domingo, 19 de septiembre de 2021

Edgar Cabanas y Eva Illouz: Happycracia. Cómo laciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas.

 Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan  nuestras vidas (Contextos) eBook : Illouz, Eva, Cabanas, Edgar, Petit  Fontserè, Núria: Amazon.es: Tienda Kindle


    La psicología positivista es la que nos dice que la felicidad depende de uno mismo. Independientemente de las circunstancias que rodeen al individuo, este puede ser feliz si persigue su sueño, es trabajador, persistente, resiliente, esforzado, dedicado, sabe gestionar sus emociones, etc... 

   El neoliberalismo se ha apropiado de esta teoría porque encaja perfectamente con su ideología y las sociedades narcisistas, individualistas, del yo o como queramos llamarle. Sociedades en las que se prioriza el individuo y sus intereses por encima de la colectividad.  

   De acuerdo con los autores, esta creencia es falsa.
Los datos estadísticos acerca de depresión, suicidio, etc... hablan por sí mismos. La felicidad no solo no depende del individuo, sino que así concebida contribuye a crear hipocondríacos emocionales, continuamente pendientes de sus propias emociones y de qué los hace o los deja de hacer sentir bien o mal. Además, crea legiones de personas frustradas, que creen que no son felices porque algo falla en ellos. La gente se avergüenza de no ser feliz porque de acuerdo con la ideología individualista que se ha impuesto en las sociedades occidentales esto es un fracaso de las persona. Por eso no solo ocultamos el sufrimiento, sino que nos esforzamos por mostrarnos ante los demás lo más felices posibles, aunque eso sea mentir. 

    La psicología positivista ha desarrollado a su alrededor todo un mercado de hacer dinero por medio del coaching, de los libros de autoayuda, etc...

    Esta concepción de la felicidad es tremendamente conservadora, porque lleva a las personas a la desmovilización social. Su sufrimiento no se debe a un reparto injusto del capital, sino su propio fracaso. Si queremos ser felices, no tenemos que cambiar la sociedad para que sea más justa, sino que tenemos que cambiarnos a nosotros mismos. 

   Las empresas utilizan esta ideología para revertir sobre el trabajador toda la responsabilidad de cualquiera de sus prácticas, incluidas aquellas que van en contra de los intereses de los trabajadores. La flexibilidad, los despidos, la identificación con la empresa, la autoevaluación continua, etc... son justificados con la psicología positiva. 

   La psicología positiva se base en tres pilares:

a) la autogestión: tú creas tu propia felicidad. Es como un trabajo que tienes que estar continuamente construyendo. La responsabilidad de la felicidad recae sobre ti.

b) la autenticidad: se supone que hay un yo autónomo con unos gustos y una forma de ser determinada y autónoma. Uno ha de comportarse y guiarse en la búsqueda de la felicidad de acuerdo con ese yo -en eso consiste ser auténtico-. 

c) estrechamente relacionado con lo anterior, la persona tiene que crear su marca personal. Esta marca personal ha de ser vendida en el mercado y en la empresa. 

   En definitiva: esta psicología positivista, además de ser falsa, no solo crea hipocondríacos emocionales que se responsabilizan a sí mismos por su propia infelicidad, sino que es conservadora desde el momento en que crea personas conformistas que no culpan a la sociedad de su fracaso y, por tanto, no tratan de cambiar la sociedad a mejor. 

domingo, 12 de septiembre de 2021

Howard Becker:Outsiders, hacia una sociología de la desviación.

 Outsiders: Hacia una sociología de la desviación (Sociología y Política) :  Howard Becker: Amazon.es: Libros



    Todas las sociedades tienen individuos que viven al margen del sistema. Estos son los que dan título al libro: outsiders.

