lunes, 1 de enero de 2018

Antropología de la Navidad.




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    Este post no pretende ser un análisis exhaustivo de la Navidad. Para empezar, porque para hacerlo sería necesario una tesis doctoral. Pero mis clases de antropología surgen de la voluntad de responder a por qué hacemos lo que hacemos, y estas fechas se prestan a preguntarnos por qué actuamos así en Navidad. En consecuencia, ahí va una aproximación antropológica a la Navidad. 

    Alrededor de esta celebración hay varios puntos que creo que son interesantes:

 En primer lugar está la parte estrictamente religiosa. Originalmente la Navidad era una fiesta en la que se celebraba el nacimiento de Cristo. El 25 de Diciembre del año 1 es cuando se supone que vino al mundo el hijo de Dios para redimirnos de nuestros pecados y, a partir de ahí, empieza la era cristiana. Durkheim, uno de los padres de la sociología, sostenía que la religión es la sociedad adorándose a sí misma. Con esto quería decir que las religiones codifican en forma de símbolos los valores de la sociedad. Adorando esos símbolos, los individuos aceptan como sagrados, es decir, como una verdad indiscutible más allá de cualquier razonamiento, los valores de su sociedad. En este sentido, la religión es un eficacísimo mecanismo para perpetuar los sistemas sociales. En el caso de la Navidad, celebramos el nacimiento de Cristo y, asociado a él, todos los valores que se le suponen al catolicismo, como la caridad, el perdón y todo eso. 


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    En segundo lugar, me llama la atención la cantidad de comidas y cenas que tienen lugar durante la Navidad. Hay una cena el 24 de Diciembre, una comida el 25, otra cena y otra comida el 31 de Diciembre y el 1 de Enero respectivamente, y, por si no ha sido suficiente, el seis de Enero hay quien también come fuerte. Se me ocurren dos razones para esta acumulación de comidas opíparas:

    a) Hasta hace muy poco en Occidente se pasaba hambre. Y en la mayor parte del mundo aún es así. En tales circunstancias, comer, y comer mucho y bien, se experimenta con júbilo. De ahí que cualquier fiesta, fuese la que fuese, llevase asociada una ingesta desproporcionada de calorías. Esto no es exclusivo de la Navidad, pero también le afecta a ella. No hay fiesta señalada que no se celebre con una buena pitanza. 


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    b) Las comidas son un símbolo y un mecanismo de cohesión social. Me cito a mí mismo:

 Hay pocas cosas más importantes para la existencia humana que la comida -quizá dormir-. No estoy hablando de regalarse el paladar en un restaurante más o menos finolis, sino de la necesidad básica de alimentarse. Sin comida nos morimos, y eso algo instintivo que sabemos desde el nacimiento.

   Esto nos puede parecer una chorrada, pero durante el 99% de la historia de la humanidad la actividad principal de nuestra especie fue conseguir comida. Hoy en día basta con acercarse al supermercado de la esquina y gastarse unos cuantos euros, pero hasta hace nada los seres humanos pasábamos hambre y con frecuencia nos moríamos por esta causa -en gran parte del planeta aún sigue siendo así-. Comer juntos, compartir la comida, supone controlar nuestro instinto de supervivencia. Renunciamos a nuestra comida en favor de otros miembros de un grupo con los que hemos establecido lazos afectivos en un gesto supremo de amor. Quizá hoy en día en occidente las circunstancias no sean tan extremas, pero esto no quita que después de millones de años esta relación con la comida ha quedado grabada en nuestra idiosincrasia.

    De todo esto se desprende que las comidas navideñas son mucho más que ingesta de calorías. Son el símbolo de un grupo humano cerrado, cohesionado por los lazos afectivos.

    Este mismo proceso simbólico es el que se da, por ejemplo, en las comidas de negocios. Dos personas que cierran un negocio alrededor de una mesa, están reforzando simbólicamente su nuevo pacto compartiendo la comida.

    Dado que la familia es el pilar sobre el que se funda la sociedad burguesa, no de extrañar que durante la fiesta más importante del año, se repitan varias comidas que expresan y refuerzan los lazos de esa unidad familiar. 


