jueves, 8 de diciembre de 2016

El rol social y la frustración vital.



    Los roles sociales determinan nuestra forma de pensar y, por ende, nuestro comportamiento. Hablando de este tema en clase, a una alumna le surgió una duda. 

    -¿Pero eso no es frustrante? -preguntó.

    -Por supuesto que puede llegar a serlo. -contesté. 

Resultado de imagen de lord jim    Los individuos no tenemos por qué encajar en los moldes prefijados y la forma de pensar y de comportarse asociados a ellos. De hecho, la historia de la literatura está plagada de novelas, poemas y obras de teatro que hacen del conflicto entre la sociedad y el individuo su tema central. Hasta una novela aparentemente de aventuras como Lord Jim en el fondo trata sobre este tema. Conrad define a Jim en varias ocasiones como "uno de los nuestros", es decir, alguien que comparte nuestra cosmovisión y, en consecuencia, nuestro sistema de valores. Jim es un hombre del Imperio, al que se le supone la valentía y la entereza en los momentos difíciles. Pero Jim, al comienzo de la novela, es un joven inexperto, tiene miedo y comete un acto vil -abandona el barco que se hunde sin avisar porque no hay sitio para todos en el bote salvavidas-. Jim, como es "uno de los nuestros" siente que ha obrado mal. No se ha comportado de acuerdo a lo que se esperaba de su rol y por eso se pasa el resto de su vida tratando de demostrarse a sí mismo que no es un cobarde, que está a la altura de lo que se espera de su rol. 

Resultado de imagen de mujer decimononica
    Algo similar les sucedía a las mujeres decimonónicas en esa sociedad que negaba el cuerpo de la mujer. Cualquier pulsión sexual era considerada pecaminosa y las propias mujeres, educadas en ello, la consideraban una horrible tacha personal y la reprimían. Lo mismo hacían con cualquier iniciativa personal y aprendían su posición de sumisión al marido relegadas al ámbito doméstico. Esto era tan frustrante que provocó el fenómeno que en la época se conocía como mujeres histéricas. 

   Hasta hace nada lo mismo les sucedía a los homosexuales. Condenados a una sociedad de heterosexualidad obligatoria, en la que género, sexo biológico y comportamiento sexual están indisolublemente unidos, difícilmente encajaban en el rol de hombre o mujer. 

Resultado de imagen de hetesexualidad obligatoria
Ejemplo de propaganda de la
heterosexualidad obligatoria. 
    No encajar en el rol, la desadecuación social puede ser muy dolorosa. En primer lugar, lo es a nivel social. Ser distinto, ser de una forma y comportarse fuera de la norma lleva indefectiblemente asociado el castigo en forma de marginación o cosas peores. Mis alumnos, que son adolescentes, al enfrentarse a esta realidad, en seguida sueltan tópicos como que a ellos les importa un pimiento lo que piensen los demás de ellos y que no van a cambiar su forma de ser por lo que digan de ellos. Pero esta reacción no es más que postureo adolescente, porque a pocas personas les importa más lo que piensen de ellos que a los adolescentes. Y no solo a ellos. No hace falta que te cosan en el pecho la A de adúltera como en La letra escarlata para disuadirnos de cualquier comportamiento o incluso cualquier pensamiento inadecuado. El ostracismo social, saber que vamos a ser repudiado por nuestros vecinos, por nuestros semejantes y hasta nuestra familia basta para mantenernos dentro de la norma. 


Resultado de imagen de la letra escarlata
Imagen de la película de La letra escarlata.
Se ve bien la A de adúltera cosida en el pecho.

   En segundo lugar, y mucho más doloroso que el social, está el nivel individual. Como hemos visto en repetidas ocasiones, la cultura determina nuestra forma de ver el mundo. En caso de que nuestra identidad, la que sea, no encaje en los roles de nuestra cultura, nos lleva a pensar que hay algo malo en nosotros mismos, que somos malvados, pervertidos, libertinos o lo que sea. Y esto deriva inevitablemente en el sentimiento de culpa y el tormento. 

