viernes, 4 de abril de 2014

Pierre Bourdieu: Sobre la televisión.





    Hoy sonó la radio-despertador a las 7:30 a.m. Y lo primero que oí, antes siquiera de abrir los ojos, fue la noticia del desagradable incidente de Esperanza Aguirre y su fuga de la guardia de tráfico.
                -Por si alguien vive en otro planeta, Esperanza Aguirre aparcó su coche en el carril bus de Callao y se bajó tan campante a sacar dinero en un cajero automático. Unos guardias de movilidad urbana la vieron y le pusieron una multa. No lo debían estar haciendo lo suficientemente rápido porque Esperanza Aguirre, sin dar más explicaciones, se metió en su coche, arrancó y se dio a la fuga, arrollando en la salida una moto que había aparcada. Los agentes la siguieron hasta su casa, le pusieron otra multa y la acusan de resistencia a la autoridad-.
                Mientras me duchaba y luego desayunaba escuché la tertulia política de la radio que dura media hora. Dedicaron veinticinco minutos a debatir sobre el incidente Aguirre.
                Las primeras palabras que escuché en el trabajo fueron:
                -¿Viste lo de Esperanza Aguirre? Qué fuerte.
                En el recreo, mientras descansamos a media mañana, el profe de francés y yo solemos hablar de libros y películas. Hoy lo hicimos de Esperanza Aguirre.
                A las dos tocó el timbre que anunciaba el final de la jornada escolar. Es Viernes y vuelvo a Coruña. De dos a tres hay un boletín informativo que suelo escuchar en la radio mientras conduzco. Noticia casi monográfica: Esperanza Aguirre. A estas horas ya habían introducido un dato nuevo: Esperanza Aguirre se está planteando denunciar a los agentes por detención ilegal.
                Llegué a casa justo a tiempo para ver el final de los telediarios y comprobar sin sorpresa que la prensa audiovisual también había optado por dedicarle todo su tiempo a la exministra de cultura y expresidenta de la Comunidad de Madrid. Según dije el presentador, el tema tiene ardiendo las redes sociales.
                Después del telediario en la Sexta ponen un programa cómico no muy bueno que acostumbro a ver con Ana mientras comemos. Veinte minutos de chistes sobre el affaire Aguirre.
                No he vuelto a poner la radio ni la televisión, pero estoy seguro de que los magazines de tarde también hablarán de ella. Y tampoco he bajado todavía al bar, pero me juego la vida a que será el tema de conversación entre cerveza y cerveza.
                Independientemente de lo que pensemos de la señora Aguirre –a mí me parece una gilipollas- y su incidente, todo esto me ha hecho pensar sobre los medios de comunicación y el papel que juegan en la sociedad en la que vivimos. Y me vino a la memoria un libro de Bourdieu que leí hace mucho, pero que creo que viene al caso.
                Sobre la televisión es un ensayito de divulgación, supongo que un bolo para hacer algo de pasta. No juzgo al autor por ello, sobre todo si pienso en Bauman, que lleva veinte años colocándonos la misma idea con títulos diferentes, y que no se corta un pelo en publicar con letra bien grande y buen espacio de interlineado para llegar a las cien páginas que tiene que tener como mínimo un libro vendible en la Fnac –lo de Vida de consumo es un escándalo-.
                Probablemente porque es un bolo, Sobre la televisión se lee bien, cosa que no puede decirse de todos sus libros, y Bourdieu es un pensador muy interesante. Aquí aplica su teoría de la violencia simbólica a los medios de comunicación. Según Bourdieu, la violencia simbólica es la que se ejerce sin que los opresores y los oprimidos sean conscientes de ello. O dicho con otras palabras: la violencia simbólica es que te coman la cabeza sin que te des cuenta.
                Los medios de comunicación ejercen la violencia simbólica de tres formas:
                En primer lugar, te dicen en qué tienes que pensar y de qué tienes que hablar, porque ellos deciden qué es noticia y qué no. Hoy toca Esperanza Aguirre, ayer Bolinaga y mañana supongo que la enésima declaración de Artur Mas o un nuevo intento de saltar la valla de Melilla. Se podría pensar que, como hay muchos medios de comunicación, tenemos acceso a una información variada y que el ciudadano puede elegir qué sucesos de la realidad son noticia para él. Pero no. La información es exactamente la misma en todos lados. Dice Bourdieu que esto es consecuencia de la competitividad. Según el credo neoliberal, el monopolio uniformiza y la competencia no. A ojos de Bourdieu, esta creencia es falsa porque, si un medio saca un titular o una noticia, el de la competencia no puede quedarse al margen, aunque sólo sea para desmarcarse un poco. “Esta especie de juego de espejos que se reflejan mutuamente produce un colosal efecto de enclaustramiento, de aislamiento mental.”
                En segundo lugar, los medios convierten lo excepcional en cotidiano. Hay que dar noticias. Noticiable sólo es aquello que se sale de lo común, así que los medios sólo hablan de lo excepcional. Y así el ciudadano percibe y entiende el mundo a partir de la excepcionalidad, lo que es absolutamente perverso, porque nuestra vida, por definición, es cotidiana. Debido a esta dinámica parece que lo único que pasa en el mundo es lo excepcional, cuando lo único que realmente pasa en nuestros mundos es lo cotidiano. Y esto provoca una percepción de la realidad distorsionada. Tenemos la sensación de que España tiene un serio problema de seguridad pública porque todos los días nos dan noticias de robos y crímenes, cuando lo cierto es que son cosas excepcionales –por eso son noticia- y, si hay un número suficiente de delitos como para poner dos o tres a la semana, es porque vivimos en un país de cuarenta y siete millones de personas.   
                Y en tercer lugar, no te ofrecen la información pura, sino que, además de decidir en qué debes pensar, ya te la dan interpretada. Te dicen qué tienes que pensar y cómo hacerlo. Según Bourdieu, en los medios de comunicación hay una relación perversa entre pensamiento y tiempo. Pensar requiere tiempo para madurar las cosas. Pero en un noticiero de veinte minutos te dan quince noticias, de modo que es absolutamente imposible detenerse a reflexionar. Entonces ya te las piensan ellos por ti y para eso inventaron las tertulias y los editoriales. Bourdieu habla de los falsos debates, en los que los contertulios, que aparentemente defienden posturas radicalmente opuestas, resulta que luego son amiguetes y se van a tomar cañas juntos. Todo ese debate enconado es una farsa. “La gente se da cuenta de que allí ocurre algo, pero no tiene idea de hasta qué punto se trata de un mundo cerrado, volcado sobre sí mismo y, por lo tanto, impermeable a sus problemas, incluso a su existencia”. Pero esta opereta sirve para que los contertulios, ya identificada su posición política de antemano, decidan lo que tienen que pensar de una determinada noticia los espectadores de izquierdas y los espectadores de derechas. “Nuestros presentadores de telediarios, nuestros moderadores de debates, nuestros comentaristas deportivos, se han convertido, sin tener que esforzarse demasiado, en solapados directores espirituales, portavoces de una moral típicamente pequeñoburguesa, que dicen «o que hay que pensar de lo que ellos llaman los problemas de la sociedad”.
                Y nada más. El libro lo editó en español Anagrama y cuesta 6.90 euros. Te lo puedes bajar gratis de internet, pero no me atrevo a colgar el enlace no vaya a ser que el equipo de Blogger se vuelva a enfadar conmigo y me cierren el blog otra vez.



