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domingo, 11 de octubre de 2015

Michel Houellebecq: Sumisión



     Tengo una amiga que es fan de Houellebecq. Le encantaron Las partículas elementales, Plataforma y Ampliación del campo de batalla. Sin embargo, La posibilidad de una isla, El mapa y el territorio y Sumisión no acaban de convencerla. 
     - Ya no es el que era. -dice.
     Hasta hace poco yo pensaba lo mismo. Pero ya no.
     Sumisión es Houellebecq en estado puro. Tiene absolutamente todos los componentes de su literatura:
     a) un rollo provocador. Aquí plantea una supuesta Francia en la que gana las elecciones un partido musulmán.
      b) el protagonista encarna el malestar de la cultura. No le encuentra sentido a la vida en la sociedad del bienestar.
     c) la concepción de una sociedad en decadencia, lo que le lleva a cargar contra todas las instituciones y grupos de pensamiento franceses, desde el partido socialista a Marine Le Pen, pasando por los herederos de Mayo del 68. En Sumisión, esta decadencia se concibe como algo similar a la caída del Imperio Romano, que se pudrió por dentro y fue sustituido por una nueva cultura más fuerte. En el futuro hipotético de Houellebecq los musulmanes son los bárbaros del S. XXI.
      d) Un puntito provocador. Tal y como están las cosas, hablar del Islam ya te pone en boca de todos. Lo cierto es que tampoco se pasa tanto con ellos y hasta me atrevería a decir que es más duro con la Francia laica. 
     e) mucho sexo. Houellebecq tiende a llenar todas sus novelas con sus fantasías sexuales.
     f) Reflexiones sociológicas dejadas caer aquí y allá, sin profundizar mucho, apuntando más que deteniéndose a explicar aspectos.
     g) Una voz propia. Esta creo que es su mayor virtud. Houellebecq tiene un universo propio que el lector identifica enseguida como suyo y no de cualquier otro,

     Y pese a que esta nueva novela tiene todo lo que uno espera de Houellebecq, a mí no me volvió loco. Y es porque me he estoy haciendo mayor. Las tres primeras novelas de Houellebecq las leí con veintitantos años. A esa edad uno se deja impresionar fácilmente con las provocaciones, esas reflexiones sociológicas que parecen diseccionar nuestra cultura del bienestar y siente el placer de los prohibido y lo desviado en las cochinadas sexuales que cuenta Houellebecq. Pero, como digo, uno se hace mayor y estas cosas dejan de interesarle. En primer lugar, Houellebecq provoca, pero no tanto. En Francia se montó un lío de carallo con la publicación de esta novela porque coincidió con el atentado a Charlie Hebdo. Pero si leéis la novela, realmente no es para tanto. Casi hasta diría que es una provocación cómoda. En segundo lugar, esas reflexiones sociológicas que parecen desentrañar el estado del bienestar acaban siendo un tanto superficiales. Uno ya tiene unos años y ahora lee más ensayo que novela y cualquier ensayo de sociología le da veinte mil vueltas en este aspecto. Y en tercer lugar, el sexo en la novela tiende a aburrirme. Como el protagonista de Sumisión, con veinte años me empalmaba con cualquier cosa. Ahora ya no.
     En cualquier caso, la novela se lee bastante bien y es entretenida, No te cambiará la vida, pero está bien. Merece la pena leerla, sobre todo porque, como dije arriba, Houellebecq tiene un universo propio, y eso es lo que lo convierte en un escritor de verdad.
      

martes, 16 de septiembre de 2014

La edad de la ignorancia (Denys Arcand)