    Como ejemplo de infelicidad y frustración en el rol en clase hablamos de los adolescentes. Todas las culturas segmentan el tiempo de la vida en categorías -lo que llamamos edades- y a estas categorías se asocian unos derechos y unos deberes, convirtiendo así estas categorías en roles. Un niño es un ser humano que carece de derecho de decisión sobre su cuerpo. Son sus padres los que toman las decisiones por él y él solo puede acatarlas. En caso de que, un poco más crecido, tenga alguna iniciativa, ha de pedir el permiso paterno para poder hacer cualquier cosa. A cambio, el niño tiene derecho a tener sus necesidades vitales cubiertas sin tener que trabajar por ellas. Solo por ser niño, los adultos cuidan de él y procuran que tenga todo lo que necesite. Por el contrario, un adulto tiene la facultad de tomar decisiones de forma autónoma y en relativa libertad, pero no tiene el derecho a que lo mantengan otros. En muchas culturas no existen categorías/roles intermedios entre estos dos. Uno es niño y cuando su cuerpo biológico ha madurado -las mujeres tienen la regla y a los hombres les salen pelos en las axilas y los genitales y los testículos comienzan a producir semen- se le somete a un rito de paso y ya se convierte en adulto. Así era en Europa hasta la revolución industrial -no recuerdo ahora el libro en el que lo leí-. Pero con la revolución científica se necesitó mucha menos mano de obra en las fábricas. Los niños, que hasta el momento habían trabajado allí, ya no tenían cabida. Se creó entonces una nueva edad, la adolescencia, en la que no se es ni niño ni adolescente. No se es niño porque el cuerpo biológico es maduro. Tampoco los gustos y las inquietudes de los adolescentes son de niño. Se entregan a romances y escarceos sexuales y sus charlas con frecuencia versan sobre temas adultos como el futuro trabajo, el cine, la música o las relaciones de pareja. Sin embargo, los adultos les negamos el acceso al trabajo, y por tanto a la libertad, e incluso sus movimientos siguen estando restringidos por el permiso paterno. Paralelamente, les exigimos que tomen decisiones sobre lo que será su futuro -qué estudiar- sin tener ni idea de cómo es el mundo laboral adulto. Y, por si no fuese suficiente, esa ideología calvinista de que hay que realizarse en el trabajo les mete aún mayor presión. Así las cosas ¿cómo no van a estar deprimidos, a ser rebeldes y, en definitiva, a estar amargados en su rol? La adolescencia es por definición un rol frustrante. 


Resultado de imagen de adolescente triste
Adolescente, lógicamente, deprimido.

    Esto de la sanción social, el tormento y la culpa cuando uno no encaja en un rol me lleva al plano de la moral. Si uno es marginado y si se atormenta es porque siente que ha obrado mal o que es malo. En estos momentos estoy releyendo Los argonautas del Pacífico Sur y aquí hay una afirmación que se me había pasado por alto la primera vez que lo leí. Según Malinowski, Kant estaba equivocado. No hay imperativo categórico autónomo y universal por el que determinar si una acción o un pensamiento está bien o mal. Muy al contrario, para Malinowski el bien es lo que hacen y piensan los demás. El bien es, en este sentido, relativo. Por eso apartarse o no encajar en el rol social puede ser tan duro. Se nos margina porque se nos percibe como malvados y nosotros mismos nos atormentamos porque nos vemos así. La sociedad nos ha enseñado eso, aunque vaya en contra de nosotros mismos. 

    Yo no voy tan lejos como Malinowski y su relativismo moral. No creo que el determinismo cultural llegue hasta el extremo de negar la existencia de un bien objetivo. Es cierto que la cultura determina el modo en que percibimos un acto o un pensamiento, pero por encima de las culturas y los casos particulares sí lo hay un bien y un mal objetivo. La Alemania nazi es un ejemplo. Puede -y de hecho fue así- que dentro de esa cultura no se percibiese el genocidio como algo moralmente reprochable. Pero eso no quiere decir que no lo sea. Ambas posturas son perfectamente compatibles. La cultura determina la percepción de los hechos, pero por encima de ellas existen leyes generales. 

Richard Sennett: Carne y piedra



    En este ensayo Richard Sennett estudia el cuerpo humano y su relación con el espacio desde las sociedades antiguas occidentales hasta nuestros días.

Sennett parte dos premisas generales:

a) El cuerpo forma parte del espacio. Hay una correspondencia entre el cuerpo y los espacios urbanos. Las ciudades se construyen en relación a el modo en que las personas perciben los cuerpos.

B) En esta forma de percibir los cuerpos por parte de las personas hay una forma de poder. El poder construye las ciudades a partir de la idea que tiene del cuerpo. El poder se ejerce sobre los cuerpos, convenciéndolos y dominándolos. La política del cuerpo ejerce el poder sobre él mismo y crea a su imagen los espacios urbanos.

