lunes, 20 de noviembre de 2017

Antropología de la droga III: Rehabilitación y rito de paso.


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     En el post anterior vimos cómo todas las sociedades consideran peligroso todo aquello que no encaja en su sistema de valores y lo marginan. En nuestra sociedad de la salud, el consumo no tereapéutico de drogas queda al  margen de nuestra cosmovisión, así que lo perseguimos. Esto tenía como consecuencia que los drogadictos se convirtiesen en seres estigmatizados (aquí). 

     Mary Douglas, en Pureza y Peligro, sostiene que la persecución y la represión salvaje no son los únicos mecanismos que tienen las sociedades para defenderse de los fenómenos que consideran peligrosos. Me cito a mí mismo y a Mary Douglas:

    (...) Y, en último lugar, por medio del mito y del rito, podemos sublimar esas anomalías y reintroducirlas en el sistema de representaciones colectivas culturales. Nos enfrentamos a la anomalía desde el orden social, la reconocemos y, de este modo, la reinsertamos en los sistemas culturales:

    “podemos emplear símbolos ambiguos en la poesía y en la mitología con el objeto de enriquecer el significado o de llamar la atención sobre otros niveles de existencia [...]. El rito, por usar los símbolos de la anomalía, puede incorporar el mal y la muerte junto con la vida y la bondad dentro de una configuración única y grandiosa [...]. Si la impureza es la materia fuera de sitio, debemos acercarnos a ella a través del orden” (Mary Douglas, Pureza y Peligro). 

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     Un medio para reinsertar y reubicar los fenómenos peligroso dentro del sistema de clasificaciones normativo de una sociedad son los ritos paso. 

    De forma general, las características de los ritos de paso que afectan a los individuos son:

     1- Existe una carencia, algo que no encaja. Puede ser, por ejemplo, un persona que ha alcanzado cierta edad biológica, pero que sigue atrapado en el rol de niño. El tiempo ha pasado, ha crecido y debe desempeñar un nuevo rol. Ya no puede realizarse plenamente en la vida que llevaba antes. Sin embargo, todavía no ha dado ningún paso para dejar atrás esta vida. La carencia es la necesidad de cambio. Se espera de la persona que viva de acuerdo a lo que la sociedad espera de él. El tiempo pasa, las vidas cambian y las sociedades tienen diferentes roles para los diferentes estadios y situaciones. El individuo no puede vivir al margen de los diferentes roles que las sociedades le imponen a lo largo de su vida.


    2- Como el individuo no encaja, se le considera peligroso. Por eso, durante los ritos de paso, a los iniciandos se les aísla, se les separa de la comunidad. 

  3- En los ritos de paso suele haber maestros que transmiten a los iniciandos los conocimientos que les serán necesarios en su nueva vida. 


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Rito de paso hammer.
    4- Hay una serie de pruebas. Se dan pasos físicos y simbólicos que aseguren la superación del estatus anterior. La preparación suele ser fundamental de los ritos de paso. Entre los Maasai y los Samburu se practica una suerte de rito de paso que consiste en la circuncisión genital, también llamado Emorata. Este acontecimiento es uno de los más importantes en la vida de los Maasai y los Samburu, ya que convierte a los niños en adultos. La preparación para la ceremonia comienza dos meses antes adquiriendo los artículos indispensables para ella, como son las plumas de avestruz para usar a modo de corona con fines decorativos, miel para elaborar una cerveza que todos beberán el día de la ceremonia, cera para aplicar sobre la punta de las flechas para evitar un posible daño a las niñas, y un toro especial para ese día.

