lunes, 11 de agosto de 2014

Snowpiercer (Rompenieves): (Bong Joon-ho)



   Filmaffinity resume el argumento así:

Un fallido experimento para solucionar el problema del calentamiento global casi acabó destruyendo la vida sobre la Tierra. Los únicos supervivientes fueron los pasajeros del Snowpiercer, un tren que recorre el mundo impulsado por un motor de movimiento eterno.


   A esto hay que añadirle que en el tren la gente está repartida en vagones, los pobres en el vagón de cola y los ricos en la parte delantera. Hay una rebelión de los pobres que intentan llegar al poder llegando a la máquina frontal.
    He leído unas críticas estupendas de esta película. En la página de filmaffinity de la que saqué el resumen podéis leerlas (si quieres, pincha aqui), pero yo creo que los críticos de cine de la Rolling Stone y la Variety que dicen que es una maravilla debían estar a sueldo de los productores o yo soy idiota. Puedo aceptar que el tren es una metáfora de la sociedad en la que vivimos. Unos ricos delante, llevando las riendas del tren/mundo, y los pobres parias que somos explotados en la parte baja de la pirámide social -o en la parte de atrás del tren, que es la sutil metáfora que utilizan Jean-Marc Rochette, Jacques Loeb, los creadores del cómic en el que está basada la película-. No he leído el cómic, pero la película es una mierda con todas las letras. Salvo el simbolismo, que tampoco es para echar cohetes, no hay por donde cogerla. A parte de la alegoría, que podía haberla ideado un mono de feria, el resto del film es una peliculilla de acción barata, con sangre y tiros y bobadas y trucos de cámara. Si queréis perder el tiempo con una puta mierda, adelante. Si os gusta el cine medianamente serio, ni se os ocurra. No la descarguéis siquiera. Para ocupar espacio en el disco duro, es más honesto llenarlo con pornografía. Por lo menos no tiene aspiraciones intelectuales. Hay que tener cojones para decir, como he leído por ahí, que esto es cine de autor. 
    

domingo, 10 de agosto de 2014

Tropa de élite (Jose Padilha)




   Peliculón con todas las letras. Le dieron el Oso de Oro en 2008 y, por una vez, el premio aquí sí significa algo. 
    Todo el mundo la compara con la maravillosa Ciudad de Dios, quizá porque la comparación es evidente:
   En primer lugar, el tema es más o menos el mismo: la droga, la corrupción, la violencia, las favelas y, en definitiva, el aspecto social del filme. Pero aquí contada desde el punto de vista de la policía. Dice Filmaffinity:

    Brasil, año 1997. El capitán Nascimento (Wagner Moura) está al mando de un escuadrón del Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE), un cuerpo de élite de la policía de Río de Janeiro. Su misión es actuar en las favelas, en las que la policía, por miedo o por corrupción, no interviene. Nascimento quiere dejar su puesto, ya que está a punto de ser padre, pero antes necesita encontrar un sustituto adecuado. Con ese fin comienza a instruir a dos policías honestos y amigos desde la infancia: Neto, que es un hombre de acción, y Matías, que estudia Derecho porque cree en la ley. Juntos entrarán en el BOPE y cumplirán sus misiones hasta las últimas consecuencias.

    Sin embargo, a diferencia de Ciudad de Dios, esta película nos ofrece el punto de vista de la policía, lo que, por momentos, podría interpretarse como que es un poquito facha. El discurso que da Matías a los universitarios progres de clase media alta, llamándolos burgueses de pisitos de clase media y acusándolos de contribuir al mundo de la violencia fumando marihuana podría verse así. Pero yo no creo que se trate de eso. Tropa de élite es una película violenta, muy dura, que no da respiro al espectador y que lo obliga a posicionarse continuamente sin ser maniquea. Si Matias suelta un speech como aquel, es porque quiere sacar a la luz la hipocresía del buenrrollismo de los pijos progres que colaboran con ONGs en las favelas. Como digo, Tropa de élite no es una película maniquea y te obliga a posicionarte continuamente.
    Otra de las razones por las que la comparan con Ciudad de Dios es por la calidad. Quizá la obra de Padilha no esté al nivel de la de Meirelles, pero poco le falta. No sólo por el contenido, sino porque además está muy bien contada, con un par de saltos temporales muy bien metidos para generar tensión y una voz en off en los momentos justos que configura al capitán Nascimento hasta convertirlo en uno de los personajes más redondos de la historia del cine sudamericano.
    Conclusión: que la vea todo el mundo.

