jueves, 28 de julio de 2016

La identidad cultural



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    En el primer artículo de Antropología de una persona corriente yo hacía un ejercicio de exhibicionismo sentimental y confesaba la pregunta que hace tiempo que me obsesiona: ¿quién soy yo? La respuesta a esta pregunta, que se puede hacer extensiva a cada una de vosotras -Eva, Marta, Vera, Sabela, Alba...-, no es nada fácil. ¿Soy una consecuencia de estos genes que son míos y de ningún otro o, por el contrario, soy el resultado de lo que he aprendido y las experiencias que he tenido a lo largo de mi vida? ¿que tiene más importancia en la conformación de mi forma de ser, lo innato o lo aprendido?

  Empecemos por lo segundo, por lo aprendido, por la identidad cultural.

     El primer paso es definir cultura. Cultura es una palabra que se usa alegremente y con acepciones y significados muy diferentes. Las que se usan con más frecuencia son:

    a) Pepito es una persona de vasta cultura. Con esto quiero decir que Pepito es una persona muy leída y que sabe muchas cosas. Sabe quién escribió El Quijote, quién es el presidente de Burundi, el año en que se libró la batalla de las Navas de Tolosa y un montón de datos más. Todo un erudito.


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Señor que sabe mucho.
    b) Las chicas de segundo de bachillerato van al instituto a adquirir cultura, es decir, que venís a clase a aprender una serie de saberes que se supone que os van a servir para abriros paso en la vida. 


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Donde venís a que os enseñemos cosas.

    c) El idioma gallego forma parte de la cultura gallega, forma parte del patrimonio cultural de ese pueblo y por eso la legislación debe favorecer su conservación. Aquí se entiende por cultura una serie de características, comportamientos y modos de pensar que unen a un grupo de personas y que los opone a otros. En este sentido, los gallegos se oponen a los catalanes porque su idiosincrasia -su identidad- es distinta. El hecho de ser catalán, gallego, vasco, chino o samoano determina la forma de ser de las personas. Dependiendo de dónde te haya tocado en gracia nacer eres de una forma o de otra (1). 


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Un señor al que eso de las identidades gallega,
vasca y catalana no le hacían mucha gracia.
(Por cierto, es sociólogo)

    Además de estas tres acepciones, casi cada antropólogo y sociólogo tiene su propia definición. D
esde la antropología simbólica moderna Goodenough sostiene que "la cultura está compuesta por estructuras psicológicas mediante las cuales los individuos guían su conducta. La cultura de una sociedad consiste en lo que uno debe conocer o creer para comportarse de una manera aceptable para sus miembros". En esta línea Talcott Parsons define la cultura como "un sistema de símbolos en virtud del cual el hombre da significación a su propia experiencia. Sistemas de símbolos creados por el hombre, convencionales y aprendidos. Suministran a los seres humanos un marco significativo dentro del cual pueden orientarse en sus relaciones recíprocas, en su relación con el mundo y en su relación consigo mismos.” Clifford Geertz la define como "la red de significaciones en virtud de la cual orientamos nuestra experiencia y nuestra acción. Son planes, recetas, programas que gobiernan la conducta. Son dispositivos simbólicos para controlar la conducta del hombre, una serie de fuentes extrasomáticas de información. Sistemas de significación históricamente creados en virtud de los cuales creamos, ordenamos, formamos y dirigimos nuestras vidas". Y podía seguir así durante semanas. No recuerdo dónde, pero en algún sitio leí que hay más de trescientas definiciones de cultura distintas. Como
Tylor. Es un señor del S. XIX.
No es un hipster.
comprenderéis, esto no es nada operativo y este debate no nos lleva a ningún lado, así que nos quedaremos
 con la definición de Tylor, uno de los primeros antropólogos, y que es lo suficientemente sencilla y amplia para que podamos trabajar con ella. Para Tylor, la cultura es todo lo aprendido. Y ya está. Nada más y nada menos. 

    Así las cosas, la identidad cultural es la identidad aprendida, la que no te viene de serie al nacer. Esa parte de ti que te hace sentir, actuar y pensar como piensas que no tienes grabada en el ADN, sino que la has aprendido de tus padres, tus abuelos, los amigos, la televisión, internet, el instituto y, en definitiva, de la sociedad. 

    Vivimos en un mundo que exalta al individuo -Margaret Thatcher decía que existen los individuos, no las sociedades- y por eso tendemos a subestimar la importancia de la sociedad en la conformación de nuestra identidad. Una afirmación como ésta merece que nos detengamos.

    Hablemos, por ejemplo, del amor, un sentimiento universal que aparentemente compartimos todos los seres humanos. Es viernes por la noche. Estoy cansado tras una semana de trabajo. Llego a casa y allí me espera mi mujer. Como sabe que estaré cansado, ha hecho caracoles envueltos en hojaldre y hay una botella de vino que beberemos durante la cena y terminaremos mientras vemos una película tumbados en el sofá. Es un detalle bonito, porque ella también estará cansada tras toda la semana talonando en el ordenador. Me conmuevo. La miro colocando los caracoles en una bandeja y siento que la quiero.

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Pareja que se quiere viendo la televisión.
No somos ni Ana ni yo.
    Esta escena un poco ñoña puede reconocerla cualquiera de vosotras por haberla experimentado personalmente o por haber visto algo similar en alguna de las comedias románticas de Hollywood. Sin embargo, en la Grecia clásica era normal que una pareja de muchachos varones estableciesen relaciones que incluían una formación académica y militar común, algo similar a lo que hoy en día en occidente se entiende por amistad, relaciones sexuales y gran parte de lo que asociamos al amor como la pasión o los celos. Este sentimiento amoroso, a caballo entre la camaradería militar, la amistad y el amor homosexual, difícilmente puede experimentarse en España hoy en día y poco o nada tiene que ver con la edulcorada escena amorosa que acabamos de ver.


Homosexualidad en la Grecia Clásica.

