domingo, 28 de agosto de 2016

Peli de instituto o aproximación a la antropología de la adolescencia. (I)


   Estoy haciendo una película con mis alumnos y hemos pasado mucho tiempo juntos. Tanto, que si exceptúo a mi esposa Ana y a mis compañeros Rosa y Manolo, apenas si he interactuado con alguien que tuviese más de diecisiete años. Al principio solo sentía por ellas una curiosidad distante. Las escuchaba hablar de sus cosas adolescentes durante el día y por la noche bebía vino y pensaba en el paso del tiempo. Luego, poco a poco, me puse a observarlas. Soy antropólogo y como tal siento una atracción irresistible hacia las formas de vida, sean las que sean. Empecé a hacerles preguntas. Ninguna personal. Todas para hacerme una idea de su modo de vida. Qué les gustaba, qué hacían por las tardes, cómo se relacionaban, qué opinaban de tal o cual cosa. Mis informantes principales fueron Y, L y A, tres jovencitas entre quince y diecisiete años. Y es blanca de piel y ojos azules, L tiene rasgos asiáticos y A el pelo liso. Hubo más. Pero estas tres fueron las más charlatanas. 

   Después de los dos meses de trabajo, tenía en mente escribir un artículo de costumbres como los que cuelgo a veces en este blog. Me pasa una chorrada que considero interesante, la cuento y explico su significado social. Pero llevo dos días dándole vueltas y no se me ocurre cómo darle coherencia a todo esto en torno a una idea. La adolescencia es un fenómeno social bastante complejo, así que difícilmente puedo explicarla a partir de una única anécdota. En consecuencia, recogeré los que considero los acontecimientos principales y que el lector se haga una idea general. 




     1) La pinky promise.


Resultado de imagen de pinky promise

     El rodaje de la película, al principio, no tuvo nada de especial. Quedábamos con los alumnos en el instituto, repartíamos el trabajo y ellos lo hacían. Mi relación con ellos era más o menos la misma que en clase. Les daba instrucciones concretas y sencillas que ejecutaban al punto. No les ponía nota, pero les daba palmaditas en la espalda y les decía "muy bien, muy bien...", lo que viene a ser lo mismo. Luego, a los diez días o así, la mayoría acabaron su labor y dejaron de venir. Nos quedamos Ana, yo, A e Y -las actrices principales- y L, que se encargaba de la cámara. No sé cuántos días llevaríamos pateando el bosque, cargando con el
Dos chicas que no se quejan.
equipo con un calor y una humedad horribles, mandándoles repetir una y otra vez lo mismo. Ellas no se quejaron ni una sola vez. Ni un comentario, ni un mal gesto. Habíamos parado para comer. Yo estaba agotado. Las miré comer, bromeando sobre la película. A Y no le bastaba un premio Goya. Aspiraba a más. L reía y ya estaban preparando los vestidos para la gala. La imaginación adolescente se excita con facilidad y a veces acaban creyéndose sus propias fantasías. 
 Si me descuido un poco ya están recogiendo el Oscar honorífico a toda una carrera. Por eso me vi obligado a señalar que dudaba mucho que llegásemos tan lejos. El presupuesto de nuestro filme de ciencia ficción no llegaba a doscientos euros. Teníamos muy buena voluntad. La buena voluntad se nos salía por las orejas, estábamos borrachos de buena voluntad. Pero eso no basta. Y me miró con la cabeza ladeada y esos ojos azules tan grandotes.

    -Ya lo sé. Pero lo estamos pasando bien. 

    Me sentí fatal. Los Reyes son los padres, pero la vida es mucho mejor cuando aún no lo sabes. Me apresuré a prometerle que por nuestra parte haríamos todo lo que estuviese en nuestras manos en la postproducción. Como si tenía que comerme las uñas de los pies.

    Y alargó hacia mí un puño cerrado con el dedo meñique extendido.

    -¿Pinky promise? -dijo. 

    Yo no entendía nada.

    -¿De qué va esto? 

    Y permaneció con el brazo alargado, el puño cerrado y el meñique extendido.

     -Las pinky promises son promesas para algo importante. -dijo.

    -Hay que enganchar los meñiques. -me explicó L.

    Me emocioné. Llevaba tres meses sin fumar y aún estaba un poco sensible. Alargué mi brazo, crucé los meñiques con Y y expresé mi juramento en alto. Un rey medieval tendría su espada para dar unos golpecitos en los hombros y la coronilla de sus vasallos, pero nosotros teníamos nuestros meñiques entrelazados. 

    -Lo pinkyprometo. -dije con la solemnidad de una maldición gitana. 

    Ellas se rieron. Yo no. Había sido mi primera participación en un acto performativo adolescente. 


