Mostrando entradas con la etiqueta suicidio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta suicidio. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de septiembre de 2018

Suicidio II: Causas sociales del suicidio.

Resultado de imagen de suicidio


   Y pese a todo lo que dijimos en el post anterior -aquí-, sigue habiendo gente que se suicida.  Hay miles de razones para ello, la mayoría relacionadas con las circunstancias personales de las personas -haber vivido una desgracia, una personalidad con tendencia ciclotímica, depresiones endógenas, una enfermedad terminal, etc...- Pero esto es un post de antropología. No atendemos a estas razones personales, sino a las tendencias sociales que pueden arrojar a las gente a suicidarse. En clase también surgieron varias razones para ello:


   En primer lugar, no todo el mundo encaja dentro de los roles que la sociedad impone. Simplificando un poco, imaginémonos a una chica de una ciudad occidental cualquiera. La sociedad ha ido prescribiendo una serie de caminos que ella debe seguir. Ser estudiante, luego ir a la universidad y encontrar un trabajo en el que se realice. Paralelamente, encontrará una pareja sentimental con la que tener hijos y compatir un proyecto de vida en forma de familia tradicional. Cuarenta horas de trabajo semanales -algunas semanas algo más por las horas extra-, comer los fines de semana en casa de sus padres o sus suegros, un mes de vacaciones en un pueblo de la costa levantina y una hipoteca de treinta años sobre un piso de cien metros cuadrados a media hora del centro. Esta opción vital, que a mucha gente hace feliz, no tiene por qué satisfacer a todo el mundo. Y así es como llegan esas crisis de los cuarenta o los cincuenta, cuando te das cuenta de que has hecho todo lo que se esperaba de ti para ser feliz y resulta que no lo eres. El resultado es la decepción, la sensación de fracaso.  Normalmente esto se soluciona rompiendo el matrimonio, buscándose a sí mismo o haciendo excentricidades como cuando los cuarentones nos compramos coches deportivos y nos vestimos como adolescentes. Pero no siempre es así. La persona puede sentirse atrapada en la red de obligaciones que se han ido tejiendo a su alrededor y el suicidio en ocasiones es la única salida que encuentran. Esto sería impensable en la sociedad teológica medieval, por ejemplo, donde la felicidad no era el objetivo vital. Pero en la sociedad de la felicidad obligatoria, estar atrapado en unos roles que no nos hacen felices, puede llevar a la opción extrema del suicidio.

  Se puede consultar más sobre la sociedad de la felicidad obligatoria pinchando aquí.



Imagen relacionada
Crisis de los 40.


      Este es el mismo caso que el de los desempleados de larga duración. De alguna forma u otra los valores del capitalismo de corte protestante siguen estando vigentes (ver Bauman y Max Weber). Se supone que el trabajo le da sentido a nuestras vidas. Muchos parados caen en la depresión y la desesperación. En la mayoría de los casos esta desesperación tiene que ver más con la imposibilidad de cubrir sus necesidades vitales básicas (alojamiento, comida, luz, etc...), pero hay otros casos en los que los parados se deprimen aunque tengan estas necesidades vitales cubiertas por redes sociales secundarias (un familiar que se hace cargo de ellas, subsidios de desempleo, etc...). Estos parados se deprimen porque sienten que no sirven para nada, que están en la vida sin objeto alguno. Su problema es que no cumplen con la normativa del rol de adulto, que se define, entre otras cosas, por ser autosuficiente para tener la libertad de tomar las propias decisiones. 

       Esta primera razón es la que Durkheim dio en su libro El suicidio: la falta de integración social -Durkheim habla de anomía-. En nuestra sociedad, uno se integra teniendo dinero para gastar y esto suele conseguirse trabajando. 

Resultado de imagen de durkheim el suicidio

   Bastante relacionado con esto, Giddens apunta que, cuando hay cambios políticos o sociales muy rápidos, aumentan los suicidios, ya que las personas no consiguen cambiar/adaptarse lo suficientemente rápido. No encajas en el nuevo sistema de posiciones/roles sociales y esto te lleva a la desesperación y el suicidio. No tienes asideros morales, lo que supone la pérdida de la identidad personal. La cultura, con sus sistemas de clasificación, ayuda a que las personas nos sintamos seguras y sepamos quiénes somos y dónde estamos. De ahí la importancia de los ritos de paso. Pero, cuando no encajas en el sistema de roles/posiciones, te sientes desvalido, solo ante un mundo que no comprendes, que no te comprende o ambas cosas. Esto se da mucho en nuestra época, que se define por ser líquida. Los jóvenes nacen ya con esta facultad de adaptarse como parte de su naturaleza. Su identidad es líquida. No la tienen estable porque desde niños han sido enculturizados en esta cultura del cambio perpetuo. Pero para los viejos es difícil. Aún así, es raro que la gente se suicide por esto en nuestra cultura. Esto se da más en procesos de industrialización sobre culturas tradicionales. 

