viernes, 6 de noviembre de 2015

Acerca del relativismo lingüístico




    Ahora que cada día nos levantamos con noticias de Cataluña  y parece estar en boca de todos ese mantra de la identidad cultural, hay algunas cosas que deberíamos dejar claras. Con frecuencia escucho a mis alumnos que debemos dar asignaturas en gallego porque es la lengua propia de Galicia y que eso determina nuestra forma de entender el mundo y nos convierte en un pueblo distinto y especial. Evidentemente, esto no es algo que se les haya ocurrido a ellos solitos, sino que lo han oído por ahí, a políticos, a otros profesores o en casa. Vaya por delante que creo que debe darse clase en gallego, catalán o vasco porque hay gente que lo habla y, por tanto, tiene derecho a ser educado en la lengua que le dé la gana. También creo que, aunque un alumno no hable esa lengua, el sistema educativo debe asegurarle el derecho a conocerla en un futuro y decidir si quiere hacerla su lengua vehicular o no. Pero por lo que no paso es por ese tópico que se ha extendido tanto y que la mayoría de la gente acepta sin la más mínima reflexión de que la lengua configura la forma de pensar y, por tanto, la identidad personal. Por eso escribo este post, para dejar claras algunas cosas acerca del relativismo lingüístico.

    La hipótesis del relativismo lingüístico planteada por Sapir y desarrollada por Whorf viene a decir, resumiendo y simplificando un poco, que la gramática no es un instrumento para expresar ideas, sino que diseccionamos la Naturaleza siguiendo líneas que nos vienen indicadas por nuestras lenguas nativas. La realidad es un flujo caleidoscópico de impresiones que tiene que ser organizado por nuestras mentes y esto lo hacemos a través de las lenguas. Para Sapir y Whorf, las lenguas son, en suma, instrumentos de categorización de la realidad. De todos los fenómenos que percibimos, extraemos una serie de características comunes para agruparlos en la abstracción de la palabra que, a partir de ese momento, designará a ese conjunto de fenómenos. Así, de todos los fenómenos posibles, hemos extraído las características “cuatro patas” y “sentarse” y le hemos otorgado la palabra “silla”; dos líneas rectas que se cortan son la palabra “cruz”; y un ser humano con apenas unos días de vida es un “bebé”, que se opone a uno con pocos años –“niño”-, al que está en la etapa de transición entre la vida infantil y la adulta –“adolescente”- y al que ha superado esa etapa y que clasificamos bajo la categoría “adulto”. Una lengua que no posea la categoría “adolescente” no puede oponerla a “adulto” y, entonces, no podría hablar de una etapa conflictiva en la vida del hombre. En consecuencia, una determinada lengua implica una determinada visión del mundo. 





    Pero todo esto es falso. Primero, porque esta teoría, al distinguir el funcionamiento de la mente humana en función de la lengua del hablante, sostiene que los individuos tienen capacidades intelectuales diferentes según su idioma -y seguro que ninguno de vosotros está de acuerdo con una idea tan reaccionaria y racista. 
    También es falso porque, como nos enseñó el profesor Boas -que, por cierto, Sapir era su discípulo-, no existe correlación entre raza, lengua y cultura, ya que puede darse cambio de de lengua y de cultura y no de físico, como en los negros llevados como esclavos a Norteamérica; cambios físicos y de cultura, pero no de lengua, como la población magiar; cambios de lengua y no físicos, como los árabes del norte de África; y cambios de cultura y no de lengua ni físicos, como nos enseña la historia porque la forma de vida de un gallego del siglo XII y la mía no se parecen mucho.
    Y todo esto por no hablar de las teorías de Chomsky o Anna Wierzbicka, al menos tan defendibles desde el punto de vista intelectual como Whorf, que sostienen y demuestran empíricamente la existencia de una lengua universal.
    Sin querer extenderme más, recojo un argumento de Marvin Harris acerca del relativismo lingüístico: los hopi de Sapir y Whorf tenían una flexión verbal distinta a la inglesa y, por tanto, concebían el tiempo de una forma diferente. Pero no era la lengua la que determinaba la percepción de la realidad, sino al contrario. Si a alguien se le ocurriese poner a trabajar a un hopi en una fábrica con un reloj en el que se indicase la hora de salida, rápidamente el hopi desarrollaría en su lengua estrategias para expresar el tiempo. Así que, en conclusión, no es la lengua la determina unilateralmente la percepción de la realidad, sino que, al menos, ambas se retroalimentan.