   En modo alguno soy un experto en las intrincadas relaciones de los harenes que proliferaron en algunos lugares del mundo musulmán. Tampoco tengo el placer de tratar a ninguna mujer mormona que comparta marido con otras cinco esposas. Pero no creo que sea necesario para que uno, razonando detenidamente, llegue a la conclusión de que el modo en que estas mujeres experimentan el amor respecto a su jeque o marido y el modo en que se comportan en relación con ese amor, poco o nada tiene que ver con cómo lo hace una española del siglo XXI como vosotras.

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Mormón con sus esposas e hijas
   Sin duda alguna, un heterosexual monógamo como yo en caso de haber sido educado en la Grecia clásica o en la Utah del siglo XIX no hubiese sido ni heterosexual ni monógamo, y en modo alguno hubiese experimentado un conflicto al respecto (2).

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Señoras con miriñaque.
   La determinación cultural llega incluso hasta el extremo de condicionar el objeto de nuestro amor. ¿Por qué precisamente esa mujer y no otra? Pues por muchas razones: porque te recuerda tu madre, porque te gusta su carácter o porque es bella. Pero ninguna de estas razones depende del individuo o es universal, sino que están condicionados culturalmente. Que se parezca tu madre, en todo caso depende de la madre que te ha caído en suerte y no de ti; la firmeza y la fidelidad de mi esposa en modo alguno me agradaría si yo hubiese sido educado por las disolutas y chismosas trobiandesas que Malinowski describe en Los Argonautas del Pacífico Sur; y pocas cosas dependen de forma tan evidente de la cultura como la belleza. Durante los siglos XVI y XVII unas anchas y robustas caderas, síntoma de buena parturienta, eran consideradas unánimemente como un atributo indispensable en una mujer bella, de ahí que adornasen sus vestidos con esos pesados armatostes que llamaban miriñaques; durante el romanticismo, ese movimiento cultural y artístico que rindió culto a la enfermedad y la muerte, era frecuente la ingesta de vinagre con la intención de empalidecer la piel y hasta podría decirse que un poquito de tuberculosis era de buen gusto. Muy al contrario hoy en día, en esta cultura tiranizada por la ciencia y la salud, las mujeres se someten a dietas rigurosas, extenuantes jornadas en el gimnasio, liposucciones y demás tratamientos traumáticos para mantener alejados de su cuerpo cualquier rastro de adiposidad, y no dudan en correr el riesgo de contraer un melanoma con tal de ofrecer al espectador un saludable aspecto moreno (3).

Mujer considerada bella durante el Romanticismo. Comparad con la foto siguiente.

   
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Esta creo que es la novia de Cristiano Ronaldo.


    En lugar de centrarnos en un sentimiento como el amor que implica relaciones entre las personas, podríamos analizar los gustos1 o las inclinaciones personales hacia ciertas actividades. A mí, por ejemplo, me gusta el vino, leer ensayos y novelas y el cine -exactamente por ese orden- y no me gusta viajar ni pelearme -también por ese orden-. Ello es debido a que he sido educado en una cultura que considera el alcohol como un lubricante para las relaciones sociales, que aparta como negativo todo aquello que tiene que ver con la carne -de ahí que experimente el placer de lo prohibido a través del voyeurismo, aunque sea en una pantalla de televisión- y que reserva un lugar de privilegio al conocimiento abstracto transmitido por medio de palabras. Pero no tengo ninguna duda de que, si yo, exactamente con esta dotación genética, en lugar de haber sido educado como lo fui, lo hubiese sido en otra cultura, no hubiese dado un ardite por el vino, el el cine o la literatura. Muy al contrario, si yo hubiese sido un trobiandés, me habría encantado viajar -cosa que odio- y hubiese disfrutado enormemente haciendo pequeñas expediciones comerciales marítimas como el kula. O si fuese yanomami, la cultura más violenta de la historia, me hubiese encantado liarme a palos con las aldeas vecinas -podéis ver un ejemplo de la violencia yanomami en la foto a continuación.  
<p>En esta foto de mediados de 1960, hombres de dos aldeas yanomami de la Amazonia pelean en un combate amistoso para medir la fuerza y ​​el valor de posibles aliados. / Napoleon Chagnon </p>
Hombres de dos aldeas yanomami de la Amazonia pelean en un combate amistoso para medir la fuerza y ​​el valor de posibles aliados.


    Como veis, gran parte de las cosas que nos gustan, cómo somos, no depende de nosotros mismos, sino de lo que hemos aprendido.

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(1) Esta idea que vincula la cultura a un territorio, que es más que discutible, surgió en el S. XIX y es uno más de esos prejuicios románticos que hemos acabado aceptando como verdades evidentes más allá de toda reflexión. Hoy en día nadie en su sano juicio defendería, como Herder, que la cultura es el espíritu del pueblo -en alemán volksgeist-, una suerte de fuerza cósmica que está ahí puesta desde los orígenes de la humanidad y que distingue a los alemanes de los ingleses, de los españoles y de los franceses, entre otras cosas porque esto acabó derivando directamente en el nazismo, los campos de exterminio y todo eso. Sin embargo, aceptamos que cada territorio tiene su cultura, que eso lo hace diferente de los demás y que, por si no fuese suficiente, tiene una serie de consecuencias políticas, como la
Herder, el señor que decía esas cosas
del volksgeist o espíritu del pueblo.
de tener un estado propio y diferenciado de los demás. A mí no hay nada que me dé más miedo que un estado culturalmente homogéneo, pero no es ahora el momento de hablar de ello. Lo haremos cuando nos centremos en la etnicidad, dentro de unos cuantos artículos. Por ahora nos basta con que comprendamos este concepto de cultura, pero, si os interesa el tema, os recomiendo un libro de Finkielkraut que se llama 
La derrota del pensamiento, especialmente la primera parte. Finkielkraut es un señor francés muy carca y muy gracioso. Su libro está muy sesgado hacia un lado -pretende convencernos de que Europa, y sobre todo Francia, caminan hacia el abismo-, pero es muy interesante porque sitúa muy bien los términos del debate. Podéis leer un resumen del libro aquí.

