domingo, 28 de febrero de 2016

Mad Max: Furia en la carretera (George Miller)



   Un compañero de trabajo que es un cinéfilo empedernido, con un criterio exquisito y amante del cine clásico me la recomendó. Y yo pensé: algo debe tener para que alguien que se niega a ver películas de acción y tiros contemporáneas me diga que se lo pasó pipa. Entonces la descargué y la vi. Y aún ahora sigo sin entender qué porras vio este compañero mío en este blockbuster. 
   El argumento es muy parecido al de La diligencia, pero, en lugar de indios, hay seres humans horribles de un futuro distópico. Desgraciadamente, la comparación no va más allá. Aún no sé cómo son los personajes, porque quedan subsumidos en la trepidante acción hasta el punto de que podías sustituir al protagonista por un botijo sin que el resultado se viese alterado en lo más mínimo. La cámara se mueve a tanta velocidad que acabé con dolor de ojos y la estética parece sacada de un videoclip -lo de los malos con un tío tocando un concierto heavy en el morro de uno de los camiones es de chiste-.
   En definitiva: una mierda. Que esté nominada a los Oscars es la prueba definitiva de que el cine de Hollywood hoy en día está de saldo.

El puente de los espías (Steven Spielberg)



   James Donovan (Tom Hanks), un abogado de Brooklyn (Nueva York) se ve inesperadamente involucrado en la Guerra Fría entre su país y la URSS cuando la mismísima CIA le encarga una difícil misión: negociar la liberación de un piloto estadounidense (Austin Stowell) capturado por la Unión Soviética. (FILMAFFINITY)

   A estas alturas Spielberg no va a sorprendernos con una chapuza. Desgraciadamente, tampoco lo va a hacer con una obra maestra. El puente de los espías no está mal. Es entretenida y no puedo decir que haya nada que chirríe. Los personajes son creíbles, la actuación es correcta, el ritmo narrativo va bien, ambientación y vestuario también bien... Pero a la película le falta algo. Quizá yo hubiese profundizado más en la relación entre abogado y espía, quizá no hubiese incidido tanto en eso de que en EEUU hasta un enemigo público declarado tiene derecho a una defensa justa porque eso es lo que diferencia al mejor imperio del mundo del resto de enemigos de la libertad -es una americanada de carallo-, o quizá qué sé yo. El caso es que le falta algo que no puedo definir si no es apelando a una palabra de significado vago como grandeza. 

El renacido / The revenant (Alejandro González Iñárritu)



    El argumento de la película parece sacado de una novela de Jack London. Un hombre solo frente a las adversidades de una Naturaleza admirable y terrible, casi una diosa. Desgraciadamente, no está al nivel por muchas razones:
   En primer lugar, es absolutamente inverosímil. Ya desde la primera desgracia que padece el pobre Leonardo Dicaprio tuve la impresión de estar ante una buena fantasmada. Quizá es que un asmático crónico con unos pulmones débiles como yo no es objetivo, pero, en cuanto lo vi sumergirse en un rio helado y pasar la película a varios grados bajo cero, pensé que la peli era una chorrada. ¿Cómo no se moría de una pulmonía? Sé que el cine es ficción y que las leyes de la verosimilitud no son las mismas que las de la realidad, pero todo tiene un límite. Ni Rambo hubiese sobrevivido a las calimidades por las que pasa Dicaprio.
   En sengundo lugar, el guión es bastante plano. Podía haber incidido, por ejemplo, en la psicología del personaje, o en la lucha de un hombre insignificante con una Naturaleza infinita. Pero no. Todo queda subsumido a la acción, que, como acabo de decir, no deja de ser una sucesión de desgracias. 
   Las comparaciones con los clásicos del género son inevitables. Creo que se la ha comparado por ahí con Las aventuras de Jeremiah Johnson. Dos hombres solos enfrentándose a la Naturaleza y, por extensión, a sí mismos. Y no las soporta de ninguna manera. En el momento en que el director se propuso hacer un western, sabía que se enfrentaba al desafío de la tradición. Lo aceptó y lo perdió. Lo que es Jeremiah es profundo análisis psicológico y una reflexión casi religiosa sobre la relación del hombre y la Naturaleza, aquí es poco más que una película de acción.
    Y en cuarto lugar, es un montón de dinero desperdiciado. La peli se ve bien y es más o menos entretenida. Está bien rodada y el paisaje es espectacular. Pero eso no justifica la cantidad de millones que se gastaron en ella. Que alguien haga una pelicula correcta con doscientos euros de presupuesto es digno de admiración. Que la haga González Iñárritu con una porrada de millones es desperdiciar el dinero.

    Pero no todo es un desastre. La fotografía, el vestuario y, en general, la ambientación es estupenda. 