    El autor se pregunta qué lleva a un individuo a convertirse en un desviado, exponiéndose a las sanciones legales y sociales que ello supone. Frente a las teorías que lo achacaban a una desviación personal o a la enfermedad, Becker sostiene que es un grupo de individuos el que fija unas normas morales y de conducta y el que crea una categoría para aquellos que no se ajustan a ellas. Es la sociedad la que crea la categoría, no la persona la que, en una decisión individual y racional, decide comportarse al margen del sistema de reglas establecido. En este sentido, el autor insiste en que no es la motivación la que lleva a la conducta, sino al revés: un determinado comportamiento desviado de una persona es la que la arrastra a partir de ese momento. Esto no quiere decir que la persona no tenga responsabilidad alguna cuando toma una decisión que lo convierte en un desviado. Evidentemente, sabe que lo que va a hacer lo convierte, pero ha sido la creación de esa categoría la que lo posibilita. 


    La clasificación de un individuo dentro de la categoría solidifica a la persona dentro de él. Una vez uno se perciba a sí mismo como un ladrón, un homosexual, un drogadicto o cualquier otra conducta considerada desviada, la persona tiende a aprender unos modos de conducta de acuerdo con esa categoría -adopta el rol-. 

    Ser clasificado dentro de la categoría de desviado lleva a las personas a buscar justificaciones a su conducta, bien considerando desviados a las propias personas que han creado la norma, bien como el resultado de la falta de opciones, etc...

    Ser clasificado como desviado estigmatiza a la persona, en el sentido que le daba Goffman: lo destruye como persona ante los demás. Un fumador de marihuana o un homosexual pueden, por ejemplo, desempeñar perfectamente el trabajo de oficina. Sin embargo, si sus compañeros de trabajo o su jefe se enteran de su condición desviada, probablemente serán despedidos, aunque esta condición no afecte en absoluto a su capacidad como trabajador. 

    Para que exista una conducta desviada, es necesario que una persona o grupo de personas identifique y sancione esa conducta. Estas personas son designadas por el autor como cruzados. Las motivaciones de los cruzados pueden ser muchas y muy variadas, pero, en general, tienden a hacerlo porque consideran que es bueno para la sociedad y para las personas. Becker pone como ejemplo aquellos que lucharon por prohibir el consumo de alcohol en EEUU a comienzos del siglo XX. Creían que una sociedad sin alcohol era mejor porque se evitaban muchos problemas de violencia, de familias desestructuradas, etc... Asimismo, estaban convencidos de que ayudaban a las personas que consumían alcohol porque, prohibiéndoselo, les evitaban ceder a su debilidad. 

    Becker diferencia entre valores y normas. Los valores es aquello que la sociedad considera que está bien o está mal. Con frecuencia, estos valores son ambiguos e, incluso, hay diferentes valores que chocan entre sí. Por ejemplo, el valor de la libertad individual puede chocar con la búsqueda de una salud óptima. Así, el consumo de alcohol o drogas se encuentra entre estos dos valores. La persona debe ser libre para hacer con su vida lo que le dé la gana, al tiempo que las drogas son malas para la salud -el ejemplo es mío, no de Becker-. Para solucionar estos problemas las sociedades crean normas, que son mucho más concretas y que nos dan a las pautas de conducta de acuerdo con las que tenemos que actuar. Estas normas están impulsadas por los cruzados y pueden tomar forma de leyes o simplemente de un acuerdo tácito entre las personas. 

     

viernes, 3 de septiembre de 2021

Iñaki Domínguez: Sociología del moderneo

 SOCIOLOGIA DEL MODERNEO | IÑAKI DOMINGUEZ | Casa del Libro


    Frente a las sociedades tradicionales en las que todos los miembros de la comunidad se conocían entre sí y, por tanto, tenían una identidad, la vida moderna nos ha condenado a vivir de forma anónima entre la masa. Esto, lógicamente, genera cierto desasosiego y muchas personas sienten la necesidad de destacar para salir de ese anonimato aniquilador. 