    2) La observación participante.

    Uno de los axiomas fundamentales de un buen trabajo de campo es la observación participante. Esto quiere decir que el investigador participa de las actividades del grupo estudiado, lo que te permite comprender desde dentro su forma de entender el mundo. 

   Me gustaría decir que el rigor científico me impuso una observación participante reflexiva desde el primer día. Pero no fue así. La observación participante vino sola, casi sin darme cuenta. Supongo que el primer paso hacia mi mimetismo con los adolescentes fue la pinky promise. Ese pequeño ritual performativo que vinculaba mi vida a la película podía haberlo hecho de muchas maneras. Podía haber ido a un notario o jurarlo por la constitución, pero no. Lo había hecho a su manera. 

  El segundo paso fue el tema de los watsap. Resulta que poner puntos y final y "ok" no está nada bien. Es borde. Yo no lo sabía y sin querer estaba siendo desagradable en nuestras comunicaciones. 

    -No pasa nada, profe. -dijeron- No nos lo tomamos como que eres borde. Eres viejo. 

     Para una cincuentona enrollada esta afirmación hubiese sido como si le hubiesen tirado mierda a la cara, pero a mí, que soy un misántropo que odia la juventud, solo me dejó un poco descolocado. Tomé nota y me apliqué con tesón. Sustituí "ok" por "valeee", dejé las frases colgadas sin un punto y llené mis mensajes de emoticonos de caritas sonrientes, brazos musculosos y puños cerrados con el pulgar en alto. Mi entusiasmo fue tal, que instruí a mis amigos en la buena etiqueta en watsap, los corregía y hasta les explicaba el por qué de su torpeza. 
Resultado de imagen de emoticonos

    A continuación tuve que reelaborar mi lenguaje. 

    -Mañana traete una amiguita para que te haga compañía. -le dije a Y una vez. 

    -Joder, qué viejo. -dijo ella. 

    -¿Por qué? -pregunté.

   Ella levantó las manos y meneó la cabeza como si me estuviese explicando una verdad evidente. 

    -Por lo de amiguita. 

    Muy bien. La retrógrada expresión "amiguita" quedaba radicalmente proscrita en mi vocabulario. Además, si quería mimetizarme con los adolescentes tenía que incorporar una serie de muletillas. La fundamental era "en plan". Cada dos o tres palabras había que meter un "en plan". No fue complicado. Solo un poco engorroso porque lastraba la comunicación. 

    -Mañana quedamos en plan debajo de tu casa, en plan, a las diez, en plan, traete el vestuario, en plan. 
  
    El resto tampoco fue complicado. El gimnasio es el gym, las cosas son la caña y hay que estar tranqui. "Mimaaa", que es una expresión local de Moaña, también hay que repetirla hasta la saciedad. 

    Al mes yo estaba hecho todo un adolescente. Hablaba de ir al gym para bajar las lorzas, seguía a youtubers y hasta escuchaba a Dorian, Vetusta Morla, Love of Lesbian y otras mierdas por el estilo. Lo hice tan bien, que Ana me dijo un día:

    -No te reconozco. Pareces un adolescente. 


Resultado de imagen de vetusta morla
Grupo adolescente.

     3) El esguince.

    Estábamos en medio del bosque. Ana cargaba con la pértiga y todos los aparejos del sonido. L estaba atenta a sus labores de cámara y yo ejercía de director. Y estaba a unos quince metros. Habíamos repetido la escena veinte veces. Y solo tenía que cruzar el bosque corriendo. Nada más. Ni siquiera tenía que poner cara de miedo, porque con el movimiento apenas si se la veía. Pero no había manera. Y no sabe correr. Es un hecho objetivo. Hace ballet, sabe hacer el spagat, caminar sobre la punta de los pies y dar saltos y piruetas. Pero correr no. Es alucinante lo mal que corre. Solo tenía que atravesar quince metros de bosque a toda carrera, pero parecía un caballo percherón paseando por una granja. No pasa nada. Correr no es necesario para la vida, pero es un dato. Y corre muy mal.  

    -Vamos a ver, neniña. -dije yo- Tienes que ponerte ahí y correr como si te estuviesen persiguiendo.- eché a correr en dirección al espacio en el que Y entraría en el plano. 

    La Naturaleza es una puta mierda. Es otro dato. Y corre mal y la Naturaleza apesta. Hice mis primeros diez metros, sorteé una pequeña loma y, cuando estaba a punto de llegar, el suelo cedió bajo mi pie izquierdo. Todo estaba cubierto de hojas, de modo que disimulaba el agujero. La mierda de la
La mierda de la Naturaleza
Naturaleza me había puesto una trampa.
 Oí un "¡clac!" y el dolor me subió desde el pie a la rodilla. 