      

martes, 3 de noviembre de 2015

Caperucita Roja ¿a quién temes? (Catherine Hardwicke)


    Esta película -por llamarle de alguna manera- es un remake del cuento tradicional, pero adaptando los personajes y la trama para convertir una historia para niños en lo que se supone que es cine.
    La primera pregunta que me vino a la cabeza cuando terminé de verla fue ¿cuál es el target, el público objetivo al que se dirige esta película? Porque es evidente que a los niños no. Hay un par de escenas que apuntan sexo y no creo que eso es lo que quieren los padres que vean sus hijos. A adultos tampoco, porque a un adulto cualquiera, independientemente de cuál sea su nivel cultural, se le supone la madurez suficiente como para darse cuenta de que esto es una bobada colosal. Solo me quedan los adolescentes, y algo del gusto adolescente hay aquí: tiene un puntito canalla, sobre todo al final, y la historia gira en torno a un amor imposible, eso que tan bien funciona con esta franja de edad porque encaja perfectamente en su imaginario colectivo. Pero creo que con eso tampoco basta. La enfoquemos como la enfoquemos, la historia es flojísima, los personajes estereotipados y apenas si logra despertar la curiosidad del espectador por saber quién es ese lobo tan feroz que amenaza el pueblo. 
    Por lo demás, el vestuario, la escenografía, la música, etc... son correctas, pero impersonales. Estéticamente uno no sabe si está viendo un episodio de Once Upon a Time o una película con entidad independiente.
      En definitiva: una mierda.
      P.D. Me gustaría saber por qué el padre vengador que viene a luchar contra el hombre lobo se pasa la película hablando a gritos. 
     

domingo, 25 de octubre de 2015

¿Son los hipsters una tribu urbana de toda la vida?



     Hace un cuarto de hora, viniendo para casa, me crucé con un hipster que hace tiempo que tengo fichado. El tipo trabaja en una de las tiendas de Inditex, una de esas tiendas que ofrecen imitaciones en masa asequibles para la clase media, pero se comporta como si fuese el cerebro de Chanel nº5. Aunque no hace falta que describa su atuendo, no me resisto a comentar que ahora tiene dos perritos minúsculos con los que mantiene exactamente la misma relación que con el chándal vintage superajustado que vestía hoy.
     A mí este individuo no me interesa lo más mínimo, pero me trajo a la cabeza el ensayo de Víctor Lemore Indies, hispters y gafapastas, Crónica de una dominación cultural. En este ensayo Lemore pone a esta tribu urbana contemporánea de vuelta y media. Da bastantes datos y marea la perdiz, pero su interpretación el fenómeno gira básicamente en torno a las siguientes ideas:
    a) el hispter está definido por en individualismo radical. Frente al compromiso político de otras tribus urbanas, el hipster es un hedonista que sólo piensa en sí mismo. No se identifica con los demás. Solo quiere destacar, ser distinto, diferente y único. 
     b) La falta de compromiso político lleva a los hipsters a definir su identidad individual no por lo que son, sino por lo que consumen. Un hipster es un individuo con un gusto 
exquisito, que se viste muy bien, muy moderno, con un estilo personal, y que le gustan series de televisión y música muy exclusiva. No escuchan el canto de loco ni les gusta Star Wars. Eso los equipararía con la mayoría de la sociedad y ya he dicho que el hipster busca como loco una identidad individual diferente de la de los demás. Por eso escuchan cosas supuestamente raras y que se mueven en el circuito underground. Esto se concreta, por ejemplo, en que adoraban la primera temporada de True Detective cuando era algo más o menos desconocido. La segunda temporada no les gusta nada no porque no sea tan buena como la primera -lo cierto es que es bastante peor-, sino porque True Detective se ha convertido en fenómeno de masas. Decir que te gusta ya no te distingue de nadie.

     c) Las razones por las cuales algo les gusta o no, a parte de la exclusividad, son que aparezcan en tal o cual revista de tendencias. Por supuesto, en esas revistas no se dan argumentos de peso para sancionar las diferentes manifestaciones culturales como maravillosas o basura. Simplemente se dice que mola o que apesta y ya está. 
      d) Los hipsters, en realidad, son un mercado creado artificialmente por empresas que ganan mucho dinero. Detrás de los creadores de tendencias que deciden qué consume el mercado hipster, hay estrategias comerciales que explotan el mercado de lo underground. El festival de Sundance, por ejemplo, es una estrategia para vender cine a ese público que busca lo alternativo. Lo mismo sucede con su ropa, que renuevan y cambian convulsivamente para que la sociedad de consumo siga girando y moviendo miles de millones de euros en todo el mundo. 