Nos vemos allá arriba: Pierre Lemaitre



    Nos vemos allá arriba es la ganadora del premio Goncourt 2014. También leí en El País una crítica en la que decían que era una de las mejores novelas sobre la Primera Guerra Mundial (si quieres leerla pincha aquí). Pero ni ganar un premio ni obtener una buena crítica es sinónimo de nada. Todos sabemos cómo funciona el mundillo literario. Los premios se dan por intereses comerciales entre amigos y las buenas críticas se compran. Aún así, la novela despertó mi curiosidad y me la leí. 
    Nos vemos allá arriba es una novela de aventuras de toda la vida. En esa crítica del país la resumían así:

    (...) en los últimos meses de la guerra, un soldado francés es sepultado por un obús y un compañero suyo logra desenterrarlo a punto de asfixiarse, con tan mala fortuna que un trozo de metralla le desfigura el rostro. La culpa es del teniente Pradelle, que les ha lanzado a una ofensiva absurda y asesina con el fin de sacar algún beneficio personal. Albert se siente en deuda con Édouard, hasta el punto de que le ayuda a cambiar de identidad y que sea dado por muerto. En la espera de la desmovilización, la hermana de Édouard aparece para llevarse el cuerpo al panteón familiar. Pradelle interviene y al final se casa con Madeleine, hija de familia rica. La pareja de exsoldados malvive en París mientras el oficial se va enriqueciendo con negocios turbios, como la construcción de cementerios en toda Francia, con la consiguiente exhumación de cadáveres y nuevos enterramientos. Es igual si en lugar de franceses los caídos sepultados son alemanes y si los féretros son tan pequeños que hay que romper piernas y repartir huesos. Por su parte, el monstruoso Édouard, dotado para el dibujo, proyecta un negocio de monumentos patrióticos que Albert se presta a financiar.

    Cuando más arriba dije que Nos vemos allá arriba era una novela de aventuras de toda la vida es porque me recordó muchísimo a Alejandro Dumas o Victor Hugo, incluso en la morosidad con la que se desarrollan las peripecias. Hoy en día, el lector de best seller quiere una acción trepidante, con giros continuos y tensión sin parar. De Nos vemos allá arriba no se puede decir que sea lenta. No es eso. Es simplemente que se recrea más en las situaciones y las acciones que la narrativa de aventuras actual, y es por eso por lo que me recuerda a los novelistas del siglo XIX. Si  el lector acude a ella esperando leer un best seller más como los de Noah Gordon o Ken Follett, que se olvide. Aquí no hay nada de eso. Solo hay una historia como las de siempre. No mas, pero tampoco menos.
    Sin embargo, siento tener que decir que Pierre Lemaitre carece de la fuerza de Dumas o Hugo. Su personaje estrella, el exsoldado homosexual que pierde la mitad de la cara y se esconde tras una colección de máscaras y la morfina, no está ni de coña al nivel del abuelo antiguo oficial bonapartista y paralítico que mantiene a su nieta con vida con pequeñas dosis de veneno de El conde de Montecristo. Es una pena, porque le reconozco a Lemaitre el intento. No se limitó a ofrecer un best seller más con todas sus convenciones, Quiso hacer algo más. Pero no le salió del todo bien. Nos vemos allá arriba se lee bien, pero no va a escribir ni media letra de la historia de la literatura. Es literatura para entretenerse un rato y olvidar. Si es, como dice el premio Goncourt, la mejor novela francesa del 2013, las letras galas están en las últimas. Pero el Goncourt es sólo un premio y todos sabemos cómo se dan los premios.

El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves)

 


   Ni loco hubiese pagado ocho euros con treinta céntimos por ver esta bobada. Pero estaban aquí mis cuñados con sus hijitos y no íbamos a llevar mi pobre sobrinito de cinco años a ver la última de Wes Anderson -me salvé por los pelos de que me metiesen en la sala de Dragon Ball Z-. 
   El amanecer del planeta de los símios es un símbolo de lo que es la industria de Hollywood hoy en día. Técnicamente es acojonante. El trabajo de Matt Reeves desde un punto de vista formal es impecable. Tiene unos efectos especiales cojonudos y todo es visualmente muy impactante. Pero de contenido nada de nada. No tiene guión. Es una colección de lugares comunes aburridísima: el jefe mono que desconfía del humano bueno que acaba ganándose su confianza, la intolerancia del resto de los miembros de ambos grupos que amenaza con llevar la convivencia a la barbarie, la traición del amigo, etc... Si cambiamos a los simios por los indios tenemos Bailando con lobos, que ya era un refrito bastante infumable. Y a esto hay que sumarle que tiene una moralina muy mal traída, Normalmente no tengo nada en contra de las películas con un mensaje moral, pero el problema de El amanecer del planeta de los simios es que la reflexión moral es evidente, muy superficial y muy forzada. 
    Si haga este post, aparte de para recomendar encarecidamente que nadie se gaste un céntimo en esta mierda, porque con ello contribuimos a que Hollywood nos siga colocando subproductos de tercera, es porque me hizo reflexionar sobre mi actividad de crítico de cine y literatura en este blog y creo que hay algo que debo dejar claro: cuando pongo podres a Wes Anderson o Woody Allen, lo hago porque estos señores juegan en la primera división del cine. No me convencen sus películas, no me parecen obras de arte como muchos defienden, pero, en ningún caso, puede compararse su obra con esta bobada de El amanecer del planeta de los simios. El cine de Anderson o Allen no me gusta, pero no es una mierda colosal como esta.