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     En tercer lugar, resulta muy interesante el intercambio de regalos en Navidad y/o el día de Reyes. Desde el análisis del kula de Malinowski, en antropología el estudio del intercambio de dones en sociedades no occidentales es un clásico. Por encima de las diferentes explicaciones dadas a esas costumbres, hay una constante en todas: el intercambio de regalos crea obligaciones y estas deudas contribuyen a la cohesión social.  Marcel Mauss, en su Ensayo sobre el Don, decía que el acto de regalar engrandecía al donante, al tiempo que implicaba relaciones correspondencia y hospitalidad, protección y asistencia mutuas. 

    Antes de continuar con la explicación de los regalos navideños como forma de cohesión social, me gustaría dejar claros los conceptos de discurso público y discurso oculto. 

    El discurso público es aquello que las personas expresan y pueden expresar públicamente sin correr el riesgo de ser censuradas. Este discurso es el que expresa los valores idealizados de la sociedad o, lo que es lo mismo, expresa cómo le gusta a la sociedad verse a sí misma. 

    Por el contrario, el discurso oculto es aquel que no puede expresarse ante los demás. Es lo que las personas realmente piensan y sienten y solo se lo reconocen a ellos mismos o, en el mejor de los casos, a sus allegados más íntimos. Muchas veces el discurso oculto está tan oculto que opera a nivel inconsciente. 

    Así, por ejemplo, el discurso público de nuestra sociedad democrática occidental sostiene que todas las personas somos iguales y tenemos los mismos derechos. Casi nadie se atrevería a decir públicamente que las mujeres o los inmigrantes son inferiores a los hombres o a los europeos. Pero otra cosa muy distinta es lo que muchos dicen o sienten en la intimidad. No hace falta darle una paliza a una mujer para que el discurso machista oculto emerja. Convivimos a diario con miles de micromachismos -como dije el discurso oculto muchas veces opera de forma inconsciente-. Lo mismo sucede con los inmigantes. Tampoco hace falta apalear a un inmigrante para ser un racista. Desgraciadamente la vida también está llena de microrracismos. A casi nadie se le ocurriría decir en público que son una fuente de delincuencia, pero otra cosa es lo que se piensa. Cuando, por poner un ejemplo, oímos en la radio que ha habido una reyerta en tal o cual sitio y, si esa reyerta ha sido protagonizada por inmigrantes, en el fondo nos tranquilizamos porque, al fin a y al cabo, ha sido cosa de una gente que es distinta y, por tanto, la cosa no va con nosotros. 

     -Aquí me veo en la obligación de reconocer que en los últimos tiempos con el auge de Trump y la extrema derecha europea el machismo y el racismo están saliendo del discurso oculto, pero creo que con el ejemplo ha quedado clara la diferencia entre discurso público y discurso oculto-. 


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Alguien que no se corta en decir tonterías.

    Volviendo al tema de la Navidad, en el discurso público se supone que la persona donante lo hace por altruismo, porque estima a la persona receptora y que no espera nada a cambio. El regalo es una expresión de amor y generosidad hacia un ser querido. Sin embargo, es mucho más. Y lo es en el discurso oculto. Como decía Mauss, el don implica relaciones de correspondencia. Cuando uno hace un regalo, espera una contrapartida. No tiene por qué ser regalo de igual valor. Basta con que sea amor o agradecimiento. Sea como sea, recibir un regalo hace que la persona receptora contraiga una deuda simbólica. Y por medio de estas deudas simbólicas aumenta la cohesión social. De hecho, es significativo que el intercambio de regalos se dé sobre todo en el seno de la familia, de la que ya hemos dicho que es el pilar de la sociedad occidental. 