      e) Por supuesto, esto le parece superreaccionario. Son unas personas que lucen un look desenfadado y progresista, pero en realidad construyen su identidad en función del consumo y de ahí a la vara moral de medir del neoliberalismo hay un paso. La máxima "tanto tienes, tanto vales" de nuestros padres neoliberales -el mío no-, ha sido sustituida por "vales lo que consumes", que es más o menos lo mismo.

     Aunque no estoy de acuerdo en absoluto con Lemore, su ensayo es bastante interesante porque nos hace pensar sobre este nuevo fenómeno social al que de otra forma no le hubiese prestado más atención que una sonrisilla cuando me cruzo por la calle con alguno de estos barbudos vestido como un espantallo.
     No estoy de acuerdo con Lemore porque los hipsters son exactamente igual que cualquier otra tribu urbana de toda la vida.
     a) Eso de que las tribus urbanas tienen un compromiso político es un tópico falso. Para empezar, hubo muchas tribus que no se mojaban políticamente. Los grunges, por ejemplo, sólo estaban tristes. No recuerdo chapas reivindicativas en sus chaquetas de lana. Además, la relación con la política de los miembros de una determinada tribu es exactamente la misma que con su cazadora de cuero. Cuando un chaval se hace rocker, mod, skin o lo que sea, no está movido por la política, sino por la estética. Le gusta como se visten unos determinados personajes y los fagocita. Hace lo que hacen ellos y repite lo que ellos dicen. El posicionamiento político es impostado y se luce igual que una chapa. 
     b) Querer ser exclusivo también es un fenómeno de toda la vida. El disco que mola de Guns n´ Roses es el Appetite for destruction, Bad Religion se vendieron cuando se forraron con Stranger than fiction y todo lo que ha hecho Red Hot Chilli Peppers después de Blood, Sugar, Sex, Magic es basura comercial. Lo bueno para los adolescentes siempre es lo que solo es conocido por ellos, porque así se tiene una relación más intima con ellos. 
      c) La identidad construida a partir del consumo es una constante de las tribus urbanas desde su origen. Los mods compran los discos de mods, la ropa de mods y van a beber a los bares de mods. Consumen vida mod. Y lo mismo con los punkies, los heavys, los rockers, skaters, etc... Por supuesto, son vidas impostadas, ajenas, reificadas, porque es imposible que dos mods sean exactamente iguales, aunque todos escuchen lo mismo, se vistan igual y tengan las mismas costumbres. No veo que se diferencien en esto de los hipsters.
     d) Como sucede con los hispters, lo que es cool o lo que apesta responde a razones absolutamente triviales. Es lo que Finkielkraut llamó la cultura de los feelings. No hay una sola razón objetiva por la cual Jane´s Addition sean mejor que El Canto del Loco, más allá de que un señor de una revista guay ha dicho que así es. A mi no me gusta nada El canto del loco y sí Jane´s Addiction, pero difícilmente encuentro razones por las que los segundos son mucho mejores. 
    e) Como el en el caso hipster, el gusto en el resto de las tribus urbanas se decide en revistas, agencias de publicidad, empresas inversoras en el mercado joven y adolescente, etc... No hace falta recurrir a casos tan extremos como los Sex Pistols. ¿Es que acaso el brit pop, por ejemplo, no era una factoría de vender discos, ropa, merchandising, etc...?
      f) El gusto vintage, que tanto triunfa entre los hispters, también se da en otras tribus. A los mods y los rockers les gustaba la música de sus padres. Si los hipsters son conservadores, los mods y los rockers más, porque su gusto es el que sus padres les han dicho que es el adecuado.