   La Atenas democrática tenía un alto concepto del cuerpo y la palabra. Esta última nos permitía cambiar de opinión, ser flexibles, sensibles y nos permitía interactuar y dominar a los demás sin utilizar la fuerza. Los griegos pensaban que los cuerpos de los hombres libres eran calientes y que los de los esclavos y las mujeres no podían sentir pasión porque eran fríos. Esta concepción del cuerpo y la palabra se proyectaba sobre el ágora y el teatro, que eran espacios donde el cuerpo y la palabra podían manifestarse libremente. Las palabras y los cuerpos acalorados de los oradores se mostraban en todo su esplendor aquí.

   Los romanos de la época imperial, por influjo oriental, prefirieron la seguridad y el placer antes que la palabra inflamada. Así, construyeron impresionantes edificios geométricos de piedras perfectamente ordenadas que invitaban antes a mirar y obedecer. La duda del debate griego en el ágora se sustituye por la obediencia. El anhelo de seguridad se proyectó sobre impresionantes edificios que combinaban el deseo de mirar y creer con la sumisión y la obediencia.

   Los primeros cristianos abandonaron la ciudad y se compadecieron del dolor de sus semejantes. En esto imitaban a los judíos, perpetuos peregrinos en el tiempo. El cristiano primitivo renuncia al cuerpo, lo desprecia y lo maltrata, lo que le lleva al desarraigo espacial. Sin embargo, cuando la Iglesia se convirtió en una institución poderosa, necesitó un espacio en la ciudad. Utilizó la basílica romana con suntuosos tronos y obispos. El cristianismo institucionalizado seguía renegando del cuerpo, negándolo, renunciando a la carne. Rompía así con la tradición pagana, pero sólo en parte, porque no pudo renunciar al lugar.

   Paralelamente a esta concepción cristiana de la negación del cuerpo, la ciudad medieval reivindicaba el trabajo, el comercio y la libertad política. Esta convivencia entre una iglesia negadora de la carne y una incipiente actividad comercial llevó a la contradicción entre economía y religión que aún hoy en día arrastramos. Por un lado, la economía se basa en el individuo, en la voluntad de enriquecerse individualmente, y para ello reivindica la libertad y la necesidad de no ligarse a nadie. Por otro lado, la religión nos orienta hacia vivir en una sociedad/comunidad solidaria, lo que implica crear lazos estables entre las personas. 

   A lo largo de la historia hubo intentos por solucionar este conflicto entre economía y religión. En algunos casos la represión y la exclusión fueron los medios. Así por ejemplo, en Venecia durante el renacimiento los cristianos crearon guetos en los que  recluían a los judíos porque no se amoldaba a la imagen de persona cristiana. Aquellos cuerpos que se consideraban extraños se reprimían. Pero esta forma de solución no se impuso. Se impuso un capitalismo individualista que nos lleva a sentir indiferencia hacia los demás. Ignoramos aquellos que son diferentes a nosotros (como sería el caso de los judíos venecianos durante el renacimiento), pero también ignoramos a nuestros semejantes.

   Descubrir que la sangre no estaba estática en el cuerpo sino que corría y circulaba fue determinante en el diseño de las nuevas sociales capitalistas. Se empezó a concebir la ciudad como un mercado libre en el que las personas y los productos debían circular rápido y libremente por el espacio. Así, las ciudades se construyeron pensando en el tráfico y el desplazamiento rápido. Las calles se conciben como cuerpos con arterias, venas y pulmones que permiten que la gente se desplace con facilidad. Esto nos llevó a que apenas si percibamos sensorial mente lo que nos rodea. Las calles se llenan de espacios neutrales como autopistas o el metro, que cruzamos aislados dentro de máquinas sin importarnos cómo es el espacio que estamos cruzando a gran velocidad.

   Durante la Ilustración, la Revolución Francesa y a partir de la Revolución Industrial se acentúa esta concepción de la ciudad como un cuerpo sano en el que todo fluye rápido y libremente. Se construyen espacios amplios que calman al cuerpo y lo convierten en un observador colectivo, conforme e indiferente a lo que le rodea. Así se construyó el Londres del siglo XIX, donde se utilizaba el tráfico para separar a las personas en el espacio e impedir toda reunión de los cuerpos. Y lo mismo sucedió con París, donde se fomentaba el movimiento de los individuos para evitar el de las masas.

   Y así llegamos a nuestras ciudades modernas que tienen algo de todas estas ciudades históricas y de su concepción de los cuerpos.