Pierre Bourdieu

jueves, 27 de marzo de 2014

David Milch: The Money

    David Milch: The Money.




    Nos anuncian una nueva serie de David Milch, The Money, con el actor irlandés Brendan Gleeson como estrella. Por lo que parece, la trama se centrará en una familia que domina los medios de comunicación y todas las corruptelas que rodean este mundillo. No dudo ni por un
Un educado Andy Sipowicz.
momento que la serie será absolutamente maravillosa, porque todo lo que toca este hombre es arte puro. No hablaré de su etapa de guionista en Canción Triste de Hill Street. Prefiero su secuela, ya como co-creador, NYPD Blue. Un flipe. El primer episodio, con el gran Denniz Franz como Andy Sipowicz, arrastrándose por el pozo, es, sencillamente, de lo mejor que he visto en mi vida. Ni siquiera la presencia de David Carusso, el lamentable Horatio de CSI Miami, consigue estropear una serie maravillosa. De Deadwood ya no queda más que decir. Es la mejor serie que he visto jamás. Y la fallida Luck y todo el rollo de las apuestas de caballos estaba cojonuda. 
Nick Nolte, observando a su caballo ganador en Luck.

      Todo esto está muy bien. Pero lo que de verdad me importa es si Milch será capaz de
Al Swearengen con una mirada que acojona
terminar su proyecto o no. El final de Deadwood, en pleno clímax del conflicto entre Al Swearengen y George Hearst -uno de los malos que da más miedo de la historia- es una cortada de rollo brutal. Esto no quita que mi amigo R revise la serie todos los años y encuentre nuevos matices y escenas y diálogos con los que flipar. La serie era maravillosa, pero no terminarla fue una decepción. Peor es el caso de Luck, que nos deja sólo una primera temporada de quitarse el sombrero, pero nada más. Ni siquiera el comienzo de una segunda, algo que nos indique de por dónde tirarían los personajes. 
     Los rumores acerca de Milch son de todo tipo y pelaje. Alcohólico, ególatra, putero, violento. Se comenta que durante el rodaje de Deadwood los actores recibían el guión el mismo día del rodaje, incluso que se negaba a escribir los diálogos y que se los dictaba de viva voz. Incluso que en plena borrachera se lió a tortas con el productor. Acerca del fallido proyecto de Luck también hay de todo. Problemas con las protectoras de animales porque se les murieron tres caballos, desavencias entre él y Michael Mann, y cosas por el estilo. Todo esto ha creado a su alrededor un aura de malditismo, de personaje romántico. Eso está muy bien para impresionar a adolescentes que quieren llevar una pose outsidder y, si me estiro, para escriban una novela sobre él o hagan una película. Pero para los señores de mediana edad como yo ya no llega. David Milch es un genio, pero tiene que terminar sus proyectos. Sólo NYPD Blue, quizá porque era su primera serie como creador y porque Steven Boscho estaba ahí también, ha llegado a buen puerto. Su carrera no puede limitarse a una colección de series que empiezan y no acaban. Vuelve a tener una oportunidad con The Money para legar a la historia un proyecto redondo. A ver qué pasa.
    Y a pesar de todo, aunque The Money se vuelva a quedar por la mitad, pienso verla, probablemente más de una vez.

martes, 25 de marzo de 2014

James Scott. Los dominados y el arte de la resistencia: discurso oculto.


    
 James Scott: Los dominados y el arte de la resistencia.



