martes, 13 de octubre de 2015

Henning Mankell: El retorno del profesor de baile.



     Hay hace una semana que murió Mankell y es un momento como cualquier otro para acordarnos de sus virtudes. 
     Aunque escribió mucho y bastante variado, Mankell conquistó la fama gracias a sus novelas policíacas, especialmente las de la saga protagonizada por Wallander. Es un representante de eso que se ha dado en llamar la novela negra nórdica o escandinava y que tanto éxito cosechó con el superventas Stieg Larsson. 
      No soy un gran fan de la novela negra y ya he comentado lo que creo que se debe hacer con este género en otros posts (Benjamin BlackJöel DickerJosephine Tey y Petros Markaris). Y creo que Mankell hace exactamente eso:
     En El retorno del profesor de baile Mankell no se preocupa tanto por una trama que sorprenda a la lector dándole vueltas y más vueltas a los acontecimientos, sino que se centra en los personajes. Casi desde el principio sabemos quién es el asesino. La verdadera investigación se centra en los motivos por los que fue asesinado y ello hace que el detective vaya construyendo la personalidad del asesino. Es, en este sentido, más una novela de personaje que de acción. Y no lo hace mal, porque acaba construyendo un personaje redondo lleno de aristas y bastante interesante. 
     Paralelamente a la personalidad del asesino, el lector va conociendo al protagonista, al que acaban de diagnosticar un cáncer de lengua y que vive angustiado con la idea de la enfermedad y la muerte. Aunque en varias ocasiones dice no saber por qué investiga, el verdadero móvil de la investigación no está tanto en que el muerto sea un antiguo compañero -realmente nunca fueron amigos-, ni la curiosidad, sino darle un sentido a esa vida que se está desmoronando, darle a esa mente que está resbalando hacia la depresión un asidero al que agarrarse -en esto me recuerda mucho a El corazón de las tinieblas, cuando el protagonista se pone a arreglar el barco para tener la mente ocupada y no dejarse arrastrar a la locura de Kurtz-.
     Alrededor de estos personajes Mankell construye una trama con todos los atractivos del género: una conspiración nazi a nivel mundial, un pueblecito apartado que acaba convirtiéndose en el eje del mundo, una mujer fatal y todo eso, que no es nada nuevo, pero que funciona. 
    En definitiva, una buena novela de género negro, que no cambiará la historia de la literatura, pero que hará disfrutar a los amantes del género sin la necesidad de excesos ni trucos baratos.  

lunes, 12 de octubre de 2015

Clerks (Kevin Smith)



    Clerks, como Pulp Fiction, fue la película de una generación. Recuerdo ir a verla y sentirme totalmente identificado con los personajes y el director, y tener todo el tiempo la sensación de que aquella película hablaba de mí mismo. Tenía dieciséis o diecisiete años. Ahora tengo treinta y ocho y me propuse volver a verla.  
    Así, a bote pronto, se me ocurren un montón de virtudes de esta película:
    En primer lugar, fue rodada con un presupuesto bajísimo y supo hacer de la necesidad virtud. Utiliza casi exclusivamente un único escenario, filma en blanco y negro -supongo que para disimular defectos- y basa toda su acción en el diálogo. No necesita trucos de cámara ni efectos especiales para ganarse al espectador.
    En segundo lugar, plantea un conflicto muy adecuado a la edad del protagonista: no es capaz de tomar decisiones, algo muy normal a los veintipocos años. A esa edad es el momento en que las personas tomamos las decisiones que van a determinar el rumbo de nuestras vidas. Pero no estamos preparados para ello, tenemos inseguridades y no acabamos de ver el futuro claro. Esto se da en muchos aspectos de la vida -porque, pese a lo que nos traten de transmitir ahora los creadores de opinión del neoliberalismo, la vida no se reduce a lo estrictamente económico-. Así, el protagonista de Clerks está confinado en un trabajo basura, no acaba de ponerse a estudiar, nunca acaba de tomar una decisión en nada y en el plano sentimental duda una y otra vez entre su novia del instituto y su actual pareja.
    Además, Clerks tiene algunos diálogos bastante interesantes. Me gusta mucho el que tiene lugar al principio, cuando el protagonista y su novia hablan de con cuántas personas se han acostado. Él dice doce y ella tres. Ella tiene un pequeño arrebato de celos y él, muy machito, le resta importancia. Pero luego pasan a hablar de a cuántas personas ella le ha hecho una felación. Ella contesta que treinta y seis y entonces él se enfada muchísimo. Es un poco chorra, pero refleja perfectamente la mentalidad masculina que, pese a lo que digamos, seguimos siendo machistas. 
     Pero, pese a todas estas virtudes y otras muchas que me habré dejado en el tintero, me aburrí como una ostra viendo Clerks. Ha envejecido fatal. Lo que antaño me parecían unos golpes de ingenio fantásticos, como introducir a un personaje que no habla -Bob el Silencioso- o los diálogos sobre el tabaco y los chicles, hoy en día me parecen gestos vacíos que no aportan nada. No veo qué hay de interesante en ese personaje que no habla y sólo fuma, más allá de que mola porque sí. Es cool solo porque es cool y nada más. Es a lo que Finkielkraut se refiere como la cultura de los feelings y pone como símbolo de todo ello a la MTV. Gestos de cara a la galería, vacíos de significado, sobre los que los adolescentes construyen sus gustos y sus modos de vida. ¿Por qué mola que haya un personaje que no habla? Hace casi veinte años, cuando salí del cine, le dije a mi novia de por aquel entonces:
    -Tía, ¿te quedaste con Bob el Silencioso? Qué puntazo. 
    Ahora ha pasado el tiempo, he cambiado y creo que Clerks se queda como el reflejo de lo que fue una generación y como un producto que solo interesa a la franja de edad que puede sentirse identificada con los conflictos que viven sus personajes porque ellos mismos también los están experimentando. 
     Richard Linklater, en su maravillosa Trilogía Before hace algo parecido. Pone a personajes que representan lo que uno es y dice a los veinte, a los treinta y a los cuarenta años. Sin embargo, Linklater ofrece profundidad psicológica, mientras que Kevin Smith se limita a darles a los veinteañeros con ciertas aspiraciones lo que les gusta. Así, Linklater trasciende las edades y Kevin Smith ofrece un producto de consumo. 

