lunes, 7 de marzo de 2016

Eiji Yoshikawa: Musashi. El camino del samurai.




   Musashi cuenta la primera parte de la vida de un joven que quiere convertirse en samurai. 
    Tenía cierto interés en leerla, porque fue una de las novelas con más éxito de la historia de Japón. Además, por cuestiones profesionales, estoy buscando información sobre todo lo que tenga que ver con el Japón medieval. Y siento decir que me aburrió bastante. Por lo menos es japonesa, no como Shogun, que es una historia absolutamente inverosímil, una historia occidental con personajes japoneses, pero no llega. Es una historia de aventuras sin más. El esquema de la narración es el de toda la vida, el que analizó Campbell en El héroe de las mil caras. Un héroe que vive en una aldea perdida, sale al gran mundo, lleva a cabo una serie de aventuras, supera una prueba final y alcanza el nadir. Esta novela no termina el periplo del héroe, porque es la primera parte de una serie, pero se ve venir el final. 
   Quizá no me haya gustado porque no encontré nada original en ella, a no ser que los personajes resultan un poco extraños, probablemente porque son japoneses. Por momentos no entendía muy bien por qué actuaban cómo actuaban, pero supongo que eso se debe a que no soy japonés. En lo demás, es la novela de siempre. Este esquema del viaje del héroe iniciático ha servido de base para millones de narraciones. El quid estriba en saber desarrollarlo bien. Y, visto lo visto, se ve en Japón triunfa lo mismo que en Europa. Aventurillas sin más trascendencia. Entretenimiento puro. 

James Clavell: Shogun.



   El capitán John Blackthorne naufraga en los primeros años del siglo XVII en las costas de Japón. Su destino es morir decapitado, pero, sorprendentemente, se convierte en pieza clave de la lucha política que mantienen los más poderosos señores feudales, Toranaga e Ishido, por hacerse con el control del Imperio. Zarandeado por los intereses de ambos señores y por los de la Iglesia que cristianiza las islas, Blackthorne, llamado Anjin-san, va sumergiéndose poco a poco en la cultura japonesa, hasta el punto de aprender el idioma, convertirse en samurai e, incluso, enamorarse de Mariko-san, su traductora.



   Ya no me gustó la serie. Tampoco el libro. Básicamente por dos razones:

1. No es una novela japonesa. Japón es la excusa para un escenario exótico, pero los personajes, sus pasiones y sus reacciones son total y absolutamente europeas. Eso es falsear la historia, cosa que, por otra parte, hacen la mayoría de las novelas históricas. Le dan al lector un escenario exótico, que sea sugerente, al tiempo que ofrece la falsa sensación de estar aprendiendo. Si buscamos esta última finalidad en Shogun, es tiempo perdido, porque el Japón del siglo XVII no fue de ninguna manera así. Lo único que tiene de verídico es la arquitectura y el nombre de los personajes, pero en absoluto su cultura y su forma de ser. Podría poner muchos ejemplos. Basta con rescatar la relación amorosa del protagonista, que parece sacada directamente de una novela romántica europea.

2. La novela tiene cierta acción e intriga política. Eso se lo reconozco y el lector quiere leer más para saber cómo va a acabar todo. El problema es que la conspiración política se resuelve sólo a medias. El libro está totalmente descompensado. Lo lógico es que una narración dedique 1/3 al planteamiento, 1/3 al nudo y otro tercio al desenlace. O como Shakespeare, 1/5, 3/5 y 1/5. Pero en Shogun el desenlace es menos de 1/10. Es tan precipitado que te deja con la sensación de no resuelto, como si el autor se hubiese cansado de escribir y hubiese dejado el libro a medias. 




domingo, 6 de marzo de 2016

Spotlight (Thomas McCarthy)