    Lo primero que hay que decir de James Scott es que escribe bien, es ameno de leer y eso siempre se agradece. 
    Lo segundo es que su libro me ha hecho reflexionar.
    James Scott se opone a todas las teorías herederas del marxismo, que consideran la ideología como el resultado o el reflejo de unas determinadas relaciones socioeconómicas. Cita a Gramsci, a Bourdieu y no sé si a alguno más, pero en la mente de todos están Marvin Harris y todos esos antropólogos, filósofos y sociólogos que sostienen que el poder se perpetúa difundiendo su ideología, de modo que los oprimidos la aceptan de forma inconsciente y no tienen conciencia de su propia opresión. En otra ocasión interpreté La Catedral del Mar como un ejemplo de la difusión de las ideas del poder. Lo mismo hice con Operación Triunfo. En este último, se escoge a un grupo de personas cualquiera que tiene un sueño: cantar y ser famoso. Se los mete a todos en una academia y se les obliga a competir entre ellos por ser el mejor. La audiencia vota y el que gana va a Eurovisión. La idea del programa casi parece sacada de Max Weber y su Ética protestante y el espíritu del capitalismo. En
James Scott
un mundo justo, con igualdad de oportunidades, cualquiera puede triunfar, incluso la Rosa de España. Para eso sólo hace falta esfuerzo y talento. La competitividad -esa palabra tan de moda ahora- saca lo mejor de cada uno. Es el calling divino de los calvinistas. Y al final, si cumples con todo ello, Dios te reconoce como uno de los suyos otorgándote bienes materiales en este mundo. El ideal de vida del capitalismo angloamericano. Con talento, ideas y trabajo, salir adelante en el mundo. Millones de personas ven este programa y aceptan de manera inconsciente que el capitalismo es el mejor sistema posible, porque cualquiera puede triunfar, como nos demuestra el caso de Rosa -o de los ganadores de posteriores concursos, cuyo nombre desconozco-. 
    Pues James Scott le hace una crítica demoledora a esta concepción de la ideología: si esto fuese cierto, los sistemas no cambiarían. 
    Y yo añado: esta concepción heredada del marxismo minusvalora a los oprimidos, como si fuésemos autómatas sin capacidad crítica alguna.
    Según Scott hay dos tipos de discurso, el público y el privado. El discurso público es aquello que se puede decir en público y que es una idealización de cómo las clases poderosas se ven a sí mismas -en el caso de nuestra sociedad todo ese rollo de la igualdad de oportunidades y el discurso políticamente correcto-. Pero esto no es más que una representación, como una obra de teatro. En las bambalinas de ese discurso público, tanto las clases dominantes como las dominadas tienen su propio discurso, que sólo sale a a luz cuando están seguros de que hacerlo no puede acarrearles problemas. El discurso público es lo que la
Esclavo que dudo esté contento.






gente realmente piensa y hace. Así, los esclavos negros públicamente hacían ostentación de acatar las normas pero, en cuanto se encontraban en la seguridad de sus cabañas, contaban cuentos, leyendas y hasta profecías que ridiculizaban y condenaban a sus amos blancos a todos los tormentos del infierno; y saboteaban a sus amos robándoles, con pasividad en el trabajo, rumores, etc... Las clases poderosas, por su parte, en la intimidad de sus casas o de cenas opíparas en restaurantes caros, a salvo de oídos indiscretos, sacan a relucir lo que de verdad mueve la sociedad y los mantiene en el poder, como la corrupción, el soborno, la represión por medio de la violencia física, etc...
    Si los pobres no actuamos para sacudirnos el yugo de la opresión, es porque no vemos oportunidad de ello. Pero, en cuanto esa posibilidad tiene visos de hacerse realidad, nos volcamos en la lucha, como sucedió, según Scott, en la Guerra Civil Americana, en la Revolución Francesa o la Revolución Rusa. 
    Este mecanismo creo yo que podemos observarlo perfectamente hoy en día con todo el rollo de la crisis. Los oprimidos, cuando nos reunimos entre nosotros, criticamos a políticos y banqueros, y no son pocos los que defraudan a la Seguridad Social con bajas fraudulentas y evasión de impuestos -aunque esto último no sea una estrategia exclusiva de los pobres-. Sin embargo, si mañana yo tuviese la mala suerte de comer con Rajoy o Feijoo, dudo mucho que le dijese a la cara que es un capullo, sino que mantendría una actitud más o menos servil, diría que me encanta mi trabajo, etc... Lo mismo hace cualquier empleado con su patrón. A la cara, todos fingimos ser empleados entregados, mientras que en la intimidad reconocemos despreciarlo y hacemos todo lo posible por trabajar lo menos posible, etc...
   
    No sé hasta qué punto tienen razón James Scott. Sobre todo, porque a esa crítica de que, si la plebe sólo fuésemos autómatas que repetimos el discurso del poder, nada cambiaría, se adelantaron Bourdieu, Victor Turner, Even-Zohar y otros muchos pensadores que hablaron del escenario político como de un espacio en el que luchan diferentes grupos de poder, cada uno con su propio discurso. Probablemente ninguno esté en posesión de la verdad absoluta, todos tengan parte de razón y la realidad sea una combinación de ambas tendencias. Pero por lo de pronto, el libro de Scott merece la pena ser leído porque pone de relieve un aspecto de la política y las relaciones de poder que hay que tener en cuenta.

jueves, 13 de marzo de 2014

Marshall Sahlins, Economía de la Edad de Piedra, y Pierre Clastres, La Sociedad contra el Estado.