    El moderno se rodea y hace cosas que se consideran exclusivas. Esto lo hace diferente y, por tanto, destacar. Pero la paradoja de esto es que los demás tienen que reconocer esas cosas tan exclusivas que rodean al moderno y poder identificarlas como tal, tienen que poder relacionarlo con algo.  Esos pantalones tan guays lo son porque la gente lo relaciona con algo. Así, los modernos aspiran a lograr la distinción adhiriéndose a formas de conducta y vestimenta ya estandarizadas por el mercado.  Aunque te invitan a ser original, el medio que te ofrecen para lograrlo es manufacturado en serie.

Asociarse a una marca para que los atributos de esa marca se te peguen. 

La paradoja de que se busca la individualidad en moldes prefabricados en masa. 

Los modernos tienden a ser gente de provincias, donde todo el mundo los conoce, que van a la gran ciudad y deciden redefinir su propia identidad. Son personas que están desencantadas con sus orígenes y deciden construirse una nueva identidad. 

El moderneo está dominado por el pensamiento dogmático. Por tal, Iñaki Domínguez entiende aquel pensamiento que se adhiere a unos valores morales y determinadas conductas de forma acrítica. Según él, esto es debido a que en las sociedades contemporáneas, donde todo cambia continuamente y donde la cantidad de decisiones que tenemos que tomar es abrumadora, las personas recurrimos a expertos que nos digan qué pensar, qué hacer, qué nos debe gustar y qué no. Esto, lógicamente, deriva en el conformismo de los modernos. 

Las sociedades tradicionales encontraban el sentido de la vida y un código de conducta en la religión. Nuestra sociedad científica nos ha condenado a vivir sin trascendencia, lo que lleva a la personas a la búsqueda de la felicidad aquí en la Tierra, por medio del consumo de bienes materiales y del hedonismo desenfrenado. Este hedonismo se lleva más allá de los momentos de ocio: 

También en el mundo laboral el moderneo se manifiesta como hedonismo enajenado. Se trata de trasmutar el trabajo, tradicionalmente tedioso y sacrificado, en fuente de placer. No obstante, como ya hemos visto, entre modernos también el ocio es trabajo. La borrosa línea que separa ambos mundos refleja la naturaleza alienada de la vida social. Ya no existe la polaridad tradicional entre trabajo y placer, sino que el consumo coloniza la totalidad de la vida.


  De acuerdo con las teorías de Debord, Baudrillard, etc... el capitalismo de consumo vacía todo de contenido, reduciéndolo a pura imagen. Esto lleva a Iñaki Domínguez a utilizar la metáfora del filtro para explicar el modo en que los modernos presentan su vida a los demás. En las redes sociales se pueden poner filtros a las fotos para que la realidad parezca mejor de lo que realmente es. Esto, el moderno, lo extiende a todos los aspectos de su vida. El moderno no está tan preocupado por el sentido o en contenido de sus actos, como de que estos aparezcan como deseables a los demás. La cultura de la imagen vacía de contenido les lleva a hacer de la vida un espectáculo que merece la pena ser proyectado, exhibido y, por tanto, vivido, consumido. En las redes y en la vida en general, el moderno se entrega a una suerte de narcisismo a través del autoelogio en imágenes.


    El moderneo aplica la lógica de mercado a todos los aspectos de la vida, entre ellos el amor. El moderno se muestra altivo porque eso lo hace pasar a los ojos de la persona deseada como alguien inaccesible, escaso y, por tanto, como en el mercado, sube el precio. Los verdaderamente poderosos tienden a mostrarse altivos porque tienen valor para los demás por el mero hecho de ostentar una situación de poder. El moderno copia su actitud, aunque carezca del contenido. 

viernes, 27 de agosto de 2021

Eva Illouz: El consumo de la utopía romántica.

