lunes, 27 de junio de 2016

Crónicas del Club Manga III: La Comicon de Vigo.




Resultado de imagen de johan huizinga   Johan Huizinga en un libro muy curioso -Homo Ludens- mostró que los adultos de la Europa premoderna disfrutaban de los mismos juegos de cartas, las mismas charadas y los mismos juguetes que sus hijos. Es decir, que los adultos jugaban como los niños. Pero luego vino la Revolución Industrial y con ella el capitalismo y este sistema de mercado en el que todo tiene que tener una utilidad, de todo hay que sacar provecho, y los adultos y su trabajo se volvieron "desesperadamente serios". Dejaron de jugar, porque los juegos, a fin de cuentas, solo sirven para pasar el rato. 

*

     Era Lunes. Cameron, el lector de inglés del instituto me dijo:
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    -Oye Curro, ¿sabes que hay una comicon en Vigo este fin de semana?

   No tenía ni idea. Busqué en internet e inmediatamente me puse en contacto con los profes coordinadores de los clubs manga de los otros institutos. 

    -Yo me encargo de gestionar una posible visita. -les dije.

    Y eso intenté. Pero solo lo intenté. 

    Primero mandé un correo a la organización, porque no había ningún teléfono de contacto en la página web. Nadie me contestó. Insistí, dejando claro que éramos cuatro institutos y cien chavales -un buen pellizco-. Respondieron a la hora. Muy bien, dijeron, danos un teléfono de contacto. Se lo di. No llamaron. Pasaron dos días. Les mandé otro correo indignado.

   "Por si no lo sabéis, coordinar una actividad extraescolar de cien alumnos y cuatro institutos no se hace en cinco minutos. Además, por ley hay que avisar a los padres cuarenta y ocho horas antes" -de esto último no estoy seguro, pero era una forma de presionar.

    Entonces me llamaron. 

    -Pues mira. Estamos a Miércoles y ya no sé si a los otros centros les va a dar tiempo. Tengo que hablar con ellos.

    -Mañana por la mañana te llamamos y nos dices. 

    No lo hicieron. Lo hice yo. Tres veces. Me colgaron las tres. Me enfadé. Y los cuatro clubs Manga, dos de Vigo y dos de Moaña, no pudimos ir de forma oficial a la comicon de Vigo. Yo compré las entradas de doce chavales de mi centro y los llevé el Viernes por la tarde porque se lo había prometido. 

    Quedamos el Viernes a las cuatro en el muelle de Moaña para coger el barco hasta Vigo. Ana y yo bajamos tranquilamente la cuesta que lleva desde mi casa al embarcadero. Vamos hablando y le agradezco que pierda una tarde de Viernes acompañándome a esta actividad extraescolar porque, a fin de cuentas, el profesor soy yo, no ella. Mi mujer, que es maravillosa y la quiero mucho, dice que no importa. 

    Llegamos al muelle. Allí solo está Víctor. No se ve ni rastro de los demás. 

    -Hola Víctor. -digo.

    -Hola. -dice él.

    Voy a darle una entrada, pero solo encuentro un bolsillo vacío.

    -¿Y las entradas? -pregunto.
   
    -Yo qué sé. -dice Ana.

    -Oh, mierda. Me las he dejado en casa.

    El barco sale en diez minutos. Echo a correr. Yo no soy un blogger de pastel que despotrica en sus posts contra el deporte. Soy consecuente y no hago nada de ejercicio. Pero nada. Además tengo asma, así que apenas empezada la carrera -unos cincuenta metros- me da un colapso pulmonar. Trato de respirar, pero no hay forma. Las piernas no me sostienen y un sudor espeso y asquero sale de nosédónde y me cubre todo el cuerpo. Me apoyo en un coche jadeando como una bestia herida. Dos niñas de unos once o doce años pasan por mi lado y me miran con cara de asco, como si fuese un yonki o, peor aún, un enfermo. Echo mano de las pocas fuerzas que me quedan. Tengo que ir a casa y volver con las entradas antes de las cuatro. Todo por mis alumnos. En mi cabeza suena la banda sonora de una película épica. Corro. Me ahogo y estoy mareado, pero no me detengo. Me veo corriendo como en Carros de Fuego o Forrest Gump, como si eso de correr por una gran idea como la libertad o algo así no fuese una tontería. Ya digo que estoy mareado. Entro en casa con la música épica aún atronando en mi imaginación. Las entradas están encima de la mesa del salón. Las cojo y salgo pitando. La vuelta es más fácil porque es cuesta abajo. Llego al muelle a las cuatro menos tres. Lo he conseguido. Me doblo y dejo que el ataque de asma fluya tranquilamente. Es horrible. 

    Mientras iba y volvía, han aparecido por el muelle unas alumnas de primero de bachillerato que van a Vigo a no sé qué -no tiene nada que ver con el Club Manga-. Entre ellas está Sheila, una chica encantadoramente asmática con la que me encanta hablar de nuestra enfermedad.

