domingo, 28 de agosto de 2016

Peli de instituto o aproximación a la antropología de la adolescencia. (I)


   Estoy haciendo una película con mis alumnos y hemos pasado mucho tiempo juntos. Tanto, que si exceptúo a mi esposa Ana y a mis compañeros Rosa y Manolo, apenas si he interactuado con alguien que tuviese más de diecisiete años. Al principio solo sentía por ellas una curiosidad distante. Las escuchaba hablar de sus cosas adolescentes durante el día y por la noche bebía vino y pensaba en el paso del tiempo. Luego, poco a poco, me puse a observarlas. Soy antropólogo y como tal siento una atracción irresistible hacia las formas de vida, sean las que sean. Empecé a hacerles preguntas. Ninguna personal. Todas para hacerme una idea de su modo de vida. Qué les gustaba, qué hacían por las tardes, cómo se relacionaban, qué opinaban de tal o cual cosa. Mis informantes principales fueron Y, L y A, tres jovencitas entre quince y diecisiete años. Y es blanca de piel y ojos azules, L tiene rasgos asiáticos y A el pelo liso. Hubo más. Pero estas tres fueron las más charlatanas. 

   Después de los dos meses de trabajo, tenía en mente escribir un artículo de costumbres como los que cuelgo a veces en este blog. Me pasa una chorrada que considero interesante, la cuento y explico su significado social. Pero llevo dos días dándole vueltas y no se me ocurre cómo darle coherencia a todo esto en torno a una idea. La adolescencia es un fenómeno social bastante complejo, así que difícilmente puedo explicarla a partir de una única anécdota. En consecuencia, recogeré los que considero los acontecimientos principales y que el lector se haga una idea general. 




     1) La pinky promise.


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     El rodaje de la película, al principio, no tuvo nada de especial. Quedábamos con los alumnos en el instituto, repartíamos el trabajo y ellos lo hacían. Mi relación con ellos era más o menos la misma que en clase. Les daba instrucciones concretas y sencillas que ejecutaban al punto. No les ponía nota, pero les daba palmaditas en la espalda y les decía "muy bien, muy bien...", lo que viene a ser lo mismo. Luego, a los diez días o así, la mayoría acabaron su labor y dejaron de venir. Nos quedamos Ana, yo, A e Y -las actrices principales- y L, que se encargaba de la cámara. No sé cuántos días llevaríamos pateando el bosque, cargando con el
Dos chicas que no se quejan.
equipo con un calor y una humedad horribles, mandándoles repetir una y otra vez lo mismo. Ellas no se quejaron ni una sola vez. Ni un comentario, ni un mal gesto. Habíamos parado para comer. Yo estaba agotado. Las miré comer, bromeando sobre la película. A Y no le bastaba un premio Goya. Aspiraba a más. L reía y ya estaban preparando los vestidos para la gala. La imaginación adolescente se excita con facilidad y a veces acaban creyéndose sus propias fantasías. 
 Si me descuido un poco ya están recogiendo el Oscar honorífico a toda una carrera. Por eso me vi obligado a señalar que dudaba mucho que llegásemos tan lejos. El presupuesto de nuestro filme de ciencia ficción no llegaba a doscientos euros. Teníamos muy buena voluntad. La buena voluntad se nos salía por las orejas, estábamos borrachos de buena voluntad. Pero eso no basta. Y me miró con la cabeza ladeada y esos ojos azules tan grandotes.

    -Ya lo sé. Pero lo estamos pasando bien. 

    Me sentí fatal. Los Reyes son los padres, pero la vida es mucho mejor cuando aún no lo sabes. Me apresuré a prometerle que por nuestra parte haríamos todo lo que estuviese en nuestras manos en la postproducción. Como si tenía que comerme las uñas de los pies.

    Y alargó hacia mí un puño cerrado con el dedo meñique extendido.

    -¿Pinky promise? -dijo. 

    Yo no entendía nada.

    -¿De qué va esto? 

    Y permaneció con el brazo alargado, el puño cerrado y el meñique extendido.

     -Las pinky promises son promesas para algo importante. -dijo.

    -Hay que enganchar los meñiques. -me explicó L.