Intocable (Oliver Nakache y Eric Toledano)



     Un parapléjico millonario aristócrata contrata a un expresidiario del extrarradio de París para que le cuide. Poco a poco surge la amistad entre estos dos individuos tan diferentes. 
     Intocable no plantea nada nuevo. El conflicto sobre el que construye la acción ha sido repetido una y mil veces. Dos personajes, representantes cada uno de un modo de vida opuesto, coinciden. Por debajo de las posiciones y las clases sociales está la naturaleza humana, las personas de carne y hueso, de ahí que estas dos personas a priori irreconciliables se acaben acercando. El mensaje es claro: más allá de las clases sociales están las personas. 
    Pese a que la película está basada en una historia real, es más que discutible que esta premisa sea cierta. Puede que haya sucedido en un caso, pero cada día las personas percibimos la frontera de las clases sociales y sufrimos el no poder acceder a espacios y posiciones reservadas para las clases dominantes. La historia de Intocables es la excepción que confirma la norma: las fronteras sociales aíslan a los individuos, más allá de las psicologías y las inclinaciones individuales. En este sentido, el mensaje de Intocables no sólo es falso, sino que es tremendamente conservador, ya que da la sensación de que vivimos en un mundo maravilloso en el que, al final, se imponen el amor y la armonía. Con esto no quiero decir que haya que juzgar a una película por cuestiones políticas. Nada más lejos de mi intención. Pero sí que, cuando planteas un mensaje como el de Intocables, hay que tener un poquito de cuidado y no ser tan naif. 
    Para que esta estructura narrativa funcione es necesario estereotipar a los personajes. El espectador debe reconocerlos enseguida como símbolos o representantes de una clase social. Esto, evidentemente, le resta profundidad psicológica, de modo que los dos protagonistas de este filme son bastante planos. 
     Y sin embargo Intocables es muy agradable de ver. Es un ejemplo claro de que en el arte la forma es tanto o más importante que el contenido. Tiene ritmo narrativo y, aunque sabemos de sobra cómo va a acabar, disfrutamos con todos y cada uno de los gags cómicos y hasta le acabamos cogiendo cariño a los personajes. Es una película perfecta para esas noches en las que, cansado después de un día de trabajo, no te apetece romperte la cabeza con El séptimo sello. Permite desconectar, disfrutar y pasar un buen rato. Eso sí, siendo conscientes qué visión del mundo nos está transmitiendo.