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Masai

    5- Tiene lugar una gran prueba final, que simboliza la entrada definitiva en el nuevo estatus. Es el momento de la ceremonia ritual. Entre los los Maasai y los Samburu, el ritual masculino empieza la víspera de la ceremonia. Las madres afeitan las cabezas de sus hijos y los visten con ropas nuevas. Los iniciados se lavan el cuerpo y se calzan con sandalias de cuero. A continuación, salen de casa, en dirección a un árbol pequeño llamado alatim, que plantarán junto a su casa el día del ritual como símbolo de su nuevo estatus. Tras esto, el iniciando va en busca del circuncisor, al que normalmente se paga con una cabra. El día de la ceremonia el iniciando se levanta a primera hora de la mañana para celebrar los ritos de purificación. Con esta limpieza, se simboliza dejar atrás la juventud –”se lavan la juventud”, para renacer como un adulto limpio-. El agua con la que se lavan se guarda junto con un hacha para limpiar todos los pecados cometidos hasta el momento. A continuación, se les circuncida. Se considera que una vez superado el ritual se ha pasado del estatus de niño al de adulto. Los ya iniciados toman una bebida a base de sangre de ternera y leche agria y pasan un tiempo aislados para poder recuperarse de la circuncisión. Durante este tiempo, se dejan crecer el pelo y se dedican a cazar pájaros para utilizar sus plumas como decoración.

    6- El iniciando ha sido transformado por las pruebas de modo que la carencia inicial ha sido solventada. Entonces regresa a la aldea de la que partió para vivir más plenamente. Cuando vuelven a casa, los recién convertidos en adultos massai se afeitan la cabeza y se pintan el cuerpo como símbolo de guerreros jóvenes.

    Estos ritos de paso han dado lugar a  infinitud de narraciones religiosas y literarias, desde Jesucristo a Star Wars. Si os interesa esta relación pinchad aquí.

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Final del Retorno del Jedi, cuando Luke Skywalker ha terminado su rito de paso.

     Los paralelismos entre la rehabilitación de un drogadicto y un rito de paso son asombrosos:

    En primer lugar, el drogadicto es un peligroso, cuya marginalidad amenaza nuestros sistema de valores. Hay, por tanto, una carencia. De ahí que, como sostendría Mary Douglas, deba ser objeto de un rito de paso. De hecho, nos referimos a este proceso como reinserción o rehabilitación. 

    En segundo lugar, a los drogadictos en su proceso de reinserción se les aísla. Como todo fenómeno liminal, es peligroso y debe ser separado de la comunidad. Los drogadictos van a centros del estilo de Reto, que tienen unas casas separadas. Este aislamiento llega hasta el punto de que los contactos del drogadicto/iniciando con el exterior está rigurosamente limitados por los responsables del centro. 

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    En tercer lugar, en estos centros hay una suerte de sacerdote iniciador, que suele ser un antiguo drogadicto rehabilitado que conoce perfectamente el camino de la desintoxicación o, lo que es lo mismo, el rito de paso. 

    En cuarto lugar, el drogadicto/iniciando tiene que superar una serie de pruebas. Entre los masai estas eran las pruebas de purificación con la circuncisión y todo eso. Por su parte, los drogadictos tienen que pasar una prueba inicial, que suele ser superar el síndrome de abstinencia. A continuación tienen que demostrar que están preparados para volver a la vida normal, así que tienen que trabajar para el centro en mudanzas, restaurando muebles y actividades por el estilo. 

    Por supuesto, durante todo este proceso son ayudados y supervisados por el mentor. 

    Finalmente, cuando demuestran que son dignos del nuevo rol de persona libre de drogas, vuelven a la sociedad. Han sido debidamente reinsertados. El fenómeno peligroso ha sido debidamente reconducido dentro de un rol socialmente aceptado. 









domingo, 19 de noviembre de 2017

Antropología de la droga II: Salud, estigma y persecución.

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      En el post anterior comenté que Occidente no hace un uso sagrado de ninguna droga. La razón es evidente. Las sociedades chamánicas usan la droga como una ayuda para ir a un más allá. En Occidente no creemos en ningún más allá, de modo que no tenemos ningún sitio al que ir. 