    Me emocioné. Llevaba tres meses sin fumar y aún estaba un poco sensible. Alargué mi brazo, crucé los meñiques con Y y expresé mi juramento en alto. Un rey medieval tendría su espada para dar unos golpecitos en los hombros y la coronilla de sus vasallos, pero nosotros teníamos nuestros meñiques entrelazados. 

    -Lo pinkyprometo. -dije con la solemnidad de una maldición gitana. 

    Ellas se rieron. Yo no. Había sido mi primera participación en un acto performativo adolescente. 


    2) La observación participante.

    Uno de los axiomas fundamentales de un buen trabajo de campo es la observación participante. Esto quiere decir que el investigador participa de las actividades del grupo estudiado, lo que te permite comprender desde dentro su forma de entender el mundo. 

   Me gustaría decir que el rigor científico me impuso una observación participante reflexiva desde el primer día. Pero no fue así. La observación participante vino sola, casi sin darme cuenta. Supongo que el primer paso hacia mi mimetismo con los adolescentes fue la pinky promise. Ese pequeño ritual performativo que vinculaba mi vida a la película podía haberlo hecho de muchas maneras. Podía haber ido a un notario o jurarlo por la constitución, pero no. Lo había hecho a su manera. 

  El segundo paso fue el tema de los watsap. Resulta que poner puntos y final y "ok" no está nada bien. Es borde. Yo no lo sabía y sin querer estaba siendo desagradable en nuestras comunicaciones. 

    -No pasa nada, profe. -dijeron- No nos lo tomamos como que eres borde. Eres viejo. 

     Para una cincuentona enrollada esta afirmación hubiese sido como si le hubiesen tirado mierda a la cara, pero a mí, que soy un misántropo que odia la juventud, solo me dejó un poco descolocado. Tomé nota y me apliqué con tesón. Sustituí "ok" por "valeee", dejé las frases colgadas sin un punto y llené mis mensajes de emoticonos de caritas sonrientes, brazos musculosos y puños cerrados con el pulgar en alto. Mi entusiasmo fue tal, que instruí a mis amigos en la buena etiqueta en watsap, los corregía y hasta les explicaba el por qué de su torpeza. 
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    A continuación tuve que reelaborar mi lenguaje. 

    -Mañana traete una amiguita para que te haga compañía. -le dije a Y una vez. 

    -Joder, qué viejo. -dijo ella. 

    -¿Por qué? -pregunté.

   Ella levantó las manos y meneó la cabeza como si me estuviese explicando una verdad evidente. 

    -Por lo de amiguita. 

    Muy bien. La retrógrada expresión "amiguita" quedaba radicalmente proscrita en mi vocabulario. Además, si quería mimetizarme con los adolescentes tenía que incorporar una serie de muletillas. La fundamental era "en plan". Cada dos o tres palabras había que meter un "en plan". No fue complicado. Solo un poco engorroso porque lastraba la comunicación. 

    -Mañana quedamos en plan debajo de tu casa, en plan, a las diez, en plan, traete el vestuario, en plan. 
  
    El resto tampoco fue complicado. El gimnasio es el gym, las cosas son la caña y hay que estar tranqui. "Mimaaa", que es una expresión local de Moaña, también hay que repetirla hasta la saciedad. 

    Al mes yo estaba hecho todo un adolescente. Hablaba de ir al gym para bajar las lorzas, seguía a youtubers y hasta escuchaba a Dorian, Vetusta Morla, Love of Lesbian y otras mierdas por el estilo. Lo hice tan bien, que Ana me dijo un día:

    -No te reconozco. Pareces un adolescente. 


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Grupo adolescente.

     3) El esguince.

    Estábamos en medio del bosque. Ana cargaba con la pértiga y todos los aparejos del sonido. L estaba atenta a sus labores de cámara y yo ejercía de director. Y estaba a unos quince metros. Habíamos repetido la escena veinte veces. Y solo tenía que cruzar el bosque corriendo. Nada más. Ni siquiera tenía que poner cara de miedo, porque con el movimiento apenas si se la veía. Pero no había manera. Y no sabe correr. Es un hecho objetivo. Hace ballet, sabe hacer el spagat, caminar sobre la punta de los pies y dar saltos y piruetas. Pero correr no. Es alucinante lo mal que corre. Solo tenía que atravesar quince metros de bosque a toda carrera, pero parecía un caballo percherón paseando por una granja. No pasa nada. Correr no es necesario para la vida, pero es un dato. Y corre muy mal.  

