domingo, 28 de septiembre de 2014

Ocio III: Bertrand Russel y El elogio de la ociosidad


   Bertrand Russell escribió El elogio de la ociosidad en 1932. En él plantea su famosa distinción entre ociosidad negativa y ociosidad positiva. La negativa es la de los terratenientes que viven del trabajo de los demás. Lógicamente, no le gusta. Cuando Russell elogia la ociosidad, se está refiriendo a la ociosidad positiva, que es la del trabajador que, una vez cumplida su obligación, puede dedicarse a cultivar sus aficiones y atender a su familia. 
     Según Russell el ocio, entendido como el tiempo libre propio de la ociosidad positiva, es fundamental para la civilización humana. Sin él, el hombre no hubiese podido progresar, ni material, ni espiritualmente. 
      Russell entiende que la técnica moderna podría permitir que el tiempo de ocio positivo aumentase exponencialmente, y así dsitribuir el ocio sin menoscabo para la civilización. Estima que la la técnica permitiría extender una jornada de cuatro horas diarias a la totalidad de la población, siempre y cuando, claro está, se distribuyese el trabajo de forma equitativa -esto lo dice en 1932, si hubiese visto los avances técnicos y tecnológicos de hoy en día puede que pensase que con tres cuartos de hora llegaba-. Como digo, Russell cree que si se distribuye de forma equitativa la carga de trabajo, tendríamos muchísimo más tiempo para dedicarnos al ocio positivo, el cultivo de nuestra mente y nuestra familia.
      Russell aboga por un socialismo democrático, una socialdemocracia construida en torno a un estado con el suficiente poder como para planificar la economía y establecer como su prioridad el bienestar de sus ciudadanos. 
       Con más tiempo libre, las personas podríamos dedicarnos a mejorar nuestra formación y participaríamos más en la democracia. Evidentemente, hay quien usaría su tiempo libre para embrutecerse, pero eso ya es una decisión individual, y el estado no puede interferir hasta ese punto en la libertad del ciudadano. Sin embargo, este estado sí debe garantizar al menos la libertad de elección. Si uno decide embrutecerse, que sea porque así lo decide, y no porque no es quien de cultivar su espíritu. Por eso Russell defiende una educación general para formar a la población de modo que esta sea capaz de disfrutar del placer intelectual y de la utilidad directa del conocimiento técnico. 
       Luego, en el libro, se mete a explicar lo que él consideraría la arquitectura ideal de las casas de los trabajadores y a darle palos al comunismo y al fascismo, pero esta parte no es tan interesante. A pesar de que los años le hayan acabado dando la razón en lo que se refiere a los regímenes políticos totalitarios.
        Si alguien lee hoy en día El elogio de la ociosidad puede llegar a pensar que es un libro un tanto inocente. Nos han bombardeado tanto con propaganda capitalista que hemos acabado por no entender nada de lo que nos rodea. No sé si era Nietzsche o Heidegger el que decía que las verdades más evidentes son las más difíciles de ver. Con la crisis económica hemos asistido al discurso más irraciónal que uno puede escuchar y, sin embargo, todos tragábamos y decíamos que sí, que tenían razón, que las cosas eran así y que no había otra opción. Con este discurso me estoy refiriendo en concreto a lo que se nos decía con respecto a la distribución de la carga de trabajo. Al tiempo que crecía de manera terrorífica el número de desempleados, los pocos que tenían empleo veían como sus horas de trabajo aumentaban. Tal vez una solución para el desempleo hubiese sido repartir el trabajo. Pero claro, a eso no estaban dispuestas las empresas, que en lo único que estaban interesadas era en aumentar sus márgenes de beneficios pagando lo mismo o menos por más horas de trabajo.
     Y crisis aparte, la sociedad de consumo acabará ella sola por darle la razón a Russell, aunque mucho me temo que ya será demasiado tarde. Para mantener a tanta gente ocupada, hay que consumir a lo bestia. Pero ni aún así somos capaces de dar salida a la ingente cantidad de producto que sale al mercado. Por no hablar del deterioro del medioambiente. Como ya dije antes, las verdades más evidentes son las más difíciles de ver. ¿No sería más racional trabajar menos y consumir sólo lo necesario? Quizá a muchos les resulte una pregunta un poco naif, pero, pese a su inocencia, es simple sentido común.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Crónicas diplomáticas (Bertrand Tavernier)



