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jueves, 23 de agosto de 2018

Jonathan Lethem: Huérfanos de Brooklyn.




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     Esta es la típica historia de mafiosos de medio pelo. Unos chicos que se criaron en un orfanato, que se hicieron amigos y acabaron siendo mafiosos. Además del marco, tiene todos los tópicos del género: una mujer fatal, intriga, delincuencia y exaltación de la amistad. 
  
   Me gustaría decir cosas inteligentes de este libro, pero no tengo mucho que contar. Se lee bien. Su fuerte está en el narrador, un chico con síndrome de Tourette, que le hace decir todo lo que le pasa por la cabeza. No sé si Lethem se lo proponía, pero me hizo reír varias veces. Es una forma bastante original de provocar situaciones absurdas y disparatadas. 

  El problema es que un chiste repetido demasiadas veces cansa, por lo que la obra se desinfla a medida que vas leyendo. Si el argumento diese alguna vuelta inesperada, si tuviese algo de original, tal vez acabase siendo una gran novela. Pero no es así, por lo que queda en correcta, sin más. 

   Por otra parte, esto de coger un género clásico y darle la vuelta desde el humor y el distanciamiento es un mecanismo clásico de la postmodernidad. Tampoco es nada original.

   Me gustaría decir más cosas. Supongo que los fans incondicionales de Lethem comparán esto con La educación sentimental, en el sentido de que es una obra que cuenta cómo unos chicos se hacen adultos. Pero le faltan años luz para llegar al conocimiento del alma humana de Flaubert. 

   Nota: 5 sobre 10.


martes, 29 de julio de 2014

Jonathan Lethem: La fuerza de la soledad




    La fortaleza de la soledad cuenta la vida de Dylan Edbus, un chico blanco que se cría en el Brooklyn de los años setenta. Entremezclados con los movimientos musicales, Lethem aprovecha para reflejar lo que fueron los cambios en las ciudades de Estados Unidos desde los setenta hasta el dos mil. Habla mucho de cómics, de grafitis, de drogas y, sobre todo, de las relaciones de los chicos en los barrios depauperados. De niños, todos eran más o menos amigos. Cuando llega la pubertad, Dylan, el chico blanco, pasa a formar parte de los pardillos a los que los negros atracan, maltratan y desprecian. Luego viene la Universidad y la posterior incorporación al mercado laboral, y los que eran los pardillos ocupan posiciones acomodadas en la sociedad, mientras que los malotes de barrio, los ídolos con los que todos querían estar, acaban en trabajos de mierda, cuando no en la cárcel. Sin embargo, no todo es perfecto en la nueva vida acomodada de los pardillos. El resentimiento por lo que fue su adolescencia marginada no les deja ser plenamente felices. Un reflejo de la vida misma. 
    Paralelamente a este interesantísimo análisis psicológico y del desarrollo de las clases sociales, Lethem reflexiona sobre el racismo y el determinismo social, personificado sobre todo en Mingus, el mejor amigo negro de Dylan, que, pese a su buen corazón, tiene todas las papeletas para acabar mal -vamos, que la novela tiene hasta un toque a lo Zola-. 
    Y por si esto no fuese suficiente, La fortaleza de la soledad está muy bien escrita. Quizá el lector puede tardar un poco en meterse de lleno en la historia, pero a partir de la página cincuenta, va como un cañón. No necesita jueguecitos formales para embaucarte. Primero una narración en tercera persona omnisciente de toda la vida y luego una en primera pegada al punto de vista del personaje.
    Casi nada. Un novelón cojonudo, que si no es la gran novela americana, es porque ya la han escrito ochenta veces los Don DeLillo, Philiph Roth y compañía.
    Pues no. La fortaleza de la soledad es una puta mierda con todas las letras. Porque sabe Dios por qué razón a Jonathan Lethem le pareció una idea cojonuda meter en medio de esta narración hiperrealista un anillo mágico que sirve primero para volar y luego para hacerse invisible. Pero de verdad. No en la mente del protagonista. No, no. Hace invisible de verdad. Una chorrada monumental que hace que no me crea nada de lo que me he leído hasta que aparece el maldito anillo. Tenía una historia cojonuda y decidió estropearla con esa parida. Es como si a un cuadro de Velázquez le echas un chorretón de pintura marrón en el medio. Pues si a él le gusta, que le vaya bien. Yo no puedo decir lo mismo. Por culpa del anillito todo lo que había leído me parece una patraña. Supongo que es lo que sucede cuando, como Lethem, declaras que tu mayor influencia es Philiph Roth y no Cervantes, Tolstoi, Proust o Dostoievski.
     Esto me lleva a preguntarme si Jonathan Lethem no tiene amigos, ni editor, ni nadie que le diga que no puede estropear alegremente setecientas páginas con un detalle así. En este sentido me recordó mucho a Las Benévolas, la mejor novela histórica que había leído en mi vida hasta el final. 