 El fin del amor: Una sociología de las relaciones negativas: 3104  (conocimiento) : Illouz, Eva, Mosconi, Lilia: Amazon.es: Libros



    La idea del amor romántico surge en el siglo XIX como justificación ideológica de la familia patriarcal. Se concibe el amor romántico como una suerte de comunitas, en el sentido que le da Victor Turner a este concepto (ver aquí). Hay una vida normal en las ciudades, con su trabajo, sus preocupaciones por la economía de las personas, etc... Esta vida normal está regida por los intereses económicos (por eso trabajamos, por eso nuestras relaciones sociales son como son, por eso vivimos como lo hacemos, etc...). El amor romántico escapa a estos valores porque se supone que va más allá de lo material. De acuerdo con la ideología del amor romántico, no establecemos relaciones sentimentales ni nos casamos por interés económico. En este sentido, el amor es un espacio liminal. Illouz habla más bien de liminoide, porque el amor romántico, aunque comparte muchas de las características de la experiencia religiosa, no alcanza su significado e intensidad. 

    El amor romántico casi sustituye a la experiencia religiosa. Es el que le da sentido a la vida. La concepción teológica del mundo y de la vida ha desaparecido. Ya no creemos en Dios y en la vida eterna, así que tenemos que darle sentido a nuestra vida siendo felices aquí y ahora. La experiencia romántica se erige como el modo para alcanzar esa felicidad y, por tanto, es el sentido de la vida. 

    En tanto que fenómeno liminal/liminoide, el amor romántico tiene que tener sus propios espacios al margen de la vida cotidiana. Así, la Naturaleza se convierte en su espacio privilegiado. La Naturaleza se asemeja a Dios y se opone al espacio de la vida prosaica, vulgar de la ciudad. 

    El capitalismo de consumo recoge toda esta ideología y la lleva a consumir y gastar. Las actividades vinculadas al amor implican consumir: viajar, cenas románticas en restaurantes caros, hoteles, hacer turismo, ir al cine, al teatro o la ópera, etc... Lo que en el siglo XIX eran visitas a la casa de la amada, hoy en día se ha convertido en una actividad de consumo.

    El amor romántico aparece vinculado a dos actividades propias del capitalismo de consumo: el lujo y el turismo. En cuanto al primero, durante los encuentros románticos, se hace un gasto conspicuo en comidas desproporcionadamente caras, en viajes y habitaciones de hotel que no pagaríamos de ninguna manera en otro contexto, etc... En cuanto al segundo, pagamos viajes y todo lo que ello implica porque se supone que viajando accedemos a espacios donde se viven las experiencias más intensas.

    Sin embargo, la mayoría de la gente no se embarca ni acepta incondicionalmente la ideología del amor romántico. Baudrillard decía que en el capitalismo de consumo, las personas no consumimos objetos, sino símbolos (ver aquí). La mayoría de los ciudadanos de las sociedades postmodernas somos conscientes de ello y por eso mantenemos una actitud cínica con respecto a las cosas y las personas. Sabemos que en el amor los medios de comunicación de masas y la publicidad nos venden una imagen, unos marcos conceptuales y unas conductas que aceptamos. Por eso la mayoría somos un tanto escépticos con respecto al amor romántico.

    En nuestra sociedad conviven dos ideas aparentemente contradictorias acerca del amor:

    a) el amor como una fuerza que nos arrebata y todo lo puede, por encima de los compromisos y los intereses económicos (esta es la idea típica del amor romántico).

    b) el amor racional, por el que entendemos que las relaciones sentimentales pueden ser un medio para ascender socialmente (esta es la concepción típica de los matrimonios pactados de sociedades primitivas). Paralelamente, esta idea del amor racional nos hace entender el amor en términos de una inversión capitalista: invertimos algo a cambio de algo. A cambio de involucrarnos en una relacionas con los sacrificios que ellos supone, esperamos una gratificación emocional: ser felices. Esto responde al individualismo e utilitarismo propios del capitalismo.

    Estas dos tendencias solucionan su aparente contradicción por medio del habitus -Illouz toma el término de Bourdieu-. Por medio del habitus aprendemos de quién nos tenemos que enamorar, que cualidades debe tener la persona (generalmente de clase social), etc... Entonces sentimos el amor romántico/pasión, pero determinado por el habitus. 