    -Profe ¿quieres el ventolín? -me pregunta.

   Si tuviese fuerzas me emocionaría. 

    -Gracias, tengo el mío. -jadeo. 

   Le pego fuerte y, poco a poco, el aire empieza a abrirse paso. Con el oxígeno que llega al cerebro recupero algo de claridad. 

   -Oye, que aquí solo está Victor. ¿Y los demás?

   Nadie dice nada. Después de mi épica carrera por la libertad, como a esos impresentables se les ocurra no aparecer, no aprueban lengua castellana en lo que les queda de vida. Pero no. A lo lejos veo unas figurillas adolescentes corriendo por el paseo marítimo. Se ve que el tema de hoy es correr contra el tiempo. Una metáfora de la existencia humana.


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    Llegan y subimos al barco. Hacemos cola dentro para pagar. El ambiente está cargado y además alguien se ha bañado en una colonia dulzona asquerosa. Salgo tambaleándome.

    -¿Estás bien? -me pregunta una empleada del ferry.

    -Tengo asma. -digo; y me siento en unas escaleras de cubierta.

    -Oh, pobre. -dice ella al tiempo que me da unas palmaditas en la espalda como si yo fuese un bebé que necesita echar los gases. 

     Durante el trayecto Laura, nuestra cosplayer profesional, maquilla a la pequeña Claudia. 

  Llegamos a Vigo. Toda actividad extraescolar ha de estar plagada de pequeños contratiempos y esta no iba a ser una excepción. A Laura y a Samuel les había dado la entrada ese mismo día por la mañana. Laura se la ha olvidado en casa. Tensión, tensión. Al final no pasa nada porque las tengo en pdf en el móvil. Nos ponen una pulserita y pasamos.
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    Mi primera impresión de la Comicon es de fiasco porque se ve bastante desangelada. El espacio hace una especie de L con stands a los lados y dos en el centro. No se ve mucha gente, ni cosplayeada, ni sin cosplayear. La poca que hay parece de la organización, porque llevan al cuello cintas de esas con un sobrecito de plástico en uno de los extremos que normalmente identifican a los organizadores o invitados a un evento. Suelto a los chicos para que se den una vuelta por ahí y Ana y yo hacemos lo propio. En diez minutos lo hemos visto todo. Hay dos puestos de cómics, uno de maquillaje, otros de camisetas y disfraces, alguno de fetiches varios y uno de ropa paramilitar. También hay una mesa con juegos y un par de teles con videojuegos y un espacio para conferencias en los que hablan unos señores a los que no escucha nadie. Nada más. 

     -¿Y por esto los chavales han pagado ocho euros? -pregunta Ana.

    -Por ahora los hemos pagado nosotros. -digo.

   No sabemos muy bien qué hacer. La Comicon, donde se suponía que íbamos a encontrar una apabullante oferta de ocio alternativo, ha resultado ser poco más que un mercadillo. Deambulamos por ahí tratando de hacer tiempo. Ana se encuentra a una amiguita que ha montado un puesto y que nos confirma que la organización es un desastre. La conversación nos sirve para llenar otro cuarto de hora de tiempo y la tercera ronda que hacemos por los puestos otros diez minutos. En total han pasado cincuenta. Son las cinco y media y no nos iremos hasta las ocho. Observo a mis alumnos. Pese a lo que pueda parecer, resulta que lo están pasando bomba. No hacen nada especial. Ni tan siquiera interactúan con otros. Solo están ahí. Y, sin embargo, disfrutan -ellos mismos me lo dirán e, incluso, cuando llegue la hora de irse, pedirán que nos quedemos un poco más-. Al principio no lo entiendo y lo único que se me ocurre es que los adolescentes son así. Luego me pongo a pensar como el antropólogo sabiondillo que soy. Aunque esta comicon sea un desastre organizativo, es un éxito como ritual de cohesión. Gente con una idiosincrasia muy particular se reúne con otros como ellos. Se disfrazan, juegan al rol y los videojuegos, hablan de cómics y, en definitiva, hacen cosas que solo ellos entienden, que son incomprensibles para los no iniciados. Así se definen por oposición a los otros chavales del instituto y se reivindican a sí mismos. Orgullo friki. Esta caricia a la autoestima me parece bien, aunque creo que tiene algo de la parte más chunga de los fundamentalismos, que también tienen sus ritos y se definen por oposición.


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    -Yo tengo un poco de hambre. -dice Ana.

    -Hay una cafetería después de la entrada. 

    Aviso a los alumnos. 

    Por el camino nos intercepta una chica con un uniforme parecido a los de IKEA y los labios pintados de rojo fuerte. Nos invita a hacer una actividad de escapismo. 

    -¿Qué es eso? -pregunto.

   -Te metemos dentro de esa habitación y tienes que buscar unas pruebas para salir. 

   Estoy a punto de preguntarle por qué clase de demente me ha tomado, si piensa que voy a encerrarme en esa especie de cajón grande que, además, seguro que está lleno de ácaros del polvo. Pero es que son las cinco y media y ya hemos visto tres veces los mismos stands. Nos toma los datos y nos dice que volvamos dentro de una hora. 