     En definitiva, los hipsters con una tribu urbana como las de toda la vida. Aunque les joda, no son nada nuevo. 
     Pero no puedo acabar este post sin darles algo de caña, porque hay que reconocer que los hipsters son bastante asquerosos. La idea es de mi amigo T:

     Si Lemore quería llevar la crítica a los hipsters por la lucha de clase, le bastaba decir que son unos pobretones. Son, como el caso del hipster que tengo fichado, gente de clase media que trata de llevar una vida súperexquisita, lo que es propio y está reservado solo a los ricos. Es lo que Thorstein Veblen llamaba mímesis de dominación -los pobres imitan a los ricos porque los envidian- y lo que Bourdieu llamó violencia simbólica -los pobres adoptan de forma inconsciente los valores simbólicos y morales de los ricos, aunque esto vaya en contra de su interés-. Los hipsters son, en consecuencia, unos pobres diablos. 

Finkielkraut: La derrota del pensamiento.



    Hay dos formas de entender la sociedad y la cultura. La primera es la que arranca con la Ilustración y cristaliza en al Revolución Francesa -Rosseau y su Contrato Social-. Los hombres nacen libres y, en virtud de esa libertad, se asocian para vivir mejor. De esa asociación de hombres libres surge lo que conocemos como sociedad y su consecuencia que es la cultura. Una ley o una costumbre es buena o mala en tanto que mejore o empeore la vida de los hombres. Por eso los jacobinos le cortaron la cabeza al rey. Porque la monarquía absoluta entorpecía la felicidad de la mayor parte de los hombres que formaban aquel contrato social. El hombre nace ignorante y la cultura es todo aquello que le ayuda a salir de la caverna o, lo que es lo mismo, nos acerca a la Verdad. La cultura es ese ideal universal que hace progresar a los hombres libres a una sociedad mejor. 
    Frente a esa concepción racionalista de la cultura, surge, en el siglo XIX, de la mano de Herder, la reacción nacionalista. La cultura ya no es la construcción artificial de los hombres libres, sino un producto natural de la tierra. Según Herder, cada pueblo tiene su propio espíritu. El Volksgeist determina la forma de entender el mundo de los miembros de cada cultura y los hace semejantes entre sí. Es en esa semejanza de cosmovisiones en lo que se fundamenta la existencia de las diferentes naciones y pueblos. Los alemanes se asocian con los alemanes, los franceses con los franceses y lo gallegos con los gallegos porque son semejantes entre ellos y diferentes de un ruso o un español. Para Herder y los nacionalistas, una ley o una costumbre no es buena porque mejore nuestra forma de vida, sino sólo por ser ancestral. Cuanto más cercana esté al origen, menos contaminada estará y más Volksgeist será. De ahí que en su origen los nacionalismos estuviesen ligados a partidos políticos conservadores. Herder niega la libertad del hombre al privarle de la elección cultural y, además, es mentira por dos razones muy sencillas:
    1º: Si las culturas fuesen naturales, no cambiarían con el tiempo; y es evidente que un francés del siglo XII y  Finkielkraut no se parecen mucho.
   2º: Porque para explicar el origen de las culturas naturales tenemos que apelar una fuerza sobrehumana, una presencia divina o como le queramos llamar. ¿De dónde viene ese Volksgeist? A Finkielkraut no se le ocurre otra posibilidad más que lo hubiese puesto Dios ahí. O lo que es lo mismo: es así porque es así y punto. Según Finkielkraut, el pensamiento nacionalista y el pensamiento religioso recurren a la fe como base de su argumentación.
   El proyecto nacionalista niega la posibilidad de una Cultura universal con mayúsculas porque sostienen que nada puede ser interpretado fuera de su contexto. Cada hecho cultural carece de sentido fuera de la cultura en la que tiene lugar. Este relativismo cultural con un hipervaloración de las culturas populares en peligro de extinción, a parte de que puede derivar fácilmente en relativismo moral, ha hecho que unas coplillas de ciego sean equiparables al Rey Lear y unos zuecos de madera a un Tiziano, porque todos son hechos culturales al fin y al cabo. Shakespeare no es el dramaturgo más grande de la historia por haber demostrado un profundo conocimiento del ser humano, sino porque reproducía el discurso de la clase dominante que lo ha elevado a modelos por intereses de clase.