  
(2) Aunque os parezca increíble, no solo los sentimientos son culturales. Incluso las emociones lo son. Podéis leer algo de esto en La antropología de las emociones de Breton aquí .
(3) Si os interesa, podéis ver fotos de cómo ha evolucionado el ideal de belleza en el siguiente enlace: aquí

martes, 19 de julio de 2016

Una pregunta incómoda



    Supongo que a vosotras no os pasará porque aún sois muy jóvenes. Pero a mí hay veces que hay un detalle que me trae a la memoria un suceso de mi pasado. No sé si lo habéis leído, pero es un poco lo que le sucede a Proust con la magdalena en En busca del tiempo perdido. Estoy, por ejemplo, en la cola del supermercado. Frente a mí está la pobre cajera pasando la compra con la mirada perdida y la desgana propia de las actividades repetidas una y otra vez. Por la puerta, en el sentido inverso al que estoy orientado, entra una chica de unos veinte años. No es guapa, ni padece obesidad mórbida, ni lleva un salchichón colgado de la oreja así que no me fijo en ella. Es una persona más en el espacio neutro del supermercado, donde me he cruzado con otros veinte desconocidos a los que no he prestado la más mínima atención. Hasta que pasa por mi lado. Sus pasos mueven el aire y con ese movimiento me llega hasta la nariz su aroma.
Alguien pagando en el súper.
No soy yo, pero podría serlo.
El perfume me transporta a mis quince años y a aquella novia a la que no quería mucho y que usaba la misma colonia. Como a Proust, no es solo que el perfume me la recuerde, sino que mueve algo en mi interior que me hace sentir exactamente igual que aquella vez que yo estaba con ella fumando un pitillo sentados en el paseo marítimo de Coruña. Pago y me voy a casa cargado con la compra. Por el camino esa sensación de haber viajado en el tiempo se va desvaneciendo y, poco a poco, se abre paso otra, la de que aquel adolescente que se hacía el chulito es un extraño para mí. Recuerdo perfectamente haber hecho y dicho todo aquello, pero cómo es posible que fuese yo. Hasta ese momento creía que me conocía a mí mismo, pero cómo voy a hacerlo si ni siquiera me reconozco en mi pasado. Entonces surge esa pregunta incómoda y que me llevó a la antropología: ¿Quién soy yo?

   Esta incómoda pregunta no solo me acecha en el supermercado. Hace tiempo escribí lo siguiente:

    Paso dos horas al día en un tren de cercanías. Una hora a la ida y otra a la vuelta. Los fines de semana descanso del tren, pero a cambio conduzco unos 30 minutos por alguna carretera de circunvalación hasta un centro comercial donde compro que necesitaré a lo largo de la semana. En vacaciones, antes de que la crisis financiera global liquidase la capacidad adquisitiva de los ciudadanos españoles, acostumbraba a tomar un vuelo con destino a algún país extranjero. Allí alquilaba durante un par de semanas una
Habitación de hotel.
habitación de un hotel de esas cadenas multinacionales frías y funcionales, pero asequibles a las clases medias de los que por aquel entonces aún se creían erróneamente los pujantes estados mediterráneos. Ahora, tras la pérdida de un 30% de mi poder adquisitivo anual, me contento con veinte días en casa de mis suegros en la Costa Blanca. Para este sucedáneo de vacaciones, debo coger el coche y atravesar la Península en un interminable viaje de doce horas.

    Por si esto no fuese suficiente, mi vida está plagada de imprevistas, pero inexcusables, visitas puntuales a una sucursal bancaria, a un hospital, una oficina de la administración pública o cualquiera de estos espacios de la modernidad, cuyo sentido Marc Augé recogió en la impactante paradoja "no lugar". Trenes, estaciones, autopistas, aeropuertos, hoteles, estaciones de servicio, supermercados, hospitales, centros comerciales. Todos espacios públicos asépticos, funcionales e impersonales, concebidos para una estancia tan limitada que no son más que lugares de tránsito. Espacios del anonimato. Nadie me conoce. Nadie se fija en mí. Sólo soy un viajero, un cliente, un paciente o un usuario. Dependientas que me despachan sin más que una breve mirada, que no se detiene en mi cara, sino en mis manos, instrumentos que teclearán el código pin de mi tarjeta de crédito para que continúe el flujo infinito del capitalismo financiero.

Centro comercial.

    En ningún otro espacio es más cierta la metáfora de Erving Goffmann de la "desatención cortés". Actuar como si la persona que tenemos apenas a diez centímetros no existiese. Fingir que no nos fijamos en ella, que ni siquiera la vemos, incluso si ésta se ha pintado el pelo de verde, se ha puesto un piercing en la boca o lleva un tatuaje en el cuello, adornos todos ellos concebidos fundamentalmente para fijar la atención. Desatención cortés para escenificar la aniquilación del individuo porque precisamente la preservación del anonimato es lo que se espera de nosotros en los no lugares.
    Imaginemos por un momento que estamos en la sala de espera de la consulta de un médico. Allí está conmigo
Gente que se esfuerza en hacer ver que los
demás no existen.
cualquiera de vosotros, mirando distraídamente por la ventana, no porque te interese el paisaje -has visto cientos de veces esa mierda de calle secundaria-, sino porque evitas cruzar la mirada conmigo porque sientes que hay algo hostil en los desconocidos que se miran a los ojos. Llevas un rato allí sentado, actuando como si yo no existiese, cuando entra una mujer joven, exuberante, de esas que uno sueña con llevarse a la cama. Trae un vestido ajustado, que, más que insinuar, evidencia un cuerpo turgente con el que no te atreves ni a soñar. La mujer se sienta a mi lado, justo enfrente de ti. Cruza las piernas dejando al descubierto un muslo increíblemente sugerente y coge de la mesa de centro una revista de tendencias que hojea distraída. Te gustaría mirarla, sobre todo ese escote al que no has dedicado más que una mirada fugaz porque sabes que resultaría violento que te sorprendiese haciéndolo. Pero no lo haces. Ni tú ni yo lo hacemos, aunque lo deseamos, porque a todos nos gusta mirar mujeres bonitas. Siempre es agradable la contemplación de la belleza, como un cuadro de Velázquez o la aurora boreal. Pero, como ya he dicho, no lo hacemos. Sacrificamos nuestra natural inclinación hacia las formas bellas en el altar de la desatención cortés, el único comportamiento aceptable en los no lugares.
    La despersonalización en los espacios del anonimato llega incluso al punto de que nuestra interacción, más que con personas, es con textos - Madrid 25 km, kilo de fresas dos euros, sala de espera-, la mayoría de las veces coercitivos, órdenes directas que explicitan como se espera que te comportes: prohibido fumar, no conducir a más de 120 km/h, respete el silencio, para coger la fruta use los guantes.