    Tavernier es un director como la copa de un pino. Tiene altibajos, como todo el mundo, pero si contemplamos su carrera en perspectiva, es más que sobresaliente. La vida y nada más, Capitan Conan, Hoy empieza todo, y otras muchas más que bien merecen el par de horas que duran. 
     Crónicas diplomáticas está basado en un cómic que escribió un tipo que trabajó en el gabinete de Dominique de Villepin. Es una sátira de este mundillo que te deja la sensación de que estamos gobernados por un atajo de inútiles vanidosos. Pero no te agobias, sino que te ríes porque tiene puntos muy buenos.
     Como digo, la película es una sátira. Aristóteles en su poética dice que la risa surge por un alejamiento del punto medio. Se extrae un rasgo de carácter del personaje y se exagera, bien presentándolo por defecto, bien por exceso. En lo que se refiere a la virtud de la autoestima, el defecto sería la inseguridad personal y el exceso la vanidad. En la virtud de la inteligencia, el defecto es la estupidez. Los personajes de Crónicas diplomáticas se mueven siempre por dos únicos rasgos de carácter: la vanidad y la estupidez.  
     Tal y como lo plantea Aristóteles, la comedia tiende a presentar unos personajes planos, porque para hacer reír es necesario aislar uno o dos rasgos y exagerarlos. Muy pocas son las excepciones a esta regla. El Quijote es un personaje redondo, pero Quijotes sólo hay uno. Crónicas diplomáticas es una película bastante plana, pero no creo que eso sea un defecto tan grave como sostienen sus detractores. ¿Qué no es Dies Irae? Pues claro que no, pero tampoco se lo propone. La mayor virtud de Crónicas diplomáticas es que no es pretenciosa. Quiere ser una película liviana, divertida, que te haga pasar un par de horas con una sonrisa en la boca. Y lo consigue, sin la necesidad de ser chavacana ni de enlazar un chiste cada cinco segundos como las sitcom. No emociona porque no se lo propone. Hace reír, que es lo que busca.
      La técnica narrativa es la propia para una comedia de este estilo: movimientos rápidos de cámara para una acción acelerada. 
        Una película más que correcta con un deliberado tono menor.

Winter´s bone (Debra Granik)