    -Vamos a ver, neniña. -dije yo- Tienes que ponerte ahí y correr como si te estuviesen persiguiendo.- eché a correr en dirección al espacio en el que Y entraría en el plano. 

    La Naturaleza es una puta mierda. Es otro dato. Y corre mal y la Naturaleza apesta. Hice mis primeros diez metros, sorteé una pequeña loma y, cuando estaba a punto de llegar, el suelo cedió bajo mi pie izquierdo. Todo estaba cubierto de hojas, de modo que disimulaba el agujero. La mierda de la
La mierda de la Naturaleza
Naturaleza me había puesto una trampa.
 Oí un "¡clac!" y el dolor me subió desde el pie a la rodilla. 

    -¡Oh, oh! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Dolor! ¡Dolor! ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? -me lamentaba mientras me retorcía en el suelo. 

    Yo esperaba que mis alumnos bien educaditos viniesen a socorrerme y darme un poco de cariño. Preguntarme si estaba bien, si podían hacer algo... No sé. Lo que fuese. Transmitir un poco de empatía. En su lugar oigo:

    -¿Lo has grabado? ¿Lo has grabado para el making off?

    Entonces empecé a berrear. Una cosa es ser el profe pringao que se queda sin vacaciones para hacer una peli con sus alumnos, y otra es ser el profe pringao que se queda sin vacaciones y aún encima acaba siendo el hazmerreír en un video viral. Ya me estaba viendo en YouTube, entre la niña que se cae del columpio y el señor al que el perro le hace caca en la cabeza. 

    -¡Como a alguien se le ocurra grabar esto no aprueba en lo que le queda de vida! -grité furibundo.

    Ellos se quedaron parados. 

   -No, no... -dijeron.

    -Mierda de no, no... Ya estáis borrando esto de vuestros teléfonos móviles. 

    Acabamos el rodaje. Y, al final, echó una carrerita más o menos digna y A, un chaval de segundo de bachillerato la mar de majo, hizo de muleta improvisada para que yo pudiera moverme. Mientras, yo dudaba si su interés en recoger mi accidente en un video era fruto del natural y comprensible regocijo al ver un profesor humillado, o si se trataría más bien de la sociedad-red, donde las cosas no existen si no han sido debidamente consignadas en Internet. Sea como sea, mientras Ana conducía de vuelta a casa, me despedí mentalmente de esa mierda de bosque de castaños. Si de mí dependiese, lo convertía en una buena carretera de circunvalación. Y si de paso la tuneladora acababa con el último lince ibérico, mejor.


Momentos antes de mi accidente.



     4) El sitio más desconcertante del mundo. 

    El sitio más desconcertante del mundo no es un espacio  de la cultura adolescente. No tiene que ver, por ejemplo, con el simbolismo del espacio en las peregrinaciones nocturnas de los fines de semana. Qué va. El sitio más desconcertante del mundo no tiene significado alguno. Solo íbamos allí a grabar. Pero a mí me dejó flipado. 

