueltas alrededor de la lámpara. Me caían bien los chavales de FP Básica. Y mis compañeros Miguel, Rosa y Gabriel. No había tenido problema alguno en encajar con todos y cada uno de ellos. Simplemente me habían bastado unos segundos para adaptarme a dos contextos tan diferentes. Era algo a lo que estaba acostumbrado y me salía instintivamente. Cambiaba de registro sin dificultad y, sobre todo, sin notarlo yo. ¿Me convertía eso en un farsante? ¿quién era yo, el pseudointelectual del despacho de profesores o el adulto que había utilizado razonamientos mafiosos para evitar una guerra entre dos grupos de FP?  

    En Sociología del cuerpo André Le Breton reformula las ideas de Goffman para acuñar el término etiqueta corporal. Según Le Breton:


En todas las circunstancias de la vida social es obligatoria determinada etiqueta corporal y el actor la adopta espontáneamente en función de las normas implícitas que lo guían. (…)  Cada actor quiere controlar la imagen que le da al otro, se esfuerza por evitar las equivocaciones que podrían ponerlo en dificultades o hacer que el otro caiga en el desconcierto.


    Así las cosas, yo no soy ni un farsante ni un demente con personalidad múltiple. Todos y cada uno de nosotros cambiamos de rol en función del contexto de interacción social en el que nos encontramos. Adecuar nuestro comportamiento a la situación es lo que Le Breton llama etiqueta corporal. Hacerlo en el gimnasio no fue tan difícil, aunque me llevó tiempo. Bastó con seguir los códigos de comportamiento allí prescritos. Se acabaron los comentarios pseudointelectuales. Solo se habla de fútbol, de los propios ejercicios y el entrenamiento; de deporte en general; nunca de política; un poquito de chicas. Tampoco es conveniente hablar mucho, sobre todo si la persona no es un conocido íntimo. La gente está allí para entrenar, no para hablar con desconocidos. Y es importante hacer bien los ejercicios y tener un cuerpo bastante tonificado. La etiqueta corporal no se limita al comportamiento. Difícilmente van a tomarte en serio si no te adecúas al contexto. Un gimnasio es un espacio diseñado para el cultivo del cuerpo. Unas tetillas fofas o la barriguita cervecera delatan al neófito, al que acaba de llegar y que probablemente no dure mucho allí. Ahora, cinco años después, creo que me ha ganado el respeto incluso de los irreductibles de QproGym.




 

viernes, 28 de julio de 2023

LOS CAPITALES



    En Poder, derecho y relaciones sociales(1), Pierre Bourdieu distinguía tres tipos de capital: El capital económico, que son los bienes materiales que una persona posee; el capital social, que es el grupo social al que pertenece y las relaciones que establece; y el capital cultural, que son los conocimientos y las actitudes del individuo. A estos capitales, Catherine Hakim añade el capital erótico, que es una combinación de la belleza física, el atractivo sexual, el tono corporal y la buena forma física (2). Estos cuatro capitales le sirven a la persona para moverse en sociedad y obtener lo que desea. 

    Por la mañana, en clase, había estado hablando del sentido de la vida con mis alumnas de primero de bachillerato a partir de Las coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. Había sido una clase casi redonda, de esas en las que no tienes que pedir ni una sola vez que se callen. No todo había sido mérito mío, porque lo cierto es que eran un grupo de chicas muy agradable, con muchas inquietudes. En el recreo, me había cruzado con el director que hablaba con tres de aquellas alumnas.
    -Oye, Curro, ¿qué les has dicho a estas pobres del sentido de la vida? -me preguntó. Me detuve y miré a las tres chicas, que parecían apesadumbradas. El director debió verse en la necesidad de explicarse-. Es que están hechas polvo. 
    -Solo hablamos de Jorge Manrique, un poco de Kierkegaard, del vacío y del silencio. 


   

    Mi respuesta era de una pedantería indecente, pero el director es buena persona y estaba realmente preocupado por el estado emocional del alumnado de primero de bachillerato. 

-¿Tú no crees que la vida tenga sentido si no existe Dios? -me preguntó. 

- Hablábamos de la concepción medieval de la vida y de la muerte, no de lo que yo opino.

    -Pero estas pobres están desoladas-. El director hizo un gesto cariñoso con la mano para señalar a las tres alumnas-. ¿Realmente crees que la vida carece de sentido sin Dios? Yo creo que uno puede encontrar el sentido de la vida en muchas cosas: realizándose en el trabajo, creando una familia...