domingo, 11 de octubre de 2015

Michel Houellebecq: Sumisión



     Tengo una amiga que es fan de Houellebecq. Le encantaron Las partículas elementales, Plataforma y Ampliación del campo de batalla. Sin embargo, La posibilidad de una isla, El mapa y el territorio y Sumisión no acaban de convencerla. 
     - Ya no es el que era. -dice.
     Hasta hace poco yo pensaba lo mismo. Pero ya no.
     Sumisión es Houellebecq en estado puro. Tiene absolutamente todos los componentes de su literatura:
     a) un rollo provocador. Aquí plantea una supuesta Francia en la que gana las elecciones un partido musulmán.
      b) el protagonista encarna el malestar de la cultura. No le encuentra sentido a la vida en la sociedad del bienestar.
     c) la concepción de una sociedad en decadencia, lo que le lleva a cargar contra todas las instituciones y grupos de pensamiento franceses, desde el partido socialista a Marine Le Pen, pasando por los herederos de Mayo del 68. En Sumisión, esta decadencia se concibe como algo similar a la caída del Imperio Romano, que se pudrió por dentro y fue sustituido por una nueva cultura más fuerte. En el futuro hipotético de Houellebecq los musulmanes son los bárbaros del S. XXI.
      d) Un puntito provocador. Tal y como están las cosas, hablar del Islam ya te pone en boca de todos. Lo cierto es que tampoco se pasa tanto con ellos y hasta me atrevería a decir que es más duro con la Francia laica. 
     e) mucho sexo. Houellebecq tiende a llenar todas sus novelas con sus fantasías sexuales.
     f) Reflexiones sociológicas dejadas caer aquí y allá, sin profundizar mucho, apuntando más que deteniéndose a explicar aspectos.
     g) Una voz propia. Esta creo que es su mayor virtud. Houellebecq tiene un universo propio que el lector identifica enseguida como suyo y no de cualquier otro,

     Y pese a que esta nueva novela tiene todo lo que uno espera de Houellebecq, a mí no me volvió loco. Y es porque me he estoy haciendo mayor. Las tres primeras novelas de Houellebecq las leí con veintitantos años. A esa edad uno se deja impresionar fácilmente con las provocaciones, esas reflexiones sociológicas que parecen diseccionar nuestra cultura del bienestar y siente el placer de los prohibido y lo desviado en las cochinadas sexuales que cuenta Houellebecq. Pero, como digo, uno se hace mayor y estas cosas dejan de interesarle. En primer lugar, Houellebecq provoca, pero no tanto. En Francia se montó un lío de carallo con la publicación de esta novela porque coincidió con el atentado a Charlie Hebdo. Pero si leéis la novela, realmente no es para tanto. Casi hasta diría que es una provocación cómoda. En segundo lugar, esas reflexiones sociológicas que parecen desentrañar el estado del bienestar acaban siendo un tanto superficiales. Uno ya tiene unos años y ahora lee más ensayo que novela y cualquier ensayo de sociología le da veinte mil vueltas en este aspecto. Y en tercer lugar, el sexo en la novela tiende a aburrirme. Como el protagonista de Sumisión, con veinte años me empalmaba con cualquier cosa. Ahora ya no.
     En cualquier caso, la novela se lee bastante bien y es entretenida, No te cambiará la vida, pero está bien. Merece la pena leerla, sobre todo porque, como dije arriba, Houellebecq tiene un universo propio, y eso es lo que lo convierte en un escritor de verdad.
      

sábado, 10 de octubre de 2015

Louie (Louie C. K.)




     La idea de esta serie no es nada original: nos cuenta la vida de Louie, un cómico que hace comedia en vivo. Las deudas con Seinfeld y Curb your enthusiasm son evidentes:
     a) cuenta la vida de un cómico.
     b) hay incisos en la narración, en las que se introducen pequeños fragmentos de monólogos que se suponen que son una actuación en vivo, como hacía Seinfeld.
     c) Es una serie sobre nada, como cuentan George y Seinfeld en aquel maravilloso capítulo de humor meta en el que nos explican cómo se les ocurrió la idea de Seinfeld. En los capítulos no suele haber un conflicto que mueva la acción. Solo nos cuentan el día a día de unos personajes. De hecho, hay muchos capítulos en los que se nota mucho que son una sucesión de scketches independientes unos de otros.
     d) Esta serie sobre nada hace una exposición pública de la vida de un personaje. Esta exposición no está pensada para su lucimiento personal, sino más bien para representar a un individuo mezquino, lleno de inseguridades.
     e) La risa de la mayoría de las situaciones surge por la vergüenza ajena. -en este punto no llega al extremo de Curb your enthusiasm, que por momentos se hace insoportable, no por mala, sino por lo extrema que es-.
     f) Como Larry David, está filmada casi estilo gonzo, muy cutre, cámara en mano.
    