Resultado de imagen de nuevas tecnologias



    Otra causa social de suicidio puede ser que los roles sociales pueden llegar a ser muy opresivos, lo que genera mucho estrés e insatisfacción. En clase surgieron dos ejemplos:
   
    El primero hablaba de un padre, cuyo rol se supone que es el de cabeza de familia. Como tal, debe satisfacer las necesidades vitales de sus hijos (expliqué esto aquí). Darle unos estudios para que puedan acceder a un futuro mejor es una de ellas. Pero los estudios son caros. Un padre que no gane el dinero suficiente puede verse superado por la situación. Como sucedía en el caso anterior, normalmente esto no acaba en suicidio, pero es puede ser una causa de ello. 

   El segundo era un personaje literario, pero no por ello menos real. En Tokio Blues de Murakami (que quiero dejar claro que no me gusta nada) hay un suicidio adolescente. En esta novela hay un adolescente que es el perfecto adolescente japonés. Estudiante brillantísimo, muy inteligente, está destinado a ocupar un puesto importante en la sociedad japonesa, y, por si no fuese suficiente, tiene la novia perfecta. Un día este chico se suicida. Y, si no recuerdo mal, la razón es que no soporta la presión de cumplir con todo lo que se espera de él. 


Resultado de imagen de murakami tokio blues



   Pero no hace falta irse a una novela japonesa. La mayoría de mis alumnos de segundo de bachillerato están experimentando en sus carnes lo que supone la presión de cumplir con lo que se espera de uno. No solo por la obsesión de nuestra sociedad con las notas y los exámenes, sino por la obligación de tomar las decisiones correctas acerca de qué hacer con su vida. 

    La tercera razón social del suicidio está relacionada de nuestra sociedad de la felicidad obligatoria. Me cito a mí mismo:

   En aquel post sostenía que uno de los dogmas de nuestra cultura es la felicidad individual a través de placer  (aquí). Esta cultura del placer obligatorio nos impulsa a satisfacer todos aquellos deseos que puedan proporcionarnos gozo. Pueden ser de naturaleza sentimental, sexual o material. Basta con que sean deseos deleitosos para que sintamos la necesidad de cumplirlos, ya que nuestra felicidad depende de ellos. Sin embargo, no siempre es posible y, enculturizados en el placer, no estamos preparados para encajar la frustración.

    ... hay veces en que uno no alcanza su objetivo. Podemos desear ser un futbolista famoso o comer un helado de chocolate que nos apetece un montón. Habrá veces que lo consigamos y otras que no. Y como hemos aprendido que la felicidad individual es el sentido de nuestras vidas, la frustración llega a ser una verdadera fuente de infortunio. En lugar de aceptar que a veces las cosas no salen como uno espera, no alcanzar el objetivo nos hace desdichados. 

   Y esa desdicha puede llevarnos al suicidio.


    Esto de no cumplir con las expectativas nos llevó a la sociedad de consumo, que también puede llegar a ser una causa de infelicidad. 

   La publicidad, y en general toda la sociedad, nos transmite la idea de que consumir nos hará felices. En nuestro mundo de hoy en día convergen dos tendencias: el hedonismo que busca la felicidad en la satisfacción de los deseos y la ética capitalista protestante que identifica la felicidad con la posesión de bienes materiales. Estas dos tendencias se condensan en la sociedad de consumo, que nos promete el paraíso en el centro comercial (esto lo explico más detalladamente aquí). Si una persona carece del dinero necesario para consumir, puede sentirse que se queda al margen de la sociedad y, por tanto, de la felicidad. Y, como hemos dicho en párrafos anteriores, en una cultura que ha sustituido a Dios por la vida en este mundo, no encontramos otro sentido en la vida que ser felices. Fuera del consumo, no hay proyecto de vida feliz. La depresión es la consecuencia esperable y el suicidio la solución extrema. 

Resultado de imagen de centro comercial
Templo moderno.