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    Lo de la contrapartida esperada, me lleva al siguiente aspecto. Normalmente no hacemos regalos a desconocidos, sino a gente de nuestro entorno afectivo. El regalo expresa simbólicamente la cercanía de la relación. Es un símbolo cuyo significado consiste en explicitar el grado de vinculación emocional que el donante siente hacia el receptor. De ahí la especulación con los regalos, sobre todo cuando la relación con esa persona no está del todo clara -una pareja con la que empiezas o compañeros de trabajo, por ejemplo-. Esto nos preocupa menos en el seno de la familia, donde las relaciones son asimétricas. Ahí el regalo no transmite tanto significado porque las relaciones familiares están muy claras. Un hijo pequeño no tiene por qué regalar nada a sus padres porque se da por sentado que el retoño ama tiernamente a sus progenitores. No es necesario que codifique este amor en forma de regalo. Y lo mismo sucede con los padres. Ellos sí tienen que hacer regalos, pero la naturaleza del regalo no es el resultado de la proximidad o lejanía afectiva. El regalo símbolo se llena de significado en las relaciones simétricas y que, al mismo tiempo, aún no están perfectamente definidas. Pongamos por ejemplo una pareja de novios adolescentes. Él le regala a ella un abrigo para la nieve que le cuesta quinientos euros y para el que tuvo que ahorrar seis meses, mientras que ella le corresponde con un cómic que le costó quince. Lo que esta interacción está dejando claro es que él la siente mucho más cercana que ella a él. 


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    La proximidad afectiva del regalo no se expresa solamente por el valor pecuniario del mismo, sino que también se espera que adecuemos el regalo a la persona receptora. Siguiendo con el ejemplo anterior, si, además de ahorrar durante seis meses, resulta que ella es una amante de los deporte de invierno, el novio está dejando claro que se preocupa por conocerla y, por tanto, que es importante para él. Si, por el contrario, resulta que jamás en su vida ha leído cómics, la distancia emocional expresada en el regalo de ella se multiplica. No sucedería lo mismo si fuese la novia la que dibujó personalmente el cómic para contar cómo fue su primera cita, refiriendo pequeños detalles de aquel acto.  

  Sea como sea, una relación no deja de ser un juego de poder, y este juego de poder se expresa simbólicamente en los regalos. 

    Durante las Navidades proliferan las reuniones sociales  al margen de la familia, como las cenas de amigos, las cenas de empresa o los cotillones de fin de año. La naturaleza de estas reuniones no difiere mucho de las que realizan el resto del año. Sirven para cohesionar los grupos, lubricar las relaciones sociales y facilitar momentos y espacios para encontrar compañeros sentimentales y sexuales. La única diferencia es que durante las Navidades estas reuniones se intensifican. 


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     Ya para terminar, me gustaría señalar que las Navidades, como las sociedades, cambian. Puede que hace años el componente religioso fuese el elemento principal de esta celebración. Sin embargo, en la medida que nuestra sociedad ha dejado de ser una sociedad religiosa, se ha ido perdiendo y ya son solo los curas y las personas mayores las que lo tienen presente. Por el contrario, el capitalismo de consumo cada vez tiene mayor protagonismo en estas fiestas. Para que la enorme rueda del capitalismo global funcione es necesario que consumamos sin parar. Si no lo hacemos, las empresas sufren, aumenta el desempleo, la economía entra en crisis y todo se viene abajo. Para evitarlo, hay que consumir -que quede claro que a mí esto me parece un disparate-. Hemos pasado de una sociedad religiosa a una sociedad de consumo, así que no es de extrañar que las Navidades se hayan convertido en la gran fiesta del consumo. Consumimos regalos, comida, alcohol, etc... de forma compulsiva. En este sentido, las Navidades se asemejan a las Rebajas o el Black Friday, oportunidades para que el consumo se intensifique. 