     Estamos en la América profunda. Una chica de diecisiete años cuida a sus dos hermanitos pequeños y a su madre loca. Un buen día se presenta un policía en su casa. Su padre estaba en libertad condicional. Para ello había puesto la casa familiar como fianza. Pero no se ha presentado a firmar. Si no lo hace en una semana, los echarán de la casa. Entonces la chica de diecisiete años empieza la búsqueda por el pueblo, un submundo asqueroso donde impera la ley del silencio.
     Si vais por ahí y leéis las críticas de Winter´s bone encontraréis que todas ellas hablan de un thriller duro, áspero, sórdido, que nos enseña las entrañas de la América oscura. También leeréis que se inserta en la corriente de cine independiente modernillo, que siente una especial predilección por el lado oscuro del ser humano y los pasajes desolados y depauperados. Todo ello con un talonaje, una textura, una fotografía y unos escenarios que provocan una continua sensación de frío e inquietud al espectador. Y, por supuesto, una banda sonora muy molona, muy chic y muy moderna. Pero no moderna porque creen nuevos sonidos, sino porque recuperan los viejos, pero dándole una nueva estética para que sean cool. True Detective es el ejemplo más famoso. 
     A mí no me mata este nuevo cine. Pero tengo que reconocer que Winter´s bone tiene cosas bastante interesantes y se deja ver bastante bien. Quizá sea porque, pese a toda esa apariencia de cine moderno, está construida sobre los esquemas de toda la vida. 
      Si hacemos un análisis estructuralista del filme -aunque el estructuralismo no sea moderno ni cool- observaremos con curiosidad y sin sorpresa que está construido en torno al esquema del viaje iniciático que describió Joseph Campbell en El héroe de las mil caras y que aparece desde la Biblia hasta La Guerra de las Galaxias o El Señor de los Anillos. La trama empieza en un pueblo aislado, alejado del gran mundo -es lo que Campbell llama "el ombligo del mundo". En ese mundo hay una carencia -en este caso, un padre que se fugó y una casa a punto de perder-. Aparece un personaje que llama al héroe a la aventura -el policía que le dice que como el padre no aparezca en una semana, se quedan sin casa-. En un principio, el protagonista se niega, pero al final tiene que aceptar la llamada de la aventura. Y entonces empiezan una serie de pruebas que la preparan para la gran prueba final. Aparece un personaje benéfico que lo ayuda -aquí es la figura del tío-. Y termina superando esa gran prueba final para volver a su casa mejorada como persona y solventada la carencia inicial. 
      Además de este clasicismo en la estructura, Winter´s Bone es género negro de toda la vida, aunque ahora le quieran llamar neonoir o indienoir o neologismos por el estilo. Como en cualquier trama de cine o literatura negra, hay un crimen o una desaparición que resolver. El protagonista comienza su búsqueda y poco a poco se va acercando hasta que acaba resolviendo el misterio. Debra Granik sigue punto por punto estos tópicos, aunque les da una pátina moderna haciendo que la protagonista sea una niña de diecisiete años que tampoco es especialmente lista. 
      Pero tampoco quiero poner a parir la película, porque la verdad es que se ve bien y es entretenida. Tiene, para empezar, lo que más me interesa del género negro. No hay una trama que encaja como los engranajes de un reloj suizo. Para nada. En este punto es hasta un poco chapucera. La trama no avanza por encadenamiento -unas pruebas llevan a otras-, como suele pasar en las obras negras que se centran mucho en la acción. Aquí la trama avanza más bien por acumulación, por la insistencia de la niña en preguntar una y otra vez a los vecinos y familiares dónde está su padre. Pero, si dejas un poco de lado la trama, es porque te vas a centrar en los personajes, Y así lo hace Debra Granik. Lo que le importa en Winter´s bone es crear y recrear unos personajes y unos ambientes. Y la verdad es que le sale bien, porque el cuadro final es más que interesante. Por supuesto, ayudada en este aspecto con un par de actuaciones más que aceptables -Jennifer Lawrence y John Hawkes-. 
      En definitiva, una película entretenida para esos días en los que no te apetece romperte la cabeza demasiado. Pero no te dejes camelar por ese aura de cine independiente y modernillo. Es lo de siempre, pero bien hecho.

    P.D. No me he leído la novela en la que está basada, así que no puedo comparar. Pero mi amigo J me dijo que la novela está muy bien para los alumnos.

     

El precio del poder (Brian De Palma)