    No poder consumir no solo destruye la imagen de uno ante sí mismo, sino también ante los demás. El problema del capitalismo del siglo XXI ya no es la producción, como sucedía en el siglo XIX. Hoy en día las máquinas y la tecnología en general permiten volúmenes de producción enormes con apenas unos pocos trabajadores. El problema en el siglo XXI es vender ese producto. El mercado está saturado. Ahora los que contribuyen al mantenimiento del sistema ya no son los trabajadores, sino los que compran los productos que salen de las fábricas. Esto, lógicamente, tiene que estar sustentado por una nueva moral, no ya del trabajo, sino del consumo. Es la manida frase del "tanto tienes, tanto vales". Se identifica la calidad moral de la persona con la capacidad que tenga para consumir, es decir, por el dinero que tenga. Dicho con otras palabras, eres guay si tienes pasta; si eres un tirado, eres un pringao. Nuestra sociedad eleva al altar de héroes mundiales a personajes cuyo único mérito en la vida es acumular una gran cantidad de dinero y que tampoco tienen una actividad muy definida, como los Beckham, Paris Hilton o Kim Kardashian. Los pobres son considerados parias porque no contribuyen en nada al nuevo sistema de consumo. No tienen pasta - no consumen - no sirven para nada - son unos parásitos, es el nuevo razonamiento. Esto, lógicamente, puede ser una causa de infelicidad y, en casos extremos, de suicidio. 


  Quizá una de las aportaciones más interesantes de Bauman es interpretación psicológica del consumo. Parte de una concepción un poco schopenhaueriana de la naturaleza humana. La vida oscila entre el dolor que provoca el deseo insatisfecho y el tedio que llega cuando hemos satisfecho ese dolor. Sufro porque no tengo algo -una novia, un puesto de trabajo, o lo que sea- y, cuando lo consigo, al poco tiempo paso a considerar la nueva situación como normal y me aburro. Para evitar caer en un tedio indefinido, me busco otra meta que me mantiene insatisfecho mientras no la alcanzo. Y así desde que nacemos hasta que nos morimos. Según Bauman, el consumismo ha superado este círculo vicioso. Por medio de la publicidad nos provoca el deseo insatisfecho de poseer ciertas cosas. Pero satisfaccerlas es increíblemente fácil. Basta con ir al centro comercial y pasar la tarde. La expectativa de satisfaccer ese deseo insatisfecho ya basta para hacernos felices. Es como si insatisfacción y deseo se juntasen en una nueva experiencia agradable. Por eso, cuando nos deprimimos, vamos de compras. Comprar es el mejor antidepresivo del siglo XXI, mucho mejor que el Prozac. Pero esta nueva forma de felicidad sólo la tienen los ricos, que son los que pueden consumir. Los pobres sin posibilidad de consumir, los nuevos parias del siglo XXI, se mantienen en una insatisfacción, en una infelicidad perpetua. Y son, por tanto, más tendentes al suicidio. 
Resultado de imagen de bauman
Bauman

    Pero no solo no consumir es causa de depresión, porque realmente el consumismo no nos da la felicidad. Como dice Beigbeder en 13.99 euros

   Soy publicista: eso es, contamino el universo. Soy el tío que os vende mierda. Que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis. Cielo eternamente azul, tías que nunca son feas, una felicidad perfecta, retocada con el PhotoShop. Imágenes relamidas, músicas pegadizas. Cuando, a fuerza de ahorrar, logréis comprar el coche de vuestros sueños, el que lancé en mi última campaña, yo ya habré conseguido que esté pasado de moda. Os llevo tres temporadas de ventaja, y siempre me las apaño para que os sintáis frustrados. El Glamour es el país al que nunca se consigue llegar. Os drogo con novedad, y la ventaja de lo nuevo es que nunca lo es durante mucho tiempo. Siempre hay una nueva novedad para lograr que la anterior envejezca. Hacer que se os caiga la baba, ése es mi sacerdocio. En mi profesión, nadie desea vuestra felicidad, porque la gente feliz no consume. Vuestro sufrimiento estimula el comercio. En nuestra jerga, lo hemos bautizado «la depresión poscompra». Necesitáis urgentemente un producto pero, inmediatamente después de haberlo adquirido, necesitáis otro. El hedonismo no es una forma de humanismo: es un simple flujo de caja. ¿Su lema? «Gasto, luego existo.» Para crear necesidades, sin embargo, resulta imprescindible fomentar la envidia, el dolor, la insaciabilidad: éstas son nuestras armas. Y vosotros sois mi blanco.

