jueves, 27 de julio de 2023

JUSTIFICACIÓN

 




    Supongo que habrá más, pero a mí solo se me ocurren dos razones por las que escribir.

    La primera es el reconocimiento de los demás. Sé que puede parecer un tanto banal, pero la mayoría de los escritores que he conocido han resultado ser personas de lo más vanidosas. Lo único que demandaban eran aplausos y nada más que aplausos. Cenar o tomarse un café con ellos era como sentarse a la mesa con un pavo real. Tal vez a los veinte años, cuando uno está en la Tierra para comerse el mundo, yo haya soñado con salir por la televisión y gozar del reconocimiento de la masa. Pero ahora, ya bien pasados los 45, no se me ocurre una pesadilla peor, exponiéndome cada momento al juicio de los demás. Lo digo sinceramente. No es una pose en absoluto. Ni quiero ser popular, ni necesito que me digan lo maravilloso que soy. Me llega y me sobra con mi vida gris, con las mañanas en el instituto con los alumnos y los compañeros, las tardes de ejercicio y lectura y las noches de cine con mi mujer. Me gustan mis fines de semana paseando por la montaña y comiendo con la familia y los amigos. Ni aspiro, ni deseo otra cosa.



Michel Houellebecq: 

"Escribo porque soy vanidoso y busco los aplausos" 

(él por lo menos lo reconoce).




    La segunda razón para arrancarse a escribir es considerar que uno tiene algo que contar. Harold Bloom en la Angustia de la Influencia dice que todo escritor siente el peso opresivo de aquellos que han escrito antes que él. La grandeza de espíritu de las grandes obras que nos han precedido enmudece al escritor novel, que lucha denodadamente por encontrar su propia voz. En cierta manera Bloom tiene razón, aunque creo que es un error extender esta relación con la tradición a toda la historia literaria, cuando la originalidad no es un valor hasta la explosión romántica de finales del siglo XVIII. Sea como sea, hay algo de cierto, o al menos así lo he experimentado yo. Primero fue El Quijote y luego Guerra y Paz. Después de ellos ¿qué me quedaba a mí por decir? Evidentemente, nada. Siempre me ha fascinado que alguien considere que lo que tiene que contar es lo suficientemente interesante para que los demás inviertan su tiempo leyéndolo. Me parece incluso de mal gusto. Ya existen Homero, Shakespeare y Tolstoi. ¿De qué tamaño tiene que ser tu ego para considerar que alguien puede preferir leer tus relatos o tus poemas en lugar de Ana Karenina?

Otro escritor vanidoso.




    Así las cosas, el lector se preguntará por qué me he arrancado a escribir esto que está leyendo. En primer lugar, porque aquí no hay una sola idea original mía. Cada artículo parte de una lectura que he hecho y que me ha ayudado a entender algún aspecto de Qprogym. No soy yo el que tiene ideas originales dignas de ser recordadas. En esta colección de ensayos no soy más que la correa de transmisión entre pensadores interesantes y la realidad cotidiana de un gimnasio de un pueblo de Galicia. Si en ocasiones cuento anécdotas de mi vida personal es por una pura y simple cuestión de estilo. La sociología y la antropología en ocasiones pueden llegar a ser verdaderamente arduas. He sudado tinta china para sacar algo en claro de muchos autores, especialmente de los franceses. Por eso he salpicado un poquillo las explicaciones con narraciones más o menos livianas del suceso que me hizo pensar.

    Y en segundo lugar, porque no está pensado para él ni para esa masa amorfa de personas a la que genéricamente llamamos lectores. Mis lectores no son entes anónimos, sino seres humanos de carne y hueso a los que conozco personalmente. Se llaman Juan, Ana, Manuel, Esteban, Gema, Rosa. No necesito jugar a ponerles cara en un ejercicio de vanidad. Conozco bien sus rostros y sus opiniones porque hemos hablado, les he preguntado y, sobre todo, les he escuchado. Ellos son los protagonistas de esta historia y, si me he decidido a escribir esto, es porque yo sí perdería el tiempo leyendo una versión de unos acontecimientos en los que yo he participado. Escribo para ellos y solo para ellos, para que me digan qué opinan de todo esto del gimnasio y para volver a pasar un tiempo agradable compartiendo pareceres.

   

miércoles, 20 de julio de 2022

David Graeber: Trabajos de mierda.