Sicario (Denis Villeneuve)



   Sicario es un thriller sobre la lucha sucia de los servicios de seguridad estadounidenses contra el cartel de la droga mexicano. Desde luego no va a cambiar la vida de nadie, ni va a revolucionar la historia del cine. Es una película correcta sin más. Se ve bien, es entretenida, pero no plantea nada que no hayamos visto antes. Vilencia, la dosis justa de intriga y unos personajes más o menos interesantes. Los actores cumplen, el director también y la ambientación y el ritmo narrativo son bastante buenos. Pero no es uno de esos thrillers que te deja con la boca abierta. No tiene, ni de lejos, un guión como los de Christopher Nolan en los que hay un giro final que te deja alucinado y caes en la cuenta de que todo estaba preparado de antemano y las piezas encajan como el mecanismo de un reloj. Tampoco creo que fuese eso lo que se proponía Villeneuve. Supongo que quería hacer un thriller de personajes y de ambiente. En cierto sentido lo ha conseguido, pero los personajes y el ambiente no están a la altura de los grandes clásicos del género. Recrea con cierta dignidad lo que es el narco mexicano y la lucha sucia contra él, construye unos personajes correctos, pero no va más allá. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

El hombre que se presentaba como la imagen de la moderación y el sentido común.



    Nicholas Carr cree que una de las razones para eliminar la televisión es la tendencia a reducir la política a la imagen. Las campañas electorales ya no se dirimen en función de las medidas propuestas, sino por la imagen que consiga vender el candidato de sí mismo. Los votantes no nos leemos los programas y apenas si prestamos atención a las medidas concretas que se toman. Votamos por la impresión que nos causa el candidato, si es un hombre dialogante y eficaz, un buen gestor o un hombre de estado. En el mundo de la comunicación televisiva esta imagen se construye exactamente igual que un anuncio publicitario. Da igual que se corresponda con la realidad o no -normalmente es no-, y tampoco importa mucho mentir sobre el adversario para generar una imagen negativa de él. Esto, evidentemente, es una herida mortal para la democracia. Hay una fractura entre lo que creemos votar y lo que luego hacen nuestros gobernantes. La política se ha convertido en un teatro, donde hay un escenario en el que nuestros políticos representan una función con la intención de transmitir una imagen de sí mismos. Esta imagen, como toda representación, es una ficción, un juego. La verdadera política, la que de verdad organiza la vida de la gente, se lleva a cabo en las bambalinas, al margen de los indiscretos ojos de los ciudadanos. Gran parte de la nueva política española surge como forma de denuncia de esta lógica endemoniada.

   Este fenómeno sucede casi a diario. Pero pocas veces se me hizo tan evidente como esta mañana, cuando escuché en la radio el discurso que dio Rajoy en aquel congreso del PP en Valencia. Dijo algo así como que se acabó la ideología porque había llegado el tiempo de los funcionarios. Con la palabra funcionario no se refería a lo que comúnmente se entiende por funcionario, un señor que aprobó una oposición y trabaja en una oficina de Hacienda o de bedel en un instituto -!Dios libre a los neoliberales de engordar el Estado con empleos dignos!- sino a tecnócratas, individuos que gestionan la res pública con eficacia.

   El equipo de propaganda de Rajoy consiguió transmitir la imagen de que el presidente era un hombre moderado que venía a coger las riendas del gobierno para hacerlo funcionar con sensatez, después de los desvaríos izquierdosos de Zapatero que habían llevado a España a la ruina. Y para eso la ideología es un lastre.

   Pues bien. Han pasado cuatro años y pico y creo no exagerar cuando afirmo que el gobierno de Rajoy ha sido el más ideologizado de toda la democracia. Basta con recordar la reforma del aborto, la recuperación de la religión en la educación, la españolización de los niños catalanes, o la ley mordaza, cuyas nefastas consecuencias han llevado a un par de titiriteros a pasar cinco días en prisión incomunicada por decir “gora alkaeta”.


   Afortunadamente, los ciudadanos no somos tan tontos como la política de la imagen televisiva supone. En la última campaña electoral Rajoy trató de venderse como el hombre sensato de la estabilidad y lo demás era lío. Ganó en número de votos, pero el batacazo electoral fue de órdago. Muchos han visto la fractura entre esa imagen y la realidad. Ahora le toca a los otros partidos formar gobierno y demostrar que la imagen del lío no era más que eso, una imagen del espectáculo televisivo.  

martes, 9 de febrero de 2016

Norbert Elias y Eric Dunning: Deporte y ocio en el proceso de civilización.