    Lo que se ha dado es un desplazamiento de la palabra cultura. Anteriormente, la calificación de algo como cultural implicaba una valoración especial. Para los ilustrados, la cultura es el conjunto de esas cosas que ayudan a mejorar al ser humano, en el sentido de que colaboran a hacerlo autónomo –libre- respecto a los apetitos momentáneos, a la dictadura del interés propio y a los prejuicios. Es decir, la racionalidad es la cultura. Como veis, hay un desplazamiento social de la palabra. El nacionalismo se apoya el el prestigio de la palabra para promover el respeto justamente por una de las tres cosas de las que la verdadera cultura intenta alejarnos: los prejuicios, las costumbres, la tradición, aquello que el espíritu gregario sanciona como bueno y que se puede oponer a los descubrimientos racionales de un individuo. Para el ideal racional, la función de la Cultura es hacernos conscientes de las particularidades del individuo y de la máxima autoridad del mismo en su lucha contra su sociedad y su cultura. 

lunes, 19 de octubre de 2015

Rose George: Noventa por ciento de todo.



    Noventa por ciento de todo es un ensayo sobre las navieras, la industria del transporte naval y la vida en este tipo de barcos. Así contado, la verdad es que no despierta mucho interés, si no es por cuestiones políticas. Esta -además del título, que me parece la mar de sugerente- fue la razón por la cual decidí invertir parte de mi tiempo con este ensayo. Y la verdad es que mis expectativas en este sentido se vieron totalmente defraudadas. Yo esperaba un ensayo de geografía y que se mojase políticamente, denunciando un sistema demencial que nos lleva, por ejemplo, a criar salmón en Escocia, embarcarlo para que lo manufacturen en Asia, y llevarlo de vuelta a Escocia para ser vendido en los supermercados. Un sistema delirante que se aprovecha de la globalización para explotar a trabajadores en el Tercer Mundo, que destruye tejido empresarial en Occidente y que hace un gasto irracional de energía en un Planeta que empieza a estar agotado. Eso era lo que yo esperaba, sobre todo si tenemos en cuenta el resumen con el que la editorial nos presenta el libro:

     "En las economías postindustriales ya no producimos, pero compramos, por lo que debemos enviar. Sin envío no habría ropa, alimentos, papel, o combustible. Sin envío, el mundo que conocemos no funcionaría (...)  El transporte de mercancías está ligado a un sistema bizantino de estructuras de propiedad ocultas, regulaciones complicadas, una mano de obra en gran parte procedente de países en desarrollo y unas condiciones de trabajo inhumanas. Lejos del escrutinio público, es un sistema sombreado de «banderas de conveniencia». George revela el funcionamiento y los peligros de un mundo invisible que es la clave para nuestra economía, nuestro medio ambiente y nuestra propia civilización."

     Pero no. Noventa por ciento de todo se moja algo políticamente, pero no demasiado. Es, más bien, un ensayo bastante anárquico, que habla un poco de todo, pero tampoco profundiza demasiado. Es una suerte de miscelánea en la que la autora habla de sus experiencias, comenta algo de investigaciones que hizo por su cuenta y reflexiona un poco en voz alta sobre algunas cosas. Pero no es un ensayo concienzudo, serio y académico. Para nada. 
     Yo no sé si en esto reside su mayor defecto o su mayor virtud. 
     Razones por la cual es un defecto son evidentes. Creo que, a parte de vivir en barco de transporte una temporada y pasarse una semana en un barco militar, no hay una investigación seria. A lo mejor estoy demasiado acostumbrado a los sesudos ensayos de antropología que acostumbro leer, pero es que hay cosas en Noventa por ciento de todo que no son tolerables. Así, por ejemplo, cuando habla del Prestige y la tragedia que llenó de chapapote las costas gallegas, liquida la cuestión exculpando en un par de líneas al capitán del barco y diciendo que el gobierno español la única solución que tomó fue alejar el barco para que murieran en altar mar y no molestaran. A lo mejor es porque el tema me toca de cerca, pero el caso del Prestige fue bastante más complejo. Es cierto que el gobierno trató de mandar el barco a alta mar, pero antes quiso endosarles el problema a los franceses y los portugueses llevando el barco roto a sus aguas territoriales. Pero además de eso, habría que hablar de los barcos monocasco, de las rutas de los petroleros sin control, de las subcontratas de subcontratas de subcontratas -de esto habla un poco pero a propósito de otro caso-, etc... Lo mismo sucede cuando habla de la piratería. Comenta así por encima que alguna razón tienen los que sostienen que el problema de los piratas surge por la pobreza, especialmente en Somalia, pero a continuación se centra en el aspecto individual de la toma de decisiones para condenar moralmente sin paliativos a cualquiera que se dedique a esta actividad. 
      Además de esta falta de rigor, Noventa por ciento de todo carece de estructura. Habla de un montón de temas, pero parece que escogidos un poco al azar, como si recogiese todo lo que se le ocurre acerca de las navieras y la marina mercante, pero sin una idea en torno a la que se estructure el ensayo. Nos cuenta un poco la vida de la gente en los barcos, nos habla de la legislación, de las ballenas, de lo que se puede hacer un puerto, de cómo se cruza el Canal de Suez, de la Segunda Guerra Mundial y montón de cosas más que lo único que tienen en común es la palabra barco. Esto, como comprenderéis, tampoco me parece demasiado serio.