  El consumismo realmente no nos hace felices. Simplemente nos tiene permanentemente insatisfechos. Podemos experimentar ese breve momento de euforia del que habla Bauman, pero, como dice Beigbeder, va inmediatamente seguido de la depresión postcompra. No encontramos la felicidad en lo que consumimos. Y eso es otra fuente de frustración e infelicidad y, por tanto, causa de un posible suicidio. 


Resultado de imagen de beigbeder
Beigbeder

   La soledad extrema de nuestras sociedades contemporáneas también es una causa de suicidio. En las culturas tradicionales y campesinas era muy extraño que los grupos tuviesen un número elevado de miembros, de tal modo que todos se conocían entre ellos, lo que llevaba a la creación de lazos mutuos de dependencia. Los miembros de un mismo grupo debían ayudarse entre ellos para poder sobrevivir. Por ejemplo, en una comunidad campesina de pocos miembros, si uno tenía un carro, lo llevaba a la siembra, aunque ese día no se trabajasen sus tierras, porque otro tendría aperos de labranza que podrían ser utilizados en otro momento para ayudarle a él. Si había que hacer una casa, iban todos los de la comunidad. Y otro día venían a hacértela a ti. Por el contrario, las relaciones en las ciudades actuales son entre extraños. Las personas son anónimas y esto puede  hacer que nos sintamos solos, especialmente si nuestros lazos familiares se han disipado, bien porque nuestros parientes se hayan muerto, bien porque se hayan tenido que mudar a otro ciudad, etc... 

   Conviene no idealizar estas sociedades campesinas en las que todo el mundo se ayuda porque lo cierto es que esta ayuda es de lo más interesada. Ayudas porque esperas recibir ayuda a cambio en el futuro.  Pero, sea como sea, las personas en este tipo de sociedades tienden a sentirse menos solas en las ciudades contemporáneas. 

jueves, 23 de agosto de 2018

Suicidio I: Etnocentrismo y tabú.

Resultado de imagen de suicidio



   Por petición de mi alumno Marcos, ahí va una breve aproximación antropológica al suicidio. Sé que tardé, pero es que últimamente tengo tantísimo trabajo que no me quedan ni veinte minutos para escribir un post. 

   Según la RAE, el suicidio es la acción de suicidarse, y suicidarse es quitarse voluntariamente la vida conociendo las consecuencias de este acto. 

   Esta definición nos pone ante el primer dilema, porque el concepto de vida no es un universal antropológico. Lo que unas sociedades u otras entienden por estar vivo difieren notablemente. En otras culturas los límites de la muerte son completamente distintos. En Bailando sobre la tumbaNigel Barley habla de un informante que tenía el cadáver de la abuela envuelto en trapos en el salón y sostenía que no estaba muerta, porque, en su cultura, las personas sólo mueren cuando el cuerpo sale de casa. Asimismo, en las islas Salomón tienen dos categorías/palabras distintas de nuestras muerte/vida. Tienen una palabra que engloba muerto, muy viejo y enfermo, y otro término para todo lo demás. Pero tampoco hace falta irse tan lejos para encontrar pruebas de que lo que vivo y muerto no son categorías universales. Debida a la dualidad cuerpo/alma, en nuestra cultura el único rasgo distintivo de la muerte es la putrefacción del cadáver. Con el desarrollo de la medicina y la consecuente posibilidad de tener a alguien en coma, los médicos han tenido que crear subcategorías en la muerte: muerte cerebral, muerte cardíaca, etcétera. Redefinimos así las fronteras de la muerte continuamente como las de los estados en guerra. 

Resultado de imagen de nativos islas salomon
Nativos de las Islas Salomón


  También damos por sentado que nadie en circunstancias normales puede desear la muerte. Y eso vuelve a ser un caso más de etnocentrismo. Por ejemplo, los mayas. Entre ellos se pensaba que los suicidas iban directamente el paraíso. O los jainíes. Una antropóloga en la luna nos explica perfectamente las razones por las cuales los jainíes llegan a desear su propia muerte:

... existe una suerte de religión atea: el jainismo. Una filosofía autóctona de la India en la que no existe el concepto de la creación del universo por Dios. Se considera que el cosmos es eterno e indestructible, y en él existen componentes "vivientes" y "materiales" en flujo continuo. "Ningún Dios, o profeta suyo, o delegado suyo, puede interferir en la vida humana. El alma, y solo ella, es responsable directamente de todo lo que hace" afirma el maestro jain Jagmanderlal. "La creación implica volición, un deseo de crear (...) implica imperfección. Y Dios no puede ser imperfecto"


  Por eso, los jainíes no creen en un único dios ni rezan a los dioses para que les ayuden. En su lugar, confían en guías espirituales o jinas, que les entrenan sobre cómo alcanzar la liberación del ciclo de la reencarnación mediante la posesión del recto conocimiento, la recta fe y la recta conducta, que significa sobre todo Ahimsa (no violencia), Satya (veracidad), Asteya (no robar), Aparigraha (desapego a lo material) y Brahmacharya (castidad).