http://ebiblioteca.org/?/ver/42627

http://ebiblioteca.org/?/ver/42351


                Son dos libros antiguos, de los años setenta. Pero con todo este rollo de la crisis económica creo que contienen ideas que deberían hacernos reflexionar.
                Yo tengo un amigo que se ha quedado en paro. Trabajaba en la metalurgia. Otra empresa compró la fábrica. Los nuevos dueños mantuvieron la plantilla durante seis meses, pero, aunque la fábrica daba beneficios, los costes laborales eran altos. Cerraron la fábrica y se la llevaron a Portugal, donde los salarios son mucho más bajos. Lo que realmente habían comprado era una cartera de clientes.
                Mi amigo es un tipo tranquilo. En lugar de volverse loco buscando un empleo que no iba a encontrar, decidió que no quería trabajar. Hizo cálculos. No tiene hijos, tiene la casa pagada y, entre la indemnización, el paro y los ahorros, calculó que tenía para cinco años. Sólo era cuestión de reducir gastos. Dejó el coche para siempre jamás, no compró más ropa y sólo toma un café en bares de vez en cuando.
                A mí me parece una opción bastante respetable y quizá hasta digna de imitar. Pero no todo el mundo piensa lo mismo. Como dice Bauman, los parados son los parias del siglo XXI. Sin dinero que gastar, no tienen nada que aportar al consumo masivo sobre el que se sustenta el capitalismo actual. Son lastres, parásitos sociales. Y así perciben a mi amigo otras personas, que hacen comentarios críticos y alguno hay que hasta lo mira mal. (otro enlace para el que se quiera bajar el libro de Bauman http://ebiblioteca.org/?/ver/58692 )
                Esta doble reseña de Economía en la Edad de Piedra y La Sociedad contra el Estado son una defensa de mi amigo y su actitud.
                Según Sahlins, Occidente ha difundido la idea de las sociedades primitivas como bandas humanas angustiadas, siempre al borde de la inanición. Nos imaginamos a las antiguas tribus de cazadores-recolectores muertos de frío, recorriendo distancias enormes en busca de alguna raíz que echarse a la boca o corriendo desesperados detrás de un conejillo de carne magra. Pues nada de eso. Sahlins se fijó en las tribus de cazadores-recolectores que aún quedan hoy en día. Y resulta que comen bien y, lo que es mejor, apenas si dedican un par de horas diarias al trabajo productivo. El resto es zanganear, flirtear y tomar el sol. Por si esto no fuese suficiente, durante el tiempo de trabajo lo pasan bomba porque la caza y la pesca se perciben como una fiesta. Y aún hay más: la esperanza de vida entre los ¡kung del desierto de Kalahari es de sesenta y cinco años -doy el dato de memoria, puede que me equivoque año arriba año abajo-.
Nativo guayaquis pasándolo pipa cazando pájaros

                Sahlins llama sociedades de la opulencia a estas triubs primitivas de cazadores-recolectores o agricultores de roza . Opulento no quiere decir que sean como marajás hindúes, todos llenos de oro y siempre en festines opíparos y lujuriosos. No. Opulencia significa satisfacción fácil de las necesidades. Y ellos las satisfacen. La diferencia es que ellos necesitan poco y nosotros mucho. (si a alguien le interesa Shalins en estos dos videos lo explican muy clarito: https://www.youtube.com/watch?v=LHLRLZZQL5g https://www.youtube.com/watch?v=hu_XslhcpxY )
                Pierre Clastres parte de esta idea y se pregunta qué llevó a los seres humanos a cambiar este Jardín del Edén por la esclavitud en un imperio agrario o el trabajo alienado en una fábrica. La respuesta es bien sencilla: para que estas sociedades de la abundancia funcionen, es necesario que los recursos naturales estén muy por encima de las necesidades del grupo. Esto no quiere decir que el entorno natural sea extremadamente fecundo –los ¡kung viven en un desierto-, sino que la densidad de población tiene que ser baja para que haya alimento fácil para todos.
                Pero hubo un aumento demográfico. La comida ya no llegaba y apareció un abusón que puso a todos a trabajar con métodos más productivos. Surge la agricultura intensiva y, con ella, los excedentes. Y aquí viene el lío. En el modo doméstico la producción se detiene en el mismo momento en que obtienen lo que desean. Tengo lo que quiero y ya no trabajo más. Pero ahora ya no trabajas para ti. Lo haces para un señor –o señores- que reciben toda la producción y luego la redistribuyen. Este señor –o señores- tienen el poder de hacerte trabajar más de lo necesario para quedarse con parte de la producción.
                Dice Clastres que el Estado es la institución que vela por el mantenimiento de este reparto injusto de bienes y trabajo. El Estado se reserva el derecho de ejercer la violencia física y simbólica para que muchos trabajen para unos pocos.
                Las sociedades primitivas saben esto y por eso tienen mecanismos que limitan muchísimo el poder de los jefes. No quiero extenderme ahora explicando estos mecanismos porque la reseña quedaría muy larga. Nos basta con el ejemplo de Gerónimo. Cuando los soldados mexicanos arrasan su aldea, los apaches chiricahua eligen a Gerónimo caudillo militar. Es una situación excepcional y en la guerra es mucho más operativo tener un general que guíe las tropas que andar debatiendo cada decisión. Gerónimo aplasta a los soldados mexicanos y se gana una merecida reputación militar. Sin embargo, los guerreros chiricaua se vuelven a sus casas. Gerónimo pasará el resto de sus días tratando de convencer a su gente para que siga la lucha. Pero muy pocos le hacen caso. Las tribus chiricaua conocen el peligro de extender demasiado el poder de un hombre.
               Desgraciadamente para el modo de producción doméstico, los mecanismos de defensa no siempre sirven y surgen los jefes, abusones, cabecillas y el Estado.
             A la luz de todos estos datos y volviendo a mi amigo, yo me pregunto quién debe mirar mal a quién. Y con esto no quiero decir que debamos volver a ese pasado idílico de la abundancia y reciprocidad. Tampoco creo que podamos recuperar ese paraíso primigenio por medio de la revolución del proletariado. No soy un hippie, ni un comunista ortodoxo. Ni siquiera sé hasta qué punto Sahlins y Clastres estaban en lo cierto. Lo que me pregunto es con qué autoridad moral nos permitimos hacer comentarios críticos sobre alguien que ha decidido reducir necesidades a cambio de tiempo libre, mientras nosotros desperdiciamos nuestras vidas y el mundo en trabajos de mierda que desempeñamos para comprar cosas que no necesitamos y que enseñaremos a gente que, en el fondo, nos es indiferente o se lo somos nosotros a ellos. Y lo que es peor, hemos arrastrado al mundo entero a nuestra opción vital convenciendo a la sociedad de que el trabajo duro es necesario para vivir bien, cuando el ejemplo de los ¡kung, los chiricauas o los Guayaquis nos demuestra lo contrario.


