miércoles, 17 de febrero de 2016

El hombre que se presentaba como la imagen de la moderación y el sentido común.



    Nicholas Carr cree que una de las razones para eliminar la televisión es la tendencia a reducir la política a la imagen. Las campañas electorales ya no se dirimen en función de las medidas propuestas, sino por la imagen que consiga vender el candidato de sí mismo. Los votantes no nos leemos los programas y apenas si prestamos atención a las medidas concretas que se toman. Votamos por la impresión que nos causa el candidato, si es un hombre dialogante y eficaz, un buen gestor o un hombre de estado. En el mundo de la comunicación televisiva esta imagen se construye exactamente igual que un anuncio publicitario. Da igual que se corresponda con la realidad o no -normalmente es no-, y tampoco importa mucho mentir sobre el adversario para generar una imagen negativa de él. Esto, evidentemente, es una herida mortal para la democracia. Hay una fractura entre lo que creemos votar y lo que luego hacen nuestros gobernantes. La política se ha convertido en un teatro, donde hay un escenario en el que nuestros políticos representan una función con la intención de transmitir una imagen de sí mismos. Esta imagen, como toda representación, es una ficción, un juego. La verdadera política, la que de verdad organiza la vida de la gente, se lleva a cabo en las bambalinas, al margen de los indiscretos ojos de los ciudadanos. Gran parte de la nueva política española surge como forma de denuncia de esta lógica endemoniada.

   Este fenómeno sucede casi a diario. Pero pocas veces se me hizo tan evidente como esta mañana, cuando escuché en la radio el discurso que dio Rajoy en aquel congreso del PP en Valencia. Dijo algo así como que se acabó la ideología porque había llegado el tiempo de los funcionarios. Con la palabra funcionario no se refería a lo que comúnmente se entiende por funcionario, un señor que aprobó una oposición y trabaja en una oficina de Hacienda o de bedel en un instituto -!Dios libre a los neoliberales de engordar el Estado con empleos dignos!- sino a tecnócratas, individuos que gestionan la res pública con eficacia.

   El equipo de propaganda de Rajoy consiguió transmitir la imagen de que el presidente era un hombre moderado que venía a coger las riendas del gobierno para hacerlo funcionar con sensatez, después de los desvaríos izquierdosos de Zapatero que habían llevado a España a la ruina. Y para eso la ideología es un lastre.

   Pues bien. Han pasado cuatro años y pico y creo no exagerar cuando afirmo que el gobierno de Rajoy ha sido el más ideologizado de toda la democracia. Basta con recordar la reforma del aborto, la recuperación de la religión en la educación, la españolización de los niños catalanes, o la ley mordaza, cuyas nefastas consecuencias han llevado a un par de titiriteros a pasar cinco días en prisión incomunicada por decir “gora alkaeta”.


   Afortunadamente, los ciudadanos no somos tan tontos como la política de la imagen televisiva supone. En la última campaña electoral Rajoy trató de venderse como el hombre sensato de la estabilidad y lo demás era lío. Ganó en número de votos, pero el batacazo electoral fue de órdago. Muchos han visto la fractura entre esa imagen y la realidad. Ahora le toca a los otros partidos formar gobierno y demostrar que la imagen del lío no era más que eso, una imagen del espectáculo televisivo.  

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