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    Pero esto no quiere decir que la Navidad deje de ser la sociedad adorándose a sí misma, como decía Durkheim de las religiones. El otro día estaba escuchando el programa del gran Javier del Pino. Broncano, el cómico, hizo un chiste acerca de la Navidad, diciendo que él proponía dejarse de rollos y celebrar las Navidades en grandes centros comerciales, con multitudes peregrinando a ellos. No sé si se lo había propuesto, pero lo cierto es que le salió una análisis antropológico de la Navidad. En el capitalismo de consumo los centros de peregrinación religiosa han dejado de ser las catedrales. Los nuevos santuarios son los centros comerciales. En ellos cumplimos nuestro deber de fieles/devotos consumidores y asumimos los valores de nuestra sociedad. Compramos, gastamos y haciéndolo nos adherimos a la moral de nuestro tiempo. Asumimos el "tanto tienes, tanto vales" y la correspondencia entre moral y dinero -explico esto aquí-. Así que lo de Broncano no sé si era un chiste o un fino análisis antropológico, porque lo cierto es que los centros comerciales de hoy en día son las iglesias de antaño. 
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Santuario contemporáneo.


    Además de estas costumbres, en Navidad hay otras muchas. Aunque no sea en Navidad, me encanta el huevo de Pascua, el simbolismo de enterrar un huevo, muerte y resurrección desde la madre Tierra como revivió el mundo con la venida de Cristo. Pero, como dije al principio del post, no puedo detenerme a analizarlas todas exhaustivamente porque necesitaría cientos de hojas. Me limito, por tanto, a aquellas que se practican asiduamente en mi entorno. 


viernes, 29 de diciembre de 2017

Foucault XI: El poder psiquiátrico.



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    El poder psiquiátrico es un curso dictado en el College de France entre los años 1973 y 1974. En él describe y opone los mecanismos de soberanía y disciplina. Parte de la destitución del rey Jorge por parte de un médico, en la que ve la sustitución del poder basado en la soberanía por un el poder disciplinario. 




    El poder soberano era:




    - Una relación asimétrica entre el soberano y sus súbditos. El soberano sustrae los productos y el trabajo de sus súbditos. Como contrapartida, hace un gasto, en forma de protección, por ejemplo. Pero estos gastos nunca son iguales que lo que recibe. 




     - Es frágil y puede acabarse en cualquier momento. 




    - Debido a su fragilidad, este poder tiene que justificarse de alguna manera. Para ello se basan en el pasado, en alguna victoria o conquista. Este acontecimiento se reactualiza en el presente por medio de las señales de respeto, las insignias, los blasones, etc... 




    - También debido a su fragilidad, tiene que recurrir a la violencia. 




    - Las relaciones de poder no son isotópicas, es decir, son heterogéneas. No son iguales y no pueden superponerse las relaciones entre el soberano con sus súbditos, que las del cura con los parroquianos y con el soberano, o las de los nobles con el soberano y los súbditos, etc...




     - El soberano está individualizado. No así los otros participantes en este relación. 




    Por el contrario, el poder disciplinario es:




    - Anónimo, sin nombre ni rostro. Está repartido entre varias personas. 

  
     - Se manifiesta en el carácter implacable de un reglamento. 



    - A difrencia de la soberanía, que sustraía el trabajo y su producto, la disciplina captura totalmente el cuerpo del individuo, sus gestos, su tiempo y su comportamiento. 




    - El poder disciplinario vigila constantemente, ya sea de forma directa, ya sea haciendo que el individuo sienta que en cualquier momento es susceptible de serlo. De este manera, los individuos nos convertimos en los vigilantes de nosotros mismos. 




    - El panóptico es el símbolo de este nuevo poder disciplinario. Las cárceles se diseñan de tal modo que los vigilantes puedan ver en cualquier momento a los presos sino que estos puedan verlos a ellos. De este modo el reo se siente permanentemente vigilado. 




    - Para conseguir la vigilancia perpetua, el poder disciplinario utiliza la escritura. Toda la información acerca de los individuos es registrada. 


    - Los dispositivos disciplinarios son isotópicos, es decir, cada uno tiene su lugar perfectamente determinado y unos se articulan en relación a los otros. Aquellos que no lo tienen, se les considera residuos. Por ejemplo, el enfermo mental. 



    - A diferencia de poder soberano, en el poder disciplinario la cima está despersonalizada, mientras que aquellos sobre los que recae el poder son individualizados por medio de la vigilancia y la escritura. 


