viernes, 29 de enero de 2016

Economatos del capitalismo neoliberal.



   Antaño, los pobres ciudadanos de Europa del Este tenían que comprar la comida en economatos soviéticos. Allí había un único producto de cada cosa: una mermelada de fresa, una marca de salchichas y un vino, todo con el sello del partido. Eso de elegir era despilfarro capitalista. Un amigo de la RDA me dijo una vez que lo que más les ilusionaba del capitalismo era que, con la caída del Muro, cada uno podría escoger los muebles de su casa, la ropa o la película que ver después del trabajo a su gusto. Podrían, en definitiva, escoger su propia individualidad.




   Es el cuatro de Enero. Ana y yo estamos pasando la segunda parte de las fiestas navideñas en casa de mis padres. Me he levantado tarde. Ana más. Ya hemos desayunado y estamos en el salón. Entra mi padre.
   -Ana, ¿has comprado ya lo que le voy a regalar a tu suegra? 
  -No sabía que tenia que comprárselo.
  -Pues sí. -responde él; y se va.
  Ana me mira. Yo me encojo de hombros.
  Poco después aparece mi madre.
  -Oye Curro, ¿podrías comprarme el regalo de tu padre?
  -¿Qué quieres que le compre?
  -No sé. Ve con Ana, que seguro que se le ocurre algo.
  Ana me mira. Yo vuelvo a encoger los hombros. Mi madre se va.

  Nos duchamos, nos cepillamos los dientes y en el intervalo de tiempo que se tarda en ir desde el baño a la puerta de la calle mi madre aprovecha para encasquetarnos el regalo de mi hermana, el de mi cuñada, el que le va a hacer ella a Ana y el que me va a hacer a mí. 
    
   Empezamos por el Pull and Bear. Nuestro objetivo es unos pantalones vaqueros para mi cuñado. Nada más entrar me quedo estupefacto. Todo está tirado, amontonado y revuelto, mientras cientos de personas gritan, se prueban cosas, molestan, estorban y discuten.. Las legiones romanas fueron más consideradas con la vencida Cartago. Da la impresión de que la tienda ha sido tomada por un ejército y dada inmediatamente al pillaje y la rapiña. El olor acre del azufre ha sido sustituido por la mezcla de los perfumes dulzones de los adolescentes, y el rugido del cañón por la machacante música bakalao que atruena en los altavoces. Ana me agarra del hombro y me señala una esquina en la que están los vaqueros. Apenas si nos separan veinte metros, pero llegar hasta allí no es tarea fácil. Hay que ganar palmo a palmo cada metro, asaltar cada reducto y, una vez alcanzado el objetivo, pelear con otros clientes que forcejean por ocupar tu espacio. A mí todo esto me resulta muy desagradable, no solo por la sensación de claustrofobia, sino porque hay gente sudada que me toca y eso me da mucho asco.




   Los pantalones vaqueros son todos más o menos iguales. Cojo unos al azar. 
   -Estos están bien. -digo.
  -¿Qué talla? -pregunta Ana.
  -No sé.
  -P es más o menos del mismo tamaño que tú. -dice Ana- Pruébatelos.
  La cosa es más fácil de decir que de hacer, porque hay que volver a salvar unos quince metros de campo de batalla y, si uno sobrevive a ello, enfrentarse con los modales de portero de discoteca de la chica de los probadores. 
  -¿Cuántas? -me espeta la matona esa sin mirarme.
  -¿Cuántas qué? -pregunto confuso.
  Ella me fulmina con una mirada de desprecio.
  -Prendas.
  Le enseño los pantalones que llevo en las manos. Ella me tiende un plástiquito con un número uno dibujado y nos deja pasar a los probadores. 
  -¿Eres consciente de que solo hemos traído unos? Si no acertamos con la talla, tendremos que volver a repetir toda la operación. -le digo a mi mujer.
   -Esperemos que haya suerte. -dice ella.
  Me quito mis pantalones y trato de ponerme los otros. A fuerza de meter mucho la barriga y apretar el culo consigo subírmelos, pero abrocharlos es otro cantar. Me miro en el espejo. El bandullo fláccido me cae como un flan de gelatina. Me pongo de perfil y me levanto el jersey para observar bien la dimensión del desastre. El espectáculo es lamentable. Además del barrigón, tengo tetillas y unos pelos nuevos en los pezones. 
   -Joder. Estoy como una vaca marela. -digo.
   -Ya te lo digo yo. -dice Ana.
   La miro, todo belleza, con sus enormes ojos azules y los cuarenta y pocos kilos.
   -Pero me quieres igual. 
   -No sé. 
   La convenzco para no volver a probarme otro pantalón. Cogemos otro dos tallas mayor y, en caso de que no le sirva, que venga mi cuñado a cambiarlo.

  Después del regalo de mi cuñado toca el de mi padre. Hemos pensado en comprarle una chaqueta forrada porque es muy friolero. Empezamos por Maximo Dutti, continuamos con Zara, Springfield, H&M, C&A, Primark y terminamos en Cortefiel. Todo en unas dos horas y media. Nada. Dos horas y media desperdiciadas, porque nadie vende chaquetas forradas. Al parecer las chaquetas forradas estaban de moda el año pasado. Si este año quieres algo forrado, tiene que ser una sudadera de capucha. Eso sí es fácil de encontrar. Hay sudaderas de capucha forradas en todos lados, pero sin capucha no. Y difícilmente veo a mi padre, un honorable señor de setenta y algo con una sudadera con capucha de rapero. También hay, en todas las tiendas, cazadoras de polipiel, pantalones para llevar remangados, chándals de algodón y camisas de cuadros. Pero nada más. 
   -¿Y si quiero una camisa de rayas? ¿O un pantalón de campana? -le digo a Ana.
   -Pues te jodes. 
  -Ya, pero habrá gente que no quiera ir vestido de hipster. A mí, por ejemplo, no me gustan los pantalones remangados. ¿Qué hace esa gente? ¿Dónde compra?
   -En El Corte Inglés.
   -Pero El Corte Inglés es muy caro. 
   -Ya.
   