Richard Sennett: El artesano.



    La revolución industrial, el empleo de máquinas y en general los medios de producción masiva ha saturado nuestra sociedad de cosas, lo que, inevitablemente, habrá de restarles valor.

    A partir de esta breve reflexión, Richard Sennett se plantea el concepto de trabajo y la figura del trabajador. Hay dos razones por las cuales los seres humanos trabajamos: o bien a cambio de una remuneración, o bien por la satisfacción del trabajo bien hecho. Esta segunda razón es la que el autor atribuye artesano, que es un trabajador para el que el trabajo que su objetivo en sí mismo. 

   Richard Sennett hace un repaso histórico desde los talleres artesanales medievales a fenómenos como Linux en el que miles de personas colaboran desinteresadamente en la creación de un sistema operativo. A partir de este repaso histórico se define el trabajo artesanal como aquel basado en el conocimiento compartido entre los trabajadores, el compromiso con el mismo  y el interés en el trabajo bien hecho. El artesano se enorgullece de su propio trabajo. Se implica emocionalmente en él y se compromete. El trabajo del artesano es lento y minucioso, lo que le lleva a hacer una pausa y reflexionar sobre lo que está haciendo. En el trabajo del artesano la solución y el descubrimiento de problemas caminan de la mano, de modo que al tiempo que trabajamos estamos aprendiendo. 

    Todos los seres humanos tenemos las capacidades básicas para desarrollar la artesanía. Es la motivación, la formación y el esfuerzo lo que nos lleva a alcanzar la excelencia.

    Sin embargo, el sistema capitalista actual y su ideología acaban con la práctica artesana. Hasta hace relativamente poco, las empresas se basaban en sistemas burocráticos estables. Los trabajadores se pasaban la vida en la misma empresa, de modo que el servicio a una corporación acababa siendo una actividad gratificante. Pero poco a poco hemos ido sustituyendo la cultura del saber hacer y el trabajo artesanal por la cultura del salario. La ideología capitalista y sus principios de competencia y eficacia como patrón en las empresas han acabado con la idea de artesanía. Las empresas ya no forman ni fomentan la pasión por el trabajo bien hecho. En las burocracias corporativas los trabajadores saben cómo hacer las cosas antes de hacerlas. Es un trabajo reiterativo e imitativo que no produce satisfacción perdurable porque deshumaniza. No nos aporta ningún conocimiento porque son sistemas cerrados donde el objetivo único es solucionar el problema, solución que conocemos de antemano. En la artesanía el trabajador se iba encontrando con dificultades a medida que llevaba a cabo su proyecto. Al enfrentarse a estas dificultades, aprendía y se enriquecía como persona. El trabajador artesanal se enorgullecía porque desarrollaba sus capacidades en el trabajo. Pero uno no puede enorgullecerse ni sentir satisfacción en la simple imitación.


    Las empresas actuales no forman ni fomentan la pasión por el trabajo bien hecho. Muy al contrario, se contratan trabajadores jóvenes que, aunque son más inexpertos, son mucho más dóciles. La diferencia entre un maestro de taller medieval y un empresario actual es que el empresariado hoy en día se limita a pagar un salario y no tiene ningún compromiso moral con la formación.

    Durante la revolución industrial se temía que las máquinas sustituyese en al hombre. En opinión de Sennett el miedo de nuestros días es que la máquina se usa al modo capitalista. La mayor amenaza al trabajador no es la máquina, sino esta nueva concepción del trabajo.

sábado, 15 de octubre de 2016

Anexo: relaciones entre humanos y animales.

     

    Este post es el resultado de una serie de reflexiones que surgieron en clase. No fue una clase preparada, sino que los pensamientos fueron saliendo a partir del diálogo. El punto de partida fue la indignación de mis alumnos con la tauromaquia. No recuerdo muy bien cómo llegamos allí, pero el caso es que este fue el punto de partida. Todos decían cosas en contra de los toros y yo pregunte a quién le gustaban. Ninguno levantó la mano. Yo sí.-Lo cierto es que me gustaban más antes, cuando no convivía con animales, ahora me dan un poco de pena, pero de lo que se trataba era de generar un poco de polémica para que hubiese debate-. Todos me miraron como si hubiese dicho que me gustaba el sexo con niños.

Resultado de imagen de tauromaquia

    -¿Cómo puede gustarte un tío mareando y torturando un animal?-Dijo I, el de Domaio, muy indignado.