   En la facultad tenía un compañero que decía practicar la "crítica intuitiva". Esta forma de crítica consistía en hacer reseñas y valorar una novela sin leerla. No le hacía falta. No volví a pensar en él hasta esta semana. Estaba en el instituto y le comenté a uno de mis compañeros -muy cinéfilo él- que esa noche iba a ver Spotlight
   -Ah. Otra peli de periodistas progres americanos. -me dijo- Yo paso. Ya vi Todos los hombres del presidente. 
    Por la noche vi la película. Y cuánta sabiduría había en aquel compañero mío de facultad que practicaba la crítica intuitiva y en este compañero de trabajo que definió Spotlight como otra película de periodistas progres americanos sin necesidad de haberla visto. Porque es exactamente eso. Y añado que su Oscar a la mejor película es una prueba más de que Hollywood está de saldo. Es una película normal, ni siquiera es muy valiente en su denuncia -a estas alturas ya todos sabemos lo de los curas pederastas y lo asquerosos que eran-, que está bien hecha, se ve bastante bien, pero que no aporta absolutamente nada.

La reina de África (John Huston)



    Me cuesta ser objetivo con una película que vi por primera vez con doce años y que ya he debido ver unas veinte veces. Me la sé de memoria y, cuanto más la veo, más me gusta. Huston convierte una historia de aventuras en el África colonial en una fascinante historia de amor. No sé qué tenía Katherine Hepburn, que no era guapa, pero enamoraba. Durante los primeros minutos de la película me dan ganas de estrangularla. Me parece una mojigata beatona manipuladora egoísta. Pero, a medida que va pasando el tiempo, me voy enamorando de ella hasta hacerme soñar con estar en el pellejo de Bogart. Él está fantástico, en un papel que no era el suyo de siempre. No es un tipo duro, sino un hombre sencillo, honesto y valiente en una situación complicada. Y entre los dos surge un amor de película, que es lo que es La reina de África. Un amor de película que permanecerá en la historia de este arte porque se lo merece. Y de fondo la fotografía de un continente salvaje, el decorado perfecto para esta historia de amor.

Te querré siempre / Viaggio in Italia (Roberto Rossellini)

   


   Un matrimonio inglés viaja a Italia para vender una villa que ha heredado cerca de Nápoles. Al alejarse del ambiente londinense y encontrarse en un paisaje y en un mundo ajenos, la pareja experimenta sentimientos olvidados, como los celos y el resentimiento. (FILMAFFINITY)

   Con ella empezó todo. Y no sabéis cómo me molesta consultar en internet páginas especializadas en cine que le dan a la segunda temporada de Fargo un ocho con tres y a Te querré siempre un siete con cinco. Todos sabemos que en estas páginas votan muchos chavales jóvenes que, o no han visto la película, o no están acostumbrados a otra forma de narración que no sea estrictamente la actual. También sabemos que detrás de estas notas hay un interés comercial y que a las grandes productoras les interesa mucho más que se valore lo que está actualmente en el mercado. Pero todo tiene un límite. Te querré siempre rompió con la tradición del cine y, a partir de ella, ya no resulta impensable hacer una película en la que se cuenta la vida cotidiana de gente normal. Me viene a la cabeza, así, sin estrujármela mucho, que la trilogía Before o Revolutionary Road serían impensables si antes no se hubiese hecho Te querré siempre. Y sólo por eso se merece que en Filmaffinity le pongan, por lo menos, un nueve y medio. También porque Ingrid Bergman ya era un galgo con muchos kilómetros en las piernas que se echa a las espaldas una película que no era nada fácil, o porque el final es lo suficientemente sugerente como para estimular acalorados debates con los amigos. Pero todo eso son "tambienes". Con lo que innovó en su momento basta.


