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miércoles, 20 de agosto de 2014

Delitos y faltas (Woody Allen)


    Delitos y faltas -en otras traducciones Crímenes y pecados- cuenta la vida de dos personajes opuestos: un dentista rico que quiere deshacerse de una amante inoportuna y un cineasta sin éxito muy íntegro y escrupuloso consigo mismo. A partir de la oposición de estos dos personajes -el dentista abyecto triunfa en la vida y supera los remordimientos por haber inducido al asesinato de su amante; mientras que el pobre documentalista ve cómo su cuñado, un rico productor de cine al que él desprecia, se lía con la mujer que él ama-, Woody Allen hace todo un tratado de filosofía acerca de muchos y muy diversos temas. Piensa en la angustia religiosa y los sentimientos de culpa, en la necesidad de responsabilizarse de los propios actos, un mundo injusto en el que triunfa el oprobio y la relación de esta injusticia con Dios, el modo en que nuestros valores se tambalean al chocar con la vida cotidiana, etc...
    A mí la película me aburrió soberanamente. Será porque soy un burro, porque, si no te gusta Woody Allen, es porque eres una bestia insensible, capaz sólo de disfrutar con películas de acción barata. En cualquier caso, este burro incapaz de disfrutar con Woody Allen, tiene algunas razones por las que no le gustó Delitos y faltas:
    1º Quien mucho abarca poco aprieta. Y no se pueden tocar tantos aspectos filosóficos que requieren una reflexión en profundidad en tan sólo dos horas. Cada uno de los temas tratados requeriría una sola película para él solo. La consecuencia es que el resultado es superficial. Toca todo por encima y no profundiza en nada. Si Woody Allen es, como muchos sostienen, el filósofo de finales del siglo XX, tendrá que explicarse un poco mejor. No basta con referencias superficiales. Apuntar es fácil. Lo difícil es definir.
    2º Woody Allen respeta muy poco a sus espectadores. Resumir el contenido de la película en la frase final en voz en off es llamarle gilipollas al espectador. Es como decirle "como no te has enterado del contenido filosófico de la película porque eres un burro, te lo voy a condensar en una frasecita para que lo entiendas".
    3º La mayoría de las obsesiones de Woody Allen en esta película me quedan a años luz. Debo ser una bestia inmunda, pero no obsesionan los sentimientos de culpa y mi relación con la divinidad. Soy agnóstico y no me preocupa demasiado. Y que el mundo es injusto ya lo sé. El 99% de la literatura y el cine lo dice. 
     4º Woody Allen es un postmoderno. Como tal, tiene que hacer cine sobre el cine, metacine, como los escritores escriben sobre el acto de escribir, la ficción y todo eso. En principio no tengo nada en contra de esto, si no sucede, como es el caso, que se repite una y otra vez. Con que un par de autores reflexionen sobre el acto de creación y la ficcionalidad me llega. Sobre todo, si todos llegan a las mismas conclusiones. Ya tuvimos a Borges. Los demás sobran.
    5º Con muchas de las películas de Woody Allen, y con esta en particular, tengo la sensación de que me están haciendo un examen. "A ver si entiendes todo lo que te expongo aquí". Es como si tuviese que estar resolviendo continuamente preguntas. Me pasa lo mismo con la literatura de Borges. Hay que entenderlo todo, captar las referencias metatextuales, porque, si no lo haces, eres un zoquete. Pues bien. Creo que las he captado casi todas. Y si no, basta con ir a internet, leer un par de críticas y ya te enteras. Y aún así, la película me sigue pareciendo aburrida.
    6º El punto anterior me lleva a este. El cine de Woody Allen es aburrido porque es demasiado intelectual. Es un juego de la inteligencia. Y le falta fuerza, esas mismas fuerzas que mueven la pasión humana. 
    7º y último. Ya lo dije a propósito de Zelig. Al tiempo que Allen no respeta a sus espectadores, les hace la pelota. Desentrañas todo las referencias y las reflexiones de la película y te sientes muy listo haciéndolo. Es una forma baja de halago y un medio bastardo de ganarte a un público vanidoso.
     Y no tengo nada más que decir, salvo repetir que es un coñazo.

domingo, 10 de agosto de 2014

El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves)

 