    

    


jueves, 10 de junio de 2021

Ulrich Beck y Elisabeht Gernheim: El normal caos del amor



El normal caos del amor: Las nuevas formas de la relación amorosa  Contextos: Amazon.es: Beck, Ulrich, Beck-Gernsheim, Elisabeth: Libros

    En el siglo XIX las personas establecíamos relaciones estables con las personas. Trabajábamos en un único lugar a lo largo de toda nuestra vida, lo que nos permitía tener siempre los mismos amigos, permanecer siempre cerca de nuestros familiares y, en lo que atañe al tema de este libro, tener un matrimonio único. En este sentido, el matrimonio era una institución estable. 

    El matrimonio tradicional era el resultado de las necesidades económicas del sistema económico de la época. La mujer necesitaba casarse para tener las necesidades vitales cubiertas -el marido era el encargado de llevar dinero a casa, ya que las mujeres estaban excluidas del mercado de trabajo-. El hombre también dependía del trabajo doméstico de las mujeres. Este trabajo, aunque no fuese remunerado, también es necesario para vivir, por lo que había una relación de interdependencia entre ambos sexos que se fraguaba en el matrimonio -esta relación, evidentemente, era desigual, pero esto no implica que no se necesitasen el uno al otro-. 

    La globalización supuso un cambio fundamental en las relaciones socioeconómicas. En el mundo líquido moderno, nada es estable. No solo es que las noticias apenas si duren unas horas en los medios de comunicación o que una app revolucionaria pase de moda en unos meses. El mercado laboral exige de las personas que cambien varias veces de empleo varias veces en su vida, que estén a disposición de la demanda de ese mercado. Cada cambio implica un cambio de lugar de domicilio y de relaciones. Dejamos atrás amigos, familia y, con frecuencia, la pareja. 

    Paralelamente, la incorporación de la mujer al trabajo, les dio la libertad para poder romper el matrimonio y poder emprender una nueva vida. 

    La globalización implica un nuevo proceso de individualización de la persona. El individuo y su propia felicidad se ponen en en centro de la aspiración de las personas. Nos percibimos a nosotros mismos como individuos ante todo, antes que miembros de grupos humanos. 

    Estas nuevas relaciones socioeconómicas se proyectan sobre la nueva concepción del matrimonio:

    a) El matrimonio ya no es una institución estable. Ahora ya no vemos la biografía amorosa de una persona como enlazada únicamente a otra única persona, sino que el currículum amoroso de alguien se entiende como una sucesión de fases, en las que tendrá varias parejas diferentes, periodos de soledad, etc...

    b) El modelo de matrimonio y relaciones amorosas es múltiple y diverso. Hasta los años sesenta, sexo, vivienda, paternidad, maternidad y amor estaban circunscritos al matrimonio. Ahora no. Tenemos hijos y sexo sin necesidad de estar casados, establecemos relaciones, incluso matrimoniales, con personas que tienen hijos de otra pareja, la persona a la que amamos vive con otra persona, nosotros vivimos solos -o no-, etc... 


    c) Las personas priorizamos nuestra propia individualidad, nuestra búsqueda de la felicidad, por encima de supuestas instituciones supraindividuales -en este caso el matrimonio-. El amor y el matrimonio nos son útiles y recurrimos a ellos en tanto que sean fuente de placer y bienestar. En el momento en que dejan de serlo, los abandonamos y buscamos esa felicidad en otra pareja. 

    d) El matrimonio ya no es una institución única y universal para todos los miembros de la sociedad. Precisamente como consecuencia de ese proceso de individualización, cada matrimonio es negociado, particularizado por los miembros de la pareja. Se negocian cláusulas para decidir a dónde se van de vacaciones, si se permiten otros compañeros sexuales, cómo se gestiona el dinero, etc... 

    e) El amor también es un concepto vacío, no universal, que los amantes tienen que rellenar, negociar entre ellos. No hay única forma de ser felices en el amor. Cada pareja tiene que encontrar su camino por medio de la negociación. El amor de cada pareja es, por tanto, único y diferente.  