 



  Pese a lo que pueda parecer, los trabajos de mierda no son los trabajos precarios. David Graeber distingue tres tipos de trabajos:

a) los trabajos precarios: son aquellos trabajos en los que los empleados gozan de unas condiciones abusivas como malos sueldos, horarios extenuantes, mala consideración social, etc... Estos trabajos son los propios de la clase baja, como repartidor de pizzas, basurero, limpiadoras, etc...

b) los trabajos propios de gánsteres. Estos trabajos se definen porque explotan a los demás. Son trabajos parasitarios, como los de los gánsteres, los especuladores inmobiliarios, los directivos de grandes fondos de  inversión. 

c) los trabajos de mierda, que son aquellos trabajos absolutamente inútiles y que no sirven para nada más que para tenernos ocupados. Son trabajos absurdos que no le aportan nada a la sociedad. Son trabajos asociados normalmente a la burocracia, aunque no siempre es así. 

   Graeber define los trabajos de mierda como: 

    Un trabajo de mierda es empleo tan carente de sentido, tan innecesario o tan pernicioso que ni siquiera el propio trabajador es capaz de justificar su existencia, a pesar de que, como parte de las condiciones de empleo, dicho trabajador se siente obligado fingir que no es así.

   Los tres tipos de trabajo no son excluyentes entre sí. Uno puede tener un trabajo de mierda y ser, al mismo tiempo, un trabajador precario, como podría ser el caso de un portero de una finca. 

   Una descripción de un trabajo de mierda, contada por él en las primeras páginas de su libro:


El ejército alemán tiene un subcontratista que le hace todo el trabajo relacionado con tecnologías de la información (IT, por sus siglas en inglés).

La empresa de IT tiene un subcontratista que le lleva la logística.

La empresa de logística tiene un subcontratista que se encarga de la gestión de su personal, y yo trabajo para esta compañía.

Supongamos que el soldado A se traslada a un despacho que está dos puertas más allá del que tenía. En vez de limitarse a llevar él mismo su ordenador, tiene que rellenar un formulario.

El subcontratista de IT recibe el formulario, sus empleados lo leen y lo aprueban, y lo transmiten a la empresa de logística.

Esta empresa tiene entonces que aprobar el traslado del ordenador y solicitar personal para ello.

Los empleados de mi empresa hacen su trabajo, sea cual sea este, y ahí es donde entro yo.

Recibo un correo electrónico que dice: «Preséntese en el barracón B a la hora C». Normalmente, los barracones están a una distancia de entre 100 y 500 kilómetros de mi casa, por lo que tengo que alquilar un coche y conducir hasta donde me digan. Una vez allí, llamo a la central para comunicar que he llegado, relleno un formulario, desenchufo todos los cables del ordenador, lo meto en una caja, la cierro, un empleado de la empresa de logística la lleva al nuevo despacho, abro la caja, instalo el ordenador, vuelvo a llamar a la central para decirles cuanto tiempo me ha llevado, obtengo un par de firmas, conduzco de vuelta a casa con el coche alquilado, envío a la central todo el papeleo, y en ese momento dan la orden de pagarme por el trabajo.

    Por tanto, en vez de que el propio soldado desplace su ordenador unos cinco metros, dos personas tienen que conducir entre seis y diez horas, rellenar unas quince páginas de formularios y malgastar 400 euros del dinero de los contribuyentes. 


   Rescato de la wikipedia la clasificación que hace de los trabajos de mierda:

  - Lacayos (flunkies), aquellos que sirven para que sus superiores se sientan importantes, por ejemplo, recepcionistas, auxiliares administrativos o porteros.

  - Matones (goons), aquellos que actúan para perjudicar o engañar a otros en nombre de su empleador, por ejemplo, grupos de presión, abogados corporativos, especialistas en relaciones públicas o community managers.

  - Arreglalotodos (duct tapers), aquellos que solucionan temporalmente problemas que podrían arreglarse permanentemente, por ejemplo, los programadores que reparan código inflado o el personal de recepción de las aerolíneas que calma a los pasajeros cuyas maletas no llegan.

  - Burócratas (box tickers), aquellos que crean la apariencia de que se está haciendo algo útil cuando no es así, por ejemplo, los administradores de encuestas, los periodistas de revistas internas, los responsables de cumplimiento de las empresas o los gestores de servicios de calidad.

  - Capataces (taskmasters), aquellos que gestionan -o crean trabajo extra- a quienes no lo necesitan, por ejemplo, los mandos intermedios o los profesionales de dirección.


   Las causas de estos cinco tipos de trabajos de mierda son:

    Los lacayos se crean porque los que ocupan un puesto de poder en una empresa ven a los subalternos como símbolos de prestigio; los esbirros se contratan por un deseo de superioridad (si nuestros rivales contratan a un prestigioso bufete de abogados, nosotros también debemos hacerlo); los parcheadores existen porque a veces a las empresas les resulta más difícil arreglar un problema que lidiar con las consecuencias; los marca-casillas están ahí porque en muchas grandes empresas son más importantes las pruebas de que una acción se está llevando a cabo que la acción en sí misma; y los supervisores son básicamente los efectos secundarios de diversas formas de autoridad impersonal. 