    - El poder disciplinario se propone producir cuerpos útiles y dóciles sojuzgándolo. 



    Los dispositivos disciplinarios y los de soberanía convivieron durante mucho tiempo. 




    Los dispositivos disciplinarios nacieron con las comunidades religiosas y se extendieron entre los siglos XVI y XVIII. Esta expansión se produjo gracias a la colonización por parte del poder disciplinario de la juventud, de los pueblos colonizados -en concreto Foucault habla de los jesuitas de Perú- y de los mendigos, las prostitutas, los delincuentes, etc...  




    A finales del siglo XVII y en el siglo XVIII aparecen dispositivos disciplinarios que ya no son estrictamente religiosos. Son el ejército y los talleres. 




    La familia es el eje alrededor del cual se estructuran todos los dispositivos disciplinarios. Pese a lo que pueda parecer, a propia familia no es dispositivo disciplinario, sino de soberanía. En ella el padre -cabeza de familia- ejerce la función de soberano. A partir de este dispositivo de soberanía los individuos son adheridos a los sistemas disciplinarios. Cuando un individuo es rechazado de un sistema disciplinario por anormal, es devuelto a la familia, que, a su vez, decide si lo traslada o no a otro sistema disciplinario. 




    Cuando la familia no cumple esta función de distribución de los individuos a dispositivos disciplinarios, surge toda una nueva serie de dispositivos para ello. Estos dispositivos son los que permiten el desarrollo de las funciones psiquiátrica, psicopatológica, psicoanalítica, etc. 


    Cuando una persona quedaba fuera de la soberanía de la familia, se lo internaba en el psiquiátrico, donde se lo adiestraba y refamiliarizaba por medio de los sistemas disciplinarios. Así nace la psiquiatría clásica, que funcionó entre 1850 y 1930. 



    La psiquiatría se adueñó del discurso verdadero y, a partir de él, deducía la necesidad del asilo y del poder médico dentro de ella. 




    El aparato psiquiátrico no se hizo para curar, sino para ejercer un poder determinado sobre una determinada categoría de individuos. Este poder penetra profundamente, creando el deseo, provocando el pacer, produciendo el saber, por lo que resulta difícil librarse de él (Foucault, trad. 1999: 284). 




    El dispositivo de poder psiquiátrico funcionaba subyugando y domesticando a los locos. Para ello lo hacía depender del médico para que éste modificase su pensamiento vicioso. 


    En la clase del 23 de Enero de 1974 Foucault explica cómo la psiquiatría impone su poder por medio del juego de la verdad. Para Foucault la psiquiatría no es una terapeútica, sino un dispositivo de poder que impone su verdad. 

    El poder psiquiátrico tiene tres jtécnicas: el interrogatorio, la hipnosis y el uso de drogas. Por medio de ellas se logra que el individuo se ajuste a la norma y, al mismo tiempo, lo hacen aceptar que está loco, es decir, que no está dentro de la norma. 

    Foucault distingue dos tipos de verdades:

    a) la verdad demostrativa o científica, que es una verdad construida que depende del sujeto. Son verdades que se producen. 
    b) la verdad acontecimiento, que es una verdad que hay que encontrar y para ello se utilizan ciertos rituales. Son verdades que se descubren. La ciencia no descubre verdades, sino que las produce. Es el sujeto históricamente condicionado el que las el que las produce y les da estatus de verdad.

    La verdad acontecimiento arroja unas verdades que luego tienen que ser constatadas y demostradas por la verdad científica. Las ciencias nacen del recubrimiento de las verdades acontecimiento con las verdades demostrativas. 

     Desde el renacimiento, la verdad demostrativa se impone a la verdad acontemiento. De la mano de esta cambio, se limita el número de personas capaces de producir verdad. Son los filósofos, médicos, intelectuales, etc... que se supone que poseen los saberes calificados para producir tal verdad.  