    El sitio más desconcertante del mundo es la casa de los abuelos de Y. Está situado en un entorno que yo definiría como urbano. No es La Sexta Avenida, pero tampoco está en medio del monte. Está rodeado de casas, algunas unifamiliares, otras bloques de apartamentos. Por delante pasa una carretera asfaltada de dos carriles. Si sacásemos una foto, no apreciaríamos diferencia alguna entre este lugar y una calle de cualquier barrio de una ciudad de tamaño medio. En el sitio más desconcertante del mundo hay una vivienda de tres pisos y una piscina de aguas cristalinas y césped bien cortado. También  hay arbolitos y una bicicleta vieja reconvertida en maceta apoyada en una valla. Esta parte delantera del sitio más desconcertante del mundo no tiene nada de especial, salvo que está puesta con clase, y eso en Galicia no sobra. Destila cierta opulencia, y, al mismo tiempo, el buen gusto de ocultarla. Es la casa propia de una familia elegante sin ser ostentosa. Lo que inquieta aquí es el contraste entre la parte delantera y la trasera. Una vez uno deja atrás la piscina, se encuentra con una nave industrial muy grande dividida en dos partes. En la de la derecha, que no tiene pared frontal y deja a la vista su interior, está el taller de la tía de Y, que es artista, lo que explica la bicicleta reconvertida en maceta que hay en la valla de la piscina. Hay cachivaches viejos, estanterías con botes de esmalte y cosas así, una mesa y un círculo de piedras en el suelo. Además, a la derecha, hay un carrito de bebé lleno de polvo y telarañas y cajas amontonadas. En la pared del fondo del taller hay una puerta que da a un pequeño descampado en el que hay una tienda de campaña de Decathlon con unas piedras. Y dice que es una sauna natural que hizo su tía.

   A la izquierda, separada del taller de artista multidisciplinar de la tía de Y por un muro estrecho, está una fábrica de mejillones abandonada. No tengo ni idea de cómo es una fábrica de mejillones. Ni siquiera sabía que los mejillones se fabricaban, pero Y me ha dicho que es una fábrica de mejillones y yo la tengo que creer. En la parte de delante hay una pila de radiadores amontonados. No los conté, pero deben ser cincuenta o así. Luego, si cruzamos la puerta dejando atrás la pila de radiadores, entramos en la nave
Montaña de radiadores
propiamente dicha. Describirla es bastante difícil, porque es tan heterogénea que es imposible seguir un orden. Hay una mesa muy larga de metal sobre la que hay una colchoneta de espuma muy vieja y muy sucia. También un cuchillo oxidado sin mango, una cuerda y restos de metal que no sé muy bien qué son. Además de esa mesa, hay una nevera en la que guardan maíz, una bañera rota, y cuerdas y hierrajos oxidados por todas partes. A la derecha, hay un cuartito que en un tiempo debió ser una oficina, pero en el que lo único que queda es un mueble de cajones de madera lleno de polilla. Inmediatamente pegado a este cuartito, sin solución de continuidad, hay un espacio de unos diez metros cuadrados con una pila enorme de heno. El heno es viejo y debe llevar apilado varios años. Y justo al lado hay una cámara frigorífica muy grande con unas paredes de metal de unos treinta centímetros. Dentro de la cámara hay unas planchas de metal, un tubo de goma y algunos objetos inquietantes que no puedo describir. Son cadenas oxidadas y cosas así. Solo puedo hablar de una porque Y me explicó lo que era. Es una correa metálica llena de pinchos largos. Y dice que su abuelo criaba mastines y que ganó eso en un concurso. Era el premio. Si salimos de la cámara frigorífica y miramos a la derecha, en el lado opuesto al montón de heno viejo, hay otra puerta que lleva a unas jaulas. En una de esas jaulas también hay heno viejo apilado no sé por qué. En las otras no. Vigas de madera cruzan el techo de esta nave de un lado a otro. En una de ellas, muy cerca del montón de heno, cuelga una soga. Un gato negro merodea por ahí. 



Visión interior.


    Finalmente, hay dos puertas verdes que dan a una explanada de hierba seca en la que hay ovejas. En el tiempo que pasamos grabando ahí, crucé varias veces esas puertas porque utilizaba la pradera enorme para hacer pis. Y me decía que hay unos baños pegados a la piscina, pero a mí me daba vergüenza. En consecuencia, abría esas puertas de metal que hacían mucho ruido y salía a la pradera. Era una sensación muy extraña, porque ya he dicho que el sitio más inquietante del mundo está en un entorno urbano. Nadie diría que detrás de esa casa que da a una carretera asfaltada hay una pradera enorme. Cruzar esas puertas es como cruzar el Andén Nueve y Tres Cuartos de Harry Potter o el espejo de Alicia. Es una puerta a otra dimensión. Cada vez que en aquella nave postapocalíptica me entraban ganas de mear, abría una de esas puertas pesadas de metal y salía a una pradera. Las ovejas echaban a correr, yo caminaba pisando las bolitas de caca y hacía pis en medio de la nada. 


