martes, 20 de febrero de 2024

Ética sofística


LA VUELTA DE LOS SOFISTAS – Crítica


















    

   Si por algo son conocidos los sofistas es por la archiconocida máxima de Protágoras de que el hombre es la medida de todas las cosas. Las fuentes que explica con mayor detenimiento estas doctrinas son los diálogos platónicos Teeteto y Protágoras. Protágoras concibe el mundo físico en continuo flujo, donde las percepciones son resultado de emisiones y adiciones continuas. Protágoras sigue a Heráclito cuando sostenía que nada es en sí y por sí mismo, sino que todas las cosas surgen un su diversidad a partir del movimiento. Esto lleva a Protágoras a afirmar que las percepciones individuales no pueden ser todas verdaderas, ya que la realidad es un devenir constante sin una sustancia inmutable.1En consecuencia, cada individuo se convierte en el árbitro subjetivo de la realidad, donde las cosas son como a cada uno le parecen. No existen verdades universales. Cada ser humano percibe la realidad de una forma distinta y ninguna percepción es superior o más verdadera que otra. No hay verdades fuera de la sensación y de la opinión. Nuestras apreciaciones son subjetivas y sólo valen para nosotros mismos.2


   Aunque Protágoras es el más conocido relativista de todos los sofistas, no es único que defendió esta teoría. Gorgias defiende una doctrina de la percepción similar, donde los objetos emiten efluvios materiales que llegan a través de los sentidos.

  Ni tampoco fue Protágoras el primero en defender una idea tal. Poetas como Simónides marcan el comienzo de una transición donde el poeta deja de ser considerado como un maestro de verdad para convertirse en un creador de ilusiones, un artífice. Para Simónides la palabra es la imagen de la realidad. En este sentido, Simónides defiende al ambigüedad de las palabras y desarrolla una teoría de la dóxa, lo que anticipa lo dicho por Protágoras en los diálogos platónicos.3

 

   Con frencuencia se ha acusado a los sofistas de inmoralismo. El razonamiento es el siguiente: si no existe una verdad objetiva, tampoco existe el bien y el mal universales. Que una acción sea buena o mala depende de la persona que la juzgue. Por tanto, no hay una moral universal. Cada cual es libre para hacer lo que le plazca.

   Es cierto que los discípulos de los primeros sofistas sí cayeron de una forma u otra en el inmoralismo.


   Trasímaco, en el libro I de la República de Platón, sostiene las leyes, que no dejan de ser la manifestación de la justicia, simplemente defienden los intereses de los más fuertes que, en este caso, son los gobernantes que detentan el poder. Trasímaco argumenta que lo justo es lo que conviene al gobierno establecido, y dado que el gobierno tiene el poder, lo justo es lo que beneficia al más fuerte.


¿No hace leyes cada uno de ellos en ventaja suya, el gobierno del pueblo leyes populares, la tiranía leyes tiránicas y así los demás? Una vez hechas estas leyes, ¿no declaran que la justicia para los gobernados consiste en lo conveniente para ellos? ¿No se castiga a los que las traspasan como culpables de una acción injusta? Aquí tienes mi pensamiento. En cada Estado la justicia no es más que la conveniencia del que tiene la autoridad en sus manos y, por consiguiente, del más fuerte. De donde se sigue, para todo hombre que sabe discurrir, que la justicia y lo que es conveniente al más fuerte en todas partes y siempre es una misma cosa. (…) El que gobierna, considerado como tal, no puede engañarse; lo que ordena es siempre lo más ventajoso para él, y eso mismo es lo que debe ejecutar el que a él está sometido. Por lo tanto, es una verdad, como dije al principio, que la justicia consiste en lo que es conveniente para el más fuerte.1

   Por eso, la injusticia es mejor que la justicia porque beneficia al individuo.