    El saber psiquiátrico no puede fundarse como verdad porque no parte de una verdad acontecimiento. En este caso, el acontecimiento serían los síntomas. Pero la verdad psiquiátrica se sitúa antes, en si el individuo está o no está loco, entre la realidad y la irrealidad. La psiquiatría se formó siguiendo el modelo de la verdad demostrativa, pero es contradictoria con ella, ya que se sitúa en el límite entre verdad y mentira. El poder-saber psiquiátrico reside en que el psiquiatra produce la verdad. En el asilo es donde se realiza la locura. 

    Foucault le presta especial atención a las histéricas, ya que estas presentan los síntomas de la enfermedad, responden al funcionamiento de la institución asilar, responde a lo que quiere el poder psiquiátrico, pero se resiste a este poder porque se resisten al juego asilar. 

     



          

sábado, 16 de diciembre de 2017

Foucault X: Vigilar y castigar.

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    El tema de Vigilar y Castigar es la disciplina y los dispositivos disciplinarios, entendidos estos como "el conjunto de técnicas y procedimientos con los cuales se busca producir cuerpos políticamente dóciles y económicamente rentables"

    
    Para desarrollar este tema, Foucault hace, como siempre, una análisis histórico para demostrar como ha llegado a ser así. 



    La obra comienza narrando la ejecución pública de Damiens a mediados del siglo XVIII, en la que sometieron al reo a todo tipo de tormentos físicos. A continuación, como oposición a este modelo punitivo de suplicio del cuerpo, Foucault nos habla de la vida en una cárcel setenta y cinco años después.  Esta vida estaba muy pautada por unos horarios muy estrictos y regulados en los que los presos tenían que trabajar, comer, estudiar y rezar. Según Foucault, el primer modelo se preocupaba por el cuerpo de los individuos. El segundo se centra en el alma, a la que se llega por medio de control del cuerpo. 




   Frente al discurso oficial que sostiene que el paso de un modelo a otro se debió a la difusión de las ideas humanistas, Foucault sostiene que el cambio se debió a dos razones:




    a) La conciencia abstracta de ser castigado sustituye al concreto espectáculo del castigo físico. 




    b) Ya no se busca tanto castigar como curar y corregir conductas. 




   Así, el sistema judicial deja de preocuparse por la determinación del crimen para centrarse en el alma del delincuente. 




    De la mano de este cambio, los psiquiatras, psicólogos y peritos forenses pasan a formar parte del sistema judicial.  

  
    A finales del s.XVIII asistimos a un nuevo cambio. Foucault da dos razones:



    a) La tortura como forma de castigo estaba siendo cuestionada,ya que sus efectos con frecuencia eran contrarios a lo que se pretendía. El pueblo en unas ocasiones celebraba la resistencia del torturado y en otras se sublevaba contra un poder que también ejercía la brutalidad contra ellos. 




    b) El capitalismo empieza a ser el sistema dominante. En este sistema, se considera más importantes los delitos contra la propiedad y el fraude que los de sangre. Para prevenir el delito y evitar la reincidencia, era necesario castigar más y mejor. 




    De todo esto, Foucault extrae la idea apuntada en párrafos anteriores: el cambio en el sistema judicial no se debió a la influencia del humanismo, sino que emergió la sociedad capitalista. Esta nueva sociedad se preocupa por otros crímenes -los que afectan al comercio y la propiedad privada-. Esta sociedad adaptó los métodos de castigo a los nuevos delitos.   


    Para los reformadores del sistema judicial como Jeremy Bentham el castigo debía ser una representación en que la que se expresase simbólicamente que el reo había roto el pacto social. Tenían que visualizarse en el cuerpo del reo las ventajas y desventajas de romper ese pacto. Por eso era muy importante que el castigo fuese público, como peregrinar por lugares por donde pudiesen ser vistos, construcción de caminos, etc... Este es el modelo punitivo que Foucault denomina ciudad punitiva. 



    Sin embargo, no fue el modelo ciudad punitiva el que acabó imponiéndose, sino el modelo carcelario. En este tercer modelo "las relaciones entre el orden de las representaciones y el cuerpo se invierten. El punto de aplicación de la pena es el propio cuerpo y las representaciones se convierten en un instrumento; pues el objetivo del dispositivo carcelario no es reconstituir el sujeto jurídico del pacto, sino producir cuerpos dóciles y obedientes" (Castro Egardo). 