    f) la persona continuamente móvil, fungible, que vuela y se mueve de aquí para allá de acuerdo con las necesidades del mercado laboral, siente ante sí mismo el vacío de una soledad radical. Al ser conscientes de que ninguna relación es duradera nos sentimos solos. Paradógicamente, el matrimonio se nos ofrece como la otra cara de la moneda de esta soledad radical. Buscamos en el tú, compartiendo intimidades, la estabilidad emocional que nos falta en la modernidad líquida. 
Aunque las relaciones sentimentales se han vuelto fungibles, buscamos en ellas la estabilidad y la seguridad frente al mundo exterior que cambia incesantemente. De ahí que Bech sostenga que en el siglo XXI hay una nueva religión terrenal del amor. Creemos que el amor nos va a dar el paraíso en la tierra, que nos va a hacer felices. 

    g) Como consecuencia del punto anterior, lo que mantiene vivo al matrimonio en tanto que institución social, es el miedo a la soledad. 

    h) Las personas educadas en el modelo de matrimonio anterior, sienten que su vida ha fracasado cuando la nueva realidad social les lleva a terminar con su matrimonio. 

    i) Los hijos, con todas las obligaciones que implican, son un obstáculo en el proceso de individualización. Sin embargo, y aunque resulte paradógico, los hijos también son un instrumento de los padres para huir de la soledad. Frente a las relaciones sentimentales fungibles, los hijos aparecen como una fuente de amor y seguridad permanente.

    h) En la Edad Media la función de los hijos era obtener mano de obra y un heredero para el capital de la familia. En la Edad Moderna, los hijos cuestan mucho dinero y esfuerzo. Su función ha cambiado radicalmente. Ahora la función es dar estabilidad emocional a esa biografía emocional en continuo devenir. Incluso, para algunas mujeres abrumadas por el exceso de racionalización del mundo laboral, el hijo se convierte en el refugio de naturalidad. Es como si quisiesen recuperar ese paraíso perdido a través de sus hijos.  

    g) En la Edad Media apenas si se prestaba atención a la educación de los niños. Los padres pasaban prácticamente todo el día realizando extenuantes trabajos físicos y, por la noche, no tenían ni fuerzas ni ganas para atender a la educación de sus vástagos. En la Era Industrial las cosas no cambiaron demasiado. Las taras, defectos o faltas que tuviesen los niños se achacaban a la voluntad divino y se debajan estar. Hoy en día hay una conciencia generalizada de que podemos intervenir directamente en el desarrollo de nuestros hijos. Esto deviene en dos consecuencias fundamentales:

- la primera es que el hecho de tener o no un hijo ha dejado de ser un proceso natural. Las personas se lo piensan, lo planifican y tratan de tenerlo todo controlado antes del parto. Se cuidan médicamente y se hacen todas las pruebas posibles para asegurarse de que el futuro recién nacido no tenga el más mínimo problema. Esto genera mucho estrés a algunas familias. 

- la segunda es que la educación de nuestros hijos se nos antoja como algo fundamental, de ahí que nos preocupemos hasta la extenuación de darle la mejor educación posible, no solo académicamente, sino de no traumatizarle con determinados castigos, de que el niño tenga lo que nosotros creemos un desarrollo emocional óptimo para ahorrarle problemas psicológicos en el futuro, etc...

    A priori, esta última consecuencia nos puede parecer positiva. Beck y Gernheim sostienen que nadie en su sano juicio puede afirmar que la infancia actual es peor que la de un niño en la Edad Media. Sin embargo, señalan que no es en absoluto perfecta. En primer lugar, porque somete al hogar a una hiperemocionalización continua. Los sentimientos se convierten en los tiranos de las familias. Y en segundo lugar, es fácil que la educación de nuestros hijos sufra desviaciones patológicas. Los padres tienden a proyectar sus frustraciones sobre sus hijos y los atosigan con una suerte de educación que, a su juicio, les va a mejorar. La mejora de la posición de los hijos con respecto de los padres se convierte en una obsesión para los progenitores. De este modo tendemos a dirigir excesivamente su educación académica -en caso de que los padres hayan sufrido carestías económicas y crean que los estudios son un ascensor social-, nos excedemos tolerando sus comportamientos -en caso de que los padres hayan padecido unos padres autoritarios-, caemos en formas patológicas de amor por exceso, cuando alguno de los progenitores no se sintió querido por sus propios padres, etc...