Las tres chicas nos observaban con muchísima curiosidad, casi bebiendo nuestras palabras. Eran chicas de dieciséis años, influenciables y, repito, con muchas inquietudes. 

    - No creo que importe mucho lo que yo opino -repuse.

   - ¿Crees que la vida no tiene sentido? -insistió una de las alumnas.

    La miré un instante en silencio. Ella tenía los ojos muy abiertos y sujetaba su libreta contra el pecho con los brazos cruzados, como si temiese y desease al mismo tiempo mi perniciosa influencia. 

    -De verdad que lo que yo opine carece de importancia. 

   Ella cogió aire llenándose de valor. 

   -Ya, pero ¿qué piensas?

    La chica me era muy simpática. Mentirle sería una bajeza. Y era inteligente, por lo que responder con una generalidad hubiese sido un insulto. 

    -Yo creo que la muerte es absurda. No tiene sentido. No entiendo por qué tiene que ser así. Exista o no exista Dios, es algo tan insensato que hace inadmisible todo lo que viene antes. 

    El director se vio en la obligación de intervenir. 

    -Pero se puede encontrar la felicidad en las cosas pequeñas... 

    Yo ya estaba lanzado a una vorágine de verborrea sentenciosa.

Negué la mayor.

    -Es que yo no puedo admitir que el sentido de la vida sea la felicidad. La felicidad me parece como darle una chuchería a un niño para que deje de molestar. La única razón para el hedonismo es acallar esa voz interior que repite una y otra vez por qué. 

   -Joder -dijo otra alumna. 

Se hizo otro instante de silencio. Me había pasado, no de pesimista, sino de pedante.  No sabía si la verdad de mis palabras estaba en su significado o solo en el modo en que sonaban. La adolescencia, por su falta de experiencia, tiende a dejarse seducir más por los fuegos de artificio que por la verdad. Y utilizar eso en beneficio de mi propia vanidad era una auténtica vileza.

  -Lo lamento -dije. 

 -No, no -dijo la tercera alumna, que no había hablado hasta el momento-. Si mola que en clase nos hagas pensar. 

 Esto sí que fue un chute de vanidad. Interminables horas de humillaciones en la FP Básica y de pasar mis días enseñando bobadas de sintaxis cobraban sentido solo por esa frase. 

-Gracias -dije; y me marché escaleras abajo con una estúpida sonrisa de autoestima alagada. 

 A mis espaldas poco a poco se perdían las palabras del director, que trataba de convencer a las alumnas de que la vida merece la pena ser vivida. 


Triunfo de la muerte. Pieter Bruegel el Viejo. Esta pintura me tiene absolutamente fascinado.



    En el despacho del departamento me encontré con Miguel y Gabriel, dos compañeros, que charlaban de cine. Me senté con ellos y pasé veinte minutos muy agradables, hablando de películas, relacionándolas con novelas y con ensayos de sociología que habíamos leído. Luego eché un par de horas con los alumnos de segundo de la ESO. A estos no les hablé de la muerte ni de Tarkovski, pero hice muchos chistes y nos reímos un montón.

    Cuando llegué a casa a mediodía, estaba tan satisfecho de mí mismo que me costaba no levitar. Era un tipo inteligente, todo un intelectual. Y además gracioso. 

    Eran las ocho menos cuarto de la tarde cuando crucé la puerta de cristal QproGym. Me puse la ropa deportiva y entré en la sala de musculación. Cogí la hoja con mi rutina de trabajo del mueble archivador. Esa semana empezaba una rutina nueva, así que los dibujos con los nombres en inglés debajo apenas significaban nada para mí. Me subí en la biciestática. Pedaleé diez minutos hasta que empecé a sudar. A mi alrededor, varios jóvenes levantaban pesos increíbles en las máquinas multifunción. En este sentido, habría que señalar que QproGym tiene unas franjas de edad muy marcadas. No están escritas en ningún sitio, pero supongo que los propios quehaceres diarios de cada edad llevan a los usuarios a agrupar los horarios por años. A primera hora de la mañana, muy temprano, acuden los jubilados, que caminan en la cinta o pedalean lentamente y hacen suaves ejercicios de movilidad. Por su parte, el público de media mañana es ligeramente más heterogéneo: una combinación de amas de casa, deportistas de élite y veinteñeros y treintañeros que preparan las oposiciones a bombero o policía. A eso de las seis de la tarde hay poca gente, en su mayoría adolescentes o jóvenes que vienen a QproGym influenciados por la ideología del cuerpo bello. Y a última hora, a partir de las siete y media o así, cuando terminan las jornadas laborales, llegan los cuerpos más trabajados, los tríceps más desarrollados y los cuádriceps que apenas si caben en las perneras de los pantalones. Es cierto que de vez en cuando uno puede encontrarse a un anciano haciendo suaves movimientos de hombro a las ocho de la tarde y a un culturista de músculos hipertrofiados a las once de la mañana, pero no es lo normal. La tendencia general es a que el público mantenga los horarios divididos por franjas de edad. 