    -Si lo descontextualizas y observas desde la distancia, cualquier actividad humana resulta ridícula.-Repuse.

    I me miró sin comprender.

    -A ti te gusta Star Wars ¿verdad?- Le dije. I asintió.- Pues si lo ves desde la distancia, de Star Wars son unos señores fingiendo ser unas personas que no son, riendo, llorando y peleándose cuando en realidad no les pasa nada. Así mirado, Star Wars es, como diría mi casera, parvadas. Toda actividad humana tiene un importantísimo componente simbólico. Dotamos a las acciones de un simbolismo añadido que es lo que les da sentido. Interpretado de forma estrictamente literal, nada tiene sentido.- Me volví hacia la audiencia.-¿Queréis que os explique el simbolismo de la tauromaquia?.


Resultado de imagen de star wars java
Jabba el Hutt. Lo que mi casera calificaría de parvada.
    Todos dijeron que si -oír mi voz de fondo siempre es mejor que que te manden hacer ejercicios-. Entonces les expliqué que desde el origen de los tiempos el ser humano ha tenido que luchar con la naturaleza para dominarla. Ese rollo de la casa de campo, el locus amoenus al que retirarnos a vivir tranquilamente es un mito de sociedades industriales que ya hemos sometido la naturaleza. El 99% de los 5 millones de años de historia de la humanidad los hemos pasado asustados, temiendo una tormenta, un golpe de viento, el frío o el calor que amenazaban nuestras vidas. El más mínimo pestañeo de la naturaleza ponía en peligro nuestras vidas de moradores de las cavernas. Además, había que luchar sin descanso con la naturaleza para obligarla a darnos algo con lo que sustentarnos. El resultado es que los seres humanos compartimos un arquetipo -en el sentido junguiano del término- de la naturaleza amenazante. Como todos los símbolos, es ambivalente, y existe su versión antagónica, que es el locus amoenus del que hablamos anteriormente. El toro, en tanto que animal salvaje, es el símbolo de esta naturaleza amenazante.

    Paralelamente, la oscuridad es algo que nos da miedo. Estar desprovistos del sentido de la vista nos hace vulnerables y eso lo saben muy bien los niños, que necesitan al menos la penumbra para poder dormir. De ahí que el color del toro sea normalmente negro.

Resultado de imagen de miedo a la oscuridad
Miedo a la oscuridad

    A este poder de las tinieblas se enfrenta el torero, que es el símbolo del hombre. No en vano, su traje se llama de luces porque el sol se refleja en esa especie de lentejuelas que lleva y multiplica sus destellos. 

    Así, la tauromaquia es el símbolo de la epopeya de la evolución humana después de cinco millones de años de lucha contra la Naturaleza. 

     Mis alumnos me miraron con curiosidad. 

    -Muy bien. -dijeron- Eso está muy bien. Pero los toros siguen sin gustarnos. 

     Yo no dije nada e hice lo que nunca debe hacer un profesor: les oculté información. No les dije que, como todo, los rituales simbólicos están sujetos al cambio y la evolución. Las luchas de gladiadores también eran rituales simbólicos, o los sacrificios humanos, y los hemos abandonado porque nos parecía salvaje que culminasen con la muerte de seres humanos. El rito puede   prescindir de la sangre y funcionar exactamente igual. El fútbol es un ejemplo de ello. 

     De los toros pasamos a la relación con los animales en general. Alguno dijo que prefería matar a una persona antes que a su perro, pero yo supongo que lo decía para hacerse el chulito y llamar un poco la atención porque, a fin de cuentas, no dejan de ser adolescentes. El caso es que de este diálogo salió una teoría acerca de las relaciones entre los animales y los hombres. 

     Las culturas son sistemas de clasificación. Ordenamos el caos de afuera y en función de ese orden orientamos nuestro comportamiento. En la Naturaleza el ser humano cultural se encuentra que hay seres vivos como él. Dependiendo de cómo clasifiquemos/comprendamos a estos seres vivos, las personas tenemos una relación u otra con ellos.