Estás tan adelantado acerca de lo justo y de lo injusto, que ignoras que la justicia es en realidad un bien ajeno, conveniencia del poderoso que manda, y daño para el súbdito, que obedece; que la injusticia es lo contrario, y ejerce su imperio sobre las personas justas, que por sencillez ceden en todo ante el interés del más fuerte, y sólo se ocupan en cuidar los intereses de éste abandonando a los suyos. (...) Tan cierto es, Sócrates, que la injusticia, cuando se la lleva hasta cierto punto, es más fuerte, más libre, más poderosa que la justicia, y que, como dije al principio, la justicia es la conveniencia del más fuerte, y la injusticia es por sí misma útil y provechosa.2


   Glaucón retoma la doctrina de Trasímaco en el libro II de la República. Glaucón dice que las personas aceptan la ley por miedo a salir perjudicadas. En el mundo de Glaucón todos actuarían injustamente si pudieran hacerlo impunemente. Lo único que nos hace aceptar la ley es el miedo al castigo. En ausencia de control, la naturaleza egoísta prevalecería sobre la igualdad impuesta por la ley.


Se dice que es un bien en sí cometer la injusticia y un mal el padecerla. Pero resulta mayor mal en padecerla que bien en cometerla. Los hombres cometieron y sufrieron la injusticia alternativamente; experimentaron ambas cosas, y habiéndose dañado por mucho tiempo los unos a los otros, no pudiendo los más débiles evitar los ataques de los más fuertes, ni atacarlos a su vez, creyeron que era un interés común impedir que se hiciese y que se recibiese daño alguno. De aquí nacieron las leyes y las convenciones. Se llamó justo y legítimo lo que fue ordenado por la ley. Tal es el origen y tal es la esencia de la justicia, la cual ocupa un término medio entre el más grande bien, que consiste en poder ser injusto impunemente, y el más grande mal, que es el no poder vengarse de la injuria que se ha recibido. Y se ha llegado a amar la justicia, no porque sea un bien en sí misma, sino en razón de la imposibilidad en que nos coloca de cometer la injusticia. Porque el que puede cometerla y es verdaderamente hombre no se cuida de meterse en tratos para evitar que se cometan o sufran injusticias, y sería de su parte una locura. He aquí, Sócrates, cuál es la naturaleza de la justicia, y he aquí en dónde se pretende que tiene su origen.3

   No está claro que Calicles sea un sofista4, ni siquiera que no sea una invención de Platón5, pero lo que deja clara su intervención en la República, es lo que ciertos discípulos de Gorgias y Protagóras defendían.


   Sea como sea, Calicles y Trasímaco no son los únicos que defienden posturas inmoralistas. Antifón en Sobre la verdad dice que la justicia es obedecer la ley y que ésta con frecuencia va en contra de los intereses del individuo.


La justicia consiste en no transgredir las normas legales vigentes en la ciudad de la que se forma parte. En consecuencia un individuo puede obrar justamente en total acuerdo con sus intereses, si observa las grandes leyes en presencia de testigos. Pero si se encuentra solo y sin testigos, su interés reside en obedecer a la naturaleza.6


  Pero que estos discípulos hayan tenido tendencias inmoralistas, no quiere decir que la acusación pueda extenderse a toda la sofística. Entre la primera generación de sofistas a la que pertenecían Gorgias o Protágoras y sus seguidores como Trasímaco o Antifón se da una transición de la teoría a la práctica, lo que deriva en estas posturas un tanto simplistas. Los discípulos simplifican y banalizan las doctrinas de sus maestros, que, al ser examinadas de cerca, revelan un profundo respeto por la moral al defender los valores morales y la virtud7. Según Romilly fueron los atenienses que, por culpa de la guerra, retorcieron las ideas de los sofistas para justificar sus acciones bajas. Los atenienses de la época, influenciados por las pruebas de la guerra, agravaron y deformaron las tesis de los sofistas para utilizarlas como armas y coartadas. Esta utilización partidista e interesada hizo que perdieran de vista las perspectivas originales de las doctrinas. Fueron, por tanto, las pasiones de los ambiciosos los que se centraron sólo en el inmoralismo.8


   Gorgias en su Elogio de Helena se hace cargo del carácter ambiguo y peligroso de la retórica. Puede usarse o puede llevar a despreciar lo justo y la verdad. Pero eso no convierte a Gorgias en inmoral. Que la retórica pueda usarse para el mal, no quiere decir que esto esté bien9. Gorgias en el diálogo platónico que lleva su nombre dice que retórica es como un arma. Puede usarse para el bien o para el mal. El problema no es el arma, sino para qué la uses. El problema está en el individuo. Dice Calvo Martínez al respecto:


A Gorgias, por su parte, lo que de verdad y prioritariamente le interesa es el dominio del instrumento y no el uso que sus discípulos puedan hacer de él. Estos serán los responsables del uso —bueno o malo— que hagan de la retórica.10


   De la misma opinión es Melero Bellido cuando afirma:


En el Gorgias platónico el sofista, acuciado por Sócrates, admite que efectivamente la retórica sofistica puede servir para el bien o para el mal. Pero añade que, en su caso, es el sentido y el respeto por la justicia lo que puede aprenderse.11

   Tampoco puede decirse que Protágoras fuese un inmoralista. Protágoras no reemplaza lo falso con lo verdadero, sino la opinión más débil por la más fuerte. Esto no quiere decir que para Protágoras todas las acciones estén al mismo nivel moral. En reiteradas ocasiones Protágoras habla de justicia -lo que no es inmoralismo-. En su opinión, la sociedad surge del pacto que hacemos los seres humanos para vivir mejor. Protágoras, en el diálogo platónico que lleva su nombre, sostiene que la cultura es una creación necesaria para satisfacer las demandas básicas y facilitar la convivencia. El nomos o ley es el pacto social que ejerce de freno necesario frente a las actitudes naturales agresivas, y afirma que es ventajoso para todos, reflejando así un profundo respeto por la ley.12


  Protágoras es relativista, pero que todas las opiniones sean verdaderas, no quiere decir que todas sean iguales. Hay unas más útiles que otras. Y las útiles son las que debe seguir la Asamblea y debe hacer sus leyes de acuerdo a ellas. Y estas leyes no se hacen por medio de la violencia, sino por la persuasión. Esta preocupación por el estado y la no violencia no es en absoluto un signo de inmoralismo.13


   Y no fue Protágoras el único que se preocupó por el estado. Los sofistas se presentaban a sí mismos como maestros de la virtud enfocada a convertirse en buenos ciudadanos. El propoio Antifón también fue un humanitarista, que defendía la igualdad de todos los hombres14 y la concordia desde cuyo ideal denuncia las insuficiencias del ordenamiento jurídico15.


   Los sofistas, lejos de ser inmoralistas, se mostraron como unos filósofos tolerantes que abogaban por el pacto social para vivir mejor. Para ello es necesario interiorizar que uno no posee la verdad absoluta como sucede con el conocimiento religioso o con Platón, uno de sus mayores vilipendiadores. Si, como decía Protágoras, el hombre es la medida de todas las cosas, todas las cosmovisiones son válidas y por ello hay que llegar a un consenso que nos permita vivir a todos lo mejor posible. En este sentido, no creemos que los sofistas fuesen inmoralistas, sino más bien abogaban por una nueva moral tolerante fruto del pacto social. Por eso estamos de acuerdo con Melero Bellido cuando sostiene que crearon una nueva moral democrática.


...este relativismo moral, teóricamente fundamentado, los sofistas contribuyeron a poner las bases de lo que llamaríamos hoy una moral democrática, basada en la convicción de que la arete (virtud) no es una cualidad innata, dependiente del nacimiento y la estirpe, sino un conjunto de saberes y de valoraciones que puede ser enseñado y ejercitado en la vida colectiva. Con su aguda crítica los sofistas no cuestionaron tanto el orden establecido, cuanto los valores sobre los que este orden se mantenía. Sus análisis sobre la justicia, lo justo, la equidad, la ley o la legitimación del poder contribuyeron en no pequeña medida a elevar los estándares de moralidad en la Atenas clásica.16


  Lo que hicieron los sofistas fue sutituir el concepto de verdad por el de utilidad y a partir de ahí crear una moral tolerante democrática.17 Esto no quiere decir que todos los sofistas fueran demócratas. Muy al contrario, algunos fueron oligárquicos18. Pero su hábito de cuestionarlo todo llevó a que la experiencia humana fuese la única verdad19, y esto fue una auténtica revolución con respecto al dogmatismo de la etapa religiosa anteior. Después de los siglos religiosos de verdad absoluta, decir que el hombre era la medida de todas las cosas, con la consiguiente tolerancia hacia las opiniones diferentes que acabamos de demostrar, era realmente revolucionario20. 