La cámara frigorífica abandonada.

Jaula sin heno.

Jaula con heno.


    Hasta aquí la descripción del sitio más desconcertante del mundo. Las viviendas, como todo, están sujetas al simbolismo del espacio. En las occidentales suele haber un espacio frontal público y una parte trasera más íntima. Esta parte frontal suele ser el porche, el zaguán y el salón. Ahí se desarrolla la parte pública de la vida de la familia. Si vienen amigos, los recibimos ahí. Es, más o menos, la parte que se puede ver. Detrás de esta parte pública, están las habitaciones y los baños, que es donde llevamos a cabo las actividades íntimas. Allí es donde hacemos caca y pis, los esposos tienen relaciones íntimas y, en general, todo aquello que no queremos que los demás vean. Si tenemos películas porno o algún juguete guarro, estará debidamente consignado en el lugar más recóndito de la parte íntima de la casa. En el armario de la habitación, en un altillo o un cajón que no se vea mucho por ejemplo. El sitio más desconcertante del mundo lleva el simbolismo del espacio hasta un extremo de pesadilla. Tiene una parte frontal, propia de una familia feliz. Detrás hay una piscina, donde esta familia feliz se relaja y un poco más allá, en el espacio con más intimidad, imprescindible para la creación artística, la tía de Y tiene su taller. Pero pegado a ese taller hay una nave industrial postapocalíptica por la que merodea un gato negro y dos puertas a otra dimensión. Y una tienda de campaña con unos pedrolos al sol que es una sauna natural. 

     

domingo, 14 de agosto de 2016

4.3.1. El sexo.



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    En el artículo anterior hemos visto que una de las ideas fundamentales en torno a la que está constituida la familia occidental es en el amor romántico. Esto quería decir que se espera de los esposos que se amen con pasión y que se realicen sexualmente en la pareja y no fuera de ella. 

   Empecemos por la segunda parte: el sexo. 

   Todas las culturas del mundo regulan las prácticas sexuales de sus miembros. No hay cultura alguna que prohíba totalmente cualquier forma de sexualidad, principalmente porque, si no practicásemos el coito, nos extinguiríamos. Pero todas imponen cierto grado de inhibición. Dicho de otra forma: en todas las culturas se nos dice con qué, con quién y cómo tenemos que tener relaciones sexuales. Hay culturas que permiten tener relaciones entre personas del mismo sexo y otras no. Hay culturas que permiten las relaciones homosexuales y otras no. Incluso hay culturas que permiten, e incluso, promueven, las relaciones sexuales con animales, y otras, como la nuestra, no. 

    Os pongo un ejemplo extremo: 

    Para nosotros, el sexo entre adultos y niños es una práctica repugnante. No solo condenamos moralmente la pederastia, sino que metemos en la cárcel al que la practica -y que quede claro que me parece bien-. Sin embargo, esta condena de la pederastia vuelve a ser cultural. Entre los sambia, por ejemplo, se cree que el semen de los hombres es una sustancia curativa, que fortalece y que es esencial para el crecimiento físico de las personas. Pero los hombres no pueden producir semen ellos solos, de ahí que a los niños, para que crezcan sanos y fuertes, haya que inseminarlos. Esto empieza en torno a los siete u ocho años y continúa hasta la primera adolescencia. Los niños son inseminados oralmente por solteros mayores en una serie de rituales secretos. 



   En la Antigua Grecia también se practicaba la pederastia con total normalidad, en concreto en el ámbito militar. Se consideraba que los lazos afectivos y sexuales eran beneficiosos para el ejército porque lo unía y lo hacía más fuerte. Por eso se favorecían las relaciones homosexuales entre soldados. Estas relaciones raramente eran entre hombres de la misma edad. Lo normal era que se diesen entre un adolescente y un adulto. 