    En occidente percibimos al ser humano por un lado y, por otro, separados, al resto de los animales. El ser humano se percibe fuera y por encima. El relato para justificar esta posición ha variado en función de los cambios culturales: por ejemplo, en la sociedad teológica medieval se sostenía que los seres humanos teníamos alma, mientras que los animales no; en la moderna sociedad científica se sostiene que los seres humanos estamos más evolucionados porque poseemos la capacidad de razonar (la razón es una suerte de alma de la sociedad científica). Separarnos de los animales, percibirlos desde fuera, nos sitúa en una posición moral que nos permite disponer de ellos. Podemos convertirlos en animales de compañía, matarlos para comer o matarlos en espectáculos. Pero no podemos hacer cualquiera de estas cosas con cualquier animal. Matar una cucaracha sí. Exterminar una plaga de hormigas también. Pero apalear un perro no. Esto es debido a que, al situarnos por encima, nos erigimos en una atalaya que nos convierte en jueces del destino de los animales en función de nuestro vínculo emocional con ellos. Si el animal está vinculado emocionalmente con nosotros, nos disgusta su muerte o incluso su maltrato. Los perros y los gatos, por ejemplo, han sido convertidos en animales de compañía y, por tanto, hemos creado vínculos emocionales con ellos. No me refiero al vínculo emocional de un individuo concreto con su mascota, sino a un vínculo social. De ahí las incontables asociaciones protectoras de animales.

Resultado de imagen de fumigar cucarachas
De hecho, exterminar cucarachas se considera salud pública.

    La línea dónde colocamos los animales es un continuo. En el extremo de máximo vínculo están las mascotas. En el extremo opuesto están los insectos. Que yo sepa no existen protectoras de las cucarachas y nadie ve mal que haya empresas especializadas en su exterminio.

    Más cercanos que los insectos son los peces. No nos repugnan, pero tampoco nos importa lo más mínimo matarlos, aunque sea por puro entretenimiento. Yo, que fui pescador deportivo, recuerdo como los peces salían del agua colgados de un hierro que les desgarraba las entrañas. La gente, cuando picaban, se arremolinaba a mi alrededor y nadie nunca jamás me reprendió por provocarles una muerte tan cruel solo por pasar el tiempo.

Resultado de imagen de pez en el anzuelo
Esto es el destino de los peces en la pesca deportiva.

    Aún mayores en nuestros vínculos con pollos, cerdos y vacas. Entendemos que deben morir para alimentarnos, pero nos gusta pensar que tienen una muerte digna, que el matarife los seda en el matadero y que no sufren -aunque eso no siempre sea cierto-.

Resultado de imagen de matadero
Lo que no nos gusta ver.

    El debate de la tauromaquia es dónde situamos a los toros. ¿Establecemos o no vínculos emocionales con ellos? No existe un solo argumento más allá de este vínculo para denostar la tauromaquia y no tener reparo alguno en usar insecticidas.

    La percepción del hombre como algo distinto, opuesto a los demás animales, lo convierte en la medida de todos ellos. Y es esta percepción sobre la que también se sustenta el machismo o el racismo. Hasta el Concilio de Trento las mujeres no tenían alma. Los varones las percibíamos como algo distinto, inferior a nosotros y de ahí su situación de sometimiento. Controlamos su cuerpo como controlamos el de los animales y, si no las sacrificábamos, era porque creamos vínculos emocionales con ellas. El racismo es exactamente lo mismo. Se considera a las otras razas como algo distinto, ajeno e inferior. De hecho, es frecuente encontrarse con expresiones racistas como infrahombres.

    Por si esta forma de percibir la vida en el mundo no fuese lo suficientemente perversa, el vínculo emocional es muy frágil y aleatorio. Si lo que nos une a las mujeres y a los negros, judíos, etcétera no es pertenecer a la misma categoría, es fácil someterlos y mandarlos en vagones a mataderos sin pestañear como hicieron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Resultado de imagen de judios hacia el gueto tren
Esta gente iba al campo de concentración como los animales al matadero.

    Con esto no quiero poner a todo el mundo a comer lechuga. Entre otras cosas porque la lechuga también es un ser vivo. La ingesta de carne animal jugó un papel fundamental en el salto evolutivo de la especie humana y difícilmente podríamos subsistir sin ella. Yo como carne, antes me gustaban los toros y disfruto paseando con mi perro. Solo estoy poniendo de relieve la forma en que percibimos al resto de los seres vivos y cómo esta percepción orienta nuestra relación con ellos.

    Por supuesto, esta percepción es cultural. A nosotros nos parece natural porque es la nuestra, pero no lo es. Los budistas, por ejemplo, no entienden al hombre como algo opuesto al resto de los seres vivos y, por tanto, juez y medida de todos ellos. El budismo sitúa al hombre en el mismo continuo que los demás seres de la creación, de ahí que no maten ni a una mosca. No sé si es mejor o peor. Sólo es una cosmovisión distinta.