     Y sin embargo uno se lo lee en un fin de semana. 

     Hay que decirlo: aunque como ensayo académico es un desastre, como entretenimiento es fenomenal. Rose George escribe bien, es muy ameno e incluso descripciones de más de veinte páginas, que en otro autor serían aburridísimas, se leen estupendamente bien. La autora tiene talento narrativo, facultad para dosificar los datos estrictamente etnográficos, y selecciona e introduce anécdotas con habilidad para que la lectura no decaiga. Cuenta, además, muchas curiosidades bastante interesantes. Más que como ensayo, yo me leería Noventa por ciento de todo como una obra literaria, otra más de ese género que está de moda ahora de la non-fiction, y entonces no defraudará. 

      En definitiva: una obra difícilmente valorable si nos atenemos a criterios tradicionales. Como ensayo tradicional no funciona. Como obra literaria de no ficción sí. Probablemente por esa falta de rigor.


sábado, 17 de octubre de 2015

Svetlana Alexievich: Voces desde Chérnobil.





      Voces desde Chérnobil es una obra maravillosa, pero aviso a futuros lectores que no es fácil de leer. 
      En primer lugar, la cuestión del género puede despistar al lector. Voces desde Chérnobil no es ni una novela, ni un ensayo al uso. No ficcionaliza y nos cuenta la vida de unos personajes que vivieron la catástrofe de Chérnobil. Tampoco es un texto expositivo en el que nos diseccionan los hechos, sus causas y sus consecuencias. La obra se limita a recoger los testimonios de la gente que vivió la tragedia para que nos cuenten cómo lo vivieron, qué les sucedió después y qué opinan de ello.  La idea motor de esta obra inclasificable es centrarse en la parte humana de la historia, en los sentimientos y los sufrimientos de los personajes anónimos que padecieron y vivieron la catástrofe. No sé si la autora se inspiró en Tolstoi, pero me recordó el ensayo final con la que el conde ruso cierra Guerra y Paz, donde defiende que la Historia se mueve antes por los millares de individuos anónimos que por los grandes hombres. La Historia oficial se centra exclusivamente en los actos de los considerados grandes hombres, mientras que obvia los sufrimientos y sentimientos de la gente que padeció aquellos acontecimientos. Aunque a priori este nuevo género literario pueda suponer una dificultar para el lector, creo que es un gran tanto a su favor, no solo por el posicionamiento ideológico, sino porque es tremendamente original.
     En segundo lugar, el hecho de recoger tantos testimonios hace que la obra carezca de estructura narrativa. El lector medio que se acerque a Voces desde Chérnobil esperando la narración tradicional con planteamiento, nudo y desenlace, algo de intriga, y personajes que evolucionan se va a ver defraudado. A pesar de que la autora agrupe los testimonios en partes a partir de núcleos temáticos, la narración resulta un tanto dispersa. Otra vez más, aunque esto dificulte la lectura, creo que vuelve a ser una virtud, ya que le da un aire de laberinto, de acumulación caótica, que genera en el lector la sensación de colectividad, porque no debemos olvidarnos que Chérnobil fue una desgracia que padecieron millones de personas. 

Svetlana Alexievich


      Todos y cada uno de los testimonios de Voces desde Chérnobil están cargados de lirismo, de una sensación de pérdida, de injusticia. Recoger uno detrás de otro las iniquidades derivadas de aquella catástrofe hubiese sido fácil y hubiese sido propio de un ensayista mediocre. Lo difícil -y en esto Alexievich es una auténtica maestra- es dotar de lirismo a esos testimonios, encontrar la belleza en el dolor. Pero no nos confundamos, no es una obra conformista. Encontrar la belleza en el dolor no tiene por qué ser sinónimo de conformismo. Al tiempo que es una obra inconmensurablemente bella, Voces desde Chérnobil es un libro de denuncia. El lirismo no sólo no le resta carácter combativo, sino que lo potencia. En este sentido, es significativo el testimonio con el que se abre la obra, el de la mujer del bombero y cómo permanece catorce días junto a su marido moribundo mientras las autoridades soviéticas le dicen que lo olvide, que el hombre que está en aquella cámara de aislamiento ya no es su marido, sino un trozo de carne contaminante. Durante la lectura uno tiene todo el tiempo la sensación de estar ante una distopía futurista, ante una de esas novelas de ciencia ficción que recrea un futuro de pesadiila. Lo alucinante es que no se trata de eso, sino de una obra que recoge fielmente la realidad, y eso es fundamental para mantener vida la memoria de lo que pasó allí.
     Solo por esta obra merece que le den el Nobel.