                P. D. Este artículo es, por fuerza, polémico. Vivimos en una sociedad cuyo sostén ideológico es el calvinismo protestante, que considera que el trabajo es bueno y dignifica al hombre. Dios reconoce a los suyos en la tierra otorgándoles bienes materiales. Es el calling divino, que acaba juzgando la moral de los hombres por sus posesiones materiales. Si tienes mucho, es porque Dios te sabe bueno y te ha recompensado. Y viceversa. Muchos estaréis de acuerdo con esta visión de la vida y el trabajo que eleva al altar de los santos a individuos como Bill Gates o Amancio Ortega, de los que lo único que sabemos es que han tenido habilidad para ganar dinero. Así que poned algún comentario crítico y, si no, compartidme en Facebook que yo quiero tener millones de seguidores y no tener que volver a trabajar.

domingo, 9 de marzo de 2014


Infoentretenimiento

                Se llama Julián y es mi amigo. Es uno de esos camaradas de la infancia que  a los que no te queda otra que serle fiel toda la vida porque os une una vieja amistad que ya no puedes borrar. Como todos los seres humanos, Julián es un personaje complejo, lleno de claroscuros, con muchas mezquindades y alguna que otra grandeza. Pero si, de toda su caleidoscópica personalidad, tuviese que definirlo como hacen los malos novelistas, con un único rasgo de carácter, diría que es un esnob. Un esnob como la copa de un pino, con todas y cada una de las particularidades que tradicionalmente se le atribuyen al esnob.
Durante nuestros años universitarios, cuando lo sociedad no veía con malos ojos que llevásemos una vida algo canalla, Julián sostenía que pocas cosas lo hacían más feliz que regresar a casa ya de amanecida, con unas gafas oscuras que protegiesen sus pupilas de la luz solar.
                -Tío, es que tengo la sensación de haber cumplido con mi trabajo. –me dijo una vez.
                Pasó el tiempo y ya en la treintena, Julián tomó conciencia de que ya era hora de sentar la cabeza. Entonces mudó la vida bohemia por placeres más maduros, como por ejemplo los de la mesa, y se convirtió en un gourmet y un sumiller tan experimentado como crápula había sido. Dejó la noche y empezó a hablarnos de tal o cual restaurante donde hacían una lamprea exquisita y, sobre todo, de vino. Porque no hay nada que encante más a un esnob que el vino. Puede hablar de taninos, de syrah y cabernet sauvignon y convertir la sana ingesta de ese líquido un poco narcotizante en un supremo acto de vanidad social. Por supuesto, como buen esnob, Julián no tiene ni puta idea de vino, pero le da bien al pico. Todo pura palabrería y, si no cuento la anécdota en la que rellenamos con morapio una botella de Vega Sicilia y él se pasó la noche paladeando el vino turbio y pontificando sobre el merecido prestigio de las bodegas de Valbuena de Duero, es porque, de manida, sonaría falsa.
                Pues bien, el caso es que, de un tiempo a esta parte, mi amigo Julián se ha vuelto un experimentado analista político. Se lee de cabo a rabo los periódicos, ve los telediarios y escucha toda cuanta tertulia radiofónica hay. Le encanta estar a la última y teníais que oírlo hablar con su amigo Miguel, los dos encantados de oírse hablar del último escándalo de corrupción política entre las filas conservadoras.
                Hasta hace un par de días yo había interpretado esta nueva tendencia de mi amigo como una faceta más de su esnobismo. Se había convertido en analista político como quien se compra unas zapatillas muy molonas o una camisa a la última moda. Pero no. Me había equivocado en mi infinita soberbia, pecado que reconozco sin ambages -soy vanidoso y un poco chulito-. Si, por ejemplo, yo observaba con cierta curiosidad que mi amigo Julián pasaba horas enteras pegado a los periódicos, las radios y la televisión, y no dedicaba un solo minuto de su tiempo a ensayos de teoría política o sociología, interpretaba este hecho en mi infinita soberbia como que Julián, además de esnob, es un vago de carallo y un poco burro. Si, por poner otro ejemplo, yo estupefacto le escuchaba decir “una buena botella de vino, al final del día, después de trabajar, con los periódicos y el telediario es un plan”, no pensaba que necesitase la botella entera para soportar la cantidad indecente de corruptelas, guerras e inmigrantes muertos a pocos metros de nuestras playas que pueblan nuestros noticieros. No. Sólo pensaba que mi amigo Julián no tenía gustos propios y juntaba todo aquello que la sociedad juzga de buen tono: los placeres un poco elitistas de la mesa y un toque pseudointelectual.
                Pero me equivocaba. No entendí la complejidad del fenómeno hasta que leí ese concepto en un libro de Castells. Infoentretenimiento. El autor lo mencionaba de pasada, pero a mí me hizo reflexionar. La industria de los medios de comunicación de masas hace años que se dio cuenta de que había un público potencial en el mercado de la audiencia, un nicho para los que se sienten intelectualmente superiores a la chusma que ve Gran Hermano y demás realities, pero que tampoco están dispuestos al esfuerzo que requiere una película o una novela que hable del alma humana. Y así la industria de la comunicación convirtió a la política en un espectáculo, una opereta protagonizada por políticos, empresarios de éxito y creadores de opinión, en la que lo que más interesa son los escándalos, las medidas impopulares y la hipocresía para que mi amigo Julián y su amigo Miguel puedan ver todo eso y limitarse a cotillear como lo haría cualquier portera sin tener que echarse al monte.