    Por lo que parece, ni los niños sambia ni los jóvenes soldados tebanos experimentaban traumas horribles por mantener relaciones sexuales con adultos. Nunca he estado entre los sambia ni puedo hacer un viaje en el tiempo para entrevistar a jóvenes griegos, imagino que a muchos de ellos no les gustarán estas relaciones, pero también estoy seguro de que hubiese sido más traumático para ellos quedar fuera de estas relaciones pederastas que mantenerlas, porque dejarlos al margen sería un estigma. 
sambia
    Por supuesto, esto no quiere decir que los señores que vemos de vez en cuando en las noticias detenidos por difundir pornografía infantil sean unos incomprendidos y que deberían poder disfrutar del sexo con niños a su antojo. En absoluto. Vivimos en esta cultura y, por tanto, tenemos unos valores éticos. Transgredirlos es, y en este caso debe ser, severamente sancionado. Si os he puesto un ejemplo tan extremo como el de la pederastia homosexual es para demostrar que el sexo, como todo, está sujeto a variaciones culturales. No hay casi nada de natural en las relaciones sexuales. Prácticamente todo está sujeto a la modificación y control cultural. 

    Como sé que estas prácticas sexuales extrañas a nosotros despiertan mucha curiosidad, os pongo algunos ejemplos para que alucinéis un poco:
  
    - entre los shivaitas tántricos, se prescribe la necrofilia  -sexo con los muertos-. 

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     - en algunas cárceles mexicanas, está muy, pero que muy mal visto ser homosexual. Pero ser homosexual para ellos significa ser penetrado anal u oralmente. El que penetra no solo no es homosexual, sino que es un machote.

    - Entre los muria, al noroeste de la India, los jóvenes son iniciados en el sexo por otros chicos y chicas mayores en una choza comunal. 

muria

    - Entre los inuit del Ártico, cuando un hombre tenía que hacer un viaje en trineo y su mujer estaba embarazada, la intercambiaba con la de su mejor amigo. 

     -Los huaorani y los tamil de Malabar creen que cuantos más hombres introduzcan el semen en una mujer, más posibilidades tiene esta de quedarse embarazada, de ahí que sea normal que una mujer se acueste con varios hombres seguidos. 
huaorani

    - Para los honvienu de Benin, la postura del misionero -el hombre arriba y la mujer abajo- es incompleta, por lo que las relaciones sexuales no pueden limitarse a esta postura. 
    El modo que tienen las culturas de controlar la sexualidad humana son los tabús -prácticas prohibidas-. Resulta curioso que solo hay un tabú universal: el tabú del incesto. El resto, son culturales. Nosotros proscribimos las relaciones con niños o con animales, otras culturas no. Nosotros afortunadamente ya no prohibimos las relaciones homosexuales, otras culturas las persiguen ferozmente. Pero todas rechazan las relaciones sexuales entre padres e hijos y entre hermanos. Se han dado muchas explicaciones de por qué esto es así: 

    a) Westermack y Morgan creen que es por cuestiones biológicas -los niños salen deficientes-. Esta es una creencia popular, pero tengo entendido que no hay evidencias científicas. Sea como sea, la crítica que hace Levi Strauss a esta teoría me parece definitiva: la selección natural hubiese acabado con los hijos deficientes y podríamos seguir con el incesto. 

   b) Tylor dice que el sexo es un elemento peligroso. No puede haber rivalidad entre generaciones. Si los padres y los hijos empiezan a tener relaciones entre ellos, habría tensiones madre-hija y padre-hijo y eso daría al traste con la familia. 

   c) Levi-Strauss: la exogamia -obligar a tener relaciones sexuales fuera de la familia- es un modo para crear alianzas. Como decia Levi-Strauss, es mejor casarte fuera a que te maten fuera. 



    d) Malinowski sostiene que la familia es el espacio donde se enculturiza al niño. Si había sexo entre familiares, habría conflicto y esto acabaría con la enculturación y, por tanto, con la transmisión cultural, sin la que es imposible que el ser humano sobreviva.