  Un concepto esencial en esta religión es el de karma, distinto del de los hindúes y budistas. Para los jainíes se compone de finas partículas que se adhieren al alma, modelándola de forma gradual y aportándole un peso que la ata a la tierra. Todas las acciones, sean buenas o no, producen cierta materia kármica que se adhiere al alma, pero las malas acciones producen un karma más pesado, del que es más difícil liberarse. Lo peor que puede suceder es reencarnarse en algo que previamente haya sido asesinado por ellos.


  Por eso, tienen de base el no matar, pero más que un mandamiento, lo convierten en una forma de ser. El jain no sólo no quiere matar a un ser vivo, sino que, llegado el caso, prefiere morir antes de matar. Eso puede entrañar la propia muerte, o el grado más extremo de perfeccionamiento, que practican los digambaras.

  Como los desnudos Naga Babas, los "vestidos del aire", los digambaras son los "vestidos del cielo", que también renuncian a todo lo terrenal, incluyendo el vestido, ya que entienden que se pudo haber matado algún ser vivo durante la confección de esa ropa. Los monjes llamadosjina-kalpin (independientes) llegan a la muerte por inanición mediante un yoga de total autopurificación o sallekhana (o santhara) Un suicidio ritual por no comer para llegar a la extrema santidad y liberación. Los más rigurosos practican una extrema forma de yogasentándose (mulabanda) con todos los sentidos cerrados y simplemente respirando, con el fin de librarse del deseo de vivir.

- Podeís consultar su post entero pinchando aquí.-.



jainíes

   El ser humano tiene la capacidad de hacer muchísimas cosas, pero no hay una sola cultura en el mundo que prescriba la libertad absoluta. El suicidio, como el resto de las actividades humanas, hay que situarla dentro de los límites a la libertad individual que prescribe cada cultura. En este sentido, resulta muy interesante este breve repaso histórico acerca de la concepción del suicidio que hace José Manuel Corpas Nogales:

 En la Grecia clásica el suicidio estaba considerado como algo indigno y vergonzoso, de hecho, en cierta manera, estaba perseguido. En Atenas los cuerpos de las personas que se habían suicidado no se enterraban en los cementerios porque se consideraban impuros. Fueron las escuelas filosóficas las que produjeron un cambio social y cultural proponiendo la visión del suicidio como un problema de libertad humana, esta idea fue formulada en un primer momento por los estoicos y estuvo muy considerada por los epicúreos y los cínicos. Además varios filósofos como Sócrates, que acabó suicidándose, o Sófocles comulgaban con la libertad de las personas respecto a poder acabar voluntariamente con sus vidas, (Jiménez Treviño 2003). 


   Los romanos redefinen los límites de la libertad para suicidarse. Condenan el suicidio, pero no siempre. Hay casos en los que puede haber razones para hacerlo:



Durante el Imperio romano el suicidio era consentido según razones específicas que estaban previamente determinadas, como por ejemplo el trastorno mental, además el acto suicida podía incluso llegar a ser un acto heroico, el mismo Séneca lo ensalzaba como el acto último de una persona libre. Pero en general, los romanos consideraban el suicidio como un acto condenable, negaban la sepultura, destruían el testamento y confiscaban los bienes de aquellas personas que se suicidaron sin un motivo justificado (López-García 1993). 

   Aunque nos parezca increíble, los primeros cristianos no solo no condenaban el suicidio, sino que hasta se ensalzaba como un acto de heroísmo entre los primeros mártires:

 La tradición cristiana, en un principio era participe del acto suicida entre sus feligreses, puesto que se consideraba un acto digno entre los primeros mártires que fueron perseguidos durante el cristianismo primigenio. 