miércoles, 14 de octubre de 2015

James Frazer: La rama dorada.



    La rama dorada es una obra monumental en el doble sentido de la palabra. Es monumental por lo sorprendente de sus descubrimientos -no olvidemos que fue escrita en el S. XIX-, y es monumental por su extensión -la versión extendida pasa con largo de las mil páginas-. En este post trataré de hacer un resumen a partir de mis notas.
      
      Sir James Frazer se propone explicar el crimen ritual del rey-sacerdote de Nemi. El sucesor de este sacerdote-rey, para serlo, debía arrancar una rama y luego matar al rey en combate. Para llevar a cabo esta tarea, Frazer hace un auténtico despliege de recolección de datos y de antropología comparada.
     Frazer empieza haciendo su archiconocida distinción entre magia homeopática y magia contaminante. La magia homeopática se basa en la premisa de que lo semejante produce lo semejante. La magia contaminante en que, si actúo sobre algo que estuvo en contacto con una cosa o un ser, mis acciones tendrán repercusiones sobre esa cosa o ser. En la magia homeopática se da una asociación de ideas por semejanza -metáfora-, mientras que en la contaminante se asocia por contigüidad -metonimia-. 


Muñeco vudú. Claro ejemplo de magia simpática.

     Cuando el primitivo hace magia implícitamente cree que las leyes de semejanza y de contigüidad dominan la naturaleza inanimada. Da por seguro que estas leyes son universales. Entonces, concluye, Frazer, la magia es un sistema espúreo de leyes naturales así como una errónea guía de conducta. Es una ciencia falsa y un arte abortado. La magia primitiva es práctica, no racionada, no pensada, autorreflexiva. 
      Llama a los dos tipos de magia "magia simpatética", porque "ambas establecen que las cosas se actúan recíprocamente a distancia mediante una atracción secreta, una simpatía oculta cuyo impulso es transmitido de la una a la otra por intermedio de lo que podemos concebir como una clase de éter invisible, no desemejante al postulado por la ciencia moderna con objeto parecido para explicar cómo las cosas pueden afectarse entre sí a través de un espacio que parece estar vacío".

Hechizo de amor con pelo, Ejemplo de magia contaminante.

      Frazer cree que el tabú es una aplicación negativa de la magia práctica, ya que el individuo o la colectividad dejan de hacer algo por creer que ese acto puede tener consecuencias por esas leyes homeopáticas o contaminantes. 
      Hasta aquí Frazer describe la magia limitada al interés privado o particular de un
Hechicero
individuo concreto. Pero sucede que la magia también puede usarse para el bien común, y así surgen los hechiceros. Dado que suele ser un puesto de mucha relevancia para la comunidad, este puesto suele estar reservado para un individuo que destaque por su inteligencia. 
     Frazer es un hijo de su tiempo y, como tal, tiene una visión evolucionista del hombre y la cultura. Según el, la monarquía jugó un papel fundamental en el paso de la barbarie y el salvajismo a la civilización. Frazer sostiene que el hombre primitivo vivía esclavo de la tradición que no le permitía avanzar. Los grandes hombres, los superiores, quedaban anulados por esta tradición. Pero, si uno de estos hombres coge el mando -no olvidemos que los hechiceros eran los individuos de mayor talento de la comunidad- entonces pueden hacerse grandes cosas y la comunidad puede avanzar y mejorar. 
     Tanto la magia como la ciencia se mueven por el mismo principio: en la religión se pide ayuda a un ser sobrenatural para que altere las leyes de la naturaleza, mientras que la magia y la ciencia no apelan a ese ser sobrenatural. Ambas parten de la premisa de que hay unas leyes que rigen la Naturaleza y las tratan de usar en beneficio propio. Aunque la magia sea una pseudociencia errónea, ambas comparten el presupuesto de que hay un orden en la Naturaleza. El mago no duda ni por un momento que siempre las mismas causas provocarán los mismos efectos. 
     Como dije antes, el encargado de la magia pública, como por ejemplo hacer que llueva, es un personaje muy importante en la tribu, por lo que lo que los más avispados son los que se quedan con este rol y por lo que, con frecuencia, el rol de mago y rey se fusionan en la misma persona.
     A medida que las sociedades fueron evolucionando, ampliaron su conocimiento, lo que llevó al decaimiento de la magia en favor de la religión. Los primitivos percibieron como evidente que no había relación causal entre los conjuros y los resultado de estos. El papel de la magia fue ocupado por la religión, que se preocupa menos por provocar efectos que por una relación espiritual con seres sobrenaturales. 
     Paralelamente el mago fue sustituido por el sacerdote. Este último era la figura de la comunidad a la que estaba reservado el contacto con la divinidad. Y de ahí se derivan fácilmente dos procesos de divinización: 
    a) la divinización temporal, el la que el Dios entra temporalmente en el cuerpo del sacerdote. Aquí se hacen menos milagros. Se asocia más a sabiduría. Normalmente esta suerte de divinización se limita a que el Dios hable por boca del sacerdote.
     b) definitiva.