   Al final compramos la chaqueta forrada en el stand de Fred Perry que tiene El Corte Inglés. La broma pasa de los cien euros, pero mi madre se lo tiene merecido por su pereza.

    Luego toca el regalo de mi padre. Con él tampoco voy a pensar mucho. Le compraré un ensayo de sociología/economía y listo. Vamos a la FNAC. Nos dirijimos directamente a la sección de ensayo, que es la única de la tienda que no está abarrotada. Hacía años que no iba a la FNAC. No es que la recordase como la Biblioteca de Alejandría, pero recuerdo haber comprado algún libro de David GarlandErving Goffman, e incluso uno de Löic Wacquant. De aquello lo único que sobrevive es un stand con el último libro de Alberto Garzón, el de Manuela Carmena y el de Wyoming, y dos estanterías cutres en las que se pueden ver los lomos de esos mismos libros repetidos y algún que otro resto perdido. Paso el dedo por los lomos de la sección de antropología. A los restos de Levi-Strauss, Margareth Mead y Marvin Harris han añadido un par de bobadas sobre la vida en África.
   -Pero esto es una puta mierda. -le digo a Ana.
   -A tí te gusta Alberto Garzón. -repone ella.
   -Y Jennifer Lawrence, pero de ahí a comprarme su libro va un mundo.
   -Habrá que preguntar. 
   La falta de consideración de la FNAC para con el cliente ha llegado al delirio. No solo hay una cola para pagar y otra distinta para que te envuelvan el regalo. Han diseñado una nueva forma de pesadilla que es la cola para preguntar. Me pongo allí mientras mi mujer se va a ver libros de fotografía y de cine. Veinte minutos después estoy ante un hipster con cara de oveja que mira aburrido la pantalla del ordenador. 
   -¿Qué quería? -me pregunta.
   -Un ensayo. -digo yo.
   -Ah. ¿Y sabe cuál?
   -Puedo decirle muchos.
   -¿Y no los ha encontrado en la sección de ensayo? 
   -Claro. Por eso estoy aquí. 
   Parpadea sin entender. Es evidente que el único requisito para trabajar en la FNAC es ser un modernillo. La inteligencia solo es un plus para los encargados. 
   -No. -digo.
   -Ah. -dice él- ¿Me puede decir los autores?
   -Manuel Castells y Richard Sennet. 
   Teclea algo en el ordenador y menea la cabeza. 
   -No, no los tenemos, pero puedo pedirlos si quiere.
   -Vete a la mierda.
   -¿Perdón?
   -Nada, nada.
   Si existe una antítesis de lo que se espera que sea un librero, es este hipster con cara de oveja.



   Encuentro a Ana leyendo un libro de cocina. 
  Probamos en las librerías tradicionales con idéntico resultado. Lo que antaño fue la librería que abastecía a la Universidad ahora parece la sección de libros del Alcampo. No deja de sorprenderme que con la cantidad de gente que está colgando cosas interesantes en Internet, en las tiendas solo puedan encontrarse la última temporada de Juego de Tronos o las obras completas de Julia Navarro. Al final compro La demonización de la clase obrera que lo hay en todos lados porque Owen Jones salió hace poco en el programa de Jordi Évole. 
  
   Terminamos a eso de las siete y media. Ana quiere ir a Mercadona a por una crema hidratante y de paso yo podré hacerme con una botella de vino con la que olvidar nuestro descenso al infierno de las compras navideñas. Al entrar, nos separamos para ahorrar tiempo. Voy directo a la sección de vinos. Diez minutos después Ana se reúne conmigo allí. Estoy plantado entre las estanterías sin saber qué hacer.
   -¿Qué pasa? -me pregunta.
  -Pues que en esta mierda de sitio solo hay vinos de quince euros o vinachos de noventa céntimos.
   A Ana, que no le gusta el vino, le da igual, pero a mí, que soy un borrachín confeso, me tiene muy mosqueado. La botella de Hacendado es intragable, pero tampoco tengo un paladar tan finolis como para un vino de quince euros. A mí, que no le echo cuento hablando de taninos, colores rojo cereza y sabores a roble, me basta con un vino de clase media que, por lo que parece, ha desaparecido de las estanterías del Mercadona. 
   -Cómprate una botella cara, que es Navidad. -dice Ana.
   Le hago caso, pero no porque sea Navidad, sino porque estoy hasta los cojones. 

    Este fenómeno del producto único ya me lo explicó mi amigo de Europa del Este: cuando cayó el Muro pensaban que iban a tener sus propias casas, algo que reflejase su identidad, y todos acabaron con casas de IKEA.


La casa de todos.

   
   

jueves, 28 de enero de 2016

Luis Ángel Fernández de Betoño: Las Colonias del Sistema Solar: Theia,



   La oferta en las librerías cada vez es menor. Ya sólo se pueden encontrar los best sellers de turno. Las editoriales, que han perdido su hegemonía, publican cualquier cosa con tal de que el autor pague. Venden prestigio, que es lo único que les queda. Paralelamente, cada vez hay más gente haciendo cosas por internet y autopublicándose. El problema que tienen todos estos autores es darse a conocer. Los lectores compramos lo que conocemos y la mayoría conoce lo que ve en los stands de las librerías. Así las cosas, aquellos autores que se niegan a pagar el chantaje de las editoriales -pagar por publicar y que encima se queden con los derechos de autor-, además de escribir una buena novela, tienen que publicitarla a través de las redes sociales. Desde luego no es el mejor sistema, pero sí es mejor que aquello de los premios literarios amañados y de los libros que se convertían en fenómenos de ventas sólo porque a la editorial les interesaba publicitarlos. Luis Ángel Fernández de Betoño es uno de estos autores que tratan de abrirse camino en el nuevo mapa editorial.

   Las Colonias del Sistema Solar: Theia es una novela de ciencia ficción. Esto, además del modo en que conocí su existencia, me predisponen a su favor, así que no sé hasta qué punto soy objetivo en esta crítica. Porque me gustó. Sobre todo porque es divertida.