   Aunque hay quien puede pasarse la vida desempeñando un trabajo de mierda, lo normal es que acabe provocando ansiedad, depresión, etc... en la gente. Graeber niega la máxima de la economía neoliberal de que el ser humano busca el mayor beneficio con el menor esfuerzo. Prueba de que no es así, es el arte, por ejemplo. Durante años fue algo inútil, que no reportaba ningún beneficio económico, y aún así las personas seguimos entregándonas a esta actividad. Lo mismo sucede con los presidiarios. Si buscasen el mayor beneficio con el menor esfuerzo, no procurarían trabajos en la cárcel con los que llevar la condena lo mejor posible. Prácticamente el 100% de los condenados consideran que es mejor tener un trabajo en prisión que pasarse los días en la celda sin hacer nada. 

    Graeber da dos causas por las cuales hemos llegado a este punto con los trabajos de mierda:

    a) una estructural, propia del sistema capitalista. Graeber la denomina "feudalismo empresarial", ya que, en su opinión, los trabajos de mierda -recordemos que normalmente están bien considerados y bien pagados- es uno de los medios que tienen las clases altas que apropiarse de los beneficios del trabajo de las clases bajas. 

   b) una ideológica: la ética del trabajo. A diferencia de Weber, no cree que el protestantismo sea el origen de esta ética que considera el trabajo como algo que enaltece al hombre. Cree que es anterior, cuando los nobles utilizaron esta forma de violencia simbólica sobre sus vasallos. El trabajo es una actividad dolorosa, pero, al mismo tiempo es virtuosa, porque nos permite transformar el mundo. Así, los trabajadores se sienten orgullosos de trabajar duro y, cuanto más duro sea el trabajo, mejor. 

   Graeber cree que en tiempos modernos se produjo un distanciamiento entre el valor material del trabajo y su valor social -su consideración-. Los trabajos han dejado de valorarse por su fruto para valorarlos por el salario. De esta manera se justifican los trabajos de mierda. Da igual que sean absolutamente inútiles, siempre que estén bien pagados, serán bien considerados socialmente. 

    

domingo, 23 de enero de 2022

Ernest Becker: La negación de la muerte.




Para este libro, Becker parte, fundamentalmente, de los trabajos de tres autores: Freud, Otto Rank y Kierkegaard.

Tres experiencias fundamentales en torno a las que se construye la existencia humana:

a) La conciencia de que el mundo es hostil. La Naturaleza es una lucha continua de unos seres contra otros. Es agresiva y cruel.

b) Los seres humanos somos conscientes de nuestra muerte. Sabemos que vamos a morir y eso nos aterra. 

c) Tratamos de superar el miedo a la muerte por medio de la trascendencia. Creamos religiones, imágenes de héroes, reprimimos nuestros instintos, etc... con la intención de ocultar a nuestra consciencia la idea de nuestra propia muerte. 

Todas las culturas, independientemente de que sean religiosas o no, son sistemas de valores. Estos sistemas de valores están diseñados para que las personas puedan verse a sí mismas como héroes. Uno puede ser un héroe guerrero, un gran científico o un padre cuya familia le sobrevivirá varias generaciones. Sea como sea, detrás de todos y cada una de estas imágenes de héroes, lo que hay es la necesidad humana de trascender la muerte. El héroe es el ser humano que vence a la muerte. De hecho, en las primeras manifestaciones religiosas que conservamos, los héroes son seres humanos que han cruzado el umbral de la muerte y que han vuelto. 

Becker encuentra en el niño dos características que derivan en la tendencia humana a convertirse en héroe para superar la muerte:

a) el narcisimo: los niños solo piensan en su propio interés y bienestar. 

b) la necesidad de aprobación: los niños necesitan que los demás les digan que valen mucho, que son buenos y maravillosos.

Becker recoge la teoría de Kierkegaard acerca de la ansiedad de la existencia:

Lo que diferencia a los seres humanos del resto de animales es su conciencia, alma o como queramos llamarle a esa conciencia de existir y ser un individuo. Aparejada a esta conciencia de sí, nace la ansiedad de saber que moriremos, del sentido de la vida, de nuestro destino -decisiones sobre el futuro-, etc... De acuerdo con Kierkegaard, esta es la primera y fundamental experiencia humana. Evidentemente, esta experiencia es angustiosa. La cultura humana nos ayuda a sobrellevar esta angustia por medio de la negación y la represión. Desde que somos niños, aprendemos a centrar nuestra atención, a preocuparnos y desvelarnos por otras cuestiones menores con las que podemos vivir más cómodamente. Aprendemos a preocuparnos por el matrimonio, por la hipoteca, por la familia, etc... Kierkegaard cree que esto nos lleva a vivir una vida falsa. Nosotros no somos todo eso que hemos aprendido y que nos distrae/protege de la verdadera naturaleza de la existencia. Para llevar una vida verdadera, las personas debemos desprendernos de todo eso que nos ha enseñando la cultura. Entonces entenderemos que no somos más que una partícula insignificante en el enorme plan de la creación. Este papel deriva inevitablemente en la fe. 