   Es un remake de la película de Howard Hawks de 1932, aunque no se parecen demasiado. 
    El argumento es sencillo: un refugiado político cubano llega a Estados Unidos dispuesto a cumplir el sueño americano: medrar, ser su propio jefe y hacerse rico. Pero para los cubanos sólo hay la cara b de este sueño, su versión oscura. El mundo de Tony Montana no es el del empresario emprendedor, los hijos rubios y la casita unifamiliar. Es el mundo de la mafia, de la delincuencia, de la droga y la violencia. Y Tony Montana es el hombre indicado para abrirse paso allí. Es violento, duro y sin escrúpulos.
    Como se deduce del argumento, el tema de la película es la ambición. Tony ha llegado a EEUU con la intención de medrar y hace lo que sea para ello. El mensaje es el de siempre: para medrar no vale todo y la ambición desmedida es perniciosa. 
    El guión -de Oliver Stone- está construido en torno al esquema típico de auge y caída. Tony medra y cae convertido en un loco paranoico. A pesar de que el metraje es bastante extenso, tiene bastantes fallos y hasta me atrevería a decir que es un poco flojo. Hay vacíos que no se entienden bien, lagunas que el espectador llena porque sabe -o intuye- este esquema clásico de auge y caída. Pero hubiese sido conveniente dejar atados todos los cabos, porque hay momentos en los que puedes llegar a perderte. El paso de Tony Montana de sicario a capo de la droga no se nos cuenta, más allá de esa memorable frase en la que le planta cara a su jefe con esa frase gloriosa que ha pasado a la historia:
     -Lo único que da órdenes son los cojones. ¿Tú los tienes?
    Cuando vi a Tony Montana convertido en capo de repente, me volví hacia mi mujer sin entender bien.
    -¿Pero ahora Tony es el jefe? -le pregunté.
    
     Aparte de estos defectos del guión, De Palma comete algunos errores de direccción. La película es demasiado efectista -la escena de Al Pacino con toda la cara embadurnada de cocaína es demasiado-, hay cámaras lentas fuera de lugar, movimientos de cámara excesivos y alguna que otra cosa de la que ahora no me acuerdo.
     Sin embargo, sería injusto utilizar estas objeciones para descalificar la película en su conjunto. Decir alegremente que De Palma es un mal director y nominarlo como lo hicieron a los premios Razzie como peor director es una columpiada de carrallo. El precio del poder está de puta madre por muchas razones:
     En primer lugar, la colección de imágenes de los inmigrante cubanos huyendo de la isla con la que empieza la pelicula es bestial. En un tono documental, De Palma nos coloca una serie de imágenes de lo que fue la emigración cubana en busca del sueño americano que enmarca perfectamente el contexto sociohistórico en el que enmarca la trama.
     En segundo lugar, las actuaciones son colosales. Poco puedo decir de Pacino que no se haya dicho ya. Y Michelle Pfeiffer y Steven Baner y hasta le último secundario. Las actuaciones impresionantes suplen con crecen los pequeños fallos de guión.
     En tercer lugar, está el tratamiento de la violencia, que es la razón por la que decidí volver a ver esta película tanto tiempo después. Desde que hace meses hablé con mi cuñado de la violencia en el cine, es un tema que me obsesiona. Me repugnan las películas de Tarantino, en las que puedes ver sin inmutarte cómo le machacan la cabeza a un tío con tal de que la música esté chachi. Pierre Legendre ve en esta hiperexposición a la violencia una forma de controlar a las masas. Las atiborras con imágenes de violencia, pero que no transmiten "ningún saber sobre esta violencia". Nos volvemos insensibles ante ella porque carece de sentido (en este sentido es muy interesante la entrevista que le hace mi cuñado a Vicente Ponce en La zancadilla y lo que responde él en referencia a Funny Games de Haneke).
     Brian de Palma no cae en absoluto en la banalización de la violencia a la que se ha entregado el cine actual. El precio del poder es una película violenta. Mucho. Tanto que hasta parece recrearse en ella. Sin embargo, aquí la violencia sí tiene un sentido. De Palma quiere que veamos lo que es la mafia de verdad. Nada de esas versiones estilizadas de Scorsese o Coppola, tan idealizadas que hasta parece que se un gangster. En El precio del poder De Palma se detiene en las escenas de violencia para que caigamos en la cuenta de lo que realmente significa se un mafioso. Es como una ducha fría de realidad. No en vano Stone se metió en el mundo de la mafia latinoamericana para documentarse para el guión.
    Sin embargo, limitarse a una exposición a la violencia para que el espectador tome conciencia hubiese corrido el riesgo de hacer una película demasiado moralista. Es necesario que el espectador sienta cierta simpatía por los protagonistas, aunque estos sean una encarnación del mal, para identificarse con él y, así, emocionarse con sus avatares. Así lo hace Patricia Highsmith con Ripley. Y también lo hace así De Palma. Tony Montana puede ser ultraviolento, pero tienen palabra. A su manera, es un hombre de honor. Y a través de este rasgo de carácter es como De Palma engancha al espectador y consigue que participe de las emociones de su protagonista. 