 

viernes, 7 de marzo de 2014


Gravity




                Siete Premios Oscar, incluyendo mejor director; cuatro nominaciones a los Globos de Oro, entre ellas mejor película; seis premios Bafta; mejor película, director, montaje y fotografía según los Críticos de Los Angeles; siete premios Critics Choice; Top 10 en el  American Film Institute; nominación a mejor película extranjera a los premios Cesar; ocho nominaciones a los Satellite Awards; etc…
                Una puta mierda de película.
                Un ejemplo de cómo gastarse un porrón de dólares en hacer una trapallada y la enésima confirmación de que Hollywood se ha quedado huérfano de guionistas.
                Era Jueves por la noche. A la derecha tenía la cuarta temporada de la maravillosa The Walking Dead. A la izquierda Gravity.
                -Siete Oscars. –pensé- Además, mi amigo F me dijo que le mantuvo atado a la pantalla durante hora y media. Voy a darle una oportunidad.
                Nada más empezar, en los títulos de crédito, veo que la protagonista es Sandra Bullock y el galán de turno George Clooney.
                -Mmmmmm. –pienso; pero no desfallezco, porque F me ha dicho que lo tuvo atado a la pantalla.
                Pues bien, durante hora y media tuve la sensación de que había rejuvenecido veinte años y estaba viendo otra vez Speed, aquella peliculilla de acción con Sandra Bullock y Keaunu Reeves, porque, salvo las maquetas y las imágenes por ordenador, poco más ofrece esta obra maestra de Cuarón. Acción a tope, la protagonista siempre al borde de la muerte, salvándose en el último instante, y un montón de imágenes efectistas. Todo vacío de contenido.
                Para el que no lo sepa, la película trata de una astronauta que se queda sola e incomunicada en el espacio. Eso pasa en el minuto cinco. Los ochenta y cinco restantes son sus peripecias para sobrevivir. De todos los momentos estelares de la cinta, me quedo con tres:
                a) el suicidio de George Clooney. Están enganchados por una cuerda. Clooney está arrastrando a Sandra Bullock y alejándola de la nave espacial. Sólo si se suelta se puede salvar ella. Pero, en caso de hacerlo, vagará por el espacio exterior hasta que se le acabe el oxígeno del traje. Y lo hace. Se sacrifica con una sangre fría que deja turulato. Pero no contento con eso, se aleja haciendo chistes por la radio, la mar de parlanchín y tranquilo, diciéndole a la otra lo que tiene que hacer para salvarse. Pero vamos a ver…
                b) Cansada de tanta lucha, la Bullock decide rendirse y abandonarse a una muerte plácida por falta de oxígeno. Corta el suministro de la nave y se dispone a morir. Entonces, en sueños, se aparece George Clooney, que había muerto al principio de la peli, y le dice que trate de salvarse usando el tren de aterrizaje. Sin comentarios.
                c) Y el culmen final. Estamos en el minuto setenta y cinco. Es el clímax. Si acciona el motor, Sandra puede morir abrasada al cruzar la atmósfera. Pero este es el único modo de volver a la tierra. Entonces suena una música épica por si no nos habíamos enterado de que es el momento crucial. Sandra Bullock se pone y cinturón de seguridad y suelta la frase que supuestamente contiene el significado de la película: “El que no se arriesga no gana”. Y presiona el botón para encender los motores.
                ¿Cómo que el que no se arriesga no gana? ¿Arriesgarse a qué? ¿A intentar salvar su vida? Porque la otra opción es quedarse sentadita en aquella minúscula nave espacial hasta que se le acabe el oxígeno.
                En mi opinión, esta secuencia resume perfectamente lo que es la película: un montón de pasta gastada en imágenes y un contenido absolutamente vacuo, por momentos sin sentido.
                Hasta que no contraten guionistas de verdad, prometo no volver a ver una película de Hollywood. Cómo debe estar el tema, cuando a esta mierda le dan siete Oscars.
                Mañana, con más calma, escribiré algo más alegre, con algo de reflexión antropológica, sobre la identidad de los espacios.
                Mientras tanto, os recomiendo que veáis la maravillosa The Walking Dead, un ejemplo de cómo puede hacerse algo bueno con buenos guionistas, incluso una serie de zombies.

lunes, 3 de marzo de 2014


En contra de la superstición de la cultura como deber del ciudadano.


            Después de releer el artículo “De qué hablamos cuando hablamos de integrar”, me quedé un poco preocupado por si pudiese interpretarse como un canto a las excelencias de nuestro discurso cultural occidental. Por eso he decidido dejar un par de cosas claras:

            Primero:

            Que siempre haya un discurso hegemónico no quiere decir que ese discurso sea  monolítico e inamovible. Si eso fuese así, seguiríamos viviendo como en la Edad Media. Ya he repetido hasta la saciedad que las sociedades son entes heterogéneos en los que conviven diferentes facciones culturales tratando de imponer su discurso. Incluso el discurso de una facción sufre variaciones a lo largo del tiempo fruto de las presiones y de cambios externos como pueden ser, por ejemplo, avances tecnológicos o nuevos descubrimientos. Nuestro deber como ciudadanos es tratar de que el discurso hegemónico se adecúe lo más posible a esos valores éticos universales a los que he aludido veladamente en repetidas ocasiones. La libertad, la tolerancia, la no violencia, etc… son valores universales que están más allá de las culturas. Cualquier antropólogo relativista me dirá que la libertad, la tolerancia y la no violencia son valores culturales y que considerarlos como universales es etnocéntrico, por lo que hay que respetar cualquier manifestación cultural porque yo no puedo juzgar el significado de esa práctica desde fuera de su cultura. Le reconozco ciertas cuotas de verdad a estos argumentos. Ya he sacado a colación en repetidas ocasiones a los yanomamo, una etnia indígena que vive desperdigada por el Amazonas, entre lo que hoy en día es Venezuela y Brasil, considerada como uno de los grupos étnicos más belicosos de la historia. Entre los yanomamo la no violencia no sólo no es un valor ético positivo sino, muy al contrario, cualquier gesto en ese sentido es severamente reprendido como cobardía, lo que nos lleva a concluir que la no violencia no es un valor ético universal, sino que está determinado por la cultura. Cierto. Pero esto no quiere decir que la no violencia no sea deseable. Desde finales del siglo XIX, con el auge de los nacionalismos, se ha dado una hipervaloración de lo cultural, como si cualquier fenómeno, sólo por el hecho de ser cultural, fuese respetable. Esto es una superchería de lo más perniciosa. Como todo en la vida, hay prácticas culturales buenas y prácticas culturales malas. Buenas son aquellas que le hacen el bien a nuestros semejantes y malas son aquellas que acarrean el mal. Lo siento mucho por los yanomamo, pero por mucho que los relativistas insistan en ello, no veo en qué beneficia a sus congéneres ser atacados por una aldea vecina, asesinados los hombres y las mujeres raptadas como botín de guerra. Me importa un pito que sea una práctica cultural. Es una práctica cultural negativa y por eso debe erradicarse. Lo mismo sucede con la ablación femenina. Esta práctica cultural, que se da en ciertos territorios musulmanes a pesar de que está prohibida por el Islam, consiste exactamente en la mutilación genital femenina. Esta mutilación puede darse de diversas formas y va desde la amputación del prepucio del clítoris a la circuncisión faraónica, que llega hasta la extirpación del clítoris, los labios menores y mayores y un posterior cosido de la zona hasta dejar un orificio minúsculo para la evacuación de la sangre y la orina. Aunque la fuente sea la Wikipedia, al loro con la descripción de esta práctica que hace Amnistía Internacional:

                Sientan a la niña desnuda, en un taburete bajo, inmovilizada al menos por tres mujeres. Una de ellas le rodea fuertemente el pecho con los brazos; las otras dos la obligan a mantener los muslos separados, para que la vulva quede completamente expuesta. Entonces, la anciana toma la navaja de afeitar y extirpa el clítoris. A continuación viene la infibulación: la anciana practica un corte a lo largo del labio menor y luego elimina, raspando, la carne del interior del labio mayor. La operación se repite al otro lado de la vulva. La niña grita y se retuerce de dolor, pero siguen sujetándola. La anciana enjuga la sangre de la herida y la madre, así como las otras mujeres, "verifica" su trabajo, algunas veces introduciendo los dedos. La cantidad de carne raspada de los labios mayores depende de la habilidad "técnica" de quien opera. La abertura que queda para la orina y el flujo menstrual es minúscula. Luego, la anciana aplica una pasta y asegura la unión de los labios mayores mediante espinas de acacia, que perforan el labio y se clavan en el otro. Coloca tres o cuatro a lo largo de la vulva. Estas espigas se fijan con hilo de coser o crin de caballo. Pero todo esto no basta para asegurar la soldadura de los labios; por eso, a la niña la atan desde la pelvis hasta los pies. Le inmovilizan las piernas con tiras de tela.

            Esto está mal porque provoca serios perjuicios a la niña.

            Podíamos seguir con la lista de prácticas culturales nocivas. Podríamos, por ejemplo, hablar de los sacrificios humanos entre los aztecas o del canibalismo de los indios caribes, que atacaban a sus vecinos arawak para conseguir botín y, de paso, capturaban a sus niños, los castraban y los criaban para comérselos luego, como si de bueyes cebones se tratase. Pero creo que con los casos extremos de la ultraviolencia entre los yanomamo y la ablación de clítoris ya es suficiente.

            Que todos los ejemplos analizados hasta aquí sean de culturas diferentes a la nuestra es sólo por claridad expositiva. Si hubiese escogido prácticas culturales nuestras no nos hubiesen parecido aberraciones porque hemos convivido tanto tiempo con ellas que han acabado por parecernos normales. Pero pensad, por ejemplo, en una costumbre tan occidental como la de vivir hacinados en monstruosas urbes. Como consecuencia de la Revolución Industrial, el campo se despuebla de trabajadores que acuden a las ciudades en busca de empleo en las nuevas fábricas. Este movimiento se acentúa desde mediados del siglo XX con la revolución de las nuevas tecnologías y hoy en día tenemos a millones de personas viviendo en capitales. Como somos muchos y no hay espacio para todos, el precio del suelo se dispara. Los trabajadores menos asalariados –que son la inmensa mayoría- no pueden pagarse una vivienda cerca de su puesto de trabajo y tienen que desperdiciar horas diarias desplazándose para trabajar, con la considerable merma del tiempo que pueden disponer para sí mismos y para su realización personal. A esta nefasta práctica que atenta contra la felicidad del individuo –difícilmente uno puede alcanzar la felicidad levantándose a las seis de la mañana para pasar una hora encerrado en el metro hasta llegar a un trabajo alienante en el que pasa entre ocho y nueve horas para volverse a meter al final de la jornada otra hora de metro y llegar a casa lo suficientemente cansado para no pensar que el día de hoy ha sido exactamente igual al de ayer, al de mañana y al de los próximos treinta años- hay que sumarle el desperdicio de energía en coches, metros y trenes, lo que nos obliga a hacer un uso abusivo de las energías fósiles que amenaza con destruir el planeta.