     Frazer considera los cultos de los árboles cultos de la fertilidad. En los primeros estadios de la humanidad se adoraban los árboles de forma particular -un árbol en concreto-. Se creía que tenían alma -animismo-. Luego se pasó a adorar en general al espíritu del bosque o lo que sea que lo habitaba e iba cambiando de árbol en árbol. No se centraban en un árbol concreto, lo que, a ojos de Frazer, supuso un gran salto para abandonar el animismo. En relación con estos cultos de los árboles, Frazer recoge infinitud de cultos por todo el mundo que consisten en casar a un mortal con un Dios.

     A partir de aquí Frazer deja la teoría y pasa a explicar la costumbre de arrancar una rama, y asesinar ritualmente al sacerdote de Nemi. Para ello reocge una apullante cantidad de ejemplos de otras culturas en las que hay cultos similares. Me los salto porque reseñar, aunque solo fuese una mínima parte, haría que este post necesitase dos horas para ser leído. Voy directamente a sus conclusiones:
       a) El culto en Nemi era un culto a la fertilidad, de ahí la importancia del árbol y la rama sagrada. 
     b) Entre el rey-sacerdote de Nemi y la Naturaleza había una relación mágica simpatética. El rey-sacerdote participaba de la Naturaleza e influía en la fertilidad. El espíritu del bosque vivía en el rey.
   c) La Roma antigua era, como otras muchas culturas, un matriarcado. En los matriarcados era frecuente la costumbre de que el rey fuese un extranjero que se casaba con una princesa. 
        d) El rey-sacerdote de Nemi era considerado el consorte de Diana, diosa romana de la fertilidad. Era un extranjero que había llegado al lugar y se había casado con Diana, la lideresa del matriarcado.

Ruinas del templo de Diana en Nemi.


     e) En Roma y en otros muchos lugares el paso de un rey a otro no se daba por herencia, sino por medio de una carrera o incluso una pelea entre el antiguo rey y el aspirante. De ahí que el aspirante a rey tuviese que matar en combate al rey-sacerdote de Nemi.
        f) Dado que entre el rey y la naturaleza había una relación mágica con la Naturaleza, el aspirante tenía que romper esa relación expresada simbólicamente en la rama. Si el sacerdote-rey estaba imbuido del espíritu del árbol, es lógico que hubiese que cortar la rama.
      g) Al morir, el espíritu del bosque que moraba en el rey, pasaba a su sucesor. El espíritu no muere, sino que cambia de morada.
        h) En muchos lugares se mataba al rey al observar el mínimo signo de decadencia o, incluso, de forma preventiva antes de observar cualquier signo. Ello es debido a que, si hay una relación mágica entre el rey la Naturaleza, la decadencia del primero puede influir en las cosechas, problemas de fertilidad y las consiguientes hambrunas, etc... Para evitar esta suerte de magia simpatética, se cambiaba de rey antes de esta magia pudiese tener lugar. Así, el extranjero aspirante a sacerdote-rey de Nemi tenía que matar a su predecesor.