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jueves, 11 de septiembre de 2014

Ocio II: Debord y el tiempo como mercancía.

Guy Debord


   Polanyi sostenía que el capitalismo convierte a la tierra y al trabajo en mercancía. Debord va aún más allá. El tiempo también es susceptible de ser transformado en mercancía. 
   Los pueblos primitivos tenían una concepción de la vida y el tiempo como algo cíclico. Las estaciones se repetían una tras otra inexorablemente. Las cosas apenas cambiaban porque todo tendía a regresar. Sin embargo, el capitalismo impuso una noción del tiempo y de la vida como avance continuo, un discurrir hacia delante como si hubiese un fin último que alcanzar. Sin embargo, bajo esta nueva noción del tiempo, subyace la vieja visión, pero ahora convertida en espectáculo, es decir, sin ser realmente verdadera. Nuestro tiempo se organiza en semanas y años, como lo hacían las sociedades primitivas. Sin embargo, en las sociedades primitivas las festividades de lo cíclico tenían un significado. Generalmente, las fiestas de la cosecha o de la primavera tenían lugar en relación al comienzo o a la recolección de los bienes del trabajo. Estos bienes y el propio trabajo pertenecían a los individuos. Sin embargo, en el capitalismo, ni bienes ni trabajo pertenecen al individuo. Trabajamos para otro que recoge los bienes para sí mismo y sólo nos da un porcentaje despreciable de los beneficios. Las fiestas, es decir, los días de ocio, en la sociedad moderna no son más que espectáculo, una representación de una fiesta, no una fiesta real. Las fiestas actuales sólo sirven para marcar en el calendario el día o los días en los que descansamos, pero el trabajo no se acaba como se acababa en las sociedades primitivas con la cosecha. El lunes o el uno de Septiembre volvemos al trabajo para retomarlo exactamente donde lo habíamos dejado. La fiesta no supone el fin de un ciclo ni un cambio de estado. Ese tiempo abstracto de la producción sigue adelante sin detenerse nunca. 
    Por supuesto, el capitalismo del espectáculo, en el que nada es real, no podía dejar escapar el ocio de los individuos sin convertirlo en una mercancía. Nuestro tiempo de ocio es nuestro tiempo para gastar. Esta perversión alcanza el máximo en el fenómeno del turismo, en el que tiempo y espacio se convierten en mercancía. Viajamos a espacios urbanos que se han convertido en un producto que vender. No en vano el turismo es la segunda industria del planeta.