   La reseña que aparece en Amazon es la siguiente: 

   Año 2.373, la humanidad ha superado una nueva frontera y se expande por el Sistema Solar. Marte, el Cinturón de Asteroides y las lunas de Saturno y Júpiter, han sido colonizados. Estas últimas, agrupadas bajo la bandera de La Federación, son la élite, el primer mundo, en las cuales, la población, disfruta de un nivel de vida inimaginable hasta ahora. En las colonias federales, existe un grupo denominado “Los 10.000”, que sueña con llegar a Theia, un mundo gemelo de la Tierra, situado a veinte años luz, de momento, una distancia insalvable para el ser humano. Con la intención de colonizarlo utilizando terrícolas, mejor adaptados a la vida en un planeta. Pero Owen Jeringan, líder de “Los 10.000”, cree haber encontrado la forma de fabricar un impulsor capaz de alcanzar el ansiado planeta. Gracias a un extraño objeto, al que llaman Singularidad. El problema, es que se encuentra dentro del Cinturón de Asteroides, refugio de los peligrosos piratas espaciales. Para ello, contrata los servicios de Gael Paulsen, un antiguo piloto militar y veterano de la guerra contra Marte, que, junto con un grupo con de incondicionales, tratarán de hacerse con la codiciada Singularidad. Sin embargo, no todos los colonos están de acuerdo, y utilizarán todos los medios a su alcance, para impedir los planes de Owen Jeringan…

   Como dije, Las Colonias del Sistema Solar: Theia es divertida. Tiene un montón de acción y varios personajes interesantes. No se trata de ciencia ficción dura. Como toda obra de este género  que se precie, plantea una reflexión acerca de a dónde nos lleva nuestra sociedad actual, pero no crea un mundo abstracto y difícilmente comprensible como tristemente nos tiene acostumbrada en los últimos tiempos la ciencia ficción. Las Colonias del Sistema Solar: Theia se entiende perfectamente. Y eso es bueno, porque enseguida podemos entrar en harina y disfrutar con las aventuras y las peripecias de los personajes.

   Puestos a buscar paralelismos para orientar al lector, yo diría que Las Colonias del Sistema Solar: Theia es una mezcla a partes iguales entre Isaac Asimov y La Guerra de las Galaxias. La idea de la obra me recuerda al primero, con ese espacio aún por colonizar. Y el desarrollo de las aventuras a la segunda, con esas frenéticas carreras y luchas entre naves espaciales.

   En su espíritu también me recordó a las viejas películas de La conquista del Oeste. En aquellas películas los colonos tenían todo un nuevo mundo ante ellos y eso les daba a las historias cierto aire de ilusión por el futuro y por la posibilidad de empezar de cero. La ciencia ficción  también nos permite jugar con esta idea de un mundo por colonizar. Así, los personajes de Las Colonias del Sistema Solar: Theia tienen ese aire de western primigenio.


   No me gusta poner nota las novelas porque eso depende mucho de la subjetividad del autor e, incluso, del momento en que uno las lea. Pero no me resisto a decir que no parece que desmerezca en absoluto si la comparamos con muchas de las novelas de ciencia ficción que están ganando premios ahora.

   Puestos a buscar alguna pega, tarda un poco en arrancar, pero esto no es un defecto exclusivo de de Las Colonias del Sistema Solar: Theia. Casi es una característica del género. A diferencia del cine, literatura de ciencia-ficción necesita tiempo para explicarle al lector cómo es el mundo en el que se mueven los personajes. Algunos narradores magistrales como Dan Simmons consiguen ir haciéndolo poco a poco y que el ritmo de la narración no se resienta, pero no siempre es posible.

  Sea como sea, es una novela divertida que invito a leer a los amantes de la ciencia ficción.

domingo, 17 de enero de 2016

Crónicas del Club Manga: Manga, Anime y Contracultura.



   En “El urbanismo como modo de vida” Louis Wirth señala la heterogeneidad como una de las características definitorias de la moderna vida urbana. En las ciudades vive gente muy diversa. Esta diversidad permite que esas personas diferentes se busquen entre ellas en función de sus gustos e intereses y creen sus propias subculturas. En palabras de Wirth “(la ciudad) ha unido a gentes de los confines de la tierra por ser diferentes”. Así surgen la comunidad gay, las tribus urbanas o la asociación de los amigos del queso. Y también los Clubes manga.