     Foucault sostiene que el modelo carcelario se impuso 

gracias a la sociedad disciplinaria o panóptica, de la que la cárcel no es más que otro de sus engranajes. 



    Castro Egardo resume así los cambios que Foucault considera decisivos en la imposición de este tercer modelo: 




   "En primer lugar, la necesidad de ajustar entre sí los movimientos de acumulación de capital y de acumulación de cuerpos, propios de la civilización urbana y las nuevas formas de producción. En este sentido, el capitalismo y el poder disciplinario fueron, al menos en el siglo XIX, las dos caras de una misma moneda. En segundo lugar, aunque sus mecanismos no se desprendan de manera directa y ni siquiera necesaria de las instituciones jurídicas, en los hechos, el poder disciplinario resulta complementario de una concepción social fundada en un principio abstracto de igualdad de derechos, porque para poder funcionar requería de la normalización de la vida de los individuos. La ley, en pocas palabras, sólo puede garantizar la libertad para los individuos normales. En tercer lugar, los mecanismos de la sociedad disciplinaria permitieron la formación de nuevos saberes que, a su vez, fortalecieron los mecanismos disciplinarios".






    La cárcel, pese a que fue muy criticada porque no alcanzaba su objetivo de reinsertar al delincuente se impuso porque formaba parte de un sistema general que dominó la sociedad europea del s. XIX. Por sí solo el modelo carcelario no se hubiese impuesto, pero forma parte de un todo, de un nuevo modelo general de sociedad. De ahí que la prisión se parezca tanto a las fábricas, las escuelas, los hospitales y los cuarteles


     Foucault introduce aquí el concepto de disciplina, entendiendo por ella una red de relaciones entre elementos heterogéneos (instituciones, construcciones, reglamentos, discursos, leyes, enunciados científicos, disposiciones administrativas) que surge con vistas a una determinada finalidad estratégica. 



       En el nuevo modelo, que incluye cárceles, escuelas, cuarteles, etc... lo que importa no es tanto la ley como la norma. La ley marca lo que está permitido y lo que no, mientras que la norma mide lo que es adecuado. La ley separa unos individuos de otros. La norma, por su parte, sirve para exactamente lo contrario, para homogeneizar, para que todos los individuos se asemejen unos a otros. En este sentido es como hay que interpretar esa nueva idea de cárcel en la que se busca corregir, adecuar y no castigar. Para alcanzar este objetivo el nuevo modelo se sirve de las siguientes técnicas (Edgardo Castro): 




     "En primer lugar, la distribución de los cuerpos en un espacio cuadriculado y articulado, definido en relación con una determinada función y ordenado en términos clasificatorios: cada preso en su celda, cada enfermo en su cama, cada alumno en su pupitre, cada empleado en su escritorio o junto a su máquina. 




    En segundo lugar, el control de la actividad mediante el horario y el ajuste de los comportamientos y gestos a la temporalidad de un proceso. 




    En tercer lugar, la organización genética del tiempo, mediante la segmentación de la temporalidad de un proceso y la serialización de actividades repetitivas y sucesivas. 




    Y, finalmente, la composición de las series temporales mediante una estricta línea de mando". 




    Cárceles, hospitales y escuelas tienen dos funciones fundamentales:


    a) Sujetar el tiempo de la vida al de la producción. Para ello se tiene a las personas continuamente ocupadas en actividades productivas, incluso aunque se trate de tiempo de ocio. 

    b) La función de control excede la socialmente establecida. No solo se enseña o se cura. En ellas se ejerce un control sobre el cuerpo, la sexualidad y las relaciones de los individuos. En este sentido escuelas, cárceles y hospitales determinan la normalidad y la norma. 