    Tercera entrega de la trilogía, a la que anteceden La decadencia del imperio americano y Las invasiones bárbaras. Cuenta la vida de JeanMarc, un oscuro funcionario de un supuesto Quebec independiente. La existencia de Jean Marc es un absoluto desastre: su trabajo le aliena, su mujer, obsesionada con el éxito laboral, tiene un amante y sus hijas lo ignoran. Para poder sobrellevar esta situación, Jean Marc se evade en un mundo de fantasía, donde es lo que le hubiese gustado ser. Así, en la narración cinematográfica, se mezclan continuamente realidad y ficción.
    La edad de la ignorancia es, sin lugar a dudas, la peor de las tres películas que componen esta trilogía. En primer lugar, la película se articula en dos partes de calidad muy desigual. En la primera hora se nos introduce en el día a día del protagonista. Tiene puntos bastante buenos, Arcand mantiene su actitud de conciencia crítica del estado del bienestar y hay gags muy graciosos. Cuando Jean Marc sueña despierto, se crea un humor surrealista y absurdo que surge del choque entre realidad y ficción que tiene secuencias de esas que se te quedan en la memoria y recordarás mucho tiempo después cuando te veas en una situación similar. Sin embargo, la segunda hora baja mucho el nivel. Jean Marc toma las riendas de su vida y siento decir que es poco verosímil y la sucesión de buenos chistes pierde fuelle.
     En segundo lugar, la articulación de La edad de la ignorancia con sus predecesoras  es bastante vaga. A parte de la aparición fugaz de uno de los personajes y de mantener esa actitud crítica, no hay nada más que pueda unirlas. La edad de la ignorancia podría ser una película independiente perfectamente. Y la verdad es que nos hubiese gustado saber qué fue de los protagonistas de  La decadencia del imperio americano y Las invasiones bárbaras
     En tercer y último lugar, me ha acabado por cargar la ambigüedad moral de Arkand. Si analizamos una por una sus críticas nos encontramos con que no ha dejado títere con cabeza de los pilares de la sociedad del bienestar. Los protagonistas de las dos primeras partes son unos profesores snobs que se formaron por moda y que lo cierto es que su actividad docente deja bastante que desear -palo a la educación pública-. Son funcionarios acomodados, gente de clase media pseudoburguesa -palo a las clases medias-. En Las invasiones bárbaras se despacha a gusto con la sanidad pública, que no funciona una mierda, y con los sindicatos, que son un atajo de corruptos. El hijo del moribundo aparece y lo soluciona todo pagando aquí y allá. haciendo llamadas y, en definitiva, con métodos propios de la empresa privada. Y en La edad de la ignorancia se queda a gusto rajando del funcionariado y del Estado protector. Jean Marc trabaja en un estadio deportivo reconvertido en edificio público. Es una actividad estúpida y alienante muy a lo Max Weber y su jaula de hierro (si quieres saber un poco más de estas teorías las explico brevemente a propósito de Play Time). Pero, sobre todo, se ceba con los usuarios de esta oficina de atención al ciudadano. Los ciudadanos de este ficticio Quebec independiente acuden a esta oficina a que el Estado solucione sus problemas. Por supuesto, la burocracia estatal no sólo no puede hacer nada por ellos, sino que con frecuencia es la causante de los males de la ciudadanía. Todo un alegato a favor del individualismo y un bombazo en la línea de flotación de en esa concepción socialdemócrata del Estado como una asociación de hombres libres cuya finalidad es ayudarles por medio de un reparto justo de bienes (si os interesa el discurso del estado protector podéis leer No pienses en un elefante de Lakoff. Es un ensayo fácil y ligerito).  
     Esta conciencia tan crítica con la sociedad del bienestar, que tanto recuerda a Houellebecq, se contesta fácilmente con la crisis actual, ¿A Arcand -o a Houellebecq-, que tan preocupados parecían con aquella sociedad decadente, les gusta más esta? Sé que no. Y por eso me apena que tanto Arkand como Houebellecq hayan cargado de argumentos a los dirigentes neoliberales actuales para desmontar el Estado del Bienestar. 
     En cualquier caso, la película no es un desastre ni mucho menos. Hay momentos que me han hecho reír de verdad, como la comisión para el uso correcto del lenguaje o los pobres diablos a los que Jean Marc atiende en su escritorio.