   Ni loco hubiese pagado ocho euros con treinta céntimos por ver esta bobada. Pero estaban aquí mis cuñados con sus hijitos y no íbamos a llevar mi pobre sobrinito de cinco años a ver la última de Wes Anderson -me salvé por los pelos de que me metiesen en la sala de Dragon Ball Z-. 
   El amanecer del planeta de los símios es un símbolo de lo que es la industria de Hollywood hoy en día. Técnicamente es acojonante. El trabajo de Matt Reeves desde un punto de vista formal es impecable. Tiene unos efectos especiales cojonudos y todo es visualmente muy impactante. Pero de contenido nada de nada. No tiene guión. Es una colección de lugares comunes aburridísima: el jefe mono que desconfía del humano bueno que acaba ganándose su confianza, la intolerancia del resto de los miembros de ambos grupos que amenaza con llevar la convivencia a la barbarie, la traición del amigo, etc... Si cambiamos a los simios por los indios tenemos Bailando con lobos, que ya era un refrito bastante infumable. Y a esto hay que sumarle que tiene una moralina muy mal traída, Normalmente no tengo nada en contra de las películas con un mensaje moral, pero el problema de El amanecer del planeta de los simios es que la reflexión moral es evidente, muy superficial y muy forzada. 
    Si haga este post, aparte de para recomendar encarecidamente que nadie se gaste un céntimo en esta mierda, porque con ello contribuimos a que Hollywood nos siga colocando subproductos de tercera, es porque me hizo reflexionar sobre mi actividad de crítico de cine y literatura en este blog y creo que hay algo que debo dejar claro: cuando pongo podres a Wes Anderson o Woody Allen, lo hago porque estos señores juegan en la primera división del cine. No me convencen sus películas, no me parecen obras de arte como muchos defienden, pero, en ningún caso, puede compararse su obra con esta bobada de El amanecer del planeta de los simios. El cine de Anderson o Allen no me gusta, pero no es una mierda colosal como esta.

martes, 22 de julio de 2014

Zelig (Woody Allen)





    Era tarde. Muy tarde. Ana se fue a dormir. Yo tenía sueño, pero no me apetecía irme a la cama. Hurgué un poco en el disco multimedia y puse Grupo Salvaje. Vi esa primera escena maravillosa de los niños y las hormigas y la araña y eso con William Holden cabalgando que da miedo. Pero la película dura dos horas y pico y ya estaba cansado. Grupo Salvaje no es una de esas películas que se dejan por la mitad, por mucho sueño que se tenga. Entonces, un poco más adelante, tenía Zelig. No soy un gran fan de Woody Allen, ni mucho menos, pero sólo dura setenta y cinco minutos. Poco más que un capítulo de una serie. Así que decidí darle una segunda oportunidad. 
   Zelig es una película rodada como un falso documental que cuenta la vida de un individuo que no tiene personalidad. Se adapta a las personas que lo rodean, haciendo lo que ellos esperan de él, hasta el punto de que es capaz de mutar físicamente. Puede cambiar de raza, engordar, adelgazar o echar barba sólo con tal de agradar a los demás. Un individuo así, por fuerza ha de convertirse en un fenómeno mediático que da la vuelta al mundo y hasta se hace rico. Pero también llama la atención de la comunidad psiquiátrica. Una de ellos -Diane Keaton- se empeña en curarlo a toda costa y en que encuentre su propia individualidad. Se enamoran, y Zelig, con tal de agradar a Diane Keaton, empieza a comportarse como un individuo con personalidad propia, pero lo hace sólo porque es lo que la psiquiatra lleva años intentado conseguir.  
   El problema que tienen las películas de Woody Allen es que son demasiado cerebrales. La idea está muy bien. Hace una comedia medio surrealista que juega con esa tendencia que tenemos los seres humanos a adaptarnos a los demás, a tratar de ser agradables con ellos y a decir lo que se espera de nosotros. Todo en clave paródico y, como dije, muy surrealista. Nos hace reflexionar sobre nosotros mismos y hasta sobre la naturaleza humana Sin embargo, como a casi todas las películas de Woody Allen, le falta la historia. Siempre tiene grandes ideas y sus películas tratan de vehicular esas ideas. Desde un punto de vista estrictamente intelectual están bien, pero les falta esa historia que mueva las pasiones, que emocione, justo lo que tiene Grupo Salvaje, la película que deseché en favor de esta. Hace mucho tiempo, Robert Louis Stevenson tuvo más o menos la misma idea que Woody Allen: las personas, en sociedad, nos comportamos como se espera de nosotros y, en función de estos comportamientos, forjamos nuestra personalidad, potenciando aquellas facetas de nosotros que son bien vistas por los demás, y reprimiendo aquellas tendencias que podrían avergonzarnos. Pero, a diferencia de Allen, Stevenson sí tuvo una historia. Y escribió El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mister Hyde, una obra de arte con todas las letras. 
    Tampoco está mal la idea del falso documental para contar la vida de un personaje. Suena un poco a Ciudadano Kane, pero no pasa nada. Casi hasta diría que Zelig, formalmente, está al nivel de la obra magna de Orson Welles. Los vestuarios están trabajadísimos, la cinta envejecida, de modo en las imágenes reproducen perfectamente ese toque añejo de los documentales históricos, y aprovecha con gran maestría fotos viejas, antiguas filmaciones, que incorpora a la película sin que se note y, probablemente, ahorrando un buen dinero -lo que no es nada desdeñable, máxime en tiempos como los que corren en que el presupuesto de un capítulo de Juego de Tronos podría pagar la deuda de más de un país del Tercer Mundo-. Pero todas estas cuestiones técnicas vuelven a incidir en lo mismo: alagan más a la inteligencia que a la emoción. 
    Por todo esto no me acaba de convencer Woody Allen. Es un cine para eruditos, para que te sientas muy listo descifrando sus alusiones, sus juegos y hasta el contenido filosófico o existencial. Pero le falta fuerza. Precisamente esa fuerza que desborda Grupo Salvaje.  