 

    g) El proceso de individualización de las sociedades modernas tiene dos consecuencias:

- Las personas buscamos nuestra felicidad individual. Ya no nos encerramos en moldes heredados. Podemos optar por diferentes opciones en pos de este objetivo vital -esto tiene mucho que ver con el concepto de reflexividad de Giddens-. 
- El sentido de la vida ya no nos viene dado por la religión. Ahora debemos buscarlo aquí y ahora en nuestra propia felicidad. 

    Estos dos hechos hacen que los matrimonios sean el resultado de la negociación de dos personas con dos proyectos de felicidad diferentes porque son propios y personales. 

    g) La crisis de la mediana edad es, en cierta manera, la reedición tardía de la crisis de la adolescencia. Ante el miedo a la soledad del mundo líquido, nos hemos refugiado en la pareja. Los primeros años de esta relación son los de la lucha conjunta por unos objetivos, la crianza de los hijos, el despegue de la carrera profesional, etc... Pero una vez alcanzados esos objetivos, nos damos cuenta de que en el proceso de negociación que es la pareja, hemos renunciado a varios aspectos que consideramos importantes para nuestra felicidad personal. Entonces la familia se ve como un lastre, una enemiga. 





jueves, 5 de noviembre de 2020

Daniel Bernabé: La trampa de la diversidad

  
 

 

  La tesis de este libro es que el neoliberalismo perviritio el discurso de la diversidad, del derecho a expresar las diferentes identidades, para afianzar/apuntalar su discurso del individualismo radical y socavar la conciencia de clase trabajadora y desactivar así las reivindicaciones de clase. 

 En la actualidad tenemos una gran clase media a la que se ha despojado de su identidad de clase, a la que desde los medios de comunicación, las series, las películas, etc... se la ha impuesto el discurso de la singuralidad, del individuo diferente. Las personas estamos desesperadas por encontrar una identidad diferenciada de la de los demás. Para que la encontremos, se nos vende un serie de identidades a la carta que cada uno escoge en función de sus inclinaciones: identidad de género, feminismo, veganismo, estilo de vida, etc... Así, la identidad de clase queda subsumida, desparece entre este aluvión de opciones que pone todas al mismo nivel. Bernabé cita varios ejemplos de series y programas de televisión donde podemos encontrar una feminista, un afroamericano, un gay, etc..., pero nunca un trabajador explotado por su jefe. 

   En este proceso juega un papel muy importante el haber convertido la política en un objeto de consumo. Las ideologías originales son vaciadas de significado y se convierten en un elemento más, casi exclusivamente estético, de nuestra identidad. Así Theresa May puede ponerse una pulsera de Frida Kahlo para identificarse con el feminismo, despojando a la identidad de Kahlo de su comunismo militante. 

   El capitalismo neoliberal utilizó la ideología de la postmodernidad para dar cobertura a su amoralidad. Durante el periodo anterior, en la Modernidad, se pensaba que había verdades estables con las que explicar la realidad y actuar sobre ella en consecuencia. La postmodernidad de Lytard, Derridá, Foucault, Deleuze y compañía sostenía, frente a la modernidad, que no hay ideas absolutas, que no existen teorías únicas para explicar el mundo. Todo es relativo y depende de su contexto. Así se destruye cualquier posibilidad de acción real y de transformación de la realidad.