martes, 23 de septiembre de 2014

George Lakoff: No pienses en un elefante


    No pienses en un elefante es una reflexión sobre por qué ganan elecciones los republicanos de EEUU, si llevan a la práctica políticas que perjudican a la mayoría de la población -por no hablar de las mentiras y los muertos de la guerra de Irak-. Este reflexión, en principio local, puede aplicarse a cualquier país democrático del mundo. ¿Cómo es posible que votemos en contra de nuestros intereses?
      Lakoff es uno de los mayores especialistas en lingüística cognitiva del mundo. Su teoría es que el cerebro humano se ordena en torno a marcos conceptuales. Estos marcos son estructuras mentales que conforman nuestra forma de entender el mundo. En este sentido, Lakoff no se aleja mucho de ciertos antropólogos como Durkheim o Mary Douglas, que hablaban de “representaciones colectivas”. Para estos, la cosmovisión de los seres humanos se construye a partir de ideas aprendidas en el seno de la cultura y sobre las que no reflexionamos porque las consideramos evidentes. Estas representaciones colectivas funcionan a modo de cimientos sobre las que construimos nuestro pensamiento, entendiendo por pensamiento no sólo los conceptos, sino también los valores y las actitudes. Lakoff expresa esta misma idea, con la salvedad de que lo hace con un lenguaje científico más moderno.
      Lakoff sigue con las ideas de Mary Douglas en Pureza y peligro, no sé porque se lo leyó y le convenció, o porque llegó a las mismas conclusiones por otro camino. Según Lakoff y Douglas, cambiar esos marcos conceptuales es extremadamente difícil, porque operan a nivel inconsciente. Por eso, cuando nos encontramos con un fenómeno que no encaja en esos marcos, o rechazamos inmediatamente.
      La respuesta de Lakoff a por qué votamos a partidos que actúan en contra de nuestros intereses es sencilla: porque apelan a esos marcos conceptuales/ representaciones colectivas. Así las cosas, el voto es una cuestión más inconsciente que consciente.
      La argumentación de Lakoff se centra en concreto en dos marcos conceptuales. Según él, la cultura norteamericana inculca desde niños a sus miembros dos marcos: el del padre estricto y el del padre protector. El padre estricto es ese padre autoritario que disciplina a sus hijos y los educa para luchar en un mundo competitivo en el que triunfarán si son fuertes, seguros y disciplinados. Por el contrario, el marco del padre protector cree que la educación es una tarea cooperativa entre padre y madre, que estos deben comprender y apoyar a sus hijos y darles confianza para que trabajen en armonía con los demás.
        Los norteamericanos proyectan estos dos marcos conceptuales sobre los dos modeles posibles de estado: el estado conservador, autoritario, y el estado socialdemocráta, que protege a los ciudadanos más desfavorecidos.
    Los republicanos ganaron las elecciones porque consiguieron activar el marco conceptual del padre estricto en la mayoría de los votantes estadounidenses. George Bush, con su guerra y todo, era el padre autoritario, los impuestos una carga y no una reinversión en la sociedad, y el matrimonio homosexual una flagrante delito contra la familia.
     Esta parte del ensayo puede ser la más endeble. Pensar y entender el mundo en función de estas metáforas familiares quizá sea un poco rígida. Pero si ampliamos los conceptos de padre autoritario a la máxima grecolatina de que el hombre es un lobo para el hombre y el Leviatan de Hobbes, y al padre protector al buen salvaje rousseauniano, tenemos las dos concepciones del Hombre y la Naturaleza desde los orígenes de la humanidad.
      Lakoff tampoco es un cognitivista radical. No todo el voto se mueve en función de inclinaciones inconscientes. Evidentemente hay mucha gente que reflexiona y hace una elección racional de su voto. Pero hay otra mucha gente que no, y con demasiada frecuencia estos últimos son los que decantan las elecciones.