martes, 22 de abril de 2014

Paul Auster



Paul Auster




                Hace una semana recibí una llamada de un buen amigo. Él, su mujer y yo tenemos un proyecto entre manos de itinerarios lectores para nuestros alumnos de instituto. Acababa de releer Brooklyn Follies para este proyecto. Estaba indignado.
                -Quiero un post sobre Paul Auster en tu blog ya. –dijo.
              Teniendo en cuenta que es mi amigo, que él y su mujer se portan muy bien conmigo, que me invitan a comer todos los  Miércoles y un montón de razones más, no puedo negarme. Ahí va.
               
                P: ¿R, te gusta Paul Auster?
                R: No me vuelve loco.
                P: ¿Crees que la gente debería leerlo?
                R: Sí, aunque sólo sea para saber un poco por dónde van los tiros de la literatura contemporánea.
                P: Pero si es un autor de los años ochenta…
                R: El mundo no cambia tan rápidamente. Eso de escribir algo completamente nuevo es pura propaganda de la sociedad de consumo.
                P: ¿Me gustará?
                R: Normalmente sí.
                P: ¿Y a ti no?
                R: Ya he dicho que no me vuelve loco.
                P: ¿Pero me lo recomiendas?
                R: Sí. Creo que a todo el mundo al que se lo he recomendado le ha gustado.
                P: ¿Por qué?
                R: Es una respuesta larga.
               P: Pues esto es un blog. No puedes contar nada que lleve leerlo más de dos minutos. Internet es el mundo del instante.
                R: Está bien. Voy a intentarlo.
                Paul Auster conoce muy bien el oficio de escritor. Y al público.
              En cuanto a lo primero, tengo que decir que sus libros están muy bien escritos. No hay demasiadas estridencias y, aunque a veces corta un poco la narración, se leen muy bien. Es una prosa sencilla y rápida que gustará a cualquiera. En el aspecto lúdico, de puro entretenimiento, Auster no falla. En general, son buenas historias. Es muy entretenido y eso siempre es de agradecer.
                En cuanto a lo segundo, Paul Auster escribe para el público medio, el sector de la población a los que les gusta leer, que sienten que en la literatura hay algo más que simple diversión y que saben que ese “más” no lo van a encontrar en la literatura de consumo de masas –El código da Vinci, Las sombras de Grey, La catedral del Mar, El tiempo entre costuras y cosas por el estilo-. Pero, al mismo tiempo, ese público no está para meterse entre pecho y espalda autores difíciles como Proust o Faulkner. Y ahí entra Paul Auster. Lo lees, te gusta y sientes que has disfrutado con una actividad de alta cultura. Eso está muy bien, porque te sientes la mar de culto, y no ha hecho falta abrirte en canal como requiere la literatura con mayúsculas, desde Homero a Cormac McCarthy.
                Paul Auster escribe de y para el hombre contemporáneo. Gracias a la revolución tecnológica hemos cubierto nuestras necesidades vitales básicas. En Occidente ya nadie se muere de hambre y casi todos tenemos un techo bajo el que cobijarnos –aunque eso ya lo solucionarán los dirigentes ultraneoliberales que tenemos, pero eso es otro tema-. Asegurada la supervivencia, ahora toca el siguiente paso: darle sentido a la vida. Desgraciadamente la ciencia no ha dado solución a eso y así se ha convertido el hombre moderno en un ser perdido en el mundo, en busca continua de algo que no sabemos qué es. El final de El Palacio de la luna, con el protagonista que llega a la playa y mira la luna es una metáfora que encarna perfectamente el mundo austeriano.