BIBLIOGRAFÍA

 

Calvo Martínez, T. De los sofistas a Platón. Política y pensamiento. Madrid, Cincel, 1989.

Fraile, G. Historia de la Filosofía I. Grecia y Roma. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos.

Gorgias, Elogio de Helena. En Discurso_Gorgias.pdf (iesmiguelservet.es).

Gorgias, Sobre el no ser. Bogotá, Ediciones Uniandes, 2014.

Gorgias, Sobre el no ser. Estudio introductorio, traducción y notas de Sergio Ariza, Bogotá, Ediciones Uniandes, 2014

Jaeger, W. Paideia: los ideales de la cultura griega. México, Fondo de Cultura Económica, 2001.

Marrou, H. I. Historia de la Educación en la Antigüedad, Madrid, AKAL, 2004.

Melero Bellido, A. Sofistas. Testimonios y Fragmentos. Madrid, Gredos, 1989.

Platón, Crátilo o del lenguaje, Madrid, Trotta, 2002.

Platón, La República o el Estado. En republica (um.es)

Platón, Protágoras, Oviedo, Clásicos El Basilisco, 1980.

Romilly, J. Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles. Una enseñanza nueva que desarrolló el arte de razonar. Barcelona, Seix Barral, 1995.

Samaranch Kischner, F. “Protágoras y el enunciado del hombre medida”, en https://revistas.uned.es/index.php/endoxa/article/view/4839/4659.

Zeller, E. Sócrates y los sofistas. Buenos Aires, Editorial Nova, 1955.

 

1Cfr. Platón, La República o el Estado. En republica (um.es) , p. 33.

2Platón, Op. Cit. pp. 36-37.

3Platón, Op. Cit. p. 47.

4Cfr. Calvo Martínez, T, Op. Cit. pp. 83-84; Fraile, G, Op. Cit. p. 234; Romilly, J. Op. Cit. p. 126.

5Cfr. Calvo Martínez, T, Op. Cit. p. 84; Fraile, G, Op. Cit. p. 234.

6Antifonte, Sobre la verdad, en Melero Bellido, A. Op. Cit. pp. 357-358.

7Cfr. Melero Bellido, A. Op. Cit. p. 42.

8Cfr. Romilly, J. Op. Cit. p. 164.

9Cfr. Romilly, J. Op. Cit. p. 78.

10Calvo Martínez, T, Op. Cit. p. 97.

11Melero Bellido, A. Op. Cit. p. 43.

12Cfr. Calvo Martínez, T, Op. Cit. pp. 79-81; Melero Bellido, A. Op. Cit. p. 39.

13Cfr. Calvo Martínez, T, Op. Cit. pp. 91-93.

14Cfr. Fraile, G. Op. Cit. p. 234.

15Cfr. Calvo Martínez, T, Op. Cit. pp. 86-87.

16Melero Bellido, A. Op. Cit. pp. 44-45.

17Cfr. Romilly, J. pp. 191 y ss.

18Cfr. Romilly, J. pp. 193 y ss.

19Cfr. Romilly, J. pp. 24-25.

20Cfr. Romilly, J. p. 93.

 

1Cfr. Samaranch Kischner, F. “Protágoras y el enunciado del hombre medida”, en https://revistas.uned.es/index.php/endoxa/article/view/4839/4659.

2Cfr. Calvo Martínez, T. Op. Cit. pp. 89-90; Fraile, G. Op. Cit. p. 230; Melero Bellido, A. Op. Cit. pp. 30-35; Romilly, J. Op. Cit. p. 93; Zeller, E. Op. Cit. 56.

3Cfr. Melero Bellido, A. Op. Cit. pp. 30-35.

Ética antes de los sofistas

 

Sociedad homérica - Historia Antigua de Europa - YouTube

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Para los griegos, todo tiene un fin. La virtud, conocida como areté, se define como alcanzar ese fin. Se puede observar una ética teleológica y una ética del éxito en su pensamiento. Heráclito sostiene que la guerra es el estado natural del hombre. En la sociedad prefilosófica, las virtudes eran heredadas y dependían del reconocimiento de los demás.