   Son las 8:30 a.m. Llueve y hace frío. Los miembros del Club manga están en el zaguán. Al profesor le llama la atención que entre ellos no esté ninguna de las chicas.
   -¿Y las chicas? -pregunta.
   -Están cosplayeando en el baño. -dice alguien.
   -Ah, cosplayeando. -repite él como si supiera de qué están hablando.
   Se acerca al baño de mujeres y llama discretamente a la puerta, no vaya a ser que estén
Cosplayer
haciendo alguna gamberrada. Le abren. Dentro están S, A y L caracterizándose como personajes de cómic, porque cosplayear, como explicará L horas después, resulta que es un neologismo/extranjerismo espantoso formado por la fusión de dos palabras inglesas, costume -disfraz- y play -juego-, más un sufijo que españoliza la palabra y la convierte en verbo. El manga, con cuatro tebeos, ha conseguido lo que el ministro Werth no pudo a golpe de ley orgánica: ha hecho alumnos bilingües y, de paso, los ha españolizado. Pero esto es una reflexión de profe de lengua y aquí lo que importa es lo que hicieron los miembros del Club manga, así que volvamos a ellos.
   A las nueve y veinte cogen el microbús. El conductor es un señor muy simpático que tiene un hijo guardia civil en Valencia. Los deja en la farola grande de Vigo, al final de la calle Príncipe. Van andando hasta Norma Cómic. Por la calle la gente los mira, lo que es bastante normal porque más de la mitad van disfrazados de personajes manga y anime. En la tienda les espera la dueña, otra señora muy simpática con el pelo corto y gafas de pasta. Se saludan y los miembros del Club manga entran en tromba. Cogen los tebeos de las estanterías, ríen, gritan, dicen palabras en japonés y hacen comentarios que no se entienden. El profesor ha calculado una hora para comprar para la biblioteca del instituto, pero en menos de diez minutos el mostrador está cubierto por dos montañas de tebeos.
   -Ya te lo había dicho yo. -le dice la dueña de la tienda- Ellos saben perfectamente a lo que vienen.
   Para los aficionados al manga Norma Cómic es una suerte de paraíso lleno de huríes. No solo hay millones de tebeos, sino que también hay pósters, disfraces, caretas, tazas con estampados, juegos de rol y todo tipo de juguetes.
   -No son juguetes. -le explica M al profesor- Son figuras.
   -¿No puedes jugar con ellas? -pregunta él.
   -No.
   -¿Y entonces para qué las quieres?
   -Para tenerlas en las estanterías y mirarlas.
   -Ah, si es para eso...
   Mientras los demás fisgan por la tienda, L aprovecha para ultimar la caracterización de A, porque se ve que no tuvo tiempo en la hora que pasaron en el baño. Le pinta el ojo como si lo hubiesen golpeado salvajemente y dibuja unas venitas negras saliendo del lagrimal. El profesor hace fotos, la dueña de la tienda también quiere hacerse una -como compensación les regalará unos abanicos- y finalmente se van.
   El conductor simpático del hijo guardia civil les está esperando en la farola grande. Se suben al microbús y los lleva al otro Instituto de Enseñanza Secundaria. Allí, en el zaguán, se reúnen los Clubs manga de los tres institutos. Al principio los chicos se muestran un poco reticentes. Hay tres grupos separados que se miran, hacen comentarios entre ellos, pero no se mezclan. Aparece J, el profesor encargado del Club manga que hoy es el anfitrión. J y el profesor son amigos. Se saludan y entran en el salón de actos. Los del Club manga del tercer instituto también andan por ahí.
   El salón de actos es un poco de otra época. Tiene un escenario muy alto, como si allí se diesen conciertos, sillas que se parecen a las del cine y unas cortinas de terciopelo morado llenas de polvo. J se sube al escenario para dar una breve charla. Dice que esto de los Clubes manga requiere de la participación activa de los alumnos y bla... bla... bla... Hace cuatro chistes, se ríen y, en general, piensan que es un tipo simpático. Luego le toca hablar a un dibujante profesional de cómic que va a ayudarles a hacer una revista. Les explica un poco cómo va la cosa y les informa de que en Abril va a haber una convención por los alrededores y que, además de presentar oficialmente la revista allí, la sección manga de la convención es para ellos. Algunos le hacen preguntas y al final parece que todo queda claro.
   Entonces es el momento de L. Se sube al escenario y todos aplauden. Incluso hay quien grita “guapa” y la pobre L se muere de vergüenza. Lleva una peluca violeta desvaído, lentillas azules, unas pestañas enormes y mucho polvo blanco en la cara. También se ha puesto una chaqueta de lana granate y un vestido que le dan un aire de colegiala. El resultado es sobresaliente, porque parece una muñequita manga. Sube al escenario. Con un enorme powerpoint proyectado a sus espaldas se la ve bastante pequeña, pero no importa porque, a medida que va hablando, se va creciendo. Ni siquiera el burro del profesor que no sabe pasar las páginas del powerpoint consigue estropear la charla sobre cosplay. Una profesora mira al profesor y le hace un gesto discreto con la mano como diciendo “caramba con la niña”. Por su parte, su amigo J se le acerca y le hace un comentario al oído.
   -Tu cosplayer es una crack.
   El profesor asiente muy orgulloso. Los otros tendrán un instituto muy molón en Vigo, pero
Cosplayer
ellos tienen a la Messi del manga.
   L termina y hay una ovación general. Luego le toca a los del tercer instituto. Hablan del Studio Ghibli, un estudio japonés de animación que ha producido películas como El viaje de Chihiro. Luego J sortea una taza y un tebeo. Una chica de gafas gana la taza y el libro un chaval que se llama A y que va cospleado del mismo personaje que A, la del ojo machacado. Hay más aplausos y terminan los actos en el escenario.
   Entre todos sacan unas mesas que ponen en medio del salón y sirven un bizcocho y un poco de sushi. La comida sirve como lubricante social. Todos se mezclan y empiezan a hablar entre ellos. El profesor da vueltas por ahí sacando fotos a los cosplayeados. Lógicamente, los primeros son A y A. Ambos llevan traje negro, una peluca gris con un flequillo que les tapa un ojo morado y una máscara de gas que parece un hocico. Pero no son los únicos que llevan el mismo cosplay. I ha encontrado una chica de segundo de bachillerato que va de Pikachu como él. Aprovecha la foto para pasarle un brazo por encima de los hombros. Finalmente se sacan un selfie colectivo y se van.
   Camino de vuelta, mientras habla del tiempo con el conductor simpático del autobús, el profesor escucha la conversación de los miembros del Club manga. Hablan de tebeos, de gente muy importante que se ha cosplayeado muy bien y que, al parecer, todos conocen y admiran. Tienen sus propios códigos y el profesor no entiende de qué hablan porque todo está vacío de significado para él. Sin embargo, los admira y los envidia. Llegan, se despiden y cada uno se va a su casa.

Cosplayer
*


   Pierre Bourdieu en La distinción explica que el gusto canónico, lo que se entiende por alta cultura, es el gusto de las clases altas que se impone al resto de la sociedad. En función de las inclinaciones e intereses de los poderosos se decide qué es bueno y digno de ser admirado y qué es subcultura pulp, cultura de masas o chorradas de adolescentes. Es una de las formas de la violencia simbólica. Y así, en los institutos estudiamos a Cervantes y Lope de Vega y no Naruto Shippuden. Pero el arte está para ser disfrutado y, según Bourdieu, la única razón por la que Quevedo es mejor que Soul Eater es porque es un discurso de poder. A Tolstoi, uno de los escritores canónicos, no le gustaba Shakespeare, el más canónico de todos. Y con esto no quiero decir que Shakespeare sea una porquería, sino que los miembros del Club manga me han dado una lección de contracultura. Esta misma noche me veo los primeros capítulos de Death Note.

Marte / The martian (Ridley Scott)



   En un futuro cercano un astronauta se queda solo en Marte por causa de un accidente. Tendrá que sobrevivir y tratar de ponerse en contacto con la Tierra para que lo rescaten.