Texto coercitivo.

    Pongamos otro ejemplo. Es martes por la mañana. Has pedido un par de horas libres en el trabajo porque tienes que arreglar unos papeles relativos a la vivienda que has comprado hace tres años. Estás en las dependencias de la administración pública, un edificio de nueve plantas donde trabajan cerca de 200 personas. Apenas has cruzado la puerta cuando ves a dos agentes de seguridad privada con sus uniformes marrones y las enseñas amarillas de Prosegur en los hombros. Uno de ellos se asegura de que los recién llegados pasen por un detector de metales y el otro mira distraído una pantalla de televisión en blanco y negro en la que se ve el contenido de los bolsos, carteras y demás objetos personales que los visitantes dejan en una cinta transportadora. Dejas tu cartera y tus llaves en
una bandejita y atraviesas el detector de metales. Has dejado atrás a aquellos agentes de control, pero no por ello escapas al rígido sistema normativo que domina cualquier no lugar. Hay normas para la limpieza de las dependencias, normas para la conservación del mobiliario, normas que afectan a la vestimenta, a la imagen, a la higiene personal y a la relación y los modos de trato entre las personas que se cruzan en los no lugares, normas para las tareas que desempeña cada uno y para el acceso a los espacios y el tiempo que se te permite estar en ellos. Nunca has reflexionado sobre ellas, pero las conoces y por eso pasas por detrás de los mostradores que ocupan los funcionarios de atención directa al público, sino que te detienes ante un enorme cartel en el que se señala la localización de las diferentes secciones. Buscas la de vivienda y suelo y el cartel te indica que debes subir a la tercera planta. Giras hacia la derecha y avanzas por un pasillo camino del ascensor, sometiéndote a las normas sin ser consciente de la formalidad, la asepsia y la indiferencia de estas orientaciones siempre generales e impersonales. El ascensor tarda un poco en llegar. Cuando lo haces, subes a él con otras tres personas. Cada uno presiona el botón del piso al que desea dirigirse y todos mantenéis la mirada fija en el suelo o en el vacío, evitando cualquier mirada que pusiese en entredicho la desatención cortés.

   Tu parada es la primera de todas. Suena un pitido y se abre lentamente la puerta. Das un paso al frente y dejas atrás a aquellas personas que han compartido tu viaje aunque sólo fuese durante unos segundos y a las que has dedicado tantos esfuerzos por hacer ver que no te interesaban. Ya estás en el tercer piso. Otra vez sin darte cuenta has dejado que algo de tu individualidad volara. Este edificio de la administración pública es una enorme unidad de clasificación en la que se manipula el espacio con la intención expresa de reducir la diversidad y homogeneizar los asuntos y a los individuos que se presentan. Los sujetos que tienen que solucionar alguna cuestión relativa a la educación han de dirigirse a la primera planta, aquellos que tienen que ver con el medio agrario han de hacerlo a la segunda, vivienda y suelo es la tercera y así hasta la séptima donde algunos funcionarios gestionan lo referente a la sanidad. Has pasado el primer proceso homogeneizador, pero las metáforas clasificatorias espaciales no se detienen en la línea vertical. Ante ti tienes un cartel muy similar al de la planta baja que distribuye a las personas y a sus asuntos hacia derecha e izquierda. 

Otro ejemplo de metáfora de clasificación espacial.
   Atraviesas pasillos y puertas siguiendo las indicaciones de los carteles hasta que consigues dar con el compartimento en el que se atienden cuestiones como la tuya. Aquí hay un mostrador con una mampara de cristal tras la cual hay tres personas introduciendo datos en los ordenadores. Te apoyas en el mostrador, pero nadie parece fijarse en ti. Carraspeas. Una mujer levanta la mirada de la pantalla y se acerca a ti con paso perezoso. El intercambio es rápido. Tú requieres una información y ella te la da y tu problema se soluciona apenas rellenando un formulario. Te sientes aliviado y hasta casi alegre, porque este problema te había estado agobiando durante las últimas dos semanas. Sin embargo, no expresas tus sentimientos más allá de un gracias frío y cortés dirigido a la funcionaria, porque ambos sabéis que las normas de la interacción en un no lugar como este se rigen por la profesionalidad y las convenciones .

   Todo esto de los no lugares no nos importaría si fuésemos budistas, hinduistas o miembros de cualquier culto que practica la aniquilación del individuo. Pero no. Somos europeos capitalistas, hijos de esa civilización que se dio en llamar occidente del bienestar. Capitalismo de mercado, una suerte de organización cultural que valora el individuo ante todo. Nos sentimos desazonados ante esta hiperexposición a los espacios de la soledad y el anonimato. Por eso colocamos la foto de nuestra familia en el escritorio de la oficina en un intento desesperado de reivindicar que esa mesa fría e impersonal es nuestra y no de cualquier otro; nuestro coche, que ha salido de la fábrica exactamente igual que los otros 20000 del mismo modelo, se convierte en una proyección de nuestras personalidades cuando lo decoramos con una cinta colgada del espejo retrovisor o una pegatina reivindicativa de alguna ciudad en la que hemos veraneado; tratamos por su nombre de pila a la cajera del supermercado y al director de la sucursal bancaria como si entre nosotros hubiese algo más que una relación comercial basada en el contrato; y, en definitiva, nos esforzamos en levantar la pata y marcar territorio con la única intención de repersonalizar estos no lugares y afirmar nuestra identidad. 