   Hasta la Edad Media, donde se cree que el hombre no es libre en absoluto para tomar la decisión de suicidarse. Dios es quien da la vida, y solo él tiene la facultad de quitarla: 

   Pero ya en el siglo IV, la Iglesia toma una postura negativa respecto al acto suicida culminando esta idea con el pensamiento de San Agustín, que plantea el acto suicida como un acto que va en contra de la Ley Natural, considerando el suicidio como un pecado equivalente al homicidio (McDonald 2005). Tras el Concilio de Arlés en el año 452, la Iglesia condenó el suicidio oficialmente y en el Concilio de Toledo se decreta la excomunión para los suicidas y se les niega la aplicación de los rituales ordinarios de la Iglesia tras su muerte.

   Durante la Edad Media el suicidio fue rechazado de manera considerable, las legislaciones medievales ordenaban la confiscación de todas las propiedades del suicida, se les negaba la sepultura en Tierra Santa y el cadáver sufría todo tipo de humillaciones. Durante esta época Santo Tomás de Aquino mantuvo las ideas de San Agustín, pensando que el suicidio es un acto pecaminoso. Santo Tomás de Aquino argumenta esta idea porque piensa que el hombre no puede disponer libremente de sí mismo, puesto que no pertenece a él, sino a Dios. Fue ya en la baja Edad Media cuando se empezó a aminorar el tremendo rechazo al suicidio sufrido años atrás. Se vislumbró una flexibilidad en las leyes penales y una cierta comprensión hacia los suicidios cometidos por ciertos colectivos como los niños o los enfermos mentales (McDonald 2005). Aunque en Inglaterra durante el siglo XVI y principios del XVII, debido a la reforma luterana, las medidas legislativas acerca del suicidio fueron muy duras, alegando al diablo como inspirador de dicha conducta.

  Desde del Renacimiento hasta nuestros días, las ideas racionalistas llevan a cierta comprensión hacia los suicidas, pero la tradición cristiana no desaparece y tiende a condenarse en general. 

  (Podéis consultar el artículo de José Manuel Corpas Nogales aquí). 


   Sea como sea, y aunque pensemos que en determinadas circunstancias es comprensible, en Occidente actualmente nos repugna el suicidio en general. Prueba de ello es que lo tratamos como un tabú. Cuando alguien se suicida, no se suele hablar abiertamente de ello y tendemos a considerarlo una muerte peor que las demás. En caso de que alguien se muera de accidente o de enfermedad, no hay empacho en comentar las razones por la cual esa persona murió. Sin embargo, si la causa de la muerte es un suicidio, esta razón suele obviarse y procuramos referirnos a ella con el mayor tacto posible, cuando no la obviamos y actuamos como hubiese muerto por causa natural. 


Resultado de imagen de suicidio


   Hablando con mis alumnos en clase, surgieron varias expliciones por las cuales el suicidio entre nosotros es un tabú:

   a) Somos herederos de la tradición cristiana. De acuerdo con esta fe, solo Dios da la vida y solo Dios puede quitarla. Suicidarse, atenta directamente contra los mandatos divinos, de ahí que hasta poco a los suicidas se les negase el entierro en cementerios católicos y, si no recuerdo mal, que los enterrasen boca abajo, para mirasen directamente el infierno, a donde iban a ir. 

Resultado de imagen de enterrar suicidas




    Es cierto que la tradición cristiana cada vez tiene menos peso entre nosotros, pero conviene no subestimar el peso de la tradición. Aunque ya no vayamos a misa o no practiquemos, muchos valores cristianos siguen siendo moneda corriente entre nosotros. 

   b) Como ya he explicado en otros posts, vivimos en la sociedad de la salud. Los viejos valores religiosos han sido sustituidos por los de la ciencia y la salud. Vivimos en una sociedad que niega la muerte y la enfermedad. El suicidio es la negación total de la salud y la vida, de ahí que nos resulte tan violento. La sociedad científica trata de domesticar, domar, someter la naturaleza. Pero no puede con la muerte. Por eso nos horroriza -ver Philippe Aries: El hombre ante la muerte-. La ocultamos, la muerte se vuelve sucia. Y el suicidio es lo peor porque es la muerte voluntaria.

Resultado de imagen de  suicidas




   c) Al mismo tiempo, vivimos en la sociedad de la felicidad obligatoria. Sin unas creencias religiosas que sitúen el sentido de la vida más allá de la muerte, los seres humanos nos vemos obligados a buscarlo aquí, en el tiempo que pasamos en este mundo. Esto nos obliga a ser felices, ya que si fracasamos en este intento, nuestra vida habrá sido un fracaso, un desperdicio (explico esto mejor aquíaquí). Suicidarnos supone reconocer que hemos fracasado en la vida. Por eso nos resistimos tanto.