Es una foto extraída de Google, pero perfectamente podría ser la estampa
que nos encontraríamos en Qpro si fuésemos a primera hora de la mañana.



    Me bajé de la bicicleta y me encaminé hacia X, el monitor que, apoyado en la pared, observaba de brazos cruzados la sala de musculación como un general el campo de batalla. Cuando llegué a su altura, levanté ligeramente la hoja de la rutina mensual para llamar su atención. Ni se inmutó, como si yo fuese un edecán que le trae pequeñas miserias de intendencia. Siguió contemplando la sala que se extendía ante él como Napoleón debió contemplar los altos de Pratzen. Carraspeé. Nada. Volví a carraspear. Ni puto caso. 

    -Perdona X -dije al fin-. Tengo que hacer Hip Thrust y no sé qué es. 

    Se volvió lentamente. No me miró. Solo lanzó una rápida ojeada a la hoja con la rutina y me señaló un banco. 

    -Coge una pesa de veinte kilos –dijo. 

    Obedecí y me reuní con él en el banco de trabajo-. Siéntate en el suelo y pon la pesa en la parte baja del abdomen.

     Volví a obedecer y X me indicó que el ejercicio consistía en apoyar la parte alta de la espalda en el banco y subir la cadera hasta que mis rodillas quedasen en un ángulo de noventa grados y bajar de nuevo, todo con la pesa de veinte kilos en la parte baja del abdomen. Lo hizo con una desgana increíble. No solo no me dirigió una sola mirada en los dos minutos que duró la explicación, sino que hasta no disimuló lo más mínimo la molestia que yo suponía. Se marchó sin esperar a ver si realizaba correctamente el movimiento. Lo mismo sucedió con el siguiente ejercicio -press en banco con mancuernas, y con los de core, que iban después. 

     -Mira -me dijo al fin-. Te los explico todos y ya los vas haciendo tú. 

    Yo me quedé un poco cortado. Era increíble lo mucho que me despreciaba aquel sujeto. Yo no entendía muy bien por qué ya que no le había hecho nada. De hecho, no sólo no le había hecho nada, sino que le pagaba cincuenta euros mensuales. Asistí a la explicación tomando nota mental de todo, no fuese a ser que me olvidase de algo y tuviese que molestar al general ante su imperio. 

    Hice el press en banco con mancuernas lo mejor que pude y me volví a la bicicleta estática. Desde de mi posición en una esquina de la sala, continué espiando a los demás. Un chico hacía cambios de ritmo en la bici elíptica a una velocidad alucinante. Otros dos que compartían un banco hacían press con mancuernas, pero mucho más grandes que las que había usado yo. Una chica emitió un gemido. Me llamó mucho la atención, porque el tono perfectamente podía haber sido interpretado en clave sexual. Frente al espejo, la chica hacía sentadillas con una barra muy larga y varios discos muy gordos a cada lado. Se había puesto una faja de cuero, imagino que para no dañarse la espalda. Bajó una última vez y subió con los cuádriceps temblándole como el capó de un coche viejo de gasolina. La barra hizo un estruendo metálico al caer sobre una especie de ganchos que había en unas barras laterales. La pesa quedó allí apoyada y la chica dio unos pasos en círculos respirando agitadamente. En su esquina, X la miraba y asentía con la cabeza. 

    -Sí señor, sí señor -dijo lo suficientemente alto para que la chica lo oyese. Ella, que todavía respiraba agitadamente y difícilmente hubiese podido hablar, levantó el brazo con el puño cerrado y el pulgar hacia arriba en dirección a X-. Muy buena-. Dijo él.



Este era el ejercicio que estaba haciendo la chica. 
No es ella, pero la estampa era más o menos así. 