   Marte es una suerte de Robinson Crusoe de ciencia-ficción. Igual que en la novela, nos cuenta las peripecias del protagonista para sobrevivir, el modo en que tiene que organizar su vida y el modo en que se relaciona y explota el entorno con el fin de dominarlo y hacerlo habitable.

   La idea es buena. Sólo con enunciarla genera interés. ¿Cómo hará un hombre para producir comida en Marte? Así que sólo con eso el director ya tiene la mitad del camino hecho. Una buena idea que provoca la curiosidad del espectador.

   Pero Marte es mucho más que una buena idea. Está muy bien construida. No solo nos cuenta el modo en que el protagonista desarrolla un precario sistema de explotación agraria en un planeta hostil, sino que nos van contando todas las peripecias y dificultades con las que se va encontrando. Estas dificultades contribuyen a dotar a la película de un buen ritmo narrativo. Al pobre protagonista le pasan toda su parte de desgracias -como es de esperar en una persona que se queda sola y aislada en Marte- y de la lucha contra estas desgracias surge la tensión que mantiene espectador pegado a la pantalla. En este sentido, me recordó a aquella versión de Robinson Crusoe que hizo Tom Hanks hace años. En ella no había tensión ni nada porque las peripecias eran una chorrada. Marte se ve muy bien porque las desgracias a las que tiene que enfrentarse el protagonista está muy bien pensadas.

   Siendo una película de ciencia-ficción, y teniendo en cuenta por donde van los tiros del cine de Hollywood actualmente, me esperaba un despliegue descomunal de efectos especiales. Afortunadamente no es así. Hay mucho diseño por ordenador, pero en general el ambiente de ciencia-ficción se consigue más por los decorados que por los efectos especiales.

  Antes de verla una amiga me llamó la atención sobre la música. Me dijo que le rechinaba un poco y que a veces le echaba de la película. No sé si tiene razón. A mí me pasó lo mismo, pero no sé si es que ya me había avisado de antemano y estuve muy pendiente de la música, o porque realmente es así.


   La actuación de Matt Damon es la que se espera de él en estas situaciones. No va a pasar a la historia del cine por ella, pero cumple con corrección.

   Aparte de la música, el único pero que se me ocurre es que es un poco ingenua. Dudo mucho que, en caso de que Estados Unidos se dejase a un hombre aislado y sólo en Marte, se gasta sin toda esa cantidad de dinero y de esfuerzo en traerlo de vuelta. Teniendo en cuenta como es la política exterior de Estados Unidos, me cuesta creer lo que hacen para traer de vuelta a Matt Damon. Y lo mismo sucede con China, que de repente se convierte en un país buenísimo que colabora altruistamente con Estados Unidos para traer de vuelta al héroe nacional.

   P. D. Evidentemente, no tiene el trasfondo filosófico de Robinson Crusoe, pero es que no se esperaba una reflexión acerca del calling divino y el puritanismo calvinista en una película hecha en 2015. Si hubiesen hecho algo así, hubiese sido un anacronismo imperdonable.

The Monuments Men (George Clooney)





A finales de la II Guerra Mundial (1939-1945), a un selecto grupo de historiadores, directores de museos y expertos en arte, tanto británicos como norteamericanos, se les encomienda la importante y peligrosa misión de recuperar las obras de arte robadas por los nazis durante la guerra para devolvérselas a sus legítimos propietarios. Era una misión imposible: las obras estaban muy bien custodiadas y el ejército alemán tenía orden de destruirlas en cuanto el Reich cayera. Pero aquellos hombres, en una carrera contrarreloj, arriesgaron sus vidas para evitar la destrucción de miles de años de cultura de la humanidad. (FILMAFFINITY)

   The Monuments Men es el ejemplo perfecto de cine comercial. Es una americanada de cuidado pensado exclusivamente para ganar dinero. No entro a valorar si la idea de la brigada dedicada a salvar obras de arte durante la Segunda Guerra Mundial es buena o no. El caso es que tal y como está planteada es una apología de Estados Unidos tan evidente, tan superficial y tan engañosa que da vergüenza. Tratar de convencernos de que los Estados Unidos que intervienen en la Segunda Guerra Mundial estaban preocupados por salvar la cultura occidental y que para ello era necesario salvar las grandes obras de arte europeas porque son un símbolo de civilización es de chiste. Esto en primer lugar.

   En segundo lugar, Hollywood ya nos tiene demasiado acostumbrados a reunir un elenco de actores de moda que atraigan a la gente a los cines. La película da igual. Lo que importa es que la presencia de estos actores asegura un éxito de taquilla. Y este es exactamente el caso de The Monuments Men, porque tiene una colección de actores interesantísima, pero la película es un bodrio colosal. Y esto lo saben los actores, porque no se toman en serio su interpretación. Cumplen, cobran y se olvidan. 


   Y ya no digo más de ella porque no se lo merece. A George Clooney debería darle vergüenza haber filmado esta película que no tiene el más mínimo interés artístico. No es más que un producto comercial para sacarle el dinero a la gente y hacer negocio.

El dragón rojo (Brett Ratner)



   Un investigador del FBI especializado en analizar la mente y el comportamiento de los asesinos en serie se ve obligado a recurrir a Hannibal Lecter, a quien mandó a la cárcel, para que le ayude en el caso de un asesino de familias, cuyo patrón de conducta le resulta imposible desentrañar. (FILMAFFINITY)

   El problema de El dragón rojo es que existe El silencio de los corderos. Supongo que el hecho de hacer una precuela que repetía con el actor protagonista le hizo gran parte de la publicidad y le aseguró unos cuantos millones de personas gastándose el dinero de la entrada del cine. Esto seguro que sirvió para que las empresas que invirtieron en la película recuperasen su dinero y ganasen algo más. Pero, más allá de lo estrictamente económico, la comparación con El silencio de los corderos le hace más daño que otra cosa. Porque realmente El dragón rojo es un thriller más que correcto. Tiene intriga, mucha tensión y giros de guión como se espera de este género. La actuación de Anthony Hopkins es la de siempre y hay que sumarle la de Edward Norton que nunca falla. Técnicamente no le veo ningún problema y lo cierto es que pasé dos horas bastante entretenido. Es cierto que cuando terminé me olvidé inmediatamente de ella y no volví a pensar más. No plantea ningún conflicto ético, ni tiene unos personajes o una historia que conmuevan. Pero no es eso lo que se le pide al thriller. El thriller tiene que mantenerte pegado a la pantalla con el alma en vilo. Espero tensión continua y varios giros que me sorprendan. Y eso lo tiene El dragón rojo. Desgraciadamente para ella es la precruela de El silencio de los corderos. Todo el mundo las va a comparar y la verdad es que no aguanta la comparación. Es cine de entretenimiento puro y duro y nada más. Lo hace bien, pero no va más allá.