Ejemplos de levantar la para para marcar:


    Al mismo tiempo, sentimos la necesidad de volver al barrio, a casa, a esos espacios donde la gente nos conoce y somos alguien. Nos gusta bajar a la calle y saludar a la gente por su nombre y que, a su vez, ellos también nos saluden. Necesitamos entrar en el bar y pedir "lo de siempre" porque el camarero conoce nuestros gustos, que son nuestros, propios y personales, no un molde estándar en el que encajar a cientos de miles de personas.

    Eso que escribí no era una idea original. Son los no lugares de Marc Augé y puede encontrarse referencias a este concepto en cualquier libro de antropología medianamente moderno. Lo que yo me preguntaba era quién soy yo. ¿Cuál es esa identidad que me esfuerzo en no perder en los no lugares? ¿Quién es Curro? ¿Quién es Vera? ¿Quién es Marta? ¿Y Sabela? ¿Y Shela? ¿Y Eva?


    Para tratar de responder a todo esto le dedicaremos dos horas semanales y esta pequeña colección de ensayos que espero que nos den los instrumentos necesarios para poder conocernos un poco mejor.

martes, 10 de mayo de 2016

¿Los adolescentes no leen? -Una explicación antropológica-.


   


    El post que publicó Estíbaliz Burgaleta hará cosa de diez días acerca de si a las nuevas generaciones no les gusta leer (aquí) me tocó de cerca. Le hice un comentario, pero no puse todo lo que pensaba porque tampoco era plan de llenarle el blog con un comentario interminable. Pero me prometí a mí mismo que, en cuanto tuviese tiempo, escribiría un post sobre del tema. 

    Es cierto que los adolescentes no leen. Soy profesor de lengua y literatura y es una verdad que conozco de primera mano. Te lo dicen abiertamente -"profe, odio leer, es un coñazo"- y da igual el libro. Les damos vueltas y vueltas tratando de encontrar la novela que les pueda motivar y, en general, es un fracaso. Pero hay que matizar esa afirmación de que a los adolescentes de hoy no les gusta leer. 

     En primer lugar, tampoco conviene idealizar el pasado. Cuando yo era un adolescente tampoco había tanta gente que leyese. De hecho, recuerdo que, cuando tenía diecisiete años o así, me estaba intentando ligar a una tía y un amigo mío, queriendo de hacer de celestino, le dijo que yo era un tío muy interesante y raro porque me pasaba el día leyendo -por supuesto no me comí una rosca-. 

    Tampoco es cierto que ningún adolescente lea. Algunos chicos sí lo hacen. No son la mayoría, ni mucho menos, pero alguno hay. 

     Y a esto tenemos que sumarle que las cosas por obligación rara vez gustan. Entre los tres libros de lengua castellana, los tres de gallego -esto tirando por lo bajo-, los dos o tres de historia, los de ciudadanía, filosofía o la asignatura equivalente, el de biología, alguno de inglés, y otro perdido, hacen unos diez o doce libros en nueve meses, más de un libro al mes. Poco tiempo les queda para leer por placer. 



   Además, nunca se han vendido tantos libros como ahora. Es cierto que muchos sólo sirven para adornar las estanterías, pero nunca se leyó tanto como hoy en día. Para empezar, porque en este momento el cien por cien de la población está alfabetizada. Aunque el porcentaje de lectores haya bajado muchísimo, el número total ha subido. Pero eso no basta para hacer una teoría. El segmento de la población que sabía leer antes era escogido por su nivel sociocultural y económico, así que ni los porcentajes ni los números no son extrapolables. 



    Sea como sea, lo cierto es que a la mayoría de los jóvenes no les gusta leer. Después de darle vueltas y comentarlo con varios compañeros a los que respeto, he llegado a las siguientes conclusiones:



    Leer requiere esfuerzo. El cine y los videojuegos no. Hay que recrear lo narrado a partir de las palabras, es decir, hay que pasar de lo abstracto a lo concreto. El esfuerzo, si no estás acostumbrado, no es agradable. No hay que demonizar a nadie por eso. Muchos
hemos empezado a leer porque no nos quedaba más remedio. La oferta cuando éramos niños era muy limitada. A los adolescentes de hoy en día, cuando están aburridos en casa y buscan entretenimiento, les basta con encender la televisión o el ordenador y ahí tienen montones de series, películas y juegos. ¿Si están aburridos y cansados, para qué esforzarse con una novela, cuando tienen entretenimiento inmediato en la tele e internet? Insisto en que no hay que demonizarlos por eso. Cuando yo era niño sólo había la uno y la dos. O programas aburridos el sábado por la tarde o los libros de Julio Verne. Era lo que había. Imagino que, con doce años, si hubiese tenido la posibilidad de escoger entre Julio Verne o The Walking Dead, me hubiese quedado con los zombies sin dudarlo ni medio segundo.


     Que no lean no me parece tan preocupante. El saber humano tiene muchísimos canales de transmisión. La lectoescritura es sólo uno de ellos. Documentales, tutoriales, cine, series y demás formatos pueden transmitir el saber más o menos igual. Lo que realmente me llama la atención -y me parece preocupante- es que no se reflexiona. El arte se consume y se deshecha inmediatamente sin dedicarle más tiempo que el estrictamente necesario para su consumo. Unas dos horas para una película, un poco más para una serie, pero ni un minuto más. Y sin reflexión, sin debate interno y con los semejantes, difícilmente se puede aprehender el mensaje, el conocimiento que hay detrás de las narraciones. 