     Esta idea de la laicidad de Occidente nos lleva a la percepción, conceptualización y uso que hacemos aquí de las drogas. Nuestra sociedad es una sociedad científica. La ciencia y la razón son el principio y el instrumento único para explicar cualquier fenómeno. En la Edad Media, si, por poner un ejemplo, una epidemia de peste asolaba un pueblo, la explicación que se hacía evidente a cualquiera era que se trataba de una maldición divina. Y se reaccionba en consecuencia. Para superar la peste, se rezaba, se hacían procesiones y probablemente se acusase a alguien de brujería y se le quemaría en la hoguera. Hoy en día, si una epidemia se ceba con una población, a nadie se le pasa por la cabeza que sea un castigo divino. Médicos y científicos estudiarán la cuestión, emitirán un veredicto y se tomarán las medidas sanitarias correspondientes. Es, por tanto, la nuestra una sociedad científica.


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     Una de las consecuencias inmediatas de vivir en una sociedad así es la obsesión por la salud. La ciencia ha permitido que las personas vivan más tiempo y físicamente mejor. Ha contribuido a alejar un poquito de nosotros la enfermedad -o al menos no nos hace tan vulnerables-. Es por eso que la salud impregna todos y cada uno de los aspectos de nuestra sociedad: vamos gimnasios para mantener nuestros cuerpos sanos; hacemos dietas lacerantes para alejar de nosotros el temido colesterol y el ácido úrico; los supermercados, donde es imposible encontrar un producto que no sea rico en Omega 3, bifidus, vitamina A o cualquier otro elemento que ayuda a ser más saludables, se parecen cada día más a las farmacias; etc... -Creo que no hace falta extenderme más entre la relación de una sociedad científica y la obsesión por la salud-. Paralelamente, la salud se convierte en un patrón moral. Lo sano se identifica con el bien, lo insano con el mal. Nos disgusta la enfermedad. -No quiero extenderme más aquí sobre la relación entre salud y moral. Si os interesa el tema podéis consultar estos dos posts: Fumadores y brujas y Hospitales como cárceles. Sea como sea, creo haber demostrado ya la relación entre salud y moral. 



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Supermercados como farmacias.

     Toda sociedad tiene su propia cosmovisión y su consiguiente sistema de valores. Mary Douglas en Pureza y Peligro demostró que cualquier fenómeno que no encaje en esa cosmovisión es percibido como peligroso y se lo margina. Así, por ejemplo, en Occidente hasta hace poco se consideraba que existían dos géneros, que, además, se identificaban con el sexo biológico. Había hombres y mujeres y cada uno de ellos se les asociaba un rol, con sus valores y conductas permitidas y prohibidas. El sexo, fruto de esta concepción de la sexualidad, tenía una finalidad reproductiva. En consecuencia, los hombres se acostaban con las mujeres que, a su vez, tenían hijos. El comportamiento sexual del hombre era dominante y agresivo, mientras que el de las mujeres era sumiso, cuando no negado. Un fenómeno como la homosexualidad no encajaba de ninguna manera en una concepción del sexo y el género tal. Hombres que se acuestan con hombres o mujeres que se acuestan con mujeres no podían tener hijos. Era algo, por tanto, fuera de la cosmosivisión de la sexualidad occidental. Por tanto, la homosexualidad se consideraba algo peligroso y se marginaba y perseguía a los gays y a las lesbianas. 

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Prisioneros homosexuales en el campo de Buchenwald.



    Algo similar a los homosexuales les ocurría a las mujeres menstruantes, con la salvedad de que su impureza era temporal. Una mujer que tiene la regla normalmente no puede quedarse embarazada. Está, por tanto, fuera de lo esperable para su rol. De ahí que en Occidente la sangre menstrual se considere algo repugnante -incluso hoy en día muchas de las mujeres que dicen ser feministas siguen pensando que la regla es asquerosa-. Lo peligroso siempre es susceptible de contaminar a los demás, por eso los fenómenos peligrosos se marginan, se persiguen y se aíslan. En ciertas culturas que tienen una concepción similar a la nuestra de la sexualidad femenina, llegan al extremo de meter a todas las mujeres que tienen la regla en una choza fuera del poblado mientras les dure el periodo. Hoy en día nosotros no llegamos a esos extremos, pero yo aún recuerdo ciertas creencias como que las mujeres menstruantes no pueden hacer mayonesa porque se les corta. Es decir, que contaminan la mayonesa. Y basta con ver cualquier anuncio de compresas. Son monumentos a la negación de la menstruación. Lo único que importa es que las mujeres menstruantes parezcan que no lo son. 