   El neoliberalismo triunfó definitivamente en la arena política cuando obligó a la izquiera a asumir sus presupuestos. Las políticas de los laboristas ingleses, de la tercera vía, del socialismo de Felipe González y Zapatero, era políticas neoliberales desde un punto de vista económico, disimuladas con una pátina de progresismo en algunas medidas sociales como el matrimonio homosexual. En este guerra cultural es donde se siente cómoda la derecha liberal. Mientras discutimos sobre los derechos de tal o cual minoría, dejamos de lado o nos olvidamos del reparto del capital.  

domingo, 4 de octubre de 2020

Coronavirus y nuevos cuerpos.

  

 

Los ojos serán suficientes en la era del coronavirus? Así cambiarán nuestra  comunicación las mascarillas - elEconomista.es
   

 

 

 

    La conocí hará quince días. Es mi nueva compañera de departamento y nuestra relación no va más allá de eso: una relación de trabajo, estos días mediada por una mascarilla y la distancia social. 

    El otro día tuve una videollamada con ella a través de whastap. Quería aprovechar la cámara del telefóno móvil para mostrarle unas cosas de trabajo en la pantalla de mi ordenador. 

    A mí las videollamadas siempre me han inquietado, sobre todo si la otra persona está en su casa. Ver su salón, su habitación o su cocina de fondo tiene algo de invasión de la intimidad del otro que me hace sentirme como una suerte de violador de privacidades. Pero esta vez no fue el decorado de fondo que enmarca las caras en las videoconferencias lo que despertó mi inquietud. No sabéis cómo flipé al verle la cara. No es que tenga una deformidad monstruosa ni nada por el estilo. Es una cara normal de una mujer normal. Lo que me flipó fue verle la nariz y la boca -una boca y una nariz por otra parte también bastante normales-. Aluciné tanto que me hizo pensar. 

    El sociólogo Marcel Mauss decía que la sociedad se incorpora, en el sentido de que los cuerpos de las personas reflejan los valores y los modos de conducta asociados. Así por ejemplo, sociedades machistas y misóginas, tienden a ocultar el pelo de las mujeres. El pelo es un símbolo sexual en infinidad de culturas. Esconder el femenino es una forma de incorporar la convicción de que la mujer es un ser inferior que arrastra al hombre al pecado y la perdición. De ahí el velo o la toca de las monjas.

    Nuestra sociedad, por poner otro ejemplo, ha sustituido la moral el conocimiento religioso por el científico y la nueva moral de la salud, lo que deriva en no-cuerpos esculpidos en el gimnasio, sin un ápice de grasa, eternamente jóvenes.

    El covid, lógicamente, ha afectado a esta sociedad que pone la salud por delante de todo. Hasta la irrupción de esta pandemia, el otro era una fuente de placer, amistad, relación. Ahora se ha convertido en una amenaza a nuestra salud. 

    Esta nueva concepción del otro como una amenaza potencial se proyecta en que partes del cuerpo que hasta el momento no lo habían sido, se convierten en espacios vedados. Nos contagiamos por la nariz y la boca, así que los tapamos con las incomodísimas mascarillas. Cuando vemos a alguien que se la ha quitado, cuando le vemos la cara en su plenitud, empezamos a percibirlo como una agresión. De ahí que me sorprendiese tanto ver la cara de mi compañera quince días después, aunque fuese mediada por un dispositivo móvil. 

    Todavía no hemos llegado a ello, pero no dudo que, si esta situación se prolongase mucho en el tiempo, las narices y las bocas ascenderán un peldaño en el tabú y vérselas a alguien nos hará sentir realmente incómodos, como puede hacerlo hoy en día ver a alguien desnudo.   

    La incorporación del otro amenazador también ha afectado a las distancias entre los cuerpos. Yo no soy nada tocón y, de hecho, me molesta mucho que me toquen. Pero de ahí a que me incomode que alguien se me acerque a menos de dos metros hay un trecho. La nueva concepción de otro como una amenaza ha hecho que cruzásemos ese trecho en apenas unos meses. Si me cruzo con alguien por la calle y esa persona no se hace a un lado para dejar la distancia de seguridad prescrita, me molesta. Y ya no digo nada de esas personas que se me pegan en la cola del súper.