    Volviendo a nuestra cultura, la familia y el matrimonio han sido -y en cierta medida siguen siendo- instrumentos para controlar la sexualidad humana, en especial la femenina. La tradición cristiana occidental, a la que pertenecemos, considera el sexo una práctica que debe darse dentro del matrimonio y cuya finalidad es tener hijos. Todo lo que quedase fuera de esta línea, era considerado pecado y, por tanto, proscrito. El sexo oral, el sexo lúdico, las relaciones homosexuales, los anticonceptivos, el sexo fuera del matrimonio, e incluso las técnicas de reproducción asistidas eran rechazadas. Las culturas tienen muchos mecanismos para orientar la cosmovisión y el comportamiento de las personas. En lo que se refería a la sexualidad, nuestra cultura optaba, fundamentalmente, por dos:

    En primer lugar, se castigaba legalmente todo lo que se apartase del coito heterosexual dentro del matrimonio. La prostitución estaba y está prohibida legalmente. Si te cogen haciendo la calle te meten un puro de cuidado. Y lo mismo sucedía -gracias a Dios ya no- con la homosexualidad. Por si no lo sabíais, durante el franquismo, te metían en la cárcel por gay. 

    Pero la simple y brutal represión nunca tiene efecto a largo plazo. Es mucho más eficaz hacer que las personas piensen de una determinada manera y actúen en consecuencia. Esto se concretaba en una ideología de la sexualidad, el género y la familia. Hay toda una tradición que vincula a la mujer con la Naturaleza y al hombre con la Cultura. Aún hoy en día oímos expresiones como "madre naturaleza", "fecundar a una mujer", "poner una semilla en su vientre", etc. El hombre es el agricultor que domina la salvaje naturaleza para extraer de ella sus frutos. Del mismo modo que el hombre penetra a la mujer durante el coito, el agricultor abre la tierra con su arado para plantar semillas. Esta metáfora, por supuesto, lleva asociado el sometimiento de la mujer y la identificación de la misma con la reproducción. En la lucha del ser humano por su supervivencia ha tenido que domeñar la naturaleza. El hombre es la civilización y la mujer es la fuerza salvaje que debe ser sometida. 




    Merece la pena que nos detengamos un poco a explicar los conceptos de pureza y peligro de Mary Douglas para entender el modo en que la tradición cultural cristiana controlaba la sexualidad. Esta antropóloga sostiene que las culturas son sistemas de clasificación. El mundo externo es el caos. Ahí tenemos un montón de estímulos, cada uno único e irrepetible. Las culturas lo que hacen es agrupar esos fenómenos, clasificarlos atendiendo a características comunes. Simplificando mucho, mi casa y la de Sheila y la de Vera no son la misma. Son tres fenómenos independientes que la cultura, atendiendo a características comunes -edificio para habitar-, clasifica dentro de una misma categoría: casa. Mary Douglas no limita estas clasificaciones a las palabras. Ella habla de representaciones colectivas, en el sentido de unos esquemas previos que tienen nuestras mentes para clasificar los fenómenos del mundo. Así, cuando yo me encuentro con una chica nueva sentada en clase, automáticamente la sitúo dentro de la categoría de alumna y ya sé cómo comportarme con ella y qué esperar que ella haga en relación a mí. Los miembros de la cultura creen que su sistema de representaciones colectivas es natural, de modo que cualquier fenómeno que no encaje en él, sea el que sea, se considera peligroso. Os pongo varios ejemplos para que entendáis cómo funciona y cómo ha configurado nuestra concepción del sexo y la familia. (Si queréis saber más sobre Mary Douglas y Pureza y Peligro pinchad aquí)