  En la sociedad homérica, la bondad de un hombre se define por su cumplimiento de la función social asignada. La palabra precursora de "bueno", agathos, se emplea como un atributo para describir a un noble homérico virtuoso. Un noble virtuoso, por lo tanto, se caracteriza por ser valiente, majestuoso, hábil y afortunado, además de contar con la riqueza necesaria para disponer de ocio y desarrollar estas habilidades. El éxito también es un componente crucial.

  Sin embargo, el concepto de "bueno" para ellos difiere del nuestro, ya que abarca la valentía, habilidad, fortuna y éxito. Estas cualidades se reflejan en la conducta; basta con comportarse de cierta manera para ser considerado bueno. Su moral no se basa en un deber moral al estilo kantiano, sino en el desempeño de la función social asignada, lo que conlleva la posesión de virtud.

  Cuando un hombre no logra cumplir con su función, experimenta vergüenza, pues la moral está intrínsecamente ligada al orden social. Aquellos que no pertenecen a dicho orden, como los esclavos, quedan al margen del sistema moral y son tratados como objetos.

  Dado que se trata de una sociedad jerarquizada, las cualidades más valoradas están asociadas a la nobleza. La moral está íntimamente ligada a un sistema de funciones sociales, sirviendo como su apoyo.

  Todo esto se debe a la creencia en un orden cósmico que afecta tanto a los dioses como a los hombres.

 

domingo, 18 de febrero de 2024

Edward Slingerland. Borrachos

 



    La primera virtud de este libro es lo bien escrito que está. no hace falta hacer ensayos súperdifíciles de entender para parecer que que el contenido es mejor. Es un acto de cobardía. Te escondes detrás de la complejidad formal para no exponer tus ideas ante cualquier lector. No es el caso de Borrachos, el libro de Slingerland. Es divertidísimo y muy fácil de leer. 


  Critica las teorías evolucionistas sobre el alcohol. 

 Según estas teorías, masturbarse, comer chocolatinas o emborracharse son errores desde un punto de vista evolutivo. 

   Hay dos teorías evolucionistas sobre el consumo de alcohol:

  a) Engañamos a nuestro cuerpo para obtener beneficio. A estas teorías les llama del pirateo.

  El orgasmo es el premio que tenemos cuando cumplimos con nuestro deber evolutivo, que es reproducirnos. Masturbarse es desperdiciar el semen. 

  Con el alcohol sucede lo mismo. En lugar de obtener una gratificación hormonal por haber conseguido algo, lo obtenemos intoxicándonos ligeramente con alcohol. 

  b) Es una supervivencia de una adaptación evolutiva de otro tiempo que hoy en día ya no nos hace falta. Incluso es nociva. 

  El placer por comer algo dulce es porque es mucho más calórico y, durante millones de años de evolución, el ser humano ha pasado hambre. Si había que escoger, era mucho más eficiente quedarse con comida altamente calórica. Por eso la comida calórica es mucho más rica. Pero ahora ya no nos hace falta. El placer por comer azúcar es una supervivencia de una adaptación pasada.

  Y con el alcohol pasa más o menos lo mismo que con el azúcar, con la diferencia de que el perjuicio para la salud de emborracharse es mucho mayor que el de comer una chocolatina. 

  A Slingerland estas teorías no le convencen porque la evolución es mucho más rápida de lo que parece. Los humanos nos adaptamos a beber leche de adultos en un par de miles de años. Si el alcohol no tuviese más que perjuicios, nos habríamos adaptado rápidamente a rechazarlo. Y no es así. No solo no es así, sino que en prácticamente todas las culturas del mundo se han consumido de una forma u otra sustancias que nos colocan. Allí donde no se consume alcohol, se toma ayahuasca, peyote, sapo alucinógeno, marihuana, etc... 

  Y el alcohol es la sustancia reina a la hora de colocarse. Es la más consumida de largo.

  Por qué:

  Según él, colocarse con alcohol tiene una función social fundamental. No sólo sirve para relajarse, sino también lubrica las relaciones sociales. Facilita las relaciones, tanto sexuales como de amistad.

  A continuación da muchísimos ejemplos de por qué el consumo de alcohol no puede explicarse desde una perspectiva evolucionista. 