Radio encubierta -The Boat that Rocked- (Richard Curtis)



    Estaban aquí mis cuñados. Pasábamos todo el día haciendo el gamba y tampoco era plan de terminar el día relajándonos con una película de Kurosawa. En casa tenía Radio encubierta en una de esas ediciones que regalan con los periódicos. Parecía una película ligera, pero con buena pinta. El director y guionista era Richard Curtis, el de Nothing Hill, los productores eran los de Nothing Hill, Cuatro bodas y un funeral y Love Actually, tenía buenos actores -Philip Seymour HoffmanBill NighyKenneth Branagh y hasta Emma Thompson-, banda sonora con canciones de The KinksThe Rolling StonesThe TurtlesJimi HendrixDuffyProcol HarumBox TopsThe Beach BoysDusty SpringfieldThe Seekers y The Whoy el argumento prometía: Inglaterra, años 60. Narra la historia de Radio Rock, una emisora pirata. En 1966, la BBC sólo emitía dos horas de rock and roll a la semana. Pero la Radio Rock, que inundaba el país de rock y pop 24 horas al día, consiguió una audiencia de 25 millones de personas, más de la mitad de la población. Cuando Carl (Tom Sturridge) es expulsado del colegio, su madre lo manda a pasar una temporada con su padrino Quentin (Bill Nighy), que es el jefe de esa emisora pirata que emite desde un barco en el mar del Norte. (Filmaffinity). 
    Lo tenía todo para pasar un buen rato. Pero nada. Hacía años que no veía una mierda así. No tiene ni puta gracia, se gastaron un pastón horrible -30 millones GBP-, es larguísima, totalmente inverosímil, carente por completo de tensión narrativa y hasta los actores están sobreactuados. No le encuentro ni una sola razón por la cual perder ciento treinta minutos de vuestras vidas con este bodrio, y, si escribo esto, es sólo para tener un post más y que me suban las visitas.
    
    P.D: Tengo un amigo al que le gustó y mi cuñado dice que a veces se rió. Somos muchos en el mundo y tiene que haber de todo.
    

jueves, 31 de julio de 2014

Un largo adiós (Robert Altman)




    Desde luego no es la mejor película de Robert Altman. La hizo por encargo, y eso se nota. No es una de esas películas tan suyas, corales, con un reparto de actores monumental, y un montón de pequeñas historias que se dibujan, se intuyen y sugieren una vida tras el breve encuentro que tiene el espectador con ellas. 
    Un largo adiós es una adaptación de la novela de Raymond Chandler, con su detective y todo eso. Filmafinnity la resume así:
    
    Una noche de verano, Terry Lennox aterriza en el ático de su amigo Philip Marlowe y le pide que lo acompañe hasta la frontera mejicana para cambiar de aires. Marlowe acepta la propuesta, pero al regresar a su casa se encuentra con que la policía le pide explicaciones sobre ese viaje. Marlowe termina entre rejas acusado de complicidad en el asesinato de la mujer de Terry, que ha aparecido brutalmente apaleada.