    Y sin embargo, aunque no sea nada original, Louie se ve bastante bien.  No hay mucho más que decir de ella que todas esas influencias -cuando no plagios directos-. Pero el personaje te acaba cayendo bien y algunos de los scketches tienen cierta profundidad psicológica y te hacen reflexionar un poco sobre la naturaleza humana y nuestra sociedad occidental. 

El banquete de boda (Ang Lee)



     Simon y Wai-Tung son dos gays que viven juntos en Manhattan. Para disipar las sospechas de los padres de Wai-Tung, Simon sugiere que organice una boda de conveniencia con Wei-Wei, una joven inmigrante que necesita la carta verde de inmigración para poder permanecer en los Estados Unidos. Pero cuando los padres de Wai-Tung llegan a Nueva York insisten en organizar el banquete, lo que traerá muchas complicaciones. (Filmaffinity)

      Hay películas que envejecen fatal. Y tal es el caso de El banquete de boda. Seguro que en su momento tocaba temas muy controvertidos. El choque cultural, el choque generacional y, sobre todo, la homosexualidad, no eran cuestiones fáciles de tratar en el cine, como sucede ahora. La película tiene mérito por eso. Pero este mérito no impide que el tiempo le caiga encima como una losa. Como le sucede a toda obra artística con marcado tinte social o político, cuando las circunstancias políticas y sociales cambian, pierde interés. Ya no hay nada rompedor en ella. Ni plantea debate. Solo se ha quedado como un documento de lo que fue una época. Esto puede superarse si la historia es bella. Pero no es el caso de El banquete de boda. Se queda a camino entre dos aguas. Ni es dramática, ni es cómica. Sólo es aburrida. No hay nada que emocione, ni nada que haga reír. 
    En definitiva: una pena que no ha superado el paso del tiempo.

Monstruoso (Matt Reeves)



    Unos amigos están celebrando la fiesta de despedida de uno de ellos, que se va a trabajar a Japón. De repente, un monstruo espantoso ataca Nueva York y cuatro amigos empiezan toda una aventura para rescatar a una quinta amiga, casualmente la mujer de la que está enamorado el que se iba a Japón.
     Evidentemente, nadie que se siente ante el televisor a ver esta película espera ver un filme de arte y ensayo. Me apetecía una película de intriga y algo de acción. No se puede vivir el 100 % de nuestro tiempo en el mundo del espíritu. A veces el cerebro necesita descansar y desconectar un poco. A priori, Monstruoso cumplía con lo que le pido a esos momentos en los que tengo el cerebro agotado: Matt Reeves aseguraba una dirección correcta y la producción de JJ Abrahams una dosis de intriga lo suficientemente alta y bien gestionada como para mantenerme hora y media mirando la televisión. Perdidos y Fringe no son las mejores series del mundo, pero nadie domina tan bien la técnica de cliffhunger como Abrahams. 
     Pues fue un fiasco colosal. Esta película es una puta mierda con todas las letras. Podría escribir líneas y líneas denostándola, pero es que ni siquiera se merece eso. Solo cuatro apuntes:
    - Lo del monstruo que aparece en Manhattan es un argumento muy de serie B, rollo la Gozdilla japonesa, que no pega ni con cola con una producción de mucha pasta como esta. Hay cosas que no mezclan bien, como el agua y el aceite.
    - Está rodada cámara en mano, como una falsa película real hecha con una cámara de aficionado por uno de los personajes. Supongo que decidieron este formato para ganar en credibilidad, pero lo cierto es que es un handicap insalvable. En primer lugar, porque se mueve tanto la imagen que acabé con un dolor de ojos insoportable. Y en segundo lugar, porque, si se gastan un pastón en efectos para crear los monstruos, por lo menos que se vean bien.
    - La trama es una tontería horrible. No hay nada de intriga ni nada que se le asemeje. Tan solo se trata de las dificultades que se encuentran los protagonistas en la búsqueda de la amiga. No explican nada de por qué está el monstruo ahí, ni qué se hace con él, ni que pasa después, cuando todo ha terminado. 
     - Los actores son más planos que Castilla. Pero tampoco podían lucir mucho con semejante trama.
     En consecuencia, un bodrio espantoso. Menos mal que solo dura setenta minutos.