Gone Baby Gone / Adiós pequeña adiós (Ben Affleck)



   A dos detectives privados de Boston, Patrick Kenzie (Casey Affleck) y Angela Gennaro (Michelle Monaghan), los contrata una familia para que encuentren a una niña de cuatro años, hija de una drogadicta (Amy Ryan), que ha sido secuestrada en uno de los barrios más sórdidos de la ciudad. Adaptación de un best-seller del autor de "Mystic River". (FILMAFFINITY)

   Ben Affleck es un director más interesante. Adiós pequeña adiós no es la mejor película del mundo, pero tiene cosas. Me gustó la idea de que los dos detectives sean dos chicos jóvenes que forman pareja. En otro post, hablando de novela negra, explicaba que en un mundo como el nuestro en el que se ensalza el individualismo lo raro se considera una virtud. De ahí que la literatura y el cine busquen personajes cada vez más raros. Esto por supuesto afecta al cine negro y policiaco y así nos encontramos con investigadores extrañísimos (Sherlock, cualquiera de C.S.I., Mentes Criminales, Los hombres que no amaban a las mujeres, etcétera). Desgraciadamente, la hiper abundancia de personajes raros ha acabado por convertirlos en tópicos. Parece que ya no se puede hacer una novela o una película policíaca en la que los protagonistas sean gente normal. Pero sólo parece, porque Adiós pequeña adiós es un ejemplo de lo contrario, y se agradece. La naturalidad y la normalidad de los personajes nos acerca al espectador que hace suyos los conflictos y los problemas de los dos protagonistas y no lo ve todo como un juego ajeno a él, como sucede con otro tipo de obras con protagonistas más pintorescos.

   Además, Adiós pequeña adiós tiene ritmo. Avanza rápido y no se puede decir que haya ningún momento en el que el espectador se aburra.

   Y por supuesto, plantea un conflicto moral en el espectador y te hace reflexionar. La película va más allá del par de horas que puedas pasar entretenido delante de la pantalla. Parte de una historia que podría ser perfectamente la de una película de antena tres de sábado por la tarde -un melodrama de una niña robada-, pero la trasciende convirtiéndola en un conflicto ético.

El año más violento (J.C. Chandor)



Hace tiempo que tengo la sensación de que a las series y a las películas de Hollywood últimamente les falta algo. Se hacen cosas buenas, interesantes, pero les falta ese plus para que digas: joder, esto es la hostia. Y eso es precisamente lo que le pasa a El año más violento. Está bien, pero le falta algo. 

La sinopsis de la película es la siguiente: 

   Nueva York, año 1981 -según las estadísticas, el año con más crímenes y atracos de la historia en la ciudad-. El inmigrante hispano Abel Morales (Oscar Isaac) y su mujer Anna (Jessica Chastain) han conseguido sacar adelante con éxito su empresa de distribución y venta de gasóleo. Ahora están a punto de lograr la última pieza de su sueño americano: comprar un cotizado terreno frente al río Hudson, un enclave que les permitirá expandirse en el negocio y superar a su competencia. Pero la violencia que sufren en el transporte de sus camiones y una investigación policial amenazan con destruir todo lo que han logrado hasta ese momento. (FILMAFFINITY)

Casi todas las críticas ven una semejanza entre esta película y el cine de Lumet. Y es cierto. No sólo en el ambiente. El personaje interpretado por Oscar Isaac es muy Serpico, un hombre que, pese a toda la estulticia que lo rodea, intenta mantenerse fiel a unos valores y comportarse de acuerdo con ellos. También hay una presencia constante de la violencia, considerada como algo inherente a la ciudad y casi al ser humano. Pero la huella de Lumet no es la única que se puede encontrar en la película. También hay mucho de Brian de Palma y Scarface. Oscar Isaac representa a ese personaje latino aferrado al sueño americano, a poder triunfar en la vida gracias al esfuerzo y al trabajo. Sin embargo, a diferencia de Tony Montana, el personaje de Oscar Isaac no se comporta como un mafioso desde el principio.

La fotografía (muy urbana) es bastante buena y el ritmo de la película rápido. Incluso al final nos plantea un dilema ético que deja cierto poso más allá del final del visionado. Y, pese a todas las comparaciones con Brian de Palma o Sidney Lumet, El año más violento está a años luz de la mayoría de las películas de estos dos directores. Como dije, se deja ver muy bien y es interesante, pero le falta algo. Es el sino del cine de Hollywood actual. Todo muy bien hecho pero sin alma.

The Omega Man (Boris Sagal )



   De niño, gratis el videoclub de mi barrio, vi muchísima ciencia ficción de serie B. The Omega Man fue una de aquellas películas de las que guardaba un recuerdo entrañable. Recordaba el comienzo, con Charlton Heston conduciendo el descapotable por una ciudad desierta y me emocionaba solo con hacerlo. Estas navidades aproveché una gripe que me tenía tendido en la cama para volverla a ver y siento decir que hay recuerdos que es mejor no remover. Lo que en su momento me resultó fascinante, ahora solo me parece kitsch.