                -Profe, es una mierda de libro porque no acaba. –me decían mis alumnos.
            -No. Sois unos burros porque no lo entendéis. –les respondía yo- El protagonista lleva toda la novela buscando algo que le dé sentido a su vida. No lo encuentra y no lo encontrará jamás. Pero no se rinde, porque está en la naturaleza humana buscarlo sin descanso, por eso acaba la novela mirando la luna, esa metáfora de los soñadores. La novela termina diciéndote que esa gente sensible nunca satisface sus inquietudes, pero no por eso dejará de intentarlo, porque la propia insatisfacción es lo que les mueve a la acción continua.
              -Ah. –decían ellos, que seguían sin entender nada.
              Al mismo tiempo, en un mundo en el que se exalta el individualismo, lo raro se considera una virtud. En casi toda la literatura contemporánea que intente serlo, tiene que haber personajes extraños, distintos. Hasta el cine y las series de televisión están llenos de estos personajes, que molan porque son un producto de época. Woody Allen, True Detective, Big Bang Theory y un larguísimo etcétera. Todo lleno de gente extraña. Y Paul Auster no es menos. Incluso diría más: es uno de los primeros en hacerlo, porque no olvidemos que Auster escribe, sobre todo, en los años ochenta.
                El hombre medieval empleaba todas sus fuerzas psíquicas en pensar qué comería al día siguiente, cómo sobreviviría a las enfermedades que lo acosaban o se desvelaba rezando para que una mala cosecha o una epidemia de peste diezmase la población. Eso, afortunadamente, se ha superado. Pero nuestra enorme energía psíquica no desaparece. Hay que redirigirla hacia alguna parte. Y así surgen las obsesiones, las neuras, las hipocondrías y demás enfermedades mentales modernas que no son más que una total y absoluta falta de estímulos externos. Nuestra mente funciona como una alergia. Sin agentes externos contra los que defendernos –pestes, guerra, hambre… -, se ataca a sí misma. La enfermedad, la hipocondría y, en general, las enfermedades mentales son un tema central de nuestra literatura moderna. También en Paul Auster, que una y otra vez bucea en la caída en la locura. El protagonista de El palacio de la luna viviendo en Central Park como un mendigo o el de La Trilogía de Nueva York viviendo en un cubo de basura presa de su propia obsesión son ejemplos claros de ello. Lo bueno de Paul Auster y que lo pone por encima de otros autores contemporáneos, como por ejemplo Beiggbedder, que se limitan a poner de protagonista a un pirado y ya está, es que Auster refleja el modo en que la pérdida de referentes estables de la realidad es lo que nos arrastra a la locura, es decir, que explica los caminos que nos llevan hasta ella.
            Y podría decir muchas más cosas de Paul Auster, como que es un esteticista de la cultura americana, pero, si lo hago, este post quedará muy largo y nadie se lo leerá.
                P: ¿Entonces nos recomiendas a Paul Auster?
                R: Sí. Y, si te ha gustado A dos metros bajo tierra, te encantará.
                P: ¿Por qué?
                R: Porque son exactamente lo mismo.
                P: ¿Algo más?
             R: Que de todos los libros de Paul Auster yo me quedaría con El Palacio de la Luna y con la Trilogía de Nueva York.