      La razón de esta falta de reflexión es la misma que la que les lleva a no leer. Acaban una serie e inmediatamente empiezan otra. O una película. O un disco. Antes era más complicado. Yo veía una película a la semana, la que cogía en videoclub y que costaba ciento cincuenta pesetas -eso cuando ya había video-. La veía todos los días porque no había otra. Esto hacía que me quedase con los detalles, que la masticase, le diese vueltas y, en definitiva, que reflexionase sobre ella. Normalmente nos juntábamos todos los chicos del barrio para verla, lo que le sumaba a este largo proceso de reflexión personal el debate con los amigos, que siempre aportaban una visión distinta que enriquecía o complementaba la mía. Lo mismo sucedía con los discos. Comprarlos era un lujo. Normalmente tenías una cinta grabada e ibas que chutabas. A los diecisiete años escuché los discos de Janes Addiction literalmente hasta desgastarlos. Ahora la oferta es infinita, gratuita e inmediata. Esto deriva inevitablemente en una cultura más vasta en lo que a títulos se refiere, pero más superficial. Han visto, leído, escuchado mucho más que nosotros, pero no se han detenido en ello, fundamentalmente porque las circunstancias no les han obligado. Otra vez sostengo que no hay que demonizarlos por ello. Si la enésima que vez escuché Nothing´s Shocking hubiese tenido la posibilidad de poner Youtube y escuchar lo que me diese la gana, probablemente hubiese optado por esta segunda opción.

     Esta hiperoferta de la cultura que deriva en el consumo masivo superficial está estrechamente relacionada con esta nueva sociedad del capitalismo de consumo que Bauman llamó sociedad líquida (aquí y aquí). Vivimos en un mundo en el que todo cambia continuamente, todo es liviano. Hay que estar continuamente cambiando, padecemos la sed insaciable de lo nuevo. Vamos al centro comercial, compramos algo, lo usamos e inmediatamente vamos a lo siguiente. No disfrutamos del objeto, sino del acto de conseguirlo. Me cito a mí mismo:

    Quizá una de las aportaciones más interesantes de Bauman es interpretación psicológica del consumo. Parte de una concepción un poco schopenhaueriana de la naturaleza humana. La vida oscila entre el dolor que provoca el deseo insatisfecho y el tedio que llega cuando hemos satisfecho ese dolor. Sufro porque no tengo algo -una novia, un puesto de trabajo, o lo que sea- y, cuando lo consigo, al poco tiempo paso a considerar la nueva situación como normal y me aburro. Para evitar caer en un tedio indefinido, me busco otra meta que me mantiene insatisfecho mientras no la alcanzo. Y así desde que nacemos hasta que nos morimos. Según Bauman, el consumismo ha superado este círculo vicioso. Por medio de la publicidad nos provoca el deseo insatisfecho de poseer ciertas cosas. Pero satisfaccerlas es increíblemente fácil. Basta con ir al centro comercial y pasar la tarde. La expectativa de satisfaccer ese deseo insatisfecho ya basta para hacernos felices. Es como si insatisfacción y deseo se juntasen en una nueva experiencia agradable. Por eso, cuando nos deprimimos, vamos de compras. Comprar es el mejor antidepresivo del siglo XXI, mucho mejor que el Prozac.



     Mary Douglas demostró en Estilos de pensar que cierta correspondencia entre el tipo de sociedad y el gusto/la estética. Lo que nos gusta y lo que no depende de la cultura en la que hayamos sido educados. Esto, lógicamente, ha de cumplirse en nuestra sociedad actual. A nuestros adolescentes no es que les guste el cine en general -como no les disgusta leer en general, aunque no lo sepan-. Si los ponemos delante de la pantalla y les cascamos una película de Dreyer, se mueren de asco. Ellos quieren películas en las que se consumen imágenes una detrás de otra, rápido. Quieren acción trepidante, cliff hunger tras cliff hunger que los tenga enganchados a la pantalla ansiosos por saber qué va a pasar en la siguiente escena. Como en el centro comercial, no se disfruta del objeto, no nos detenemos en la pelicula, sino que consumimos sin parar. No hay reflexión, sólo consumo.  

    Esto, lógicamente, afecta a la lectura. La lectura no tiene los recursos del cine. Es más lenta. Por eso les cuesta más y no leen. En caso de hacerlo, sólo son libros que siguen esa técnica de consumir páginas una detrás de otra. Así pasó con El Código da Vinci y lo que es best seller hoy en día. Los juegos del hambre, La princesa de hielo, etc... Les gusta porque se consumen páginas. Cada capítulo acaba con un pico de tensión no resuelto que despierta en el lector la curiosidad casi irresistible de leer el siguiente para saber qué pasa. Esta es una de las razones por las que gusta la novela policíaca. Porque consume páginas sin detenernos en el objeto. 

jueves, 21 de abril de 2016

¿Por qué a mi madre le molesta que me levante de la mesa? -Una explicación antropológica-.




    Hay pocas cosas más importantes para la existencia humana que la comida -quizá dormir-. No estoy hablando de regalarse el paladar en un restaurante más o menos finolis, sino de la necesidad básica de alimentarse. Sin comida nos morimos, y eso algo instintivo que sabemos desde el nacimiento.

   Esto nos puede parecer una chorrada, pero durante el 99% de la historia de la humanidad la actividad principal de nuestra especie fue conseguir comida. Hoy en día basta con acercarse al supermercado de la esquina y gastarse unos cuantos euros, pero hasta hace nada los seres humanos pasábamos hambre y con frecuencia nos moríamos por esta causa -en gran parte del planeta aún sigue siendo así-. Comer juntos, compartir la comida, supone controlar nuestro instinto de supervivencia. Renunciamos a nuestra comida en favor de otros miembros de un grupo con los que hemos establecido lazos afectivos en un gesto supremo de amor. Quizá hoy en día en occidente las circunstancias no sean tan extremas, pero esto no quita que después de millones de años esta relación con la comida ha quedado grabada en nuestra idiosincrasia.

   Paralelamente, uno de los vínculos que establece el recién nacido es con su madre precisamente porque esta es la que le da de comer.

    De todo esto se desprende que las comidas familiares son mucho más que ingesta de calorías. Son el símbolo de un grupo humano cerrado, cohesionado por los lazos afectivos.