En este punto Becker vuelve a echar mano del psicoanálisis. Recoge, en concreto, el concepto de transferencia. Cuando tenemos un trauma o simplemente hay algo a lo que no nos podemos enfrentar con éxito, creamos un "loci", un espacio, un concepto, al que atribuimos la causa de nuestros desvelos. Esto se ve muy claro, por ejemplo, en la hipocondría. Aparentemente, lo que aflige a un hipocondríaco es la enfermedad. Pero realmente la enfermedad no es la causa de sus desvelos. Hay algo, un trauma, un desequilibrio oculto. En lugar de enfrentarnos directamente a él, ponemos la enfermedad en el medio para ocultarlo. Así nos resulta más fácil la existencia. 

La conciencia de uno mismo implica tener dos sentimientos antitéticos: en primer lugar sabemos que somos un individuo diferenciado y, en segundo lugar sabemos que pertenecemos a un todo, al plan de la creación. La religión fue el medio por el que las personas consiguieron darle sentido a sus vidas. Gracias a la transferencia, nos sentíamos parte del plan divino y así nos abandonábamos. Al mismo tiempo, conjugábamos esta disolución de la persona en el plan divino siendo una suerte de héroe religioso. Recordemos que para Becker el héroe es el que se comporta de acuerdo con los valores de la sociedad. Un héroe religioso era el que, con sus actos, se ganaba un lugar en el paraíso. 

En el último capítulo Becker vuelve a Otto Rank. Muertas ya la vieja sociedad religiosa católica, Europa busca la transferencia en el amor romántico. La persona se abandona al orden cósmico del amor. El amor le da sentido a la vida. Encontrando a nuestra media naranja, formamos parte de ese orden cósmico. Sin embargo, esta solución no pudo dar respuesta a la necesidad humana de sentido, ya que el amor, el sexo y la reproducción son y pasan por el cuerpo. Y el cuerpo es aquello que limita nuestra libertad, es la causa de la angustia fundamental: la muerte. 


sábado, 13 de noviembre de 2021

Eva Illouz: ¿Por qué duele el amor?

 

POR QUÉ DUELE EL AMOR | EVA ILLOUZ | Casa del Libro



    Las sociedades determinan los sentimientos. Los sentimientos y lo que los provocan no son universales. Dependen de los códigos de conducta, roles, etc... En el caso del amor, estos determinan cómo nos enamoramos, de quien, cómo nos comportamos, etc...

      En la sociedad premoderna -siglos XVIII y XIX-, los códigos del enamoramiento eran muy rígidos. Se recibía en casa de la novia, a la que había que ser invitado, se pasaba un tiempo haciendo visitas, tiempo que era empleado por los padres de la novia para conocer al galán, valorar sus posibilidades como marido, etc...

       Como se señaló anteriormente, aquellas características de la persona que llevan a que nos enamoremos de ella dependen de las diferentes sociedades. En la sociedad premoderna, la posición social de los enamorados se consideraba una característica más a tener en cuenta -de hecho era una característica principal-. Por contra, a la sexualidad no se le prestaba atención. 

   En la modernidad, se da, según Eva Illouz, La Gran Transformación del amor. Esta gran transformación afecta en diferentes aspectos:

a) La sexualidad se incorpora al amor. El sexo y la satisfacción de nuestros apetitos sexuales por parte de la pareja nos parece fundamental a la hora de enamorarnos. Esta incorporación de la sexualidad se debe, entre otras cosas, a la nueva sociedad de consumo. A partir de los años 20 en EEUU, se desarrolla la industria de la sexualidad. El maquillaje, una determinada forma de vestirse, etc... por parte de las mujeres deja de ser considerado negativamente. Así, la sexualidad es otro atributo de la persona que consideramos a la hora de enamorarnos. 

        Otro factor que desencadenó la irrupción de la sexualidad en el amor fue el psicoanálisis. Este corriente psicológica reduce la vida a una biografía sexual e interpreta todo rasgo de la personalidad en función del desarrollo sexual de la persona. 

b) La libertad. Ahora tenemos la posibilidad de elegir dentro de un abanico muy grande, de modo que el amor y el enamoramiento se convierte en una tarea por momentos angustiosa en la que buscamos pareja en un mercado inmenso. 

c) el miedo al compromiso. Como tenemos la posibilidad de elegir entre muchas más personas, somos reticentes al compromiso. 