    El panóptico ejemplifica como la transformación de una civilización del espectáculo en una civilización de la vigilancia. Jeremy Bentham propuso el modelo de panóptico. En él había un torre central y las celdas a su alrededor en forma de anillo. Así, el vigilante desde la torre puede vigilar a los presos sin que estos lo vean a él. Ya que los presos no pueden saber cuando están siendo vigilados, se sienten vigilados permanentemente y acaban comportándose todo el tiempo de acuerdo con la norma. Así cada uno se convierte en el normalizador de sí mismo.  

     En el modelo de soberanía, donde el castigo era un espectáculo -ejemplificado con el tormento público de Damiens a mediados del siglo XVIII con el que empieza el libro-, es sustituido por el modelo de la vigilancia perpetua. 

 


miércoles, 6 de diciembre de 2017

La sociedad del yo.

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    Escribir el post sobre droga y hedonismo capitalista me hizo reflexionar acerca de las paradojas que encierra la sociedad del placer obligatorio y el conflicto psicológico, la insatisfacción y la frustración que esto genera. 

   En aquel post sostenía que uno de los dogmas de nuestra cultura es la felicidad individual a través de placer  (aquí). Esta cultura del placer obligatorio nos impulsa a satisfacer todos aquellos deseos que puedan proporcionarnos gozo. Pueden ser de naturaleza sentimental, sexual o material. Basta con que sean deseos deleitosos para que sintamos la necesidad de cumplirlos, ya que nuestra felicidad depende de ellos. Sin embargo, no siempre es posible y, enculturizados en el placer, no estamos preparados para encajar la frustración.

    En primer lugar, hay veces en que uno no alcanza su objetivo. Podemos desear ser un futbolista famoso o comer un helado de chocolate que nos apetece un montón. Habrá veces que lo consigamos y otras que no. Y como hemos aprendido que la felicidad individual es el sentido de nuestras vidas, la frustración llega a ser una verdadera fuente de infortunio. En lugar de aceptar que a veces las cosas no salen como uno espera, no alcanzar el objetivo nos hace desdichados. 

    Paralelamente, esta cultura del hedonismo nos ha hecho incapaces de renunciar a los impulsos inmediatos en favor de un objetivo superior. Nos ha hecho débiles, sin la menor capacidad de sacrificio. Y luego no entendemos las consecuencias negativas de nuestros actos. No somos conscientes de haber hecho nada malo, porque, a fin de cuentas, nos hemos comportado de acuerdo a un valor social universal. 

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    En segundo lugar, vivir en sociedad implica renuncia. Cada ser humano tiene sus propios intereses y sus propios objetivos. Con frecuencia, estos objetivos chocan con los de los demás. Pongamos, por ejemplo, una pareja de enamorados que tienen una relación formal que se prolonga en el tiempo. Tanto él como ella en determinados momentos se sentirán atraídos sexualmente por otras personas. Es algo normal e inevitable. Sin embargo, los dos renunciarán a satisfacer esos impulsos porque hacerlo podría dañar a su pareja y, por extensión, a la relación. Lo mismo sucede, por poner otro ejemplo, con la propiedad privada. Lo normal es que deseemos poseer cosas que pertenecen a otras personas. Pero no las tomamos sin su permiso porque la generalización del robo y el estupro convertiría la comunidad en un caos. La cultura de la felicidad obligatoria choca frontalmente con este principio básico de cualquier sociedad humana. Incapacitados para la renuncia, nos hacemos daño a nosotros mismos y a los demás y, lo que es peor, no somos conscientes de la contradicción que encierra una sociedad así. La felicidad humana pasa por la relación con sus semejantes, por la amistad, por el amor, por el sexo. Y todo esto implica el abandono temporal de nuestros intereses inmediatos. 

    Aunque sea lo esperable en el individualismo capitalista, no deja de sorprenderme el egocentrismo brutal que nos define como sociedad. Se han utilizado muchas expresiones para definirnos. La sociedad hedonista, la sociedad postindustrial, el capitalismo de consumo... Todas son acertadas, y todas desembocan en  otra nueva que creo que recoge perfectamente el espíritu de nuestros tiempos: La sociedad del yo.