  

 Deporte y ocio en el proceso de civilización no es un ensayo estructurado al modo tradicional, sino una colección de pequeños artículos en los que se analizan diferentes aspectos del deporte y el ocio las sociedades modernas. En consecuencia, para hacerse una idea general, el lector debe completar unos con otros, obviar las cosas que se repiten, etcétera.

   La idea principal de todos los artículos es que no se pueden estudiar el deporte y el ocio de forma aislada porque están imbricados en la sociedad.

   En el primer artículo Norbert Elias pone en relación el deporte con el proceso civilizador. Al principio las sociedades eran más violentas, sin reglas. El se centra en Inglaterra. A media que Inglaterra se convierte en una democracia parlamentaria estable en la que el poder no se asalta por la fuerza y el nuevo gobierno no aprovecha para reprimir salvajemente al adversario (ahí las reglas del juego político) el deporte se va civilizando. El deporte cada vez tiene más normas y reglas para que los contendientes no se hagan daño. No es que el parlamento inglés sea la causa y el deporte el efecto, sino que ambas están en relación con la estructura de poder.

   En las sociedades primitivas la guerra era una constante, pero a medida que avanzan, la van sustituyendo por el deporte. El deporte mismo también se va refinando. Al principio se practicaba con animales y sangre y con extremada violencia entre seres humanos. Pero a medida que fue pasando el tiempo y las sociedades se han ido refinando, hemos ido abandonando estas formas sangrientas y brutales de deporte y las hemos sustituido por otras en las que las reglas impiden que los contendientes se hagan daño.

   En las sociedades modernas los individuos tenemos que autocontrolarnos continuamente. Debemos reprimir muchísimas emociones y acciones como la ira, la agresividad, etcétera. El deporte da rienda suelta a estas emociones, permite sacarlas a la luz. Asimismo, la vida en las sociedades modernas es gris, sin apenas alicientes. El deporte y el ocio en general (películas, obras de teatro, etcétera) permiten vivir las emociones de la vida, pero sin el riesgo que éstas conllevan. En este sentido, el deporte siempre es mimesis de la batalla (contra otro equipo, contra una montaña, etcétera). Así, el deporte nos permite vivir las emociones de la batalla, pero sin el riesgo ni el remordimiento ni la culpa de que hieran, o maten a gente. De este modo las sociedades utilizan el deporte como forma de liberación controlada de las emociones.

   Al deporte también le podemos aplicar el concepto aristotélico de catarsis: libera y purifica pasiones. La vida moderna exige mucho autocontrol de los impulsos. No expresamos públicamente nuestros sentimientos, ni hacemos ostentación de ellos. Lo mismo sucede con el amor y el sexo, que están muy controlados y regulados y quedan siempre dentro de la esfera privada.  Éste autocontrol podía llevar a problemas emocionales y psicológicos si no los liberásemos de forma controlada a través del deporte. El deporte permite expresar públicamente nuestros sentimientos. El deporte es la institución social que sirve para controlar, encauzar y liberar las tensiones provocadas por el exceso de autocontrol en nuestras sociedades.

   El deporte tiene un paralelismo religioso. Las dionisíacas o el carnaval medieval servían para liberar de forma controlada las emociones reprimidas. Ahora es el deporte. El deporte funciona como la religión: es un ritual colectivo. La individualidad se disuelve en el éxtasis de la colectividad.

   El fenómeno de los ultras: en sociedades en las que el nivel de violencia es alto, esto se traslada al deporte. No hay reglas. Los ultras tienen vidas aburridas, sin trabajo y sin expectativas. Acumulan rabia, pero no sabe exactamente contra quien, por eso la expresan a través del vandalismo. Es rabia contra el sistema. Le dan sentido a sus vidas sin emociones a partir de una vivencia extrema del deporte.

   El deporte, si no tiene tensión, si se gana fácil o si se empata siempre, no resulta tan satisfactorio, porque no se libera energía. Hay que acumular tensión durante todo el partido para liberarla al final. Si desde el principio el resultado está claro, no hay tensión acumulada y, por tanto, no cumple su función.

   En el siguiente artículo, parecen olvidar la función de relajación y liberación de energía, para centrarse en la producción de una determinada energía. El deporte provoca la restauración del tono de tensión normal mediante la producción de un brote de tensión agradable. Es la antítesis del autocontrol de la actitud racional (como las dionisíacas o el carnaval medieval).

   Los dos autores no están de acuerdo con esa idea de que el ocio es una actividad secundaria con respecto del trabajo que sirve para descansar, desconectar y cargar las pilas para volver al trabajo. Aceptan que no todo el tiempo libre es para generar tensión. Hay actividades desrutinizadoras para cargar las pilas como la jardinería, pasear, quedarse en la cama, salir a cenar o ir de vacaciones. El trabajo es rutinario y mucho ocio también lo es. Pero otro mucho responde a las necesidades de la sociedad de vivir emociones. Así nos encontramos con el cine, el deporte, etcétera. Las que generan tensión son las actividades recreativas placenteras. Éstas actividades permiten salir de la rutina sin poner en riesgo la subsistencia.

lunes, 8 de febrero de 2016

Jerry Mander: Cuatro buenas razones para eliminar la televisión.