   El sexo tradicionalmente estaba asociado al estatus. Cuantas más amantes se tenía, mayor era el estatus de la persona -de hecho normalmente había que mantener a las amantes y eso suponía un dispendio que solo las personas de estatus elevado podían permitirse-. 

     Con el feminismo y la liberación de la mujer, ellas también asocian tener muchos amantes con un estatus elevado. Sin embargo, en las mujeres el miedo al compromiso es más breve. Ello es debido a que ellas perciben que deben comprometerse con un varón para tener hijos. Dado que las mujeres no son fértiles toda la vida, tienden a querer comprometerse antes. Asimismo, la sociedad ha temporalizado los cánones de belleza. Para ser bella hay que ser joven. De ahí que las mujeres, cuando dejan de ser jóvenes -en torno a los 30 años-, sientan que deben comprometerse porque luego no podrán porque habrán perdido la belleza. 

      En el miedo al compromiso hay dos causas:

- por hedonismo: hay tal cantidad de personas con las que podemos tener relaciones sexuales, que cerrarnos a una sola no nos apetece. 

- por ser incapaz de establecer vínculos definitivos. Analizamos todo, le damos muchísimas vueltas en la cabeza a si la persona con la que estamos es la adecuada, etc... Esto nos provoca ansiedad y nos impide sentir hacia esa persona. 

    En el amor moderno se da la tensión entre dos tendencias: 

    a) Necesidad de validación. La inseguridad ontológica, la conciencia de no saber cuál es el sentido de la vida ni nuestro lugar en el mundo y una sociedad en cambio vertiginoso nos convierte en personas inseguras acerca de nuestra identidad y valía. Por eso necesitamos que los demás nos digan que valemos mucho, gustarles, sentirnos deseados, etc... En este sentido, Illouz habla del sexo acumulativo. Tener muchos amantes se convierte en una forma de validación personal. Pero para tener muchos amantes, la persona no puede comprometerse con uno. 

     b) Libertad. El capitalismo de consumo está estrechamente relacionado con un individualismo radical. Este individualismo deifica la libertad de elección en todo y para todo. Illouz habla de autonomía para referirse a esta independencia. Depender de otro emocionalmente nos resta autonomía, de ahí el miedo y el rechazo al compromiso. 

    Sin embargo, las personas necesitamos parejas estables. Una persona a nuestro lado que nos quiera y a la que queramos nosotros. Además de estabilidad, es otra manifestación de la necesidad de validación. Alguien que nos quiera y nos sintamos apoyados y queridos por ella. Pero esta tendencia entra en conflicto con el rechazo al compromiso resultado de la ideología de la autonomía personal. Esto genera en las personas ansiedad por experimentar dos emociones contrarias al mismo tiempo y autoculpabilización. No nos atrevemos a pedirle compromiso a otra persona aunque estemos enamorados de ella porque esa petición de compromiso puede ser -y de hecho casi siempre es así- interpretada por parte de la otra persona como una intromisión y un menoscabo de su independencia.  

    Illouz opone dos tipos de sociedad: las sociedades premodernas religiosas y nuestra sociedad racionalista científica. En las sociedades premodernas se contemplaban formas de conocimiento como las correspondencias, las revelaciones o las epifanías. El mundo tenía un sentido misterioso, casi oculto. La idea del amor romántico encaja perfectamente dentro de esta cosmovisión. El amor como una fuerza superior al individuo, que supone la unión de dos almas, un impulso casi divino que no excluía el sufrimiento. Dos personas enamoradas se sentían poseídas por esa fuerza sobrenatural que era el amor y que los arrastraba al mismo tiempo al placer y al sufrimiento. Placer y sufrimiento eran inherentes e inevitables dentro del amor. La ciencia y la razón ha vaciado nuestra sociedad de sentido. Analizamos y buscamos relaciones de causa efecto en todo. El amor no podía quedar fuera. El psicoanálisis, la terapia de pareja, etc... analiza, reflexiona, disecciona el amor. Ahora ya no lo vemos como una fuerza superior que nos arrebata, sino como un contrato que puede convenirnos o no. La lógica capitalista del utilitarismo se impone en al concepción del amor. Sopesamos los pros y lo contras de embarcarnos en una relación amorosa y no dejamos de hacerlo durante todo el tiempo que dura dicha relación. En el momento en que racionalmente entendamos que los contras son más que los pros, acabamos con la relación amorosa. El amor ya no es una fuerza mística, sino un contrato con fines utilitarios.