   Las siguientes páginas están dedicadas a demostrar que el ser humano no puede entenderse solo desde un punto de vista biológico. Lo que nos hace específicamente humanos es la capacidad de aprender, es decir, la cultura. Para eso nacemos, a diferencia de la mayoría de los animales, con el cerebro vacío, como un disco duro sin información. A medida que socializamos, lo vamos llenando con información cultural. Aprendemos a hacer cosas, a pensar e incluso a sentir. Los humanos transformamos la Naturaleza con nuestra energía creativa y sin el producto de esta transformación -la cultura y los artefactos que de ella se derivan- no podríamos sobrevivir. 

  Sintetiza nuestra dependencia y, al mismo tiempo, la inmensa aportación de la cultura a la naturaleza humana en lo que él denomina las tres cs. Confianza, Creatividad y Cultura. 

  Por confianza entiende la necesidad que tenemos los humanos de cooperar unos con otros. Sin la cooperación, no sobreviviríamos, pero, al mismo tiempo, la cooperación nos permite alcanzar cotas de conocimiento y actuación impensables para un animal no cooperativo. 

   Cultura es todo lo aprendido. El ser humano nace con el cerebro vacío y lo va llenando de información por un periodo muchísimo más largo que otros animales. Esto, aunque amplía mucho el tiempo de dependencia del humano de sus progenitores y mayores, nos permite una mayor capacidad de acumulación de información útil. 

  Creatividad es la capacidad que tenemos de hacer cosas nuevas a partir de lo aprendido. No nos limitamos a almacenar información, sino que la procesamos y a partir de ella creamos nueva información útil. 

  Estas tres características se dan especialmente durante la infancia. En la adultez las vamos perdiendo poco a poco por una cuestión puramente práctica. No podemos ser tan confiados como los niños, no podemos estar todo el día creando juegos, etc... Sin embargo, tampoco perdemos por completo estas facultades. 

  El alcohol tiene tanto éxito porque gracias a sus cualidades psicotrópicas permite recuperar durante un breve periodo de tiempo estas facultades infantiles. Relaja, ayuda a socializar, nos hace jugar haciendo bromas tontas, etc... 

  Es mucho mejor que la cocaína o el LSD porque el alcohol provoca euforia, reduce la ansiedad, desinhibe, tiene efecto sedante... todo a la vez, mientras que otras drogas solo  provocan uno o dos de estos estados de ánimo. Además, los riesgos tanto físicos como mentales son menores. 

  De acuerdo con el autor, el consumo de alcohol desempeñó un papel fundamental en la aparición y desarrollo de las culturas. Las asociaciones humanas se basan, en gran parte, en la confianza entre sus integrantes. El alcohol ayuda gracias a sus efectos. En general se cree que el alcohol provoca que el consumidor sea sincero, por lo que no se sospecha que mienta con intenciones torticeras o vaya a hacer trampas. 

  Asímismo, el alcohol contribuyó a la cohesión de grupo. Combinado con los movimientos repetitivos durante los rituales, ayuda a entrar en éxtasis, la desaparición del yo en el participante en el rito y su fusión con el todo y la comunidad. Esta propiedad del alcohol fue utilizada por los poderes políticos que gestionaban la producción y la distribución de alcohol para crear una comunidad política a su alrededor y a la creación de grandes monumentos a cambio de alcohol. Organizando rituales religiosos en los que se consumía alcohol, grandes masas de personas se desplazaban al lugar del ritual, trabajaban en la construcción de estos monumentos y participaban en el rito. 

  Una vez analizado el papel que jugó el alcohol en origen y desarrollo de la cultura, Slingerland se pregunta por qué seguir consumiendo alcohol en nuestra sociedad actual cuando: 

  No obstante, se podría decir que esto só lo tiene un interé s histórico. Es  ciertamente posible que ya no necesitemos que los intoxicantes nos sigan haciendo todo este trabajo. Por ejemplo, ahora disponemos de otras formas de reducir el estrés y mejorar el estado de ánimo: la televisión e internet, o los antidepresivos, podrían servir igual de bien que unas pintas de cerveza, en ese aspecto. Tal vez sean incluso mejores. Los sistemas bancarios modernos y un fuerte Estado de derecho nos hacen depender menos de los apretones de mano y de tener que fiarnos de los ademanes de la gente. Ahora se pueden financiar grandes proyectos públicos con el dinero de los contribuyentes y que sean ejecutados por profesionales capacitados y sobrios a cambio de un salario y beneficios sociales. Y puede que, en un mundo globalizado, nos convenga dejar atrás la consolidación y monopolización del poder por parte de las élites nacionalistas. 