  La película empieza fenomenal. Crea un ambiente interesantísimo y, aunque ha envejecido fatal, esa estética setentera es muy agradable de ver. Supongo que a un chaval de 20 años de hoy en día que la única ciencia ficción que ha visto sea Interstellar, le parecerá de lo más cutre y, por tanto, inverosímil. Pero a todos aquellos que entramos en el género en los años 70/80 no nos resulta difícil saltar la barrera de los efectos y aceptar lo que estamos viendo. Además, los primeros minutos de visionado avanzan a un ritmo frenético. El protagonista que vive solo en una casa y que es al mismo tiempo perseguidor y perseguido por la secta religiosa de semizombies es fantástico. Esto ya estaba en la novela e hicieron muy bien en mantenerlo. Sin embargo, no me entra en la cabeza el desastre de guión a partir de los 45 minutos. Todo lo que había de bueno en el desarrollo de la acción de la novela de Matteson es sustituido por giros previsibles y sin ninguna profundidad psicológica. No es más que una historia de amor fallida y un personaje que da la vida por la humanidad. Una americanada de carallo.


   Sin embargo, tampoco quiero desanimar a la gente. Si os gusta la ciencia ficción y crecisteis viendo este tipo de producciones setenteras, The Omega Man es un chute de nostalgia. Y no debemos olvidar que El planeta de los simios también era originalmente ciencia-ficción de serie B. Otra cosa es que el resultado fuese excepcional y alcanzase al gran público.

Solaris (Tarkovsky)



   La primera vez que vi Solaris fue hace mucho tiempo. Y me encantó. Captaba el espíritu de la novela y le añadía un plus de lirismo con imágenes muy sugerentes, especialmente los planos de la naturaleza. El director de fotografía se merecía un monumento y Tarkovskiyera un director de incuestionable prestigio, lo que le añadía su gestión al saberse ante una obra de arte.

Plano de naturaleza


   Pero ha pasado el tiempo y con él he perdido la inocencia del espectador. Cuando uno es joven carece de criterios, todo vale y, como se es virgen, todo gusta, todo parece maravilloso. Luego te haces mayor, vas haciendo poso y hay cosas que empiezan a rechinar. Esto es un poco lo que me ha pasado con Solaris. Con esto no quiere decir que sea un fraude, sino que tiene muchas cosas buenas y algunas malas en las que no me había fijado antes.

   Empezaré por las buenas:

A) la historia.

   La novela de Stanislaw Lem era un buen punto de partida. Lem había creado una historia de ciencia-ficción que, además de sugerente, daba para reflexionar acerca de cuestiones filosóficas como la naturaleza humana -a partir de la figura de los visitantes-, o como la posibilidad de comunicarse con una inteligencia diferente -el océano de Solaris-, o incluso la pérdida y el recuerdo -Harem-.

B) el lirismo.

   Ya estaba presente en la novela, pero aquí se ve potenciado por una buena elección de los planos, la música y la actuación.

   C) a pesar de que han pasado más de 30 años desde su estreno, es creíble. No tiene retoques por ordenador, ni tremendos efectos especiales, pero no rechina como sucede con muchas aquellas cintas de ciencia ficción de los años 70. Vestuario, escenarios y efectos, aunque no son espectaculares, son verosímiles, y eso no es poco, sobre todo si tenemos en cuenta las limitaciones técnicas de aquella época.



D) elimina cosas superfluas que ralentizaban el ritmo de la narración de la novela.

   Pero ahora, pasado el tiempo, y le veo tres pegas en las que no me había fijado antes:

A) el comienzo es demasiado lento. Entiendo que el director quisiese hacer un pequeño    poema audiovisual con esos planos preciosos, la naturaleza rojiza, el caballo, Kris paseando y la casa en medio de las montañas, pero esto ralentiza muchísimo la acción, sobre todo si tenemos en cuenta el acelerón que pega en cuanto Kris llega a la estación espacial, tanto, que hay cosas que no quedan demasiado claras, y no sé si el espectador que no esté familiarizado con la novela entenderá.

   B) esto último me lleva al segundo defecto: el final es demasiado abrupto y no se entiende bien y, si no me detengo a explicarlo, es porque no quiero hacer un spoiler.

   C) antes dije que el lirismo se conseguía, entre otras cosas, gracias a la excelente selección de planos, pero esto es cierto sólo a medias. Se que esto puede sonar una herejía hablando de Tarkovsky, pero es que hay algunos planos que, o son prescindibles, o son absolutamente inexplicables. Dentro de estos últimos me llamó especialmente la atención el de la oreja de Kris. Kris está soltando un rollo filosófico y el plano poco a poco se va cerrando hasta centrarse en el agujero de su oreja. ¿A qué viene esto? ¿Es que los agujeros de las orejas tienen un simbolismo que desconozco?

   En cualquier caso, Solaris es una película que bien merece las casi tres horas que dura, y se la recomiendo cualquiera, sea fan o no de la ciencia ficción.


Planeta humano (BBC)



   La idea de esta serie documentales es escoger varios elementos del planeta tierra (océanos, desiertos, mar, ríos, bosques, etcétera) y reflejar modos de vida humanos que han surgido como resultado de la necesidad de adaptarnos a esos entornos. Este punto de partida me parece muy sugerente y hubiese dado para una buenísima colección de documentales que estudiase la relación del ser humano con su entorno. Pero no. El interés de los autores de Planeta humano no era científico, sino estético y comercial. En consecuencia, las personas, sus vidas y entornos naturales fueron escogidos atendiendo a criterios de exotismo, espectacularidad y belleza visual. El resultado es una colección de historias muy bien filmadas -la parte técnica del documental es de matrícula de honor-, con unas imágenes que te dejan con la boca abierta, pero que no dejan en el espectador más conclusión que en el planeta hay cosas muy, muy raras y muy, muy bonitas.


   Gracias a la parte técnica el documental se ve muy bien. Es entretenidísimo y el tiempo pasa volando. Otra cosa es que cumpla con el objetivo que se le presupone a todo documental. Según la Real Academia de la lengua española el documental es el género audiovisual con intención didáctica e informativa. Y en Planeta Humano didactismo hay más bien poco.