P. D. Ya que estoy, aprovecho para escribir otro post sobre Las Benévolas.

Jonathan Littell: Las Benévolas.





   Dice la Wikipedia:
   
    Las benévolas (Les Bienveillantes) es una novela de ficción histórica escrita en francés por el estadounidense Jonathan Littell. Narra la vida de un exoficial de las SS alemanas que colaboró a llevar a cabo matanzas durante el Holocausto. El libro ha sido galardonado con dos de los más prestigiosos premios literarios franceses: el Grand Prix du roman de l’Académie française y el Prix Goncourt el 2006.

    Si no es la mejor novela histórica que me leí en mi vida está cerca. Desde luego está mucho mejor que M. Yourcenar, que siempre me ha parecido una cursi y sus personajes unos sabiondillos insoportables. 
    El rigor histórico de Las Benévolas es alucinante. Max Aue está en todos los momentos importantes del nazismo: auge político, matanza de judíos en Ucrania, relación con el ala esotérica de las SS, Stalingrado, la retirada del frente ruso, la batalla de Berlín, aparece Albert Speer... absolutamente todo. Y Littell te va contando sus aventuras y desventuras con una frialdad que corta como un escalpelo. Hay una escena en Ucrania, cuando llegan las SS  y tienen que acabar con los judíos que tuve que dejar de leer por la impresión que me causó. Han desnudado a los judíos y les han obligado a cavar un gran agujero. Entonces los mandan bajar. Un niño de unos cinco años, perdido, le da la mano a Aue confiado. Y Aue, consciente de lo que va a pasar, lo lleva de la mano hasta dentro del agujero, lo deja allí y las SS empiezan a tiros con todo. Aue se medio medio loco y patina en los sesos y la sangre, cae, se llena de mierda, sangre y vísceras y cree morir. Todo bajo la atenta mirada de Himmler, que ante tanta sangre flojea y se marea. 
    Pero no os equivoquéis. Aunque es una novela muy dura, se lee muy bien. La prosa es más que fluida y creo que, a pesar de que es un tocho de cuidado, me leí en una semana. 
    Sin embargo, hay dos detalles que no me gustan:
    a) Littell intenta encontrar una motivación, una causa para que exista un personaje como Aue, un oficial de las SS cínico, cruel y, en definitiva, psicópata. Entonces, el lugar de hacer que su personaje tuviese una infancia normal que se metió en las SS y se creyó aquel discurso porque, como nos enseña la antropología, la moral es una cuestión cultural, es decir, aprendida, convierte a Aue en un homosexual enamorado de su hermana y traumatizado por el abandono del padre cuando era niño. A mí, personalmente, me convence mucho más la primera opción. No creo que hubiese millones de personas traumatizadas con su infancia -porque el nazismo no fueron cuatro gatos-. 
    b) El final es absolutamente terrorífico. Están en el búnker de Hitler. Hitler va a poner sus últimas medallas. Allí forman los soldados, todo muy solemne. Y cuando le toca el turno a Aue, en el momento en que el Fühfer prende el alfiler en la solapa de su chaqueta LE MUERDE LA NARIZ. ¿Pero qué chorrada es esa? ¿Es que Littell no tiene un editor que le diga que no puede cargarse la novela así? Porque a partir de ese momento, ya no me creo nada de lo que me ha contado. Pero se ve que no. Y, como conté a propósito de Lethem, se ve que no es el único.