     En nuestra sociedad, se consideraba que había dos géneros, que estaban definidos por los órganos sexuales del individuo -ya hemos visto que esto es cultural, como demuestran, por ejemplo, los berdache o dos espíritus-. Estos órganos sexuales deben ser utilizados única y exclusivamente para la reproducción, que es la función de la mujer en el mundo. Todo lo que no encaje en esta concepción dicotómica que identifica sexo genital y género y que limita el sexo a la procreación es inmediatamente proscrito. Tal es el caso de los homosexuales. Un homosexual es un hombre o una mujer que desea a personas de su mismo sexo biológico. Esto no encaja dentro de nuestro sistema de representaciones colectivas, así que los marginamos, los perseguimos y hasta en ocasiones los encarcelamos. Lo mismo sucede con las prostitutas. En esa función exclusivamente reproductiva que le habíamos asignado a la sexualidad femenina no encaja el comportamiento de una prostituta, así que se la persigue. Una ninfómana tampoco encaja, y por eso se las trata de enfermas. La promiscuidad y las relaciones extramatrimoniales también estaban muy perseguidas porque llevaban la sexualidad fuera del matrimonio. Hasta una chorrada como la menstruación femenina está cargada de ideología. Que yo sepa, a casi todo el mundo le da cierta repugnancia la sangre menstrual. De hecho creo recordar haberos explicado algo de esto en clase y veros torcer el morro y hacer ruiditos como "agggg" y "pffff". Objetivamente no hay nada asqueroso en la sangre menstrual. Es un poco más oscura o más clara -no lo sé-, pero es sangre al fin y al cabo. Sin embargo, solo nombrarla basta para que esbocéis muecas de asco. Y esto es porque una mujer que tiene la regla no puede quedarse embarazada, es decir, que una mujer con la regla no encaja dentro del sistema de representaciones colectivas que adjudicaba a la sexualidad de la mujer una función puramente reproductiva. La mujer es la destinada a tener hijos. Una mujer con la regla no puede hacerlo, de ahí que nos dé asco. Vosotras no lo habéis oído, pero cuando yo era niño se decía que una mujer con la regla no podía hacer mayonesa porque se le cortaba. Una mujer con la regla estaba sucia, contaminada, y esa contaminación se pasaba a la mayonesa que se estropeaba. Aquí nos basta con ocultar la menstruación, llevarla con discreción y alguna que otra superstición como la de la mayonesa, pero otras culturas que también identifican a la mujer con su función reproductora llegan hasta el extremo de construir una choza fuera de la aldea en la que encierran a las mujeres durante la menstruación. Cuando se les pasa, pueden volver. 

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    No deberíamos subestimar el papel de la religión en esta concepción de la sexualidad. Más adelante, en otros artículos, veremos cuáles son las funciones de la religión. Por ahora nos basta con pediros que os pongáis en la mente de una persona que cree fervorosamente en Dios y, por tanto, en la doctrina de la Iglesia Católica -la de antes, porque la del papa Francisco ha cambiado un poco-. Poneos, por un momento, en la cabeza de esa persona que está convencida de que Dios existe y que sus representantes en la tierra -el papa y los curas- le dicen que cualquier práctica sexual fuera del matrimonio es pecado y que irá al infierno por ello. Imaginaos, por favor, el terror cerval que tendría a enrollarse con alguien de su mismo sexo o ponerle los cuernos a su marido.   

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     Esta concepción de la sexualidad es más propia del franquismo que de hoy en día. Afortunadamente, la apertura a Europa y los cambios políticos y sociales de los últimos años han provocado algunos cambios. Para empezar, el grueso de la sociedad ya acepta el sexo lúdico -tener relaciones por placer y no solo para tener hijos-. Nos gusta el sexo y lo practicamos por gusto y ya no padecemos un tormento horrible pensando que por ello vamos a quemarnos en el infierno. Chicos y chicas salís los fines de semana y una de las motivaciones de estas fiestecillas es ligar un poco y tener algo de sexo. También se acepta a los homosexuales y ya no se les llama sodomitas, bujarras, maricones, ni cosas por el estilo. Sin embargo, tampoco podemos decir que aquella vieja concepción de la sexualidad haya desaparecido por completo. Sois mujeres y por experiencia sabéis que no es lo mismo un chico que se acuesta con muchas mujeres que una mujer que se acuesta con muchos hombres. Él es un campeón, ella una puta. A los homosexuales se les acepta más o menos, porque este año hubo una oleada de agresiones homófobas en Madrid y Santiago de Compostela. Y el sexo lúdico está permitido a medias. Se nos permite gozar del sexo, pero solo si es dentro del matrimonio o no se está casado. Y tampoco mucho, porque, si nos pasamos, en seguida nos convertimos en unas viciosas o unas guarras. 

Dos pobres chavales a los que dieron una paliza por ser homosexuales.