Al filo del mañana (Doug Liman)






   El punto de partida de la película está bien: un soldado repite una y otra vez el mismo día. Cada vez que muere, vuelve a empezar. Pero no olvida nada, de modo que puede ir aprendiendo y alcanzar así el objetivo -en este caso acabar con una especie alienígena que ha invadido la Tierra-. Esta idea base en manos de un escritor de ciencia ficción decente del estilo de Stanislaw Lem o Philip K. Dick hubiese dado para reflexiones filosóficas acerca de la humanidad y su futuro. Pero el cine comercial de Hollywood no demanda eso. Por lo que parece al gran público lo que le gusta es la acción, explosiones, tiros, peleas y muchos movimientos de cámara. Y esto es exactamente lo que ofrece Al filo del mañana. Una buena idea que se resuelve en nada. Para ese camino -acción- no hacían falta alforjas -la buena idea base-. Hubiese sido mucho más honesto hacer una peli de acción como las de toda la vida -Comando, Rambo, una de Chuck Norris, etcétera- y además se hubiesen ahorrado un pastón en decorados y efectos especiales.

Earthlings (Shaun Monson)





   El documental es el género audiovisual informativo. Esta información se puede dar a través de los tipos de textos que dependen de la intención del director: el texto expositivo (se propone desarrollar un tema) o el texto argumentativo (nos quiere convencer de algo). Encontrar textos puros es raro. Tenemos los documentales de animales como ejemplo de exposición pura. Pero insisto en que esto es raro. Casi siempre los documentales tienen algo de carga argumental. Lo mismo sucede con los documentales argumentativos; casi siempre hay que exponer el tema acerca del que posteriormente nos van a querer posicionar.

   Valorar los documentales expositivos se hace en función de los siguientes criterios:

a) la calidad de las imágenes.
b) el enlazamiento de las mismas (la estructura del documental).

   Uniendo estos dos criterios podemos valorar si el documental informa correctamente y si se hace agradable al espectador o no. A esto podríamos añadir si el tema resulta interesante, pero es muy subjetivo y depende sobre todo de las inclinaciones personales del cada uno.

   Para valorar un documental argumentativo, además de lo que acabo de decir, hay que sumar la argumentación, es decir, la validez de sus argumentos.

   Aplicamos esta tabla Earthlings:

   Empezamos por la validez de los argumentos:

  Earthlings nos quiere convencer de que hay que cambiar nuestra relación con los animales y tratarlos bien. Para ello parte del argumento de que existe una forma de dominación del poderoso sobre el débil a la que llama especismo y que consiste en la explotación que hace el ser humano del resto de los animales del planeta tierra. Equipara esta dominación/explotación con otras formas de dominación como el racismo o el sexismo. 

   Dependiendo de su fuerza argumentativa, los argumentos pueden ser sólidos (no se pueden refutar) o falacias (argumentos fáciles de desmontar). Desde un punto de vista argumentativo, la idea del especismo no se sostiene por ningún lado, porque el racismo y el sexismo supone la dominación entre iguales, entre miembros de una misma especie. Ojo. Esto no quiere decir que el maltrato animal esté bien. Las condiciones en las que tenemos a los animales en los laboratorios y granjas deben ser lo mejor posibles, pero no porque seamos iguales, que es uno de los argumentos que utiliza el documental. El director parece darse cuenta de esto, porque hay un momento en que lo dice, pero apenas si hace referencia a ello. Dice que sí es lo mismo el especismo y el racismo y el machismo sin argumentarlo de ninguna manera y tira para adelante.

   El documental se divide en cuatro partes: comida, entretenimiento, investigación y compañía. En cada una de estas partes utiliza argumentos falaces, en concreto falsas generalizaciones. Convierte continuamente casos particulares en norma. No todo el mundo abandona a sus mascotas ni cada vez que se sacrifica un animal se le tortura como se ve en este documental. Convivo a diario con gente que se dedica a la ganadería y he visto personalmente el modo en el que tratan a los animales. No sólo no les golpean ni los traumatizan, sino que tratan de tratarlos lo mejor posible. Incluso establecen vínculos emocionales con ellos. La misma falta de rigor es con la que analiza la relación de los animales y el entretenimiento y el espectáculo. Por ejemplo, al tratar los toros en España mete en el mismo saco el toro embolado, la tauromaquia, las fiestas de pueblo, etcétera. Es cierto que en todo se maltrata animales, pero no es lo mismo. Se evidencia que la mirada es superficial, y supongo que hará lo mismo con otras cosas de las que no tengo tantos conocimientos como para valorarlas.

   Además de falsas generalizaciones, los argumentos empleados son bastante flojos. No puedo detenerme a analizar ahora todos sin extenderme durante muchas líneas. Basta con decir que, por ejemplo, la investigación con animales puede ayudar a salvar vidas.

   Insisto en que esto no es justificar el maltrato animal, sino analizar los argumentos del documental.


   El siguiente punto a la hora de valorar un documental es el de la calidad de las imágenes. En este aspecto Earthlings es bastante pobre. Casi todas las imágenes son de archivo o tomadas con cámaras de aficionado. Visualmente no son bonitas y no es en absoluto agradable de ver. Desde luego no creo que el director se propusiese hacer un documental visualmente muy bonito, porque entonces incurriría en una grave falta de incoherencia entre la forma y el contenido. No puede intentar convencernos de lo terrible de la explotación animal y hacerlo con imágenes bellas que halaguen los ojos. Por eso creo que, en este sentido, el tratamiento de las imágenes en Earthlings es efectivo. Están todas escogidas en función de su fuerza argumentativa. Aunque esto es sesgar el documental, ya que escoge las imágenes más impactantes ad hoc. Como dije, he estado en mataderos, incluso vivo puerta con puerta con gente que vive de los animales, y su relación con ellos no es la que dibujan las imágenes del documental. 

   Dependiendo de a qué apelen los argumentos se trata de argumentos lógicos o patéticos. Los lógicos apelan a la razón y los patéticos a la emoción. Las imágenes se utilizan como argumentos de apoyo puramente patéticos. Vemos a pobres animales siendo salvajemente torturados por seres humanos. Ya digo que esto no está bien, pero apelar solamente al sentimiento es una argumentación muy pobre.

   En lo que se refiere al enlazamiento de las imágenes o estructura el documental está muy bien presentado. Se sigue muy bien y el espectador no se pierde en ningún momento.

  En conclusión: Earthlings como documental que pretende convencerme no me vale porque sus argumentos son muy pobres. Sin embargo, he de reconocerle que por lo menos mueve las pasiones del espectador y ese es el primer paso para la toma de conciencia, así que, en este sentido, cumple su objetivo.