jueves, 18 de septiembre de 2014

Tetralogía de los parias contemporáneos IV: Oscar Lewis y La antropología de la pobreza




    Hace tiempo que empecé con esta tetralogía de los parias contemporáneos. Mi plan era liquidarlo en un mes, a razón de un post a la semana. Pero surgieron otras cosas, otros temas y lo fui dejando. No es conveniente que pase tanto tiempo, y por eso retomo hoy esta tetralogía para cerrarla de una vez por todas.
    Oscar Lewis es un autor muy, muy polémico. Se le ha acusado de todo. A la vista del resumen de sus ideas que hago aquí, vosotros juzgaréis. 
     La premisa fundamental de Lewis es que la pobreza es algo más que una situación de privación de bienes materiales. Según él, ser pobre no es sólo no tener las necesidades básicas cubiertas, sino que es una forma de vida, un modo de comportarse, de ahí que hable de "cultura de la pobreza". Oscar Lewis se dedicó a estudiar durante años las chabolas y los barrios marginales de grandes ciudades como México D.F., Nueva York o Lima, y llegó a la conclusión de que los pobres aprenden desde niños un modo particular de entender el mundo y, en consecuencia, de actuar. Por eso habla de "cultura de la pobreza", ya que la pobreza, además de un estado de privación, se aprende. Los seres humanos estamos sometidos desde el momento de nuestro nacimiento a modelos y estructuras mentales que determinan nuestro comportamiento. Estos modelos y estructuras es lo que comúnmente se conoce como cultura. La cultura tiende a perpetuarse, porque las personas tendemos a reproducir lo que hemos aprendido. La antropología tradicional vinculaba la cultura con el territorio, y por eso hablábamos de una cultura francesa, española, vasca, catalana, gallega o lo que se quiera. Sin embargo, ya los primeros estudios del siglo XX, sobre todo desde que la globalización económica emprendió su vertiginoso camino, demostraron que la cultura no podía limitarse a un territorio. Oscar Lewis se inserta en esta nueva corriente y vincula la cultura no ya a un territorio, sino a una clase social. En su opinión, más allá de las diferencias territoriales, existe una cultura que afecta a toda una clase social: los pobres. Desde niños, los pobres se ven sometidos a los modelos y estructuras mentales propios de su condición de masa privada de recursos económicos. En consecuencia, su modo de entender el mundo y su forma de comportarse es heredada y se perpetúa de generación en generación. Los comportamientos que aprenden y reproducen los pobres son:

   "(...) la lucha constante por la vida, periodos de desocupación y de subocupación, bajos salarios, una diversidad de ocupaciones no calificadas, trabajo infantil, ausencia de ahorros, una escasez crónica de dinero en efectivo, ausencia de reservas alimenticias en casa, el sistema de hacer compras frecuentes de pequeñas cantidades de productos alimenticios muchas veces al día a medida que se necesitan, el empeñar prendas personales, el pedir prestado a prestamistas locales a tasas usurarias de interés, servicios crediticios espontáneos e informales (tandas) organizados por vecinos, y el uso de ropas y muebles de segunda mano.
Algunas de las características sociales y psicológicas incluyen el vivir incómodos y apretados, falta de vida privada, sentido gregario, una alta incidencia de alcoholismo, el recurso frecuente a la violencia al zanjar dificultades, uso frecuente de la violencia física en la formación de los niños, el golpear a la esposa, temprana iniciación en la vida sexual, uniones libres o matrimonios no legalizados, una incidencia relativamente alta de abandono de madres e hijos, una tendencia hacia las familias centradas en la madre y un conocimiento mucho más amplio de los parientes maternales, predominio de la familia nuclear, una fuerte predisposición al autoritarismo y una gran insistencia en la solidaridad familiar, ideal que raras veces se alcanza. Otros rasgos incluyen una fuerte orientación hacia el tiempo presente con relativamente poca capacidad de posponer sus deseos y de planear para el futuro, un sentimiento de resignación y de fatalismo basado en las realidades de la difícil situación de su vida, una creencia en la superioridad masculina que alcanza su cristalización en el machismo, o sea el culto de la masculinidad, un correspondiente complejo de mártires entre las mujeres y, finalmente, una gran tolerancia hacia la patología psicológica de todas clases." (Oscar Lewis, Los hijos de Sánchez. "Introducción")