   Cuando con cara de hastío le digo a mi madre que estoy agobiado y que me quiero levantar para irme con mis amigos, le estoy diciendo que no pertenezco -o que pertenezco disgusto- a ese grupo humano que ella llama su familia. Y a nadie le gusta sentirse rechazado.

   Esta situación se da con mucha frecuencia durante la adolescencia de los hijos. En la infancia los seres humanos construimos nuestra identidad en función de nuestros padres. Ellos son nuestros referentes. Nos identificamos con ellos y los admiramos. Pero realmente no tenemos identidad propia. Encontrarla pasa por ese período que llamamos adolescencia y que consiste en negar absolutamente todo lo que configuró nuestra personalidad de la infancia. Los padres dejan de ser los referentes y se convierten en unos pesados que no saben nada. Por eso al adolescente que niega sus padres le cuesta tanto permanecer sentado en la mesa. Se levanta negando el vínculo familiar para ir en busca de sus amigos, el grupo de iguales que constituye el primer paso para la creación de la identidad individual.

   Años después, cuando ese adolescente se haya convertido en adulto, volverá a los viejos lazos familiares, y hasta encontrará cierto placer en ir a comer a casa de sus padres los domingos. Y sus padres, que están mayores y tienen que acostumbrarse a síndrome del nido vacío, convierten esta comida semanal en toda una reivindicación de la familia.

   Así que ya lo sabéis. No sólo porque a los adolescentes les quema el culo en la mesa, sino también por qué vuestra madre, en cuanto cruzáis la puerta, trata de atiborrarlos con todo tipo de viandas.

   P.D. Este mismo proceso simbólico es el que se da, por ejemplo, en las comidas de negocios. Dos personas que cierran un negocio alrededor de una mesa, están reforzando simbólicamente su nuevo pacto compartiendo la comida.

domingo, 17 de abril de 2016

Emmanuel Carrère: El reino.



    No sé si es una novela colosal o una fantochada. A mí me gustó. Me lo pasé muy bien leyéndonla. Me la leí de un tirón -y eso que es un tocho de cuidado-. Pero no sé si eso basta. Que entrentenga no es suficiente para calificar algo de obra de arte. La serie Perdidos me entretuvo muchísimo y no se puede decir que sea arte de ninguna manera. 
   
    ¿Y qué decir de El Reino? Pues que es cien por cien Carrère. Como dijo Isaac Rosa, El Reino responde a "lo que podríamos llamar la “fórmula Carrère”, esa escritura personal que desde El adversario convierte sus libros en irresistibles: una bien medida mezcla de no-ficción, metaliteratura soft y autobiografía, aliñada con un ligero ensayismo, algo de humor y un estilo fluido y llano, intencionadamente alejado de la preocupación estilística de un Echenoz o un Michon. "

    Las primeras cien páginas cuenta una parte de su vida en la que pasaba por una crisis vital -un matrimonio desgraciado- y se convirtió al catolicismo. Poco a poco va perdiendo la fé y al final lo abandona. Esta parte es de una sinceridad brutal y a mí hasta había momentos en que me resultaba violenta. Un escritor siempre es una persona vanidosa. Por lo menos lo suficiente como para pensar que lo que tiene que contar puede interesarnos a los demás. Pero hablar de sí mismo como lo hace Carrère es casi pornografía. Se abre en canal ante el lector sin hacer un ejercicio de autocensura o estilización de la propia vida -o al menos eso parece-. Al mismo tiempo, Carrère cuenta su vida pasada desde un presente distinto. El Carrére que cuenta su conversión al catolicismo no es el mismo que se convirtió. Ha perdido la fé y por eso lanza una mirada distinta. En esto me recuerda mucho a Guzmán de Alfarache -no creo que estuviese en mente de Carrère la obra de Alemán, pero el paralelismo es evidente-. En Guzmán de Alfarache, un Guzmán viejo echa la vista atrás para contarnos su vida. El Guzmán del presente ha cambiado, ha sufrido una conversión religiosa y por eso puede contemplar el pasado desde la distancia, como si fuese otra persona, y soltarnos reflexiones religiosas y morales que censuran lo que hizo. El Reino es como si pusiésemos un espejo sobre esta técnica narrativa. Lo que está en la izquierda se ve en la derecha y viceversa. No es un Emmanuel Carrère convertido el que reflexiona sobre su pasado impío, sino justo al revés. Y por eso puede lanzar una mirada distante, cómica consigo mismo y hasta por momentos sarcástica. En mi opinión, este el mayor acierto de la primera parte del libro: la capacidad para analizarse a uno mismo desde la distancia cínica, de reírse de sí y no tomarse demasiado en serio. Lo que pasa es que no sé si me lo creo. Como dije, los escritores son muy vanidosos y no sé hasta qué punto es pose.

    La segunda parte del libro, que es con mucho la más extensa, cuenta la vida y obras de los primeros católicos, en concreto Pablo de Tarso y el evangelista Lucas. Carrère lo hace desde la perspectiva del investigador, no del religioso. La consecuencia es que nos da una visión profana, casi científica, de lo que pudieron ser estos primeros pasos de la religión que dominó el mundo durante veinte siglos. Pablo, Lucas y compañía no son santos que hacen milagros movidos por una fervorosa fé, sino estrategas, intrigantes, hábiles políticos, etc... Esto no es nada original. En todo momento tuve en mente a Marvin Harris, que, como Carrère, sostiene que Pablo de Tarso convirtió en religión un movimiento revolucionario político contra el colonialismo. La diferencia entre Marvin Harris y Carrère es que el antropólogo compara el cristianismo con los cultos Cargo y los pone en relación con cierta tendencia de las culturas oprimidas a convertir los movimientos políticos emancipatorios fracasados en movimientos mesiánicos. Carrère construye personajes.

    Aún así, a pesar de los dos palos que le acabo de dar a la novela, tiene dos virtudes por las que no me arrepiento ni lo más mínimo de haberla leído y hasta recomendaría a casi todo el mundo que lo hiciese. En primer lugar, como ya dije, es muy entretenida. Y en segundo lugar, me hizo pensar mucho sobre la fé, mi relación con la religión y el sentido de la vida fuera y dentro de ella. No es poco. Sólo por eso merece la pena. 

sábado, 16 de abril de 2016

Alfonso Martín Jiménez: Hacen falta cuatro siglos para entender a Cervantes.