   Como reza el título del libro, Jerry Mander nos da cuatro razones por las cuales él cree que la televisión es nociva. Pero no va tan allá como promete el título. Eliminar tal vez sea un término un poco grueso y este ensayo se queda más bien en un análisis de por qué la televisión es un instrumento nocivo en sí mismo, por qué la naturaleza de la televisión es perjudicial para la sociedad. El título, que suena casi a slogan, es más bien un gancho que despierte la curiosidad en el posible comprador y no una síntesis real de lo que vamos a leer.

   La gente pasa muchísimo tiempo viendo la televisión. La televisión, a través de la publicidad y las series y películas, nos vende un modelo de vida, unos patrones de conducta iguales para todo el mundo. Es un agente de globalizacíón brutal. Esto es perfecto para las grandes corporaciones porque se dirigen así a un público estándar y optimizan gastos y suben un montón los beneficios.

   Además es una forma de control político. La gente piensa como piensa porque realmente no se ofrece una visión alternativa de la realidad, ni proyectos de vida distintos. A falta de una alternativa, la gente tiende a creer lo que le cuentan.

   La televisión y la publicidad está en manos de unas pocas corporaciones que lo controlan todo.

   Internet puede ser una forma de resistencia a esto. Por ejemplo Podemos, el 15M, ocupa Wall Street, etc... Lo mismo sucede con Amazon y la gente publicando libros o gente que hace cine y lo cuelga en al red. Pero tampoco hay que sobreestimar el poder de estas formas de resistencia que ofrecen modelos alternativos, porque tienen muy poca difusión. La gente compra, ve, lee, etc. lo que conoce, y esos blogs, esas páginas web, etc... ya difundan arte, y por tanto modelos de conductua, ya difundan política, no tienen publicidad, no se pueden gastar dinero, no tienen detrás una corporación y, en consecuencia, su difusión es muy limitada. El 15M consiguió algunas conquistas, pero al final no cambió el mundo. Las cosas siguen más o menos igual, con los mismos valores, la misma gente haciendo los mismos negocios, etc...

   Gracias a la publicidad internet acaba siendo como la televisión, un agente homogeneizador y de difusión de ideas, modeles y patrones de conducta.

    En segundo lugar, la televisión ofrece experiencias de segundas. En ella vemos paisajes, ciudades y vidas que no son las nuestras. Viajamos y vivimos vidas ajenas. En la vida primitiva los seres humanos conocían las cosas de primera mano. Ahora, que las naciones se han vuelto infinitamente complejas, es imposible que alcancemos todo el saber humano, de ahí que conozcamos las cosas porque nos las cuentan y nos las explican otros a los que llamamos expertos. Esto supone una separación del hombre con respecto de la naturaleza. Las ciudades, con sus casas, sus calles, el asfalto, etcétera también suponen vivir alejados de la naturaleza. Y los supermercados, donde basta con sacar un billete para obtener la comida. Y así prácticamente todos los fenómenos de la vida humana moderna. La televisión, con sus vidas de segunda, lleva esta separación al límite.

   Además, estas ideas prestadas son falsas, porque las imágenes están seleccionadas y montadas. Ni los telediarios, ni las películas, ni los documentales son reales. Es una recreación estilizada para embobar a los espectadores. La televisión, por tanto, ofrece experiencias de segunda que, además, son falsas.
   En la televisión importa más la forma que el contenido. Así sucede sobre todo en la política televisiva, donde se busca crear un personaje. No importan los proyectos políticos ni los programas. Lo que importa es transmitir una imagen del candidato con la que los electores puedan identificarse. Aplicado esto a nuestros días podemos observar cómo Rajoy en estas elecciones trató de venderse como el hombre de la estabilidad, y lo demás era lío. No importaba que eso fuese cierto o no y, por supuesto, tampoco importaban los programas del Partido Popular ni los de sus adversarios. Lo fundamental era identificar al candidato conservador con la estabilidad y la tranquilidad en un momento en el que las convulsiones económicas y políticas eran continuas.

   Y en último lugar, la televisión es la institución menos democrática de nuestras sociedades. A pesar de que se nos repite una y otra vez que es democrática porque cualquier persona puede tener la televisión en su salón, encenderla y acceder a sus contenidos, los espectadores no deciden qué ven. La oferta es limitada y decidida siempre por los directivos de las cadenas en función de sus propios intereses.