Y a estas características habría que añadirle el odio y la desconfianza hacia la policía y el gobierno y el cinismo frente a la iglesia.

Para Lewis la cultura de la pobreza no es algo peyorativo. Gracias a estos modelos de comportamiento los pobres pueden sobrevivir en un mundo hostil.

Muchos rasgos de la subcultura de la pobreza pueden considerarse como tentativas de soluciones locales a problemas que no resuelven las actuales agencias e instituciones, porque la gente no tiene derecho a sus beneficios, no puede pagarlos o sospecha de ellos. Por ejemplo, al no poder obtener crédito en los bancos, tiene que aprovechar sus propios recursos y organiza expedientes informales de crédito sin interés, o sea, las tandas. Incapaz de pagar un doctor, a quien se recurre sólo en emergencias lamentables, y recelosa de los hospitales «adonde sólo se va para morir», confía en hierbas y en otros remedios caseros y en curanderos y comadronas locales. Como critica a los sacerdotes, «que son humanos y por lo tanto pecadores como todos nosotros», raramente acude a la confesión o la misa y, en cambio, reza a las imágenes de santos que tiene en su propia casa y hace peregrinaciones a los santuarios populares. (Oscar Lewis. Los hijos de Sánchez. "Introducción".)

Las implicaciones de estas tesis son múltiples y por ellas le llovieron las críticas a Lewis:

En primer lugar, la pobreza así entendida no incluye a los pueblos primitivos cuyo retraso es el resultado de su aislamiento y de una tecnología no desarrollada, y cuya sociedad en su mayor parte no está estratificada en clases, porque tales pueblos tienen una cultura relativamente integrada, satisfactoria y autosuficiente.
En segundo lugar, pobreza no es sinónimo de clase trabajadora, asaliariado o explotado. La mayoría de los obreros occidentales estarían al margen de la pobreza. Son lo que Saskia Sassen llamaría aristocracia obrera. 
En tercer lugar, para combatir la pobreza, no basta con darle dinero a la gente. Hay que reeducarla. Aquí es donde más caña le han dado y yo creo que un poco injustamente. Es verdad que ciertos políticos republicanos americanos con muy pocos escrúpulos utilizaron las teorías de Lewis para justificar sus políticas. No había que repartir el dinero, La culpa que que los pobres fuesen pobres era exclusivamente suya. Lo único que había que hacer para solucionar su situación era reeducarlos. Pero que políticos con muy poca moral se aprovechasen de Lewis no quiere decir que no haya algo de cierto en lo que dijo. Basta con ver a Maradona para darse cuenta. No le bastó con ganar mucho dinero. Había un problema de fondo mayor. La necesidad de educación no implica que no sea necesario también un reparto justo de bienes. Que yo sepa, Lewis no dijo nada de esto. O por lo menos yo no lo he leído.
Y hasta aquí lo más interesante de Oscar Lewis. Vosotros lo juzgaréis.