Dublineses "Los muertos" (John Huston)



   Con Dublineses me pasa lo mismo que con Ordet. ¿Qué demonios puedo decir de ella? ¿Que es una de las tres mejores películas que he visto en mi vida? Pero tampoco puedo decir que el arte con mayúsculas no puede ser traducido a simples palabras y sólo queda el silencio admirado, porque eso ya lo he hecho con Ordet y ya nadie leería mis posts. Todo sería "es una peli flipante, míradla porque es la hostia" y ya está. Así que trataré de recoger algunas de las razones que les di el otro día a mis alumnos.
   a) Está basada en un relato. La técnica del relato literario y la del corto cinematográfico son similares y está determinada por su longitud. Todo se fía a un golpe final que sorprende al lector/espectador y le da sentido a lo que ha leído/visto hasta el momento. Esto se puede hacer con narraciones breves precisamente por eso, porque son breves. Fiar todo a la revelación final en una narración larga dará la impresión de que no pasa nada. Se sucederán los planos o las páginas y tendremos la sensación de que la narración no ha avanzado. Pero esto no pasa en Dublineses. Aunque hay un golpe final, casi me atrevería a decir que no es imprescindible. Pasan los minutos sin que haya un muerto, una explosión de amor, ni nada de eso. Sólo una escena costumbrista en la que tres hermanas de la buena sociedad irlandesa celebran una cena. Y poco a poco, el espectador bebe las imágenes en las que Huston traza un perfecto reflejo de la sociedad. Realismo en estado puro. La vida cotidiana de la gente que gracias a la maestría de uno de los directores más grandes de la historia resulta infinitamente más interesante que la de cualquier héroe. 
    b) Que el retrato costumbrista sea maravilloso no quiere decir que el final carezca de interés. Todo lo contrario. El golpe final, ya anunciado en el título (Los muertos) es fantástico. No quiero hacer un spoiler, pero le da sentido a todo. ¡Y qué sentido!
   c) La música es alucinante. No soy un melómano. Es más, ni siquiera me gusta la música. Nunca pongo discos en casa y para mí la música es poco más que el acompañamiento de las imágenes en las películas. ¡Pero vaya banda sonora que tiene Dublineses!
    d) Los planos. ¡Madre mía con los planos! Angelica Huston baja por las escaleras con la cabeza cubierta con un pañuelo, oye una música en el piso de arriba y se detiene. Tras ella, enmarcando su cabeza, queda una cristalera. Angelica Huston gira la cabeza y clava la mirada en el infinito. Un auténtico cuadro de anunciación del renacimiento. La Huston como una virgen renacentista teniendo una experiencia mística profana al recordar el amor de juventud. Abajo, su marido muy enamorado de ella, la mira como uno de esos personajes de Murillo. Y luego charlan en el coche que los lleva a casa y hay un juego de espejos que parece sacado de las Meninas. Y el coche cruza un puente como un cuadro impresionista y así toda la película, que es visualmente la mejor que visto en mi vida, y eso que casi no salen de casa.
    Y nada más. A mis alumnos les digo que eviten las interrogaciones y las exclamaciones retóricas en sus comentarios porque son coloquiales. Os pido que me entendáis, porque cuando algo es grande de verdad no se puede reducir a palabras y sólo queda la exclamación admirada o el silencio.
    
    

Ordet "La palabra" (Dreyer)


    ¿Qué demonios voy a decir yo de Ordet? ¿Voy a hacer un análisis formal? ¿Voy, por ejemplo, a decir que cada plano es una obra maestra pictórica en sí mismo? ¿Voy a hablar del cine trascendental en el que lo que importan son las ideas? ¿Voy a detenerme a comentar lo paradógico que tiene conseguir unos personajes increíblemente humanos al tiempo que ni siquiera se miran cuando hablan? ¿Voy a recoger la maravillosa conversación entre el hijo loco que se cree Jesucristo y el cura cuando el loco le dice que la religión va mal cuando creen en algo que sucedió hace dos mil años y no en el presente? Pues no. Porque esta pelicula es todo esto y mucho más. Un colega con el que estuve hablando esta semana de ella me dijo que tenía material para un post del blog. Y yo le contesté que no, que no tenía sentido escribir una crítica de esta película en un blog porque necesitaría muchos párrafos, casi un tesis doctoral. Pero no puedo resistirme a recomendarla. Es densa de cuidado. Y aún así es flipante. Porque el mensaje es demoledor: ¿Y si Dios existe de verdad?
    Os la recomiendo a todos sin más. Vedla y alucinad.