    -¡Oh, oh! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Dolor! ¡Dolor! ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? -me lamentaba mientras me retorcía en el suelo. 

    Yo esperaba que mis alumnos bien educaditos viniesen a socorrerme y darme un poco de cariño. Preguntarme si estaba bien, si podían hacer algo... No sé. Lo que fuese. Transmitir un poco de empatía. En su lugar oigo:

    -¿Lo has grabado? ¿Lo has grabado para el making off?

    Entonces empecé a berrear. Una cosa es ser el profe pringao que se queda sin vacaciones para hacer una peli con sus alumnos, y otra es ser el profe pringao que se queda sin vacaciones y aún encima acaba siendo el hazmerreír en un video viral. Ya me estaba viendo en YouTube, entre la niña que se cae del columpio y el señor al que el perro le hace caca en la cabeza. 

    -¡Como a alguien se le ocurra grabar esto no aprueba en lo que le queda de vida! -grité furibundo.

    Ellos se quedaron parados. 

   -No, no... -dijeron.

    -Mierda de no, no... Ya estáis borrando esto de vuestros teléfonos móviles. 

    Acabamos el rodaje. Y, al final, echó una carrerita más o menos digna y A, un chaval de segundo de bachillerato la mar de majo, hizo de muleta improvisada para que yo pudiera moverme. Mientras, yo dudaba si su interés en recoger mi accidente en un video era fruto del natural y comprensible regocijo al ver un profesor humillado, o si se trataría más bien de la sociedad-red, donde las cosas no existen si no han sido debidamente consignadas en Internet. Sea como sea, mientras Ana conducía de vuelta a casa, me despedí mentalmente de esa mierda de bosque de castaños. Si de mí dependiese, lo convertía en una buena carretera de circunvalación. Y si de paso la tuneladora acababa con el último lince ibérico, mejor.


Momentos antes de mi accidente.



     4) El sitio más desconcertante del mundo. 

    El sitio más desconcertante del mundo no es un espacio  de la cultura adolescente. No tiene que ver, por ejemplo, con el simbolismo del espacio en las peregrinaciones nocturnas de los fines de semana. Qué va. El sitio más desconcertante del mundo no tiene significado alguno. Solo íbamos allí a grabar. Pero a mí me dejó flipado. 

    El sitio más desconcertante del mundo es la casa de los abuelos de Y. Está situado en un entorno que yo definiría como urbano. No es La Sexta Avenida, pero tampoco está en medio del monte. Está rodeado de casas, algunas unifamiliares, otras bloques de apartamentos. Por delante pasa una carretera asfaltada de dos carriles. Si sacásemos una foto, no apreciaríamos diferencia alguna entre este lugar y una calle de cualquier barrio de una ciudad de tamaño medio. En el sitio más desconcertante del mundo hay una vivienda de tres pisos y una piscina de aguas cristalinas y césped bien cortado. También  hay arbolitos y una bicicleta vieja reconvertida en maceta apoyada en una valla. Esta parte delantera del sitio más desconcertante del mundo no tiene nada de especial, salvo que está puesta con clase, y eso en Galicia no sobra. Destila cierta opulencia, y, al mismo tiempo, el buen gusto de ocultarla. Es la casa propia de una familia elegante sin ser ostentosa. Lo que inquieta aquí es el contraste entre la parte delantera y la trasera. Una vez uno deja atrás la piscina, se encuentra con una nave industrial muy grande dividida en dos partes. En la de la derecha, que no tiene pared frontal y deja a la vista su interior, está el taller de la tía de Y, que es artista, lo que explica la bicicleta reconvertida en maceta que hay en la valla de la piscina. Hay cachivaches viejos, estanterías con botes de esmalte y cosas así, una mesa y un círculo de piedras en el suelo. Además, a la derecha, hay un carrito de bebé lleno de polvo y telarañas y cajas amontonadas. En la pared del fondo del taller hay una puerta que da a un pequeño descampado en el que hay una tienda de campaña de Decathlon con unas piedras. Y dice que es una sauna natural que hizo su tía.