            En otro artículo hablé o hablaré de la economía en el sistema de capitalismo de consumo. La economía, como la política o la religión, forma parte de la cultura. Y no se me ocurre un ejemplo más claro de una práctica cultural nociva que la organización económica que surgió de la cultura capitalista occidental, que deja un porcentaje despreciable por ínfimo de ricos, que condena a ingentes masas de población a la pobreza y que a aquellos que tenemos la suerte de tener un trabajo se nos requiere que pasemos cuarenta horas semanales –la mayor parte de nuestra vida- realizando un trabajo alienante a cambio de un sueldo que nos permite malamente pagar la vivienda, la manutención y, si hay suerte, un mes de vacaciones en alguna localidad costera. Eso, por no hablar de un sistema que requiere continuamente de nosotros que compremos cosas que no necesitamos sólo para que la cadena de producción consumo siga funcionando.

            Volviendo al origen de esta argumentación, nuestro deber como ciudadanos pasa por luchar para que el discurso hegemónico se acerque lo máximo posible a esos valores universales que nos hacen la vida mejor a todos los seres humanos. Para ello, en numerosas ocasiones, habremos de enfrentarnos a determinadas prácticas culturales que atentan contra este bienestar y que chocarán contra los paladines del relativismo que, apelando paradógicamente a otro valor universal, el respeto, tratarán de preservar cualquier práctica cultural, independientemente de su naturaleza.

            Segundo:

            Las cosas no son siempre blancas o negras. Que luchemos por imponer un discurso hegémonico no quiere decir que deseemos que todos los ciudadanos sean uniformes, fotocopias unos de otros. Precisamente, uno de los valores universales de ese discurso hegemónico es el respeto por las diferencias y la libertad individual, siempre y cuando uno no se le haga daño a los demás. Si la expresión de esas diferencias es inocua para la sociedad, esta debe velar porque puedan ser expresadas, ya que el respeto y la libertad son valores universales de ese discurso hegemónico al que debemos aspirar. Que un individuo hable en gallego, castellano, catalán o euskera no afecta en principio a la libertad de los demás, siempre y cuando se respete el derecho del otro a hablar en lo que le dé la gana. Una afirmación como esta, tan genérica, estoy seguro de que satisfará a todo el mundo, tanto a aquellos posicionados dentro del llamado nacionalismo periférico, como al nacionalismo españolista. El problema viene cuando la sociedad se plantea el medio por el cual alcanzar esa libertad lingüística. Por eso digo que las cosas no son siempre blancas o negras. Es muy fácil posicionarse con casos extremos como lo que cité antes de la ablación o el canibalismo. Pero una vez que hemos acordado que todos tenemos derecho a hablar en la lengua que nos venga en gana, surge el problema de cómo conseguirlo. En este sentido puedo contar una anécdota que creo que es muy significativa:

            Hará cosa de un par de años me encontré con una antigua alumna en la Universidad de Coruña. Esta alumna procedía del medio rural y yo le di clase en un instituto en el que no se oía una sola palabra en español. No era una opción política, sino que su lengua materna era el gallego y los alumnos no se sentían cómodos hablando en castellano. Repito que no era una cuestión política. En alguna ocasión, como soy profesor de lengua castellana, les pedía que intentasen hablar en castellano, aunque fuese sólo durante la hora de clase. La respuesta era unánime e inamovible: No. Sin embargo, repito que no era una opción política. Cuando hace años, tuve que dar la clase de tutoría en gallego, ellos mismos me pidieron que lo hiciese en castellano, aunque ello contraviniese la ley, porque era evidente que mi expresión en gallego resultaba forzada. Pues bien, años después, me encontré a una de estas alumnas en la Universidad, en Coruña, donde el castellano es la lengua dominante. Y cuál sería mi sorpresa cuando esta chiquita, en presencia de todos sus nuevos compañeros de clase, se dirigió a mí en castellano. Es evidente que no eligió en libertad. Las presiones sociales y los prejuicios la coartaron. Lo lógico, por tanto, sería implementar políticas de discriminación positiva para que los gallego hablantes no vean coartada su libertad porque, como es lógico deducir, la libertad no se ve menoscabada sólo por la prohibición o la represión directa, sino que, con mucha más frecuencia, es la ley no escrita la que rige nuestros comportamientos. Sin embargo, estas políticas de discriminación positiva que llevaron a cabo los miembros del gobierno bipartito que estuvo al mando de Galicia desde 2005 a 2009 hicieron que un alto porcentaje de la población urbana gallega se sintiese agredida en sus derechos de castellano hablantes. Prueba de ello es que el partido conservador recuperó la mayoría en las capitales de provincia, tradicionalmente castellano hablantes, con una única propuesta electoral: que dejaría escoger a los padres el idioma en que se educaría a los niños en las escuelas. Apenas se habló de economía, el medio agrario o política marítima, tan importantes para Galicia. El tema se centró única y exclusivamente en la lengua. El partido conservador excitó a las masas urbanas que se sentían discriminadas en su condición de hablantes de castellano y ganó con una mayoría absoluta arrolladora. Por supuesto, el partido conservador no cumplió su promesa electoral. Se limitó a pasar una encuesta a los padres y siguió con una educación uniforme para todos los alumnos, eso sí, disminuyendo el número de horas impartidas en gallego en favor del castellano y el inglés. Pero ese es otro tema. El caso es que las políticas de discriminación positiva para preservar los derechos de los gallego hablantes hicieron que gran parte de la población se sintiese descontenta.

            La solución a un problema como el que acabo de enunciar y a otros similares, como podría ser la libertad de culto o el acceso al trabajo de las poblaciones de origen inmigrante pasa, como es lógico, porque los poderes públicos ejerzan con responsabilidad, dialoguen y todos cedan para llegar a un acuerdo. Desgraciadamente, en el sucedáneo de democracia que tenemos a los partidos les importa bastante antes detentar el poder que el gobierno responsable de los ciudadanos y no dudan en hacer campañas manipuladoras, llenas de medias verdades, cuando no de mentiras flagrantes, para ganar las elecciones.