    Es una buena película. Género negro puro y duro. La trama va como un tiro y se resuelve al final quizá de modo un poco previsible. A mí, en general, el género negro no me interesa lo más mínimo y, sin embargo, estuve bastante entretenido las dos horas que dura la película. 
    Robert Altman tenía el encargo de adaptar El largo Adiós de Chandler. Yo no sé de quién fue la idea, porque lo cierto es que hay pocos directores que se me ocurran que tengan un estilo tan alejado de lo que se espera de una película de detectives duros, que fuman y beben mucho. Sin embargo, Altman es un profesional y resuelve bastante bien el encargo. La estética está muy bien cuidada y, en general, los planos también. 
    En el haber de la película está que Altman consiguió un Philiph Marlowe más humano, como un poco más vacilón que el de la novela. Yo nunca me había acabado de creer a personaje literario y, sin embargo, el de la película me entró sin problemas. Es cierto que tal vez Elliott Gould no fuese el actor adecuado para hacer de Philiph Marlowe. Desde luego su interpretación no va a pasar a la historia, pero creo que le da un punto hasta alegre al personaje que a mí me gustó. Entiendo que los puristas del género y los fanáticos de Chandler abominen de él, porque hace una interpretación muy personal, que insisto en que a mí me gustó. También Benjamin Black/John Banville hace una versión propia y todo el mundo está que no mea. Pero claro, Banville es un escritor de culto...
    Otro puntazo de la película es la presencia Nina Van Pallandt, un bellezón con todas las letras. Quizá no sea la mejor actriz del mundo, pero para hacer de rubia ambigua está estupenda. Viéndola en la pantalla uno puede entender que alguien se deje engañar por ella, porque con sólo mirada basta para perder la cabeza.
     Si tengo que ponerle alguna pega, además de que se nota que para Altman era un encargo y no le pone el alma que puso en otras cintas. es que la resolución del crimen es un poco chapucera. Siempre digo que lo que menos me importa es trama. Soy un espectador/lector de personajes y poco o nada me importa que las piezas encajen al final como un reloj suizo. Pero aquí no es que no encajen como un reloj suizo, es que parece que llegó a los noventa minutos de metraje y había que terminar en veinte, así que precipita todo y la verdad es que no se sigue muy bien. Pero este defecto no es achacable a Altman. Las novelas de Chandler ya son así. 
    En definitiva, no es una película que vaya a cambiar la historia del cine, pero está bien. Uno puede verla para pasar el rato o, si es un talibán del género negro o de Chandler, para indignarse de esta versión un tanto personal. 

martes, 29 de julio de 2014

Jonathan Lethem: La fuerza de la soledad




    La fortaleza de la soledad cuenta la vida de Dylan Edbus, un chico blanco que se cría en el Brooklyn de los años setenta. Entremezclados con los movimientos musicales, Lethem aprovecha para reflejar lo que fueron los cambios en las ciudades de Estados Unidos desde los setenta hasta el dos mil. Habla mucho de cómics, de grafitis, de drogas y, sobre todo, de las relaciones de los chicos en los barrios depauperados. De niños, todos eran más o menos amigos. Cuando llega la pubertad, Dylan, el chico blanco, pasa a formar parte de los pardillos a los que los negros atracan, maltratan y desprecian. Luego viene la Universidad y la posterior incorporación al mercado laboral, y los que eran los pardillos ocupan posiciones acomodadas en la sociedad, mientras que los malotes de barrio, los ídolos con los que todos querían estar, acaban en trabajos de mierda, cuando no en la cárcel. Sin embargo, no todo es perfecto en la nueva vida acomodada de los pardillos. El resentimiento por lo que fue su adolescencia marginada no les deja ser plenamente felices. Un reflejo de la vida misma. 
    Paralelamente a este interesantísimo análisis psicológico y del desarrollo de las clases sociales, Lethem reflexiona sobre el racismo y el determinismo social, personificado sobre todo en Mingus, el mejor amigo negro de Dylan, que, pese a su buen corazón, tiene todas las papeletas para acabar mal -vamos, que la novela tiene hasta un toque a lo Zola-. 
    Y por si esto no fuese suficiente, La fortaleza de la soledad está muy bien escrita. Quizá el lector puede tardar un poco en meterse de lleno en la historia, pero a partir de la página cincuenta, va como un cañón. No necesita jueguecitos formales para embaucarte. Primero una narración en tercera persona omnisciente de toda la vida y luego una en primera pegada al punto de vista del personaje.
    Casi nada. Un novelón cojonudo, que si no es la gran novela americana, es porque ya la han escrito ochenta veces los Don DeLillo, Philiph Roth y compañía.
    Pues no. La fortaleza de la soledad es una puta mierda con todas las letras. Porque sabe Dios por qué razón a Jonathan Lethem le pareció una idea cojonuda meter en medio de esta narración hiperrealista un anillo mágico que sirve primero para volar y luego para hacerse invisible. Pero de verdad. No en la mente del protagonista. No, no. Hace invisible de verdad. Una chorrada monumental que hace que no me crea nada de lo que me he leído hasta que aparece el maldito anillo. Tenía una historia cojonuda y decidió estropearla con esa parida. Es como si a un cuadro de Velázquez le echas un chorretón de pintura marrón en el medio. Pues si a él le gusta, que le vaya bien. Yo no puedo decir lo mismo. Por culpa del anillito todo lo que había leído me parece una patraña. Supongo que es lo que sucede cuando, como Lethem, declaras que tu mayor influencia es Philiph Roth y no Cervantes, Tolstoi, Proust o Dostoievski.
     Esto me lleva a preguntarme si Jonathan Lethem no tiene amigos, ni editor, ni nadie que le diga que no puede estropear alegremente setecientas páginas con un detalle así. En este sentido me recordó mucho a Las Benévolas, la mejor novela histórica que había leído en mi vida hasta el final. 

P. D. Ya que estoy, aprovecho para escribir otro post sobre Las Benévolas.