    Vamos a la cafetería. Ana pide un agua y aceitunas y yo una caña. Nos cobran cinco euros. Sin comentarios. Volvemos al recinto de la Comicon. Hacemos la actividad de escapismo. Como me temía, el cajón grande está lleno de ácaros. Además, una de las pruebas consiste en soplar por un tubo y llenar un globo hasta que se haga lo suficientemente grande y estalle al pincharse con unos clavos. Una mierda, pero por lo menos nos tiene entretenidos un rato. Ana descifra todo, salimos, nos hacemos una foto y nos vamos. 
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    Nos sentamos por ahí para controlar a mis alumnos. Andrea, Sara, Samuel y Claudia se sacan fotos con cosplayers. Laura se encuentra a unos amigos de Vigo y se los presenta a los demás. Víctor juega a los videojuegos. Me canso de vigilarlos y me pongo a observar al resto de la gente. Hay más que antes, aunque todavía falta mucho para que el recinto se llene. Los que más llaman la atención son los cosplayers. Hay un matrimonio de gorditos cosplayeados de Arale, una chica con botas de cuero altas y ojos de serpiente que lleva a su hijo cosplayeado a juego en su carrito de bebé,  también hay un chico muy alto que parece un vampiro del siglo XXI, y una adolescente vestida de princesa que no hace nada en particular salvo estar de pie en medio del recinto y mirar a la gente que pasa por su lado. De todos los cosplayers me llaman especialmente la atención dos chicas que están sentadas en un stand a apenas diez metros a nuestra izquierda. Su cosplay está muy trabajado y difícilmente podría describirlo con palabras. Llevan peluca y van maquilladas como era de esperar, pero su vestido es de encaje, incluye un corsé y sospecho que un miriñaque o algo similar. Como dije, así descrito con palabras, su cosplay no parece tener nada especial más allá de ser un traje de época. Sin embargo, hay algo inefable en él que lo hace especial. Mientras que los demás tienen un aire de dibujo animado, este es más real. Los otros son un cartoon que se ha escapado de un cómic. Estos son como si un verdadero ser de ultratumba hubiese cobrado forma humana. No soy el único que percibe su indiscutible superioridad. Mucha gente se acerca a saludarlas. Algunos parecen conocerlas de antaño, otros simplemente quieren hablar con alguien que ha perfeccionado hasta tal punto esta actividad. Ellas, conscientes de que son un foco de atención, se comportan con la condescendencia propia de una reina. Solo contestan con monosílabos y nunca detienen la mirada en sus interlocutores. Si acaso una ojeada furtiva y una respuesta con la vista perdida en el infinito. 

    En esto del cosplay veo algo del espíritu del artesano sobre el que escribió Richard Sennet. Hacer las cosas bien solo por el gusto de hacerlas. El amor por el trabajo bien hecho tiene un rollo romántico que me recuerda a mi adolescencia y primera juventud , cuando pasaba horas practicando un truco en el monopatín solo por el placer de hacerlo. Nada más. Esta pasión de esta naturaleza solo se da en los niños y los adolescentes. Desgraciadamente la sociedad moderna destruirá esto. Se harán mayores y se convertirán en peones del capitalismo neoliberal, serios adultos incapaces de juzgar algo si no es por su valor de cambio.


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    Sin embargo, tampoco hay que idealizar el cosplay. Hay mucho de valor en sí mismo del acto, pero no todos se acercan de forma tan pura a esta actividad. Hay una tendencia natural del ser humano a la jerarquización. Del mismo modo que los mejores skaters de mi adolescencia utilizaban sus piruetas imposibles como símbolo de estatus y se convertían en los machos alfa del grupo gracias a su habilidad, esas tontas tan bien cosplayeadas utilizan el cosplay como instrumento de jerarquía, y por eso tratan con condescendencia a los que no alcanzan su calidad. Me apena que estas dos chicas que seguramente no sean muy populares fuera de la subcultura manga reproduzcan los patrones de conducta que las marginan fuera de ella. Pero no hay que ser demasiado duro con ellas porque, a fin de cuentas, son adolescentes que se están buscando a sí mismas.

     Mis alumnos se mueven un poco más por la Comicon. Juegan al escapismo y dan las ocho. Nos vamos. Ya llevo un mes sin fumar. 

1 comentario:

  1. "Profe, ¿quieres el Ventolín?" me parece de las cosas más bonitas que te puede decir un alumno. Tu peripecia me recuerda esa excursión con mi instituto a Soria a ver la ermita de San Saturio (preciosa, por cierto) pero en la puerta resultó que todos los profesores pensaban que había sido otro que no eran ellos mismos quien tenía que avisar para la visita.
    Aún así lo pasamos en grande, que cualquier excursión nos gustaba con tal de salir de la rutina. Y además en Soria, al lado de la plaza de toros, hay un sitio de bocadillos de morirse.

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