    Eva Illouz dedica los últimos capítulos del libro al análisis del decaimiento del deseo. Según ella, las personas no deseamos como antes por dos razones fundamentales;

    a) Ironía. Pese a toda la ideología del amor romántico, las personas ya no creemos en el amor único que dará felicidad y sentido a nuestras vidas. Eso nos hace escépticos. Para poder sentir la pasión inherente al deseo uno debe entregarse plenamente. Desencanto y entrega son incompatibles, así que el deseo decae.
   b) Racionalización: el feminismo somete a las relaciones a una revisión continua con la intención de que sean igualitarias, el psicoanálisis que también las somete a revisión, esta vez para asegurarse de que no son tóxicas, etc... El deseo surge de la ambigüedad. Tanta reflexión sobre lo políticamente correcto, el continuo análisis de la relación, disecciona dicha relación y deshace la ambigüedad.

   La cultura, y en este caso las novelas, el cine, la televisión, etc... determinan el modo en que nos enamoramos y qué esperamos del amor. En las historias de las películas, series, etc... se nos ofrecen modelos de relación que luego tenderemos a reproducir. Imaginamos nuestras relaciones de acuerdo con los modelos que hemos adquirido.

   Según Illouz, el desencanto es una de las características del amor contemporáneo, cuando comprobamos, como le sucede a Madamme Bovary en la novela de Flaubert, que nuestra relación no es como la  habíamos imaginado. Este desencanto se da fundamentalmente porque:

   a) los modelos ofrecidos inciden siempre en la aventura. Por el contrario, el matrimonio es la institución más normativizada de nuestra sociedad. Esta normativa incide sobre todo en los tiempos. Hay unos días para trabajar, dentro de esos días unas horas, una franja horaria para comer, otra para ver la televisión, otra para llevar a los niños al colegio, dos días de asueto, siempre al final de la semana, en los que los tiempos están igualmente pautados que durante los días de trabajo. Así las cosas, difícilmente la realidad de nuestras relaciones se corresponde con la aventura continua del modelo artístico.
 
   b) el arte también nos ofrece modelos de cuerpos que difícilmente encontraremos en nuestra pareja sentimental. 

   c) La convivencia conlleva pequeñas rencillas, discusiones, etc...

   Y ya para terminar el libro, Eva Illouz se adentra en el nuevo modelo de relación que surge como resultado de la aparición en nuestras sociedades de internet y las redes sociales. Según ella, frente a la falta de información acerca de la persona amada y deseada anteriormente, ahora gracias a las redes estamos mediados por la enorme cantidad de información que vertimos en las redes. Antes, la imaginación inherente al amor y al deseo se proyectaba hacia al pasado de esa persona amada. Rellenábamos los huecos de pasado en función de nuestros intereses. Hoy, debido a las redes, esa pasado ya nos es conocido. La imaginación tiene que proyectarse hacia el futuro. 



domingo, 19 de septiembre de 2021

Edgar Cabanas y Eva Illouz: Happycracia. Cómo laciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas.

 Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan  nuestras vidas (Contextos) eBook : Illouz, Eva, Cabanas, Edgar, Petit  Fontserè, Núria: Amazon.es: Tienda Kindle


    La psicología positivista es la que nos dice que la felicidad depende de uno mismo. Independientemente de las circunstancias que rodeen al individuo, este puede ser feliz si persigue su sueño, es trabajador, persistente, resiliente, esforzado, dedicado, sabe gestionar sus emociones, etc... 

   El neoliberalismo se ha apropiado de esta teoría porque encaja perfectamente con su ideología y las sociedades narcisistas, individualistas, del yo o como queramos llamarle. Sociedades en las que se prioriza el individuo y sus intereses por encima de la colectividad.  

   De acuerdo con los autores, esta creencia es falsa.
Los datos estadísticos acerca de depresión, suicidio, etc... hablan por sí mismos. La felicidad no solo no depende del individuo, sino que así concebida contribuye a crear hipocondríacos emocionales, continuamente pendientes de sus propias emociones y de qué los hace o los deja de hacer sentir bien o mal. Además, crea legiones de personas frustradas, que creen que no son felices porque algo falla en ellos. La gente se avergüenza de no ser feliz porque de acuerdo con la ideología individualista que se ha impuesto en las sociedades occidentales esto es un fracaso de las persona. Por eso no solo ocultamos el sufrimiento, sino que nos esforzamos por mostrarnos ante los demás lo más felices posibles, aunque eso sea mentir. 

    La psicología positivista ha desarrollado a su alrededor todo un mercado de hacer dinero por medio del coaching, de los libros de autoayuda, etc...

    Esta concepción de la felicidad es tremendamente conservadora, porque lleva a las personas a la desmovilización social. Su sufrimiento no se debe a un reparto injusto del capital, sino su propio fracaso. Si queremos ser felices, no tenemos que cambiar la sociedad para que sea más justa, sino que tenemos que cambiarnos a nosotros mismos. 