 

    A unos presos se les encarga la misión de descubrir quién fue el autor del Quijote de Avellaneda y, a partir de ahí, comienza una investigación/reconstrucción de lo que pudo haber sucedido y de las relaciones que establecieron Cervantes, Lope de Vega, Jerónimo de Pasamonte y sus obras. 

    El autor, en el subtítulo, nos avisa de que se trata de una novela ensayística y esto, a priori, podría echar atrás a cierto tipo de lector, más preocupado por el ocio, al pensar que se trata de un tostón de otra época. Pero no. Es cierto que es una novela ensayística. La idea que la mueve es descubrir quien pudo ser ese Avellaneda que acicateó a Cervantes. Pero esta novela es mucho más y creo que hay sobradas razones para leerla.

    En primer lugar, me pareció muy interesante el tratamiento del tiempo. La novela transcurre en dos planos, el presente real de los personajes que se proponen descubrir quién fue Avellaneda, y el pasado reconstruido del siglo XVII español. Esto, en principio, no es nada original. Cualquier novela policiaca lo hace. Sin embargo, aquí esa dialéctica entre el presente real y el pasado recreado nos lleva a la reflexión acerca del modo en que se reconstruye la historia. La forma no es un mero alarde de técnica, sino que tiene sentido, hay comunión entre la forma y el contenido, o, lo que es lo mismo, aquí la forma es contenido.

    Esta primera idea me lleva a la segunda razón por la que me gustó -y mucho-. Alfonso Martín nos avisa de que es una novela ensayística, pero, como dije hace un par de párrafos, es mucho más. Hacen falta cuatro siglos para entender a Cervantes es una novela híbrida, en la que se mezclan diversos géneros literarios. Hay novela ensayística, pero también hay mucho de novela policiaca. Los dos presos que tienen que descubrir quién pudo ser Avellaneda se comportan como dos sabuesos que reconstruyen un crimen a partir de las pruebas. En este sentido, me recuerda un poco a La hija del tiempo, aunque la novela de Tey no me vuelve loco y esta sí. Por su conocimiento del tema, Martín Jiménez podía haber escrito un ensayo académico. No dudo que el ensayo será interesantísimo, pero probablemente no sea de tan fácil lectura para el lector profano. Planteando la obra como una novela policiaca, la dota de una intriga que tiene al lector expectante y hace que te la leas casi de un tirón -yo tardé sólo dos días-. 

    Esta reconstrucción es llevada a cabo por dos personajes bajos -dos presidiarios y una doctora- y en varias ocasiones hay espacio para el humor, de modo que Hacen falta cuatro siglos para entender a Cervantes se acerca a la novela picaresca. Tal vez sea una casualidad, pero escribir una novela picaresca para desentrañar unos hechos que tuvieron lugar precisamente en el momento de eclosión de este género le da a la obra un aire de circularidad, como si fuese un constructo pensado y en el que todos los detalles encajan como el mecanismo de un reloj suizo. 

    Además, como fácilmente intuirá el lector de esta reseña, también es una novela histórica. Uno de los dos planos temporales en los que se desarrolla es el siglo XVII. Y este es otro de los que considero aciertos de la novela. En numerosas ocasiones he criticado en este blog la novela histórica y la pretensión de muchos lectores de aprender historia leyendo este género, cuando la mayoría de estas novelas nos cuentan una historia moderna, con personajes modernos, con la salvedad de que, en lugar de estar ambientada en nuestros días, lo está en el pasado. No es el caso de Hacen cuatro siglos para entender a Cervantes. El rigor histórico es absoluto. Como no podría ser de otra manera en un autor que, entre otras cosas, está especializado el análisis de las relaciones de imitación, intertextualidad e hipertextualidad entre las obras de autores españoles del Siglo de Oro, como Cervantes, Pasamonte, Avellaneda, Mateo Alemán, Mateo Luján de Sayavedra o Lope de Vega. Por una vez, y solo por una vez, se puede decir que leyendo se aprende historia. No es una historia moderna ambientada en el pasado. No es un pastiche. No. Lo que nos cuenta es lo que creo que más se puede aproximar a lo que fue la realidad. 

   En definitiva, y para dejar ya el tema del género, Hacen cuatro siglos para entender a Cervantes es un juego con todos los géneros. Bebe de aquí y de allá, coquetea con todo y no se casa con nada, lo que resulta muy moderno y atractivo para el lector actual.

    También es muy moderna la técnica narrativa, que siempre acerca lo narrado al lector. Combina los diálogos al más puro estilo del ensayo renacentista con la técnica de cámara cinematográfica explícita. Esto resulta muy efectivo, porque le permite introducir digresiones y explicaciones y combinarlas con acciones muy visuales. Reflexión y dinamismo, tradición y modernidad a partes iguales que hace que la narración transcurra de forma equlibrada.  

    Y ya para terminar, me interesa muchísimo un tema que está presente en toda la obra: la imitación y la originalidad. Hoy en día tenemos la originalidad como un valor estético supremo y ni nos planteamos que algo pueda ser una obra de arte si no es original. Sin embargo, este patrón estético es, como toda estética, cultural. Y además bastente reciente. Hasta la revoución romántica de finales del siglo XVIII la originalidad no se consideraba entre las condiciones de la obra de arte. Sin embargo, con la nueva concepción del artista como genio que crea un mundo propio, la originalidad se convierte en algo indispensable . Pero no pensaban así los escritores del Siglo de Oro español, de ahí las innumerables imitaciones, la intertextualidad y la hipertextualidad en la que es experto Martín Jiménez y que tan bien refleja aquí. 

    En definitiva. Una novela que recomiedo. Y además es totalmente gratis. El autor la ha colgado y se puede descargar sin pagar en el siguiente enlace: aquí