La vida y nada más (Bertrand Tavernier)



Estamos en Francia. Ha terminado la Primera Guerra Mundial. Hay cientos de miles de desaparecidos y de cadáveres aún por identificar. Y también hay un coronel desencantado con la guerra que se encarga de hacer lo que puede y la nuera de un Ministro que busca su marido y una maestra de escuela rural que espera a su novio y sobrevive como puede.
Con este argumento, Tavernier hace un duro alegato antibelicista que repetirá después en Capitan Conan. Sin embargo, en La vida y nada más, Tavernier no construye su discurso yendo a las trincheras llenas de hombres aterrorizados, enfermos, heridos y mutilados de por vida. Va a lo que sucede después, porque los terrores de la guerra no terminan con el armisticio. La guerra absurda ha dejado un millón y medio de muertos y trescientos cincuenta mil desaparecidos y, sobre todo, innumerables familias desoladas por la pérdida. Este cambio en el enfoque es el primer argumento a favor de la película.
El segundo es que La vida y nada más, en tanto que alegato antibelicista, debería haber sido una película trágica. Así son la mayoría de los filmes que denuncian esta insensatez humana. Se incide en el dolor, en el miedo, en la angustia y, en definitiva, en todo lo que provoque el horror en el espectador. Sin embargo, Tavernier no cae en el tópico. La vida y nada más es una película lírica, muy poética, que se detiene en la belleza del sufrimiento, enmarcado siempre en imágenes brumosas, sombrías y grises azulados. Sólo los grandes pueden extraer belleza del sufrimiento. Lo hicieron los grandes trágicos griegos, Esquilo, Sófocles y Eurípides. También lo consiguió Shakespeare y así lo hace Tavernier. Con esto no quiero decir que La vida y nada más esté al nivel de Rey Lear. No lo está, para empezar porque son géneros distintos. Lo que me propongo es resaltar la capacidad para encontrar lirismo en el dolor humano como segundo argumento a favor de esta película.
La tercera razón para ver La vida y nada más es que, al margen de las innovaciones o la facultad para sacar belleza de la estulticia, es que su discurso está muy bien construido. Que Tavernier le dé un toque poético, no quiere decir que sus argumentos pierdan un ápice de fuerza. Los poderosos, movidos por intereses espúreos, han llevado a Europa a la desolación. No contentos con esto, tratan de borrar el rastro del dolor enterrando como sea a los muertos para olvidarlos cuanto antes. Y si para ello tienen que pasar por encima de las familias que buscan a sus hijos que murieron por Francia, no tienen reparos en ello. Como tampoco tienen reparo en crear una rígida burocracia administrativa que tritura cualquier movimiento, ni lo tienen en buscar un soldado sin identificar, sea el que sea, para hacer una estatua al soldado desconocido con la que seguir manipulando a las masas, ni en pactar con el enemigo si con eso ganan un franco. Palabras como patria, honor o gloria se convierten es excusas, sólo palabras con las que manipular a la gente para que mate y se deje matar por los intereses de otros y que ni siquiera conocen. La estatua al soldado desconocido en el Arco del Triunfo se erige como la metáfora de ese gobierno corrupto que trata de tapar la desolación con grandes palabras. Y en este mundo navega el comandante, tratando de hacer lo correcto y de paliar algo de dolor. Su búsqueda quijotesca de los cadáveres es la voz de la conciencia contra esos poderosos que han utilizado la guerra en beneficio propio.
A diferencia de Capitan Conan, su otra película sobre la Primera Guerra Mundial, en La vida y nada más hay espacio para el amor. Casi todos los personajes de esta película parecen mantenerse a flote gracias a este sentimiento, aunque sea subyugado por los terrores de la guerra. Hay amor entre el comandante y la nuera del ministro, hay amor entre la nuera del ministro y el recuerdo de su marido, hay amor entre la maestra y su novio perdido y, sobre todo, hay amor de las familias por sus seres queridos desaparecidos. Tavernier confronta sin complejos el amor, fuente de la vida, con la guerra y la muerte. Vida y muerte, las dos pulsiones que han movido el arte humano desde El poema de Gilgamesh, se confunden en la obra de Tavernier.

Conclusión: es una película que hay que ver.