Dodakka, con su hija de mes y medio
En la India, las mujeres kadogulla que han parido o tienen la regla son consideradas impuras y, por tanto, aisladas en una choza. En este artículo de El País cuenta cómo sucede bastante bien: aquí


     Volviendo al tema de la droga, nuestra sociedad solo permite un uso medicinal de la droga. No podía ser de otra manera, porque fuera de eso la droga no encaja dentro de nuestro sistema de valores. Dentro de los límites de la medicina, usamos la droga de diferentes modos: usamos opiáceos para relajar a las personas que padecen estrés o ansiedad; tomamos antidepresivos cuando consideramos que un estado de ánimo bajo ha cruzado los límites de la normalidad y se ha convertido en depresión; suministramos morfina en los hospitales a las personas que se despiertan tras una operación para evitarles el dolor; narcóticos a los insomnes; etc...


     Fuera de este uso medicinal, el consumo de drogas no encaja en nuestra cosmovisión, así que se persigue y margina. Una persona con depresión puede tomar antidepresivos sin ser estigmatizado, pero a alguien que consuma un euforizante como la cocaína solo para pasárselo bien se le adjudica la deshonrosa categoría de drogadicto o vicioso. Y lo mismo sucedería con alguien que, en lugar de tomar un opiáceos por estrés, se quiera pegar un relajante viaje de heroína. 



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     Departiendo de este tema con mis alumnos, veían absolutamente normal que se estigmatizase la droga porque "son malas para la salud". Les parecía una verdad tan evidente porque están imbuidos de nuestra cosmovisión occidental de la ciencia y la salud. Y les costaba bastante abrir la mente lo suficiente como para entender la reacción de absoluta indiferencia de un indio al que le dicen que tiene que dejar de tomar peyote porque es malo para la salud. 


     Además, que la droga sea mala para la salud depende del modo en que se consuma. Evidentemente, inyectarse heroína es malo y aún por encima ha destrozado la vida de innumerables familias en los años ochenta y noventa. En absoluto estoy diciendo que la heroína no sea mala. Lo es y mucho. Lo que estoy diciendo es que la heroína es mala para la salud si la usamos como hacen los yonkis. Prueba de ello es que un opiáceo tomado regulado por un médico puede ser muy beneficioso. Y, si no, que me lo digan a mí cuando pasé mi primera crisis de insomnio. Por eso digo que la droga por sí misma no es ni buena ni mala para la salud, depende del modo en que la consumamos. Cada cultura regula y controla el uso que se hace de la droga. Si la consumimos fuera de esos patrones, es cuando la droga se convierte en algo peligroso. Y precisamente para protegerse de esos peligros y de posible contaminación, las culturas controlan su uso. Incluso se regula quién tiene acceso a ellas y quién no. Dice Michel Perrin al respecto: 


   

     En las sociedades tradicionales, el uso de la droga está muy codificado, como lo está el acceso a lo sobrenatural: sólo ciertas personas (shamán, brujo, sacerdote, etc.) son autorizadas a tomarla, o grupos restringidos, en ocasiones bien definidas, por períodos limitados (en el transcurso de las iniciaciones, con ocasión de festividades cosmológicas anuales, para marcar alianzas entre grupos, etc.). En otras palabras, el consumo de droga o su prohibición coincide siempre con una división del campo social en grupos distintos. Entre los Guajiros, el consumo del jugo de tabaco distingue a los que. tienen acceso a lo “sobrenatural”, al mundo-otro, y a los que no. Tomarlo cuando uno no está autorizado suscita un castigo “sagrado” llevando a la muerte o a una grave enfermedad.
(...)
     De igual modo en la sociedad inca, el uso de la coca era reservado a la clase de los sacerdotes, de los “curacas” y de los jefes locales. La justicia castigaba las faltas a esta regla: de cierta manera toda ingestión de droga por otros significaba una amenaza a su poder (Watchel, 1971). 
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Mujer guajira.
     Nosotros también controlamos el uso de la droga por diversos medios:

     El primero y más evidente es a través de las representaciones colectivas. Las representaciones colectivas son aquellas cuestiones que las sociedades consideran evidentes más allá de toda duda y que operan a nivel inconsciente. Así por ejemplo, en nuestra cultura consideramos que matar está mal. Nadie duda al respecto. Si queremos denostar a alguien, le llamamos asesino. Nadie aquí considera que matar pueda estar bien. Y sobre todo, lo más importante es que nadie se plantea que pueda ser de otra manera. Aceptamos sin reflexión que matar está mal y punto. Lo mismo sucede con la droga. Hemos creado una representación colectiva sobre ella y la hemos connotado negativamente. La droga es mala porque sí, más allá de cualquier representación. Tanto es así, que si a alguien se le ocurriese defender las bondades de la droga en determinados contextos, seguramente tendría problemas. Si a mí se me ocurriese decir en clase que las drogas son maravillosas, que todos los alumnos deberían probarlas, con toda probabilidad varios padres se quejarían y yo tendría serios problemas con mi inspectora de educación, que me abriría un expediente seguro. -Si queréis saber algo más acerca de representaciones colectivas, control simbólico y control social pinchad aquí. Es un post un poco más técnico, pero creo que se entiende bien-. 

     Otra forma de controlar el consumo de drogas y evitar que se haga fuera de los cauces establecidos es la presión social del entorno de las personas. Un yonki no está bien visto, de ahí que los drogadictos oculten su condición. A nadie le gusta ser un paria, así que evitamos consumir drogas para no convertirnos en uno. 

     La legislación es el modo que tienen los poderes para controlar el consumo de drogas. Se legisla prohibiéndolas. Aquí existe una pequeña contradicción, porque no es ilegal consumirlas, pero sí la posesión de más de determinada cantidad, comprarlas, fabricarlas o cultivarlas. Como digo, es una contradicción, porque difícilmente uno puede drogarse sin comprar, cultivar o fabricar, pero, sea como sea, las drogas se persiguen legalmente. Esta no es una estrategia baladí, porque uno puede meterse en problemas muy serios con la ley si se mezcla en el consumo de drogas, y esto echa para atrás a muchos posibles consumidores. 


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Imagen de una redada antidroga.


     Y, por último, las instituciones sanitarias. Hay todo un sistema montado para que la gente deje la droga: atención en los hospitales, grupos como el centro Reto, etc... En este sentido, legislación y salud viene a ser lo mismo. Como he repetido en varias ocasiones, nuestra sociedad es una sociedad basada en los valores de la salud. La legislación lo único que hace es explicitar en forma de leyes algo que ya hacía nuestra cultura en forma de valores. El drogadicto es un delincuente porque es un enfermo y viceversa. 

     La consecuencia de todos estos controles es que el drogadicto y la droga quedan fuera de la sociedad y, por tanto, se tienen que refugiar en ambientes degradados, sórdidos, al margen de la ley. La prohibición de la droga genera delincuencia alrededor de ella. 

     Al mismo tiempo, vivimos en un sistema económico que convierte absolutamente todo en negocio. Cualquier cosa, la ropa, el deporte, los recursos naturales, lo que sea. No hay nada en este mundo que el capitalismo no haya convertido en negocio. Y la droga no iba a ser una excepción. No solo las drogas legales, con las que comercian las farmacéuticas como Bayern o Novartis. También las ilegales. Aldedor de ellas se ha creado una economía de la droga -el narco, los cárteles, etc...-, que no por ser ilegal deja de ser un mercado. Un mercado al margen, pero un mercado al fin y al cabo. Si no recuerdo mal, el Chapo Guzmán llegó a ser la quinta persona más rica del mundo. El dinero entra y sale de la legalidad y el que sale de la droga sirve para conseguir cosas dentro del sistema. Por supuesto, como es un mercado al margen de la ley, es negocio marcado por la violencia, cada vez más extrema, del narco y los cárteles. 


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Miembros del Cartel de Jalisco.