   Las empresas utilizan esta ideología para revertir sobre el trabajador toda la responsabilidad de cualquiera de sus prácticas, incluidas aquellas que van en contra de los intereses de los trabajadores. La flexibilidad, los despidos, la identificación con la empresa, la autoevaluación continua, etc... son justificados con la psicología positiva. 

   La psicología positiva se base en tres pilares:

a) la autogestión: tú creas tu propia felicidad. Es como un trabajo que tienes que estar continuamente construyendo. La responsabilidad de la felicidad recae sobre ti.

b) la autenticidad: se supone que hay un yo autónomo con unos gustos y una forma de ser determinada y autónoma. Uno ha de comportarse y guiarse en la búsqueda de la felicidad de acuerdo con ese yo -en eso consiste ser auténtico-. 

c) estrechamente relacionado con lo anterior, la persona tiene que crear su marca personal. Esta marca personal ha de ser vendida en el mercado y en la empresa. 

   En definitiva: esta psicología positivista, además de ser falsa, no solo crea hipocondríacos emocionales que se responsabilizan a sí mismos por su propia infelicidad, sino que es conservadora desde el momento en que crea personas conformistas que no culpan a la sociedad de su fracaso y, por tanto, no tratan de cambiar la sociedad a mejor. 

domingo, 12 de septiembre de 2021

Howard Becker:Outsiders, hacia una sociología de la desviación.

 Outsiders: Hacia una sociología de la desviación (Sociología y Política) :  Howard Becker: Amazon.es: Libros



    Todas las sociedades tienen individuos que viven al margen del sistema. Estos son los que dan título al libro: outsiders.

    El autor se pregunta qué lleva a un individuo a convertirse en un desviado, exponiéndose a las sanciones legales y sociales que ello supone. Frente a las teorías que lo achacaban a una desviación personal o a la enfermedad, Becker sostiene que es un grupo de individuos el que fija unas normas morales y de conducta y el que crea una categoría para aquellos que no se ajustan a ellas. Es la sociedad la que crea la categoría, no la persona la que, en una decisión individual y racional, decide comportarse al margen del sistema de reglas establecido. En este sentido, el autor insiste en que no es la motivación la que lleva a la conducta, sino al revés: un determinado comportamiento desviado de una persona es la que la arrastra a partir de ese momento. Esto no quiere decir que la persona no tenga responsabilidad alguna cuando toma una decisión que lo convierte en un desviado. Evidentemente, sabe que lo que va a hacer lo convierte, pero ha sido la creación de esa categoría la que lo posibilita. 


    La clasificación de un individuo dentro de la categoría solidifica a la persona dentro de él. Una vez uno se perciba a sí mismo como un ladrón, un homosexual, un drogadicto o cualquier otra conducta considerada desviada, la persona tiende a aprender unos modos de conducta de acuerdo con esa categoría -adopta el rol-. 

    Ser clasificado dentro de la categoría de desviado lleva a las personas a buscar justificaciones a su conducta, bien considerando desviados a las propias personas que han creado la norma, bien como el resultado de la falta de opciones, etc...

    Ser clasificado como desviado estigmatiza a la persona, en el sentido que le daba Goffman: lo destruye como persona ante los demás. Un fumador de marihuana o un homosexual pueden, por ejemplo, desempeñar perfectamente el trabajo de oficina. Sin embargo, si sus compañeros de trabajo o su jefe se enteran de su condición desviada, probablemente serán despedidos, aunque esta condición no afecte en absoluto a su capacidad como trabajador. 

    Para que exista una conducta desviada, es necesario que una persona o grupo de personas identifique y sancione esa conducta. Estas personas son designadas por el autor como cruzados. Las motivaciones de los cruzados pueden ser muchas y muy variadas, pero, en general, tienden a hacerlo porque consideran que es bueno para la sociedad y para las personas. Becker pone como ejemplo aquellos que lucharon por prohibir el consumo de alcohol en EEUU a comienzos del siglo XX. Creían que una sociedad sin alcohol era mejor porque se evitaban muchos problemas de violencia, de familias desestructuradas, etc... Asimismo, estaban convencidos de que ayudaban a las personas que consumían alcohol porque, prohibiéndoselo, les evitaban ceder a su debilidad. 