           Acabé mis diez minutos de ejercicio cardiovascular y volví al espacio de musculación propiamente dicho. Kettlebell front squat rezaba la hoja con la rutina. Si no recordaba mal la explicación de X, era el mismo ejercicio que acababa de ver hacer, pero con una pequeña pesa rusa. Nada de los imponentes discos supergruesos en los extremos de una barra de metal. Cogí una pesa de cinco kilos. Hice mis quince repeticiones. A mi lado, los dos chicos seguían turnándose en el banco para hacer press con mancuernas gigantes. Hice un comentario trivial para entablar conversación. Me contestaron con un monosílabo y siguieron a lo suyo. A mí me apetecía hablar con alguien, así que insistí, pero con idéntico resultado. Entonces hice un chistecillo. Era una variante de uno que había hecho por la mañana con segundo de la ESO y que había funcionado muy bien. Me ignoraron. Acabé las dos series de kettlebell front squat lo mejor que pude y me fui al otro extremo de la sala para hacer curl de bíceps.  Allí también intenté entablar conversación con la gente, haciendo comentarios que a mí me parecían ingeniosos y que en otras situaciones me habían funcionado, pero que aquí fueron acogidos con indiferencia. O no los entendían, o no les interesaban.

     Llegué a casa abatido. Ni siquiera el subidón de endorfinas después del ejercicio físico conseguía mitigar mi malestar. ¿Por qué les caía tan mal? ¿qué les había hecho yo a aquellos desconocidos para que mostrasen tan poco interés por mí? Cené y me tomé tres cervezas mientras veía una serie con Ana antes de dormir. 

    Con el tiempo mi vanidad herida dejó paso a la curiosidad antropológica. ¿A qué se debía aquel desprecio? ¿Por qué me llevo bien con mis compañeros de trabajo, mis alumnos me escuchan con atención, mi mujer me quiere y, sin embargo, los usuarios del gimnasio de última hora no sienten el más mínimo interés por mí? Lo lógico es pensar que a mi mujer, mis compañeros y a las alumnas de primero de bachillerato les caigo bien y a los forzudos de gimnasio no. ¿Pero por qué es así, si ni siquiera me conocen? Además, eran diez o doce personas. Estadísticamente es casi imposible caerle tan mal a tanta gente sin hacer apenas nada. 

    Las personas, al relacionarnos en sociedad, desempeñamos diferentes roles. En casa, con Ana, ejerzo el rol de marido; en el instituto, con mis alumnos, el de profesor; y con mis colegas el de compañero de trabajo. Y así con todas y cada una de las personas con las que interactúo en el día a día. Cada rol tiene asociado unos comportamientos. Difícilmente puedo actuar con las tres alumnas que tan preocupadas estaban por el sentido de la vida como lo hago con mi mujer sin ser inmediatamente denunciado por acoso y dar con mis huesos en la cárcel. Y al contrario. Si, por un casual, se me diese por tratar a Ana como a uno de mis compañeros de trabajo, mi matrimonio no duraría más que unos meses. Esta es la teoría clásica del rol social -bastante simplificada-. Si completamos esta teoría del rol social con la de los capitales, creo que tengo la explicación de por qué X y los forzudos de gimnasio me desprecian. Los roles sociales generan contextos y en cada contexto se valora un capital. Con mis alumnos y mis compañeros el capital cultural es muy valorado. De ahí que mis comentarios pseudointelectuales tengan tan buena acogida. Por el contario, el capital social, entre funcionarios y alumnos, no se valora demasiado. Por no hablar del capital erótico. El gimnasio a las ocho de la tarde es exactamente lo contrario. En ese contexto de cincelado del cuerpo, poco importa que yo haya leído a Kierkegaard o que tenga un doctorado en Teoría de la Literatura. Lo que se cotiza en el gimnasio a las ocho de la tarde es el capital erótico. La belleza física y, sobre todo, el tono muscular valen cien veces más que cualquier análisis del cine de Tarkovski. Mi error fue que, tratando de caer simpático, había echado mano de mi capital cultural. Un error burdo de intelectualoide convencido de que es genial solo por oírse hablar. En consecuencia, decidí que, hasta que no tuviese un cuerpo cincelado en bronce, solo iría a primera hora de la mañana, cuando solo hay jubilados que van allí a echar la mañana y el monitor Juan, que es muy simpático y parlanchín.



NOTAS:

1. BOURDIEU, P. (2001), Poder, derecho y relaciones sociales, Bilbao, Editorial Descleé De Brouwer.

2. HAKIM, C. (2012), Capital erótico. El poder de fascinar a los demás. Barcelona, Debate.