   A la izquierda, separada del taller de artista multidisciplinar de la tía de Y por un muro estrecho, está una fábrica de mejillones abandonada. No tengo ni idea de cómo es una fábrica de mejillones. Ni siquiera sabía que los mejillones se fabricaban, pero Y me ha dicho que es una fábrica de mejillones y yo la tengo que creer. En la parte de delante hay una pila de radiadores amontonados. No los conté, pero deben ser cincuenta o así. Luego, si cruzamos la puerta dejando atrás la pila de radiadores, entramos en la nave
Montaña de radiadores
propiamente dicha. Describirla es bastante difícil, porque es tan heterogénea que es imposible seguir un orden. Hay una mesa muy larga de metal sobre la que hay una colchoneta de espuma muy vieja y muy sucia. También un cuchillo oxidado sin mango, una cuerda y restos de metal que no sé muy bien qué son. Además de esa mesa, hay una nevera en la que guardan maíz, una bañera rota, y cuerdas y hierrajos oxidados por todas partes. A la derecha, hay un cuartito que en un tiempo debió ser una oficina, pero en el que lo único que queda es un mueble de cajones de madera lleno de polilla. Inmediatamente pegado a este cuartito, sin solución de continuidad, hay un espacio de unos diez metros cuadrados con una pila enorme de heno. El heno es viejo y debe llevar apilado varios años. Y justo al lado hay una cámara frigorífica muy grande con unas paredes de metal de unos treinta centímetros. Dentro de la cámara hay unas planchas de metal, un tubo de goma y algunos objetos inquietantes que no puedo describir. Son cadenas oxidadas y cosas así. Solo puedo hablar de una porque Y me explicó lo que era. Es una correa metálica llena de pinchos largos. Y dice que su abuelo criaba mastines y que ganó eso en un concurso. Era el premio. Si salimos de la cámara frigorífica y miramos a la derecha, en el lado opuesto al montón de heno viejo, hay otra puerta que lleva a unas jaulas. En una de esas jaulas también hay heno viejo apilado no sé por qué. En las otras no. Vigas de madera cruzan el techo de esta nave de un lado a otro. En una de ellas, muy cerca del montón de heno, cuelga una soga. Un gato negro merodea por ahí. 



Visión interior.


    Finalmente, hay dos puertas verdes que dan a una explanada de hierba seca en la que hay ovejas. En el tiempo que pasamos grabando ahí, crucé varias veces esas puertas porque utilizaba la pradera enorme para hacer pis. Y me decía que hay unos baños pegados a la piscina, pero a mí me daba vergüenza. En consecuencia, abría esas puertas de metal que hacían mucho ruido y salía a la pradera. Era una sensación muy extraña, porque ya he dicho que el sitio más inquietante del mundo está en un entorno urbano. Nadie diría que detrás de esa casa que da a una carretera asfaltada hay una pradera enorme. Cruzar esas puertas es como cruzar el Andén Nueve y Tres Cuartos de Harry Potter o el espejo de Alicia. Es una puerta a otra dimensión. Cada vez que en aquella nave postapocalíptica me entraban ganas de mear, abría una de esas puertas pesadas de metal y salía a una pradera. Las ovejas echaban a correr, yo caminaba pisando las bolitas de caca y hacía pis en medio de la nada. 


La cámara frigorífica abandonada.

Jaula sin heno.

Jaula con heno.


    Hasta aquí la descripción del sitio más desconcertante del mundo. Las viviendas, como todo, están sujetas al simbolismo del espacio. En las occidentales suele haber un espacio frontal público y una parte trasera más íntima. Esta parte frontal suele ser el porche, el zaguán y el salón. Ahí se desarrolla la parte pública de la vida de la familia. Si vienen amigos, los recibimos ahí. Es, más o menos, la parte que se puede ver. Detrás de esta parte pública, están las habitaciones y los baños, que es donde llevamos a cabo las actividades íntimas. Allí es donde hacemos caca y pis, los esposos tienen relaciones íntimas y, en general, todo aquello que no queremos que los demás vean. Si tenemos películas porno o algún juguete guarro, estará debidamente consignado en el lugar más recóndito de la parte íntima de la casa. En el armario de la habitación, en un altillo o un cajón que no se vea mucho por ejemplo. El sitio más desconcertante del mundo lleva el simbolismo del espacio hasta un extremo de pesadilla. Tiene una parte frontal, propia de una familia feliz. Detrás hay una piscina, donde esta familia feliz se relaja y un poco más allá, en el espacio con más intimidad, imprescindible para la creación artística, la tía de Y tiene su taller. Pero pegado a ese taller hay una nave industrial postapocalíptica por la que merodea un gato negro y dos puertas a otra dimensión. Y una tienda de campaña con unos pedrolos al sol que es una sauna natural. 

     

2 comentarios:

  1. ¡Madre mía! ¡Qué experiencia! La adolescencia es un enigma arcano que solo pueden conocer los de su misma especie. Pero pasados los años que envidia da verlos. Un relato divertidísimo, he pasado un rato agradable. Saludos!

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  2. El comentario sobre la palabra "amiguita" me hizo pensar en lo que yo digo sobre las revistas de tejido: si el modelo a tejer aparece calificado de "canchero", es porque se trata de lo más ñoño del mundo, jajajajaja!!

    Pero me alegro de que, al menos, aprendiste un par de cosas XD

    Saludos!

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