    Becker diferencia entre valores y normas. Los valores es aquello que la sociedad considera que está bien o está mal. Con frecuencia, estos valores son ambiguos e, incluso, hay diferentes valores que chocan entre sí. Por ejemplo, el valor de la libertad individual puede chocar con la búsqueda de una salud óptima. Así, el consumo de alcohol o drogas se encuentra entre estos dos valores. La persona debe ser libre para hacer con su vida lo que le dé la gana, al tiempo que las drogas son malas para la salud -el ejemplo es mío, no de Becker-. Para solucionar estos problemas las sociedades crean normas, que son mucho más concretas y que nos dan a las pautas de conducta de acuerdo con las que tenemos que actuar. Estas normas están impulsadas por los cruzados y pueden tomar forma de leyes o simplemente de un acuerdo tácito entre las personas. 

     

viernes, 3 de septiembre de 2021

Iñaki Domínguez: Sociología del moderneo

 SOCIOLOGIA DEL MODERNEO | IÑAKI DOMINGUEZ | Casa del Libro


    Frente a las sociedades tradicionales en las que todos los miembros de la comunidad se conocían entre sí y, por tanto, tenían una identidad, la vida moderna nos ha condenado a vivir de forma anónima entre la masa. Esto, lógicamente, genera cierto desasosiego y muchas personas sienten la necesidad de destacar para salir de ese anonimato aniquilador. 


    El moderno se rodea y hace cosas que se consideran exclusivas. Esto lo hace diferente y, por tanto, destacar. Pero la paradoja de esto es que los demás tienen que reconocer esas cosas tan exclusivas que rodean al moderno y poder identificarlas como tal, tienen que poder relacionarlo con algo.  Esos pantalones tan guays lo son porque la gente lo relaciona con algo. Así, los modernos aspiran a lograr la distinción adhiriéndose a formas de conducta y vestimenta ya estandarizadas por el mercado.  Aunque te invitan a ser original, el medio que te ofrecen para lograrlo es manufacturado en serie.

Asociarse a una marca para que los atributos de esa marca se te peguen. 

La paradoja de que se busca la individualidad en moldes prefabricados en masa. 

Los modernos tienden a ser gente de provincias, donde todo el mundo los conoce, que van a la gran ciudad y deciden redefinir su propia identidad. Son personas que están desencantadas con sus orígenes y deciden construirse una nueva identidad. 

El moderneo está dominado por el pensamiento dogmático. Por tal, Iñaki Domínguez entiende aquel pensamiento que se adhiere a unos valores morales y determinadas conductas de forma acrítica. Según él, esto es debido a que en las sociedades contemporáneas, donde todo cambia continuamente y donde la cantidad de decisiones que tenemos que tomar es abrumadora, las personas recurrimos a expertos que nos digan qué pensar, qué hacer, qué nos debe gustar y qué no. Esto, lógicamente, deriva en el conformismo de los modernos. 

Las sociedades tradicionales encontraban el sentido de la vida y un código de conducta en la religión. Nuestra sociedad científica nos ha condenado a vivir sin trascendencia, lo que lleva a la personas a la búsqueda de la felicidad aquí en la Tierra, por medio del consumo de bienes materiales y del hedonismo desenfrenado. Este hedonismo se lleva más allá de los momentos de ocio: 

También en el mundo laboral el moderneo se manifiesta como hedonismo enajenado. Se trata de trasmutar el trabajo, tradicionalmente tedioso y sacrificado, en fuente de placer. No obstante, como ya hemos visto, entre modernos también el ocio es trabajo. La borrosa línea que separa ambos mundos refleja la naturaleza alienada de la vida social. Ya no existe la polaridad tradicional entre trabajo y placer, sino que el consumo coloniza la totalidad de la vida.


  De acuerdo con las teorías de Debord, Baudrillard, etc... el capitalismo de consumo vacía todo de contenido, reduciéndolo a pura imagen. Esto lleva a Iñaki Domínguez a utilizar la metáfora del filtro para explicar el modo en que los modernos presentan su vida a los demás. En las redes sociales se pueden poner filtros a las fotos para que la realidad parezca mejor de lo que realmente es. Esto, el moderno, lo extiende a todos los aspectos de su vida. El moderno no está tan preocupado por el sentido o en contenido de sus actos, como de que estos aparezcan como deseables a los demás. La cultura de la imagen vacía de contenido les lleva a hacer de la vida un espectáculo que merece la pena ser proyectado, exhibido y, por tanto, vivido, consumido. En las redes y en la vida en general, el moderno se entrega a una suerte de narcisismo a través del autoelogio en imágenes.


    El moderneo aplica la lógica de mercado a todos los aspectos de la vida, entre ellos el amor. El moderno se muestra altivo porque eso lo hace pasar a los ojos de la persona deseada como alguien inaccesible, escaso y, por tanto, como en el mercado, sube el precio. Los verdaderamente poderosos tienden a mostrarse altivos porque tienen valor para los demás por el mero hecho de ostentar una situación de poder. El moderno copia su actitud, aunque carezca del contenido.