  Éstas son todas observaciones razonables. Las nuevas tecnologías, unos fármacos menos nocivos y más específicos y las instituciones modernas tienen formas de proveer muchos de los beneficios funcionales que históricamente han proporcionado los intoxicantes, pero sin la parte desagradable.

  A pesar de estas objecciones, Singerland sostiene que el el consumo de alcohol tiene beneficios en nuestra sociedad. En esta parte del libro, realmente aporta poco más que lo que nos había contado hasta ahora. Los beneficios del alcohol para nosotros son más o menos los mismos que los que dieron origen y desarrollaron las primeras sociedades:

   Beber en sociedad con moderación une a las personas, las
mantiene conectadas con sus comunidades y engrasa el intercambio de información y el establecimiento de contactos. A nosotros, simios sociales, nos resulta muy difícil prescindir de ello, tanto a nivel personal como comunitario.

  Además favorece las relaciones sexuales porque nos hace ganar seguridad porque tenemos una mejor percepción de nosotros mismos y además nos desinhibe.

  Y fomenta la creatividad, no solo porque favorece el intercambio de ideas entre personas, sino porque, según él, estar un pelín colocados ayuda. 

  Los actuales festivales de raves y carnavales reflejan una reminiscencia de las antiguas celebraciones religiosas, donde la individualidad se disuelve en favor de la comunión colectiva. Estas festividades contemporáneas ofrecen un espacio donde las personas abandonan temporalmente su sentido de identidad individual para sumergirse en la experiencia comunitaria, creando así una sensación de conexión y pertenencia que resuena con las prácticas ancestrales de celebración y devoción compartida.

    En nuestra sociedad actual, parece haberse desvanecido la apreciación por lo dionisiaco, donde el placer por el placer mismo se considera cuestionable. En lugar de eso, prevalece una tendencia a medicalizar todo, con un énfasis particular en todo lo que contradice la salud. Nos parece bien que la gente se relaje haciendo yoga o deporte pero, si lo hace bebiendo, lo condenamos moralmente.

  Además, otro motivo para descartar lo dionisiaco y estigmatizar la embriaguez por placer radica en la división entre el cuerpo y el alma, una dicotomía que ha influido en la percepción de tales experiencias como negativas o moralmente censurables.

   El lado oscuro del alcohol:

   El alcoholismo es un problema para las personas, sus familias y la sociedad. Si hace tanto tiempo que bebemos alcohol, cómo es que no hemos evolucionado genéticamente para rechazar el alcoholismo. 

  Singerland cree que la cultura juega un papel fundamental en el alcoholismo. Pone como ejemplo los países del sur de Europa donde se bebe moderadamente en las comidas pero, al mismo tiempo, no está bien visto beber solo y ser visto borracho en público. Opone estas culturas a las del norte de Europa, que son justo lo contrario. En este sentido, Singerland habla de medidas correctoras culturales para evitar el alcoholismo. 

   El autor cree que hubo dos avances técnicos y culturales que fomentaron el desarrollo del alcoholismo: la aparición de los licores destilados con mucha graduación y la posibilidad de beber a solas, fuera de ceremonias o espacio/tiempos de socialización. 

   Los destilados son muy jóvenes en términos evolutivos. Apenas tienen 500 años. Estas bebidas permiten conservar mucho tiempo el alcohol y consumir grandes cantidades de alcohol en poco tiempo. Esto favorece el aislamiento y alcanzar niveles de intoxicación alcohólica impensables con vino o cerveza -sobre todo con la cerveza y el vino primitivos, que rondaban los 2 o 4 grados-. 

    Las culturas tradicionales tenían todo tipo de rituales que impedían beber a solas y obligaban a beber lentamente, con lo que era extraño que alguien se cogiese una melopea bien gorda. Hoy en día, en Occidente, basta con ir al supermercado, comprar una botella de vodka o wisky, ir a casa y bebérsela. 

   El final del libro está dedicado a señalar los problemas del consumo de alcohol fuera de los controles culturales: alcoholismo, accidentes, agresividad, etc... y propone algunas formas de actuación para evitar estos problemas.